sábado, 25 de octubre de 2008

La hora de los Otros

Edgar Borges

¿Ustedes no creen que ya va siendo la hora de los Otros? Sí, los Otros; aquellos creadores que nunca fueron buscados ni recibidos ni publicados. Me refiero a los que jamás les dieron cita, a los que hicieron mil llamadas sin respuestas, a los que una y otra vez regresaron a casa, o a la calle, escondiendo entre el pecho sus carpetas repletas de sueños.

Ya va siendo la hora de que tomen su turno los artistas que nunca existieron: escritores, cantores, músicos, magos y demás intérpretes de las otras vidas (las vidas socialmente imposibles que siempre nos han negado). Ya va siendo la hora de que empujen la puerta todos los que permanecieron afuera. Es la hora de las ideas de los Otros; es hora de abrir gavetas y armarios, de revisar los rincones de todos los sótanos, de mirar los submundos y de olfatear la poética de la calle; ya va siendo la hora de los creadores que no fueron convocados para manifiestos ni testamentos oficialistas. Ya es la hora de que se tomen la palabra los que no fueron llamados ni por izquierdas ni por derechas; ya es tiempo de que se presenten los que siempre resistieron y nunca se disfrazaron de centro (centro izquierda, centro derecha, centro conciencia, el más falso de todos los centros del mundo).

Ya va siendo la hora de los que no recibieron becas, premios, ni medallas ni aplausos herméticos. Es la hora de los que por no adular no figuraron en las fotos ni en las noticias históricamente concebidas; es la hora de que rompan la cerradura y pasen por lo suyo los que siempre hicieron arte con hambre y con las heridas abiertas de frente al infierno. Es la hora de decirle cara a cara a la academia: cómo se dice gramática en clave de existencia.

Ya va siendo la hora de golpearle la puerta a la mafia (a la otra mafia: la que asesina conciencias con el permiso de jueces, políticos y religiosos); es la hora de no tolerar más mentiras: dicen los utopistas que el capitalismo se derrumba, yo digo que sólo, de nuevo, se disfraza. Es la hora de que el nuevo puente lo construyan los que siempre estuvieron hundidos en el eterno charco de la derrota; es la hora de que no les engañen con el azúcar que, a veces, sobra del pastel: estamos (otra vez) en el segundo exacto para repartir el pastel entre todos. Es la hora de gritar que demasiado se ha mentido en nombre de un pueblo y de un todos sin contenido; ya va siendo la hora de ponerle historia, nombre y apellido a cada niño, mujer y hombre que integran a los todos de cada pueblo.

Ya va siendo la hora, carajo, de que la palabra vuelva a cobrar sentido; ya va siendo la hora, carajo (mil veces carajo) de inundar al mundo con otras voces, con otras ideas. Es tiempo de que no se eternice en un milenio imposible la hora de los Otros.

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