sábado, 20 de septiembre de 2008

El sonido de la vida

Julio Cañete (especial para ARGENPRESS.info)

La localidad de Bayauca está ubicada a escasos treinta kilómetros de la ciudad de Lincoln (cabecera del partido del mismo nombre). 

Podría decir que pasé gran parte de mi vida en ese pequeño paraíso perdido en territorio bonaerense, pero es el tiempo de mi infancia, una época que se fue casi sin darme cuenta, el que recuerdo con especial ternura.

Dije “pequeño paraíso perdido” tratando de dar un tono poético a este relato, en alusión a la pureza con que piensa y actúa un niño de corta edad (siete u ocho años), claro que a medida que tomamos conciencia de la real dimensión de las cosas nos damos cuenta de lo difícil que fue para nuestros padres poder desarrollar sus actividades en ese lugar.

Los caminos en mal estado, que dejaban al pueblo aislado por varios días (no existían rutas asfaltadas); la poca demanda laboral que, invariablemente, terminaba en las Estancias de la zona (puesteros, tamberos), o en los galpones del Ferrocarril son sólo algunos de los factores a los que me refiero.

Pero lo que pretendo es hablar de mi niñez, porque tengo recuerdos maravillosos celosamente guardados, los otros los fui borrando poco a poco.

Quiero contarles hoy de “don Francalete”, ese era el apodo con el que se conocía en mi pueblo a Juan Sánchez, un abuelo que nunca supe ni cómo ni cuándo llegó desde España. Tampoco recuerdo si alguna vez tuvo otro trabajo que el de hacer felices a los niños.

Miren que simple, don Francalete tenía como única herramienta un carro fabricado por él mismo con maderas y vidrio, así se podían ver desde afuera todas las golosinas (el que no muestra no vende) y colgados del otro extremo un arco, una flecha y una cartulina con un dibujo en el centro para que sus pequeños clientes practiquen tiro al blanco.

Era una costumbre, además, verlo en las fiestas patrias vender pasteles, maníes, banderitas argentinas, siempre en las esquinas haciendo sonar su cascabel de bronce.

Cuando se trasladaba de un lugar a otro todos lo seguíamos porque nos prestaba el cascabel para que lo vayamos anunciando.

A mí su carro me parecía enorme, muy grande. Ahora creo que tal vez no fuese tan grande. Mas todos los días, volviendo del colegio, pasaba por su casa para ver cómo prolijamente acomodaba todas sus cosas. 

Un día me encontró mirando, vaya a saber con qué asombro, el cascabel. Me acarició la cabeza y me dijo: cuando crezcas un poco te lo regalo. Imagínense mi alegría…

Pero un día, don Francalete no estuvo en la esquina de siempre, entonces le preguntamos a la señora del almacenero si sabía algo. Nos respondió que a ella también le extrañaba su ausencia. Hasta que nos enteramos, por él mismo, que había estado internado en el Hospital de Lincoln porque tenía no sé qué enfermedad.

Anduvo algunos días más por las esquinas pero enfermó de nuevo. Quise Verlo. Casi no lo reconocí, hablaba con voz muy frágil; me acarició la cabeza con la misma dulzura de la otra vez, tomó mi mano y me entregó su cascabel. 

“Cuídalo”, me dijo.

Hace ya cincuenta y cinco años que don Francalete se fue para siempre. Yo, Desde entonces, conservo parte de su vida en este pequeño cascabel de bronce.

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