sábado, 18 de octubre de 2008

“La muerte de Marat”. La obra de un genio jacobino


Jon Juanma Illescas Martínez (desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Empezamos esta sección artística dentro de Argenpress Cultural, con una de las obras más conocidas del máximo exponente del neoclasicismo pictórico internacional: Jacques-Louis David.

David (1748/1825), no sólo fue uno de los más importantes pintores de la historia, sino que él mismo estuvo forjándola desde “el ojo del huracán” como representante del jacobinismo en la Asamblea Nacional Francesa. Además, también fue la autoridad máxima nacional en cuestiones artísticas durante el período jacobino (1793-94). Más tarde, al caer Robespierre, Saint-Just y el resto de principales líderes de los cuales era amigo, él mismo fue perseguido y encarcelado. Gracias a la intermediación de su mujer, que era más moderada, e hizo gala de sus contactos, consiguió que su marido no pasara por la guillotina e incluso que abandonara la prisión. En ese momento ya comenzaría la historia de otro David muy diferente del que hoy hablaremos, más moderado, al servicio de Napoleón Bonaparte, con el cual incluso trabajó. Desde allí, continuó siendo autoridad pictórica nacional, si bien su fervor revolucionario se tuvo que moderar mucho. Pero eso es ya otra historia, que nos daría para escribir muchas más páginas.

Centrándonos en la obra que hoy nos ocupa, dentro del David jacobino, hemos de destacar que la misma versa sobre un acontecimiento histórico de primer orden dentro de la Revolución Francesa, como lo fue el asesinato del revolucionario de izquierda Marat, a manos de la girondina Carlotte Corday el 13 de julio de 1793. La obra no es sino un encargo que la Asamblea Nacional hizo a David para inmortalizar a su compatriota y amigo desaparecido.

En el óleo, de 162 x 128 cm, el científico, médico y articulista francés yace en su bañera tal y como el propio David lo vio un día antes, en su propia casa, cuando fue a hablar con él de asuntos políticos. Como relata el propio David, “Lo encontré en una actitud que me sorprendió. Junto a él se hallaba una caja de madera con un tintero y un papel; desde la bañera, la mano anotaba sus últimos pensamientos en pro del pueblo”. Es así como el pintor lo inmortalizaría en su lienzo. El único objeto que hace referencia al fatídico suceso, es el cuchillo de la asesina en el suelo, junto al rastro de sangre.

La obra tiene una composición radical para la época. David deja toda la mitad superior del cuadro vacía, lo cual nos inflinge una amarga sensación de incertidumbre. ¿Qué ocurrirá después de la muerte, la nada? Esto refleja el panteísmo/agnosticismo/materialismo propio de los herederos de la Ilustración entre los cuales estaban, por supuesto, los jacobinos (en su versión más plebeya como diría Antoni Doménech). La tonalidad predominante de contrastes armónicos es conseguida por la mayoría de tonos sienas y ocres, despertados por el verde olivo de la tela que sirve para enfatizar la sangre sobre el blanco inmaculado de las toallas y dinamizar el sosegado cromatismo de la tela.

La composición es monumental. La bañera a modo de féretro, junto a la caja de madera como lapidaria, buscan convertir a Marat en un mito. El héroe ascendido a mártir de la Revolución. Para ello, David otorga al difunto una postura que recuerda poderosamente a la clásica iconografía renacentista y barroca del descendimiento en la Cruz. Por supuesto, aquí con el lenguaje propio del neoclasicismo, sin artificios y con un naturalismo concreto y directo, si bien por ello no exento de fino idealismo. Como bien lo demuestra el hecho que la anatomía de Marat esté ligeramente idealizada por alguien que conocía tan bien el dibujo anatómico como el propio David. Algunos músculos se encuentran en tensión como si Marat siguiera vivo, otros están efectivamente sin vida. Con ello el artista, busca otorgarle un cierto halo místico a su amigo, como de Santo revolucionario que pronto despertará para resucitar de entre los muertos.

Por otra parte, la composición sintética y clara, con un naturalismo iconográfico preciso, no refleja sino el gusto de la pequeña burguesía revolucionaria de la época, tan alejada de los gustos aristocráticos del período precedente (Rococó), propios de la Corte (si bien la misma fue aceptando un cierto neoclasicismo, no tan radical como el de David, años antes de la Revolución, al igual que fue medio aceptando algunas reformas económicas burguesas como las aplicadas por el financiero suizo Necker, hombre de gobierno de Luis XVI, que representaba los intereses de la burguesía moderada).

El lienzo es una obra maestra, y la premura con la que David tuvo que ejecutarla, quizás permitió que éste hiciera como afirma el dicho “de la necesidad, virtud” y concentrara todo su genio y pasión en una obra de pocos elementos, pero todos absolutamente certeros. Como el propio artista dijo al presentar la obra ante la Convención: “El pueblo llamaba de nuevo a su amigo, pero su voz fue desoída: David, coge tus pinceles, venga a Marat. Oí la voz del pueblo y obedecí”. Y tanto que obedeció.

Sin duda el artista jacobino fue un genio pero también un hombre muy idealista que, mientras muchos artistas franceses de su talla buscaban mejores oportunidades fuera de la Francia Revolucionaria, permaneció al lado de los jacobinos en periodos muy duros. Sin embargo, al salir de la prisión encontró una Francia muy cambiada, cansada de los excesos de la guillotina, las guerras y el Terror Blanco inflingido a los verdaderos revolucionarios por la burguesía conservadora del Directorio y mucho peor cualitativa y cuantitativamente que el Terror Jacobino como certifica la profesora Irene Castells entre otros. Una Francia encontró David, con los cuadros revolucionarios bajo mínimos. Es por eso, que al volver a la libertad, se retiró de la política y su siguiente obra ya no fue en honor a la Revolución, sino al amor de su ex-mujer con la que se volvería a casar.

Por último, incidiendo en lo último y en honor a las convicciones de David, cabe relatar un hecho del final de su vida que lo dignifica. Al volver la Monarquía a Francia, si bien se hallaba en la lista de revolucionarios y bonapartistas perseguidos (ya que entre otras cosas votó en 1791 por la ejecución de Luís XVI), el nuevo Borbón Luís XVIII lo perdonó. Y no sólo eso, le ofreció un cargo como pintor de la Corte. David, sin dudarlo, lo rechazó. Quizás si bien pudo permanecer en la Francia Bonapartista después de su período jacobino-revolucionario, de abolir la Academia, de preparar junto a Robespierre la escenografía de la Fiesta del Ser Supremo, y de tantos otros actos revolucionarios; volver a una Francia Borbónica, de nuevo, ya era demasiado para él. Todos tenemos nuestro límite y David encontró el suyo. Por ello, prefirió exiliarse con su mujer a Bélgica, donde vivió tranquilamente sus últimos días. Allí fue donde acabó su última gran obra: “Marte desarmado por Venus y sus Gracias”, lienzo que comenzó en 1822 y acabo un año antes de su muerte, en 1824. Una larga vida llena de emociones, sueños y desencuentros, para un gran artista de la Historia de la Humanidad, que por unos años fue un ferviente revolucionario y por toda su vida un hombre progresista como lo atestigua el hecho que aceptara en su taller, contra los tabúes y las prohibiciones existentes, a diversas mujeres artistas, como la magnifica pintora Marie Guillemine Benoist, entre otras.

*Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, Licenciado en Bellas Artes, artista plástico, analista político y teórico del socialismo.


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