sábado, 27 de septiembre de 2008

Julieta Lanteri


Marcela Cantero (especial para ARGENPRESS.info)

Corría el año 1873 cuando Julieta Lanteri (bautizada Julia Magdalena Angela), aún niña, llegó junto a su familia desde Italia a nuestro país, Argentina. Los Lanteri se trasladaron a vivir a La Plata, flamante capital de la Provincia. A los trece años, ingresó al Colegio Nacional, el único que la habilitaba para estudiar en la Universidad. A los dieciocho años decidió estudiar Medicina, una profesión negada a las mujeres pero pudo hacerlo por un permiso especial del entonces Decano, Dr. Leopoldo Montes de Oca. Se convirtió en la sexta médica recibida en Argentina y, junto con la primera egresada en esa casa de estudios la Dra. Cecilia Grierson, fundó la Asociación Universitaria Argentina.

Integró, en 1906 el Centro Feminista del Congreso Internacional del Libre Pensamiento que se hizo en Buenos Aires, junto a Alicia Moreau, Sara Justo y Elvira Rawson, entre otras, para reclamar por los derechos cívicos femeninos en la Argentina. 

Tenía treinta cuatro años cuando presentó su tesis doctoral apadrinada por el Dr. Mariano Paunero, bajo el título de "Contribución al estudio del Deciduoma Maligno" que fue aprobada con una calificación de ocho puntos y recibió así el grado de Doctor en Medicina y Cirugía.

A los treinta y seis años, “solterona” para la época, Julieta se casó con Alberto Renshaw, un hombre estadounidense criado en España 14 años menor que ella y completamente desconocido. Distinta fue la situación de sus compañeras feministas quienes habían elegido sus parejas de otra manera, ya que eran hombres públicos y/o acaudalados.

Julieta quiso especializarse en salud mental e intentó una adscripción como docente en la Cátedra de Psiquiatría, su pedido fue denegado "con la excusa de su condición de extranjera”. Temperamental, de una gran inteligencia se presentó entonces a reclamar la ciudadanía argentina a la Justicia, un ámbito al que recurriría insistentemente en su gran cruzada por la igualdad. Consiguió un fallo favorable en primera instancia, pero el procurador fiscal desestimó la sentencia al señalar que se trataba de una mujer casada y como tal requería del permiso del esposo para iniciar la causa judicial. La batalla duró ocho meses, pero finalmente obtuvo la carta de ciudadanía el 15 de Julio de 1911 (la segunda otorgada en Argentina). 

En 1911 la Municipalidad de Buenos Aires convocó a los vecinos para que actualizaran sus datos en los padrones, en vistas a las elecciones municipales de legisladores, llamó a que lo hicieran “los ciudadanos mayores, residentes en la ciudad por lo menos desde un año antes, que tuvieran un comercio o industria o ejercieran una profesión liberal y pagasen impuestos comunales por valor de 100 pesos como mínimo”. Julieta, advirtió que nada se decía sobre el sexo por lo que se inscribió el 16 de julio de 1911, un día después que le fuera dada la carta de ciudadanía, en la Parroquia San Juan Evangelista de La Boca, que era la que correspondía por su domicilio y cuando llegó el día de las elecciones, 26 de noviembre de ese año, votó en el atrio de esa iglesia. Su voto fue firmado por el Dr. Adolfo Saldías, presidente de mesa, quien se alegró “por ser el firmante del documento del primer sufragio de una mujer en el país y en Sudamérica”. La noticia, contada por ella, apareció en los principales diarios de la época, La Prensa y La Nación. Poco tiempo después, el Concejo Deliberante porteño sancionó una Ordenanza donde especificaba claramente que estaba prohibido el voto de las mujeres porque el empadronamiento se basaba en el registro de empadronamiento del servicio militar. Al enterarse de eso, Julieta Lanteri se presentó ante registros militares de Capital Federal, solicitando ser enrolada y acudió directamente al Ministro de Guerra y Marina.

En vísperas de los comicios nacionales de 1919 descubrió que su nombre no figuraba en los padrones y volvió a recurrir a los tribunales, pero su reclamo fue rechazado con el argumento de que debía exhibir la libreta de enrolamiento, un documento exclusivamente masculino. Decidió entonces dejar esa batalla para más adelante. Encontró que la Constitución nacional vedaba la posibilidad de votar a las mujeres pero no la de ser elegidas. Entonces, creó su propia agrupación, el Partido Nacional Feminista, en abril de 1919, y se presentó como candidata a diputada. Nuevamente sería pionera, siendo la primera mujer candidata política.

Hizo campaña en las calles, hablando en las esquinas, y también en los intervalos de las funciones del cinematógrafo. Y hasta empapeló la ciudad con sus afiches: "En el Parlamento una banca me espera, llevadme a ella", fue su slogan. Consiguió 1.730 votos, obviamente todos masculinos, entre ellos el del escritor Manuel Gálvez que "como no quería votar por los conservadores ni por los radicales" –según su propia confesión prefirió apoyar a "la intrépida doctora Lanteri". 

Los diarios se burlaron de ella, pero nunca se desanimó. Al no ser legalizada para ingresar al parlamento organizó junto con Alicia Moreau de Justo un empadronamiento provisorio femenino y encabezó en Plaza Flores el primer simulacro de votación callejera. Este mitin congregó más de 4.000 porteñas, llamando la atención de las feministas en el mundo. 

A principios de 1920, el Senador Dr. Juan B. Justo la incluyó en su lista del Partido Socialista junto a Alicia Moreau de Justo. En 1924, año en que triunfó el Dr. Alfredo Palacios, Julieta lo siguió en cantidad de votos obtenidos. Los principios de su partido se incorporaron a partidos nacionales en San Juan y Mendoza. Bregó por derechos y mejoras laborales femeninas e infantiles y jamás dejó de reclamar en los cuarteles y hasta frente al ministro de Guerra de Yrigoyen que le permitieran hacer el servicio militar para poder así conseguir libreta de enrolamiento e incorporarse al padrón.

Fue una mujer sin lugar a dudas muy valiente y original, cabe recordar también que fue de las primeras en llevar a los tribunales a un inquilino. 

Lamentablemente tuvo un “sospechoso” accidente cuando un auto dando marcha atrás en la esquina de Diagonal Norte y Suipacha la golpeó mortalmente a la edad de 59 años. Eran las 3 de la tarde del 23 de febrero de 1932, dos días más tarde fallecía la gran defensora de los derechos cívicos de la mujer argentina.

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