sábado, 25 de octubre de 2008

Pasos equivocados


Guillermo Guzmán (desde Venezuela, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El hombre se une al mundo, a medida que trabaja y crea bienestar para sí, y para los demás; igualmente, el niño que juega, contribuye a enfocar su propia conducta en relación a valores que más tarde serán determinantes para él.

Así fue como empecé -de niño- a entablar una estupenda relación entre el juego y el trabajo, a tal punto que ya no supe más si trabajaba o jugaba con el chinchorro, río abajo y, con mis compañeros, en busca de la pesca, parando a cada cierto trecho, cada vez que la red de nuestro chinchorrito se enredaba con alguna piedra o con el tronco de una rama de esas que arrastra la corriente cuando hay crecida y se quedan atascadas en el fondo del río. Había que zambullirse a desprender la red, del fondo, y muchas veces se rompía a tal extremo que había que coserla, remendarla ahí mismo. Siempre cargaba yo mi aguja de madera y un molde apropiado al tamaño de la malla, los que guardaba bien sujetos, en los bolsillos del pantaloncito, para que no se los llevara la corriente.

Otras veces, en canoas pequeñitas, faenábamos en la desembocadura del río en el mar, para matar el puro tahalí y, en algunos casos, el lebranche. En algunas ocasiones, nuestro objetivo preciso era la pesca del bagre guatero, tan apetitoso por su exquisito sabor, cuando se prepara guisado, con mucho ají dulce y bastante ajo. Este género de pez se arremolina en las orillas de la playa donde hay mucha suciedad, ahí es fácil pescarlo, especialmente, de noche.

Los procesos de valoración de la vida, comienzan muy temprano y nunca terminan. Algunos lo hacen al derecho y otros lo hacemos al revés, respecto a las pautas del establecimiento social o, establish men´s, -para los más sofisticados-.

Por ejemplo, conducta, aplicación y aseo personal, eran las tres casillitas que tenía la boleta que daban en la escuela a la que yo asistí -fallidamente- y desde la cual comencé a dar pininos equivocados que, en el esplendor de mi ya lejana juventud, años después, se convirtieron en pasos agigantados, siempre con la misma orientación. Hoy, mi andar es lento pero conservo, afortunadamente, la correcta equivocada dirección de mis primeros pasos.

Entonces, no amoldarse a los lineamientos de aquella escuela absurda, significaban sendos castigos, a saber: Plantón en el cuarto oscuro, azotes en la palma de la mano o “ley palmeta” y ¡lo peor!, lectura del “Manual de Carreño” y la consabida plana con repetidas frases necias, extraídas del mismo.

De tal manera que no había más alternativa digna que, “Coger las de Villadiego” -cosa que hice- no obstante, muchos se quedaron en la escuela de esa época y son fáciles de identificar pues, son los Don barrigones ciegos, sordos y mudos ante la agresión imperialista contra la Patria que los vio nacer.

Por fortuna, mi abuelo Francisco -que así se llamaba- ya había iluminado mi camino, mucho antes de mi primera fallida experiencia en la escuela (vendrían otras). Él -mi abuelo- me había enseñado a atrapar cangrejos, con horquetitas de palos de mangle, de alatrique o de yaque, resistentes al uso de punzar, muchas veces en la arena pero otras, contra las rocas de los acantilados, en busca de jaibas o de cangrejos a los cuales aprendí a neutralizarles la macana, que arrancaba primero, con mis manos de niño emocionado por la hazaña, y luego los atrapaba con facilidad y sin peligro de ser mordido.

Más adelante, él me enseñó también truquitos distintos para cazar a otros animales y a pescar diestramente en el río y en el mar. Era bonito aquello, de manera que cuando me fui de la escuelita, por primera vez, nunca perdí el tiempo; todo lo contrario.

Era mi viejo. ¡Cuánto quererlo! -taciturno y paciente, curiosamente, alegre al mismo tiempo. Cuando se dirigía a alguien, solía proferir sentencias apropiadas y enseñanzas acerca del trabajo, y es que él era un modelo de trabajador insigne pero, asediado por la voracidad de un sistema de explotación inclemente, el sistema bancario que confiscó más de una vez su cosecha, por no pagar a tiempo, un mísero crédito que el banco Agrícola, de entonces, le había concedido.

Presenciar verlo erguido pero, víctima de un despojo injustificable: el esfuerzo de su trabajo incansable, y no poder ayudarlo, marcó el ritmo de mis equivocados pasos, para siempre.

Igual que millones de trabajadores también explotados durante siglos, da igual, referirse a cualquiera de ellos. Es la misma historia injusta, en todas partes. Historia que debe ser cambiada.

Y no es que fuese yo, entonces, un niño preguntón, nada que ver. Era imposible para mí, comprender a cabalidad lo que ocurría, y era mejor que así sucediese pues, de otra manera me hubiese convertido en criminal.

Aunque mi actual nivel de recuerdo no es competitivo, puedo evocar cómo él hablaba con cariño perfecto y, por eso yo lo veía como a un Dios, un Dios de carne y hueso que solía -de mocoso yo- encaramarme a horcajadas sobre sus hombros, desde los que me era fácil mirar en lontananza la vastedad de los rastrojos de maizales inmensos donde gran cantidad de hombres y mujeres, a poco de haber doblado por la mitad cada planta de maíz, una por una, y, ya las mazorcas borleadas por el sol tan brillante del verano, y muy secas, listas para ser cosechadas, eran recogidas en maras y en cestones, por toda esa gente tan esforzada que, como hormigas, iban y venían hasta el “alicharme”, un tractor rojo que prendía mediante una manigueta de largo brazo, que accionaba el motor.

El “alicharme” arrastraba una enorme cajuela de remolque de cuatro ruedas acondicionadas con cadenas para vencer el barro del camino. Hacía viajes tras viajes hasta la troj donde era descargada y almacenada la cosecha. Era una verdadera fiesta para mí, presenciar el trabajo de recoger la cosecha.

Alternamente a cada fila de maíz, mi abuelo sembraba frijoles, un poco antes de la recogida de las mazorcas, de manera que poco después, era la cosecha de frijoles y en algunas ocasiones, de caraotas. Naturalmente que para entonces, una nueva siembra de maíz ya estaba retoñando y cuando venía la recogida de maracas, ya el nuevo maizal daba por las rodillas y había que limpiar de maleza todo aquello.

No me intrigaba el hecho de que a cada cosecha de maíz tuviese que seguirle una de frijoles o de caraotas sino que yo aceptaba que así debía ser porque él -mi abuelo Francisco- así lo hacía y, además, me lo explicaba elocuentemente, puesto que yo lo entendía. Tanto es así que todavía lo recuerdo de manera clara, sin confusión alguna. Una explicación confusa, bloquea la mente; mientras que una explicación clara, te la desbloquea.

Muchos años después de aquella etapa estupendamente equivocada -tal vez más de medio siglo transcurrido-mis pasos equivocados me condujeron a descifrar, por mera casualidad, las razones de esa rotación de cultivos entre el maíz y el frijol.

Se trata de que la siembra consecutiva del maíz, año tras año, sobre el mismo terreno, termina por agotar la tierra porque la planta de maíz consume el nitrógeno que, de manera asimilable hay ahí; parece ser que en las raíces de las plantas de fríjol y en las de caraotas, se genera una flora bacteriana capaz de absorber el nitrógeno aéreo, transformarlo, y fijarlo al terreno de manera que pueda ser asimilable por la planta de maíz, que por sí misma no lo puede hacer pero, en cambio, su bagazo abundante proporciona frescura, evita la evaporación excesiva que produce el verano y favorece el desarrollo de la planta de fríjol. Se trata de un beneficio mutuo.

Ésta sería la razón de rotar entre sí, estos cultivos específicos.

Desde esta perspectiva traviesa, cultivar el maíz sin rotarlo, ocasiona el empobrecimiento de la tierra; pretender de manera irracional convertir el maíz en combustible para mover los automóviles que contaminan la atmósfera y, ésta, a su vez, contamina las aguas del planeta y ocasiona desequilibrios catastróficos, lo que nos hace ver es que la vida pareciera no tener futuro cierto.

El acceso incompleto y tardío del conocimiento deja por fuera la consideración de variables que pueden ser determinantes para el desarrollo. Nuestras anteriores generaciones emplearon mucho tiempo ensayando soluciones de supervivencia hasta dar con alternativas viables, sobre las cuales la ciencia se ha afincado para acortar caminos. Así que, el conocimiento científico y todo tipo de conocimiento tiene que estar al alcance de todos porque es, de hecho, patrimonio moral y ético de todos, no para una élite iluminada que pretende esclavizarnos para siempre.

Reivindicar nuestros valores ancestrales, es indispensable para planificar desarrollos sustentables. Reivindico a mi abuelo Francisco y todos los momentos que, de mocoso, estuve tras sus pasos, en aquellos montes, en el río, en el mar Caribe y en todas partes. ¡Era tan bonito todo aquello!, y yo disfrutaba jodiendo porque, con varias de mis “Chinas” terciadas al cuello, y mi saquito de piedritas -amarradito al cinto- mataba las potocas que comían los restos de granos esparcidos por todo el rastrojo.

A las guacharacas las cazaba con trampas de empalizadas a las que ponía expresamente granitos de maíz, debajo de un hilo que ellas pisaban y…. ¡zas¡

Pido perdón a mí mismo, por esas maldades de matar pajaritos, nunca he debido hacerlo, pero ya no lo volveré a hacer.

Mis pasos equivocados comenzaron en esos maizales y han de seguir hasta estirar la pata, cuando, cenizoso, me dejen sobre el atlántico, en un barquito de papel, para darme el gran chapuzón.

Autor imagen: VIAJAR A SENEGAL


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