sábado, 22 de noviembre de 2008

El huesito

Gustavo E. Etkin (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Me gustaban los shows de rock. Los brazos de las mujeres, levantados, se movían frente a los gimnastas del escenario y sus grititos, colores de humo, luces estallan, brillan, oscurece. Luz y oscuridad. Los brazos se levantan y balancean, algunos con las manos abiertas, otros con los puños cerrados. A veces paran en seco, como si una electricidad los endureciese de pronto, alguna picanita. Otros van parando despacio, y ni se nota cuando empiezan la vuelta. Suavecito. Otros, balancean y se ondulan al mismo tiempo. Parecen viboritas que van y vuelven. Y los que con las manos abiertas empujan el cielo para arriba.

Hay algunos que empiezan desde abajo, abren los brazos como Cristo y los cierran rápido, golpean las palmas con fuerza, parece que matan escarabajos, cucarachas, moscardones azules. Y otros apenas se rozan las manos, y los brazos caen suavemente.

Cada movimiento es diferente. También los brazos de aquel bosque vibrante son diferentes. Del hombro hasta el codo algunos son tubos rectos. Otros casi esferas, gordos. No se sabe donde termina el hombro y donde empieza el codo y la muñeca. Hay continuidad entre brazo, antebrazo y manos. No se pueden ver los músculos, que deben endurecerse y ablandarse bajo la piel.

Otros, en cambio, tienen partes bien marcadas, los músculos vibran, y casi se puede ver la sangre caliente entre las venas y las arterias, hasta las más chiquitas.

Hay brazos levantados más lejos de la cabeza. Son de hombre. Los de mujer están más cerca de la cara. Con excepciones, claro: esas mujeres musculosas parecidas a la horrible Madona, de hombros anchos.

Yo llevaba binóculos, y desde un lugar un poco alto (a veces haciendo equilibrio) miraba. Y cuando el show terminaba salía con el slip húmedo y empastado. A veces, con una mancha blanca en los pantalones. Una vez vi unos brazos distintos. Casi no había espacio entre ellos y una cabeza ovalada con largos pelos negros. Se movía con cierta indiferencia.

Me acerqué mirando con los binóculos, no podía dejar de mirar, entre los que saltaban y se balanceaban. Hasta que estuve frente a ella. O mejor dicho, atrás. Una cintura chiquita encima de su manzana arrogante. Sus caderas redondas. Casi no había espacio entre el largo pelo negro de su cabeza y sus bracitos levantados. Transpiraba. Las gotitas resbalaban, rodaban, humedecían su pequeña pollera. Omoplatos ondulaban su forma y donde terminaban, en medio de su espalda, una pequeña hendidura, un fugaz canal aparecía. Y entonces sobresalían sus vértebras, cordillerita que desaparecía en un valle misterioso y húmedo.

Su piel era oscura y muy suave. Abajo de ella empezaban los pelitos del antebrazo. Ahí, antes de terminar, al llegar al codo, eran algo más oscuros. Y sus manos abiertas acariciaban el aire.

La olí. Era dulce, de glándulas de mujer. Y olor a sobaco que venía de la pelusa de sus axilas abiertas.

La fui mirando bien de cerca, por alrededor, los otros nos apretaban. Sus orejas, su cuello liso que empezaba o terminaba entre la línea del borde de su cara ovalada y los pocitos de sus clavículas. Sus tetas eran grandes y altivas. Empezaban casi a la misma altura de sus pequeños hombros.

Se balanceaba con los ojos cerrados. Viajaba. Y sonreía con sus labios lisos, oscuros, anchos, suaves.

Me gusta tu olor, le dije.

Ella, sin abrir los ojos, como una ciega, me empezó a tocar. Me abrió más la camisa, metió la mano y la pasó por mi pecho, los hombros, la barriga. Abajo. Suave y despacio. Me recorrió los brazos. Después, siempre con los ojos cerrados, me empezó a oler por todas partes. A veces, donde estaba sudado, me lamía. Después paró, abrió los ojos y me dijo:-”A mi también me gusta tu olor. Y el gusto de tu agua”. Entonces le metí el dedo en los sobacos y lo aspiré con furia. Y me lo chupé. Ella también.

Nos olimos hasta los alientos de hambre. Nos tocamos y nos lamimos.

Todos se balanceaban apretados mirando el palco. Nosotros también, pero cogiendo. Le levanté la pollerita, me chupé la mano mojada, y me metí en una maravilla húmeda, jugosa, calentita, que me recibía con alegría. Era un paraíso que estaba de fiesta porque llegaba.

Y nos balanceamos balanceados en las luces y la noche, entre brazos y cuerpos sudados, entre gritos y guitarras, entre truenos y silencios.

Silencio. Necesitábamos silencio para darnos cuenta de lo que pasó. La saqué poco a poco, empujándola despacio, arrastrándola con cuidado, cuidándola con mis brazos, poco a poco, afuera. Ahí nos volvimos a mirar y nos preguntamos los nombres.

De noche un avión en el cielo es un puntito luminoso. Adentro hay esperanzas, miedos, odios, tristezas, aburrimientos. Ganas de coger y de matar. Historias. Un puntito. Igual que una estrella o una galaxia. Y hay billones y trillones de galaxias y planetas. ¿Cómo serán las cosas ahí adentro?. Y los agujeros negros que chupan todo, hasta la luz. ¿Qué hay del otro lado?. ¿Cómo pasar al otro lado ?. Yo soy astrónomo. Paso horas mirando por el telescopio, descifrando luces, variaciones de pequeñas rayitas, sonidos que vienen del infinito.

La diferencia de edad - yo tenía 40, ella 18 -no importó cuando me presentó a la familia. Un astrónomo, y además profesor de la facultad, garantían una relación seria y duradera, casi infinita.

Éramos novios.

Ella estudiaba medicina. Yo la llevaba y traía de la facultad. Y ella me contaba de la sala de anatomía. Los cuerpos cortados. Brazos, cabezas, piernas. Y sus compañeros revolviendo con pincitas, comiendo sándwiches, y queriendo levantársela.

Al principio estaba un poco celoso, pero después me tranquilicé. Era fiel. Solo conmigo podía hablar de lo que sentía cuando tocaba esos pedazos muertos. Cuando hundía sus deditos en los ojos, los metía en todos los secos agujeros sangrientos que encontraba. Solo a mí me podía contar su sorpresa por no sentir nada. Eran como pedazos de plástico, muñecos rotos. Solo a mí me pudo contar cuando, por fin, una vez sintió algo. Algo fuerte. No sabía si era miedo, susto, sorpresa o calentura, me dijo con dificultad, porque se dio cuenta que eso si, me ponía celoso.

Porque había visto un pelito, solo un pelito negro, largo, en un pedazo de hombro con brazo. Solo un pelito. Y ella imaginó que ese pelito fue tocado, mirado. Se habló de él. ¿Lo dejarían crecer?. ¿Era lindo?. ¿Lo cortarían?. Alguna mujer habría dicho que le gustaba. O que no. Y una vez sorprendió, porque el cuerpo estaba cambiando y llegaba la adolescencia (cuando el hombro aquel y el brazo no estaban cortados, claro, y el cuerpo estaba vivo).

Aunque celos no era la palabra.

Fue terrible. Aquel pelito la calentó.

-Entonces, ¿otros pelitos también te pueden calentar?, le pregunté desolado, desesperado, las lágrimas me caían despacio.

-Pero era el pelo de un muerto. Un pelito, solo un pelito que estaba en hombro de un brazo cortado en la sala de anatomía, llena de pedazos...qué importa un pelito ?

- Pero ese pelito te calentó

-No sé...era solo un pelito. No era de nadie. La otra parte del cuerpo no estaba, ni la vi. Debía estar por ahí, en pedacitos, cortada, mezclada con otras, para estudiarlas. Cortes especiales. O tal vez pudriéndose en algún lugar. O quemada...No me importó el resto del cuerpo, entendés!? Ni pensé como seguiría el hombro... la forma que tendría...nada. Solo el pelito, entendés?

- ¿! Pero no entendés que eso es peor ?!. Siempre decís que mis pelos te calientan.

-Claro, tus pelos

-Pero ahora me decís que te calentó el pelo de otro!!!

-¿Qué otro?. ¿No entendés que no hay otro?. ¡. ¿! Que está cortado, en pedacitos, podrido, quemado!!??

-¿! Entonces mis pelos te pueden calentar como los de cualquier otro, hasta los de un muerto!!!???

Yo lloraba y temblaba. Ella era un agujero negro y yo una mierdita intercambiable hasta con un pedazo de muerto.

Y ahí - nunca sabré si era verdad- me dijo que ese pelito la calentó porque le recordó los míos. Porque antes de conocer mi cuerpo no le importaban los pelitos en los cuerpos de otros hombres. Ni olía en cada parte, en cada recoveco, en la humedad de cada agujero, como en el mío.

Seguíamos siendo novios.

Nuestras familias se frecuentaban, se querían y se gustaban. Todos nos miraban con alegría porque, además, éramos lindos. Ella, ya dije por qué. Yo soy alto, frente grande, ojos castaños, serenos, cara proporcionada. Así como nuestras vidas, nuestras geometrías se complementaban.

Sabíamos eso, y hacíamos creer que nos amábamos por nuestras proporciones. Las mayores o menores distancias, las diferencias de suavidad en la superficie de la piel, la profundidad de los huecos y las hendiduras, el ímpetu o la timidez de las protuberancias, la continuidad de las curvas o su repentina transformación en ángulos.

Durante horas nos mirábamos desnudos, a veces callados, a veces describiendo cada parte, hasta con palabras nuevas. Porque entonces cada uno tenía que confiar absolutamente en lo que decía el otro. Y ahí, cada palabra era un bautismo. Un vino dulce muy antiguo que mareaba. Era lindo decirla y escucharla despacio. Y la decíamos como una sentencia de muerte. Pero era al revés, porque cuando teníamos la fiesta de encontrarlas o de inventarlas, hacían vivir la partecita que nombraban.

Sin embargo, no era únicamente aquel exterior lo que adorábamos en el otro. Eso hubiera sido solo la alegría de nuestras familias: -“Ellos combinan”. Nos complementábamos. Hacíamos: unabuenapareja. No. No era por nuestro exterior que nos amábamos desesperadamente (nuestras familias no sabían de esa desesperación). Nos amábamos sobre todo por nuestro interior. La geometría visible de nuestros cuerpos era solo la hermosa puerta, el llamado, el comienzo, el anticipo de un misterio. Abajo de las pieles, dentro de las superficies, entre ángulos y curvas, ondulaciones y bordes, había poros, agujeritos, secreciones, glándulas, sangre que circulaba. Y más abajo, bien adentro, los órganos que segregaban jugos, empujaban sangre, separaban células, absorbían, aprovechaban, expulsaban lo que no servía. Y fabricaban olores, fibras nuevas. Y la sangre que entraba por las glándulas y se transformaba en hormonas, esos juguitos especiales, uno para cada cosa.

Por eso nos olíamos y nos chupábamos y nos mirábamos. Queríamos ver y saber todo eso. Para adorarlo y meternos en el lugar donde se producía cada pelito, donde estaban los juguitos, donde todo eso funcionaba en secreto y en silencio. Donde se hacían los olores. Amar como a un dios cada partecita de nuestros interiores.

Entonces decidimos casarnos. Pero habría dos casamientos. Uno, para tranquilizar a nuestras familias, ella de blanco y tul, en la iglesia: un profesor de la facultad, astrónomo, y una estudiante de medicina. Otro, el verdadero, entre nosotros. Sagrado y secreto.

Compramos dos cartulinas blancas, comimos lo adecuado y después de unas horas, desnudos, agachados como las coyas cuando mean, cagamos en medio del blanco mirándonos a los ojos y agarrados de la mano. El sorete de ella era carnoso, una víbora marrón, brillante y calentita, palpitaba enroscada. Metí el dedo, la miré, y me lo chupé despacio. Su gusto amargo era dulce ambrosia, el secreto de una diosa. Ella hizo lo mismo con el mío. Y nos mirábamos.

Faltaba una semana para el otro casamiento. Las alianzas compradas, los regalos, la fiesta. Las familias preparadas. La iglesia elegida. Faltaba una semana, y ese día llamé y pregunté por ella.-”Murió, me dijo llorando la mucama.

No entendí nada. ¿Qué quería decir eso?. De pronto me hablan en otro idioma.

Poco a poco fui sabiendo. Ella estaba muerta. La encontraron a la mañana, con la almohada entre las piernas y chupándose el dedo.

Supe que murió con la almohada entre las piernas y tocándose la conchita, pellizcando rápido su pequeña pijita, el botoncito rosado, su clítoris, y pensando en mi como me contaba que siempre hacía. Y esa vez también se chupaba el dedo recordando nuestro casamiento secreto. Gozó tanto que su corazoncito no aguantó.

- “Parece una santa”, decían las tías.

- “Parece una virgen”, decía la madre.

Pero ella con los ojos cerrados sonreía, yo sabía porque.

El velorio fue en su casa. Iba a durar dos días. Entonces, cuando me dejaron solo con ella la puse en el suelo, le saqué la ropita y con el cuchillo y la tijera de podar (para el esternón) la abrí despacito.

De su nariz y su boca salió sangre, que chupé. Era un licor caliente y suave.

Aparté los pétalos de esa flor misteriosa.

Por fin la veía por dentro

Su corazón rojo fuerte. Sus pulmones rosados, algodones temblorosos. Su hígado, más oscuro y reservado. Su estómago, que tantas veces pintó mi semen por dentro. Sus intestinos, una víbora blanca, enroscada, aparentemente quieta.

Aparentemente sus jugos estaban quietos, su sangre inmóvil. Las secreciones habían acabado. Pero yo sabía que estaban empezando otros procesos, otros secretos empezaban a funcionar en silencio. La putrefacción sería consecuencia de eso, de químicas nuevas, otros átomos se estaban preparando bajo esa aparente inmovilidad. Y yo seguía adorando cada una de sus células, cada una de sus moléculas, todos sus pedacitos.

Rápido me saqué la ropa y me metí, y refregué mi pija entre sus intestinos, bordeando su hígado, sus pulmones, su estomago, su corazón. Eran todos caminos ondulados, suaves caricias todavía tibias que ella me hacía, bien adentro de ella.

Y me estaba disolviendo como nunca, sabiendo los secretos de ese agujero negro lleno de colores cuando sentí gritos:

- “¡Degenerado !!!”

- “¡Bestia !!!”

- “¡Animal !!!”

Y algo fuerte en la cabeza.

Me desperté atado a una cama. – “¡Quiero cagar!” grité, hasta que un enfermero me escuchó. Me trajeron una chata, pero yo dije: -“No, así no, en el baño”. Entonces llamaron un psiquiatra. – “Así es humillante”, le dije, “quiero ejercer mis funciones naturales como todo el mundo”, afirmé seria y serenamente. – “Desátenlo”, dijo el joven psiquiatra que debía ser progresista. Se acercó el enfermero con una camisa de fuerza. Estaban preocupados. – “¿Cómo voy a cagar con una camisa de fuerza?”, le pregunté al psiquiatra, “yo también soy un ser humano y tengo derecho a ejercer mis funciones naturales con libertad”. –“Está bien, está bien, no precisa”, respondió comprensivo.

Me acompañaron al baño, cerré la puerta, me senté, hice fuerza y salió el dedo.

Porque antes de todo, antes de abrirla, le corté un dedito. El del medio. Y me lo metí en el culo. Yo sabía que después, en algún momento, sería una catástrofe, que nadie soportaría descubrir nuestro secreto, la desesperación por nuestros interiores, que algo me harían cuando vean la verdad. Ella abierta y yo refregado y temblando entre su sangre, su mierda, sus líquidos, sus jugos, su secreta carne colorida. Nadie lo aguantaría.

Pero ahí en el baño yo tenía el dedo. Lo besé. Lo chupé. Cuanto lo amaba. Tenía que esconderlo. Siempre escondido. Me lo metí de vuelta y salí.

Se empezó a podrir. Entonces, a veces con disimulo en el comedor con un cuchillo, le fui sacando la carne. Y cuando estaba solo, a los mordisquitos, me la iba comiendo. Porque era la carne de ella, su gusto, sus fibras que las deshacía despacito con la lengua. Y eso era muy lindo, como todo lo de ella. Hasta que quedaron tres huesitos. No podía esconder los tres. Elegí el más grande.

Su forma es hermosa. Levemente curvo, arriba muy suave, abajo, por cada lado, dos surcos o hendiduras, caminos, bordes, que van de una punta a la otra. Eso cuando está acostado. Pero cuando queda parado, en pié, la parte de arriba son dos semiesferas con una hendidura en el medio. Un poco amarillas y muy suaves. La parte de abajo es más ancha, hundida en el centro como un lago seco que muestra su secreto, rodeado de un tenue borde irregular. En algunas partes tiene pequeños agujeritos, poros donde seguramente pasaban sangre, líquidos, pequeños nervios, tantas cosas.

Y tiene muchos colores. Varios tonos de amarillo, partes más oscuras, más claras, casi blancas.

Así que ahora tengo el huesito.

Está en un agujerito de la pared.

Entonces de noche, o cuando nadie me ve, me saco la ropa y me lo paso por el cuerpo. Porque este huesito de moléculas de calcio también tiene átomos, electrones, neutrones, positrones, partículas y sub-partículas, mundos, espacios, galaxias, tiene secretos, los secretos de ella, que me paso despacito por todo el cuerpo.

Adentro debe ser algo hueco, donde antes estaba su médula, que ahora en las paredes de ese hueco debe seguir estando en pequeñas partículas marrones o una suave capa de mucosa resecada, casi invisible.

Las paredes de ese huequito interior no deben ser regulares. Tendrán vueltas, recovecos, pequeños agujeritos.

Alguna vez lo voy a abrir y ver como es.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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