sábado, 1 de noviembre de 2008

Todos somos aldeanos


Edgar Borges

Ese ciudadano del mundo, hecho a imagen y semejanza del mercado de consumo, carece de fondo, de memoria y, por lo tanto, de vida propia. La globalización se hace contra lo local, pretende desmantelar la memoria propia para conformar una conducta reactiva y uniforme.

La globalización (que conocemos) ha venido desarrollando el modelo de un ser humano uniforme o, lo que es lo mismo, internacionalmente igual. Eso, aparentemente, no ofrece mayor problema. El inconveniente surge cuando revisamos los parámetros que rigen el diseño del ser global. Ese ciudadano del mundo, hecho a imagen y semejanza del mercado de consumo, carece de fondo, de memoria y por lo tanto de vida propia. En su diseño, según los intereses del momento, cabe desde la violencia hasta la pasividad.

La globalización, desde los criterios internacionales hasta los atropellos que en lo nacional (en muchos países) se hace contra lo local, pretende desmantelar la memoria propia para en su lugar conformar una conducta reactiva y uniforme. Por ello, cada vez más (y con ingenuo orgullo) observamos comportamientos muy similares en los individuos que habitan cualquier ciudad del mundo. Es como si de manera superficial estuviésemos enarbolando algunos códigos y respuestas más propias de un robot que de una persona. Un esquema musical repetitivo y único; un idioma (o pedazos) para todos; una sonrisa en común y, en fin, una supuesta universalidad vacía, definitivamente hueca.

He allí, ante esta interesada forma de vendernos la globalización, que bien vale la pena defender el concepto de aldea, con todo lo que eso representa cuando asumimos nuestra condición de aldeanos en lo local, en lo individual; aldeanos desde lo interno hacia lo externo; desde la convivencia. Y no se trata de un supuesto retroceso, ni de fomentar parcelas, sino de una reorientación del camino. Resulta que no existe nada más internacional que lo local; ocurre que en lugar de aceptar un modelo de ser humano (o un número) internacionalmente vacío, prefiero defender la existencia de un aldeano mundialmente abierto.

Pretender que todos nos uniformemos sólo beneficia a los grupos que lideran esta forma interesada de comprender la globalización; es como si de pronto nos estuvieran regalando el mismo traje a todos, sin tomar en cuenta las medidas de cada uno de los cuerpos (¡Todos a ponerse en forma para que les sirva el uniforme!) Imposible será que pretendamos construir relaciones sanas, entre individuos y sociedades, desconociendo la esencia del otro. Siempre he creído que en nombre de la igualdad se han cometido (y se siguen cometiendo) grandes atropellos. El parámetro de igualdad (ingenuo o engañoso) nos ofrece un gran riesgo para el entendimiento: salimos a la calle midiendo a los demás según nuestra balanza. Este valor es necesario para la justicia; gracias a la justa aplicación de la igualdad jurídica un estado puede garantizar la convivencia, pero nunca podrá medirse sensatamente la condición humana en base a la igualdad. No somos mejores ni inferiores a otro, pero tampoco somos iguales. El reto de una globalización justa es generar un entendimiento desde la comprensión de las diferencias, cada ser es único y diferente al otro. Y es en el respeto de ese valor (el de la diferencia) donde se sostiene la clave de la verdadera convivencia. Lo demás serán mentiras engañosas que una veces muestran los colmillos de la intolerancia y otras la sonrisa de la lástima.

En este tiempo de profundos retos necesitamos fortalecer nuestra condición de aldeanos; es urgente que cada región del mundo trabaje para revalorizar y retroalimentar su memoria. El otro modelo, el del ser hueco, ha hecho mella en la estima de muchas aldeas, así como en familias e individuos. Nos hicieron creer que mientras más uniformes fuésemos mayor sería el nivel de mundialización y comprensión, pero, como afortunadamente no somos de plástico y aún no hemos perdido (del todo) la memoria, tenemos la necesidad de ser auténticos. En el mundo, tanto en lo internacional como en lo nacional, hay espacio para todas las culturas, los idiomas (oficiales o no) y las aldeas. Considero que esta coexistencia sólo será posible a través del respeto y del cumplimiento de las leyes; imponer un formato exclusivo de mujer, de hombre o de pueblo, significaría la concreción de un fascismo global. Interesante sería que, luego de tanto progreso tecnológico, tuviésemos el coraje de aprender de todos los espacios naturales que hemos dejado atrás. Después de todo, dentro de cada uno de nosotros existe una aldea que debería estar abierta a comprender la aldea del otro.

Edgar Borges es venezolano reside actualmente en España.


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