sábado, 8 de noviembre de 2008

El triunfo de la verdad

Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Adecuadamente controlado por los medios (interactivos, virtuales, senso-cerebrales alpha, y la antigua televisión-ventana) el pueblo salió a las avenidas a gritar contra el sangriento tirano de Kronkberg (los tiranos eran siempre sangrientos).

Iba a comenzar otra guerra. Esta vez sería contra el Imperio Pirigúndico, desde cuya capital -Kronkberg- el dictador Pérez García Smith da Silva ordenó la ocupación del siempre disputado territorio de Lorbran, unos 1000 mts2 que no solamente incluían un puerto, si no que eran una justa reivindicación histórica determinada por la geografía.

Porque Lorbran antiguamente pertenecía a Rendar, un pequeño país altivo que siempre luchó por su independencia y defendió cada centímetro de su territorio. Rendar era una excepción entre los tres grandes imperios: el Pirigúndico, el Neozelandés y el Panameño, forma en que poco a poco, a partir de las guerras de la Pre-Historia (siglos XXII y XXIII), se fueron organizando políticamente los países del planeta. El contacto -ya habitual- con culturas de otras galaxias no alteró la regularidad bélica que, durante siglos, fue dibujando la forma política en que los imperios se intentaban globalizar.

Para llegar a esa división tripartita se pasó por muchas invasiones, repetidas (y heroicas) reconquistas, tratados de paz (respetados, como siempre, por cierto tiempo), masacres (de inocentes o culpables, según la perspectiva), luchas por la justicia, guerras por la paz, bombardeos preventivos o retaliativos, actos heroicos siempre recordados, cobardías siempre señaladas.

A partir de la desintegración europea de la pre-historia y la posterior reunificación bajo el Imperio Pascuense, pareció que las Islas de Pascua serían garantía de estabilidad permanente, una paz perpetua. Pero las pujantes Malvinas, que reconstruyeron la desintegrada y deteriorada Confederación Sudamericana, emergieron como otro polo integrador, tanto de los restos de la antigua Europa como de las pequeñas comunidades en guerra permanente del norte americano.

Y surgieron otros polos de estabilidad, cada uno aspirando a globalizar una centralización única, lo que ocasionó nuevas guerras, acciones heroicas, masacres que debían ser vengadas, libertades a ser reconquistadas.

Así fue, entonces, que comenzó otra guerra, ésta vez contra el imperialismo pirigúndico en defensa de la libertad y soberanía de Rendar, lo que implicó, según la costumbre, el paulatino e inevitable alineamiento en uno u otro lado.

Definiciones que, a su vez, reactivaban milenarios odios y antiguas reivindicaciones. Los bigulitos, por ejemplo, descendientes de los antiguos hutus, se armaron contra Belgranea, clásica aliada de Pirigundia y prolongación de la pre-histórica Bélgica, responsable de tantas masacres en Bigulia 10 siglos atrás. Bigulitos que por eso se alineaban con Lorbran, y en consecuencia con Rendar, en contra de Pirigundia.

Y empezó, entonces, otra guerra.

Podría haber sido una más entre las cientos de miles –o tal vez millones –que fueron escribiendo la historia del planeta. Pero ésta vez algo diferente aconteció.

Rolando Brockstein era un veterano combatiente de Bigulia. Los juguetes de su infancia fueron ametralladoras láser polivalentes, decapitadores instantáneos, microbombas teledirigidas, gases mortales. Sus muñecos, cadáveres de belgranenses (o sus pedazos). Sus cuentos infantiles, historias de muertes, masacres, sobrevivencias. Valentías y cobardías. Audacias, prudencias y heroísmos.

Ese día Rolando perseguía un belgranense. Sabía que le quedaba poca energía en su arma laser. Lo había acorralado entre las que parecían pre-históricas ruinas de una empresa cibernética. Cuando tuvo certeza que no podrían salir más rayos del arma enemiga se acercó tranquilo y lo vio, apoyado en una pared.

Al verlo a él, arrojó su arma y levantó los brazos.

Calculó las posibilidades:

a) Se arrodillaría y pediría por su vida en nombre de sus hijos, su esposa y/o su madre.
b) Lo miraría fijo y gritaría:- “Viva Belgrania” esperando la muerte de frente.
c) Comenzaría a proclamar un discurso humanista, de aquellos de la Proto-prehistoria, con distintas apelaciones posibles:

1) A la igualdad y fraternidad entre los hombres.
2) Al respeto a la vida humana.
3) Al diálogo y contra la violencia.
4) A la ecología y el amor a la naturaleza (lo que incluía también a los seres humanos).

Después, aburrido por el cumplimiento de siempre las mismas alternativas, eterna monotonía de la guerra, apretaría el botón de su láser inhumador instantáneo y todas esas repetidas palabras se transformarían en humo. Humo oscuro y blanco que subiría onduladamente a encontrarse con las nubes, combinación de colores a veces agradable de observar.

Esa vez, sin embargo, pasó algo distinto. El belgranense empezó a reír, bajó los brazos, se apretaba el estomago a las carcajadas, se sentó. Lloraba de risa. Rolando no esperaba eso. Sorprendido, bajó el arma y se acercó.

–“¿De qué te reís? ¿No te das cuenta que vas a morir?. Te voy a matar.

El otro paró, y con dificultad, tratando de aguantar las carcajadas le preguntó:

–“¿Y por qué?”

–“!¿Cómo por qué ?!”

–“Si, ¿por qué me vas a matar?”

–“Bueno...porque sos un belgranense”

Respuesta que desencadenó más carcajadas en el otro, como si le hubiese dicho un chiste absurdo. Una broma descomunal.

–“¿Solamente por eso?”, consiguió preguntar.

–“Bueno...no solo por eso, claro. Ustedes, los belgranenses aliados a la antigua Bélgica, nos masacraron. Mujeres, niños, todos.

–“¿Y eso cuando fue?”

–“Hace mil años, cuando invadieron Bigulia”

“¡¡¡Mil años!!!”, casi gritó, y se puso a reír de nuevo.

–“No veo en eso motivo de risa”, dijo Rolando serio, levantando de nuevo el arma.

–“¿Pero no te das cuenta que pasaron mil años?”

–“¿Mil años?”. Rolando no entendía. Repitió lo que tantas veces escuchó:

–“El transcurso del tiempo, así pasen millones de siglos, no debe ser pretexto para olvidar las crueldades y las injusticias cometidas contra Bigulia”.

–“¿Y que tenemos que ver nosotros con las boludeces que hicieron nuestros architetra tartarabuelos?”

–“Es que somos sus architetratartaranietos”, respondió Rolando sentándose a su lado.

–“¿Y por qué masacramos a los bigulios?. ¿Cual fue la razón?”

“Ustedes nos masacraron por...porque en ésa época éramos hutus. Y ustedes se creían una raza superior: los tutsis eran los belgas de Africa”.

–“¿Y nosotros los matamos porque ustedes eran inferiores?”

–“Ustedes eran los arios de Africa y nosotros los negros. Limpieza étnica.”

–“¿Y qué más?”

–“Que yo sepa, empezó con eso”

El Belgranense rió de nuevo

–“¿Pero no te das cuenta enemigo bigulito, que es cómico?. Mil años matándonos por boludeces??!!!”.

–“No fue solo por eso. En los Tolokter, libros sagrados de Bigulia

(equivalentes a aquella “Biblia” de la Proto-prehistoria) está muy claro que un antepasado de los belgranenses insultó y escupió a nuestro Padre Fundador, Bigulio 1º.”

El belgranense -Cunnington Blokster- empezó a reír otra vez.

Y ahí fue que Rolando escuchó de otra manera lo que él mismo hablaba. Como si fuese la primera vez. Y empezó a reírse con Cunnington. Y terminaron por el suelo revolcados de risa.

Pero de pronto Rolando paró y se preguntó: -“Entonces, la lucha de clases de aquel profeta de la Proto-prehistoria, Carlos Marx, es un pretexto para la boludez, o la boludez es un pretexto para la lucha de clases?”

Pensemos un poco, Rolando. ¿Para qué querían las clases dominantes ser propietarias de los medios de producción, como después fueron de los bancos?

Yyyy........ Para tener dinero. Siempre dinero. Mucho dinero.

¿Y que quieren hacer con el dinero?

Tener más dinero.

¿Tener más dinero para que?

Para tener más dinero.

¿Y en que quieren gastar todo ese dinero?. Cuando lo quieren gastar, claro.

En comprar autos y aviones último modelo, tener casas lindas, viajar a tomar baños de mar o subir montañas, comprarse ropas de moda.....O comer comiditas especiales......

¿Y por eso hacen guerras y mandan matar gente?

–“Es un enigma”, respondió Cunnington, “pero que siempre hay boludez es obvio. Innegable”.

Y empezaron a caminar recordando y riéndose a los gritos de las verdaderas causas de las últimas guerras, las habituales masacres, los antiguos genocidios.

Los belgranense y los bigulios hasta ese momento se estaban buscando y apuntando. Los escombros y los muertos, los árboles y las piedras, todo era lugar para ocultarse y tirar con precisión. Pero cuando Rolando y Cunnington aparecieron agarrados del hombro y riendo a los gritos, sin armas en medio de ese universal campo de tiro, nadie entendió nada. Los belgranenses y los bigulitos veían de pronto a uno de ellos abrazado al otro, caminando despreocupados y riendo juntos. ¿Se habían vuelto locos? ¿Habrían fumado aquella Proto-prehistórica yerba? Y si así fue, ¿por qué lo hicieron juntos? Poco a poco, con desconfianza y el arma preparada, se fueron acercando a preguntar: -“¿De qué se ríen? ¿Cual es la gracia?”. Porque en medio de milenarios escombros y montañas de huesos, esqueletos recientes, cadáveres abiertos, agujereados y putrefactos, pedazos de carne quemada por todos lados, que un bigulito y un belgraneo caminen como si fuera entre flores, riéndose abrazados como viejos amigos, era muy extraño.

Aguantando la risa, poco a poco, Rolando y Cunnington consiguieron hablar a sus desconfiados compañeros del descubrimiento que habían hecho. Lo que causó nuevas risas, nuevas aproximaciones, desconfianzas, curiosidad, otras risas, hasta que las carcajadas se fueron extendiendo a los cuarteles, a las sedes de los gobiernos, a otros países, a los pascuenses y malvinos.

Todo el planeta fue lugar de incontenibles y continuas risas.

Y cientos de miles de años después, Rolando y Cunnington fueron recordados como los míticos inauguradores de una nueva era. Así como Caín y Abel en el antiguo libro sagrado de la Proto-prehistoria originaron la cómica etapa de las guerras, Rolando y Cunnington fueron los míticos precursores de la inevitable paz permanente. Sus estatuas, por todo el planeta, los mostraban tomados del hombro y riéndose. Es que a partir de entonces las causas de las guerras fueron consideradas cómicas. Y matar al enemigo, estúpido. Los espartanos, los vickings, los bárbaros, los romanos, los arios, los ingleses, los norteamericanos, fueron considerados cómicos que - sin sospechar - escribían seriamente una historia ridícula.

Y las grandes matanzas, empezando por las incentivadas por Moises cuando se apropiaba de la Tierra Prometida (nada menos que por Dios), la de los niñitos de Herodes, la de San Bartolomé, aquellos nazis que solamente por estar convencidos de ser una raza superior mataron millones de los que en la época se llamaban judíos y gitanos, y muchas otras furiosas o calculadas masacres, en lugar de ser ejemplos de horror, a partir del mítico encuentro de Rolando y Cunnington fueron recordados como masivos acontecimientos ridículos. Holocaustos cómicos.

Lo cual tuvo un efecto definitivo en la opción bélica como alternativa política. La guerra dejó de ser considerada como perspectiva regular e inevitable inscripta en el destino de la humanidad. Más aún: proponer guerras, amenazar con guerras, atacar o defenderse con siempre nobles propósitos pasó a tener efectos hilarantes. Las guerras eran ridículas.

Y los uniformes militares de todos los ejércitos un ropaje cómico usado en comedias, el milenario y siempre actual teatro del absurdo, y en los tradicionales circos por sus venerables payasos.

Se hubiera esperado, a partir de entonces, permanente calma alegre, serenidad reflexiva, armonía y plenitud. Sobre todo cuando también la economía -ahora al servicio de la Razón ya que, entre otras cosas, no había bancos privados- imposibilitaba el hambre y la miseria, permitiendo el ocio, el placer, y la alegría universal y continua.

Sin embargo, un malestar generalizado se extendió por el planeta. Melancolías masivas. Suicidios cotidianos. Tristezas infinitas.

Y poco a poco se dieron cuenta que sin guerras no había enemigo. Alguien que, obviamente, debía merecer la muerte. Muerte que sería garantía y condición de paz, bienestar, progreso, fraternidad, libertad. Felicidad. Todo lo cual evitaba pensar en un pequeño detalle que a partir de entonces pasó a ser el gran problema, único tema, definitiva certeza: la vida humana era muy breve.

Doscientos ochenta años, el promedio de vida habitual, pasaban rápidamente. Y después de la integración del planeta a la Confederación Galáctica, las historias infantiles de las antiguas religiones de la Proto-prehistoria, monoteístas o más o menos politeístas, no daban respuestas ni aliviaban la certeza de aquella brevedad.

Entonces se comenzó a añorar los que, en la Proto-prehistoria y en la misma Prehistoria, fueron considerados grandes malvados. Es que gracias a ellos, la humanidad pensaba en otra cosa. Aunque eran distracciones serias, había con que distraerse. Fue por eso que poco a poco en los libros de historia, en las escuelas y universidades, los que antes eran los malos, fríos, inhumanos, ambiciosos y crueles, asesinos, genocidas y dictadores arbitrarios, fueron descubiertos como los grandes benefactores de la humanidad. Aquellos que soportaron ser los grandes malos de la Historia para evitar, sacrificadamente, que los hombres se enfrenten con la certeza de su única verdad: la fugacidad del tiempo y la brevedad de su vida.

Fue por eso que en todo el planeta se erigieron monumentos y placas conmemorativas a Genghis Kan, Atila, Moises, Catalina de Médici, Torquemada, Adolfo Hitler, José Stalin, Harry Truman, Bush, Sharon, Galtieri, Massera y Videla, Pinochet, entre otros a quienes se alababa (y añoraba) como los heroicos y sacrificados distractores de la Humanidad, aquellos gracias a los cuales el Mal, existía. Y en consecuencia se podía esperar siempre el triunfo del Bien, con la posterior eterna felicidad que ese triunfo implicaría. Y también a Adam Smith y todos los defensores de las leyes del mercado gracias a los cuales la miseria y la pobreza se consideraron necesarias, inevitables y naturales, lo que posibilitaba la esperanza de que sin hambre y con casa segura habría felicidad y alegría eternas.

Porque ya no podía haber más pretextos económicos ni distracciones bélicas.

Sin embargo, una polémica se desencadenó: los medios de comunicación, las familias, las escuelas, ¿debían o no enseñar la verdad? ¿Decirla? Decirla para recordar a hijos y alumnos, lectores, espectadores y oyentes, que 280 años es un tiempo muy breve, que la muerte es rápida e inevitable y que la composición atómico/molecular del cadáver, aunque posibilitase ( tal vez, nunca se podía llegar a tener certeza absoluta ) la continuidad de alguna sub-partícula en otro elemento cósmico intra o extra galáctico, no era garantía de ninguna supervivencia personal.

Pero también, ¿qué necesidad, función y efectos tendría la insistencia en recordar esa verdad, y convivir con ella efímeros 280 años?

Entonces la Humanidad se dividió entre los éticos que insistían en que la verdad no debía ocultarse ni ser olvidada sino, al contrario, recordada y sabida, y los estetas que querían flotar en el olvido planificado: si el tiempo de vida es tan breve y todo pasa tan rápido, ¿por qué saberlo, recordarlo y sufrir anticipadamente? Solamente gozar de lo efímero. “El goce, si breve, dos veces bueno”, se decía parodiando a Baltasar Gracián, sabio consejero de la Proto-prehistoria.

Pero como la guerra era imposible se presentó un problema hasta entonces inimaginado, jamás pensado: ¿cómo se resolvería esa escisión definitiva e irreconciliable que es la muerte? ¿Cómo se podría convivir con una diferencia cuya resolución implicaba, de hecho, la anulación de una de sus alternativas?

Para evitar -y soportar- lo que se percibía como conflicto irresoluble, durante un tiempo se intentó revivir el Parasiemprismo, aquel máximo objetivo del antiquísimo amor romántico, cuando se buscaban desesperadamente signos de certeza de que el amor sería para siempre. Hubo hasta nuevas religiones parasiémpricas que proponían la certeza del amor-para-siempre como segura forma de despreocuparse de la muerte que sería, así, solo un detalle - inevitable, claro - pero pequeño y sin importancia ante la promesa de infinito que suponía el amor-para-siempre.

Por razones obvias y milenariamente conocidas no duró mucho ese retorno desesperado al amor romántico de la Proto-prehistoria.

Así es que si ni la guerra ni el amor podían resolver el problema, se optó por una calma y resignada división del planeta.

En el Norte, donde las guerras, masacres y genocidios fueron hábito milenario, se instalaron los que no querían saber, los que solo querían ser felices. Y hubo consenso en adoptar un nuevo libro sagrado, enseñarlo en las escuelas, repetirlo y pensarlo en todos los medios interactivos globales, permanentemente recordado, aceptado y festejado como camino y solución: el Elogio de la Estulticia, de aquel gran sabio y profeta de la Proto-prehistoria, Erasmo, de la ya desaparecida Rotterdam. Después sus seguidores, a partir de Xuxa 1a. y muchos otros animadores y también comentaristas de fútbol de la antigua televisión pre-histórica, retomaron y desenvolvieron con entusiasmo el único camino posible de la felicidad. La realización de la finalidad ética y política que se infería de la propuesta de Erasmo: estupidificación planificada y óntica. Una sociedad planificadamente estúpida sería una sociedad feliz, descansando en la certeza de que cada uno de sus habitantes tenía la sabiduría de ser esencialmente idiota.

Sin embargo en ese hemisferio tuvieron que modificarse levemente los criterios políticos para elegir gobernantes: si por un lado debían dar pruebas de profunda estupidez en sus comentarios, preocupaciones personales, en la causa de sus sonrisas y carcajadas, los motivos de sus odios (que debían ser absolutamente idiotas), por otro lado debían tener una mínima capacidad temporo-espacial para conseguir cuidar el orden arquitectónico y urbano. Umbral que tuvo que ser condición imprescindible, ya que llegó a proponerse un infradotado - incluso mogol - como jefe máximo, lo que se temió sería exagerado, ya que ese alto nivel de aspiraciones políticas, paradójicamente, podría ser riesgoso para el orden social: debía haber un límite mínimo de cociente intelectual, lo que abrió nuevas perspectivas de trabajo a los psicólogos comprometidos con las causas populares.

Pero en el Hemisferio Sur las cosas fueron distintas. Los medios de comunicación, libros escolares, maestros y profesores, los padres -por diferentes formas y caminos- recordaban la fugacidad de la vida de cada uno, la inevitable muerte. Hasta el ya previsto fin de la Galaxia en un agujero negro. Esa era la verdad y la vida de cada uno sería la forma particular y propia de saberla, soportarla, y convivir con ella.

Al principio y sobre todo por curiosidad, habitantes del hemisferio feliz viajaban al sur, y habitantes del hemisferio verdadero, al norte. Había cierto intercambio turístico entre aquellos curiosos que buscaban sorprenderse por las diferencias. Sin embargo, poco a poco, el turismo cesó. Al final, nadie quería saber lo que pasaba en el otro lado. Cada vez menos ondas y contactos por satélite. Los llamados telefónicos disminuían.

El Hemisferio Sur fue transformándose en un inmenso silencio, que al principio se creyó, era por falta de interés del Hemisferio Norte Falta de ganas de escuchar lo que venía de abajo, se decía. En parte fue así. Pero también un silencio cada vez más continuo venía de ahí.

Y poco a poco los vientos y algunas tormentas, durante muchos años, fueron llevando al norte un extraño olor a carne podrida. Después el viento volvió a ser normal, olor a tierra, agua, a veces con perfume de flores.

Pero no fue solo desinterés. No solamente nadie quería atravesar su frontera. Tampoco se quería saber nada de él.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Bahía, Brasil.


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