sábado, 25 de octubre de 2008

Sucede que a veces tengo miedo

Marta Raquel Zabaleta (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Quiso llorar como tantas veces que la vida perra le enrostraba el espejo del desengaño.
Pedro Lemebel, Tengo miedo torero

Pero no iba a darle con el gusto a ese impertinente. Nunca nadie me había tratado así en un avión:

-Cuidado, diga, ¿no ve que me mueve el asiento? ¿Adónde se cree que está? Pero -¿por qué no se sienta, diga?.. .Y ahora qué hace, ¿para qué va al baño en el avión, si ya casi llegamos…?

¿Pero quién se habrá creído este impertinente que es… el Papa?- pensé.

Era alto, macizo, fornido. ¿Dónde había visto esa cara hace poco?...¿En la tele, o fue en un diario, antes de subirme al avión en Buenos Aires?

Cómo voy a poder sentarme si estoy en Argentina, pensé, y casi se lo dije; o sea, estoy en estado de emergencia y en tránsito. En pánico. Con miedo.

Estaba así en mi propio país, del que me habían expulsado en 1976, y al que había venido, solamente de pasada, casi treinta años después…

Volver…
con la frente marchita
las nieves del tiempo …

Sí, porque aun estaba en ARGENTINA.

Pero ya en la del otro lado, en esa otra Argentina: la del fin de semana largo de los que tienen plata y huyen de la capital con rumbo a ver a las ballenas en lust, los que van a esquiar, los que lo combinan todo con los lagos. En fin…un país normal.

Y yo. Que voy a ver las aguas turbias del puerto de Comodoro Rivadavia ('¿qué vas a hacer allí, al cementerio del petróleo?', me había dicho la entrevistadora del diario de la capital); y… bueno, me habían dicho tantas otras cosas, todas tan negativas, como es muy típico del a veces agrio humor porteño.

Todas imprecisas, todas medio contradictorias, un poco así como los sentimientos del hombre que era mi amigo austral. ('Hay muchos ensiliados en la Argentina.'- me dijo una colega muy querida. ¿Por qué preocuparte por este en especial? Cuídate, Marta, mirá que mí me pasó lo mismo...', y sin decirme que le pasó, se fue al Congreso de Salta, y yo me quedé sin poder verla.

Ah, pero ella sí que era una real exilada...o sea, una como yo.

Una afuerina, diríamos. Una persona con un hermano desaparecido en nuestro país.

Somos las argentinas y los argentinos 'de afuera'...

Coraje, se necesitaba mucho coraje para ir hasta allá sólo a conocerlo. ¿Existiría de verdad, o sería sólo una creación de mi mente fantasiosa, como me lo explicaría cualquier terapeuta inglesa?

Alfredo me sonrió, con esa sonrisa que reserva para cuando está como cansado de sus propios pensamientos, pero también como si nunca se cansara de ser mi amigo, de quererme mucho a pesar de haberse aguantado nuestros más de cuarenta años de esta amistad, desde que empezamos Ciencias Económicas, para ser más precisa, y luego -- -'Te vas adónde?...'- me dijo...- '¿a Comodoro Rivadavia...? Yo no conozco a nadie de allí'. Lo decía mi mejor amigo de la Facultad, y pucha, con gran cariño, y con no poca aprehensión. A pesar de que había mediado tanto tiempo sin vernos, confiaba aún plenamente en él, así que su comentario me dejó preocupada. Y mucho menos segura acerca de la razón de mi viaje al Sur, a reconocer esa amistad virtual reciente con un ensilado argentino.

Pero el remisero que la vino a buscar a las 3,45 a.m. en punto, en cambio, le dijo lo que ella necesitaba escuchar:

-Sí, esta bueno que vaya, vaya sin miedo, señora, cualquier cosa en la Argentina está mejor, es mejor que esta basura de ciudad, ¿sabe?- y en el cortísimo trayecto al aeropuerto le explicó que trabajaba desde los ocho años, que ahora tenía cuarenta, y que su auto tenía más de diez años, así que se iba a quedar sin trabajo en tres años más, porque estos tachos no aguantan más que unos catorce si uno les da tanta viaba, y ella le contó que su ex esposo le había echado en cara que fue porque ella hablaba de igual a igual con los taximetristas, que él había sido secuestrado, torturado y preso, así que no quería- y ahora que era de afuera menos- no, no, no quería hablar con los tacheros argentinos, que por eso él había caído preso, por culpa de ella, ¡claro!, qué menos!, ¿no? Caer en cana por culpa de una mujer. Tengo miedo.

Pero los tacheros de Buenos Aires tienen ahora algo muy en común, que la hacen sentir en casa. Todos saben quién es la Thatcher:

-Vvvvvió, thhhhzzzz Dooooonia, le dijo uno, -como dijo aquel compañero paraguayo de la fábrica cuando llegó a la oficina el 2 de abril de 1982. O sea, el otro taxista que la trajo del Aeroparque a la casa de Graciela, de vuelta de su viaje a Comodoro Rivadavia. ¿Por qué estaría enojado de antemano, si no sabía nada de ella, ni ella no le había hecho nada? Humor porteño, se dijo a manera de explicación.

-Me acuerdo como si fuera hoy, sabe, y de eso hacen ya la punta de años,1982. Ya más de veinte años…Las Malvinas, figúrese, pero yo me acuerdo como si fuera hoy. Sí, era bueno el muchacho, medio bruto, y qué va a ser, si era paraguayo, pero yo soy Técnico Químico, pero así y todo, quedé igual que él, sin trabajo, pero antes fui alguien, era un capo en la fábrica, ¿sabe? y aquel paraguayo me tenía tanto respeto. Y vino y se cagó de risa de la ZAAATTTTCHER

- ¿…????

Y eso me lo contó, me parece, porque me tomó pena o bronca, cuando amistosamente le pregunté al subir a su auto:

-¿.Señor: aquí se da propina a alguien sólo porque le abre la puerta del taxi, nada más?

-Sí, y ¡qué más quiere!

-¿Nadie les paga por su trabajo?

¿-Qué? …Sí, claro. Se supone que es usted la que tiene que pagarles...

Pagarle por que me vio la cara, o porque labura en el afano, porque en este país ya no se puede tener ni la dignidad de... pero… tengo miedo.

-¿Qué me dijo? – y ya no le oigo, señor, porque por adentro, lloro, lloro de la bronca, lloro porque no soy una buena argentina. Soy apenas una de esas argentinas de 'afuera'. No sé ni dar propinas a los que me abren las puertas de los taxis.

Paró el taxi. Llegamos. Se bajó y me dio un abrazo y gratis... pero este, era otro, el tachero que me llevaba a Ese iza el día en que me iba de la Argentina otra vez, tal vez por última vez…:

-Sí, los milicos nos ganaron, señora-, me comentó mientras se despedía. Sería...

Y lloramos, casi los dos juntos. Y tuve mucho miedo. Ahora estaba sola. Sola en el aeropuerto con todos los recuerdos del día en que me echaron de mi país...Otra vez… en Ese iza.

Sentir
que es un sueño la vida.

-Pero Usted ya lo sabe: se me sienta-.me gritaba otra vez el gordo panfletudo del avión.

Lo miré al grandote grosero a la cara, pensando que ya la había visto. Cara de carcelero típico, o cara de oficial de las gloriosas fuerzas armadas de la República. Modelo Proceso1976. Patotero. ¿Cuál? ¿Dónde? ¿Cuándo?

Pero bueno, me callé, lo miré con mucha bronca fui al baño y cuando volví me senté... En este país todo te puede pasar, me decía entre tanto: de repente me bajan del avión, con todo el trabajo que me costó conseguir este asiento: dos días y una montaña de guita, y encima ser llamada 'mi amor', por la directora de la agencia de viajes de Barrio Norte que me lo vendió el boleto, que dijo que nunca atendió a otra dama que fuera acompañada por una sirvienta; que si no sabía que en este país – que no era el suyo, por suerte, dijo - las cosas no se mezclan así y que ella sí que no era argentina, por supuesto, no vivía ni siquiera en la capital, pero no era... como yo…, y sin embargo, la dorada mujer de silicona se embolsó mi buena guita sin chistar. Y la mina esta me decía a mi que ella pensaba que era mejor volar para el Norte... que perder estos pesos ir a Comodoro Rivadavia, adonde ni ballenas había en esta época. -Nena, mi amor, yo se lo digo... hágame caso. No vaya, vaya al Norte. Y tuve miedo.

Quería llorar con toda su alma para sacarse de una vez la espina quemante de ese capricho, pero su mirada de filtra lucera no logró reflejar la claridad agónica que se iba en el último espantadazo de la tarde.

Pedro Lemebel, Tengo miedo torero, pág. 153

Lemebel dejaba atrás la cultura de la diferencia. Lo había visto en un panel del Congreso ICA 51 dedicado al género. El escritor chileno le cayó bien, con su bufanda roja, su gorro también rojo, sus pasos cortos, su cara curtida por el viento del norte salitrero. Se acordó que le habían regalado su última novela:

-Es de un amigo-, le había comentado al dársela Consuelo, la última vez que las visitó a ella y a Linda en Gales...

tango que me hiciste mal,
y sin embargo, te quiero.

La noche estaba muy oscura, y en el avión de vuelta a la capital hacia mucho frío. Graciela le había hecho comprar tres camisetas de invierno y tres pares de medias superabrigadas, porque, dijo: ' sin eso, en Comodoro Rivadavia te vas a morir de frío', y la señora de la tienda de enfrente de la plaza de Coronel Díaz y Las Heras se las había vendido sin parar ni para respirar, porque aunque cuando la olfateó primero, la trató con desconfianza, después la miro de pies a cabeza, y le preguntó de dónde era, por el acento, y tal vez pensó (debe ser turista bien, bien forrada, como diríamos por acá). Pero argentina no, nunca; y rosarina, menos. ¿Tal vez pensó que ella le mentía ? Entonces, sintió como un poco de miedo.

Yo andaba haciendo tiempo. Me habían por fin vendido el pasaje de avión, pero no me lo habían dado. Lo había pagado e iban a llevármelo a la casa de Graciela a las cinco de la tarde... ¿Y si a Miguel no le alcanzara el tiempo? ¿Qué otra cosa podría hacer yo en Comodoro Rivadavia más que charlar con él? Tenía, eso sí, que darles el monto de la colecta para que sus pibes tuvieran zapatos para ir a la escuela, a las señoras de la población Stella Mari, y que había colectado en veinte minutos entre sus colegas y vecinos. Eso porque había escuchado en Radio del Mar, FM 98.1, de Comodoro Rivadavia, que eran sesenta pibes que andaban descalzos, pero no se sentía una imitadora de Eva Perón .O sea, no iba a ir a llevárselos personalmente, claro...pero no por miedo.

Se sentía más vale como la abuela tana cuando le vendieron un tranvía, te acordás, cuando la familia materna vivía toda en Campana. Eso les pasa por hacerse tan ricos en una generación, aprendió a decir después que leyó un poco a los autores cultos. Como Gino Germani, Sergio Bagú, en fin, citando así como al descuido. Para eso, hay publicaciones que son campeonas. Como la machista en rosa, pero no, no te voy dar el gusto de citarla. Ya te lo dije una vez y lo negaste: es una publicación muy machista:

-¿Qué, Pág. 12 machista? Pero si tiene hasta suplemento femenino los viernes, y todo. Mirá, vos te vas al fin del mundo a ver a un tipo, ¿y te permites criticar al mejor periódico local? Pareces feminista -.dijo mi amiga, y… me dio un poco de miedo.

…¿Y si ella hubiese muerto?
¿Habrá proseguido aquel diálogo con un europeo?

Ander Malraux, La condición humana

De vuelta el hinchabolas:

-Señora, me movió otra vez el asiento.

-Disculpe, don, pero ahora estaba sentada, lo que debe pasar es que usted no lo puso derecho para el aterrizaje, a lo mejor.-

Y enseguida se olvidó del cargoso, de los argentinos con trajes de vacaciones, con esquíes y bolsas colgando por todas partes, de los pánicos que le llenaban la cabeza: ¿Y qué vas a hacer si no está en el aeropuerto esperándote? Pero mirá: ¿cómo se te ocurre que va venir a buscarte al aeropuerto? No ves que para éso te reservó pieza en un hotel, ah, sí, claro, ¿cómo se llamaba?, del miedo ya no me acuerdo, (para su tranquilidad y comodidad, no para la tuya, abombada). Le dieron ganas de bajarse. Tenía mucho miedo.

Pero entonces lo vio. En el horizonte se dibujaba hermoso. El Cerro Chenque se estiraba en su inquietante grandiosidad, mientras el sol amanecía con la tibieza azul del petróleo que azulaba el reflejo del mar y ensombrecía la tierra rojiza.

Tomó el libro de Pablo Neruda para darse ánimo ante lo desconocido, mientras el piloto anunciaba en castellano que el avión comenzaba el aterrizaje, y Aerolíneas Argentinas ('su compañía', aunque española luego de la desregulación, pensó), tocaba tierra. Su tierra: ¿también de ella?

¡¡Tierra!! (y se sintió una mezcla de Colón arribando por primera vez a las Américas, y Saint Exuspery, el autor del Principito, cuando aterrizó por primera vez en Comodoro Rivadavia). Sin miedo.

El avión estaba aterrizando.

Tomó Residencia en la Tierra, que había comprado en un librería de segunda mano en Buenos Aires , y leyó:

Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
Como un sonido puro,
Como un ladrido sin perro,
Saliendo de ciertas camadas, de ciertas tumbas,
Creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

Pablo Neruda.

Y me volví para mirarlo, pero ya no estaba el fastidioso. Tal vez se había apurado a esconderse. Porque a esa cara... la había visto anoche cuando decían que habían sentenciado a prisión a 46 militares culpables del Proceso y de esa cara... decían que estaba en Francia...Que se había arrancado, fu-ga-do.

No estaban más ni las muertes ni las sombras. Todo el porvenir me sonreía, pues le había visto. Entre las caras de la espera, le había confundido el rostro con una estrella, mientras mi amigo nuevo se deslizaba raudo y como si yendo hacia un puerto seguro: mientras en la distancia cuando el sol nacía, y cuando pensaba que era una nube lo que entorpecía el silencio, me di cuenta.

Es un cerro, me dije, es una montaña, recortada altanera, bella, ¿sería como el cerro San Cristóbal y nadie me lo había dicho? El cerro Chenque, y sería tal vez su alma, tan bella como esa aurora. Y era así, sonriente y puro, el fin de todos los pedazos de sus caras en cada foto fría, la que besaba esa mañana. Y de eso me acuerdo para siempre: del fresco aroma de una piel recién afeitada, y del calor de una mirada, tan tierna como aquellos mis poemas de los sueños mansos.

Su enrollado cabello negro entonces beso, y su pie dulce y perpetuo: y acercada ya la noche, desencadenado su molino, escucho a mi tigre y lloro a mi ausente.

Neruda, Pág. 52

¿Será, me digo, aquel hombre del avión el mismo militar que ordenó la matanza de Margarita Belén, como me explicó mi amigo? ¿Pasarán muchos años antes de que mi amigo virtual me escriba para contármelo?

Pasarán más de mil años, muchos más...

Y de eso tengo miedo. Y de aquel ángel de vaqueros a lo Fellini que me llevaba la valija, tengo miedo, y…

Si me preguntáis adonde he estado, debo decir:

"Sucede" como dijo Neruda

Porque de la Argentina aquella de mi primer regreso, ese país tan querido que aun me duele tanto, debo decir, mi amor, "Sucede".

Londres, 2003.

Nota bene: en honor a la verdad

Email
From: Miguel Angel
To: Marta Zabaleta
Sent: Wednesday, October 27, 2004, 4:54 AM
Subject: Salta. Masacre de Palomitas. Urgente solidaridad.

Espeche:
sí, Marta, Espeche es el del aeropuerto.
Besos
Miguel

……..
Tomo y obligo. Mándese un trago
Fuerza canejo
Que una mujer macho
No debe llorar.
Ni debería tener miedo.

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