sábado, 13 de septiembre de 2008

Un pequeño acto miserable

Edgar Borges

El otro día, cuando llevé a mis dos hijas al parque, me senté a leer un libro convencido de que las pequeñas jugarían felices mientras yo me adentraba en una nueva revisión del mundo. De pronto, escuché un llamado de auxilio de la niña menor. De la abstracción pasé a la alarma al comprobar que a mi hija se le había enredado un pie en un aparato que giraba y giraba sin parar. Enseguida arrojé el libro a un lado y corrí hacia ella.

Un poco antes de llegar al lugar de la emergencia, varias monedas saltaron de un bolsillo de mi pantalón. Eran tres, cada una de un euro; las muy miserables rodaron tanto que sólo se detuvieron cuando habían formado una figura similar a la de un enorme triángulo. Maldiciendo las fui recogiendo; al final, sólo cuando hube agarrado la última moneda, de nuevo escuché el llamado de auxilio de mi hija. Sin perder más tiempo fui en su ayuda; sin embargo, a pesar del estrecho margen que nos distanciaba, fue mucho lo que pensé en el camino. Me acordé de mis continuos cuestionamientos a la falta de solidaridad del ser humano; fue mucho o quizá demasiado lo que llegué a decir sobre la importancia de ubicarse en el lugar del otro, en el dolor del otro. Incluso, me dio tiempo de pensar en mis reproches a la indiferencia que las sociedades del mundo muestran ante las violentas realidades que sacuden las existencias de los otros; fue mucho o quizá demasiado lo que llegué a criticar al sistema económico, a las religiones, a los políticos, a los periodistas, a los intelectuales y a los vecinos.

En una ocasión terminé un seminario sobre ficción destacando airadamente la necesidad de cambiar el sistema educativo mundial; recuerdo que una vez más traje al presente una idea de Albert Einstein: "La educación formal nos castra la imaginación, no nos enseña a pensar." Y hablé más, o grité, no sé hasta dónde llegó la furia de mi voz, pero una y otra piedra disfrazada de palabra sirvió para encender la solidaridad colectiva. Al final, todos nos aplaudimos quizá convencidos de la necesidad de "construir un modelo educativo que nos enseñe a pensar en el otro."

Dos o tres segundos después llegué al lugar de la emergencia. Para entonces la niña se había liberado del aparato que amenazaba con amputarle un pie; ella, sin retórica ni rencor, ya andaba trepando una nueva aventura. Yo, en cambio, bajé la cabeza deseando que nadie hubiese visto cómo se hunde el mundo en un pequeño acto miserable.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.