sábado, 13 de diciembre de 2008

Ninguneando

Miguel Longarini (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace tiempo sobrevivo el ninguneo pueblerino
que desata su furia como espada
desde quienes delimitan su zona,
cual perro y su meada.

Nada que se parezca a humildad -se aprecia-
en la gris mirada de quienes ningunean la nada.

Son tiempos dónde los imbéciles deciden;
Son tiempos dónde brilla la perla de utilería…
y el infeliz anda con su chapa indeleble
arrastrando su pesada carga día tras día.

El ninguneador se con-forma con ver su nariz,
adorar al mandamás de turno, re-visar sus deberes;
Acompañar la marcha de la decadencia desafinando.
Es un duro oficio el de andar ninguneando;
Porque a veces,
el menos-preciado no obedece;
Resiste el azote, sigue en la porfía de escribir,
de gritar, de soñar con la esperanza.
Y ahí se pudre todo ninguneramente;
El poeta enciende el verbo;
se desboca la palabra que sale como fuego.
Y quema, arde; Acuchilla sin mirar,
revuelve las mismísimas tripas del idiota,
que temeroso y ruin se justifica.

No se crean que es fácil andar armado con palabras;
Sincerarse en las andadas, lucir poemas como balas.
El ningunero… hurgador de ombligos,
separa la mugre que tira al viento
y se queda ahí con su mano tendida,
su sangre de pato; Su vista fija en la nariz
esperando una limosna a su entrega .
Nada sabe del alma del pueblo,
de la mía y la de ustedes.
Es simplemente… un prestado en esta vida.

Este poema está dedicado a todos los que ostentan el oficio de ninguneador (profesional o de servil nomás). Con él -el poema- pueden hacer lo que consideren necesario, hasta compartirlo o destruirlo.

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