sábado, 13 de diciembre de 2008

Bolivia: El último constructor de balsas de totora del lago Titikaka


XINHUA

En las aguas Titikaka, a 3.900 metros sobre el nivel del mar, todavía hoy se puede ver a alguno de los antiguos yampus o balsas de totora (junco lacustre) navegando altivos, como desafiando el paso del tiempo, gracias al trabajo de una familia de aymaras que lucha por preservar el arte ancestral de su construcción.

A unos 70 km. al noroeste de La Paz, en la localidad boliviana de Huatajata, a orillas del Tikikaka, Paulino Esteban, de 78 años, el último constructor de las balsas utilizadas por los aymaras desde tiempos inmemoriales, transmite todos los días el antiguo oficio a su descendencia. Padre de tres mujeres y dos hombres, que le dieron ya 20 nietos, el maestro constructor recibió a Xinhua en su casa, donde mantiene también su taller, para conversar sobre su oficio y el recuerdo de sus antepasados.

"Comencé a aprender a los 12 años gracias a mi abuelo que me enseñó, porque mi padre ya había muerto en la guerra entre Paraguay y Bolivia", cuenta don Paulino.

"Yo era de la isla Soriki, donde todo el mundo trabajaba haciendo balsas, pero ahora solo hacen botes y lanchas de madera. Antes no había madera en la isla, era pura totora para hacer balsas", resalta. La técnica de construcción consiste en cortar los tallos de totora, secarlos al sol y atarlos luego en dos cuerpos curvados con sogas del mismo junco, aunque ahora se utilizan también cordeles sintéticos.

Las balsas tienen una vida útil de unos dos años, debido a que las totoras absorben una gran cantidad de agua y gradualmente entran en descomposición. Cuando el altiplano era el reino exclusivo de los aymaras, las balsas para pesca se construían de 5 metros de largo, con capacidad para 4 personas, y para llevar cargamento o pasajeros, de 7 metros de largo.

"Joven, yo conseguía terminar en una semana una balsa de 4 metros para pescar pescado", explica.

Don Paulino aprendió en las islas a reverenciar al Titikaka, el lago sagrado de los indígenas del altiplano, entregando en época de carnaval alcohol y comida a las aguas, para asegurarse que al navegar "no pase nada". A partir de 1970, cuando que su trabajo comenzó a ser conocido fuera de Bolivia, el artesano tuvo la oportunidad conocer el mundo pasando por Marruecos, Irak, Isla de Pascua, Egipto, Israel, el Líbano, Italia, Perú y la India, en grandes proyectos de aventura.

"Todo el mundo conoce mi nombre, mi cara. Me ha llevado un señor noruego, (el aventurero) Thor Heyerdahl, para construir una balsa para mar, pero yo nunca navegue. El mar no me gusta, porque (hay) muchas tormentas, muchas oleadas, no es como aquí", subraya.

La fortaleza de las balsas de totora quedó demostrada en grandes hazañas, como el viaje en 1970 de la Ra II, que en apenas 57 días de navegación cruzo el Atlántico partiendo de Marruecos hasta la isla Barbados, con 6 personas a bordo.

También gracias a don Paulino, la hipótesis de que los antiguos andinos podrían haber atravesado el Pacifico fue ratificada con el viaje de la Uru, que en 1988 partió de Lima/Callao (Perú), cruzando en tres meses el océano hasta las islas Marquesas y Tahití, llevando siete navegantes oriundos de España, Italia, Noruega, Egipto y México.

La mayor embarcación construida por los Esteban, la Mata Rangi I, de 30 metros de largo, 6 de ancho y 4 de altura, partió de Arica (Perú) en 1997 con el objetivo de alcanzar Marruecos, pero moluscos consumieron los hilos que amarran los cabos de totora, lo que acabo hundiendo a la balsa a mitad de camino.

Esas embarcaciones de gran tamaño fueron construidas en los puertos de partida de las expediciones, con totora llevada desde el lago Titikaka en conteineres, ya que experiencias con materiales similares de otras latitudes no dieron buenos resultados.

El prestigio de Paulino Esteban y su familia en el exterior, sin embargo, no fue reconocido en Bolivia hasta la llegada al poder del presidente Evo Morales, el primer presidente indígena de la historia del país. "Los anteriores, como (Gonzalo) Sánchez de Lozada y los otros, no entendían. El gobierno de Evo si entiende, me ha llamado al Palacio. Pero le tengo que llevar una balsa para regalarle. Recién me ha llamado, lo voy a ir a ver para el año nuevo", dice.

El viejo artesano pasa sus días construyendo pequeñas balsas decorativas para vender a los turistas, a la espera de grandes proyectos que tardan en confirmarse, con la esperanza de que su arte sobreviva a través de sus hijos y nietos, últimos representantes de una saga milenaria.

"Ahora los jóvenes no quieren aprender, quieren estudiar para ser ingeniero, agrónomo, profesor. Nadie quiere hacer las cosas con sus propias manos", se lamenta don Paulino.

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