sábado, 13 de diciembre de 2008

Así se eternizaron los amantes

Héctor Torres Toro (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Como dos niños jugaban a imaginar
Imaginaban el amanecer
El nuevo día, la nueva luz
El alba del tiempo.
Pero no el alba de todos los días, que caía sobre el rocío.

Imaginaban el alba de sus sueños, un alba con el alma al Rosado
Al rojo, al celeste y al azul, al blanco puro de la inocencia ancestral
Estaban bajo el influjo de un cielo sin nubes, frente a la inmensidad
Con un horizonte diáfano sin arrugas, sin cansancio.

Todo el mundo emergía en el espejo limpio de sus ojos inocentes
Afloraban mañanas con susurros de ríos, la brisa peinaba sus cabellos,
el suave fluir del viento, armonizaba el aletear de la hojas de la arboleda
Dulces melodías de flautas y violines cruzaban las paredes del silencio.

Cambiaban su soledad por horas plenas de dicha, olvidando quienes eran
En el cielo se extendían arcos multicolores, mientras sus manos gemelas
se trasmitían una sensación de dulzura infinita, reverdecían las praderas, los valles.
De la profundidad de la floresta, se elevaba el dulce canto de las aves
Todo era mágico, estaban hipnotizados por las horas más intensas del instante.

Nada parecería perturbar o cambiar el curso de aquel idilio
De aquella embriaguez inacabable, de aquella gloria tan mansas tan de ellos
Todo era así, tan así, tan inmensa, tan eterna que no recordaban el pasado
Estaban dulcemente estacionados encantados en la gloria total del reposo,
encantados del estar y ser una sola identidad en la magia del amor total.

Nadie los quiso distraer, y más tarde nadie los pudo despertar
y hoy están allí abrazados como una estatua eterna, latiendo a un solo corazón
respirando a dos pulmones, todo el flujo sanguíneo inflamándoles su sed
la sed de amarse hasta el fin de los tiempos, allí se quedaron los amantes
para siempre cautivos, presos en el más hondo de los recuerdos, en la sed
de amarse por la eternidad.

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