sábado, 15 de noviembre de 2008

Mario pelotero

Luis Alberto Figueroa Pagés (desde Venezuela, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El hombre se acercó al podio, tomó la palabra y se dirigió al auditorio.

-La perfección, como una cualidad natural de las cosas creadas por los poderes aun desconocidos, siempre es una interrogante en mis pensamientos. ¿Existe la perfección en mi hijo? Mi niño no esta capacitado para entender cosas que otros entienden. Mi niño no puede recordar hechos y figuras que otros recuerdan. Es un niño que ha tratado siempre de encontrar su verdadero objetivo de vivir, sin hallarlo.

La audiencia quedó atónita ante esta pregunta, formulada por alguien seguro de su propuesta.

-Yo creo -continuó- que cuando Dios permite que al mundo vengan niños así, la perfección radica en la forma de cómo los demás reaccionamos ante ellos.

Hizo un recorrido con su mirada hacia los presentes y buscó la profundidad que suponía, debían poseer todos. Entonces comenzó a contar:

-“Durante un paseo, ya tarde, en que los dos caminábamos por un parque donde un grupo de niños estaba jugando béisbol. Nos detuvimos bajo la sombra de un árbol, al lado de las gradas. Mi hijo preguntó:

-¿Crees que me dejarán jugar? Era una pregunta que me hacía siempre que le gustaba entrar al colectivo de los otros niños.

Yo sabía que no era un atleta y que los demás niños no lo querrían en el equipo, pero entendí que le llamara la atención participar en el juego porque él estaba seguro de ser como los demás.

Dos veces pensé la situación hasta decidirme a llamar al pelotero que parecía líder del grupo; le pregunté con delicadeza si Mario podía jugar con ellos. Él chicuelo miró a sus compañeros de equipo y al no obtener ninguna respuesta, tomó la decisión de un verdadero manager:

-Estamos perdiendo por seis carreras y el juego está en el octavo Inc.- se arregló la gorra, puso su mano izquierda en la cadera y continuó. No veo inconveniente creo que puede estar en nuestro equipo y trataremos de ponerlo al bate en el noveno ining.

-Aquella respuesta me dejó boquiabierto, absolutamente sorprendido, y Mario tuvo un gesto radiante que le transformó el rostro.

-Al menos lo ponen en una base, así dejará de jugar en corto tiempo, justo al final del octavo- les dije.

Pero los niños hicieron caso omiso de ello. El juego se estaba poniendo bueno, el equipo de Mario anotó de nuevo y ahora estaba con dos out y las bases llenas. El mejor jugador iba corriendo en posición anotadora, y Mario estaba preparado para batear.

“¿Dejaría el equipo que Mario fuera al bate, arriesgando la oportunidad de ganar el juego?”

Sorpresivamente, Mario estaba al bate. Todos pensaron que ese era el fin, pues ni siquiera sabía la manera de tomar aquel instrumento. De cualquier forma ya estaba parado en el plato y con disposición de hacer lo que tenia que hacer.

El pitcher se movió algunos pasos para lanzar la pelota suavemente, de forma que al menos pudiera hacer contacto con ella. Mario falló. Entonces, uno de sus compañeros de equipo se acercó y le ayudó a sostener el bate en una posición de fuerza.

El pitcher volvió a lanzar suave. Mario y su compañero le dieron a la pelota, que regresó inmediatamente a manos de ese pitcher. Éste podía tirar y sacarlo del juego. En vez de eso, lanzó la bola lo más lejos de primera base que pudo. Todos empezaron a gritar. ¡Mario, corre a primera, corre a primera! Él nunca había corrido a primera base, pero todos le indicaron hacia dónde debía hacerlo.

Mientras corría, un jugador del otro equipo ya tenía la bola en sus manos. Podía lanzarla, dejándolo afuera, pero entendió las intenciones del pitcher y lanzó bien alto, lejos de segunda base. Todos gritaron: -¡Corre a segunda, corre a segunda base!

Corrió y otros niños corrían a su lado y le daban ánimos a continuar, todos disfrutaban aquel espectáculo, con mucha picardía.

Cuando Mario tocó la segunda base, el del otro equipo paró de correr hacia él, le mostró la tercera base y le gritó: -¡Corre a tercera!

Conforme corría a tercera, los niños de los dos equipos iban corriendo junto a él, gritando a una sola voz: -¡Corre a home!

Mario corrió y paró justo en el plato de home, donde los dieciocho niños lo alzaron en hombros y lo hicieron sentir un héroe: había hecho la gran carrera de la vida, había ganado el juego con su equipo”.

-Aquel día- dijo el padre con los ojos inundados, esos niños demostraron con extraordinaria brillantez: ¡qué es la perfección humana!

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.