sábado, 22 de noviembre de 2008

El compadrito Borges


Eduardo Pérsico

Entrevista del libro “Los que conocieron a Borges nos cuentan” Editorial Tres Haches, año 2000

- ¿En qué posición ubica usted, Eduardo Pérsico, la vida y la obra de Borges en la literatura nacional?

- Como una costumbre típicamente argentina, nosotros durante mucho tiempo ignoramos a Borges. Nos tuvieron que insistir con él desde Europa para que aquí lo empezaran a reconocer. Se le atribuye a Roger Caillois ser el descubridor de Borges, y algo parecido nos sucedió con Carlos Gardel, considerado por mucho tiempo como un simple cantor popular pero al fin resultara una personalidad cultural de los argentinos. Si debiera nombrar a dos valores fundamentales, - con nuestras contradicciones propias- diría que Jorge Luis Borges y Carlos Gardel son exponentes de nuestra comarca. No inventados en el exterior pero sí descubiertos desde allí, igual que sucediera con otros meritorios, Julio Cortázar y Astor Piazzolla. Es como si necesitáramos la aprobación externa para darle valor a lo propio porque asimilamos mejor cualquier imagen de afuera; pero al margen de toda genuflexión cultural, Gardel y Borges valen por ellos mismos sin ninguna polémica provinciana .

- ¿Qué condición literaria le atrajo más de Borges?

- Bien, lo más interesante que yo encontré en Borges desde el punto de vista literario, es que él escribía como si estuviese escribiendo. Siento que lo haría como un juego de ida y vuelta usando permanentemente la complicidad del lector. Ninguna complicidad fácil sino una complicidad lúdica, vinculada al juego que inventara al punto de hacerse bromas a él mismo y a los demás. A Leopoldo Lugones, un referente literario obligado entre nosotros, él lo definió como “ un hombre que se tomaba demasiado en serio”.

- ¿A qué atribuye usted las fantasías borgeanas?

- Yo creo que la veta fantástica de Borges no le vino desde la literatura sino del propio país; Borges era un argentino indudable, y la inflexión y el modo con que decía las cosas, entiendo, lo hacen el escritor nacional por excelencia. Al leerlo en voz alta lo imagino, siempre, como a esos hombres que acercados al fogón en una cocina del campo, decían “y vea don, yo le voy a contar, esto sucedió cuando fuera la crecida grande del noventa.”... Borges empezaba a relatar así y en un país como la Argentina, poblado por lo europeo, que no tiene jungla y muestra una geografía transparente; un país que casi no ha tenido literatura rural porque esa ha quedado reducida a tres o cuatro obras, lo “nacional” estaría más en la manera de contarnos que por lo temático. Y ahora se me ocurre que por eso mismo, la literatura rural argentina no tiene lo misterioso ni lo enigmático que podría tener un país selvático.

- ¿Tenía algún método para escribir?

Sin duda que Borges fue un cultísimo escritor y ofrece detalles que literariamnte tienen su valor: Borges no tomaba distancia con el texto como buscamos los narradores para no estar involucrados. Borges no esquivaba la primera persona e incluso con ella daba su opinión, y esto se aprecia bien en “ Hombre de la Esquina Rosada”. Además., sus condiciones en el trato personal, - ojo, no más de cuatro o cinco charlas entre él y yo- me hicieron imaginar en él más que a un escritor a un “compadrito inconcluso”. Lo pensé encarnado en un payador y me atrajo tanto que escribí un cuento con esa idea: “Borges, el Inglesito, payador que supo contrapuntear por milonga en un boliche de Turdera”. ( “Laberinto de Gardel y el Inglesito”).

- ¿Cómo era personalmente?

- Bueno, si uno entraba en su confianza Borges era un porteño sobrador y canchero, y así lo vi desde que lo conocí por 1970. Una de sus condiciones más salientes era no evitar, si se lo animaba, a contar algún detalle ingenioso aunque no era un hombre que usara mucho la ingeniosidad; esa malversación del ingenio; sino que dosificaba su ingenio sin caer en la ramplonería sin gracia. Bromeaba de sí mismo y también de otros escritores: de Federico García Lorca sentenció que era un “ andaluz profesional”, y eso dicho entre los redactores del diario “Crítica” de Buenos Aires por 1940, era una “cargada” de cualquier porteño. Borges era un escritor que corregía incansablemente, una condición a veces no muy estimada, y no sé si jodía con Alfonso Reyes, el mexicano, a quien solía recomendar: “si uno quiere escribir bien en castellano debe leer a Alfonso Reyes”. Además era un incansable corrector – “hay que publicar para no seguir corrigiendo”- que mostró al suprimir la palabra “trinchante” en dos ocasiones muy precisas. Decía que los mexicanos a ese sitio donde se guardan las copas y la vajilla costosa lo llaman “trinchero”; y esa palabra lo disgustaba. En “El Muerto” dice “hay un remoto trinchante con un espejo de luna empañada” y en “El Aleph” repite “Beatriz Viterbo, frente al trinchante”. Bueno, esto lo sacó y repuso varias veces, dijo, hasta que decidió “ Beatriz Viterbo de perfil en colores”. Otro buen ejemplo sería que “Hombre de la Esquina Rosada” conoció dos versiones anteriores; una cierta crónica policial que se publicara en el suplemento de “Crítica” como “ Hombres Pelearon”, y más tarde otra anterior al cuento definitivo.

- Hay muchos que quieren ver en Borges a un escritor puramente ingenioso, pletórico de argumentos perfectos.

- Es que Borges se divertía escribiendo, y la frescura de su literatura pasa por ahí, y yo estimé a Borges un “porteño sobrador y canchero” al leer lo que escribiera junto a Adolfo Bioy Casares con el seudónimo H. Bustos Domecq, “Seis problemas para Don Isidro Parodi”. En ese libro estupendo, escrito “en complicidad” durante 1942, insinuan una broma de tipo futbolero, seguramente urdida por Bioy, y al comentarle esto Borges fingió una sorpresa prefabricada y se sonrió. En el libro hacen decir a Honorio Bustos Domecq “durante la interveción de Labruna, fue nombrado primero Inspector de Ensañanza y después Defensor de Pobres”. Esto estaba escrito en el año ’42 cuando el equipo de fútbol River Plate salió campeón y ellos escribían no sé si en Pardo o en al campo de Vicente Casares, escuchando la radio. Borges jamás fue futbolero pero lo mismo le pregunté si el nombre Labruna lo recogieron de algún locutor diciendo “brillante intervención de Labruna” y Borges sonrió por incluír al goleador del campeonato, como un nombre más... A él le daban de costado esas cuestiones que íntimamente negaba aunque entonces mantuvo su sonrisa sobradora “esa fue una ocurrencia de Adolfito”. En otro de los cuentos de “Seis Problemas..” alguien habla de las figuras del zodíaco y Don Isidro Parodi le propone que se las nombre al revés . Y en vez de pronunciar “Toro” decía “roto”, por “ carnero” decía “ronecar”. Entonces le dije a Borges que eso no era dar vuelta las palabras y él me insinuó “no, es que él las pronunciaba al vesre”. Y allí yo empecé a tomarme más confianza con Borges.

- ¿Cómo lo conoció?

- Lo conocí en 1971 o 1972; yo era responsable de una empresa metalúrgica pero me hacía tiempo para colaborar con una revista literaria que se editaba en Lanús, “Ateneo”, de la que aparecieron casi setenta números y los historiadores y antólogos nunca se enteraron. Así y por mis asuntos yo iba muy seguido a la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, en la calle México y un día quise entrevistar a Borges, que era el director. Era el fervor del retorno peronista de los setenta y en realidad, quien dirigía la biblioteca era José Edmundo Clemente, que salió antes que él. Había tres delegados gremiales muy jóvenes; se me ocurre que uno se apellidaba Pariente; que enarbolaban las banderas de la “transforamción profunda que debía hacerse en el país” y otras apoyaturas como la “liberación Nacional” por ejemplo. Había también dos empleados con quienes yo hablaba siempre, uno era Zolezzi y otro señor, Amón, y ellos fueron quienes me contaban lo que sucedía. Al no estar Clemente los delegados pidieron una entrevista y esa vez los atendió Borges; los muchachos le hicieron una serie de planteos del tipo “hagamos ya mismo la revolución” y cualquiera pensaría que Borges se escandalizó pero terminada la reunión le dijo a Zolezzi “hay que atenderlos a estos muchachos. Yo estoy de acuerdo con ellos en muchas cosas”. Y el más asombtrado fue el delegado joven porque él como tantos, daba por cierto que Borges era un reaccionario sistemático. Es cierto que Jorge Luis Borges cada tanto se mandaba alguna opinión grotescamente retrógrada pero en toda su obra no sugiere nada contra el orillero, el gaucho, el negro o los laburantes comunes. Y los escritores se califican por lo que hayan escrito... El despacho de Borges de la calle México estaba en el primer piso y generalmente él subía por el ascensor. Enfrente había una dependencia de la prefectura marítima, creo, y al lado una casa de inquilinato, un “convoy” típico de esa zona, Montserrat, San Telmo. Y una vez, en verano, Borges mantenía su ventana abierta y abajo alguien, en el zaguán del inquilinato, buscaba trabajosamente tocar una milonga en su guitarra. Entonces Zolezzi le preguntó “¿quiere que cierre la ventana?” y el viejo Borges le dijo “no, que es linda la milonga. Ojalá que el hombre no la aprenda nunca así la sigue tocando”. Igual, Borges tenía una idea de la milonga taconera, digamos retrechera, muy propia a su edad, y no esa versión nostalgiosa y tristona que asumió la milonga más tarde. Acaso porque respecto al tango él tenía la lógica de los argentinos de Buenos Aires, ver gloriosamente su pasado, y se habla de épocas de oro como negando las trasnformaciones instrumentales y de gustos que fueron ocurriendo. Aunque sabía bien qué era el tango mantuvo cierta disputa con Piazzolla y una vez, en un reunión en la que estábamos, había un señor a punto de amenizar con una guitarra cuando Borges se había cansado de opinar sobre todo, hasta del Papa diciendo que era “un funcionario de la iglesia” y una señora se enojó mucho. Entonces el de la guitarra empezó a entonar “Jacinto Chiclana” y le preguntó a Borges si recordaba al autor de la música de esa milonga con sus versos, y el viejo le respondió “no sé, no me acuerdo, me parece que fue Guastavino”. Para evitar nombrar a Piazzolla, que era el autor de la música. Igual mantenía una visión bucólica y congelada del tango de los años veinte.

- ¿Hay dos etapas en Borges, una criollista y otra más ligada al cosmopolitismo?

- De verdad, aunque se burlara de ciertas exageraciones del criollismo, Borges jamás dejó de ser un criollista. Una vez, sabiiendo qué me contestaría, le pregunté si Macedonio Fernández tocaba la guitarra y él me respondió lo esperado: “yo creo que le gustaba afinarla y sacarse alguna fotos con ella, pero realmente nunca lo escuché tocarla”. Y a propósito de Ricardo Güiraldes dijo “sí, Güiraldes tocaba la guitarra, pero ¿sabe por qué? Porque creía que de ese modo defendía el criollismo”. Borges rechazaba la zamba bailada por “chinas” vestidas de celeste y blanco y esa parafernalia de la exaltación nacionalista, como hacía con la religión. “Mi madre es católica como todas las señoras argentinas, ¿no?”, y contaba que en una ocasión su padre le preguntó si quería tomar la comunión “aunque se tratara de una ceremonia absurda” y él no quiso. “Mi hermana decidió tomar la comunión y es católica, yo decidí no tomarla y soy librepensador, todavía; aunque eso de ser librepensador también parece algo anticuado”. Para disfrutar una charla con Borges el interlocutor debía domesticarse a los giros y contestaciones que solía repetir. Se divertía en hacerlo y por ejemplo, de los marxistas pronunció tantos agravios como del peronismo, que lo acusaron de todo, y con el favor del tiempo a Borges hay que juzgarlo como a Carlos Gardel, el otro gran referente, criticando sus obras que son inigualables. Por supuesto, Borges mereció muchas veces ser juzgado por el “Borges oral”, que era sin duda un provocador, aunque de cualquier manera yo lo siento y lo imagino como un porteño sobrador y canchero, acodado en el mostrador de un boliche de barrio, - de esos que conocí- con un pucho en la comisura de los labios que si alguien se lo quitara, descubriría debajo una sonrisa burlona. Una sonrisa cómplice de “no me haga caso, estoy hablando en joda”. La intelectualidad elegante de “La Nación” ni el izquierdismo esquemático supieron ver ese perfil de guitarrero de patio, - esos cantores que conociera mi padre- que vestían un corbatín y un saco oscuro. Mi retrato de Borges está vinculado con esa imagen y no otra.

- ¿Usted no vincula esa fascinación con algo snob?

- Vea, él mismo decía que el compadrito era una invención literaria, y de esa atracción verdadera surgía su provocación permanente. Le repito, a Borges le hubiera encantado ser un payador de boliche y haber tenido las andanzas aquellas de los verdaderos compadritos; y esto lo confesaba diciendo que se había criado detrás de una cancela colonial. Aunque en el fondo, en una doble vuelta, él mismo se burlaba de todo eso. Una vez fue a pasear con Francisco Luis Bernárdez y Carlos Mastronardi por el barrio sur, la Boca, Barracas, buscando hallar algún bodegón abierto donde descubrieran esos hombres de coraje, compadritos o cuchilleros; y resultó que esa noche no encontraron nada abierto y al preguntarle “¿y usted que recuperó, Borges?”, se sonríó a medias “y, nada. Que hacía un frío tremendo y éramos tres ilusos perdiendo el tiempo”. Digamos que si en un lugar está el Jorge Luis Borges que se ríe de los mitos argentinos es en “Seis problemas para don Isidro Parodi”, escrito en sociedad con Adolfo Bioy Casares. Y si Borges no hubiera pintado esos personajes, hubieran quedado en el olvido.

- ¿Lo trató mucho antes de morir?

- Bueno, en la biblioteca de la calle México hablamos un par de veces en el breve tiempo que ya le dije, por el setenta, pero luego lo volví a ver y tratar a mediados de 1983. Debía ir a casa de una escritora amiga, María Luisa Biolcati, y como yo lo acompañaría en la charla lo fui a buscar a la calle Maipú donde vivía. Ahí lo atendía una señora Fanny y fue el mismo día que había operado a Beppo, su gato, que le regalara una familia “pero se llamaba Pepo. Imagínese, un nombre horrible. Entonces yo lo bauticé Beppo, como un personajes de Byron y el gato no se enteró y siguió viviendo”; era la explicación que solía repetir. Recuerdo verlo salir buscando anudarse la corbata de una habitación en penumbras y la señora Fanny lo ayudó. Debíamos ir a la calle Charcas, a una reunión donde yo le haría las preguntas y le reiteré mi apellido. “Si claro, un apellido italiano, pero también puede tener algún origen sefaradí. Persico puede provenir de Persia”. Le dije que además era un fruto similar al damasco y él quería explicarme el suyo: “sí, pero seguramente viene de Italia. En cambio el mío tiene ascendencia portuguesa. Borges quiere decir burgués”. Pocos saben la cantidad de progres que se indignaron por esa frase y ahí pensé “con este viejo me debo cuidar porque me está cargando”, Después me preguntó sobre una palabra, “arcane”, que hallaría en el Shorter, un diccionario, y cuando la encontré dije “Arcane: mystic, secret”, con una pronunciación propia de Remedios de Escalada. Ahí el viejo agregó algo de lo místico y lo secreto y “yo creo que tiene que ver con el tiempo, ¿no le parece?”. Era lo que se dice un tipo con estilo, de esos que jerarquizan a su interlocutor al preguntarle y si uno es un gil engreído, perdía. Era un anciano condescendiente y a los dos o tres días lo visité por la tarde, le leí unos sonetos lunfardos que nombraban a Lenín, Pirandello y algún otro, que a él le parecieron “de un reo que escribe para intelectuales”. Una crítica que luego me avivé era una feroz crítica borgeana.

- Usted menciona algo de la relación de Borges con la prensa.

- Sí, él tuvo diferencias con algunos periodistas que igual a mucha gente, creían que Borges sólo sabía de libros y recordé el brulote de un periodista que quiso saber si conocía al director técnico de la selección de fútbol. El tipo insistió cuando Borges le dijo que no lo conocía hasta que el fin el viejo se disculpó “usted perdone mi ignorancia”. Otro se hubiera suicidado ahí mismo pero aquel periodista como el gato Beppo, no se enteró y siguió viviendo; y al preguntarle si de verdad no conocía el nombre del técnico me dijo “por supuesto que escuché ese nombre, escucho la radio todas las mañanas”. Porque Borges en el fondo era una “persona normal”... Cuando le pregunté si Victoria Ocampo era una mujer hermosa hermosa, contestó “yo no sé, la conocí cuando tenía veinticinco años”. Y eso sí, recuerdo bien hablar con él sobre mujeres, de “minas”, que el cholulismo supone que no sería capaz, y por ahí arriesgó que la mujer madura era más hermosa “porque la belleza de los veinte es casi mecánica, en cambio a una mujer de cuarenta detrás de los ojos se le intuye la mirada”. La frase fue más o menos así y le dije si lo había ensayado la noche anterior y se sonrió “no, no, hace tiempo que la repito”. Por eso le digo que era un porteño sobrador y canchero que buscaba la apoyatura en su interlocutor, que nunca pontificaba tal vez porque como cualquier porteño que se precie, tenía temor al ridículo.

- ¿Era tan radical y polemista con sus ideas políticas?

- Era como le dije, un provocador a veces un tanto gratuitto, porque sí. Del “Mío Cid” dijo que era un cosa ilegible; del “Quijote” podía hacer alguna broma liviana sobre algunos capítulos del libro pero que sin el “Quijote” no podríamos entender la historia de España. De Calderón de la Barca sostenía que era un invento de los alemanes, de Guy de Maupassant una vez sentenció que no era ningún cuentista genial y que antes de morir había mejorado porque “murió loco pero toda la vida había sido estúpido”. De estas conjeturas Borges llenó muchísimos tomos, como al decir que los españoles hablaban muy mal el español pero que lo respetaban “porque lo consideran un idioma extranjero”. Lo mismo, considero a Borges el número uno de la cultura de los argentinos de este siglo, y que todavía no entendimos su perfiles nacionales ni su radicalidad. Creo que solamente podríamos comparar la grandiosidad de Jorge Luis Borges con Domingo Faustino Sarmiento, otro titán fundador de nuestra literatura. Y vea usted, en un país tan contradictorio como es el nuestro, los personajes más representativos de nuestra cultura no podrían dejar de ser contradictorios. Sarmiento, Borges, Facundo, Perón, por decir al voleo tres o cuatro; una vez Borges habló a favor de Pinochet pero cuando se enteró bien de lo que era en Argentina el régimen militar de Videla, Massera y aquella banda delincuencial, les hizo mucho daño con sus críticas. Principalmente las que se publicaron en Europa. En pleno Proceso de estos asesinos, de los militares argentinos dijo a “Le Monde” y toda la prensa francesa “cuando yo era chico quise ser militar, pero con el tiempo me fui haciendo más cobarde y menos estúpido”. Ahí pintó a la Junta Militar, de quienes no quiso ser utilizado, y quede claro que él lo hizo sin atribuírse - como Ernesto Sábato- ser el referente moral y ético de los argentinos. Pero mejor es volver a Borges: entendamos que en cualquier contexto, en Argentina siempre las líneas ideológcias han sido muy tensas, irreconciliables, peronismo y antiperonismo, y esto hoy se tiende a olvidar, Con Borges uno podía hablar de asuntos terrenales y cuando alguien le dijo que el proceso Militar en Argentina pudo ser una más de las sangrientas internas del peronismo él, Jorge Luis Borges agregó “ese es un pensamiento muy coherente”.

- ¿Cuánto debe la fama de Borges a los medios de comunicación?

- Supongo que Borges, como Gardel, en el contexto de la concentración actual de la comunicación, globalización mediante, hubieran pasado desapercibidos. Quizá Gardel no hubiera llegado a ser lo que fue si debiera pelear con los multimedios de hoy que mastican y devoran lo que sea. Igual, Borges nunca fue un escritor popular; ha sido un provocador, hay un buen Borges oral, pero nunca fue un escritor popular de los que se nombran en la calle. Bueno, ahora me preguntaría quiénes son esos... Pero hay cosas estupendas en la obra de Borges: su “Poema Conjetural” con relación a Francisco Narciso de Laprida asesinado el 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, es una pieza histórica monumental. Ahí, en ese poema, describe su latinoamericanismo y aunque nosotros lo podamos acusar de cualquir cosa, Borges era de aquí.

- ¿Qué parte prefiere de la obra de Borges?

- Sus cuentos. “El Muerto” es sensacional no sólo por su remate. “Hombre de la Esquina Rosada”, una pintura precisa de una época del arrabal de Buenos Aires, perfecta calidad borgeana en cada fragmento. Cuando en el personaje Francisco Real da un pechazo y atropella a los gritos la puerta del prostíbulo, Borges, el relator, que está de espaldas a la puerta, al verlo exclama “el hombre era parecido a la voz”. Siete palabras no más y deja un concepto definitivo del tipo, esa era la calidad de Borges cuentista armando frases perfectas y definitivas que mostraban su capacidad incansable para corregir. La suya era una generación que escribía muy bien y muchos consideraron que Bioy Casares era superior, pero ambos se influenciaban. Bioy era un mundano y un “sportman”, en tanto Borges era de biblioteca, escuché alguna vez; se influenciaban.

- ¿Qué se olvida generalmente de la obra de Borges?

- Ahora, se me ocurre su cuento “Juan Muraña”. Sería bueno que la gente lo releyera para entender el enfoque casi ensayístico sobre el compadrito. También se olvidaron los ambientados en el Uruguay; en “El Muerto” ubica la acción en un pueblo llamado San José, creo, que es una pintura. Borges era un conocedor de las costumbres aunque fuera incapaz de escribir alguna mala palabra, por ahí. En una reunión le dije “vea, yo me voy porque esto me hincha las bolas” y el afirmó “tiene razón, a mí también”, y nos fuimos. En otra oportunidad, en televisión, le preguntaron si había conocido algún guapo verdadero y dijo “sí, en Montevideo”; resultó que un hombre había faltado el respeto a la casa y el dueño, que era un hombre de acción pero muy respetuoso, fue al cuarto contiguo y volvió con dos cuchillos. Le ofreció a quien ofendiera su casa “usted elige”. “¿Y qué hizo el otro?”, le preguntó el conductor del programa. “Y, ¿qué iba a hacer? Se achicó”. Borges dijo lo mismo que mi viejo, siempre taxista o colectivero. O al definir a su gato Beppo con una inflexión bolichera, “un gato más ventajero que atorrante”. Antes que nada, era un hombre que respetaba la autenticidad de la gente y no soportaba a los cholulos; de ahí su rechazo a los periodistas. ¿Usted no es periodista, no?” “No. ¿Qué tiene contra los periodistas?”, y repitió algo algo ya escuchado “Es gente muy sonora”. Con la gente auténtica era divertido de verdad y hasta de reírse al confiarle “¿usted Borges, no será un compadrito frustrado?”, diciendo “creo que sí”.

Fueron esas charlas a mediados de 1983 y no daba para más. Él ya era un anciano desvalido en el exilio de la ceguera, rodeado por personas que a veces lo creían alguien de la televisión; y debíamos respetarnos. Murió en el ’86. En definitiva, conocimos a mucha gente infatuada de ser importante; deportistas, faranduleros, políticos y tilingos varios, pero si frecuentamos su obra literaria, - la identificación real de un escritor- Jorge Luis Borges fue importante de verdad. Y esa es la diferencia.

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