sábado, 8 de noviembre de 2008

No me mires

Agustín Prieto

Las lanchas cruzan a las personas al otro lado de la bahía. El servicio, que a fines de 2001 funcionaba bastante mal, funciona ahora bastante bien gracias a la renovación de esas naves tan veteranas. Los motores nuevos marchan diez puntos, y la espera se redujo notablemente.

He llegado al embarcadero. Relamiéndome, retomo la lectura de Letras de emergencia. Bien, Benedetti. Página cuarentipico. Entonces, cuando voy por el segundo verso, sacándome de mi recogimiento, llega la policía y me dice que por favor me cambie a la otra línea porque estoy en la de los pasajeros con bicicleta y perdone la molestia y muchas gracias. Y hasta me ha llamado «compañero». Y aunque viste severo uniforme policial es mujer y es cubana. Y tiene una voz de copa llenándose de vino y una piel del color de las dunas cuando se ha puesto el sol y unos ojazos que me cuesta hacerme la idea de que ella es parte de la infraestructura coercitiva del destructible Estado-nación. Y me dan unas ganas de ir preso que me imagino entre rejas tatuándome la luna con birome, fotografiado con una estrella de mar por una estrella de mar, aprendiendo chino con un pionero, leyendo el Trabajadores de mañana, comiendo un Coppelia de huevo frito, acompañado por un ratoncito arqueólogo, escuchando El pibe de los astilleros en una radio de pila solar. Y la puerta está abierta pero ella me mira y no hay como esos ojos para inmovilizar a un hombre de bien. Y más tarde mi carcelera me abre la puerta abierta diciéndome que me puedo ir. Y mi crimen. Cuál. No sé. Entonces debe haber un error. No, yo, algo hice. No sé qué, pero algo hice, y tengo que seguir preso. No vio mi cara de sinvergüenza le digo y la represora me aferra de la camisa con esa voz y esa piel y esos ojos diciéndome que debo pagar mi infracción con un beso y protesto y reclamo un abogado porque abusa ella de los derechos humanos de un hombre de bien con esa voz y esa piel y esos ojos y saca un revólver celeste y dispara un son y llega la lancha y no voy preso ni Benedetti ni chino ni Trabajadores ni tatuaje ni Coppelia ni radio. Nada. Me voy a Regla soñando el crimen que no cometí. Y nunca hasta hoy, nunca, pero nunca, ni mamado, se me hubiese cruzado por la cabeza cómo sería besar a la policía.

* Premiado en 2006 en el "Premio Cuentos del Sur"


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