sábado, 22 de noviembre de 2008

El bar

Mirta Sofia Brey (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nací en un hospital pobretón un domingo que perdió Boca. Me contaron que habían cortado la electricidad en varias manzanas, hospital incluido, cuando mi vieja lanzó su primer chillido penetrante como aguja de jeringa. Mi nacimiento, con velas esgrimidas como antorchas, parecía un velorio. Las caras de entierro de los hinchas de Boca agregaban una nota de circunstancias. Será por eso que sonrío poco y me río menos. O será por miedo a la alegría. El apodo que me endilgaron en el bar no viene descolocado: "Milonga triste".

Viví siempre en este barrio mustio, opaco, donde los edificios de dos a diez pisos se codean con tiesura militar cerrando filas por cuadras y cuadras. Los de dos a tres pisos parecen pibes apretujados en el ómnibus cuando va repleto. El vecindario no es coherente ni gregario; más bien anónimo e individualista. El almacenero, el panadero y el carnicero conocen a la clientela. Pero basta cambiar de proveedor o alejarse dos cuadras en cualquier dirección para volver al anonimato. Los supermercados que empezaron a proliferar alrededor de mis quince años contribuyeron a diluir los contornos de la vecindad.

Por ejemplo, la existencia del viejo Jerónimo Ezcurra, que vivió en el mismo edificio que yo, dos pisos más abajo, durante unos diez años, me fue revelada en el bar, lo mismo que la de muchos otros tipos que lo frecuentaban, más o menos simpáticos o amistosos, más o menos cretinos o astutos, insoportables o de buena compañía. Del mismo modo conocí al gordo Murieta, que vivía justo al lado, en una casa de dos pisos construida en los años cuarenta. La amistad con el viejo Jerónimo fue diferente de la que se traba entre jóvenes animados por la excitación de la farra y el desafío. De él me hice amigo por su charla llena de vida, no apergaminada como la de tantos viejos latosos que se ufanaban de un pasado gallardo, mientras los jóvenes mirábamos incrédulos su deteriorada carcasa.

Ese bar no era el único del barrio, pero era el que nos quedaba más a mano. A fines de los años sesenta lo abrió don Paco, un hombre robusto y rubicundo, cuyos padres habían llegado de Galicia a principios de siglo, quiero decir, del XX, porque siglo, para los que vivimos este comienzo del XXI con muchos años en el cuerpo, sigue siendo el anterior, el de Discépolo, el de “Cambalache”. El padre había empezado vendiendo leche en un galpón destartalado construido sobre un piso de adoquines, con techo de chapa acanalada apoyado sobre vigas de quebracho. Cuando murió el padre, Paco vendió el tambo y las vacas para comprar el bar.

Estaba en un local sin gracia, con vista a una calle de veredas rotas donde en verano se instalaban mesas frecuentadas por las familias del barrio. Las paredes habían sido cubiertas de pintura plástica impermeable de un blanco oscurecido por el tiempo y el manoseo. El piso estaba pavimentado de baldosas color ladrillo con junturas desparejas. El conjunto transpiraba la tristeza de los días grises en invierno y el agobio de los días calientes en verano.

Por ese entonces, yo me asomaba al bar de vez en cuando. El trabajo y los estudios de contabilidad me dejaban poco tiempo para la conversación vacía y generalmente quejosa del bar. Me atraía el truco, donde solía ganar algunos pesos a quienes no les sobraban. Al gordo Murieta lo encontré en una mesa de truco el primer día que me acerqué. Tenía la cara y la camisa empapadas de transpiración por el calor y la timba. Cuando me vio parado a su lado echando ojeadas a sus cartas, me dijo sonriendo:

- No vas a vender mi juego, supongo. Apartate, por las dudas.

- Miro para aprender de los grandes como vos.

- Grande por lo gordo, ya sé. Si querés, te dejo el lugar, pero voy perdiendo.

Acepté, porque me gustan los desafíos y me gusta el truco. Así empezó mi relación con el Gordo. La amistad vino más tarde. Una noche, en el baile del club Miraflor, me explicó que los cometas eran las ovejas descarriadas del universo, que andaban por el cielo amenazando con caer sobre cualquier planeta o incendiarlo con su cola de fuego, mientras los otros astros giraban en su órbita, tranquila y pacíficamente. Me hizo gracia su reflexión; pensé que su aspiración a un orden celeste armónico e inmutable era propia de la gente como él, que suele optar por al equilibrio y la seguridad a fuerza de no saber qué hacer con la libertad. Esa misma noche, el Gordo me ayudó a enganchar con la Mecha, una chica que me gustaba. Decidí que sería su amigo, tanto por el favor como por sus peregrinas ideas, de las que instan a pensar para refutar el desatino.

Como dije, al viejo lo conocí también en el bar. Yo acababa de ganar una vuelta en el truco cuando llegó y saludó a todos con una palmada en la espalda mientras a mí me tendía la mano diciendo: "Jerónimo Ezcurra, mucho gusto”. Me puse de pie y respondí con mi nombre y un “muy honrado”, como había oído a mi padre en su trato con personas mayores.

Jerónimo era de estatura media, fornido y delgado, las manos gastadas de quien no había esquivado el cuerpo al trabajo duro, la mirada penetrante como barrenando el cerebro de su interlocutor, el pelo ralo, canoso y crespo, las espaldas anchas, redondeadas y vencidas. Más tarde supe que había sido obrero metalúrgico y dirigente sindical. Tenía la voz profunda y precisa, matizada por tonos musicales, clara, de las que no disimulan el pensamiento.

Jerónimo se sentó de lado, en posición que le impedía atisbar las cartas y dijo:

- Busco alguien que me ayude a limpiar un poco el terreno y a tender un toldo grande para el asado. A mí me rechinan los huesos cuando me agacho.

Estaba organizando un asado en un terreno que tenía en Moreno, donde había levantado una casita entre árboles y yuyos. Pensaba extender un toldo de lona, un extremo sostenido por las ramas de un nogal y el otro por unas estacas altas hincadas en tierra, para formar un espacio sombreado donde se pudieran sentar los viejos y las señoras melindrosas que no soportan el sol. Él no podía transportar las estacas ni colgar el toldo solo; necesitaba ayuda. No encontró sino rostros inexpresivos, que parecían estar viajando por la estratosfera. Tuvo que insistir con palabras inequívocas:

- ¿Hay algún voluntario? ¿Me pueden recomendar a un hombre fuerte y con tiempo para dedicarme, digamos, todo un día, sábado o domingo?

Los jugadores se miraron entre sí. El abuelo Camacho era demasiado viejo y arrastraba flojedades de vejiga; no se dio por aludido. Los otros comentaron que le debían a la patrona arreglos en la casa, como suprimir una gotera o reparar las infiltraciones de humedad.

Yo soy tranquilo, pero suelo tener impulsos como el de ese día en que puse mis cartas sobre la mesa para mostrar la “flor” y lancé al descuido:

- No tengo mucho tiempo, pero el sábado podría ayudarlo, siempre que esté libre antes de las ocho.

No bien terminé la frase estaba arrepentido y asombrado de mi propuesta. Después de todo, acababa de conocer a Jerónimo, no era amigo suyo ni estaba invitado al asado. Además, se acercaba la fecha de los exámenes. Distraído, perdí esa mano en el juego. Sentía la mirada escrutadora de Jerónimo y estaba más perturbado que una niña ante su primera menstruación. Jerónimo no me contestó. Siguió mirándome y finalmente me preguntó:

- ¿Vos sos hijo de Antonio, el del cuarto piso, el cartero que está por jubilarse?

Caí en la cuenta de que conocía a mi padre. Aunque de la misma edad que él, no era obvio que se conocieran, porque mi viejo era más cerrado que la caja fuerte de un banco y no frecuentaba el bar, ni ése ni otro, que yo supiera. Cuando volvía del trabajo leía concienzudamente el diario, hasta los avisos y las necrológicas, de vez en cuando algún libro y los fines de semana se dedicaba a la filatelia con pasión. Una vez dijo: “Esta colección es la herencia para mis hijos, vale un dineral.” Nunca le pregunté cuanto valía ni él volvió a comentar el asunto. Cuando murió, no quise desprenderme de ella. Es un recuerdo del viejo.

Jerónimo no esperó que le contestara. Me miró de frente y con una sonrisa que puso al descubierto sus dientes amarillos, dijo en voz alta:

- Resuelta la cuestión. Este joven se ofrece.

El abuelo Camacho, que tenía fama de leído y había sido maestro de escuela, comentó que el asado se presentaba bien, como un festín pantagruélico.

- ¿Panta qué?- preguntó el panadero.

Fue como darle cuerda a Camacho, que empezó una larga perorata sobre Gargantúa y Pantagruel. Jerónimo los observaba en silencio. Cuando terminó la mano, que perdí por atolondrado, inclinó la cabeza hacia mí y me sorprendió:

- Vos estudiás contabilidad y administración de empresas. De todos modos, te vendría bien leer a Rabelais. Te lo prestaré.

El sábado siguiente estuve puntual en la puerta del edificio esperando que Jerónimo bajara. Eran las cinco de la mañana y no se veía un alma. Había una niebla que humedecía los huesos hasta la médula y los faroles de alumbrado, todavía encendidos, tenían aureolas irisadas. No se movían ni las hojas de los paraísos. Sobre el suelo habían quedado, desde el final del otoño, algunos frutos amarronados, como cápsulas de balas abandonadas después de los ejercicios de tiro. Estuve esperando, cobijado en el zaguán y saltando para no congelarme. Jerónimo bajó a los diez minutos andando lentamente, en suspenso entre el sueño y la vigilia. Caminaba tambaleándose por el peso de una valija grande. Me explicó que llevaba herramientas, unas botellas de vino, algo para comer y el toldo que había que instalar. Le di mi bolsa liviana y tomé la valija, pesada como un piano. No sé como transporté esa carga, pero con su ayuda me las arreglé para subirla y bajarla del colectivo, del tren y del microbús que nos condujo a una parada a un kilómetro de la casa. Al bajar del micro le confesé a Jerónimo que no me sentía capaz de andar tal distancia con ese peso.

- Estaba esperando que te dieras por vencido - contestó sin otro comentario.

Subió la valija de un solo tirón sobre su cabeza, dejó mi bolsa en el suelo y empezó a andar. Doscientos metros más adelante, él mismo se declaró cansado; apoyamos los bultos en el suelo para tomar un respiro. Sentados en el pasto al borde del camino de tierra, nos miramos y empezamos a reír.

- Parece llena de plomo. A su edad, no sospechaba que tuviera tanto aliento.

- Cuando joven tenía fama de forzudo y hoy conservo el aguante, pero mucho menos. ¡Puta, si estoy agotado! Vamos a distribuir el peso entre los dos.

Cuando abrió la valija vi el toldo de tela gruesa, azul, con dobladillo en los bordes y unas anillas metálicas para pasar las cuerdas. Había también varias herramientas. Me dio la lona, que pesaba más de veinte kilos, metió las herramientas chicas en mi bolsa y dejó las más grandes en la valija, junto con una escopeta que apareció al levantar el toldo y unos paquetes bien envueltos.

- El resto lo tengo en la casa.

Me puso la lona sobre la cabeza, me colgó la bolsa del hombro y con la valija entre los brazos empezó a caminar rápido, mientras yo lo seguía, dejando que ganara distancia.

La casa era de material, con una cocina grande en medio de un terreno lleno de malezas. Bajo las ventanas de los dos supuestos dormitorios, unos troncos paralelos, con el espacio entre ellos cubierto por colchonetas de paja, parecían atribuirse el rango de camas. En la pieza principal, una mesa, dos largos bancos de algarrobo macizo y un armario vetusto constituían el único mobiliario convencional. Encerrada en el armario con doble candado, la radio a pila fue depositada en el centro de la mesa no bien llegamos. Del mismo mueble salieron alambres, cables, lámparas a kerosene, sogas, bidones, limas, cuchillos, horquillas y hoces, más un sinfín de clavos, tornillos y herramientas variadas, todas brillantes y cuidadas; del cajón de abajo, un calentador, la cafetera, la pava, el mate, las bombillas y algunos platos y cubiertos.

- Dejo esto bajo llave, para que nadie se sienta tentado. Todo lo que aquí ves lo hice yo mismo, menos las herramientas y la vajilla, claro. Es rústico y rudimentario, pero no me hace falta nada mejor. La lona la vamos a depositar en el galpón, cubierta con hojas, para que no la vean.

Agregó que el robo de chucherías era una de las formas de subsistencia de los más pobres, pero que él no tenía queja, porque se había hecho amigo de los chicos de la villa miseria próxima trayéndoles una pelota de fútbol y caramelos.

Me mostró, escondido entre hojas en el galpón, el asador que había improvisado con dos tapas de alcantarillas rescatadas de las calles de la ciudad, que apoyaba sobre ladrillos de cemento.

- Lo instalaré allí, cerca del fresno. La mesa y los bancos de la casa los voy a poner a la sombra, junto con el vino y un tonel con hielo que me van a mandar del bar. Alquilé en el pueblo un montón de mesas y sillas. Vendrá un amigo de Julio, guitarrero y cantor. No me cobra, lo hace de puro gaucho.

Al contarme sus proyectos, sus ojos chispeaban de gozo y sus manos huesudas y arrugadas marcaban una danza de mariposas arrastradas por ráfagas sucesivas. Se le había abierto la sonrisa manchada de tabaco y sus dos hoyuelos formaban largas arrugas que le cruzaban las mejillas. Imaginar el placer es más regocijante que vivirlo, porque no lo enturbian los dolorosos avatares de la realidad.

Antes del mediodía, como estaba previsto, habíamos colocado las estacas.

- Vamos a comer. Ya están encendidas las brasas, no tengo más que poner los chorizos y la carne.

Me sentí de buen humor al saber que mi almuerzo consistiría en algo más que un sándwich. Apoyó sobre la mesa una botella de vino mientras yo sacaba de mi bolsa un poco de jamón, queso, tomates y pan. Se había levantado una brisa indecisa, fluctuante y sobre todo helada. Me puse un pullover y una bufanda. Me miró de reojo, mientras removía el fuego con una rama.

- Si preferís llevo la carne adentro para comer, pero mientras se asa nos tomamos unos vinos y picamos algo aquí, junto al fuego. Traé los vasos.

El vino era bueno, no raspaba el gañote como el que nos daban en el boliche. Ni hablar de los chorizos rezumando una grasa espesa que nos impregnaba los labios y las manos, con perfume de especias estimulando el placer de morderlos calientes y crujientes sobre una rebanada de pan fresco. Sin apartar la vista de las brasas chisporroteantes, comentó al pasar:

- Pibe, creo que en el bar no fui muy expresivo, por eso te quiero agradecer el tiempo y el esfuerzo que me dedicás, casi sin conocerme.

A los veinte años se suele presumir de hombre, sin pensar que hay distancia entre un potro redomón y un caballo redomado. Sin reflexionar, le espeté:

- No soy tan pibe, voy para veintiuno.

- Para mí, sos un pibe. Mirame, tengo cuarenta y cinco años más. No digo que te vi nacer, pero te conozco desde que eras chico. A tu viejo, desde el sesenta y uno.

Me contó que mi padre iba de vez en cuando a discutir con él en el local de su sindicato en los años sesenta. En esa época, los dos eran delegados y papá no tenía todavía su empleo en el correo. Era conductor de tranvía. Lo dejaron cesante cuando desmantelaron las líneas de tranvías, en el sesenta y cinco. Quedaron desocupados varios miles. El viejo empezó a trabajar de peón de taxi hasta comienzos de los setenta; pasó del tranvía al taxi y del taxi al triciclo de cartero. Los años setenta fueron cruciales para el movimiento obrero. Desde el “Cordobazo”, todos estaban preocupados por la represión violenta.

- No sé si tu padre te ha contado algo de su actividad.

- No, habla muy poco y nunca de sí mismo.

Cuando probamos el toldo, miramos arrobados nuestra obra comprobando que se mantenía firme a pesar del viento recio que había empezado a soplar. Eran las cuatro y todavía no había oscurecido; me sobraba un rato largo y acepté su invitación para tomar unos mates.

Sentado frente a la mesa de algarrobo, lo vi encender el calentador, llenar de agua la pava y preparar el mate mientras esperaba que el agua estuviese a punto, bien caliente, pero no hervida. Me preguntó si lo tomaba amargo y le dije que sí, aunque hubiera preferido con azúcar. Me sentía más hombre con el amargo. Cuando trajo el primer mate, lanzó como al descuido:

- El trabajo urgente está listo. El resto tendré que hacerlo mañana.

- ¿Va a dormir aquí?

- No queda otro remedio. Hay que arreglar el techo del galpón, porque se me puede caer encima. Se ha quebrado una viga; no aguantará mucho tiempo. Compré una para apuntalar y otra para reemplazar la estropeada.

- No podrá hacerlo solo. Las vigas deben pesar una tonelada.

- Te olvidás que yo soy forzudo. Todavía me queda un resto.

- Es peligroso. ¿No hay nadie en el pueblo para ayudarlo? Yo tengo una cita con el gordo Murieta para salir a bailar esta noche.

- Dejémoslo así. Me arreglaré. Convencelo a tu viejo de que te acompañe, con tu mamá, por supuesto. Lo invité antes que a nadie, pero no me dio una respuesta firme.

- Él no sale más que para ir a trabajar y ella, como no sea a hacer las compras…¿Y usted, no tiene mujer?

Se tomó más de un minuto para contestar, ensombrecida la mirada por un parpadeo casi imperceptible que desmentía la pretendida concentración en el mate que estaba cebando.

- Tuve varias, pero nunca me casé. Cuando era joven, porque no tenía ganas de atarme. Más tarde, cuando envejecí, no encontré quien quisiera hacerse cargo. Ya ves, las mujeres te hacen falta cuando envejecés, pero hay que preverlo por adelantado. No tuve tiempo de pensarlo, con esa vida agitada.

- La de mi viejo también. Sin embargo, se casó y tuvo dos hijos.

Jerónimo cerró los ojos. Sentí que mis palabras habían removido en él un recuerdo doloroso. No se le notaba en la cara, donde sólo los párpados se habían movido, sino en ese mismo gesto de cerrarlos como si meditara mientras escondía una congoja. Al abrirlos, me confió:

Una vez estuve por casarme.

Con reticencia disimulada por sus maneras campechanas, me contó que fue en el setenta y tres, tenía unos treinta y cinco años. Era una época de efervescencia política. Había huelgas en Villa Constitución, es decir, en el cordón siderúrgico desde Campana a Villa Constitución, en la ribera del río Paraná. Estaba allí por encargo de los compañeros, para promover el apoyo y organizar la solidaridad con los huelguistas. Ella lo había acompañado a Villa Constitución porque era también una militante. Mi viejo, por ejemplo, era un trabajador que tenía militancia sindical. Él era un militante que, además, trabajaba. Tuvo que renunciar al empleo en la fábrica metalúrgica y la organización se hizo cargo de pagarle un salario. La estadía se prolongó hasta el setenta y cinco.

Al contar lo sucedido, las venas de su cuello se hinchaban como gruesos cables que atravesaran su garganta y una sombra había cubierto de ceniza sus ojos cansados. Su voz grave había perdido la resonancia diáfana, se había vuelto seca, abriéndose camino difícilmente entre los dientes apretados. Me dijo que se quedaron porque hacía falta reforzar las organizaciones obreras, especialmente después del 16 de marzo de 1974, en que las luchas obreras conocidas como "el Villazo", hicieron temblar a las empresas. Unos días después se había desatado una violenta represión. La ciudad fue tomada por cuatro mil hombres de uniforme, policías y gendarmes. Unos veinte militantes sindicales fueron asesinados y más de trescientos fueron detenidos. Ella se salvó porque se escondió a tiempo.

- ¿Por qué no se casó?

- Hacía tiempo que vivíamos en pareja. En Villa Constitución el trabajo era pesado. Teníamos allí un baluarte de nuestra organización y la cosa ardía. Nos levantábamos a las seis y no parábamos hasta las doce de la noche o más tarde. Cuando me detuvieron, ella peleó por mi libertad sin miedo y sin darse respiro.

- ¿Y por qué no se casó? Disculpe que insista.

- Mirá, otro día te cuento. Hoy prefiero hablar de cosas menos pesadas.

Mientras mateábamos, la tarde había crecido. El sol ya no resplandecía, oculto tras unas nubes plomizas. Desde la ventana se veían los yuyos inclinarse empujados por un viento frío e intermitente. La negativa de Jerónimo me había producido el efecto de una ventosa adherida a la garganta, que me chupara el deseo de hablar, de moverme, de recordar, de seguir allí, pero también de irme. Miré las matas vencidas, el paisaje de casas pobres esparcidas por la llanura amarillenta, el cielo gris atravesado por una luz tenue que moría mientras la noche avanzaba.

- Comprendo, para mí es como un cuento. Para usted, son recuerdos que le hacen daño. Empecemos el trabajo. Le ayudo a acarrear las vigas y a apuntalar el techo. Después me voy.

- ¿A qué hora pasa el último tren?

- A las diez, creo. Por ese lado no hay problema. En cambio, por el lado del micro... El último pasa a las ocho. Te quedan a lo sumo dos horas. Vamos.

A las nueve habíamos terminado de cambiar la viga. Ya no podía volver.

El viento se había llamado a sosiego, la noche estaba fría pero no agresiva. El farol “sol de noche” iluminaba con una luz azul intensa. Jerónimo lo había colgado de un gancho que pendía de una de las vigas del alero, donde se llenó de jejenes suspendidos en una nube incierta alrededor del resplandor, acompañados de moscardones, libélulas y mariposas nocturnas. Decidimos entrar en la casa. Perdido el último tren, era obvio que me quedaría a dormir. Jerónimo puso sobre la mesa el asado que había sobrado del almuerzo, un pedazo de queso, pan y la segunda botella de vino:

- Espero que te guste el asado frío, porque no hay otra cosa.

- Ya que me quedo, cuénteme lo sucedido cuando lo detuvieron.

- Ser detenido y golpeado no era una novedad para mí, pero esa vez un sádico se hizo una fiesta conmigo; me dieron picana y golpes hasta dejarme casi muerto. Quedé tan averiado que no pude, por mucho tiempo, valerme por mí mismo. Pasé un mes en el hospital, donde trataron de juntar los pedazos y salvar lo que pudieran.

Creyendo que no viviría, lo habían tirado en un camino de tierra, donde lo encontró un campesino que pidió socorro al hospital. Unos meses más tarde, gracias a los masajes y ejercicios, empezó a caminar normalmente. Estuvo en tratamiento unos dos años. Todavía lo martirizaban a veces los dolores y los riñones seguían afectados. Los primeros días en el hospital no podía mear.

- ¿Por qué se ensañaron con usted?

- Supongo que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran con los detenidos. Las motivaciones de unos y otros les interesaban poco; lo importante era el escarmiento. Los demás compañeros tampoco pagaron barato la osadía, todos fueron torturados.

Oyendo esas atrocidades yo meditaba sobre su pasado. Cuando interrumpió su relato, sin reflexionar, retomé el tema en suspenso:

- ¿Ella lo dejó cuando lo vio estropeado?

- Si me hubiera dejado, todo habría sido simple. No, insistió en cuidarme, visitarme a diario en el hospital, ocuparse de todas mis necesidades. Tuve que fingir que ya no la quería para que se fuera. Es que…

- La voz de Jerónimo se estranguló y un sonido que no llegó a ser sollozo salió de su garganta. Lo miré sin atreverme a buscar sus ojos por miedo de verlo llorar. La boca, contraída en un rictus desolado, hacía un esfuerzo por recuperar la dignidad, el dominio de sus emociones. De pie junto a la ventana destapó la botella de vino y sirvió dos vasos.

- La picana te la aplican en el cuello, las axilas, los testículos. A mí me dieron tantas descargas en los testículos que me desmayé. Allí fue cuando pararon, porque creyeron que me moría. Sobreviví, pero quedé inmovilizado e impotente. Los médicos no aventuraban un pronóstico sobre mi recuperación. ¿Qué podía ofrecerle a una mujer llena de vida, que se había encariñado conmigo hasta el extremo de dedicarme días enteros junto a la cama del hospital? Tuve que fingir que no me interesaba más, aunque ella era lo único que me quedaba.

El silencio que tragó sus palabras duró el lapso de una vida entera. Me maldije por haber provocado esas confidencias, por ser un idiota impulsivo. Terminé el vaso de un trago y seguí sin mirarlo, como quien recuerda una imagen ausente. Finalmente murmuré atribulado un comentario no menos torpe:

- Pero más tarde se recuperó y pudo seguir trabajando.

- Sabés, las secuelas de esas cosas duran más que el daño físico. Seguí en la brecha, pero nunca volví a ser la misma persona. Tampoco el país volvió a ser el mismo después de la represión sangrienta de los años setenta. Habíamos envejecido tanto, que estábamos irreconocibles.

Cuando terminamos de comer. Jerónimo declaró que era la hora de la lectura y me alcanzó “El Contrato Social” de Rousseau. En la ciudad tenía muchos más y me los prestaría a medida que los fuera leyendo. Después, abrió el cierre relámpago de los almohadones y sacó dos bolsas de dormir y dos almohadas. Esa noche me dormí tarde; no pude terminar ni una página del libro.

Los viejos aceptaron asistir sin oponer resistencia. El Gordo.

Murieta, su novia, la flaca Mecha y yo llegamos temprano, a eso de las siete, con la intención de ayudar a Jerónimo. Nos sorprendió encontrarlo rodeado de una banda de no menos de diez chicos de la villa miseria, que trabajaban afanosamente.

- Ellos también están invitados. Lo único que falta es colgar el toldo.

Los parroquianos conspicuos del bar cantaron presente sin excepción. Además, numerosos desconocidos o caras vagamente familiares. Para ese grupo de gente modesta, la fiesta fue fastuosa. Vino, asado y cuadril del mejor, chorizos, chinchulines, molleja, ensalada, postres ofrecidos por las mujeres de los invitados y un guitarrero con voz áspera y caudalosa que logró hacernos cantar a coro tangos, milongas, valsecitos criollos, cuecas, chamamés y todo el repertorio folklórico popular. Más tarde Jerónimo propuso bailar, mostrando un gramófono y discos de treinta años atrás. En ese aparato, que los más viejos llamaban “victrola”, sonaban como reliquias antiguas. Bailamos con ganas hasta entrada la noche. Vi bailar a mis viejos y se me presentó de repente la idea de que, en una época que no podía imaginar, habían sido como yo y mis amigos, jóvenes, confiados, no agotados ni huraños. Confundido, me fui a sentar bajo el olmo para recrear ese pasado ajeno arrancándolo a un tiempo que, a fuerza de compartir la evocación de Jerónimo, estaba incorporando a mi nostalgia.

El mismo año, entrado ya el mes de diciembre, mi padre me anunció que al día siguiente iría al hospital a ver a Jerónimo y me invitó a acompañarlo. Esa propuesta de salir juntos, la primera que me hacía desde que había dejado de ser niño, me sonó a presagio de tragedia.

- ¿Por qué no me dijiste que estaba enfermo?

- Lo pidió él. No quiere que los amigos se preocupen.

- Los amigos tenemos derecho a saber y a ayudarlo, si lo necesita.

- No hay nada ni nadie que pueda ayudar. El cáncer de riñón se lo operó el año pasado. Pero hay una metástasis que avanza y lo matará en poco tiempo.

- ¿Sabía que tenía metástasis cuando organizó el asado?
- El asado fue su despedida de los amigos. Gastó en eso sus ahorros.

Esa noche no pude dormir. Que Jerónimo se esfumara de mi vida después de una amistad de pocos meses me parecía un atropello contra la justicia, el afecto, mi vida que empezaba a despegar gracias a él. Me sentí sofocado por la impotencia. Me levanté y salí al aire fresco de la noche, a caminar, a respirar. Atravesé calles, filas de edificios dispares apelotonados en las calles del barrio. Crucé la vía del ferrocarril y encontré una plaza. Me senté en un banco a mirar las pocas estrellas que asomaban en la atmósfera contaminada de Buenos Aires y pensé que continuarían brillando a pesar de la muerte de Jerónimo. Cuando las lágrimas brotaron, finalmente, recordé las de él el día en que lo obligué a revivir el sufrimiento innoble de la tortura. Más tarde, al recibir en herencia su biblioteca con textos subrayados y glosados, supe que me había otorgado no sólo su amistad sino el amor que se da a un hijo en quien se depositan las esperanzas de continuidad más allá de la muerte.

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