sábado, 8 de noviembre de 2008

Neruda y yo


Víctor J. Rodríguez Calderón

Neruda y yo nos conocimos
cuando nuestra poesía se dio las manos.
Cuando él era ya poeta y yo no tenia nombre.
Cuando supimos que éramos de tierra rica
y de hombre pobres.
Cuando dijimos al mundo con orgullo
somos latinoamericanos Caribeños. Y bajo esta tierra
anduvimos juntos unidos por la sangre
de sus metálicas mesetas.
Allí nos sentamos, horrorizándonos
de los rayos de nuestras miserias.
¡Que tristeza!, cuando vimos que en ese lugar
se habían sembrado los cadáveres
de todas las banderas juntas.
Allí Neruda supo que era poeta,
allí mismo yo conocí su poesía sagrada,
llena de pólvora libertaria, acumulada
de sentido de defensa con alma.
El me mostró las cicatrices
que tenía toda Latinoamérica, todo mi caribe.
Él me dio su semilla para que yo
también sembrara.
Me hablo de Bolívar, de cuando
lo conoció en el Cuartel de la Montaña.
De cuando le juró como Bolivariano
bajo el corazón del mundo, no descansar
hasta libertar y unificar a Latinoamérica
y el Caribe con todos sus hombres.
Me habló del huérfano sin patria,
de ese que iba con los pantalones
rotos encima de su desgracia.
Me mostró la tragedia de los que no se defienden,
de los que viven quietos en medio de todo un miedo
abriendo la puerta para que entre el tormento.
Así viajamos juntos remando sobre nuestra poesía,
recorriendo ríos, mares, selvas, atravesamos
cordilleras, pisamos la alfombra verde
con millones de años tendida sobre los llanos.
Anduvimos sobre la nieve que al sur
con el viento pega fuerte sobre la piel seca.

II

Neruda y yo nos conocimos mostrándonos de una patria
a otra el infinito hilo de la vida que tiene la poesía.
Yo vi como le cantó a la guerra pidiéndole toda su paz entera.
Yo vi exigiéndole al esclavista que diera la libertad al hombre.
Lo vi pelear contra las agallas de los imperios, iba regando
la sangre de sus letras por todas partes, para que con fuego la voz
del esclavo escupiera sus esperanzas. Y un día salimos los dos
de puerta en puerta, quisimos ir mirando, aprendiendo de todos
los hombres un poco y saltamos de guerra en guerra y nunca encontramos a los asesinos muertos. Quisimos volar hacia el sol
sin quemarnos los rostros, queríamos que todos nos vieran
para no perder el tiempo quietos sin hacer nada. Y con paciencia
nos desunimos para regresar y juntarnos otra vez, para decirles
a todos que continuábamos siendo los mismos encerrados en un mismísimo destino.

III

Un día fuimos allá a las entrañas del monstruo,
le reclamamos el daño que le hacia a nuestros pueblos,
pero era miserable, canalla, ruin y verdugo.
En su boca estaba el infierno, en sus manos tenia un ramo
desgreñado de flores que iluminaba su hambre, miseria y pobreza.
Quiso entregárnoslo, nos habló de sus sueños oscuros
y con voz de invasión nos advirtió:
Surcaré los caminos del centro y del sur, limpiaré toda la tierra
con la sangre de sus hijos, porque soy ahora el único amo y señor.
Nos llamó extranjeros, intrusos, enemigos de su madriguera nación.
Y no quiso oír nuestras palabras cuando se declaraba demócrata y libertador.

IV

Neruda y yo regresamos, pero antes fuimos a Moscú.
Y Neruda le dijo a todos: ¡NO PUEDE SER! ¿Y A ESTO LE CANTE YO?
Hombres, mujeres y niños vinieron y hablaron de la destrucción.
Regresó el trono, vino a hacernos harapientos, a desunirnos,
a dejar caer sobre nosotros su maldita putrificación. Así hablaron todos a coro de una sola voz. Y así Neruda Murió, quedé solo
y me hice obrero de su poesía y regresé a nacer, a levantarme
en mi patria, donde encontré que en sus desnudas tierras
se habían muerto sus libertadores y los sobrevivientes andaban
descalzos, sin más vida que la del sometimiento de esclavos modernos. Entonces entendí a Neruda, los dos peleábamos
por unas patrias muertas, arrodilladas, entregadas por completo a aquel monstruo.

V

Aquí en mi Latinoamérica un nuevo imperio se levanta, se llama Neoliberal, esclavista, trazado en su mayor parte por ese terrible monstruo con el que tenemos que acabar, ahora conquista con fuego sangriento y volviendo ceniza todo lo que a su paso se opone.
A los débiles y cobardes convence para que se hagan traidores,
quiere petróleo, agua selva y tierra y que nuestra sangre
sirva de abono para su fiesta y su grande historia.
Hasta los huesos de nuestros libertadores se los lleva
y por eso ahora te invocamos Simón Bolívar, porque vamos a salir de los escombros, de las ruinas, hacinados de sufrimientos, envueltos en cadenas llenas de sangre, para enfrentarnos y movilizar la nueva libertad sostenida por el rostro del tiempo.
Así yo me despido, sin memoria, ni tiempo, en silencio, entrecortado por la historia, buscando la humildad del combate que predica
la poesía, esa poesía que trepa los muros de esta amada Latinoamérica, la que está llena de realidad simple y cotidiana,
la que le ha impuesto al poeta sus deberes, la que nos da la palabra primigenia, inconmensurable y se dispara con absoluta libertad.

* Del poemario "Semillas de libertad"


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