sábado, 25 de octubre de 2008

Una argentina de alcurnia (vida, pasión, defecación y muerte de mi tía Vicenta)

Rodolfo Bassarsky (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

En un lugar de la pampa argentina cuyo nombre recuerdo claramente pero que no quiero divulgar, nació mi tía Vicenta del Mar. Su vida se apagó el sábado 28 de diciembre de 1974. Era presidenta honoraria y vitalicia de las Devotas y Beatas Damas argentinas de la Cristiana Caridad, sección Patagonia Norte.

Apareció su reseña biográfica en el diario local “La Gaceta católica ilustrada” el domingo 29. Los 3000 ejemplares de la tirada lucían un crespón negro pintado en el ángulo superior izquierdo de la página de Sociales y Necrológicas, como reverente homenaje a mi tía.

Vicenta del Mar nos dejó a los 93 años, recién cumplidos. Nació a pocos metros de donde murió y vivió casi permanentemente en un mismo entorno aristocrático. Un fantástico palacete de 3 plantas construido en 1867 con un buen porcentaje de materiales traídos de París, ubicado a unos 4 Km. al norte de la ciudad. La principesca casa estaba rodeada de un jardín versallesco que figuraba en las mejores guías de turismo del país. Suscitaba el interés de coleccionistas y anticuarios el mobiliario y el equipamiento de la finca. Cedros, robles, porcelanas, gobelinos, cuadros e incunables, formaban parte del mundo casi fastuoso de Vicenta desde su infancia. Una vida dedicada a hacer el bien. Los pobres de la región se acostumbraron a recibir constantes beneficios de las Devotas.

Mi tía jamás tuvo un trabajo formal. Los nocturnos de Chopin inundaban las estancias más bellas de la casa cuando los blancos y finos dedos de la joven Vicenta acariciaban el Steinway & Sons de cola, importado directamente de Londres. Era una especialista en Chopin. También cultivaba la música de otros románticos y frecuentaba el repertorio de Alberto Williams (1862–1952) quien visitó a la familia en tres memorables oportunidades.

II

Mi tía amaba el jardín. Permaneció soltera y virgen hasta el fin. Rosas, violetas, anémonas, calas y pensamientos fueron objeto de sus desvelos durante largas décadas. Su fina piel conocía el roce de la seda natural y el percal, sus oídos vibraban con las polonesas, su mirada descansaba en el multicolor paisaje florido del jardín en donde mil y una tardes a las 17:00 hs. se sentaba a tomar un té inglés con masitas secas y tortas varias. Gozaba de cocinera y maestro repostero. El General Julio Argentino Roca y su fiel asistente, el coronel Gramajo, se alojaron en el palacio en cinco oportunidades con motivo de sus frecuentes viajes al sur. La cocinera aprendió del propio coronel el exquisito revuelto de huevos, papas y otros ingredientes, su creación gastronómica excelsa, que el General y sus anfitriones ponderaban con fruición. Vicenta aprendió a degustar el Revuelto Gramajo desde su infancia.

III

Ni Vicenta del Mar misma ni yo tuvimos nunca conocimiento certero del origen de la fortuna que la acompañó toda su vida. Sospecho que debió tratarse de la cesión de grandes extensiones de tierras y hacienda por parte del gobierno a algún antepasado militar no muy lejano como premio a una destacada actuación en el campo de batalla exterminando indios. Sin duda a este regalo se habrán agregado diversas e importantes prebendas al mismo militar y a sus descendientes. Ella tampoco tenía una conciencia clara de que la riqueza no existe por generación espontánea. El dinero que constantemente estuvo allí como cosa obvia, fue el instrumento que le permitió hacer siempre lo que quiso, autolimitada por los rígidos preceptos de su cristiana y conservadora educación.

Mi tía no despilfarraba en lujurias o vicios aunque solamente en muy raras ocasiones destinó un monto considerable a fines trascendentes o de alta cultura. Las más de las veces gastó sumas elevadas en los goces, placeres y ocio leves y superficiales propios de su posición y del lugar destinado a ella en el entramado social en el que nació. Su actividad como destacada Dama Devota fue un mecanismo de sublimación de energías que en otro cuerpo hubieran tenido otro destino. La benemérita y caritativa Institución fue simplemente una válvula de escape que le permitió descomprimir parcialmente la atmósfera asfixiante en la que se movía. Y para ello no gastó proporcionalmente mucho dinero. No obstante su contribución a las Devotas fue durante varios lustros la más cuantiosa.

IV

Vicenta no usó nunca rouge ni rimmel ni colorete y jamás ocultó sus canas con tinturas. Detestaba la peluquería. Las trenzas y rodetes que lució alternativamente en distintas etapas, fueron obra de su propia mano ayudada por clips y horquillas o bigudíes de latón que le permitían ondular parte de su cabellera.

En los años de avanzado climaterio con su sobrecarga androgénica, utilizó esporádicamente cera caliente para depilación.

Vicenta del Mar tuvo un hermano con quien mantuvo una comunicación meramente formal. Convivió con una madre anodina y un padre lejano en el espacio y en el afecto. Fue la niñera quien se encargó de su educación aséptica. La gobernanta de la casa contribuyó pobremente con sus conocimientos prácticos. Casi nula fue la formación en habilidades domésticas de mi tía.

Tuvo una relación superficial con sus compañeros de estudios: se sentía discriminada y marginada sin llegar a explicarse claramente los motivos.

V

La joven Vicenta asistió a varias funciones de gala del Teatro Colón de Buenos Aires. En una de ellas el prestigioso pianista chileno Claudio Arrau ofreció un concierto dedicado a Chopin. Me contó mi tía que el mero recuerdo de esa velada la emocionaba hasta las lágrimas y cada vez que evocaba aquella función –que presenció desde un palco avant scène– debía contener sus pulsiones eróticas dirigidas al pianista. Claro que ella no me lo expresaba de esta forma. Simplemente su confesión catártica ante el pequeño sobrino consistía en... y me enamoré locamente de Claudio pero nunca se lo dije.

VI

En el palacio había una capilla donde la familia y el personal del servicio escuchaban misa todos los domingos a las 09:30 hs. oficiada por el párroco de la Iglesia Mayor de la ciudad cercana. Mi tía no asistió a misa durante tres domingos consecutivos de mayo de 1955. Estaba en Francia, en la Virgen de Lourdes, única salida del país que se permitió en su vida. Cuando me contaba esa experiencia se estremecía al evocar el desfile de lisiados, contrahechos, enfermos de toda clase: tuberculosos, cancerosos, leprosos, oligofrénicos. Sin embargo apenas asomaba en su rostro una expresión de piedad acompañada de una dureza de rasgos, fiel reflejo de un corazón frío y egoísta. Era el principal pecado de su personalidad simple.

Cuando el general Lonardi tomó posesión de la presidencia el 23 de septiembre de 1955 en Buenos Aires, una multitud ocupó la histórica Plaza de Mayo vivando al nuevo gobierno militar y gritando consignas adversas al depuesto presidente constitucional, Juan Domingo Perón. Unas 200 mujeres, la mayoría impecablemente arregladas luciendo sombreros y ataviadas con joyas, saltaban exultantes en una pierna y agitaban pañuelos frente a la Catedral. Entonaban el Himno a la Revolución Libertadora y gritaban acompasadamente “Cristo rey, Cristo rey ...”. Entre ellas, mi tía emulaba en sus actitudes a la mayoría pero lo hacía sin alegría ni pasión. Mi tía era la excepción: vestía una pollera estampada de suaves colores hasta casi el tobillo, una blusa blanca bordada por monjas de clausura y un chalequito de tejido calado color crema, desabotonado. Un pelo recogido hacia atrás, con ondas que remataba en un rodete generoso en la nuca. Usaba gafas pero las había guardado en la cartera de cuero negro de nonato por temor a que se le caigan con los saltitos. Ella sabía que estaba bien ser antiperonista y obviamente era “clerical”. Estuvo unas dos horas y luego caminó hasta Diagonal y Belgrano donde su chofer tenía el coche que la condujo hasta el Aeroparque Jorge Newbery. Allí se embarcó rumbo al sur olvidando ni bien llegó a sus pagos, la jornada cansadora que había vivido. A su edad no estaba para esos trotes.

VII

El 2 de abril de 1948 llegué a la ciudad cercana al palacio de mi tía. Mi padre había decidido radicarse allí abandonando San Isidro, localidad de las afueras de Buenos Aires, para poder dirigir mejor sus crecientes negocios en la región. Recuerdo a mi padre por aquellos tiempos: un hombre corpulento, activo, incipiente calva y pelo gris, bigote abundante negro en el que se perfilaban las primeras canas. Papá era un católico militante con excelentes relaciones en la jerarquía eclesiástica. Tengo la sospecha –nunca confirmada– que parte de su actividad empresaria estaba dedicada a dirigir como testaferro, negocios importantes de la Iglesia.

Tuve con él una excelente relación de amor filial. Lo respetaba y admiraba. Papá era un tenaz vigilante de mi educación y yo lo percibía con gratitud. El 12 de abril de 1948 papá me hizo dos regalos para mi octavo cumpleaños: un muy buen diccionario bilingüe inglés – español y mi primera visita al palacio cercano de mis parientes. Fueron dos aciertos. Aún conservo y está vigente el excelente Appleton/Cuyás que me prestó un servicio eficiente en estos últimos 56 años. Y aún conservo con inusitada precisión en mi memoria la impresión de aquel primer contacto con un mundo ciertamente del todo desconocido para mí. Mi padre formó una familia de la alta burguesía argentina y nos acostumbró a vivir rodeados de comodidades pero a un nivel muy distinto al del ambiente de lujos que se respiraba en aquel palacio decimonónico. Me impactaron los espejos, los marcos de los cuadros, la librea de ciertos criados y la palidez de los rostros femeninos de sus moradores.

Ese día inolvidable conocí a mi tía Vicenta. Papá me había instruido antes de ir. Si te dan un beso, podés retribuirlo si te apetece. Pero si no te lo dan, jamás beses. Si alguien frente a vos te ignora y no te saluda, es mejor que le extiendas la mano derecha y le digas cómo está señor o señora.

Mi tía era una señora que no llegaba a los 70 y que aparentaba menos a pesar de la ausencia de acicalamientos y adornos. Quizás la vida poco trajinada que había llevado, la dieta, probablemente la falta de marido y de hijos contribuyeron a su piel lozana, a la carencia de patas de gallo, a su cabellera sedosa y a un timbre de voz juvenil y diáfano que quedó grabado en mi memoria. Conservó esa voz hasta su muerte. Exhibiendo una actitud que con el tiempo pude juzgar de insólita por lo vehemente, Vicenta se inclinó sobre mí, acarició dos veces cada una de mis mejillas y besó suavemente mi cabeza poblada de pelos lacios rubios. Semejante efusividad no era lo que mi padre y yo esperábamos en una circunstancia como aquella, impregnada de cierta solemnidad. Todo el mundo se expresaba con lenta cadencia, sólo surgían palabras austeras y nada comprometidas de labios de los parientes que conocí ese día. Los movimientos eran igualmente parsimoniosos y formales. Yo estrenaba pantalones largos, quizás prematuramente para la época, que mucho contribuyeron a hacerme sentir uno más de los de ellos. Es cierto que desde entonces sólo los usé para ocasiones especiales y recién a partir de los 12 mi niñera, tras un acuerdo con mamá, impuso los largos en forma permanente.

Retribuí el beso a mi tía quien seguramente lo esperaba porque permaneció inclinada un momento después del tercer y último beso sobre mi pelo. Besé su mejilla cuidando la suavidad y sequedad de aquel primer contacto.

VIII

A lo largo de los 25 años volví infinidad de veces a la casa de mis parientes. Ya hacia la tercera o cuarta ocasión en la que acudí al palacete, centré mi atención en Vicenta y dediqué mucho menos tiempo en relacionarme con los demás. No había niños de mi edad, así que compartía tes y jardín, paseos y a veces oraciones vespertinas en la capilla, con mi tía. Con frecuencia, sentado en un sillón Luis XIV permanecí casi inmóvil escuchando impromtus, valses y nocturnos del venerado Chopin o finas danzas vernáculas de Alberto Williams o Carlos López Buchardo (1881–1948). Al principio con cierto disgusto pero conciente de la “importancia” que esas sesiones de entre una y dos horas, tenían para mi formación cultural. A medida que fueron pasando los meses aprendí a encontrar un goce espiritual con aquella música y hasta logré juzgar intuitivamente la mayor o menor virtud en la interpretación de cada acorde por parte de mi “pianista personal”. Sin duda mi tía Vicenta del Mar fue la promotora de mi gusto por la música y por suerte quiso Dios que posteriormente yo ampliara el repertorio de mis preferencias. Dediqué mucho tiempo a la música renacentista, al barroco y al clacisismo y menos a la música moderna y contemporánea.

IX

Hubo épocas en las que mi comparecencia era muy frecuente y prolongada, hasta tres veces por semana. Y épocas durante las que acudía esporádicamente. Durante mucho tiempo no hallé la razón de esta variación. No hubo motivos ostensibles para que así ocurriera. Sin embargo, analizando las circunstancias retrospectivamente con los elementos que aportó el tiempo, la reflexión y la experiencia, construí una teoría explicativa. Mi tía, seguramente sin proponérselo y de una manera muy sutil, me hacía sentir el peso de su riqueza y su posición social. No lo hacía con crueldad pero sus efectos iban dejando huellas en mi alma adolescente y juvenil. Por eso, de tanto en tanto y a través de un mecanismo de auto preservación de mi integridad espiritual y de mi dignidad, me tomaba unas saludables y profilácticas vacaciones.

A medida que pasaron los años la casa fue despoblándose y al mismo tiempo disminuyendo paulatinamente el número de ajenos que la visitaban. Dos motivos explican este proceso. El primero se refiere a la inusitada aceleración de los cambios en las costumbres y tradiciones. El aire que se respiraba en palacio quedó enrarecido, las actividades desactualizadas y los hábitos obsoletos. Fueron épocas de transformaciones bruscas y brutales. Crisis económicas y políticas de alto impacto en la sociedad. El segundo motivo se relaciona con la falta de reemplazo generacional. Fueron poco y nada prolíficos mis aristocráticos parientes y por lo tanto sus muertos no tenían compensación. Para colmo a fines de los 40 se produjo una racha de muertes prematuras que por poco no alcanzaron a beneficiarse de la penicilina. Y llegó un momento en que la cantidad del personal de servicio superaba a los patrones. Fue necesario despedir al 40%, no por razones económicas sino para preservar la racionalidad de las proporciones y prevenir posibles desagradables conflictos. Porque a fines de los 40 y principios de los 50 el ambiente era propicio para la sublevación del proletariado. La irrupción del peronismo lo fue cambiando todo en la superficie de la alta sociedad argentina. De tal manera que fui testigo de la declinación demográfica de mis cercanos aristócratas y de su involuntario aggiornamiento. La sobreviviente mejor conservada fue Vicenta del Mar. No obstante en forma paulatina su semblante fue adquiriendo rasgos afilados y muchas veces semisombríos, como les ocurre a los viejos. Es probablemente un signo precoz del no muy lejano fin del contacto con la vida.

X

A principios de 1970 convivían en palacio solamente tres personas atendidas por 4 criados. Un viejito sordo y casi ciego de 89 años cuyo porte permitía adivinar pasados esplendores y a quien Vicenta no dirigía la palabra hacía 30 años. Consecuencia de un intento frustrado de flirteo. El hombre, viudo y primo segundo político de Vicenta, había osado insinuar a mi tía sus deseos eróticos. El rechazo fue brusco e inapelable. La otra persona era un viejo achacado, enjuto y de aspecto ruin que deambulaba sin objeto. Su marcha atáxca y sus trayectos caprichosos denunciaban graves trastornos neurológicos y mentales. Era un demente senil de ochenta largos (imposible conocer su edad exacta) que padecía además, con seguridad, un cáncer que estaba terminando con su vida. Efectivamente, 6 meses después de estrenarse el terceto, murió en el mismo palacio asistido por un médico de urgencias y la presencia a última hora de un joven sacerdote. Hubo que despedir a un sirviente, tarea que quedó a cargo de mi tía a quien no le resultó fácil. Hacía apenas un año la misma Vicenta había dispuesto aumentar el horario del jardinero para compensar la significativa disminución de su propia dedicación a las flores.

El 22 de diciembre de 1974 falleció el otro anciano. De muerte natural. Fue insólita la presencia de mi tía asistiendo a los últimos momentos. Permaneció en silencio todo el tiempo y durante la extrema unción y el traslado del ataúd adoptó una inexplicable actitud reverencial. Yo estuve al lado de ella. Ese día me despedí de manera un poco más afectuosa que de costumbre. Al día siguiente volví al palacio y Vicenta me pidió que me encargara de prescindir de dos criados conservando solamente uno que supiera cocinar. El jardinero iba asiduamente. Mi tía Vicenta lucía tan saludable como en los últimos años y me pareció más activa y lúcida. Fuimos juntos, con mi familia, a misa de gallo y esa noche, por primera vez, Vicenta visitó mi casa. Celebramos juntos la Noche Buena y la acompañé de vuelta al palacio que aunque no lo dijo, le pareció más un mausoleo que una lujosa vivienda. Yo percibí que todo era lúgubre. El palacio y sus jardines constituían una escenografía espectral. Cuando el 26 por la tarde regresé al “mausoleo”, entré directamente sin percutir la aldaba. Sabía que el criado no estaba. Vicenta, con previsible sensatez, había dejado entreabierta la puerta del baño mientras lo utilizaba. Era consciente del riesgo de un accidente y la conveniencia de facilitar el acceso para el auxilio. Percatado instantáneamente de la situación, me alejé prudentemente y a unos 7 metros alzando un poco la intensidad de la voz le pregunté cómo estaba y si necesitaba alguna ayuda. Rápidamente me contestó que estaba perfectamente bien y que me esperara que terminara de defecar. Al rato nos encontramos en el salón del piano, se sentó en una silla que había reemplazado al taburete (le era ya imprescindible el respaldo) y comenzó a ejecutar los primeros acordes del vals Nº 5 opus 42 del amado Frederic mientras yo, por primera vez en 25 años sin que nadie me lo pidiera ni me lo impidiera, fui a la cocina a preparar un té para mi tía y para mí. Al verme regresar bandejita en mano, detuvo su ejecución y como si fuera lo habitual, se puso a tomar su té junto a su sobrino y a comentar las últimas vicisitudes del tiempo.

XI

El 28 de diciembre de 1974 cuando entré a la misma hora que dos días antes y de la misma manera, la encontré en la misma circunstancia defecatoria, la puerta entreabierta. Al acercarme pude comprobar que Vicenta tenía su cabeza entre las rodillas, sentada en el inodoro en una actitud de estar sufriendo un cólico intenso. Me alejé sin decir nada y esperé 5 minutos prudenciales. Al cabo pregunté en voz alta si quería que le preparara un té. No contestó. Repetí mi pregunta y no obtuve respuesta. Cuando le levanté la cabeza comprobé que mi tía había muerto. Reflexioné que la defecación y la muerte iguala a pobres y ricos. Al velatorio y al entierro asistió solamente un pariente. Sin pena ni gloria.

Fui y soy testigo del deterioro de fachada, jardín, verja. Cada vez que paso frente a él detengo mi paso y lo retomo muy lentamente para permitirme el repaso de su historia íntimamente ligada a la mía y a la de Vicenta del Mar, una argentina de alcurnia.

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