sábado, 27 de septiembre de 2008

El agujerito y la bomba atómica

Gustavo E. Etkin (especial para ARGENPRESS.info)

Hermenegildo Thompkinsons abrió la canilla, mojó los anteojos, y entró en el ascensor secándolos con papel higiénico. Con cuidado, para que no se rayen. 

Entonces volvió a mirar aquel agujerito. 

Sentía curiosidad por un agujero en un lugar tan inesperado. La puerta era automática. Ningún tornillo hubiera sido necesario ahí. Sobre todo del tamaño de un dedo. El del medio. Era un lugar extraño para que aparezca un agujero. Y aparezca era la palabra. Porque aparecía siempre que la puerta automática cerraba.

Cuestión que aquella vez, para no dejar el papel en el suelo, lo enrolló, lo metió en el agujerito, y apretó. Un agujerito blanco. Lindo, pensó al salir.

Cuando volvió, a la noche, alguien lo había sacado. 

Al día siguiente hizo otro rollito y lo metió en el agujero. Y a la vuelta, lo mismo. Alguien lo sacó. Era raro. Una especie de juego con un desconocido. A veces salía apurado y después recordaba:- Me olvidé del papelito. Pero siempre que lo metía, había alguien que después lo sacaba.

Entonces lo mezcló con engrudo, lo enrolló, lo metió, y apretó bien. Secó y ahí quedó. Liso y blanquito.

Pasó un tiempo y ya parecía que iba a quedar así, hasta que una vez vio raspaduras, cortes. Rastros de alguien escarbando con furia en el papel endurecido. Lo querían sacar pero no podían. Entonces, lo iban arrancando a pedacitos.

Hermenegildo Thompkinsons era psicoanalista. Sabía muy bien que podía significar esa dureza en el agujerito del ascensor. Había pensado, claro, en la homofonía y elipsis que podía metaforizar el significante ascensor: “hacer soretes”, metonimia, a su vez, del ano. Sobre todo si era de papel higiénico. Pero no le importaba. Al revés que en esas novelas policiales donde se decía que “el policía siempre está en funciones”, decía que el psicoanalista no está siempre en función. Por eso, a veces, era juguetón. Pero con esos raspones furiosos, ese papel endurecido tironeado con rabia, la cosa dejó de ser un juego. Había alguien que no le dejaba jugar. Alguien que no soportaba ese agujero relleno de papel. 

Así que empezó la guerra. El combatía por razones estéticas y por curiosidad. Era feo el vacío de ese agujero innecesario, que siempre aparecía violentamente al cerrarse la puerta. Y lindo verlo relleno de blanco. Estaba cada vez más curioso sobre quien podría ser su enemigo.

Porque era un edificio grande, uno de los tres de un conjunto. Había, por eso, un equipo de cuidadores, encargados de limpieza, y varios porteros. ¿Sería aquella negra gorda y sonriente, con voz de cantante de bleu, que encontró un juego que la divertía? No podía ser. La furia, el odio con que arrancaban los pedacitos de papel no era su estilo. ¿Aquel otro, saludador?. Demasiado respetuoso para meterse en eso. Quedaba Etelvino Fortov, un portero muy especial. Todo lo que hacía, lo hacia muy en serio. Y muy serio. Arreglar una puerta. Estar en portería. Serio y – como se dice – compenetrado de su función. 

Llevaba siempre un gorro con visera, camisa con galones, pantalones muy planchados. Caminaba derecho, apurado y decidido, porque lo que iba a hacer siempre era importante.

La vida de Etelvino fue una lucha. Siempre estaba atento a si, al pronunciar su nombre hacían lo que llamaba “el intervalo”: Etel – vino. Porque ahí era evidente que lo estaban llamando con un nombre de mujer. Diciendo que vino Etel. O sino (y también ) que era un borracho. Con el tiempo se dio cuenta de una cosa. Simple. Concreta. Definida. No quería ser mirado como mujer. El era hombre. Y muy hombre. Por eso quiso ser militar. Oficial. Cumplir y recibir órdenes con fuerza, decisión y coraje. Un psiquiatra – nunca supo bien por que – lo entrevistó y ahí le contó como, a veces, estaba seguro que lo chistaban. Oía piropos. O alusiones a que era homosexual. Eran voces y sonidos que tenia certeza de escuchar. Por eso el uniforme sería prueba definitiva de su masculinidad. Después de esa entrevista recibió una comunicación donde se le informaba que por razones de cumplimiento de una media estadística determinada, no podía ser aceptado como alumno del Colegio Militar. 

Todos sus trabajos los encaraba con la decisión y seriedad de un hombre. Un hombre bien macho. Y lo mismo con las mujeres, claro. Ahí, penetraba compenetrado de su función masculina.

De los empleos salía por problemas. En general, con los colegas. No soportaba juegos de palabras y ciertas sonrisas. La certeza de constantes alusiones, insinuaciones, comentarios, lo hacían violento, y ahí lo echaban. Pero en ese edificio, hasta ese momento, no había tenido problemas. Hacia lo suyo con seriedad y hablaba poco.

Hasta que un día vio el papel rellenando aquel agujero. Lo saco fácil con un destornillador. Después de varias veces, pensó que debían ser adolescentes juguetones. Cosa de chicos traviesos. Pero cuando el papel quedó endurecido, la cosa empezó a cambiar. Siempre entraba con el destornillador, a veces con una pincita. Y cortaba y arrancaba. Eso quería decir algo. No era mas un juego. Alguien lo hacía para él. Recordó lo del supositorio. Cuando era chico, unos cinco o seis años, su madre le dijo:”- A ver que tenés en la colita?”, le bajó los pantalones y sin decirle nada le metió violentamente un supositorio. “-Te va a hacer bien, es para la gripe”, le dijo después cuando Etelvino lloraba enfurecido, sintiéndose traicionado.

Para Hermenegildo, cada vez más curioso, ya era un hábito. Hasta que un día se le ocurrió hacer un punto negro en medio del círculo de papel seco. Parecía un ojo.

Es un ojo, concluyó Etelvino. Y era evidente que alguien lo dibujó allí con una finalidad. Una manera de decirle que era mirado. Y ahí, con más furia que nunca, metió el destornillador, raspó, arrancó.

Y de nuevo Hermenegildo lo rellenó con papel engrudado y, cuando seco, otra vez el punto negro en el medio. O azul, según la lapicera que en ese momento tenía a mano.

A esa altura, Etelvino estaba seguro de la conspiración. Había gente – más de uno – que querían decirle algo con ese ojo. Era un mensaje dirigido a él. Una manera de decirle que era mirado. Que se lo miraba. No era juego. Y si era de una forma tan indirecta, era de alguien que no quería ser conocido. La mirada simbólica de ese ojo de papel le decía que alguien – con ojo de verdad – lo miraba.

Durante poco tiempo se preguntó que le estarían queriendo decir de esa manera. Porque rápidamente se dio cuenta. Era alguien que estaba queriéndole decir que lo miraba como mujer.

Empezó a investigar. El Dr. Thompkinsons no podía ser. Era psicoanalista y parecía muy serio. Los adolescentes tampoco. Iban y venían con sus noviecitas o discutiendo de política o de fútbol. Y las mujeres – no tenía duda – todas, lo miraban como hombre. Bien macho.

Quedaba Zlobonder Kruglak, cónsul de Serviacia, ese nuevo país surgido de muchos pactos, acuerdos y declaraciones. Y después de muchas guerras. Cada vez que estaba en portería y salía en su auto, siempre lo miraba fijo. Y, parecía, con un solo ojo. Muy extraño. Un ojo mirando adelante, y el otro clavado en él. Ojos grandes y negros. Y casi siempre, el punto en medio del papel del agujerito era negro. De un negro parecido a esos ojos. 

Ya no tuvo dudas. Cada vez que el ojo de aquel cónsul lo miraba le estaba queriendo decir que lo veía como mujer.

Desde adolescente, casi niño, Zlobonder Kruglak fue combatiente. Muchas veces mató y estuvo por morir. Primero contra los chechenos, como el general Kruglak, su padre. Después contra los servios. Y los croatas. Y los musulmanes. Sus heridas nunca fueron graves. La herida más grave se la hizo una abeja, después de una guerra. Zlobonder fue siempre muy curioso. Miraba todo. Empezó desde chico espiando los vecinos, mirando por ojos de cerraduras, atrás de algunos árboles. También pasaba horas mirando insectos. Hormigas. Sus ordenados caminos, los pedazos de comida que arrastraban al hormiguero. Y también las abejas. Su organización, la dirección de sus vuelos. Como avisaban a las otras donde había flores. Y siempre imaginaba esa reina madre servida y atendida en la profundidad del panal. Solamente poniendo huevos. Una vez, caminando por un bosque, descubrió un panal. Se acercó despacio para ver como las obreras entraban y salían, todas trabajando para todos. De pronto descubrió – milagro, maravilla, sorpresa – que la reina madre esa vez no estaba adentro sino afuera, mirando quieta el trabajo de sus esclavos. Debia ser ella, porque era mas grande, sus rayas negras y amarillas mas fuertes. Era hermosa. Se acercó despacio mirándola, hasta que de pronto voló hacia él, que no podía dejar de mirarla. Cada vez mas cerca, la veía cada vez mas y mejor. Hasta que sintió una quemadura en el ojo, un dolor insoportable. Dio un alarido. Un grito terrible. Desde entonces, para no mostrarse tuerto (ni pirata) usaba un ojo de vidrio, del mismo color negro que el otro, con el que todos los días miraba, también curioso, el estilo serio y marcial de aquel extraño portero.

Para Etelvino el problema era que hacer con esa mirada. Porque el problema ya no era el punto negro o azul del ojo en el papel de aquel agujero. Ahora era un ojo de verdad, en una cara. Un ojo que – ahora – lo miraba. Y fijo. Y lo seguía mirando hasta que el auto doblaba. Porque con el ojo de papel sabía qué hacer: arrancarlo, tironearlo, escarbarlo hasta que el agujero quedaba limpio. Pero con ese ojo, el que lo miraba, ¿qué hacer?. Recordó el alfiler de sombrero de su bisabuela. Cuando su madre se lo mostraba y le contaba que su bisabuela lo usaba atravesando los sombreros que las mujeres usaban en esa época, con cintas o tules que les caían sobre los ojos.

Un día, entonces, cuando el auto salía, lo paró. Zlobonder lo seguía mirando curioso. Nunca consiguió hablar con Etelvino más que pocas palabras. Era “si, no, bueno, aquí, después, ya”. Y ese estilo militar, que le recordaba a su padre. ¿Qué le vendría a decir ahora?. Etelvino se acercó, siempre serio, se inclinó como para hablarle, y le metió en el ojo el alfiler de su bisabuela. Zlobonder dio un alarido, un grito terrible, el chofer y otros agarraron a Etelvino, que después quedó quieto y sonriendo, con la satisfacción del deber cumplido. 

Aunque lo internaron en un hospicio, eso no impidió ciertas consecuencias. Porque el gobierno de Serviacia acusó a Etelvino de agente ruso que, en un claro acto de provocación, cegó a un representante de Cheslovacia. Es que la situación política entre Rusia y Cheslovacia era tensa. Cheslovacia, creada por la Fuerza de Paz de la ONU, con ayuda de la NATO, intentaba extenderse a parte de Rusia, Ucrania. Y había anunciado, poco antes, que tenía armas atómicas. Pero solo anunciado, ya que por razones geográficas -y radioactivas- no tenía territorio para probarlo. Sabían, por eso, que Rusia creía que era mentira. Un “bluff”, como decían los diarios. Razón por la cual, ante esa obvia -y salvaje- provocación en un representante oficial de Cheslovacia, no tenía más remedio que responder con un hecho. 

Fue así que explotó aquella bomba atómica en Moscú.

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