sábado, 1 de noviembre de 2008

Dos poesías

Horacio Hidrovo Peñaherrera (desde Santa Ana, Manabí, Ecuador. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mi edad sin edad

¿Qué cuántos años tengo?
Exactamente los vividos.
No sé cuántas noches
de embriagarme con guitarra bohemias,
de beberme en tragos largos los amaneceres,
de ver como los muelles se quedan sin mástiles.
Soy un hombre sin edad
que aborrece la prisa del tiempo
y la tortura de los calendarios.
A veces niño,
otras asomado en los ventanales del ocaso,
también un atleta sin sitio de llegada.
Un hombre para seguir viviendo,
para beber el vino dulce de tu piel
y arañar con ternura
los cuatro puntos cardinales de tu cuerpo.

El pelotón frente a la libertad

Esta corbata me asfixia.
Quisiera subir a un tren y conocer ciudades.
Si eso fuera posible, tener un nombre para mí mismo.
Luego beberme todos los idiomas de la tierra.
Caminar en medio de la multitud
sin que nadie distinga mí rostro.
No perdería el tiempo en mirar rascacielos.
Me sentaría en sus colinas
y preguntaría a la gente por sus héroes honestos.
Conocería más niños.
Golpearía las puertas de las casas proletarias.
Pero no es menos cierto
que este siglo nos amarra las ansias
v el sistema se nos lleva el alma.
Cada hombre vigila a otro hombre.
No somos libres ni en los amaneceres,
v el tiempo computado
nos impide ver el vuelo de los pájaros.
¡Que nos dejen en paz!
Que nos dejen con nuestros libros
v con nuestros árboles
y con las rosas rojas
y con el pedazo de tierra que nos toca.
¡Llévense lo demás!
Llévense las minas y todas las industrias;
la plusvalía de los terrenos,
los mejores almacenes de las ciudades;
los automóviles con asientos convertibles.
Pero déjennos un sitio donde crezcan los árboles.
Eso sí, cuando hayamos crecido lo suficiente.
Cuando las raíces de los árboles
descansen en las raíces de los siglos.
Cuando tengamos edades en el rostro,
todo será nuestro.
Repartiremos el pan con el canto de los pájaros
y el aire puro ensanchará nuestros pulmones.
Si no llueve
se mueren los niños campesinos.
Nadie sabrá nunca en qué sitio cayeron
Como los pájaros.
¿Conocéis el cementerio de los pájaros?
El alma de los pájaros se queda en las raíces del viento.
Por eso siguen cantando
y son los arquitectos de todas las auroras.

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