sábado, 13 de septiembre de 2008

Renata

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS.info)

Caminaban juntos por el mercado de Zaragoza. Habían ido a esa ciudad simulando un viaje de trabajo, un seminario de actualización específicamente. Esteban no tenía a quien darle explicaciones; hacía más de un año que estaba divorciado, y vivía ahora intensamente su nueva soltería. Para ella –Renata, también médica, 35 años, hermosa valenciana, casada, dos hijos– la travesura en marcha tenía un valor especial: era la primera vez que se permitía una relación por fuera de su matrimonio.

Se conocían desde unos años atrás; compartían la coordinación del quirófano del Hospital Santiago Almendáriz, en Barcelona. Era raro una mujer cirujana, pero Renata –la Dra. Renata Narváez Cerdá de Gómez oficialmente– estaba a la altura de las circunstancias. Y más. En realidad era ella, aunque se cuidaban de no evidenciarlo muy abiertamente, quien tenía la última palabra en las decisiones importantes. Esteban la admiraba.

–¡Mi billetera, me robaron mi billetera!–, gritó Renata con angustia. Mientras revisaba su cartera con desesperación, se daba cuenta que no estaba la billetera. El encontronazo con la mujer –presunta ladrona– había sido accidental, casi con suavidad, pero suficiente para que una carterista profesional pudiera actuar. De todos modos, la suerte estaba con Renata esa mañana. Esteban, siguiendo un impulso automático, se abalanzó ante la desconocida con dientes apretados y cara de pocos amigos. Inmediatamente la billetera apareció caída junto a una canasta, seguramente dejada por la sospechosa para evitarse problemas.

–¡Por Dios! Mira si perdía la billetera con todos los documentos .... ¡y la tarjeta de crédito internacional! Mi esposo me mata–, fue la primera reacción de Renata. 

Varias veces le había dicho a Esteban que se lamentaba de haberlo conocido ya casada; de no haber sido así, aseguraba, él hubiera sido el amor de su vida. Pero católica fiel a su esposo, mujer con toda una imagen y reputación ganadas, haber llegado a permitirse un amante le había costado horrores. Ir más allá no entraba en sus cálculos. 

–¿Sabes una cosa, amor? Desde hace unos días tenía la intuición que algo grave iba a sucederme. Seguramente castigo por esto que estoy haciendo, que sé que está mal, que no debería hacerlo, pero que al mismo tiempo no puedo evitar. Y ahí está: casi me roban. ¡Qué horrible!–.

–¿Y tú crees que te mereces un castigo por amar?–, preguntó Esteban.

–Por amar fuera de mi matrimonio. No sé si me lo merezco, pero las cosas prohibidas por algo son prohibidas. Y te aseguro que las intuiciones no me fallan. Hacía unos días que venía sintiendo que algo iba a pasarme–, razonaba Renata.

–En realidad no te sucedió nada, más que un susto–.

–¿Te parece poco? Mira si efectivamente me desaparecían todos los documentos ¿qué le iba a decir a Manuel, mi esposo? ¿Cómo le explico que estaba en el mercado, comprando artesanías, de la mano de mi amante, cuando se suponía que estaba en un seminario internacional?–, dijo Renata con un toque de exaltación en la voz.

–Creo que exageras–.

–¿Que exagero?¿Cómo que exagero? ¿No te parece que sería catastrófico que mi marido lo supiera?–. Las últimas palabras le salían entrecortas, visiblemente nerviosa. 

Esteban trató de ser cordial, amistoso, de usar un tono acaramelado para hablarle. Sabía, sin embargo, que lo que estaba diciendo no podía resultar agradable a su interlocutora:

–Pues.... escucha Renata: no te ofendas, pero creo que exageras porque ¿qué tiene si se entera tu esposo? Al fin y al cabo: ¿no sería mejor que le digas que tienes un amante? Si están mal, si no lo soportas, ¿por qué continuar con esa farsa?–

Renata estaba tentada de responder, pero inmediatamente se dio cuenta que si lo hacía, iba a estallar. Estaba indignada; pero no con Esteban. Estaba indignada con ella misma, con la situación, con su vida. 

Con su pareja –fervoroso católico, igual que ella– mantenía una relación puramente formal. Habían tenido sus dos hijos, como Dios manda, y él había optado por hacerse la vasectomía. Ocasionalmente tenían sexo ahora. Claro que, dicho sea de paso, no faltaban un solo domingo a misa de once, en la catedral mayor, muchas veces con los niños. 

Con Esteban durante un buen tiempo ni siquiera se tutearon. Eso comenzó después de la separación de él, un año atrás. Luego vino el acercamiento, tímido, lento. Relaciones sexuales habían tenido solo una, mal y a las escapadas, en Barcelona, ella cargada de culpa, él sin haberse enterado casi. Ahora ese era el motivo fundamental del viaje: tres días fuera de la ciudad, de las miradas comprometedoras, de gente conocida; tres días totalmente para ellos, en un pintoresco hotelito de Zaragoza. –Como se fuera una luna de miel– se decían. 

Nunca supieron cómo se dio, si se habían cuidado tan especialmente. Un embarazo no estaba dentro de sus planes, por lo que se desesperaron al recibir la noticia. 

–¡No es posible, no es posible! –.

Ninguno de los dos salía de su asombro. Para Esteban era terrible, porque de ninguna manera quería hacerse cargo de un nuevo niño – ya tenía dos, ahora viviendo con su madre, a los que veía casi todos los fines de semana. Pero para Renata tenía valor de fin del mundo. Católica a morir, no podía siquiera pensar en la vergüenza de tener que reconocer una relación extramarital. Por otro lado, el aborto era algo que jamás hubiera ni remotamente considerado posible. Lloró desconsoladamente cuando lo supo. 

***

Empezaron a verse casi a diario. Hablar con Esteban a Renata le producía una sensación de tranquilidad, de paz interior. En realidad, el primero de los dos en pensar en la idea de abortar fue ella. 

Lo pensó, lo cual no significó que le pareciera bien, que estuviera de acuerdo. Para ayudarse en todo lo que se le venía, comenzó a asistir a psicoanálisis. 

Con su esposo las cosas no variaron sustancialmente. Desde luego no le comentó una palabra de la actual situación, pero en lo cotidiano comenzó a experimentar una tensión nueva. Nunca sintió deseos de contárselo, pero a veces se le hacía insoportable compartir todo y dejar fuera este secreto. Le parecía traicionar a Manuel, cosa que no quería hacer. Un día, incluso, saliendo de una sesión de psicoterapia, había tomado la decisión de decírselo. Salió del consultorio de su psicóloga ya de noche. Como no estaba lejos de su casa, había ido sin automóvil, por lo que decidió regresar caminando. Profundamente angustiada, meditaba en qué forma comenzaría a presentarle las cosas a su marido. Pero no llegó a su domicilio. Se detuvo en el bar que estaba unos metros antes de su edificio. Jamás bebía alcohol, sin embargo esta vez ni tiempo tuvo de pensarlo. 

Luego de tres copas de cognac tomó la decisión. Abortaría.

Lo primero que hizo una vez pensado esto fue telefonear a Esteban. Lo llamó desesperadamente, rogándole que fuera a encontrarla en ese mismo instante. 

Por la voz de alcoholizada que descubrió Esteban en su amante, por lo desesperada que la escuchó, y por lo avanzado de la noche, optó por recomendarle que fuera para su casa, a escasos metros de donde le proponía se encontraran. Renata no insistió; e inclusive le pareció el mejor consejo en el momento. 

Le costó bastante manejar la situación delante de Manuel. Médico experimentado, con perspicacia clínica, inmediatamente captó su estado deplorable. Luego de una horrible discusión, amarga, donde ambos se reprocharon las peores lacras uno del otro, Renata dejó la casa con un portazo.

Tres día más tarde, cuando regresó, ya había abortado.

El reencuentro con Manuel fue menos malo de lo que había pensado. No hubo reproches de parte de él; esperó a que ella tomara la palabra. La excusa que Renata presentó fue cualquier banalidad preparada torpemente un rato antes. Nunca en el resto de su vida tocó el tema del aborto con él. Ni tampoco con Esteban, a quien casi no volvió a hablar. Al poco tiempo él dejó el hospital, y también la ciudad. 

Hoy es directora de una organización privada dedicada a Salud Reproductiva, en apoyo al Ministerio de Salud. Su hija mayor, de 17 años, acaba de abortar .... sin que su madre lo sepa. 

***

Como reacción casi espontánea, tomó distancia de Esteban. Aunque él la buscó insistentemente muchas veces, Renata nunca quiso retomar la relación. 

En un primer momento acudió a su hermano mayor, a quien veneraba. "Último baluarte honroso del franquismo", como solía definirse, este conservador abogado de casi 15 años más de edad, le recomendó rezar mucho y buscar rehacer su matrimonio con Manuel. 

No fue fácil. En un primer momento Manuel se sintió profundamente herido, a punto que por un par de días no le dirigió la palabra. Renata debió empeñarse al máximo para lograr su perdón. 

A él no le importaba tanto la relación extramatrimonial sostenida por su esposa, sino fundamentalmente el embarazo. Abortar era algo descartado desde el primer momento, por principios religiosos. ¿Cómo afrontar el dilema entonces?

Ambos empezaron a hacer memoria de a cuánta gente se les había informado sobre la vasectomía. En realidad no habían sido tantos; y en general toda gente cercana. Al fin y al cabo: no muchos. 

Por otro lado, "siempre quedaba espacio para un error quirúrgico ¿verdad?" (casi no había médicos entre aquellos a quienes se le había contado de la operación. Eran fundamentalmente familiares con otras profesiones, todos fervientes católicos). 

Y si no, finalmente: "¡milagro¡, !milagro!" 

Lo hablaron largamente entre ambos; también lo consultaron con un asesor espiritual de la iglesia. El padre Aldo aconsejó muy prudentemente que era una acertadísima decisión no destruir un matrimonio, no cegar una vida, y alabó al buen Manuel por saber perdonar a una arrepentida oveja descarriada. Con ojos inflamados de llanto, la reencontrada pareja decidió llevar adelante el embarazo. 

Manuelita Gómez Narváez tiene hoy 8 años, y no sabe nada de su historia secreta. Ahora, sus padres están contemplando la posibilidad de adoptar un cuarto niño. 

***

Esteban, súbitamente, empezó a sentir que la relación era algo más, infinitamente mucho más que una aventura pasajera. Desde su separación, el año anterior, había perdido la cuenta de cuántas aventuras llevaba. Muchas, muchísimas: era una forma de aturdirse, de pasar el mal momento. Pero con Renata era distinto. 

Si bien tenían historias de vida diversas (ella católica, jamás una relación fuera de su matrimonio; él ateo, histórico militante comunista, mujeriego empedernido) había algo humano que los unía profundamente. Ambos eran hondamente respetuosos uno del otro. Esteban, en verdad – aunque quizá no lo dijera abiertamente en público – la admiraba. La admiraba fascinado, por su solvencia profesional, por su honestidad para tratar a la gente. Ella había sido, porque así le nacía, la primera – y única – médica de todo el hospital que se había atrevido a denunciar negociados sucios entre el administrador y el sindicato, pues su ética espontánea se lo dictaba. Esto, para Esteban, era más importante que su pretendida religiosidad. Más de una vez le había dicho que, en el fondo, sentía que su cristianismo era sólo cáscara; que una mujer con esa integridad moral no podía creer seriamente esas cosas. Renata reía.

Y para ella también había mucho que admirar en Esteban. Pero quizá lo más importante era la tranquilidad que transmitía. Al lado del infierno de su matrimonio – que se mantenía por razones puramente formales – su cercanía le daba vida. 

El escenario abierto ahora con el embarazo no era cosa fácil de resolver. Luego de mucho hablarlo, de infinitas y tortuosas elucubraciones, Renata decidió obedecer lo que su corazón le indicaba: se separó de Manuel. 

Ahora vive con Esteban, y a Manuel lo ve, a veces, los domingos, cuando va a buscar a sus hijos, luego de la visita semanal al padre fijada por el juez. En el fondo no dejó de ser creyente, pero se cuestiona cada vez más toda su historia de católica. A José Esteban, que ya anda por los ocho años, ni siquiera lo bautizaron. 

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¿Prohibir el libro?

Pedro Antonio Curto

Más allá de algunos fenómenos de superventas, más sociológicos y mediáticos que literarios, todos los informes indican que el libro parece estar en retroceso. En una sociedad donde domina lo hedonista, donde las nuevas generaciones casi nacen con el ordenador y la Play Station bajo el brazo, el esfuerzo que puede suponer la lectura parece una batalla perdida.

Si uno puede ver una película en su teléfono móvil (que además será de consumo fácil), para qué dedicarse a abrir unas tapas y esforzarse en descifrar lo que nos dicen un montón de letras juntas. Hay que forzar la vista y sobre todo la imaginación, hacerse preguntas, adentrarse en laberintos, profundizar, plantearse cosas... con lo cómodo que es el ofrecimiento de dártelo todo resuelto con sólo pulsar unos botones. Además, ahora viene la famosa crisis, con lo que, si la compra de libros era escasa, se reducirá aún más porque no es un elemento necesario.

De poco sirven las campañas, que nos metan por la televisión lo útil que es leer, que los famosos de turno aconsejen la lectura o que algunos voluntariosos profesionales de la enseñanza se empeñen en que sus alumnos abandonen por un momento los videojuegos para inmiscuirse en la lectura. Cuando hasta algo tan sugestivo como las palabras e historias de Cortázar les parecen aburridas, poca alternativa parece haber. 

¿No habremos sacralizado el libro, convirtiéndolo en una especie en extinción con todas las protecciones oficiales? Quizás sea necesario lo contrario, que el libro se convierta en un elemento peligroso, un subvertidor que propicie el desorden en vez del orden, que pertenezca a lo peligroso en vez de a lo recomendable por todas las instituciones y gentes de bien.

Si tenemos en cuenta prohibiciones históricas, como la 'ley seca' americana, que no consiguió acabar con el consumo de alcohol, que somos uno de los primeros países consumidores de cocaína, que las drogas 'prohibidas' nunca han desaparecido por la represión e incluso en muchos casos han generado una cultura popular a favor de su consumo, quizás habría que plantearse prohibir el libro.

Cuando hoy el avance tecnológico va a producir potentes ordenadores en un tamaño mínimo y los teléfonos móviles son un todoterreno, la utilidad práctica del libro impreso, tal y como lo parió la imprenta de Gutenberg, parece cada vez menos necesario. Hoy bastaría con reducirlo a una utilidad oficial y, eso sí, exponerlo en algún museo, como cuestión de un pasado bárbaro, pues, al fin y al cabo, muchos libros han servido para la violencia y la guerra.

De esta forma, estaríamos ante algo ilegal y peligroso, cuestión que todos sabemos tiene su atracción. Porque, ¿quién en su infancia no ha tenido la tentativa (o la ha llevado a cabo) de hacer lo que la autoridad paterna o escolar decía precisamente que no se debía hacer?

Ante esto, siempre habrá quien tenga la romántica necesidad de leer en papel, de palpar con el tacto su rugor, su aroma, esa dependencia que supone encontrarse con unas letras llenas de historias, emociones... Existiría así esa inmensa minoría que seguiría utilizando el libro clandestinamente, como hoy hacen los que lían un 'porro' bajo la mesa, con la mirada avizor por el temor a ser descubierto.

Se crearía una sigilosa comunión de personas que comparten un placer prohibido, que buscarían por las ciudades locales clandestinos donde se vendiesen libros, creándose así una especie de secreta religión. 

¿Alguien se imagina un delito más atrayente que ser traficante de libros y que cuando hubiese una redada los pillados saliesen con las muñecas esposadas y en alto, con el elemento del delito entre sus manos? Incluso los más valientes gritarían: «¡Viva el libro!».

Y, por supuesto, con la prohibición empezaría un clamor, quizás silencioso al principio, más tumultuoso después, que pidiera la libertad del libro. Camisetas, pegatinas, chapas... y hasta manifestaciones solicitando el fin de la prohibición. Y que algún grupo musical llevase en alguna canción una combativa letra anti-prohibicionista, de forma que en conciertos y bares de copas, cuando sonase esa música, todos botasen al ritmo de: «¿Li-li-bro, lega-lega-lización!».

Es, sin duda, una fantasía, pero, si el libro quiere vivir (y su esencia más que su forma), debe recuperar una energía, una fuerza trasgresora que a lo mejor no le dan ni la mercadotecnia, ni casposas campañas oficiales.

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Tatuajes de Luz: Beligerancia de las imágenes… a flor de piel

Fernando Buen Abad Domínguez

Existe un diálogo vibrante (y ondulante) entre la luz y los cuerpos capaz de liberar al pensamiento de cierta oscuridad que enceguece a la humanidad con trampas alienantes. Es un diálogo incesante y concreto en celebración de arco iris que se moja en la intemperie vertiginosa del movimiento universal. Es un diálogo histórico que vivimos a flor de piel.

Entre la luz y el cuerpo humano existen, incluso, debates y conflictos. Uno no pude caer en el pecado del simplismo ni debe, por supuesto, ser poco serio con las pasiones luminosas… a luz de la razón. Esos diálogos entre la luz y los cuerpos esculpen parte de lo que uno es, el ser mismo, en la dialéctica de la materia hecha carne y hueso. Nada más y nada menos, esos diálogos esculpen parte de los cuerpos todos y los lanzan al pensamiento para que completemos, a fuerza de luchas y tensiones, la construcción dialéctica del sentido. A todas luces.

Esos diálogos entre el cuerpo humano y la luz suscitan tensiones y revelaciones mediadoras de lo que se ve y lo que se piensa traducidas en mapas epidérmicos que son siempre territorios movedizos tatuados con luz en movimiento. Arrugas, pliegues, cicatrices… son visibles porque toman la luz, porque la reflejan y la poseen, cada cual a su modo histórico, de afuera a adentro de adentro a afuera. Se hace visible también todo por los quiebres y reflejos de la luz… por esa cierta fotosíntesis de la vida que da cuentas claras sobre algo que uno interpreta siempre en la ruleta de mil factores. Los cuerpos tramitan con la luz una cartografía particular para revelar, develar, quitar oscuridades y esculpir con luz las sustancias del significado. No hay sentido sin materia. 

Las cartografías que se aferran a las pieles tienen bases concretas. Hay reflejos luminiscentes que cosquillean la historia humana, envuelta en la historia de la materia, para hacer visible una totalidad que no cesa de moverse ni en la piel ni en el universo. Y la luz juega un papel preponderante que es seductor y es hipnótico, que es inconmensurable y que es magnético. Es irreducible, patrimonio humano no negociable. Luz y cuerpos sostienen diálogos amorosos, inéditos siempre, sobre el mapa cartográfico de la vida.

El diálogo entre la luz y los cuerpos humanos tiene bases físicas que evocan la dialéctica del universo reproducida entre reflejos que hacen visible la vida misma como explosión luminosa tatuada en la epidermis. La luz y el cuerpo se regalan códices impresos sobre veladuras de piel que son como mapas con raíces de símbolos personales, culturales, históricos y sociales cuyas fronteras únicas son los límites de la razón y los límites de los sueños. Mapas abecedarios de un lenguaje luminoso plagado de tentaciones táctiles.

La piel ofrece sus mapas azarosos a una lectura embriagante de biografías escritas con luz jeroglífica de sol a sol. Es que hay en ese diálogo, entre la luz y los cuerpos, drama y espíritu, conciencia y corazón en consonancias de acción y expansión porque poseen una semántica de emociones y formas cuya dramaturgia simbólica arroja claves para la filosofía, la ciencia…la conciencia material y concreta que pega saltos cualitativos, ayudada también por la luz cartógrafa. Algo vuelve a nacer en cada lectura nueva que logramos descifrar sobre las pieles que ofrecen su mundo de apariciones y conclusiones que no consisten en saber de qué está hecha el alma sino la lucha humana.

La luz esculpe en el cuerpo humano el estado de sus luchas por que es su símbolo mayor, su arcano favorito. Predomina el relato de todas las luchas de la materia, la carne, el cuerpo, las ideas, las clases sociales en la piel… signa gráficamente el propio movimiento de la humanidad en su ascenso para pertenecerse a sí misma. 

Hágase la luz

Hacer la luz es, también, apresurar la tensión y la distinción de objetos distintos y contradictorios en el pensamiento. Más aun, hacer la luz, bajo los caprichos formales que seamos capaces de pergeñar, es radicalizar una lucha para ponerle voz, guías, mapas… a todo lenguaje, a toda necesidad por nombrar al imaginario que lucha por expresarse por sí o por otros —signo— en el cuerpo, en la carne, en las almas colectivas. Es poner al alcance de la vista la piel histórica que ostenta marcas de un trajinar humano cuya naturaleza nos enseña otra cara del cuerpo donde la caligrafía del tiempo sobre la piel es augural y conlleva en sus textos la crónica de la lucha humana, desigual y combinada.

Como la mayor parte de la luz no depende de los seres humanos, como la materia lumínica omnipresente y duradera baña todo con su lluvia, aprendimos a imitarla con balbuceos de soles enanos al asedio de oscuridades que son parte de nuestros límites actuales. Sabemos que un día la luz ayudará a sublevar la historia porque sus clarividencias no parecen tener descanso. La luz nos arrastrará con sus caudales al océano de las rebeldías mejores que desembocan en el ascenso humano. Ya vimos lo que promete el nacimiento de la fotografía y el cine. 

Es que la luz y los cuerpos encuentran sus ritmos en cualquier coartada. La luz le da a los cuerpos un punto de visión que se ofrece a los seres humanos como movimiento que insufla sus maravillas al relato del mundo sedimentado en las imágenes. Para particularizar su luz los cuerpos se las ingenian con alianzas formales cuya visibilidad adquiere diversidades extraordinarias, de afuera o de adentro, porque hay siempre una lucha de la luz que se hace lenguaje en nuestras manos. Lucha a veces cruenta.

La luz acelera las intemperies del cuerpo, individual social, bajo los abanicos de los pliegues epidérmicos. Hay luz que se comporta como vegetal sobre la constelación de los poros. Luz cantante de silabas lluviosas que chocan sobre los cuerpos para romper su oleaje de claroscuros contra la mar epidérmica. Cierta parte de la luz pesa como lápida náufraga sobre los ojos traductores de formas. De ella se sabe que emana influjos que han hipnotizado muchos cuerpos. Lo saben las estrellas. 

Y es que la luz con su movimiento erótico se pasea sobre el tiempo. Es la misma luz cósmica y epitelial que lleva en el corazón también planetas difuntos, sentidos propios, eternidad de movimiento. Es la luz cóncava y convexa que en manos de la humanidad trata de romper todas las cadenas sintácticas para relatar anecdotarios de piel bajo esa neblina analfabeta que se arrincona en ciertos párpados. 

La luz no se resigna, una y otra vez se adueña de los cuerpos y los re-escribe bajo sus leyes. Rebela y rompe en movimiento nuevo la unidad más simple e indivisible del conjunto de los cuerpos donde reposa en activo. La luz es capaz de refractar las unidades significativas más ajenas a sí aunque no siempre de manera rigurosa y unívoca, con todos sus átomos, al servicio, incluso, de los idiomas más primitivos. Como el del tacto, el oído, el gusto…

La luz al posarse sobre éste o aquél cuerpo, tocarlo y hacerlo visible, es una totalidad de unidades compactas e inseparables, constituye dirección y ritmo. Su baño sobre las cosas confiere una especie de vida peculiar al mundo objetivo, también animado con luz, por la luz del universo, en flujo y reflujo, unión y separación descargadas sobre un conjunto de seres vivos movidos por fuerzas semejantes a la luz que baña astros y planetas. Una danza febril que electriza todo. Entonces la luz nos ofrece una degustación universal de colores y matices en lucha convulsa contra el vacío o la nada. La luz nos hace rebeldes y su poder se manifiesta en el magnetismo de nuestras fuerzas creadoras en multiplicidad de actos vitales. La luz es por eso uno de nuestros más queridos símbolos de lucha y revolución.

El lenguaje de la luz sobre la piel el es un himno de vida que preña de significados niveles emocionales muy variados. Sea luz natural o luz humana. La unión entre luz y cuerpo comprende la manifestación de una realidad ruidosa como el lenguaje, condicionada por el carácter histórico de su existencia, lleva consigo una revolución del cuerpo, tensión del espíritu, la razón de lo indecible.

La luz transformada en el cuerpo es, ante nuestros ojos históricos, lenguaje con cambios sintácticos de tensión y naturaleza a manera de una geografía encarnada. La luz inseparable de la realidad se hace, en nuestras manos, también, escritura dialéctica de sombras. He aquí la humanidad haciendo de las suyas. Estira el mundo y lo vuelve todo piel entre sobresaltos milenarios. 

No hay luz que nos alcance para saciar nuestra sed de colores y formas, el hambre de contornos y texturas, el apetito de honduras y cumbres. La voz del mundo es una voz luminosa y exultante ideada por nosotros para contarnos una leyenda plena de luchas que nos ha dejado avivada la voluntad de seguir explorando formas y ritmos para nuestra liberación definitiva. Lo tenemos anotado, bien clarito, en la demografía de seis mil millones de papiros vivos que se envuelven con el frenesí luminoso de sus cuerpos prismáticos respectivos. 

Humor vítreo

Ese diálogo entre la luz y los cuerpos tiene su chiste. La luz y el ojo humano tienen cierto sentido del humor habitado por una tensión de vértigos y claridad. Los ojos no se dan baños de pureza en las fuentes de la perplejidad. La luz tiene un acento casi imperceptiblemente y augural especie de murmullo del tiempo en los relojes de arena. ¿Hay alguien que no lo haya escuchado?

La luz a veces tiene diálogos iracundos contra los cuerpos, se llena de tempestades que representan vínculos viejos con el corazón. Es un diálogo costoso y produce en los cuerpos una transfiguración de farol extenuado con ansias de muerte que la luz creía surgida de las formas y que, a la larga, adquiere tono heroico en los juegos de reflejos que pueden sentirse como vértigos a punto de sublevarse contra la razón. En un abrir y cerrar de ojos.

Hay una claridad histórica objetiva que nos refleja y abisma bajo ese fuego solar que baña a los cuerpos sin clemencia. La luz parida por el sol también calcina la materia lentamente con sus lenguas incendiarias mientras la humanidad interroga al universo, perpleja y atónita. No queda otra alternativa. La visión no metafísica del cosmos despierta fuerzas que la humanidad cultiva, por medio marcas sobre la piel, con mapas a intervalos iguales revelados en tiempo real entre golpes de suerte y lucha por el ascenso de los pueblos. 

La luz y el ojo gozan el incendio, material y concreto, del vacío que el sol pirómano inunda impulsado por el movimiento que lo hace visible, irremediablemente, gracias su luz y la nuestra. La medida no es tiempo sino la luz que nos transporta para presentarnos vestidos de temporalidad superior a nosotros. Y tratamos de imitar semejante portento no sin errores ridículos y no sin aciertos. La luz y el ojo toman del universo los bocadillos de tiempo inmersos en todo porque son esa parte que nos espeja. La luz y el ojo realizan operaciones de un modo paradójico. En la luz anida un ir hacia fuera de nosotros, en el ojo hay un ir hacia adentro. Cuando la luz se desnuda ante nuestros ojos y desnuda al universo lo que pasa en el ojo es nuestra vida propia. Eso es extraordinario. Llevamos las pruebas tatuadas en la piel.

Es un humor que es imposible disociar de ciertas fuerzas de visión del mundo. Las formas en todas las expresiones adeudan a la luz un sentido e imagen de lo universal cuya temporalidad concreta, hecha de contornos específicos, contiene a la vida rodeada de signos donde se aferra la representación toda. Ese es el chiste.

Ese diálogo entre la luz y todos los cuerpos encontró sus propias fuentes de doble sentido herméticos para la poesía al alba de las sombras cuyas claves se hayan escrito en la carne de la humanidad y esa es su claridad. Una y mil veces. 

La carne tatúa sobre sí la claridad de la vida. Es una voluntad de luz para alumbrar tinieblas que suben de tono cada tanto. Tales tinieblas están presentes en la geografía experimentada de los cuerpos embrujados por un río de luz telaraña que corre deslindado por la historia y por el universo. Ese es su chiste. Ese diálogo entre la luz y los cuerpos esclarece mitos amortajados bajo la piel con una claridad nueva incoercible porque es insurrecta necesariamente, en los pliegues de la conciencia, del cuerpo, de las luchas humanas empapadas de luz en todos sus sentidos. Es que la luz, llegada de la historia, está soldada a la naturaleza por las exigencias materiales de la conciencia que ha sabido incluso de lágrimas y miserias.

Al morir, morirnos cada cual, la luz nos ocupará la ausencia como una laguna. Será siempre lluvia fresca. Un mazo de luz culminará los dibujos del inconsistente colectivo sobre todos los rincones del tiempo adherido a la piel. Y moriremos del todo y de seguro con los cuerpos en la parte más húmeda de los ojos -el útero- del sentido. Las formas ascenderán de su estado jeroglífico para volverse claves en los pliegues del espíritu. Nuestros cuerpos, tarde o temprano, como poemas rituales de ciertos símbolos ambulantes prescindirán como homúnculos astrales de la vida real y concreta… y de la luz. Y eso se notará a leguas. Pero es a través de ese diálogo, nada sombrío, sostenido en todos los tiempos que la vida cuelga su farol de tiempo presente y se subleva contra la mediocridad. Ese diálogo de los cuerpos con la luz, a través de los días y las noches, da sentido a la muerte que transpira luz en la historia donde se alimenta nuestra vida. Como Tezcatlipoca.

El diálogo tiene su gracia porque se desarrolla entre idiomas de letras tan leves que fortalecen los espejos inconclusos del pasado, del presente y del futuro. Chiste idóneo para el vientre de la córnea.

No sólo es la luz quien muestra su humor, también los cuerpos saben hacer lo propio. Las miradas hinchan un perfume de figuras sobre corazón del mundo físico. Lo cual quiere decir que los ojos contribuyen a explicar esa corriente anímica interna anidada en la inervación magnética de la luz que es idéntica a la del corazón. La luz ha estado ahí siempre en movimiento. En un parpadeo lo sabremos.

Dialéctica de la materia lumínica 

Esto no se queda así. La luz no es una “idea” ajena a la piel, la luz es una condición vital que sopla sus efluvios en las cosas concretas que anclan la realidad misma en nuestra experiencia. Por eso hacemos nuestra toda luz, le inyectamos significados históricos y nos la ponemos sobre la piel tatuada con todas las conquistas históricas que relatan lo que hemos sido, lo que somos y lo que seremos. Por su parte los cuerpos hablan con la semántica de la historia que efectúa en el cerebro sus acrobacias más logradas ayudadas por las máquinas más insólitas y maravillosas, de la ciencia y la conciencia. Mientras tanto hay miles de figuras cartografiadas sobre la piel como reflejos derramados en el fragor general del universo.

Hoy contamos con desarrollo filosófico-científico, sistemático y provisional donde la luz refleja con toda plenitud su importancia y fuerza. La humanidad empuñó la luz para quebrar el poderío de la penumbra y estableció formas luminosas, en el sentido propio de la expresión, para que echáramos raíces cada vez más profundas sobre el conocimiento paulatino del universo. Conocer la luz es una revolución humana que recoge con pasión y carácter la fuerza de planetas y satélites, estrellas, especies vegetales y animales… todos son tributarios de la luz. Conciencia flamante sobre la vida.

La luz que recorre el universo nos recorre la piel y atraviesa la historia. Deja sus marcas cartógrafas en las vías lácteas de los cuerpos que dialogan con voz de termómetro y palabras de rayo sobre las alas de las mariposas. Trasplante de sol en los ascensos de la conciencia que hemos alcanzado para extirpar las tinieblas impacientes en la olla de la alienación. Sintaxis del ascenso humano que plaga el cerebro con imágenes de floración iridiscente. La poesía misma.

Luz pulmón a sotavento contra las tinieblas que arrastramos en las encrucijadas del pensamiento. No descansa ni de noche, su misterio tiene ruido de carruajes de ese sol que escuchamos en las ruecas de la existencia. Es evidente. Esa luz dialoga con los cuerpos como una telaraña inmensa sobre el insomnio de las pieles. Esa luz se revuelca impunemente en su lecho de pieles vagabundas. Lame las planicies de los cuerpos con su lengua de presagios y siembra sus flores augurio bueno sobre el tiempo presente a cielo abierto. Esta luz humana y cartógrafa dialoga con aliento de barcas y peces mientras pasea por la orilla del sol. Luz oleaje de caminos que ensanchan al mundo irradiando color de pájaros y frutos al desnudo del alba centelleo de tierra. Luz espejo que prueba la dialéctica de la realidad con tensión revolucionaria para la agitación corporal y colectiva… que pone en claro el sentido y contenido de su bullicio de imágenes e imaginarios prendidos a la subversión de todo lo imaginable concreto. Lo lúdico, lo erótico, lo onírico… he ahí la luz en vivo y a todo color. Hay pruebas de todo tipo al calor del sueño revolucionario y de la liberación del inconsciente y la rebeldía fascinación vertiginosa.

Era de esperarse que la luz abriera paso, a toda costa, nuestra conciencia para salir bien librados y fortalecidos de ese trance complicado y extenuante a que ha sido nuestra prehistoria. Y era de esperarse que la luz incubara en las esperanzas humanas su maduración y sus potencialidades para pegar saltos cualitativos excepcionales. Pero falta mucho. 

La luz, por eso, es también una especie de canto a todo lo que la libertad humana simboliza. La luz ha servido como vela mayor de una pulsión emblemática y rica en repeticiones, reiteraciones y recombinaciones para un mismo juego dialéctico entre la materia y la conciencia. La luz ilumina un repertorio simbólico resuelto formalmente con la convicción de que la revolución social y la lucha humana habitan el núcleo de un deseo en constante desarrollo cuyos electrones definen su fortaleza no con ilusiones sino con órbitas amplias de acción directa transformadora. 

La luz tiene una buena disposición al azar. Su diálogo con los cuerpos, todos los cuerpos, propone a su modo el problema de la identidad y la vida no como eso penosamente difícil sino como eco universal, a caso glorioso, lleno música espléndida de sobre el universo. Beso de la materia como mensaje del Sol que escucharemos en las luchas entre los polos de clase irreconciliables. La luz dará fuerza de visión materialista, clara y útil, de día o de noche, contra lo insondable, lo inexplicable y lo alienante que con mayor frecuencia, cada día, hacen hasta lo imposible para reducir la voluntad más epidérmica y revolucionaria de los seres humanos embrujados con la influencia de la luz purificante.

A la luz de los hechos actuales la dialéctica de la luz significada recorre el mundo expresándose, entre otras mil formas, con demostraciones de rebeldía nítida al final del túnel capitalista. Hay destellos, chispazos, estrellas que guían y salvan de la desesperación y muchas son producto de una lucha madurada, enriquecida y alumbrada con la experiencia de luchas añejas. Se nota en la piel bien claro. Hoy vivimos los pálpitos de un corazón iluminado de maneras inéditas con una dirección de implicaciones profundas donde la humanidad no será lo mismo porque será mejor y libre. Está a la vista. 

Beligerancias de la Imagen 

Producir imágenes es un episodio continuo y maravilloso que permite capturar, alojar y cargar sensorialmente el universo, un universo entero, la materia en la cabeza. Es transportar y expresar el universo interior y el universo exterior a través de algún artificio, producto y productor del conocimiento, la comunicación y la creatividad humana. He ahí una beligerancia luminosa de la humanidad que con su habilidad para producir imágenes carga de luz, interrogaciones, intuiciones, nebulosas y hallazgos, la conciencia toda realizada entre determinaciones objetivas de la materia en movimiento y la realidad social. 

Luz e imagen constituyen, aliadas en la producción de la conciencia, una lucha transformadora que, en casi todas sus definiciones, produce intercambio de imágenes como arma emancipadora de la humanidad. Diálogo con los sentidos y la luz que contribuye a multiplicar imágenes dialécticamente. Así, producimos imágenes de las fuerzas más profundas y libres del espíritu, del deseo… de los contactos concretos con el mundo en síntesis dialéctica que funda el conocimiento todo, la comunicación y la creación... la poesía misma. 

Es de importancia suprema hacer visible esta lucha humana armada con imágenes, esta epopeya que pone el cuerpo para producir e intercambiar imágenes cargadas con síntesis y con pasiones. Hacer visibles los objetos del pensamiento, con la más completa claridad y la suma de percepciones con representaciones que serán imagen de las cosas y su comprobación como la verdad en la práctica. Hacer visible esta beligerancia de la imagen hecha realidad y fantasía, secreción valiosísima impregnada de conciencia e inconsciencia, razón e instinto, enigma y praxis, conocimiento y trabajo. Poner a la vista esta producción material humana concreta, objetiva y subjetiva, falible, maleable y no pocas veces inefable. Memoria, sueños, juegos, proyectos… unidad material del universo con su diversidad formal. Magnificencia, poderío y misterio. 

He ahí la imagen, materia dinámica, necesidad y proceso en la poesía de la expresión y la fuerza de la vida del estómago y del espíritu. Detonador incesante de coartadas en la corteza cerebral y espiritual con sus bacterias representacionales ordenadoras de la conciencia, en vigilia o en sueños, que concatena y estratifica un plano racional con otro emocional, uno puramente evocativo con otro onírico… pulmón descomunal de invención cuya tarea consiste en procesar orgánicamente el repertorio de experiencias que produce el trabajo humano, su hacer todo que se colecciona permanentemente en la cultura.

Gracias a la influencia de muchas imágenes la vida es también un placer de luz tatuado en la conciencia. Una tensión descomunal entre nuestros enigmas y la historia, una estrategia del deseo para imprimir sobre el cuerpo marcas luminosas que también se vuelven imágenes. Toda imagen intercede en la tensión entre ciertas batallas emocionales de tipo salvaje que pertenecen a esa categoría de la actividad mental que desborda los marcos culturales con persistencia y consistencia únicas. Esas imágenes reordenan y rearman escenarios con andanadas de conmociones que mezclan colores, aromas, texturas, sonidos... para reconstruirse como en un baile de nichos lúdicos cuya lógica arquitectónica escasamente es legible por esquemas convencionales. 

Las imágenes hacen suyo lo profundo, lo lejano y lo extenso para acercarlo a lo inmediato, a lo cercano y a lo específico. Red de planos y dimensiones obediente al arbitrio de las necesidades humanas. Red de luz transparente y expansiva. Retícula sobre la totalidad de las experiencias; síntesis y proyecto inmensurable. Violencia creadora de espacios y tiempos fiel a lo accidental, lo histórico y lo social. Individual, colectiva y viceversa. Tiene por garantía el vacío. Se expande sobre él cardinalmente para alimentar diálogos y debates con el caos. No es deidad, no es curiosidad, no es fatalidad.

Las imágenes bañan todos los planos afectivos como coleccionistas de intensidades capaces de estremecer la vida misma para siempre. Generan envolventes magnéticos creando colonias de imágenes que se turnan primeros planos con planos profundos, en lo individual como en lo colectivo, bajo la dinámica de la semiosis donde se preñan, con cierta dosis de fusión, las herramientas para el trabajo, el intercambio de la experiencia, la procuración de alimentos y todo desplante lúdico aparentemente propio de la inutilidad.

Así es la magnificencia de tal beligerancia, la realidad la habita a su manera y se transforma hasta en esos territorios donde la claridad mental es más profunda, irreductible y problematizante. Las imágenes beben luz para formar interrogantes y respuestas regidas también por una economía lúdica. Por eso contienen potencias para enfrentar a ciertos poderes hegemónicos que aprendieron a imponer modos de pensamiento, modos de sentimiento y modos de comunicación, convenientes al modo general de producción económica, entendieron la importancia de fijar mercantilmente, imágenes signos que se hacen pasar por colectivas. Usan de la Imagen ingredientes descontextuados que consolidan instituciones culturales para rendir culto a la explotación de algo o alguien. Fragmentan las imágenes y los imaginarios al servicio de la dominación ideológica, herramienta expansiva y letal que acentuó las calamidades de todos los tiempos.

No es una beligerancia cualquiera, es una beligerancia luminosa metida en el pensamiento que es un hervidero de imágenes que dan individualidad a cualquier cuerpo real. Conciencia ligada a la luz que nos circunda entre sensaciones visuales, auditivas, olfativas, etc. que ocurren en el cerebro por efecto de los objetos existentes realmente, de los colores, los olores, los sonidos y otras propiedades que les son inherentes. Beligerancia humana con ideas, conceptos y otras formas del pensamiento que son reflejos más o menos exactos de los objetos, fenómenos y relaciones sociales realmente existentes. Fuera de ellos las imágenes no pueden surgir en la conciencia humana. Por lo tanto es particularidad de la conciencia, como propiedad del cerebro, producir imágenes del mundo material que incluye a la fantasía. No al revés.

Tal beligerancia contiene una relación estrecha entre el origen de la producción de imágenes, el uso de las herramientas y el trabajo humano. Hay que hacer visible la producción de imágenes como tarea esencial de la existencia, como momento crucial donde las representaciones o imágenes escenifican algo de la inteligencia que nos permite girar la realidad, imaginarla, aun incipientemente, bajo nuestro dominio y sin amos, incluso la naturaleza. Beligerancia contra la oscuridad impuesta que es un hito fenomenal. Transición superadora que perfecciona dialécticamente herramientas, habilidades imaginativas y significativas al mismo tiempo. “No voy a ocultar que, para mi1, la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos en traducir a lenguaje práctico, sea debido a lleva en sí una enorme dosis de contradicción, sea a causa de que uno de sus términos esté curiosamente oculto, sea porque tras haber presentado la apariencia de ser sensacional se desarrolla, después, débilmente (que la imagen cierre bruscamente el ángulo de su compás), sea porque de ella se derive una justificación formal irrisoria, sea porque pertenezca a la clase de imágenes alucinantes, sea porque preste de un modo muy natural la máscara de lo abstracto a lo que es concreto, sea por todo lo contrario, sea porque implique la negación de alguna propiedad física elemental, sea porque de risa...” André Breton

Es preciso arrojar luz para hacer visible la magnificencia de esta beligerancia humana contra la ceguera ayudándonos con imágenes que son encuentro de luz y realidades distintas en unidad dialéctica de contrarios. Salto de lo cuantitativo a lo cualitativo donde los términos adquieren contradicciones nuevas. Probablemente sea este uno de los motores más poderosos de la libertad en todas sus escalas. He aquí que imaginar no es un permiso que se otorga a la sociedad, no es un permiso a los humanos en lo individual, se trata de una necesidad fundamental y un derecho colectivo. Es uno de los trances más profundos resultado necesario del deseo, originado por el encuentro dialéctico de realidades que en su hallazgo fundan dinámicamente el conocimiento todo. 

El espíritu se las arregla para escudriñar sus límites al encuentro de realidades contradictorias en trabajo constante. El espíritu se las arregla incluso azarosamente para luchar en la aproximación de dos o más términos de la realidad, en alianza con la luz, para producir otra luz especial, la luz de la imagen, ante la que nos somos infinitamente sensibles. Cada imagen vale por la fuerza que produce en el lugar y momento en que se produce. Vale por la carga eléctrica que porta en el momento del encuentro de dos o más realidades que derivan en una chispa, en consecuencia, el valor de la imagen está también determinado por la diferencia de potencia entre los dos elementos conductores. “El espíritu adquiere plena conciencia de las ilimitadas extensiones en que se manifiestan sus deseos, y en las que el pro y el contra se armonizan sin cesar, y en las que su ceguera deja de ser peligrosa. El espíritu avanza, atraído por estas imágenes que le arrebatan, que apenas le dejan tiempo preciso para soplarse el fuego que arde en sus dedos. Vive en la más bella de todas las noches, en la noche cruzada por la luz del relampagueo, la noche de los relámpagos. Tras esta noche, el día es la noche” André Breton

Es imperativo hacer ver la importancia de las imágenes que también radica esta síntesis entre lo profundo interno y la realidad objetiva donde la conciencia da sus saltos cualitativos para cruzarse con la revolución social y política. Con la producción de imágenes es posible, también, hacer frente a los aspectos más embrutecedores y alienantes de la etapa actual del mundo capitalista. Es probable que las imágenes sean decisivas en el salto cualitativo más importante de la humanidad contra todas las formas sociales que le son adversas. 

La fuerza de las imágenes todavía nos exalta y es necesario reconocer que cuanto mayor sea su poderío mejor servirá para evidenciar las más profundas relaciones entre la libertad y la vida. La producción de imágenes bien podría ser un instrumento de liberación definitiva, una insubordinación del espíritu, una negativa a doblegarse, una forma superior de beligerancia para la búsqueda de lo maravilloso concreto. Beligerancia bajo el impacto de la lucha de clases con exactitud de poema y como investigación del espíritu sobre los temas más diversos, la esperanza, el amor, la vida, etc. Investigación que consiste en escapar al control alienante por encima de todo y siempre, investigación para probar de un solo golpe la necesidad de superar el foso en que una parte inmensa de la humanidad ha sido hundida. 

Esta beligerancia de las imágenes es escritura del espíritu sobre los cuerpos, corregida a partir de observaciones y discusiones que incluso comienzan analizando la amenaza del capitalismo contra la civilización humana en su conjunto. Escritura del espíritu sobre las pieles como actividad creadora que no puede nacer en un contexto de estrangulamiento. Beligerancia como texto filosófico, sociológico, científico o artístico sobre la epidermis de la historia y la epidermis de los que luchan. Beligerancia de las imágenes que tiende a ampliar la transformación del mundo. Beligerancia contra la oscuridad y los oscurantismos.

Hacer visibles las imágenes tatuadas con beligerancia de luz sobre la historia humana es utilizar todos los instrumentos de una partitura de espíritus rebeldes, es ejercer una dirección sobre la creación para desarrollar sus fuerzas productivas materiales y asegurar la emancipación de la riqueza expresiva de la humanidad; es incluso, con la poesía base de todas las necesidades creativas, consagrarse a investigar una belleza convulsiva y punzante en irrupción permanente. 

Beligerancia adoptada como solución rigurosa para a sanear de toda maledicencia mercantil los mitos, la razón, el contacto con lo inmediato, las finalidades internas de la libertad permanente… donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo encuentran, de una vez por todas, su lugar preponderante, des-alienado, en el mundo, encuentran su más sorprendente resolución como fuerza de pensamiento revolucionario, del amor y de la imaginación transformadora. La vida misma. Eso es tarea urgente. Se ve claro. 

“La imagen es una creación pura del espíritu...” Paul Reverdy

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El Dorado futuro de Carlos gracias a Frida


Andreina Gutiérrez 

El capitalismo arrecia y no tiene medida a la hora de llevarse por delante cualquier cosa que pueda representar ganancia inmediata o a largo plazo. Este es el caso reciente de la polémica generada acerca de una marca de productos de belleza que lleva el nombre de la famosa y excéntrica pintora mexicana Frida Kahlo.

El artífice de este nuevo hito del consumismo y la apropiación de íconos culturales para la comercialización (como ha sucedido con la figura del Che Guevara), es nada menos que el empresario venezolano Carlos Dorado, dueño de la casas de cambio Italcambio y de la tienda de ropa de diseñador, Casablanca. Dorado es gallego de nacimiento y llegó a Venezuela siendo adolescente con su familia. Según cuenta él mismo, un día se encontró un billete en la calle y acto seguido le dijo a su madre que cuando fuera grande quería ser millonario. Dorado (apellido muy pertinente para su “carrera” y su rubia cabellera) estuvo vinculado al paro empresarial de 2002-2003, es muy amigo de Juan Fernández, ex directivo de PDVSA, y sus ataques al gobierno del presidente Hugo Chávez los ha mostrado en la prensa nacional sin ningún prurito.

Pero ¿cómo es que Carlos Dorado se apropia del nombre de la pintora mexicana para convertirla en marca de cosméticos? Todo comenzó un día en que Carlos, como él mismo cuenta, se encontraba en sus oficinas de Miami y un empleado suyo llegó con una franela con la figura de la artista estampada en ella. Dorado sin ocultar su ignorancia, afirma que preguntó al empleado quien era esa “mujer tan fea” que tenía pintada en la camisa. El empleado le explicó y a partir de allí la mente de comerciante audaz de Dorado comenzó a cavilar cómo sacarle provecho a su “reciente descubrimiento”. Pero no le fue fácil llegar a lograr su meta. 

Frida Kahlo es la pintora más emblemática de México, quien junto con los muralistas mexicanos, pertenece al olimpo de los artistas plásticos latinoamericanos del siglo XX. Frida llevó una vida intensa, trágica y apasionada. Marcada por la enfermedad y la desgracia, desde niña, sufrió un accidente que la dejó atrofiada de por vida soportando constantes operaciones, intensos dolores y al final de su vida la mutilación de una de sus piernas. Jamás pudo tener hijos lo cual afectó su relación con el monstruo del muralismo que era Diego Rivera, su esposo, el amor de su vida. Su pintura de estilo surrealista nunca fue comprendida, pintándose a sí misma en casi todos sus cuadros, reflejando el dolor y sufrimiento que padecía a causa de sus múltiples problemas de salud. Vestía ropas folklóricas de su país, con flores en el cabello y era característico el hirsutismo de sus pobladas cejas unidas. Estuvo también vinculada a la causa de los pobres y a los movimientos comunistas de entonces. Tosco resumen para explicar qué la llevó a convertirse en un personaje controversial, incomprendido y a veces rechazado por el arte mundial impuesto. Mientras Diego Rivera se convertía en una celebridad del arte universal en los años 30 y 40, la obra de Frida Kahlo quedó sumida en un cierto olvido hasta que a finales de los 80, gracias al mainstream estadounidense comenzó a conocerse la obra de esta artista. Una de las artífices de este boom de la fridamanía, fue nada menos que la cantante Madonna quien empezó a apasionarse tanto por la obra de Frida que decidió mostrarla en Hollywood y muchos fueron sus esfuerzos por protagonizar la película sobra su vida, que finalmente estuvo en manos de la actriz mexicana Salma Hayek, quien produjo, escribió y protagonizó la cinta Frida en 2003, con no muy buenas críticas, pero que terminó de catapultar al estrellato de la imaginería latinoamericana el personaje extraño y excepcional que fue esta artista.

¡Pero Carlos Dorado no tenía idea de quien era ella! Fue el año pasado, cuando se conmemoraban los cien años del nacimiento de Frida, que el empresario venezolano se enfrascó en un pleito judicial por los derechos del nombre de la pintora con la familia de ella y de Rivera, quienes se oponían enérgicamente a prestar el nombre de Frida para su comercialización. Pero finalmente la sobrina de Kahlo, Isolda Pineda, fue seducida por la “dorada” idea del empresario y le cedió el nombre y la imagen de la pintora, su firma y hasta algunas pinturas. La intelectualidad y los artistas mexicanos pusieron el grito en el cielo y condenaron la acción de la descendiente de Frida. Sin embargo muchos mexicanos mostraron más molestia por el hecho de que fuese un empresario extranjero y no un mexicano, el que obtuviera los derechos de comercialización de la marca Frida Kahlo y se enriqueciera a costa de ella.

Superado el escollo judicial y la crítica, Dorado arranca entonces la creación de su empresa Frida Kahlo Corporation, lanzando una línea de productos de belleza 100% hechos con materiales naturales, apelando supuestamente a “la fuerza y pasión con la que vivió ella”. Pero fueron otros productos los que generaron aún mayor polémica. Primero fue un tequila, del mismo tipo que se supone le gustaba a Frida, el que llevó su nombre. La nota de prensa sobre sus productos dice lo siguiente: “Nos dijimos, ¿cuáles son las cosas o productos que más usaba Frida? Es así, como nace la idea del Tequila Frida Kahlo, ya que ella tomaba tequila y decía que le aliviaba el dolor y las penas. Tratamos, y creo que lo hemos logrado, de producir en Guadalajara un tequila Frida Kahlo, con la misma calidad y sabor del original que ella solía tomar”, expresó Carlos Dorado. “Frida era una gran amante y descubridora de todo lo que era natural aplicado a su comida, a su belleza y a su salud; así que no podíamos dejar de hacer una línea de productos 100% naturales, sin un solo aditivo o producto químico. El gran reto era precisamente lograr una calidad en los productos a la altura de su vida, su obra y su personalidad, y creo que humildemente que lo hemos logrado.”

Luego vinieron una serie de productos de edición limitada los que terminaron de escandalizar a los seguidores de la artista. Unos zapatos deportivos de la marca Converse con dibujos y la firma de la pintora, una muñeca, joyas, platería, cerámica, ropa y finalmente un corsé, réplica del que debió usar Frida toda su vida a causa de las severas lesiones en su espalda, realizado por la marca de ropa íntima La Perla, con incrustaciones de cristales Swarozky, y vendido por la módica suma de 3.500 dólares. Incluso dice que tendrá un spa con su nombre.

Ahora Dorado está listo para traer su marca Frida Kahlo a Venezuela. Sus tiendas de cosméticos se encuentran en Miami y Nueva York, pero ya tiene un espacio especial en su tienda Casablanca en Caracas, donde venderá algunos de estos productos, que incluyen cremas, jabones y perfumes. También traerá el tequila: “nuestra aspiración siempre que hagamos cualquier cosa fuera de nuestro país es replicarlo aquí, porque creemos que siempre estaremos en deuda con nuestro país; por esto estamos en pleno proceso de trámite de toda la permisología necesaria para que este año tanto la tequila como los productos naturales Frida Kahlo estén en Venezuela y, por supuesto, estos últimos tendrán un lugar privilegiado y destacado en Casablanca con los grandes nombres de la moda”. 

Carlos Dorado asegura que los beneficios económicos de la comercialización de los productos Frida Kahlo, se verán con el tiempo y serán sus nietos quienes los disfruten. En un artículo publicado en el diario El Mundo de España, el año pasado, titulado “Un gallego, millonario por Frida”, el autor escribió lo siguiente: “Ajeno, aunque no indiferente a la polémica, cuando se le interroga sobre la contradicción que supone ver a una mujer que abanderó el movimiento comunista convertida en reclamo comercial, Carlos Dorado exhibe un galleguismo aún más marcado que su acento: «Bueno, esa es historia de ella».”

Enlaces relacionados:
http://www.jornada.unam.mx/2007/05/08/index.php?section=cultura&article=a05n1cul
http://www.elmundo.es/papel/2007/07/08/cronica/2149571.html
http://www.quepasa.cl/medio/articulo/0,0,38039290_101111578_290098694,00.html
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/279031.frida-kahlo-marca-registrada.html
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=304642
http://www.laopinion.com/primerapagina/?rkey=00000000000001922980
http://blogvecindad.com/%C2%BFestan-de-acuerdo-que-se-comercialice-la-imagen-de-frida-kahlo/2007/07/03
http://alfredomeza.blogspot.com/2007/06/frida-kahlo-pret-porter.html
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=302756
http://www.jornada.unam.mx/2005/11/24/a04n1cul.php
http://www.lajornadamichoacan.com.mx/suplementos/vueltadehoja.pdf
http://weblogs.madrimasd.org/documentacion/archive/2007/08/01/71008.aspx
http://demalamadre.blogspot.com/2007/09/yonofui-frida-kahlo-ms-cerca-de-los.html

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El complejo de Malinche

Jorge Majfud (especial para ARGENPRESS.info)

Las sociedades precolombinas eran matriarcales o al menos matrilineales, lo cual era una característica de las sociedades agrícolas. Los mapuches permitían la relación entre hermanos del mismo padre porque pertenecían a diferentes tótems. Los conquistadores españoles legislaron contra esta idea que consideraban una monstruosidad, pero los mapuches entendían lo mismo de los españoles que permitían el casamiento entre primos maternos.

Para los mapuches, ésta era una relación incestuosa ya que ambos pertenecían al mismo tótem, no en cambio los primos paternos. Este sistema matrilineal se refleja también en la existencia de diosas mujeres, diosas de la fertilidad, como en Venezuela y otros pueblos o en la inexistencia del falo como símbolo de poder en México, quinientos años antes de Cristo.

Para el historiador Luis Vitale, la opresión de género no existía en la prehistoria porque ambos sexos realizaban las mismas tareas; "los primeros síntomas de opresión comienzan a manifestarse en la división del trabajo por sexo".

Es probable que el sistema patriarcal no estuviera tan avanzado en la América precolombina como lo estaba en la Europa del siglo XV. Mientras en Europa el feudalismo estaba basado en la propiedad privada, al mismo tiempo en América, aunque la mujer iba perdiendo espacio, aún mantenía más derechos debido a que el sistema de producción de las comunidades-base se mantenía entre pueblos como el inca o el azteca. En las crónicas de Cieza de León se ve una inversión de las funciones europeas en la región andina: la mujer trabaja la tierra y los hombres hacen ropa. Si bien es cierto que el inca y otros jefes mesoamericanos expresaban ya un tipo de organización masculina, en las bases de las sociedades indígenas las mujeres aún mantenían una cuota importante de poder que luego le será expropiado. ¿Cómo y cuando se produce el nacimiento del patriarcado y la consecuente opresión de la mujer? Más importante aun: ¿la opresión es un valor absoluto o relativo?

Del cambio de un sistema de subsistencia a un sistema donde la producción excedía el consumo, debió surgir no sólo la división del trabajo sino, también, la lucha por la apropiación de estos bienes excedentes. ¿Y quién sino los hombres estaban en mejores condiciones de apropiarse y administrar (en beneficio propio o en beneficio de la unificación de tribus) este exceso? No por una razón de fuerza doméstica, sino porque la misma sobreproducción –con sus respectivos períodos de escasez– necesitó de una clase de guerreros organizados que extendieran el dominio a otras regiones y proveyesen de esclavos para retroalimentar el nuevo sistema. Los ejércitos y las guerras serían así causa y consecuencia del patriarcado. Antes que para la defensa surgen para el ataque, para la invasión, con la lógica tendencia a sustituir al poder político por la fuerza de su propia organización armada. Y, como todo poder político y social necesita una legitimación moral, ésta fue proporcionada por mitos, religiones y una moral hecha a medida y semejanza del hombre y del sistema que lo beneficiaba y lo esclavizaba al mismo tiempo.

No obstante los nuevos imperios prehispánicos, en sus bases las mujeres continuaban compartiendo el poder y el protagonismo social que no tenían las europeas en sus propios reinos. La idea de la función "natural" de la mujer como ama de casa es resistida por las mujeres indo-americanas hasta que el modelo patriarcal europeo es impuesto por los conquistadores. Sin embargo, varios datos nos revelan que el patriarcado ya había surgido antes de la conquista en las clases altas, en la administración de los imperios. Varias crónicas y relatos tradicionales escritos en el siglo XVI –Cieza de León, pero ejemplo– nos refieren la costumbre de los oprimidos por los españoles a oprimir a sus propios hermanos más pobres, reproduciendo así la verticalidad del poder. También tenemos noticia por el Inca Gracilazo de la Vega, que el inca Auquititu ordenó perseguir a los homosexuales para que "en pública plaza [los] quemasen vivos [...]; así mismo quemasen sus casas". Y, con un estilo que no escapa al relato bíblico de Sodoma y Gomorra, "pregonasen por ley inviolable que de allí en delante se guardasen en caer en semejante delito, so pena de que por el pecado de uno sería asolado todo su pueblo y quemados sus moradores en general". La persecución y ejecución de los homosexuales es un claro síntoma de un patriarcado incipiente, más si consideramos que no tenemos la misma historia de incineraciones de lesbianas. La valoración de la virginidad en la mujer es otro, pero este era mucho más raro y hasta inexistente entre los pueblos originarios de América.

Si bien podemos considerar que la división del trabajo pudo tener una función ventajosa para los dos sexos y para la sociedad en un determinado momento, también sabemos que el patriarcado, como cualquier sistema de poder, nunca fue democrático y mucho menos inocente en su moralización. En el mundo precolombino ese patriarcado incipiente se materializó en la presencia de jefes y caudillos indígenas que progresivamente fueron traicionando al resto de sus propias sociedades por un beneficio de género y de clase. Si bien es cierto que hubo algunos caudillos rebeldes –como Tupac Amaru–, también sabemos que los conquistadores se sirvieron de esta clase privilegiada para dominar a millones de habitantes de estas tierras. ¿Cómo se comprende que unos pocos de miles de españoles sometieran a civilizaciones avanzadísimas y gigantescas en número como la inca, la maya o la azteca, compuesta de millones de habitantes? Hubo muchos factores, como las enfermedades europeas –primeras armas biológicas de destrucción masiva–, pero ninguno de estos elementos hubiese sido suficiente sin la función servil de los caciques nativos. Estos, para mantener el poder y los privilegios que tenían en sus sociedades se entendieron rápidamente con los blancos invasores. No es casualidad que en un mundo que luego se caracterizaría por frecuentes conductas machistas hayan surgido tantas mujeres rebeldes que, desde el nacimiento de América se opusieron al invasor y organizaron levantamientos de todo tipo. La traición de los caciques no fue sólo una traición de clase sino también una traición del patriarcado. No es casualidad que otra de las características que sufrimos aún hoy en América Latina sea, precisamente, la división. Esta división alguna vez fue un elemento estratégico de la dominación española sobre el continente mestizo; luego se convirtió en una institución psicológica y social, en una ideología que llevó a la formación de países y nacionalismos liliputienses o gigantescos egoísmos. La misma división que luego sirvió para mantener pueblos enteros en la más prolongada opresión.

Sin embargo, la idea de que la opresión surge con la división del trabajo –en este caso, división por sexos– es arbitraria si no asumimos que la opresión de la división del trabajo no radica en la división misma sino en la imposición de la misma. De otra forma, esta especialización podría entenderse como una colaboración estratégica. Ahora, ¿por qué la división debería darse por sexos? La respuesta positiva a esta pregunta dejaría de ser también arbitraria si consideramos un contexto neolítico o de expansión política, donde el trabajo agrícola y las luchas por la posesión de espacios y producción eran definidos por la fuerza y no por algún tipo de derecho más racional que sirviera a todos por igual. Lo cual indica que superado este contexto histórico la división del trabajo por sexos volvería ser parte de la arbitrariedad, impuesta por la violencia ideológica y moral del patriarcado. Queda, aun así, la posibilidad de la persistencia de una diferencia biológica que justifique, por ejemplo, el predominio masculino en el ajedrez o de la mujer en el lenguaje. Aun así, como las posible diferencias de inteligencias debidas al factor vagamente definido como "racial", si existen son insignificantes cuando se comparan con las diferencias que impone una cultura o el nivel de educación de los individuos comparados.

Lo que podemos llamar "complejo de Malinche" aparece ya definido de otra forma en los versos acusatorios de Sor Juana en el siglo XVII. Es aquella mujer –y aquella sociedad– oprimida por un sistema patriarcal que se beneficia de las contradicciones del mismo sistema. Y es juzgada históricamente por las deficiencias morales de su manipulación, como si fuese un individuo aislado y no producto de un sistema y una mentalidad histórica que reproduce lo que condena. 

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Las opiniones son como las narices, cada quien tiene la suya

Eduardo Dermardirossian

Nuestro diccionario no conoce la voz opinología, pero los hablantes hispanos sí. Los hablantes hispanos la definimos como la disciplina que trata de las opiniones, sea que sus dueños calcen mollera ilustre, sea que se trate de perfectos ignaros.

Digo estas cosas para darle un marco a estas reflexiones, no para fatigar a nadie con asuntos semánticos; quiero avisarle al lector que el verbo opinar tiene un lugar incómodo en nuestro catálogo hablatorio. En su última edición el diccionario ofrece tres acepciones del verbo opinar; yo me atrevo a fundirlas en una y decirla así, de una vez y con licencia: Formar o tener opinión de palabra o por escrito, discurriendo sobre las razones, probabilidades o conjeturas referentes a la verdad o certeza de algo. Así, la Academia autoriza la conjetura, al opinar nos permite guiarnos por indicios o lecciones no atestiguados todavía. Licencia que justifica el delirio razonador de muchos. Quizá por eso las opiniones son como las narices.

Fernando Savater dice: “En nuestra sociedad abundan venturosa y abrumadoramente las opiniones. Quizá prosperan tanto porque, según un repetido dogma que es el non plus ultra de la tolerancia para muchos, todas las opiniones son respetables. Concedo sin vacilar que existen muchas cosas respetables a nuestro alrededor: la vida del prójimo, por ejemplo, o el pan de quien trabaja para ganárselo, o la cornamenta de ciertos toros. Las opiniones, en cambio, me parecen todo lo que se quiera menos respetables: al ser formuladas, saltan a la palestra de la disputa, la irrisión, el escepticismo y la controversia. Afrontan el descrédito y se arriesgan a lo único que hay peor que el descrédito, la ciega credulidad”*. 

Esta irónica parrafada me abre las puertas en pares para descreer de los opinantes compulsivos, especie de incontinentes que abundan acá y allá, por todas partes, torturadores de palabra, residuos de la sociedad, charlatanes que ponen la pluma o la lengua en movimiento cuando el buen juicio aconseja estarse quieto. Entusiastas empatadores de la estolidez. 

Puede ser

Vaya una fábula de la tradición taoísta para ilustrar el asunto:

A un granjero se le escapó su único caballo y ese día no pudo labrar la tierra. Sus vecinos lo visitaron para consolarlo: “Qué mala suerte has tenido”, le dijeron. “Puede ser”, respondió el granjero. Algunos días después el caballo regresó trayendo consigo dos yeguas salvajes de los montes. Y los vecinos volvieron a la casa del granjero: “Qué buena suerte”, se congratularon; y el granjero respondió: “Puede ser”. Al día siguiente, al intentar domar a una de las yeguas, el hijo del granjero cayó al suelo y se le quebró una pierna. Esta vez los vecinos vinieron para confortarle por la desgracia de su hijo, y el granjero respondió: “Puede ser”. Una semana después los oficiales de reclutamiento pasaron por la casa del granjero para llevarse a su hijo, pero como tenía rota la pierna desistieron por ser inútil para el combate. Alborozados corrieron los vecinos para decirle al granjero que compartían su alegría. Y el granjero, como antes, respondió: “Puede ser”.

Así como el afán opinatorio de estos buenos vecinos mereció la chanza del cuentista chino, la devoción democrática de los opinantes gratuitos puede granjearse esta chacota mía. He sido testigo (¡quién no!) de mil aventuras discursivas estériles. Personas que en las reuniones se ponen de pié para que sea más estentórea su payada, delegados de pacotilla que, enamorados de su discurso, lo escriben y lo encomillan para que algún editor desprevenido lo ponga en negro sobre blanco. Es difícil encontrar interlocutores que, como aquel granjero, respondan “puede ser”. 

La opinopatía, mal epidémico

Corazón tenemos todos, todos tenemos nariz. El corazón y la nariz son partes de nuestra anatomía. Y las opiniones son parte de nuestra fisiología mental. Todo puede enfermarse, el corazón, la nariz y las opiniones; pero mientras la enfermedad de esos órganos no contagia, la de las opiniones se transmite velozmente, es epidémica. Todavía no lo dicen los libros de medicina, pero el observador atento sabe que esta patología es incurable, te infecta y te condena a vivir en la oscuridad, y lo que es peor, siembra esa oscuridad adondequiera que abras la boca. 

La incontinencia opinatoria se presenta en muchos escenarios. Dos de ellos son particularmente coloridos: las reuniones de consorcio y las asambleas de las instituciones. Unas y otras muestran con claridad el estrago que la opinopatía hace entre los hombres, unas y otras acunan a los más conspicuos cultores de la zoncera (dicha esta palabra en su acepción cubana: Sensación de desorientación o de turbación que impide pensar con claridad). Seamos buenos y perdonemos a los opinantes consorciales, porque su estrago no excederá los límites de su ínfima vecindad. Pero uno no puede ser tan complaciente con los charlatanes institucionales porque ellos proyectan su sombra más allá de su carnadura. Cada quien rasca sus nalgas como mejor le cuadre, pero no puede salirse a rascar las nalgas de los demás. Yo suscribo esta teoría. 

Otros atribuyen la inconsistencia de las opiniones a una causa más radical. Cuentan que Nasreddín estaba sentado en un rincón de la mezquita, cabizbajo y entre sombras: su hijo había protagonizado un desorden en el mercado y los guardias de seguridad lo habían llevado al manicomio aduciendo que había extraviado el juicio. Los vecinos se acercaron al padre y procuraron consolarlo: “Tu hijo ha perdido el juicio por la voluntad de Allah –le dijeron-, debes aceptarlo sin aflicción”. Y Nasreddín respondió: “Yo acepto la voluntad de Allah, pero mi hijo nunca tuvo juicio, por eso me pregunto qué es lo que extravió”. 

Acaso yo no comprenda que la capacidad de opinar no ha sido repartida democráticamente entre los hombres, acaso deba ser indulgente con los desheredados de Allah que andan por ahí ensayando saberes que no poseen y pidiendo créditos que no merecen. Pero en cualquier caso, sea que se trate de una enfermedad o de un talento ausente, es cierto que, como dijo el español, en nuestra sociedad abundan abrumadoramente las opiniones. Por eso, creo que es saludable hacer un llamado a la continencia en este sentido.

El color de las opiniones

En mis años jóvenes solía discutir asuntos que excedían mi estatura y la mis contertulios (creo que todavía lo hacen nuestros muchachos). Pertrechado de un puñado de palabras floridas y de dos o tres ideas sacrosantas, con vocación heroica defendía lo que otros ya habían defendido con sus vidas. Y para coronar mis discursos arrojaba al ruedo mis propuestas. Opiniones propias y ajenas, diferentes las unas de las otras. Opiniones que debían resumirse en una que representara el pensamiento del conjunto; y ésta, a su vez, sería refundida con otras opiniones para decir, finalmente, cuál era la opinión general. Vocación uniformadora que esterilizaba, si esto es posible, la más estéril de las actividades humanas, la de opinar. 

Aquí debo hacer una digresión. Debo hablar de la teoría de los colores o, para mejor decir, de la propiedad que tienen los colores de resultar en gris cuando se mezclan arbitrariamente. Sea la paleta de un pintor que ha colocado, separados entre sí, varios colores entre los que no faltan los primarios. Si mezclamos todos los colores en un solo empaste, obtendremos el gris. Siempre gris. Como era también gris el color de aquella opinión que resultaba del forcejeo opinatorio que quería contentar a todos. En otros términos, una neutralidad que aborrecía la luz. 

Y en este floripondio irrespetuoso estoy yo, opinador alzado en armas, consentido del editor (ojalá lo fuera del lector), trayendo mi óbolo para contribuir al cambalache de las ideas. Quizá los dioses me perdonen como perdonan a los humoristas que con desidia se mofan de todos. Quizá sean indulgentes por haber hablado de mis culpas fuera del recinto oscuro y breve del confesionario. 

* F. Savater, Diccionario filosófico, Planeta, 4ª ed., Barcelona 1997.

Nasreddín
Estaba sentado en un rincón de la mezquita, cabizbajo y entre sombras: su hijo había protagonizado un desorden en el mercado y los guardias de seguridad lo habían llevado al manicomio aduciendo que había extraviado el juicio. Los vecinos se acercaron a Nasreddín y procuraron consolarlo: “Tu hijo ha perdido el juicio por la voluntad de Allah –le dijeron-, debes aceptarlo sin aflicción”. Y él respondió: “Yo acepto la voluntad de Allah, pero mi hijo nunca tuvo juicio, por eso me pregunto qué es lo que extravió”.

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¿Dónde están los intelectuales incómodos?

Edgar Borges

Desde España, el escritor venezolano Edgar Borges, destaca el silencio que sacude al sector intelectual tanto de Europa como de América ante la canallesca forma de ejercer la política contra los inmigrantes y los colectivos gitanos. Para el narrador venezolano son muchas las preguntas pendientes. Sin embargo, ante el esperado silencio de los creadores consagrados, Borges le lanza la pregunta a los artistas ajenos a los intereses del sistema, a ellos, dirige sus interrogantes y el urgente compromiso de responder con acciones concretas.

Según Voltaire, ni los filósofos ni los pobres tienen Patria. Con el permiso de los filósofos, y sobre todo de los pobres, tengo demasiadas interrogantes sobre el enorme silencio que sacude al mundo, tanto europeo como americano, ante la creciente tendencia antihumana que en Europa están imponiendo políticos de la talla de Berlusconi. ¿Qué dice el sector intelectual de la indiferencia que mostraron muchos italianos ante los cadáveres de las dos niñas gitanas que yacían en una playa mientras ellos se divertían de lo lindo, bañándose o conversando por el móvil? ¿Qué dicen los creadores del mundo ante la forma cómo la directiva europea pretende criminalizar a los inmigrantes y sembrar odio entre la población? Mucho me gustaría saber qué piensan hombres como Gabriel García Márquez, Rubén Blades, o quizá Joan Manuel Serrat. ¿Qué ocurre? ¿Ya no hay más nada que cuestionar en el mundo? ¿Es que después de tanta crítica siempre viene el silencio? ¿Más pudo el egoísmo de unos pocos que la urgente necesidad de transformar el planeta? ¿Les agotó la lucha de los años 60? Pero, voy más allá, por encima de las opiniones de los consagrados, desearía saber ¿qué piensan los creadores que no tienen intereses que defender sobre esta nueva forma de concebir a Europa y al planeta? ¿Qué posición pudieran tomar? ¿Es la creación definitivamente un asunto abstracto, desvinculado del mundo, o seguiremos asumiendo la necesidad de posibilitar nuevas realidades? ¿Es que ya no existen creadores incómodos? ¿Es que el sistema nos compró las ganas de ser incómodos?

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Un pequeño acto miserable

Edgar Borges

El otro día, cuando llevé a mis dos hijas al parque, me senté a leer un libro convencido de que las pequeñas jugarían felices mientras yo me adentraba en una nueva revisión del mundo. De pronto, escuché un llamado de auxilio de la niña menor. De la abstracción pasé a la alarma al comprobar que a mi hija se le había enredado un pie en un aparato que giraba y giraba sin parar. Enseguida arrojé el libro a un lado y corrí hacia ella.

Un poco antes de llegar al lugar de la emergencia, varias monedas saltaron de un bolsillo de mi pantalón. Eran tres, cada una de un euro; las muy miserables rodaron tanto que sólo se detuvieron cuando habían formado una figura similar a la de un enorme triángulo. Maldiciendo las fui recogiendo; al final, sólo cuando hube agarrado la última moneda, de nuevo escuché el llamado de auxilio de mi hija. Sin perder más tiempo fui en su ayuda; sin embargo, a pesar del estrecho margen que nos distanciaba, fue mucho lo que pensé en el camino. Me acordé de mis continuos cuestionamientos a la falta de solidaridad del ser humano; fue mucho o quizá demasiado lo que llegué a decir sobre la importancia de ubicarse en el lugar del otro, en el dolor del otro. Incluso, me dio tiempo de pensar en mis reproches a la indiferencia que las sociedades del mundo muestran ante las violentas realidades que sacuden las existencias de los otros; fue mucho o quizá demasiado lo que llegué a criticar al sistema económico, a las religiones, a los políticos, a los periodistas, a los intelectuales y a los vecinos.

En una ocasión terminé un seminario sobre ficción destacando airadamente la necesidad de cambiar el sistema educativo mundial; recuerdo que una vez más traje al presente una idea de Albert Einstein: "La educación formal nos castra la imaginación, no nos enseña a pensar." Y hablé más, o grité, no sé hasta dónde llegó la furia de mi voz, pero una y otra piedra disfrazada de palabra sirvió para encender la solidaridad colectiva. Al final, todos nos aplaudimos quizá convencidos de la necesidad de "construir un modelo educativo que nos enseñe a pensar en el otro."

Dos o tres segundos después llegué al lugar de la emergencia. Para entonces la niña se había liberado del aparato que amenazaba con amputarle un pie; ella, sin retórica ni rencor, ya andaba trepando una nueva aventura. Yo, en cambio, bajé la cabeza deseando que nadie hubiese visto cómo se hunde el mundo en un pequeño acto miserable.

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Sombra que llama una vez

Eduardo Pérsico (especial para ARGENPRESS.info)

El sol extendido a sus anchas en la mañana se iría apagando en nubarrones. Caprichos de Buenos Aires, si al rato la lluvia tenaz y repetida encubría los perfiles de la calle y desde una cama en la clínica médica, un hombre inconsciente acaso presintiera ese cuadro borroneado de insólita tormenta.

Llueve detrás de la ventana. Sus proyectiles húmedos atraviesan la luz tenue y a golpes restallante. Imbatible, la lluvia no anda a ciegas y conoce sabiamente los vacíos que nos cruzan el alma. No hay lluvia que no acierte cuando rompe su cristal cantarino en el insomnio de la madrugada. Y en ese instante exacto, quizá el hombre inmóvil y lejano aún imaginara algún diseño extraño en el vidrio empañado.

Acaso por algo tan inexplicable como la misma vida, aquel pastor de una congregación mística, desahuciado y ausente sobre una cama hace horas, sienta caer esas balas de agua en el centro de sus ayeres. La bienhechora lluvia alumbrando su tiempo adolescente; pájaros rompiendo el aire inmóvil y celeste de un verano, muy lejos, aún la voz perdida de su madre y los ojos de aquella muchacha sin memoria que jamás olvidara. Reflujos de una estación con dioses todavía flamantes y él pronto desecharía; ‘no estos monarcas desgastados con barbas de trapo y obedientes al mandato de juntar posesiones. No más los adoradores de amontonar riquezas encandilados en abatir el tiempo incontenible y el destino impiadoso de animal mortal. Esa actitud, hermanos míos, sostiene la ingenuidad de postergar el tiempo de las cirugías femeninas, como si nuestro cuerpo no fuera una batalla perdida de antemano’.

Y esas arengas sobre el alma que ese pastor repitiera por años en púlpitos ‘tan impuros y estrafalarios como en las otras iglesias’, desleía la culpa de los codiciosos que por esas contradicciones de la fe, lo convirtieron simplemente en millonario. En apenas esa perseguida inmortalidad, hasta la feroz mordedura que desgarró su pecho y luego los momentos indóciles y amotinados ante el eslabón inevitable. Ya enmudecida la lluvia en la ventana vislumbró la sombra del después. Y la voz de su madre, la misma que volvió a recordar pronunciando su nombre.

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La muerte no nos deja vivir

Marcos Winocur

Que día y noche nos acompaña, ni que fuera nuestra sombra, perturbando pensamiento y obrar, ni enamorarme puedo. ¿Las flores? Se marchitan. ¿Los libros? Se hacen polvo. ¿Los hombres? Cenizas. Y así cada hora, cada minuto. Y al final ¿quién nos espera sino ella? Sí, la muerte no nos deja vivir.

Y tanto se quejaron los hombres de su suerte, que a los dioses llegó la algarabía, decidiendo nombrar una comisión que dictaminara sobre cómo acabar con esa paranoia. La comisión se reunió, trató el asunto y llegó a un acuerdo. Para acabar con la obsesión de la muerte, lo mejor será liquidar a la muerte misma. Como quien dice, muerto el perro se acabó la rabia. 

Pero ¿qué creen? Fue un error, un descomunal error. La muerte ahí estaba, como siempre. Por ocurrir o por no ocurrir. ¡Vete! Gritaban los hombres en cuanto la veían venir. ¿Cuándo estarás de regreso? Suplicaban los hombres en cuanto la eternidad se hacía insoportable. ¡Vete, regresa, vete, regresa! Nadie sabía qué era peor, si desaparecer del todo o no desaparecer nunca, víctimas de un aburrimiento sin fin. Caprichosos y berrinchudos, el espectáculo que daban los seres más evolucionados del planeta era lamentable. Los hombres no sabían lo que querían. Lloraban como niños, corrían de un lado al otro, los ya transformados en inmortales se morían por morir, los todavía mortales se morían por no morir. 

Hasta la morada de los dioses llegó el escándalo. Vamos por una salida intermedia, dictaminó entonces la comisión creada para quitar la obsesión de la muerte. Que el límite de la vida quede a cada hombre fijarlo. Yo quiero vivir 100 años, sea. Yo 2.000, sea. Yo 300.000, sea. Y que tales determinaciones puedan hacerse en cualquier momento. Quiero morir dentro de 5 minutos, sea. Dentro de un millón de años, sea. Los hombres quedaron satisfechos con esta solución. Pero no tardaron en advertir que resultaba lo mismo. No habían adelantado un paso. Pues ¿qué ocurría? Los hombres fijaban una fecha para morir o establecían la duración de sus vidas y, al llegarles la hora… ¡se arrepentían! Era el caos y la comisión, agotada su paciencia, decretó: sólo los dioses son inmortales. Y los hombres volvieron a lo suyo: la casa está a mi nombre, toda esa gente trabaja para mí, el dinero lo puede todo. Y como siempre, la sombra de la muerte pegada a los talones, sólo que ahora riéndose a carcajadas.

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viernes, 12 de septiembre de 2008

Nace ARGENPRESS CULTURAL

Hoy estamos presentando una nueva sección: Argenpress Cultural. ¡Menuda tarea, por cierto! ¿Qué se debe ofrecer en una sección así? ¿Qué significa, en definitiva: "hacer cultura"? El problema está planteado, y ustedes mismos, queridos lectores, están convocados a resolverlo. Participando, obviamente, enviando sus colaboraciones, dándole sustancia al debate, escribiendo, o pintando, o fotografiando, o… ¿"haciendo cultura", podríamos decir?

Sin dudas todos tenemos alguna idea de qué estamos hablando cuando hablamos de "cultura". ¿Será lo que dicen los antropólogos, en el sentido que no hay ser humano sin proceso civilizatorio, sin mundo cultural que humanice? (religión, arte, filosofía, sistemas de parentesco, orden económico-social, mitos…) ¿Será lo que dicen los psicoanalistas, en el sentido de lo que el mundo simbólico establece en cada cría humana para hacerla evolucionar como "normal", sujeto adaptado a su medio con capacidad de amar y trabajar? ¿O lo que nos dicen los hacedores de las bellas artes? (¿García Lorca o un poema anónimo de un baño público?, ¿Mozart, Silvio Rodríguez o Shakira?, ¿Botero o un grafitti callejero?…. 

¿Qué poner en la página cultural entonces? ¿Son "cultos" quienes leerán –si es que hay lectores– Argenpress Cultural? Y quienes no lo lean, quienes no tengan jamás la posibilidad de leer estas cosas, simplemente porque no saben leer… ¿no son cultos? 

Una vez más, entonces, queremos ayudar a fomentar un debate fecundo, así como hacemos con el portal que acaba de cumplir seis años, donde se publican distintas colaboraciones políticas, de análisis social, reflexiones. Son ustedes, entonces, los que dirán qué deberá ponerse en la sección cultural. Son ustedes los que irán escogiendo qué conviene montar ahí, con qué prefieren encontrarse, qué cosas los seducen más. 

Con toda la modestia del caso, para esta primera entrega traemos hoy unas pocas colaboraciones de varios autores hispanohablantes: diez en total (algo de literatura, reflexiones, semiótica). La idea original es renovar esos materiales los sábados, cada quince días. Ustedes tienen la palabra y nos dirán si vale la pena el esfuerzo, qué debemos colocar, cómo hacerlo. Desde ya, la página está abierta, y es de ustedes. Hasta donde sea posible –sabiendo de los límites reales en esto– aprovechemos este relativo espacio democratizador que es el internet. ¿Podríamos decir finalmente, aún a riesgo de ser ampulosos: cultura para todos? Bueno, si es así… hagamos el esfuerzo para darle sentido a estas palabras. 

Los Editores

Colaboraciones hacerlas llegar al correo: cultural@argenpress.info