sábado, 18 de octubre de 2008

La ajorca de oro

Julio Cañete (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Recreación de los personajes y las acciones más importantes de la leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer en un relato ambientado en la actualidad.

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos con los ángeles y que sin embargo es sobrenatural; hermosura diabólica que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

El la amaba, la amaba con ese amor que no conoce frenos ni límites.

Ella se llamaba María A.

El Pedro O.

Los dos eran afganos y los dos vivían en la misma nación que los vio nacer.

El sol transportaba su imagen por los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gaza azul y solo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio cuando ella rompió en llanto.

María exclamó: Hay ideas locas que cruzan por mi imaginación, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa. Tú sabes la causa de mi dolor.

Cuando estas palabras expiraron, la hermosa dejó a su amante con voz sorda y entrecortada: - Tú conoces como todos del horror que provocan sus bombas, de los padecimientos inacabables. Sabes como es transcurrir por esta vida, que no es tal, sino morir un poco cada día – y agregó – debemos terminar con el miedo que destruye nuestros sueños. Tú eres muy hábil Pedro y puedes hacerlo.

-¡¡¡Nunca!!! Gritó Pedro…y en sus facciones se retrato un instante el estado de su alma, espantada de una idea. Sus ojos extraviados fijaron una mirada estúpida en el amplio cielo que los cobijaba, el mismo sobre el que alguna vez pudo desplegar su habilidad como piloto aeronáutico.

Transcurrían los primeros días del mes de septiembre. Un hombre se desplazaba con el mayor sigilo por uno de los aeropuertos estadounidenses. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones. Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrastrara al fin a poner por obra una idea que solo el concebirla había erizado sus cabellos de horror? Pero ahora estaba allí, para llevar a cabo su criminal propósito.

Eran las nueve de la mañana cuando por última vez miró su reloj, el avión acababa de despegar, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente llevaba escrito el pensamiento de su amada.

Sostuvo un esfuerzo enorme para seguir en su camino.

Minutos después, piloto y comandante no dudaron en ceder ante la ira de Pedro. A lo lejos pudo distinguir los portentosos edificios, hizo una brusca maniobra y avanzó hacia ellos.

No pudo resistir más. Las sienes le latieron con violencia, una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un grito desgarrador y sobrehumano. Después alaridos, horror y muerte.

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