sábado, 27 de diciembre de 2008

La coya de ojos celestes

Gustavo E. Etkin (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Patear el culo de una gorda no es ninguna hazaña. Cualquiera puede hacerlo en un momento de furia, amor o curiosidad.

Pero dejar una moneda en el suelo a la luz de la luna calculando que el reflejo brille para la gorda, esperar entre la sombra que se agache a levantarla para recién entonces encajarle un patadón, es cosa de ingenieros.

Aparentemente fue el azar. Un día en el café, alguien preguntó a Leonardo si se animaba a pegarle una patada en el culo a una gorda.

Vio venir una con várices y un pañuelo rojo en la cabeza, caminando con esfuerzo mientras suspiraba y bamboleaba las caderas. Llevaba una bolsa llena de zanahorias.

Silencioso, salió del café. Esperó que pase y la siguió. Los demás, asomados, miraban. De pronto dio una corridita y pateó.

Con el tiempo, lo que había sido circunstancial desafío se transformó en la posibilidad de hacerse una changuita. Ya nadie dudaba: se le ofrecía plata o se formaba un pozo. Después todos se ubicaban esperando la gorda, y Leonardo volvía aclamado. Pero cada vez había que esperar más porque Leonardo, transformado en especialista, tenía sus exigencias.

No cualquier gorda -por el hecho de serlo- merecía el patadón. Debía tener además, glúteos sobresalientes, empinados. Y fundamentalmente lo que llamaba, tecnificado, “doble movimiento” o “culo autónomo”. Era un criterio cinético y dinámico que tenía muy en cuenta y cuyo descubrimiento en una gorda era un plus, un lujo, un regalo que lo exaltaba, un “bocatto di cardenale”, como decía. Se trataba de un movimiento extra, sobreagregado, que desbordaba los pasos, que sobrepasaba el límite donde las caderas se detenían. Era un pequeño y rápido bamboleo, un suave temblor, el rebote de la firmeza del paso en otro campo con leyes distintas y propias.

Fue en esa época de sofisticación cuando se le ocurrió lo de la moneda.

El tiempo siguió pasando, Leonardo terminó el Otto Krause y, según su evidente vocación, estudió ingeniería.

A todo esto, en Finlandia, Väino Väätäinen, estudiante de antropología, recorría la costa del golfo de Botnia. Había pasado por Raahe, Gamlakarleby, Vasa, Rauma, Kalajeki, Hailuoto. Ahora, a punto de volver, estaba en Uusikaupunki.

A Väino siempre le gustaron las serenas costumbres de los campesinos y pescadores. Un mundo de madera limpia y tallada, de gente sonriendo. Hijo único, recordaba las fiestas y bailes cuando su madre lo llevaba de vacaciones. Y a su madre bailando y cantando y riendo donde todo era colores y blusas y giros y saltos y polleras y sombreros. El acquavit alegraba y calentaba. Después, nuevamente la sonrisa y la serenidad. Väino Väätäinen amaba a su país. Por eso estudiar antropología más que vocación, fue continuidad.

Y esa vez en Uusikaupunki, como siempre, miraba las ropas. La influencia lapona que creyó descubrir en las largas chaquetas de piel lo decidió a ir a Ostrobotnia, al interior.

Recorrió bosques y durmió en posadas. Esos bosques interminables, sombríos y olorosos, donde de pronto aparecían campesinas con esos vestidos junto a los lagos.

Eran blusas bordadas, caladas, pequeñas mantillas con flecos que caían de los hombros con flores rojas, azules, amarillas, hacia polleras amplias, verdes o negras, con rayas rojas y blancas curvándose sobre las caderas que se movían debajo.

Väino, desde chico, miró el golpe que inflaba fugaz y rítmicamente las grandes polleras coloridas. Mirarlas de atrás era asistir a un misterio. Sabía que estaba en las caderas, fuertes caderas, quizá de origen lapón. Pero esa fuerza oculta por el florido y civilizado trabajo de la pollera, lo fascinaba. Años más tarde y ya estudiante, decía que era la potencia telúrica que indómita, así avisaba que la cultura no la había sometido. Y luego
- politizado - hablaba de la fusión de la tierra y de la raza que, desnuda, pugnaba siempre por descargar su vitalidad oprimida por convencionalismos socioculturales.

Así es que ese día, en la posada de Otrobotnia, Väino admiraba un antiguo vestido de campesina que por poco dinero le había comprado a un viejo guardabosque viudo.

Despacio se fue poniendo la blusa, la gran pollera, la pequeña mantilla, el sombrero, florida cofia que abrochó en la nuca. Pero no tenía corpiño, bombachas ni enagua, esa gruesa enagua campesina. Bajó a comprarlas y volvió exaltado, febril. Vistió todo y se miró al espejo. Se miraba, se movía, se contoneaba. Y a cada golpe de cadera la pollera se levantaba airosa, como las campesinas.

A todo eso, en la Argentina, cuando Leonardo se recibió de ingeniero le aumentaron el sueldo y lo trasladaron. Recién casado y joven padre, añoraba la barra de la esquina. No podía olvidar el acecho, la mirada y el oído preparados a calcular a la distancia si la presa valía la pena. Cazador jubilado, recordaba los glúteos y las gordas que habían cruzado por lo que fue antes su intrépida vida.

Y siempre ese regreso de ovaciones y palmadas con la gloria en la punta del pié derecho. Ahora, de vez en cuando un truco o un partido contra los de contaduría. Los sábados al cine, los domingos a la cancha o tallarines con los suegros. Y ahí, nadie sabía porque, después de comer en lugar de ver el programa se sentaba frente el televisor con una copa en la mano, moviéndola despacio y sonriendo con los ojos cerrados.

Pero antes en Finlandia y pasado el tiempo, Väino ya era profesor y recorría nuevamente Hailuoto, Kalajoki, Raabe, Pori, Rauma, Gamlakarleby. Amigo y adicto del Mariscal Baron Mannerheim, como él y todos los finlandeses había recibido fraternalmente a las tropas alemanas que los ayudarían a defenderse del oso ruso. Después del desastre continuó, como antes, creyendo en la fuerza de la raza que, indómita, hacía la historia. Aunque había modificado algo su concepción. La raza ya no era fusión con la tierra: era parte del mar. Hubo también otro cambio: ahora no se trataba de nórdicos sino de mogoles. Väino había llegado a la conclusión que la raza más pura, la originaria, la que fue remoto pasado y sería inevitable futuro era la raza mogol. Es por eso que investigaba en Laponia para confirmar su teoría sobre la existencia de vikingos-mogoles. El problema era conseguir polleras y chaquetas de laponas, porque los lapones son todos muy pequeñitos.

Consiguió lo que buscaba y salió a pasear, moviendo laponamente sus caderas. Pero ésta vez, todos lo miraban como no quería: una mujer lapona tan alta como Väino era inconcebible.

Sus alumnos lo descubrieron y los ahora no secretos placeres de Väino se comentaron en la Universidad.

En parte por eso y también por seguir el rastro de los vikingo-mogoles, Väino aceptó un ofrecimiento de un amigo antropólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires en la Argentina.

A todo esto y pasado el tiempo Leonardo, ya gerente de Obras Sanitarias, supervisaba la instalación de grandes acueductos en el norte, recorría los dorados prostíbulos de Salta, mascaba coca y jugaba póker hasta la madrugada en los clubes árabes y de tarde se sentaba en la vereda de la confitería frente a la plaza, donde todos se saludaban o miraban de reojo.

Ahí, con sus amigos recientes recordaba muchas veces la antigua barra. Pero ni eran los mismo ni Salta era el barrio. Con ninguno de ellos hubiera podido codearse o encontrar en su mirada un acuerdo sin palabras sobre el culo de una gorda. Y menos aun podía confiar a nadie sus impulsos de ingeniero cazador y, por supuesto, con nadie podía añorar y revivir la gloria de haber vivido peligrosamente. Y si en un momento de debilidad y nostalgia, allá por lo de Valderrama podría ceder ante un oído atento, sabía que la sonrisa amable se congelaría y lo mirarían con desconfianza y miedo. Y después en toda Salta se comentaría que el ingeniero de Buenos Aires era medio loco. O un degenerado.

Leonardo escuchaba a Ángel Vargas y se aislaba cada vez más.

Así fue que una noche de luna llena, caminando despacio, fue a pasear por las afueras.

A todo esto y pasado un tiempo, Väino viajó al Chaco y luego a Salta siguiendo el rastro de los vikingo-mogoles. Y también sabía que haría lo posible por ser una campesina más, pero nunca imaginó la exaltación, el entusiasmo y el loco frenesí que galoparía tembloroso por su cuerpo cuando se encontró ante todas las anchas y coloridas polleras de la coya, sus ponchos, sus eternos y estables sombreros. Y ese niño, que sin mirar, cargaban a la espalda como una cruz. ¡¡¡Sería Ellas!!! Se mareaba con solo pensarlo.

Así fue que una noche de luna llena, vestido de coya, fue a caminar por las afueras.

Revolvía feliz las caderas dentro de tantas polleras coloridas cuando vio en el suelo un punto brillante. ¿Un diamante, una moneda, el vidrio de una botella o un rastro vikingo-mogol ? Väino se agachó, y en ese momento sus caderas, sus glúteos, todo lo que antes movía gozoso, explotó, reventó, y lo mandó de cara al suelo. Aturdido y con la boca muy abierta tratando de respirar vio un par de zapatos brillantes, pantalones, un saco a la moda, corbata y una cara que desde arriba lo miraba. Ese señor, además de sonreír, esperaba algo.

Väino se incorporó. Sus ojos llenos de lágrimas, lloraba en silencio el dolor de ese estallido salvaje. Ya de pié, mientras murmuraba insultos en finlandés pensando en Galileo y en “ epur si muove”, se alejó con dificultad, pero golpeando desafiante las caderas. Su orgullo se apoyaba en su dignidad, y su dignidad en la indignación por lo que, no dudaba, era muestra de barbarie subdesarrollada.

A todo esto y pasado un tiempo, Leonardo agazapado vio venir una coya culona. Con alegría de cazador con suerte descubrió el doble movimiento. Servida, la mejor presa iba en dirección a la moneda que a la luz de la luna colocó en su camino y como en los buenos tiempos, cuando se agachó a levantarla, le encajó la patada.

Esperó algunas de las reacciones previstas: terror silencioso y rápida huída, o parálisis, estupor y luego alborotada indignación, hasta un cachetazo esquivado con agilidad. Nada de eso. La coya se incorporó llorando en silencio y se alejó murmurando una plegaria en quechua.

A todo esto, Väino se fue de la Argentina. Su amigo el antropólogo nunca pudo saber la verdadera causa de tan rápida decisión. La explicación, que aceptó con dudas, fue que ahora para Väino el lugar de origen de los vikingo-mogoles era Arabia Saudita.

A todo esto, y pasado un tiempo, Leonardo pudo reconstituirse de aquella patada que dio en Salta con resultados tan diferentes a los que añoraba. Esas lágrimas, esa plegaria en quechua musitada con resignación, ese caminar difícil y dolorido en lugar de hacerlo sentir como en los viejos tiempos, un aclamado triunfador, un técnico eficaz y un artista realizado, lo hicieron sentir un señorito unitario, un miembro del Ku-Klux-Klan, un racista elegante y carnicero execrado por la historia. Y si bien tras largos años de analítico diván pudo nombrar el secreto e innominable afecto que sentía por su padre y el odio a su madre por competidora desleal y tantas otras cosas, nunca pudo explicarse porqué razón los ojos de esa coya eran celestes.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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Funes el memorioso


Jorge Luis Borges

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente:
"¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.

Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.

El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.

Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.

Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

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Algo de música: Alí Primera, el "cantor del pueblo"


ARGENPRESS

"Nuestro canto no es de protesta, porque no hacemos una canción por
malcriadez, no la tomamos para encumbrarnos ni hacernos
millonarios, es una canción necesaria".
Alí Primera

El venezolano Alí Primera (Coro, 1942-Caracas, 1985) es hoy uno de los más representativos íconos de la canción revolucionaria latinoamericana. Con una infancia de extrema pobreza (lustrabotas a los seis años, boxeador más tarde), gracias a su talento pudo llegar a la universidad en Caracas, y posteriormente ganar una beca (a través del Partido Comunista de Venezuela) para estudiar en Rumania.

Su obra marcó toda una época, no sólo en su Venezuela natal, sino en Latinoamérica; a él se le deben temas ya legendarios en la música quizá mal llamada "de protesta", como "Techos de cartón" (cantada también por numerosos intérpretes como Los Guaraguaos y Soledad Bravo entre otros) y "No basta rezar". De su amplia producción, desde su primera grabación en Alemania en 1973 hasta la fecha de su muerte en un accidente automovilístico en Venezuela, en 1985, grabó 13 discos de larga duración. Igualmente participó en numerosos festivales musicales, tanto en su país natal como en toda Latinoamérica.

Hoy su figura es ya legendaria: decir Alí Primera es decir canción revolucionaria, canción de compromiso social, canto a la justicia. ARGENPRESS CULTURAL le rinde ahora un sentido homenaje difundiendo algunas de sus obras, interpretas por Paul Gillman.







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Señorita maestra Ladi


Beatriz Paganini (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Paso a saludarla y decirle que como los alunnos suyos le yeban noticias y novedade que pasan en el extranjero y aquí dentre nosotro, y yo le quiero explicar lo que nos pasó cuando nos inundamos en abril del domiltré.Y tengo conocidos que escribieron al diario de aquí y a otros de Buenosaires pero nadies les dieron boliya con lo que dijieron al respeto que no se pueden dar noticias de cualquier negocio porque eso e propaganda grati pero yo pienso que en este caso oportuno es un egoismo que malentiende lo que es propaganda y lo que es justicia de decir la verdá caiga quien caiga: los que ayudaron y los que se isieron los burros y con el perdón de la palabra perdóneme.

Y por lo propio que usté si resibe todos los escritos que le yeban los chicos, yo le digo lo que sigue, Que habían pasado dos días y el agua no abajaba y fue entonce que minuera la Carlota se acordó que todavía tenía un pezo en su celular y dijo por lo menos saludo a mi mamá con eso me alcansa y aprietó el botón y aunque nadie lo crea una vos de dijo usté tiene ochocientos hocho pesos para haser yamadas y entonces la Carlota fue corriendo y le contó a la vesina de atrá y la susodicha prendió el teléfono que abía dejado su hijo porque tanvien a el se le avía acavado la tarjeta del selular porque ya a todo el mundo le estaba pasando más del fin de mé con la plata y entonce otra ves le salió la misma vos que tenía toda esa plata para llamar, entonces se dijieron que no podían estar locas las dos juntas y empesaron a aser llamadas y era sierto: Movicom nos regaló a nosotros los inundados de santafe esos pesos como una ayuda.

Esta noticia que le mando señorita Maestra es la verdá y estamos para decir que es cierto todos los de santafe y tenemo que ser agradecidos y que dios premie al señor gerente o jefe de movicom que se le ocurrió la generosa idea y lastima que no se sabe como se yama y donde estará porque para más pior ahora el movicom no está má se llama movistar pero ese señor salvó muchas vidas y desgracias mayores, porque esos tristes días nos estábamos buscando unos y los otros y abía muchos desaparecidos y si no salvó muchas vidas aunque creo que sí, seguro que llevó tranquilida a mas de una madre y sus hijos y sus abuelos.

Señorita yo le mando la idea porque escribo mal pero usté y los chicos escribanlon correto y que se sepa. Lo agradecido es de bien nasido como decía mi mamá que dios la tenga en la santa gloria.

La saludo con carinio.

* Relato tomado de la novela "De Úbeda a Santa Fe".


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El viaje de Saramago


Edgar Borges (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A propósito del nuevo libro de José Saramago, “El viaje del elefante”, y convencido de que la vida es un viaje, se me ocurre pensar que el del escritor portugués ha sido un viaje cargado de pistas que bien vale la pena descifrar (o vivir en ese intento).

En cada novela de Saramago, dentro de su poderosa fábula, hay uno o muchos espejos que nos muestran una realidad simultánea a la ficción. “El evangelio según Jesucristo” (1992) le valió, además del Nobel de Literatura, la admiración de muchos lectores que vimos en uno de los espejos de esa obra el valor de la trascendencia espiritual más allá de cualquier dogma religioso. Otras claves, siempre humanas, siempre existenciales, habitan en novelas como “Ensayo sobre la ceguera” (1995); “Todos los nombres” (1997); “La caverna” (1997); “El hombre duplicado” (2003) o “Las intermitencias de la muerte” (2005).

José Saramago es uno de los más grandes fabuladores de la literatura mundial; el crítico Harold Blom asegura que es “el novelista vivo más talentoso del planeta”. La obra de Saramago se ha ganado un espacio único en las letras; pocos como él pueden crear una novela poderosa tanto en la ficción como en la filosofía. En sus novelas el narrador cuenta y reflexiona sin perder el hilo (con su tono y su ritmo) de la historia. Pero en este tránsito Saramago también nos invita a pensar sus opiniones; y nos dice (y pensamos) que “cuando se ridiculiza la bondad la única conclusión es que se justifica la delincuencia”. Y con esa bondad aguda (y sonrisa observadora, triste) asegura que “vivimos tiempos que se caracterizan por la irracionalidad de comportamientos generales, y poner un poco de sentido común, decir que hay que proteger la vida, que la prioridad absoluta es el ser humano, esté donde esté, es casi una aberración…Y no se observan cambios, esto no es una tendencia, es una brutal realidad: la intolerancia ha ganado, no soportamos al otro”.

En su recorrido, el escritor superó la enfermedad con la ilusión de un niño. Antes de la hospitalización escribió cuarenta páginas de su nueva novela; luego, al salir, construyó el resto de la experiencia en clave de fábula. “El viaje del elefante” trata del particular tránsito de un paquidermo que la Corte lusa le envía de obsequio a su homóloga austríaca. Pero habrá que buscar entre sus líneas (o dentro de sus espejos) la mirada de un hombre que vio la muerte de cerca. Y no le tuvo miedo.

Vamos andando (intentando ver lo que no ven nuestros ojos) y atendiendo las pistas que nos dejan otros en el camino. En algún momento de su viaje (que también es un poco el nuestro) José Saramago (el crítico, el que se declara cada vez más rebelde) sostiene que “la sociedad actual necesita filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión. Nos falta pensar, ideas, y sin ideas no vamos a ningún sitio”.

Qué importante es, como Saramago, asumir los años (y el viaje) con la rebeldía de un joven inconforme.

Edgar Borges es venezolano residente en España.


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Treinta años del poemario “Ningún ruido, ningún silencio”, del canario Justo Jorge Padrón

Jose Almeida Afonso (desde Artevigo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Por las cosas de la vida, pero sobre todo por la escasa difusión que nuestros poetas y escritores tienen en Canarias, hasta no hace mucho el poeta Justo Jorge Padrón era para mí un perfecto desconocido. No sería hasta el año 1992, y con motivo del Congreso de Escritores Canarios celebrado en la Gomera, a iniciativa del ya desaparecido Don Sebastián de La Nuez, cuando tengo por primera vez conocimiento de éste (conocimiento de que era un excelente poeta no significa que hubiera leído algunas de sus más celebrados, traducidos y premiados poemarios).

Sería algunos meses después cuando tuve la inmensa suerte de adquirir por veinte duros una antología poética suya que abracaba los años 1971-1976. Su título genérico es el terrible y desasosegador “Ningún ruido, ningún silencio”; esta edición que constaba de tres mil ejemplares –todo un record para un libro de poesía- había sido editada en noviembre de 1978 en México por Editores Mexicanos Unidos S.A.

“Ningún ruido, ningún silencio” está conformado por sus tres primeros poemarios “Los oscuros fuegos” (1971), que fue galardonado con el premio Adonais. “Mar de noche”, (1973) que consigue el premio Boscán y “Los círculos del infierno” (1976), que es el que me detendré en esta ocasión.

Con este último poemario “Los círculos del infierno”, Justo Jorge Padrón –nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1943- concitó la elogiosa atención de la crítica europea y americana y fue traducido a más de 12 idiomas (“...que un libro se haya traducido a cincuenta idiomas o que haya sido leído por millones de lectores, en el fondo tampoco le confiere hoy a ese libro categoría literaria universal. Entonces no entrarían en el ´canón`, ni por asomo, ni Góngora, ni John Donne ni Mallarmé, por poner sólo tres ejemplos de monstruos literarios que casi nadie ha leído ni entendido jamás...según escribe Jordi Llovet”).

Según el profesor Sebastián de la Nuez, con este poemario, Justo Jorge Padrón alcanza uno de los momentos culminantes de la poesía canaria y también de la universal contemporánea. Representa una cosmogonía del hombre del siglo xx, puesto en la cima de esta desenfrenada carrera de la destrucción, extendida ahora a toda la raza humana, alcanzando con ello un sentido épico, pero sin dejar de pertenecer al mundo interior del poeta, y, por lo tanto, quedando dentro de la esfera de lo lírico. En cuanto a las estructuras métricas, aunque sigue siendo fiel al esquema alejandrino-endecasílabo, los combina con versos más cortos como el heptasílabo.

En “Los círculos del infierno”, Justo Jorge Padrón se adentra de forma magistral en el lado oscuro de la vida, se sumerge de tal forma que parece que ya no existiera otra cosa, otro sentido, ninguna verdad. Versos ágiles, frágiles y al mismo tiempo como entrecortados, como esperando una certeza, una señal, un signo que nunca llega. Así el poeta, el ser humano, nace y muere una y otra vez en cada palabra, en cada verso, en cada poema.

En “los círculos del infierno” ese “otro lado” se erige como el principal protagonista, sólo él existe...y quizás, detrás, o en lo más profundo el deseo de convertir esas sensaciones en placer estético, en vía de conocimiento. Así en el poema “La locura” el poeta lo ve claro: “....una multitud ciega sufre, envejece, muere./ Gemidos en los vasos y en pintadas palomas...”

En otros poemas, como en “Si Dios se cansara de nosotros”, o “Naufragio”, o “Solo la duda”, o “La soledad” o “El Llanto”, por solo nombrar alguno de ellos, una atmósfera pesada, asfixiante, se apodera de nosotros. No existe la esperanza, ni la fe, ni el amor. Sólo un mundo vacío que no hay con qué llenar. Sólo, solamente “Ningún ruido, ningún silencio”. O, tal vez, alguna palabra, algún verso para llenar tanto hastío, tantas ganas de no ser nada, acaso un río, un pájaro, un mar oscuro.

****

Empecé este artículo diciendo que por las cosas de la vida, pero sobre todo por la escasa difusión que nuestros poetas y escritores tienen en Canarias, hasta no hace mucho el poeta Justo Jorge Padrón era para mí un perfecto desconocido. No sería hasta el año 1992, y con motivo del Congreso de Escritores Canarios celebrado en la Gomera, a iniciativa del ya desaparecido Don Sebastián de La Nuez, celebrados, traducidos y premiados poemarios), cuando tengo por primera vez conocimiento de éste.

Sería algunos meses después cuando tuve la inmensa suerte de adquirir por veinte duros una antología poética suya que abracaba los años 1971-1976. Su título genérico es el terrible y desasosegador “Ningún ruido, ningún silencio”; esta edición que constaba de tres mil ejemplares –todo un record para un libro de poesía- había sido editada en noviembre de 1978 en México por Editores Mexicanos Unidos S.A.

“Ningún ruido, ningún silencio” está conformado por sus tres primeros poemarios “Los oscuros fuegos” (1971), que fue galardonado con el premio Adonais. “Mar de noche”, (1973) que consigue el premio Boscán y “Los círculos del infierno” (1976), que es el que me detendré en esta ocasión.

Para el crítico José Luis Cano “Los círculos del infierno”, ´no son sino el traslado a una expresión poética, con símbolos y metáforas, de una crisis espiritual que parece alcanzar honduras abisales, de derrumbamiento interior como consecuencia de una experiencia: el choque brutal con un mundo injusto y vil.`

Por otro lado, como muy bien apunta Arthur Lundkvist, esa crisis no es sólo, en “Los círculos del infierno”, una crisis personal del hombre que lo ha escrito, porque el poeta la trasciende hasta ser también una crisis colectiva.

Según José Luis Cano, “Las visiones más horribles, los climas de turbulenta pesadilla, los paisajes de desolación y ruina, de escombro y muerte, se suceden con progresión creciente, creando un clima atroz de angustia insoportable en que la dislocación del tiempo y los sentidos, las metamorfosis más horrendas, las honduras más abisales nos conducen a un laberinto infernal (... ), y teniendo conciencia de que es camino que él no ha buscado le conducen implacablemente a los laberintos del terror y la locura”.

Para tod@s aquell@s que quieran adentrarse en los versos de este poeta genial –aunque poco conocido y menos valorado, por lo menos en Canarias- decirles que en Internet pueden encontrar varias páginas dónde pueden acercarse a su vida y a su obra; y también, para l@s que prefieran el formato libro, la Biblioteca Básica Canaria, editó una “Antología Poética” con un prólogo bastante ilustrativo de Sebastián de la Nuez Caballero.

Uno de los poemas que más me impactó es el que titula:

Y si dios se cansara de nosotros

Y si Dios se cansara de nosotros,
Y si Dios nos odiara,
Nos iría cambiando lentamente, nos pondría una lepra de tiempo por la piel,
La sensibilidad muy enfermiza
Y la sed y la angustia
Del recuerdo constante;
Y a nuestro lado espejos,
Muchísimos espejos
Para que en luz y noche
Nuestra desenfrenada pérdida reflejaran.
Sentiríamos golpes invisibles cayendo
Desde dentro y también desde lo más distante.
Y nos encerrarían en reducidos recintos
Y en sórdidos trabajos
Que nos irían reduciendo a sombra
Y ruina la vida.
Para que no pudiéramos amar
Vertería en nosotros la ambición,
La envidia, la violencia, la lujuria y el odio.
Este veneno irá corrompiendo nuestra alma.
Desde ella brotarían muñones y rencor,
Vicios innumerables.
Y cuando ya pidiéramos a gritos
La muerte, insuflaría en los más cuidadosos
La piadosa costumbre de alargarnos
El grito hasta el terror o la locura.
Si este Dios tan justo nos odiara,
Seríamos la especie
Miserable y rugosa, torpe, suicida y ciega,
Degenerada y criminal, maldita,
Que es la raza humana.

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Déjese secuestrar

Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Que los secuestros se han convertido en una pesadilla, ni falta hace decirlo. ¿Qué hacer? Van Gogh Secuestros SACV le da la solución: ¡convierta la pesadilla en placenteras vacaciones y dinero para usted! Déjese secuestrar, por nosotros, claro está. Le explicamos. Para todo mundo, usted, pobre, se encontrará sufriendo, amarrado, amordazado y engrillado, con el Jesús en la boca, a ver si se arma la balacera y usted corre el riesgo de ser el primero en petatearse. Nada de eso ¡estará disfrutando de las mejores vacaciones de su vida en la playa de su elección! Nos dice si necesita novia (o novio) que lo (la) acompañe, catálogos a su disposición. Lo importante es que nada le falte, estamos para servirle.

Tenemos planes de dos o tres semanas de vacaciones sin costo alguno de su parte (IVA, gastos de operativo y de administración, propinas, todo comprendido). Una vez pagado el rescate, se reparte entre usted y nosotros, proporciones a convenir. Con el fin de presionar a los paganini, es conveniente hacerles llegar una oreja, no se asuste, no será la suya, sino la de algún muerto fresquecito, a quien ya no le hará falta. Contamos con un selecto cuerpo de asesores, formados en las unidades antisecuestros ¡años de experiencia al servicio de usted! Como ve, nada se ha dejado al azar, puede quedar tranquilo, somos los mejores en la república.

No deje pasar esta ocasión, no se arrepentirá, volverá a casa como nuevo, claro, poniendo cara de aflicción y sufrimiento. ¿Tiene parientes ricos o trabaja en una gran empresa?. Llámenos. ¿No los tiene? Llámenos, no se desanime, siempre habrá amigos que organicen una cooperacha. Claro, usted entrará en los planes económicos, olvídese de Cancún y de hoteles cinco estrellas, lo despacharemos a La Marquesa. De cualquier modo, lo pasará a todo dar escuchando las noticias de su secuestro, contando siempre con la bebida y la compañía de su preferencia. Una recomendación: no se ponga a planear su autosecuestro, de seguro la regará. Para ese trabajo, nosotros somos los especialistas indicados.

¡Ah! Y no haga caso de habladurías. No es cierto, como la competencia anda murmurando, que una vez nos equivocamos gacho: que nuestro secuestrado era un ruco de 82 años y enviamos a la familia una oreja de una jovencita de 16 con cuatro aretes puestos. Nada de eso es cierto, no haga caso de chismes.

En una palabra, no deje pasar esta ocasión. No se arrepentirá, no verá a su mujer (o su marido) en una o varias semanas, tampoco la abrumadora familia, volverá a casa como nuevo(a). ¿Le parece poco? De un día para otro, rejuvenecido(a) y millonario(a).

No deje pasar más tiempo, llámenos. Van Gogh secuestros SACV para servirle, llámenos. Nuestro teléfono aparece en pantalla, si lo hace en la próxima media hora pasará a integrar nuestra cartera de clientes consentidos.

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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Mujeres


Silvio Rodríguez

Me estremeció la mujer que empinaba a sus hijos
Hacia la estrella de aquella otra madre mayor
Y como los recogía del polvo teñidos
Para enterrarlos debajo de su corazón

Me estremeció la mujer del poeta, el caudillo
Siempre a la sombra y llenando un espacio vital
Me estremeció la mujer que incendiaba los trillos
De la melena invencible de aquel alemán

Me estremeció la muchacha
Hija de aquel feroz continente
Que se marchó de su casa
Para otra de toda la gente

Me han estremecido un montón de mujeres
Mujeres de fuego, mujeres de nieve

Pero lo que me ha estremecido
Hasta perder casi el sentido
Lo que a mi más me ha estremecido
Son tus ojitos, mi hija, son tus ojitos divinos

Me estremeció la mujer que parió once hijos
En el tiempo de la harina y un kilo de pan
Y los miró endurecerse mascando carijos
Me estremeció porque era mi abuela además

Me estremecieron mujeres
Que la historia anotó entre laureles
Y otras desconocidas, gigantes
Que no hay libro que las aguante

Me han estremecido un montón de mujeres
Mujeres de fuego, mujeres de nieve

Pero lo que me ha estremecido
Hasta perder casi el sentido
Lo que a mi más me ha estremecido
Son tus ojitos, mi hija, son tus ojitos divinos

Silvio Rodríguez es músico, poeta y cantautor cubano.


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Discurso del Jefe Seattle, 1853

Estados Unidos de América

Esto lo sabemos. La Tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto lo sabemos. Todas las cosas están conectadas entre sí, como la sangre que une a una familia.

Cuanto le ocurre a la Tierra, también les ocurre a los hijos de la Tierra. El hombre no tejió la telaraña de la vida; él es tan sólo una hebra en ella. Todo cuanto se hace a la telaraña, se lo hace a sí mismo.

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El dueño del circo


Rodolfo Bassarsky (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Grita, no habla, o habla a los gritos, que es lo mismo. El está en el circo y es el presentador (además de único dueño).

Es un circo donde no hay payasos aunque él se burla igual de los participantes como si lo fueran.

Ahora está frente a la rubia Silvia, exuberante con sus impresionantes pechos. Sobre el izquierdo (siempre hablando de los pechos), tiene, pegado, algo parecido a un botón.

Desde la pantalla del televisor no se puede visualizar bien pero a través de los gritos del dueño del circo que dialoga con la rubia, queda claro que ella se ha puesto la insignia del club de los amores de ambos: San Lorenzo , dando fe a su rendición incondicional al San que de Santo no tiene nada.

Ella le pide que le saque el botón (que sigue pegado en su pecho izquierdo). El intenta pero está muy pegado.

Los presentes gritan (igual que el dueño del circo)

¡Apretá!,
¡está duro,!
¡no te sale!,
¡dale!,
¡otra vez,!

Es el doble sentido soez que tanto divierte al dueño.

Agotado el tema del botón en el seno, el dueño del circo dispone que ella, la rubia, la exuberante, vaya repartiendo besos a quién él lo disponga.

Entonces, la va llevando de la mano y, ante el asalariado elegido (que siempre es un empleado del dueño del circo) la rubia lo debe besar.

El periplo sigue por los pasillos del canal donde el dueño del circo ordena que tal o cual la debe besar y, justo en ese momento la pantalla mostrará al empleado que deja su cámara, su escritorio o lo que sea para ejecutar la orden en medio de los gritos, risas, aplausos y comentarios soeces, genuflexos y ordinarios.

La frutilla del postre es cuando el dueño decide que la exuberante bese al Padrino y entonces el circo se convierte en un escenario digno del mejor gigoló premiado con el Martín Fierro de la televisión argentina.

Antes de cerrar, hasta mañana, la compu, busco si me ha llegado otro correo

¿Podrá creerse que justo recibo el siguiente?:

"TEST PARA LA FAMILIA ARGENTINA"

1) ¿Desea tener un hijo o un nieto violador?

2) ¿Desea que entre 10 y 15 años su hija o su nieta sea abusada?

3) ¿Desea que su hijo menor sea sometido por otros chicos como un juego más?

4) ¿Desea que su hija o nieta juegue a la tele y se pasee o baile desnuda entre sus amigos (los de ella) o los suyos?

5) ¿Desea Ud. y su mujer COMPARTIR ese futuro con sus hijos o nietos?

SI CONTESTO "SÍ" A CUALQUIERA DE ESTAS PREGUNTAS, SIGA VIENDO TINELLI, GRAN HERMANO Y OTROS PROGRAMAS QUE SE LA PASAN MOSTRANDO IMÁGENES Y HABLANDO sin respeto a nada ni a nadie.

OLVIDESE DE SU CONCIENCIA Y AYUDE A FORMAR PERTURBADOS SEXUALES CON SU IRRESPONSABILIDAD PARENTAL

SI CONTESTO "NO" A TODAS LAS PREGUNTAS CAMBIE DE CANAL, BOICOTEE LAS EMPRESAS AUSPICIANTES Y RE-ENVIE ESTE EMAIL.

PROTEJA A LOS SUYOS

Apago la compu y me voy a dormir indignada pero más tranquila: somos varios los que pensamos que algo huele mal en el Riachuelo.

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sábado, 20 de diciembre de 2008

El cuervo


Edgar Allan Poe

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como vertiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Edgar Allan Poe: Escritor estadounidense. (Boston, 1809 - Baltimore, 1849), famoso por sus relatos fantasmagóricos y espeluznantes.


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Rubicunda


Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las lámparas ardían sin cesar ya bien entrada la madrugada. En la sala imperial estaban el emperador Constantino con tres de sus asesores sentados en torno a una inmensa mesa plagada de pergaminos y copas doradas con vino, y seis soldados de custodia algo más lejos, parados en torno a las dos puertas de la enorme habitación. Las caras tensas de todos los reunidos denotaban preocupación.

–Así es, señores– sentenció Constantino con aire ceremonial. –Es imprescindible que en forma urgente hagamos algo… Y creo que los cristianos… Bueno, la jerarquía de los cristianos, todos sus obispos, el obispo de Roma, los de Oriente, el de Libia, todos ellos, de poder ser quienes hundan al imperio, si los sabemos poner de nuestro lado, podrán ser nuestra salvación–.

–Sí, Majestad. Claro que sí, pero… no será tarea fácil–.

–¿Y quién dijo que lo fuera? Nada es fácil, señores. ¡Nada! ¿O creen, acaso, que no costó muchísimo vencer a Licinio? Por supuesto que sí… ¡Pero lo hice!–, agregó levantando atronadoramente el tono de la voz. –Insisto: si los cristianos son el peligro para el imperio, no hay más camino que neutralizarlos–.

–Es lo que venimos haciendo desde hace trescientos años, Majestad–.

–Pero no alcanza. No alcanza, al menos, hacerlo de esa manera–.

De pronto, dirigiéndose a uno de sus asistentes con una copa de vino en la mano y los ojos llenos de un brillo asesino, Constantino preguntó casi con desdén:

–Dinos, Plinio: ¿cuántos cristianos se llevan comidos ya los leones?–

–No sabría deciros la cifra exacta, Eminencia. Pero calculo que en estos últimos años…–, la expresión de desconcierto del interrogado era evidente. Sacando fuerzas de donde no las tenía, agregó: –calculo…este…que varios miles–.

–Bueno, aunque no sepas la cantidad exacta, es evidente que matamos cristianos, y matamos más cristianos… y nunca deja de haber más. ¿Qué tiene esta creencia que atrae tanto a la gente?–

En realidad, la última expresión del emperador no era una pregunta en sentido estricto. Era una reflexión con forma de interrogación. Se lo estaba preguntando a sí mismo.

–Es que…estos cristianos siguen las enseñanzas de ese subversivo…– terció uno de los asesores, sintiéndose interpelado.

–¿Quién? ¿Ese que llaman el rey de los judíos?–, interrumpió furioso Constantino.

–El mismo, Excelencia. Ese mismo–.

Se hizo un silencio tenso en la estancia. Nadie se atrevía a continuar hablando a la espera de la reacción del emperador.

De pronto, dando un manotazo sobre la mesa, gritó imperioso: –¡A dormir, señores! Ya es muy tarde. Y haremos así: si matándolos no podemos detenerlos, neutralizaremos a sus jefes. Tal vez eso es lo que tendríamos que haber hecho hace tiempo: trabajar con la dirigencia en vez de hacer correr tanta sangre. Ya lo hablé con el obispo Osio de Córdoba. Haremos esa reunión aquí mismo, cerca de Constantinopla. Será en Nicea, para el mes de mayo–. Diciendo esto, se levantó. Todos lo hicieron tras él, y en respetuoso silencio lo saludaron agachando discretamente la cabeza.

Faltaban tres meses para el encuentro. Constantino había estipulado que el 20 de mayo, por la tarde, comenzaría el evento, el mismo día en que, por la mañana, darían inicio las celebraciones del triunfo sobre su rival Licinio con el que quedaba unificado el imperio. Para demostrar claramente que era el único emperador sin sombra de dudas, festejaría su poderío militar y político al mismo tiempo que pondría en marcha el plan para terminar con esa molestia de los cristianos, que no cesaban de crecer y fortalecerse.

Los preparativos para el concilio religioso se sucedían a marcha forzada. En relativamente poco tiempo fueron convocados cerca de cuatrocientos obispos de todos los puntos del imperio; incluso el obispo de Roma, Silvestre I, fue directamente invitado por Constantino a través de una carta firmada de su propia mano. Contar con esa presencia era fundamental para su estrategia imperial, estimaba el monarca. Faltando unas pocas semanas para el inicio de la gran cita, el prelado informó que no podría estar en persona debido a su avanzada edad, pero enviaba en su lugar dos representantes, Víctor y Vicentius.

–No está mal– concluyó Constantino. –Por último, viene alguien–.

Los cristianos, de una secta esotérica, habían pasado a ser un verdadero poder a lo largo y ancho de todo el imperio. Si bien no detentaban ninguna autoridad política ni militar, su presencia moral les confería una fuerza que las lanzas de los soldados imperiales no lograban silenciar.

–Esto de amarse unos a los otros todos como iguales, además de ser una locura, es peligroso. ¿Dónde se ha visto tamaña afrenta a la jerarquía? ¿Cómo permitirlo? Los de abajo deben temer a los de arriba, no amarlos. Y nosotros, los superiores, ¿cómo vamos a amar a nuestros súbditos, a nuestros esclavos?–

Constantino el Grande, como gustaba hacerse llamar, no sabía mucho de teología. Ni le interesaba saber. Para él esas discusiones eran absurdas, una completa pérdida de tiempo. Con una de sus amantes, la preferida: Gilberta, se permitió ser bastante locuaz al respecto:

–Para serte franco, yo, en lo más recóndito, sigo siendo un ferviente adorador del “Sol Invicto”, el dios al que profesaran respeto mis padres y cuya tradición me transmitieron. ¡No puedo entender esta moda moderna del cristianismo! Aunque en verdad, lo que más me incomoda de todo esto no son esas cuestiones ridículas de si el rey de los judíos fue mandado por un dios todopoderoso, si pudo revivir después de muerto en la cruz y si voló hacia los cielos. No, todo eso me tiene sin cuidado, Gilberta–, decía emocionado el soberano ante los ojos de una muchacha que lo miraba con ojos desorbitados luego de haber hecho tres veces el amor. Era evidente que la pobre no entendía ni una palabra lo que su señor le decía, pero no dejaba de seguirlo con atención.

–¿Sabes qué es lo que más me indigna en verdad? Ese desprecio que tienen los cristianos por la autoridad. ¿Viste cómo nos desprecian a nosotros, la autoridad del imperio más grande del mundo? ¿Tú te has dado cuenta la forma en que tratan a nuestros soldados? No los agreden sino que… ¡los aman!–

–Mira, mi señor: con humilde respeto me permito deciros que, hasta donde yo puedo darme cuenta, ellos transmiten bondad, humildad. Cuando dicen que son todos iguales, ¿porque eso es lo que dicen, verdad?, pues… cuando dicen eso, lo creen. Lo creen y lo practican–.

Constantino quedó sorprendido. Jamás hubiera imaginado que una de sus amantes pudiese decir algo así. No sólo por el contenido de lo dicho. Eso, por lo pronto, ya lo exasperaba. Pero más aún lo sacaba de quicio que una mujer, una “vulgar amante”, como solía decir, pudiera tener criterio propio.

–¡Pero qué! ¿Tú también eres cristiana entonces?–, vociferó el emperador.

La joven comenzó a temblar atemorizada. Ya sentía el filo de la daga en su garganta, y antes que ello ocurriera se tiró al piso abrazando los pies de su señor.

–No, mi amo. No, por favor…Os pido perdón–. Las lágrimas brotaban profusas en sus ojos despavoridos.

–Levántate, vamos, levántate–, dijo magnánimo Constantino. –No es contigo el problema. Pero me haces ver claramente lo que venía pensando, me lo reafirmas. Tú eres alguien del pueblo finalmente, una plebeya. Y ves en estos subversivos lo que, seguramente, ve todo el populacho: una promesa, y por tanto, ¡un peligro para el imperio!–

–Pero ¿por qué dices eso, mi amo y señor?–, preguntó Gilberta conmocionada.

–¿Es que no terminas de verlo? Estos fanáticos, subversivos y revolucionarios, son un nuevo Espartaco para la seguridad del imperio. Y si no los paramos a tiempo serán ellos los que terminarán derrotándonos. ¡Pero ya sé cómo los neutralizaremos! Compraremos a sus dirigentes. Mucho oro, piedras preciosas, buenas ropas… ¿A quién no le gusta eso? Todo hombre tiene su precio, mi querida Gilberta–. Dicho lo cual, volvieron a hacer el amor dos veces más, con más ferocidad que las anteriores.

A los colaboradores directos del emperador llamó un tanto la atención tal acumulación de riquezas. Nunca habían visto tantas monedas de oro juntas, ni tantas piedras preciosas. Había objetos de arte y maravillas traídas desde todos los puntos del imperio, y de más allá: tapices de Persia, joyas de Libia, tejidos finos de Siria, marfil de la India, las mejores espadas de acero de Iberia, vinos de Grecia, adornos en mármol de Italia. En el botín se habían considerado también esclavas negras, atractivas jovencitas de provocativos cuerpos y lasciva mirada. Había también leones de Eritrea y rarezas como tigres de la Bengala o una gran alberca con animales acuáticos como serpientes marinas, medusas de colosal tamaño y cocodrilos gigantes del Nilo. Nadie sabía exactamente para qué era todo eso. Sólo el emperador lo sabía. El emperador y algunos de sus pocos asesores de confianza.

–¡Magistral, Su Excelencia! Seguro que aceptarán. ¿Quién rehusaría a tanto esplendor?– fueron las obsecuentes palabras de alguno de ellos.

La oferta era más que generosa: fin de las persecuciones, fin de los suplicios para los cristianos y grandes riquezas para los obispos, para todos por igual, incluso cargos públicos en la dirección del imperio. Todo ello a cambio de moderar el discurso subversivo, o que al menos Constantino y la aristocracia gobernante consideraban subversivo, por parte de la secta de los cristianos. Había que demostrar que las enseñanzas del que consideraban su Maestro, ese carpintero predicador al que se le atribuían milagros y que hablaba del amor incondicional, de la igualdad entre todos los hombres, que todo eso era secundario. Lo importante era la adoración de un dios omnipotente, único, absoluto, no comprometido con cuestiones terrenales y que prometía a todos un paraíso eterno luego de la muerte. Y no era eso precisamente lo que había enseñado este judío ajusticiado junto a dos ladrones. Había que empezar a escribir una nueva historia.

–El populacho, finalmente, cree y hace lo que le dicen sus dirigentes. Para algo nuestros antepasados habrán inventado aquello de “pan y circo”, ¿verdad?– explicaba Constantino sin tapujos. Su claridad, no por descarnada, era menos acertada.

Los obispos fueron llegando hacia principios de mayo. En general era gente pobre, del pueblo, convencidos de su obra y de su prédica. Todos habían aceptado ir a Nicea sin conocer de la oferta que les esperaba; pero todos habían visto en la propuesta del emperador la posibilidad de poner fin a la persecución de su gente. Eso es lo que les había impulsado a asistir. Eran ya trescientos años de sufrimientos, y si ahora se podía poner un remedio a esa situación, no era de desaprovecharse la ocasión.

Muchos de ellos habían sido duramente torturados por los soldados del imperio en años recientes, y todos llevaban a sus espaldas las indecibles penurias de su pueblo cristiano, en nombre del cual ahora hablaban. Todos los obispos fueron recibidos personalmente por Constantino, quien les presentó la oferta uno por uno.

También lo mismo fue para con Arrio, el rebelde presbítero de Alejandría.

Llegó acompañado de Eusebio de Nicomedia, pero por no ser obispo, si bien podía estar en el cónclave, no tenía derecho a participar en las deliberaciones. De todos modos, era figura clave. Era él, popular y amado por sus seguidores, quien constituía sin dudas el principal obstáculo para los planes de manipulación de toda la dirigencia cristiana. El problema estribaba en asuntos teológicos, pero de decisiva importancia práctica, políticos por tanto.

–No importa si este predicador que andaba los caminos de la Palestina existía desde siempre como espíritu o fue creado en un momento por el dios que adoran los cristianos. No importa si son de la misma sustancia padre e hijo. Miren, señores: todas esas son pamplinas intrascendentes. Y si a este tal Arrio de Alejandría le interesa profundizar en esos temas y hacer una causa en la defensa de su tesis, bueno… mientras quede en puras discusiones teológicas, pasa. Pero si con esto de que Jesús era un mortal iluminado por el dios padre, lo que se transmite finalmente al populacho es la preocupación por la igualdad entre todos los mortales…, si es así: ¡señores, entonces estamos perdidos!–

Las palabras de Constantino ante sus asesores más cercanos estaban cargadas de pasión, de profunda convicción. Se veía que en el asunto le iba la vida. Y no sólo la suya: ahí se jugaba la vida del imperio del que era amo supremo y conductor. Cualquier alzamiento que contradijera la rígida estructura social de las clases dominantes era una alarma intolerable. La rebelión esclava de trescientos años atrás aún estaba presente en la memoria de la aristocracia, y este movimiento que reivindicaba la igualdad solidaria entre todos los seres humanos tenía el valor de una nueva afrenta insoportable, peor que la de los esclavos.

–Esto que os diré ahora es un riguroso secreto de Estado, y si alguno de vosotros osara hacer la más mínima confesión al respecto, confesiones de esas que solemos hacerle a nuestras amantes al calor de algún trago, si alguno cometiera la tamaña estupidez de permitir que se le escapase una letra al respecto, por mi honor de Emperador os juro que con estas manos le cortaré el cuello–. El silencio en la recámara era absoluto. Se podía escuchar la respiración alterada de todos; nadie se atrevía a tomar la palabra. Fue Lúculo quien se atrevió a preguntar:

–Majestad, con todo el respeto del caso, ¿en qué consiste el plan?–

–Hay que transformar a este Jesús de Nazareth en un dios, una deidad inalcanzable, alguien que no tenga nada que ver con las penurias mundanas, alguien a quien se alabe por su majestuosidad inapelable y no porque incite a la rebelión–.

–No necesitamos un nuevo Espartaco– agregó victorioso Lúculo.

–¡Exacto!, querido amigo. Necesitamos un nuevo Júpiter, un nuevo Zeus. Que el populacho se preocupe por la salvación de sus almas, por la vida de ultratumba y que nos deje las riquezas tranquilas. Si ahora el dios de moda se llama Jehová, Jesús o judío crucificado, pues que así sea. Y si este harapiento carpintero barbado rey de los judíos nos sirve para mantenernos en paz: ¡viva Jesús de la cruz! Y hagámonos todos cristianos. Pero cuidado: ¡basta de rebeliones y amor entre iguales! ¿Está claro?–

Como siempre que Constantino hablaba con ese tono lapidario, sus rodeantes callaban; y en muchos casos, temblaban de miedo. En este momento no estaba increpando a ninguno de los presentes, pero de todos modos su actitud era tan arrolladora, el brillo de sus ojos tan feroz y su voz tan estentórea que los cuatro acompañantes se sentían cohibidos.

Nunca se supo exactamente qué dijo el emperador a cada uno de los dirigentes cristianos con los que habló en forma personal. A todos les dispensó no menos de una hora en su cámara imperial. A todos ofreció buen vino y mejores viandas. También a los heterodoxos Arrio de Alejandría y Eusebio de Nicomedia.

Todos los obispos de entre los alrededor de trescientos asistentes, o la gran mayoría al menos, salieron rebosantes de alegría de su reunión con el sumo dignatario imperial. También Eusebio. Pero no así Arrio.

La propuesta de bienes materiales y cargos jerárquicos del imperio en sus respectivas zonas de influencia conmovió a la casi totalidad. También a Eusebio. Fueron necesarias fuertes reprimendas por parte de Arrio para que su compañero no cayera en la tentación de la oferta. Tocado en su conciencia, finalmente optó por defender las tesis arrianas durante el concilio. Pero las riquezas y el poder en juego inclinaron la balanza totalmente hacia lo que perseguía el emperador. Por casi absoluta mayoría todos los obispos decidieron anatematizar la posición arriana.

Dado que el mismo Arrio no podía tomar parte en las deliberaciones a puerta cerrada de los jerarcas por no ser obispo, durante mucho tiempo del cónclave se dedicó a vagar por la ciudad de Nicea, por los jardines del palacio donde se hospedaba, a contactar gente del lugar. Fue así que conoció a Gilberta, la amante preferida de Constantino.

–La carne es débil– se decía Arrio justificándose, –y la mía mucho más aún–.

Fue conocerse y mutuamente desearse en forma desenfrenada. La pasión desatada era grande. Arrio no quería desentenderse un momento del desarrollo de las deliberaciones, y también quería estar todo el tiempo con su recién conocida amante. Entre una y otra actividad pasó los días en que tuvo lugar el concilio.

Parecía que todos los obispos habían aceptado de buen grado la oferta de Constantino y todos coincidían en la necesidad de dejar claro que Jesús era dios quitándole su carácter mundano. Pero ante ello Arrio decidió contraatacar. Toda una noche pasó junto con Eusebio redactando el alegato que usarían para probar la terrenalidad del predicador de Nazareth. Al día siguiente Arrio prefirió desestimar el llamado de Gilberta, quien tenía la certeza de estar sola todo el día puesto que el emperador asistiría a las reuniones con los religiosos; él quería acompañar fervientemente, aunque fuera del recinto, la defensa que realizaría su compañero delante a todo el sínodo.

Eusebio, gran orador, pronunció una encendido discurso en latín. Sus argumentos fueron contundentes, directos. No quedaban dudas que el Maestro, enviado de dios, venía a traer un mensaje novedoso para aquel entonces: el amor y la tolerancia. Era más importante incluso, según su fervorosa presentación, la figura de Jesús que la del mismo padre celestial. El nuevo movimiento de los cristianos, según sus palabras, estaba llamado a ser una salvación en un mundo plagado de injusticias y guerras. El amor incondicional entre todos los seres humanos era la clave, tanto como la renuncia a la soberbia, a la arrogancia que confieren las riquezas materiales y el poder.

Pero en medio de la ponencia de Eusebio fueron varios los obispos que lo interrumpieron al grito de “¡hereje!”, “¡blasfemo!”. Incluso, en un conato de agresión contra su persona, le quitaron de su mano el pliego donde tenía escritas sus notas y lo rompieron.

–“¡Destierro, destierro!”– fue el pedido generalizado de los presentes. Constantino, presente en la sala de deliberaciones, sonreía complacido.

Consecuencia de ello fue que tanto el ponente, Eusebio, como la cabeza del movimiento, Arrio de Alejandría, fueron condenados al exilio. El libro de este último, Talía, un compendio de sermones usualmente cantados con profundo fervor por los feligreses de su diócesis, fue quemado públicamente.

Pero la otra consecuencia, seguramente la más importante, fue la aprobación del documento que el emperador tanto ansiaba, la declaración que legitimaba la naturaleza divina del predicador subversivo y que no daba lugar a futuras controversias, lo que posteriormente se conoció como el Credo Niceno: “Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consustancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo”.

Como era de esperarse, ni Arrio ni Eusebio firmaron el documento, marchando prestos al exilio. Tan apresurados salieron que Arrio ni siquiera pudo despedirse de Gilberta.

Todo esto trajo profundas consecuencias, tanto para los cristianos como para la dinámica del imperio. Cooptados los principales dirigentes de ese movimiento tan molesto a la corona que era la naciente iglesia cristiana, comprada buena parte de sus obispos con el oro imperial, las nuevas relaciones que comenzaron a tejerse entre ambas instancias fueron dejando atrás el espíritu fraterno de los primeros seguidores del Maestro Jesús. El lujo, la adoración de la riqueza y de los poderes temporales fueron haciéndose cada vez más presentes entre la jerarquía eclesiástica. Aquello de “poner la otra mejilla” terminó por ser una mera declaración vacía, y las mieles del poder fueron tiñendo la práctica cotidiana de los jerarcas, cada vez más hasta hacerlos sentir un nuevo poder, poder que persistió en el tiempo más allá del mismo Imperio Romano.

El cristianismo, a partir del concilio de Nicea, comenzó a hacerse cada vez más popular por todo el imperio, dado que ya no era perseguido; no llegó a ser aún la religión oficial en tiempos de Constantino, pero devino la religión popular, la religión de moda, pues era la que profesaba el emperador. De hecho, él cada vez más se intrometía en cuestiones supuestamente teológicas, pero que no eran sino la marcha política del movimiento hasta ayer contestatario. Eran, en realidad, cuestiones de Estado. Después de su intervención para forzar el Credo Niceno, se sentía ya un especialista en estos temas de fe. “El obispo de los de afuera de la Iglesia”, gustaba decirse, no sin cierta sorna.

De esta manera, con su intervención se lograba dar fin a un largo proceso de unificación para todo el imperio. Con su reciente triunfo sobre Licinio había un solo emperador, y por tanto una ley y una ciudadanía única para todos los hombres libres. Para que la unificación fuese completa faltaba una religión única. De ahí la necesidad tan imperiosa de este concilio para lograr una sola cristiandad, dócil y uniformada al máximo posible.

–La inversión en unas cuantas joyas y monedas de oro no fue mal negocio– reflexionaría satisfecho.

La iglesia cristiana, de un factor de enfrentamiento al poder, terminaría siendo con los años un poder en sí mismo. Caído el imperio, sería ella quien sobreviviría victoriosa.

Eusebio de Nicomedia, hábil político y pariente en grado lejano de Constantino, fue logrando acercarse nuevamente a la corona hasta lograr su rehabilitación. Finalmente llegaría a ser el confesor privado del monarca y quien lo bautizaría ya en su lecho de muerte, dado que Constantino nunca fue realmente cristiano durante toda su vida.

En un primer momento, apenas concluido el concilio en Nicea, el emperador había pensado que lo mejor para cortar en forma terminante con todas esas discusiones teológicas que sólo servían para confundir a la gente, sería acabar con Arrio. Había pensado mandarlo a matar, y eso mismo le contó a Gilberta en una noche de amor –con ella era con quien más se permitía esas licencias confesándole, a veces imprudentemente, secretos de Estado–.

Conmocionada por la noticia, la joven rogó una y mil veces al soberano con lágrimas en los ojos que reconsidera la medida. Constantino, hondo conocedor de las pasiones humanas, entrevió algo raro en ese ruego, y sin pensarlo dos veces hizo asesinar a Gilberta días después.

–Por ahora, me conviene más vivo que muerto este loco de Arrio. Pero esta perra… ¡muy probablemente hasta me haya engañado con él!... Seguro que sí, si no, no me hubiera suplicado ese perdón–.

Ya no hubo cristianos comidos por los leones en el Coliseo. La feligresía cristiana, como ocurre siempre con la gran masa, no entendía muy bien qué estaba sucediendo. Las conclusiones emanadas de Nicea eran ininteligibles al común de la gente. Eso de la “consustanciabilidad”, de “engendrado pero no hecho” eran galimatías fuera de su alcance; lo cierto es que ya no había persecuciones. También era cierto –cosa que llamaba poderosamente la atención– que los obispos y predicadores de la palabra iban abandonando el contenido humanista y de preocupación por la cotidianeidad en sus sermones. Había pasado a ser más importante la salvación del alma luego de la muerte que la solidaridad y el amor en el día a día, cambio que afectaría inexorablemente a la iglesia cristiana para la posteridad.

Arrio vivió en el destierro por diez años, en una remota comarca de Eritrea, donde tenía expresamente prohibido predicar cualquier enseñanza religiosa, y mucho menos escribir. Pero luego, a pedido del mismo Eusebio de Nicomedia, quien ya había vuelto a ganarse los favores de Constantino, fue mandado a buscar del exilio. Por motivos que nunca quedaron claros, el mismo emperador, con la venia de muchos obispos, decidió su readmisión en la comunión de la iglesia. Eso iba tener lugar en junio del año 336, once años después de haber sido excomulgado en Nicea. Pero la noche anterior al acto de rehabilitación, murió en circunstancias extrañas, aparentemente envenenado.

Según un palimpsesto que data del siglo V que da cuenta fragmentaria de estos acontecimientos –hallado por investigadores ingleses alrededor de 1750 en lo que hoy es la zona del Líbano– y de acuerdo a las reconstrucciones un tanto azarosas que pudieron hacerse, todo indicaría que el emperador Constantino I el Grande mandó a una de sus amantes a seducir a Arrio, cosa que habría sucedido efectivamente, para luego, utilizando sus dones femeninos, proceder a envenenarlo. La mujer habría sido originaria de Eleusis –la patria de Esquilo– y, según el palimpsesto de marras, se llamaba Rubicunda.

Marcelo Colussi: Escritor argentino, actualmente radicado en Guatemala.


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Algo de foto: Alexis Pérez-Luna, de Venezuela

ARGENPRESS

La buena fotografía es una de las más bellas expresiones de las artes plásticas. En ella se pueden combinar el talento artístico con la tecnología de punta, la expresión más sutil con la denuncia más descarnada.

Todo esto nos obsequia Alexis Pérez-Luna, uno de los fotógrafos contemporáneos más destacados de la República Bolivariana de Venezuela.

De la innumerable cantidad de fotos que nos lega con sus más de 30 años de trabajo, contenidas en otros tantos innumerables libros y exposiciones individuales y colectivas (dentro y fuera de Venezuela), hoy seleccionamos para Argenpress solo cuatro, pero representativas de los distintos momentos de su recorrido.

Essaouira Marruecos 2002


Ortiz Venezuela 1980


Redondo Portugal 2002


Taguayguay Venezuela 1985

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Arteasudem ibaraden: “Proceso a la C.N.T. 19 Fusilados el 23 de enero de 1937” en Santa Cruz de Tenerife, de Ricardo García Luis (2)

José Almeida Afonso (desde Artevirgo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Especialmente dedicado al amigo Álvaro Morera, por su inusual generosidad, por su valiente ejemplo de que, a pesar de los pesares, vale la pena apostar por la Libertad, la Justicia y la Humana Dignidad, por su constante ejemplo de modestia –que no humildad– que le enseñó a saber estar en todo momento y circunstancia. Por tener siempre una palabra de aliento, de comprensión, cuando me notaba decaído, desencantado...Por todo esto y por otras muchas cosas, que entran en el ámbito de lo más íntimo, muchas, muchísimas gracias, amigo. (Liberto. Jose Almeida Afonso).

No era la primera vez –ni, por supuesto, sería la última– que había leído un libro del profesor e historiador Ricardo García Luis. Ya sabía que durante y después de cada lectura de algún libro –hasta que sucedió un especial acontecimiento– de Ricardo iría a tener que convivir con una especie de “remolino incontrolable en el centro mismo del estómago, a la altura misma del ombligo, incluso, había momentos que esa especie de remolino se convertía en una rabiosa jauría de algún animal salvaje que le dejaban una sensación física de terrible y doloroso desgarro interior...”

La primera vez que me ocurrió fue mientras leía “Vallehermoso. El fogueo. Toma de conciencia popular, resistencia y represión 1930-1942”, escrito conjuntamente con Juan Manuel Torres Vera, y que siendo un libro de historia, que podríamos englobar en lo que los estudiosos denominan dentro del género de ensayo, es de los contados libros en Canarias que cuenta con tres ediciones (Eds. 1986, 2000, 2007).

La lectura de este libro es “imprescindible” para tod@s aquell@s que quieran tener Información Veraz, Auténtica, Contrastada y Rigurosa de los acontecimientos que ocurrieron en La Gomera antes de la “sublevación militar” y los años posteriores a la misma: Ricardo, con esa paciencia lúcida que le caracteriza, nos va relatando todos y cada uno de los sucesos que acontecieron en Vallehermoso en particular, y en la Gomera y en Canarias en General: y es que hasta ahora sólo teníamos la versión de los vencedores, de los que “injusta e ilegítimamente” derrocaron un Régimen, democráticamente Instaurado, y nombraron inmediatamente otro, a todas luces “ilegal, ilícito, e impuesto con la fuerza de las armas”.

Siendo esto así, “el bando vencedor” se apresuró en otorgarle “una legitimidad imposible” alegando a su favor que esta sangrante “guerra incivil” fue la única salida para “SALVAR A ESPAÑA DE LA FAUCES DEL COMUNISMO INTERNACIONAL, QUE QUERÍA IMPONER UN RÉGIMEN AUTORITARIO, SIN DIOS, SIN FAMILIA, SIN PATRIA...”

Es por esto que la ayuda “Económica” del Vaticano y de las potencias “facciosas europeas” fueron claves para que la “Victoria” final se inclinase hacia el bando “nacional”, y que el Gobierno legítimamente surgido del voto libre, secreto, quedara vergonzantemente “desamparado” y sin ninguna ayuda de las potencias supuestamente libres del mundo occidental.

La represión y la opresión de tod@s l@s que apoyaron al Gobierno legalmente instituido fue bestial, atroz, sangrante: l@s que tuvieron mejor suerte pudieron exiliarse a países como Francia, Inglaterra, EEUU, y mayoritariamente a países de habla hispana, como México, Venezuela, Cuba...

***

L@s que no tuvieron tanta fortuna fueron perseguid@s, encarcelad@s, torturad@s, y muchos de ellos fusilad@s en sumarísimos Consejos de Guerra sin ningún tipo de garantías, y dónde el veredicto estaba ya casi decidido antes de empezar el juicio a l@s acusad@s -como este que trato aquí de “PROCESO A LA CNT. LOS 19 FUSILADOS EL 23 DE ENERO DE 1937”- por el simple “DELITO” de ser leales al Gobierno legítimamente constituido de la II República española.

Pero también hubieron muhc@s desaparecid@s, canari@s que no tienen acta de defunción porque simplemente -¿no se sabe?- qué ocurrió con éstos. Sólo en Canarias se calcula que la cifra de estos misteriosamente desparecid@s alcanza la cifra de 2ooo isleños...qué ocurrió con ell@s, dónde están sus cuerpos... ¿acaso se volatizaron?, ¿Fueron raptados por seres extraterrestres? ¿Tuvieron combustión instantánea tod@s ell@s?
L@s últimos que l@s vieron con vida dicen que no saben absolutamente nada de ést@s, que tal vez se marcharon a otro país....

Pero ¿Quienes fueron l@s que “infringieron” la Ley? ¿L@s que defendían a la República o l@s que la atacaron despiadadamente con las armas? Es evidente, que l@s que se sublevaron en armas en contra de la República, fueron l@s que estaban cometiendo un gravísimo delito contra el Régimen legalmente instituido. Pero la Historia siempre la escriben los vencedores. Y los vencedores fueron en este caso los que TRAICIONARON al Gobierno que JURARON defender... Y así fue como España entró en una etapa de oscurantismo, de perversidad, de infamia al acabar con todo tipo de proyectos, ilusiones, sueños, que defendían los que apoyaban al Gobierno de la II República.

***

La segunda vez que empecé a leer un nuevo libro de Ricardo García Luis, sabía que más pronto que tarde empezaría a sentir esa sensación de insufrible desasosiego, de desesperante ansiedad - antes de coger el libro “La justicia de los rebeldes. Los fusilados en Santa Cruz de Tenerife 1936-1940” (Ed. 1994) - pensó que tal vez una infusión de tila (echó tres cucharas soperas bien colmadas en el agua hirviendo y la dejó reposar cinco minutos, antes de colarla y endulzarla con miel de palma)- aliviarían ese doloroso desgarro interior, mitigarían estos remolinos de sensaciones inquietantes, esas espirales de emociones que lo violentaban indeciblemente.

Por más que hiciera por no identificarse entrañablemente con las terribles historias que iba leyendo, muchas veces estas le absorbían de tal manera que tenía que abandonar su lectura e impotente coger cualquier otro libro, generalmente de poesía, hasta que volvía a su habitual estado de serenidad, de lucidez, de comedida y estudiada tranquilidad.... solo entonces se sentía de nuevo con fuerzas para retomar la lectura por donde la había dejado...

(“Esto no es nada comparado con lo que tuvieron que pasar aquellos hombres y mujeres –pensó de repente cuando se disponía a comenzar la lectura de nuevo- para que un aciago día, con todos los hermosos y lindos ideales que se habían forjado, de repente se encontraran frente a un pelotón de fusilamiento siendo todavía un@s muchach@s llenos de vida, pletóri@s de sueños maravillosos. Hoy sí que no van a poder conmigo; a partir de ahora van a tener que alimentarse de otro estómago, porque me niego a que entren en mí como si tal cosa...”)

Ese fue el principio del fin de aquellas emociones que lo paralizaban y lo dejaban transpuesto. Desde entonces su relación con los libros de Ricardo se fue haciendo más fría, calculadora, distante... Hasta ese momento no se lo había planteado como lo había hecho ese día: “no sólo se trataba de saber qué ocurrió, porqué, a quienes condenaron y quienes fueron los responsables de aquellas tropelías, de aquellos abusos criminales para limpiar su honra y su honor: la cuestión principal era cómo hacer para desenmascarar, para condenar a los descendientes ideológicos de aquel cruento régimen, a aquellos que para seguir perpetuándose en el poder tuvieron que hacer el paripé y un muy sutil cambio de imagen para continuar instalados en los principales centros de poder sin levantar excesivas sospechas, sin llamar mucho la atención, intentando por todos los medios pasar desapercibidos, y marcando una “creíble” distancia, con los “elementos” más radicales, más abiertamente nostálgicos con el Antiguo Régimen...

Cada vez estoy más convencido de que tras la muerte del dictador en su cama, al que éste había nombrado como ¿¿legítimo?? Sucesor de su innombrable régimen, al príncipe Juan Carlos, le habían aconsejado que con los tiempos que corrían era más conveniente para su seguridad, su continuidad al frente de la Jefatura del Estado, que se decantara por instaurar una monarquía parlamentaria, basada en un sistema democrático y la alternancia de partidos, según el voto popular...

A decir verdad no tuvo elección si quería seguir en el trono: estaba claro que si no hubiese seguido aquellos “sabios” consejos, probablemente en España se hubiese impuesto la III República...

Sin embargo para él, lo más importante es que a partir de la lectura de su segundo libro “La justicia de los rebeldes. Los fusilados en Santa Cruz de Tenerife. 1936-1940”, era que ya no iría a sentir más aquellas sensaciones que lo dejaban transpuesto, paralizado, y sufriendo aquel “terrible y doloroso desgarro interior”... y así poner los ojos en lo verdaderamente importante: en el AQUÍ Y AHORA...en qué había de cierto en aquello de que el “Régimen” había dejado “todo atado y bien atado...”

Ver también:
- “Proceso a la C.N.T. 19 Fusilados el 23 de enero de 1937 en Santa Cruz de Tenerife”, de Ricardo García Luis


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