sábado, 13 de septiembre de 2008

Tatuajes de Luz: Beligerancia de las imágenes… a flor de piel

Fernando Buen Abad Domínguez

Existe un diálogo vibrante (y ondulante) entre la luz y los cuerpos capaz de liberar al pensamiento de cierta oscuridad que enceguece a la humanidad con trampas alienantes. Es un diálogo incesante y concreto en celebración de arco iris que se moja en la intemperie vertiginosa del movimiento universal. Es un diálogo histórico que vivimos a flor de piel.

Entre la luz y el cuerpo humano existen, incluso, debates y conflictos. Uno no pude caer en el pecado del simplismo ni debe, por supuesto, ser poco serio con las pasiones luminosas… a luz de la razón. Esos diálogos entre la luz y los cuerpos esculpen parte de lo que uno es, el ser mismo, en la dialéctica de la materia hecha carne y hueso. Nada más y nada menos, esos diálogos esculpen parte de los cuerpos todos y los lanzan al pensamiento para que completemos, a fuerza de luchas y tensiones, la construcción dialéctica del sentido. A todas luces.

Esos diálogos entre el cuerpo humano y la luz suscitan tensiones y revelaciones mediadoras de lo que se ve y lo que se piensa traducidas en mapas epidérmicos que son siempre territorios movedizos tatuados con luz en movimiento. Arrugas, pliegues, cicatrices… son visibles porque toman la luz, porque la reflejan y la poseen, cada cual a su modo histórico, de afuera a adentro de adentro a afuera. Se hace visible también todo por los quiebres y reflejos de la luz… por esa cierta fotosíntesis de la vida que da cuentas claras sobre algo que uno interpreta siempre en la ruleta de mil factores. Los cuerpos tramitan con la luz una cartografía particular para revelar, develar, quitar oscuridades y esculpir con luz las sustancias del significado. No hay sentido sin materia. 

Las cartografías que se aferran a las pieles tienen bases concretas. Hay reflejos luminiscentes que cosquillean la historia humana, envuelta en la historia de la materia, para hacer visible una totalidad que no cesa de moverse ni en la piel ni en el universo. Y la luz juega un papel preponderante que es seductor y es hipnótico, que es inconmensurable y que es magnético. Es irreducible, patrimonio humano no negociable. Luz y cuerpos sostienen diálogos amorosos, inéditos siempre, sobre el mapa cartográfico de la vida.

El diálogo entre la luz y los cuerpos humanos tiene bases físicas que evocan la dialéctica del universo reproducida entre reflejos que hacen visible la vida misma como explosión luminosa tatuada en la epidermis. La luz y el cuerpo se regalan códices impresos sobre veladuras de piel que son como mapas con raíces de símbolos personales, culturales, históricos y sociales cuyas fronteras únicas son los límites de la razón y los límites de los sueños. Mapas abecedarios de un lenguaje luminoso plagado de tentaciones táctiles.

La piel ofrece sus mapas azarosos a una lectura embriagante de biografías escritas con luz jeroglífica de sol a sol. Es que hay en ese diálogo, entre la luz y los cuerpos, drama y espíritu, conciencia y corazón en consonancias de acción y expansión porque poseen una semántica de emociones y formas cuya dramaturgia simbólica arroja claves para la filosofía, la ciencia…la conciencia material y concreta que pega saltos cualitativos, ayudada también por la luz cartógrafa. Algo vuelve a nacer en cada lectura nueva que logramos descifrar sobre las pieles que ofrecen su mundo de apariciones y conclusiones que no consisten en saber de qué está hecha el alma sino la lucha humana.

La luz esculpe en el cuerpo humano el estado de sus luchas por que es su símbolo mayor, su arcano favorito. Predomina el relato de todas las luchas de la materia, la carne, el cuerpo, las ideas, las clases sociales en la piel… signa gráficamente el propio movimiento de la humanidad en su ascenso para pertenecerse a sí misma. 

Hágase la luz

Hacer la luz es, también, apresurar la tensión y la distinción de objetos distintos y contradictorios en el pensamiento. Más aun, hacer la luz, bajo los caprichos formales que seamos capaces de pergeñar, es radicalizar una lucha para ponerle voz, guías, mapas… a todo lenguaje, a toda necesidad por nombrar al imaginario que lucha por expresarse por sí o por otros —signo— en el cuerpo, en la carne, en las almas colectivas. Es poner al alcance de la vista la piel histórica que ostenta marcas de un trajinar humano cuya naturaleza nos enseña otra cara del cuerpo donde la caligrafía del tiempo sobre la piel es augural y conlleva en sus textos la crónica de la lucha humana, desigual y combinada.

Como la mayor parte de la luz no depende de los seres humanos, como la materia lumínica omnipresente y duradera baña todo con su lluvia, aprendimos a imitarla con balbuceos de soles enanos al asedio de oscuridades que son parte de nuestros límites actuales. Sabemos que un día la luz ayudará a sublevar la historia porque sus clarividencias no parecen tener descanso. La luz nos arrastrará con sus caudales al océano de las rebeldías mejores que desembocan en el ascenso humano. Ya vimos lo que promete el nacimiento de la fotografía y el cine. 

Es que la luz y los cuerpos encuentran sus ritmos en cualquier coartada. La luz le da a los cuerpos un punto de visión que se ofrece a los seres humanos como movimiento que insufla sus maravillas al relato del mundo sedimentado en las imágenes. Para particularizar su luz los cuerpos se las ingenian con alianzas formales cuya visibilidad adquiere diversidades extraordinarias, de afuera o de adentro, porque hay siempre una lucha de la luz que se hace lenguaje en nuestras manos. Lucha a veces cruenta.

La luz acelera las intemperies del cuerpo, individual social, bajo los abanicos de los pliegues epidérmicos. Hay luz que se comporta como vegetal sobre la constelación de los poros. Luz cantante de silabas lluviosas que chocan sobre los cuerpos para romper su oleaje de claroscuros contra la mar epidérmica. Cierta parte de la luz pesa como lápida náufraga sobre los ojos traductores de formas. De ella se sabe que emana influjos que han hipnotizado muchos cuerpos. Lo saben las estrellas. 

Y es que la luz con su movimiento erótico se pasea sobre el tiempo. Es la misma luz cósmica y epitelial que lleva en el corazón también planetas difuntos, sentidos propios, eternidad de movimiento. Es la luz cóncava y convexa que en manos de la humanidad trata de romper todas las cadenas sintácticas para relatar anecdotarios de piel bajo esa neblina analfabeta que se arrincona en ciertos párpados. 

La luz no se resigna, una y otra vez se adueña de los cuerpos y los re-escribe bajo sus leyes. Rebela y rompe en movimiento nuevo la unidad más simple e indivisible del conjunto de los cuerpos donde reposa en activo. La luz es capaz de refractar las unidades significativas más ajenas a sí aunque no siempre de manera rigurosa y unívoca, con todos sus átomos, al servicio, incluso, de los idiomas más primitivos. Como el del tacto, el oído, el gusto…

La luz al posarse sobre éste o aquél cuerpo, tocarlo y hacerlo visible, es una totalidad de unidades compactas e inseparables, constituye dirección y ritmo. Su baño sobre las cosas confiere una especie de vida peculiar al mundo objetivo, también animado con luz, por la luz del universo, en flujo y reflujo, unión y separación descargadas sobre un conjunto de seres vivos movidos por fuerzas semejantes a la luz que baña astros y planetas. Una danza febril que electriza todo. Entonces la luz nos ofrece una degustación universal de colores y matices en lucha convulsa contra el vacío o la nada. La luz nos hace rebeldes y su poder se manifiesta en el magnetismo de nuestras fuerzas creadoras en multiplicidad de actos vitales. La luz es por eso uno de nuestros más queridos símbolos de lucha y revolución.

El lenguaje de la luz sobre la piel el es un himno de vida que preña de significados niveles emocionales muy variados. Sea luz natural o luz humana. La unión entre luz y cuerpo comprende la manifestación de una realidad ruidosa como el lenguaje, condicionada por el carácter histórico de su existencia, lleva consigo una revolución del cuerpo, tensión del espíritu, la razón de lo indecible.

La luz transformada en el cuerpo es, ante nuestros ojos históricos, lenguaje con cambios sintácticos de tensión y naturaleza a manera de una geografía encarnada. La luz inseparable de la realidad se hace, en nuestras manos, también, escritura dialéctica de sombras. He aquí la humanidad haciendo de las suyas. Estira el mundo y lo vuelve todo piel entre sobresaltos milenarios. 

No hay luz que nos alcance para saciar nuestra sed de colores y formas, el hambre de contornos y texturas, el apetito de honduras y cumbres. La voz del mundo es una voz luminosa y exultante ideada por nosotros para contarnos una leyenda plena de luchas que nos ha dejado avivada la voluntad de seguir explorando formas y ritmos para nuestra liberación definitiva. Lo tenemos anotado, bien clarito, en la demografía de seis mil millones de papiros vivos que se envuelven con el frenesí luminoso de sus cuerpos prismáticos respectivos. 

Humor vítreo

Ese diálogo entre la luz y los cuerpos tiene su chiste. La luz y el ojo humano tienen cierto sentido del humor habitado por una tensión de vértigos y claridad. Los ojos no se dan baños de pureza en las fuentes de la perplejidad. La luz tiene un acento casi imperceptiblemente y augural especie de murmullo del tiempo en los relojes de arena. ¿Hay alguien que no lo haya escuchado?

La luz a veces tiene diálogos iracundos contra los cuerpos, se llena de tempestades que representan vínculos viejos con el corazón. Es un diálogo costoso y produce en los cuerpos una transfiguración de farol extenuado con ansias de muerte que la luz creía surgida de las formas y que, a la larga, adquiere tono heroico en los juegos de reflejos que pueden sentirse como vértigos a punto de sublevarse contra la razón. En un abrir y cerrar de ojos.

Hay una claridad histórica objetiva que nos refleja y abisma bajo ese fuego solar que baña a los cuerpos sin clemencia. La luz parida por el sol también calcina la materia lentamente con sus lenguas incendiarias mientras la humanidad interroga al universo, perpleja y atónita. No queda otra alternativa. La visión no metafísica del cosmos despierta fuerzas que la humanidad cultiva, por medio marcas sobre la piel, con mapas a intervalos iguales revelados en tiempo real entre golpes de suerte y lucha por el ascenso de los pueblos. 

La luz y el ojo gozan el incendio, material y concreto, del vacío que el sol pirómano inunda impulsado por el movimiento que lo hace visible, irremediablemente, gracias su luz y la nuestra. La medida no es tiempo sino la luz que nos transporta para presentarnos vestidos de temporalidad superior a nosotros. Y tratamos de imitar semejante portento no sin errores ridículos y no sin aciertos. La luz y el ojo toman del universo los bocadillos de tiempo inmersos en todo porque son esa parte que nos espeja. La luz y el ojo realizan operaciones de un modo paradójico. En la luz anida un ir hacia fuera de nosotros, en el ojo hay un ir hacia adentro. Cuando la luz se desnuda ante nuestros ojos y desnuda al universo lo que pasa en el ojo es nuestra vida propia. Eso es extraordinario. Llevamos las pruebas tatuadas en la piel.

Es un humor que es imposible disociar de ciertas fuerzas de visión del mundo. Las formas en todas las expresiones adeudan a la luz un sentido e imagen de lo universal cuya temporalidad concreta, hecha de contornos específicos, contiene a la vida rodeada de signos donde se aferra la representación toda. Ese es el chiste.

Ese diálogo entre la luz y todos los cuerpos encontró sus propias fuentes de doble sentido herméticos para la poesía al alba de las sombras cuyas claves se hayan escrito en la carne de la humanidad y esa es su claridad. Una y mil veces. 

La carne tatúa sobre sí la claridad de la vida. Es una voluntad de luz para alumbrar tinieblas que suben de tono cada tanto. Tales tinieblas están presentes en la geografía experimentada de los cuerpos embrujados por un río de luz telaraña que corre deslindado por la historia y por el universo. Ese es su chiste. Ese diálogo entre la luz y los cuerpos esclarece mitos amortajados bajo la piel con una claridad nueva incoercible porque es insurrecta necesariamente, en los pliegues de la conciencia, del cuerpo, de las luchas humanas empapadas de luz en todos sus sentidos. Es que la luz, llegada de la historia, está soldada a la naturaleza por las exigencias materiales de la conciencia que ha sabido incluso de lágrimas y miserias.

Al morir, morirnos cada cual, la luz nos ocupará la ausencia como una laguna. Será siempre lluvia fresca. Un mazo de luz culminará los dibujos del inconsistente colectivo sobre todos los rincones del tiempo adherido a la piel. Y moriremos del todo y de seguro con los cuerpos en la parte más húmeda de los ojos -el útero- del sentido. Las formas ascenderán de su estado jeroglífico para volverse claves en los pliegues del espíritu. Nuestros cuerpos, tarde o temprano, como poemas rituales de ciertos símbolos ambulantes prescindirán como homúnculos astrales de la vida real y concreta… y de la luz. Y eso se notará a leguas. Pero es a través de ese diálogo, nada sombrío, sostenido en todos los tiempos que la vida cuelga su farol de tiempo presente y se subleva contra la mediocridad. Ese diálogo de los cuerpos con la luz, a través de los días y las noches, da sentido a la muerte que transpira luz en la historia donde se alimenta nuestra vida. Como Tezcatlipoca.

El diálogo tiene su gracia porque se desarrolla entre idiomas de letras tan leves que fortalecen los espejos inconclusos del pasado, del presente y del futuro. Chiste idóneo para el vientre de la córnea.

No sólo es la luz quien muestra su humor, también los cuerpos saben hacer lo propio. Las miradas hinchan un perfume de figuras sobre corazón del mundo físico. Lo cual quiere decir que los ojos contribuyen a explicar esa corriente anímica interna anidada en la inervación magnética de la luz que es idéntica a la del corazón. La luz ha estado ahí siempre en movimiento. En un parpadeo lo sabremos.

Dialéctica de la materia lumínica 

Esto no se queda así. La luz no es una “idea” ajena a la piel, la luz es una condición vital que sopla sus efluvios en las cosas concretas que anclan la realidad misma en nuestra experiencia. Por eso hacemos nuestra toda luz, le inyectamos significados históricos y nos la ponemos sobre la piel tatuada con todas las conquistas históricas que relatan lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. Por su parte los cuerpos hablan con la semántica de la historia que efectúa en el cerebro sus acrobacias más logradas ayudadas por las máquinas más insólitas y maravillosas, de la ciencia y la conciencia. Mientras tanto hay miles de figuras cartografiadas sobre la piel como reflejos derramados en el fragor general del universo.

Hoy contamos con desarrollo filosófico-científico, sistemático y provisional donde la luz refleja con toda plenitud su importancia y fuerza. La humanidad empuñó la luz para quebrar el poderío de la penumbra y estableció formas luminosas, en el sentido propio de la expresión, para que echáramos raíces cada vez más profundas sobre el conocimiento paulatino del universo. Conocer la luz es una revolución humana que recoge con pasión y carácter la fuerza de planetas y satélites, estrellas, especies vegetales y animales… todos son tributarios de la luz. Conciencia flamante sobre la vida.

La luz que recorre el universo nos recorre la piel y atraviesa la historia. Deja sus marcas cartógrafas en las vías lácteas de los cuerpos que dialogan con voz de termómetro y palabras de rayo sobre las alas de las mariposas. Trasplante de sol en los ascensos de la conciencia que hemos alcanzado para extirpar las tinieblas impacientes en la olla de la alienación. Sintaxis del ascenso humano que plaga el cerebro con imágenes de floración iridiscente. La poesía misma.

Luz pulmón a sotavento contra las tinieblas que arrastramos en las encrucijadas del pensamiento. No descansa ni de noche, su misterio tiene ruido de carruajes de ese sol que escuchamos en las ruecas de la existencia. Es evidente. Esa luz dialoga con los cuerpos como una telaraña inmensa sobre el insomnio de las pieles. Esa luz se revuelca impunemente en su lecho de pieles vagabundas. Lame las planicies de los cuerpos con su lengua de presagios y siembra sus flores augurio bueno sobre el tiempo presente a cielo abierto. Esta luz humana y cartógrafa dialoga con aliento de barcas y peces mientras pasea por la orilla del sol. Luz oleaje de caminos que ensanchan al mundo irradiando color de pájaros y frutos al desnudo del alba centelleo de tierra. Luz espejo que prueba la dialéctica de la realidad con tensión revolucionaria para la agitación corporal y colectiva… que pone en claro el sentido y contenido de su bullicio de imágenes e imaginarios prendidos a la subversión de todo lo imaginable concreto. Lo lúdico, lo erótico, lo onírico… he ahí la luz en vivo y a todo color. Hay pruebas de todo tipo al calor del sueño revolucionario y de la liberación del inconsciente y la rebeldía fascinación vertiginosa.

Era de esperarse que la luz abriera paso, a toda costa, nuestra conciencia para salir bien librados y fortalecidos de ese trance complicado y extenuante a que ha sido nuestra prehistoria. Y era de esperarse que la luz incubara en las esperanzas humanas su maduración y sus potencialidades para pegar saltos cualitativos excepcionales. Pero falta mucho. 

La luz, por eso, es también una especie de canto a todo lo que la libertad humana simboliza. La luz ha servido como vela mayor de una pulsión emblemática y rica en repeticiones, reiteraciones y recombinaciones para un mismo juego dialéctico entre la materia y la conciencia. La luz ilumina un repertorio simbólico resuelto formalmente con la convicción de que la revolución social y la lucha humana habitan el núcleo de un deseo en constante desarrollo cuyos electrones definen su fortaleza no con ilusiones sino con órbitas amplias de acción directa transformadora. 

La luz tiene una buena disposición al azar. Su diálogo con los cuerpos, todos los cuerpos, propone a su modo el problema de la identidad y la vida no como eso penosamente difícil sino como eco universal, a caso glorioso, lleno música espléndida de sobre el universo. Beso de la materia como mensaje del Sol que escucharemos en las luchas entre los polos de clase irreconciliables. La luz dará fuerza de visión materialista, clara y útil, de día o de noche, contra lo insondable, lo inexplicable y lo alienante que con mayor frecuencia, cada día, hacen hasta lo imposible para reducir la voluntad más epidérmica y revolucionaria de los seres humanos embrujados con la influencia de la luz purificante.

A la luz de los hechos actuales la dialéctica de la luz significada recorre el mundo expresándose, entre otras mil formas, con demostraciones de rebeldía nítida al final del túnel capitalista. Hay destellos, chispazos, estrellas que guían y salvan de la desesperación y muchas son producto de una lucha madurada, enriquecida y alumbrada con la experiencia de luchas añejas. Se nota en la piel bien claro. Hoy vivimos los pálpitos de un corazón iluminado de maneras inéditas con una dirección de implicaciones profundas donde la humanidad no será lo mismo porque será mejor y libre. Está a la vista. 

Beligerancias de la Imagen 

Producir imágenes es un episodio continuo y maravilloso que permite capturar, alojar y cargar sensorialmente el universo, un universo entero, la materia en la cabeza. Es transportar y expresar el universo interior y el universo exterior a través de algún artificio, producto y productor del conocimiento, la comunicación y la creatividad humana. He ahí una beligerancia luminosa de la humanidad que con su habilidad para producir imágenes carga de luz, interrogaciones, intuiciones, nebulosas y hallazgos, la conciencia toda realizada entre determinaciones objetivas de la materia en movimiento y la realidad social. 

Luz e imagen constituyen, aliadas en la producción de la conciencia, una lucha transformadora que, en casi todas sus definiciones, produce intercambio de imágenes como arma emancipadora de la humanidad. Diálogo con los sentidos y la luz que contribuye a multiplicar imágenes dialécticamente. Así, producimos imágenes de las fuerzas más profundas y libres del espíritu, del deseo… de los contactos concretos con el mundo en síntesis dialéctica que funda el conocimiento todo, la comunicación y la creación... la poesía misma. 

Es de importancia suprema hacer visible esta lucha humana armada con imágenes, esta epopeya que pone el cuerpo para producir e intercambiar imágenes cargadas con síntesis y con pasiones. Hacer visibles los objetos del pensamiento, con la más completa claridad y la suma de percepciones con representaciones que serán imagen de las cosas y su comprobación como la verdad en la práctica. Hacer visible esta beligerancia de la imagen hecha realidad y fantasía, secreción valiosísima impregnada de conciencia e inconsciencia, razón e instinto, enigma y praxis, conocimiento y trabajo. Poner a la vista esta producción material humana concreta, objetiva y subjetiva, falible, maleable y no pocas veces inefable. Memoria, sueños, juegos, proyectos… unidad material del universo con su diversidad formal. Magnificencia, poderío y misterio. 

He ahí la imagen, materia dinámica, necesidad y proceso en la poesía de la expresión y la fuerza de la vida del estómago y del espíritu. Detonador incesante de coartadas en la corteza cerebral y espiritual con sus bacterias representacionales ordenadoras de la conciencia, en vigilia o en sueños, que concatena y estratifica un plano racional con otro emocional, uno puramente evocativo con otro onírico… pulmón descomunal de invención cuya tarea consiste en procesar orgánicamente el repertorio de experiencias que produce el trabajo humano, su hacer todo que se colecciona permanentemente en la cultura.

Gracias a la influencia de muchas imágenes la vida es también un placer de luz tatuado en la conciencia. Una tensión descomunal entre nuestros enigmas y la historia, una estrategia del deseo para imprimir sobre el cuerpo marcas luminosas que también se vuelven imágenes. Toda imagen intercede en la tensión entre ciertas batallas emocionales de tipo salvaje que pertenecen a esa categoría de la actividad mental que desborda los marcos culturales con persistencia y consistencia únicas. Esas imágenes reordenan y rearman escenarios con andanadas de conmociones que mezclan colores, aromas, texturas, sonidos... para reconstruirse como en un baile de nichos lúdicos cuya lógica arquitectónica escasamente es legible por esquemas convencionales. 

Las imágenes hacen suyo lo profundo, lo lejano y lo extenso para acercarlo a lo inmediato, a lo cercano y a lo específico. Red de planos y dimensiones obediente al arbitrio de las necesidades humanas. Red de luz transparente y expansiva. Retícula sobre la totalidad de las experiencias; síntesis y proyecto inmensurable. Violencia creadora de espacios y tiempos fiel a lo accidental, lo histórico y lo social. Individual, colectiva y viceversa. Tiene por garantía el vacío. Se expande sobre él cardinalmente para alimentar diálogos y debates con el caos. No es deidad, no es curiosidad, no es fatalidad.

Las imágenes bañan todos los planos afectivos como coleccionistas de intensidades capaces de estremecer la vida misma para siempre. Generan envolventes magnéticos creando colonias de imágenes que se turnan primeros planos con planos profundos, en lo individual como en lo colectivo, bajo la dinámica de la semiosis donde se preñan, con cierta dosis de fusión, las herramientas para el trabajo, el intercambio de la experiencia, la procuración de alimentos y todo desplante lúdico aparentemente propio de la inutilidad.

Así es la magnificencia de tal beligerancia, la realidad la habita a su manera y se transforma hasta en esos territorios donde la claridad mental es más profunda, irreductible y problematizante. Las imágenes beben luz para formar interrogantes y respuestas regidas también por una economía lúdica. Por eso contienen potencias para enfrentar a ciertos poderes hegemónicos que aprendieron a imponer modos de pensamiento, modos de sentimiento y modos de comunicación, convenientes al modo general de producción económica, entendieron la importancia de fijar mercantilmente, imágenes signos que se hacen pasar por colectivas. Usan de la Imagen ingredientes descontextuados que consolidan instituciones culturales para rendir culto a la explotación de algo o alguien. Fragmentan las imágenes y los imaginarios al servicio de la dominación ideológica, herramienta expansiva y letal que acentuó las calamidades de todos los tiempos.

No es una beligerancia cualquiera, es una beligerancia luminosa metida en el pensamiento que es un hervidero de imágenes que dan individualidad a cualquier cuerpo real. Conciencia ligada a la luz que nos circunda entre sensaciones visuales, auditivas, olfativas, etc. que ocurren en el cerebro por efecto de los objetos existentes realmente, de los colores, los olores, los sonidos y otras propiedades que les son inherentes. Beligerancia humana con ideas, conceptos y otras formas del pensamiento que son reflejos más o menos exactos de los objetos, fenómenos y relaciones sociales realmente existentes. Fuera de ellos las imágenes no pueden surgir en la conciencia humana. Por lo tanto es particularidad de la conciencia, como propiedad del cerebro, producir imágenes del mundo material que incluye a la fantasía. No al revés.

Tal beligerancia contiene una relación estrecha entre el origen de la producción de imágenes, el uso de las herramientas y el trabajo humano. Hay que hacer visible la producción de imágenes como tarea esencial de la existencia, como momento crucial donde las representaciones o imágenes escenifican algo de la inteligencia que nos permite girar la realidad, imaginarla, aun incipientemente, bajo nuestro dominio y sin amos, incluso la naturaleza. Beligerancia contra la oscuridad impuesta que es un hito fenomenal. Transición superadora que perfecciona dialécticamente herramientas, habilidades imaginativas y significativas al mismo tiempo. “No voy a ocultar que, para mi1, la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos en traducir a lenguaje práctico, sea debido a lleva en sí una enorme dosis de contradicción, sea a causa de que uno de sus términos esté curiosamente oculto, sea porque tras haber presentado la apariencia de ser sensacional se desarrolla, después, débilmente (que la imagen cierre bruscamente el ángulo de su compás), sea porque de ella se derive una justificación formal irrisoria, sea porque pertenezca a la clase de imágenes alucinantes, sea porque preste de un modo muy natural la máscara de lo abstracto a lo que es concreto, sea por todo lo contrario, sea porque implique la negación de alguna propiedad física elemental, sea porque de risa...” André Breton

Es preciso arrojar luz para hacer visible la magnificencia de esta beligerancia humana contra la ceguera ayudándonos con imágenes que son encuentro de luz y realidades distintas en unidad dialéctica de contrarios. Salto de lo cuantitativo a lo cualitativo donde los términos adquieren contradicciones nuevas. Probablemente sea este uno de los motores más poderosos de la libertad en todas sus escalas. He aquí que imaginar no es un permiso que se otorga a la sociedad, no es un permiso a los humanos en lo individual, se trata de una necesidad fundamental y un derecho colectivo. Es uno de los trances más profundos resultado necesario del deseo, originado por el encuentro dialéctico de realidades que en su hallazgo fundan dinámicamente el conocimiento todo. 

El espíritu se las arregla para escudriñar sus límites al encuentro de realidades contradictorias en trabajo constante. El espíritu se las arregla incluso azarosamente para luchar en la aproximación de dos o más términos de la realidad, en alianza con la luz, para producir otra luz especial, la luz de la imagen, ante la que nos somos infinitamente sensibles. Cada imagen vale por la fuerza que produce en el lugar y momento en que se produce. Vale por la carga eléctrica que porta en el momento del encuentro de dos o más realidades que derivan en una chispa, en consecuencia, el valor de la imagen está también determinado por la diferencia de potencia entre los dos elementos conductores. “El espíritu adquiere plena conciencia de las ilimitadas extensiones en que se manifiestan sus deseos, y en las que el pro y el contra se armonizan sin cesar, y en las que su ceguera deja de ser peligrosa. El espíritu avanza, atraído por estas imágenes que le arrebatan, que apenas le dejan tiempo preciso para soplarse el fuego que arde en sus dedos. Vive en la más bella de todas las noches, en la noche cruzada por la luz del relampagueo, la noche de los relámpagos. Tras esta noche, el día es la noche” André Breton

Es imperativo hacer ver la importancia de las imágenes que también radica esta síntesis entre lo profundo interno y la realidad objetiva donde la conciencia da sus saltos cualitativos para cruzarse con la revolución social y política. Con la producción de imágenes es posible, también, hacer frente a los aspectos más embrutecedores y alienantes de la etapa actual del mundo capitalista. Es probable que las imágenes sean decisivas en el salto cualitativo más importante de la humanidad contra todas las formas sociales que le son adversas. 

La fuerza de las imágenes todavía nos exalta y es necesario reconocer que cuanto mayor sea su poderío mejor servirá para evidenciar las más profundas relaciones entre la libertad y la vida. La producción de imágenes bien podría ser un instrumento de liberación definitiva, una insubordinación del espíritu, una negativa a doblegarse, una forma superior de beligerancia para la búsqueda de lo maravilloso concreto. Beligerancia bajo el impacto de la lucha de clases con exactitud de poema y como investigación del espíritu sobre los temas más diversos, la esperanza, el amor, la vida, etc. Investigación que consiste en escapar al control alienante por encima de todo y siempre, investigación para probar de un solo golpe la necesidad de superar el foso en que una parte inmensa de la humanidad ha sido hundida. 

Esta beligerancia de las imágenes es escritura del espíritu sobre los cuerpos, corregida a partir de observaciones y discusiones que incluso comienzan analizando la amenaza del capitalismo contra la civilización humana en su conjunto. Escritura del espíritu sobre las pieles como actividad creadora que no puede nacer en un contexto de estrangulamiento. Beligerancia como texto filosófico, sociológico, científico o artístico sobre la epidermis de la historia y la epidermis de los que luchan. Beligerancia de las imágenes que tiende a ampliar la transformación del mundo. Beligerancia contra la oscuridad y los oscurantismos.

Hacer visibles las imágenes tatuadas con beligerancia de luz sobre la historia humana es utilizar todos los instrumentos de una partitura de espíritus rebeldes, es ejercer una dirección sobre la creación para desarrollar sus fuerzas productivas materiales y asegurar la emancipación de la riqueza expresiva de la humanidad; es incluso, con la poesía base de todas las necesidades creativas, consagrarse a investigar una belleza convulsiva y punzante en irrupción permanente. 

Beligerancia adoptada como solución rigurosa para a sanear de toda maledicencia mercantil los mitos, la razón, el contacto con lo inmediato, las finalidades internas de la libertad permanente… donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo encuentran, de una vez por todas, su lugar preponderante, des-alienado, en el mundo, encuentran su más sorprendente resolución como fuerza de pensamiento revolucionario, del amor y de la imaginación transformadora. La vida misma. Eso es tarea urgente. Se ve claro. 

“La imagen es una creación pura del espíritu...” Paul Reverdy

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