sábado, 1 de noviembre de 2008

Insomnio


Pablo E. Chacón (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En la era del cerebro, la epistemología neurofisiológica es propietaria del saber sobre la mayoría de los fenómenos que instalan un estado de excepción a una cierta normativa, también perimetrada por esa epistemología. Sin embargo, lo normal y lo patológico, como bien lo definió Georges Canguilhem y su discípulo Michel Foucault, también tiene una historia. La industria biotecnológica y la psiquiatrización de los mundos de la vida, diurnos y nocturnos, son campos que interactúan y compiten para diagnosticar y definir qué es lo normal y qué lo patológico en un tiempo donde la historia llegó a su fin cuando el desciframiento del código genético se convirtió en un negocio millonario en dólares (o mejor, en euros) al establecer vías de acceso a los segmentos del ADN supuestamente afectados y susceptibles de reparación.

Así, desde la diabetes a la conducta criminal podrían convertirse -mediante una nueva parafernalia que combine análisis de la conducta, estudio de costumbres y terapéuticas no invasivas- en objeto de manipulación y cura a lo que se supone no anda o anda mal. Es paradójico que lo normal en estos tiempos sea el insomnio, y lo patológico el buen dormir. Acaso no tan paradójico: el ruido, el estrés, el miedo a perder reconocimiento, prestigio, todo eso que los medios valoran, incluso la identidad y la personalización de la identidad, ese miedo suele pensarse como inductor de insomnio. Pero como no se trata de trabajar sobre células, la corporación farmacéutico-psiquiátrica ha despachado al insomnio mediante la multiplicación de ese miedo y sus remedios o placebos: ansiolíticos y antidepresivos para dormir y mantener a raya la ansiedad. El insomnio del que habla ese libro no es la experiencia del no dormir sino la del no poder dormir. Si se puede decir en esos términos, padecí ese insomnio por más de tres años. La experiencia, que se puede practicar como juego, resulta demoledora: pasarse más de cinco días sin dormir no es conveniente y tampoco glamoroso, pero pasarse cinco días sin dormir porque no se puede dormir, es una versión módica del infierno. Las soluciones a mano son las pastillas la lectura, las caminatas nocturnas, el ejercicio diario, más pastillas, el dormitar de día, unas horas a la noche (pobladas de pesadillas, que obligan al insomne a reprimir el cuento de que durmió pero está más cansado que si no lo hubiera hecho), más pastillas y a la hora de los bifes, el laboratorio del sueño (el único lugar donde dormí ocho horas sin sueños pero desperté descansado). Estuve vigilado y monitoreado. ¿Eso me tranquilizó? Eso decía Perón, que los hombres son buenos pero si están vigilados son mucho más buenos. El problema era que resultaba innecesario porque no había indicadores patológicos, no había manchas que indicaran agujeros en el cerebro o tumores o cosas raras. Ese insomnio podía ser derrotado, con suerte, con ciertos ejercicios y rutinas: horas para acostarse, levantarse, determinados alimentos. Pero ni así. Así que volví al psicoanálisis y hablé del insomnio hasta quedarme sin hipótesis y sin la excusa de las drogas. Pasé a otro tema cuando había vuelto a dormir, pero me di cuenta después. Entre otras cosas, que duermo poco, y que vivir sin soñar, ese encadenamiento del pasado y del futuro anterior que es un teatro filosófico, es la válvula que abierta, permite que el vigilante que nos divide se escape y vuelva antes de las nueve, aunque uno crea que son las tres.

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