sábado, 27 de septiembre de 2008

Intelectuales, demasiado humanos


Jorge Majfud (especial para ARGENPRESS.info)

Quizás no sea un detalle menor y sin duda es parte de la misma razón histórica, el hecho que las preocupaciones del “pensamiento puro” han estado siempre contaminadas por las luchas entre los poderes sociales de cada momento. Edward Said, como Harry Bracken, observaron que las discusiones sobre el pensamiento de Locke, Hume y el empirismo tienen en cuenta todo tipo de influencias menos la explícita conexión entre las doctrinas de estos escritores clásicos y las teorías raciales que justificaban la esclavitud y la explotación colonialista. Podemos agregar otro aspecto que condiciona ese grupo social vagamente definido como intelectual y al que todos pertenecemos de forma más o menos discontinua.

Hasta la Ilustración los artistas y los intelectuales dependían del poder del momento: la Iglesia, en el caso de los clérigos; los duques y los príncipes en el caso de los científicos, artistas y escritores del Renacimiento; las primeras universidades privadas, primero, y las públicas después en el caso de los profesores. Hasta fines de la Edad Media, los libros eran copiados a mano en gran medida por el clero, por una clase social minoritaria que no necesitaba agacharse sobre la tierra y bajo el sol para ganar su sustento. A diferencia de muchos filósofos de la antigüedad grecorromana, esta clase destacaba por el comentario textual y a través de éstos reproducía aquellas opiniones que más convenía a la nobleza o al Vaticano de la época. La cultura ilustrada, las bibliotecas, eran verdaderos templos y recintos casi exclusivos de las clases altas. Las clases trabajadoras, en su mayoría partícipes de una cultura agrícola, consumían el sermón oral del púlpito, la interpretación digerida, al tiempo que reproducían sus propios mitos y leyendas. La invención de la imprenta de caracteres móviles en 1453 produjo una explosión de copias, casi al mismo tiempo que los intelectuales de Constantinopla huyen del avance turco para desparramar sobre Europa los textos y los hábitos de análisis y estudio de textos paganos que al comienzo se llamó humanidades.

Desde la Ilustración y sobre todo desde el siglo XIX, los intelectuales se refugiaron en los libros que compraba la alta burguesía y en los diarios que consumía la baja burguesía primero y el proletariado industrial después. Es el caso de intelectuales como Karl Marx, quien mientras escribía El Capital sobrevivió diez años a dura penas de los artículos que le vendía a The New York Daily Tribune traducidos al inglés por Engles. En el siglo XIX y XX, con la expansión del trabajo industrial y la aparición de obreros especializados, se universaliza la educación ilustrada. Las agresivas campañas de alfabetización son un instrumento de modernización industrial y al mismo tiempo instrumento de dominación y liberación de las clases populares. Los nuevos lectores de diarios y libros de bolsillo pasan a ser los principales clientes de los intelectuales que, consecuentemente con el movimiento humanista iniciado en el siglo XV, en gran medida se independizarán de los poderes elitistas para pasar a relacionarse ambiguamente con el nuevo poder popular, unas veces para movilizarlo en nombre de sus derechos o de su propia liberación, otras para silenciarlo en beneficio de una minoría en el poder ideológico y otras simplemente para adularlo en beneficio de la propia vanidad del intelectual. Un número creciente de intelectuales pasa a pertenecer a una clase media y, de no ser por el ambiguo prestigio de su actividad, una clase social baja. Pero su mayor desafío sigue siendo observar la tradición crítica del humanismo que, basado en las ideas de razón crítica y razón histórica, tiene como única bandera la libertad o, más concretamente, la liberación. Una bandera nunca clara del todo, de múltiples colores y con frecuencia contradictoria, pero una bandera que reclama siempre una mirada crítica que debe desafiar a la tradición y a las verdades establecidas por ésta. Todavía hoy sigue en pié la diferencia de dos clases de intelectuales que hizo Antonio Gramsci hace más de setenta años: por un lado el intelectual funcional, cuya tarea es legitimar el poder de todo tipo, el orden heredado y, por el otro lado, los intelectuales que ejercitan su profesión crítica, destructiva y creadora sin tomar en cuenta las consecuencias. 

Pero para ello debe ser consciente de su propia implicación social y evitar la complacencia de sus clientes, esos clientes que alguna vez fueron los príncipes, la aristocracia y la burguesía, que más que interesados en leerlos estaban interesados en ser legitimados por la cultura y la autoridad de los supuestos genios. Esos clientes que ahora son el resto de la sociedad, la mayoría que por ser pueblo no es necesariamente la voz de Dios ni la voz de la Razón pero que siempre son la razón de la sociedad y quizás sea también la razón de Dios.

Entonces, ¿están los intelectuales, como el pensamiento o el arte, atrapados en un sistema histórico? ¿Son productos y expresiones de los poderes del momento, sea la aristocracia, la burguesía o las clases obreras? No completamente. Un humanismo sin fe en un mínimo de libertad humana no es tal. Sin un mínimo de confianza en la libertad intelectual del individuo cualquier posible progreso de la historia carecería de sentido. La liberación social o individual sería una fatalidad mecánica, como el florecimiento de un árbol en primavera. Nietzsche entendía que estamos atrapados en el lenguaje pero Stanley Fish observó que la misma conciencia de estar atrapado significa una salida, aunque provisoria, de esa cárcel.

Los aparentes progresos éticos del humanismo (progresos según su propia escala de valores como la liberación por la igualdad y la razón) también pueden ser explicados por razones menos éticas que materiales. La supresión de la esclavitud en el siglo XIX fue posible por los intereses de la revolución industrial, aunque había sido un reclamo de siglos atrás de muchos humanistas y religiosos. Lo mismo podemos decir de la llamada liberación de la mujer que sirvió para expandir la mano de obra y el consumo, la universalización de la alfabetización de las nuevas masas proletarias debido a una necesidad de la industria, o la universalización del voto como concesión de las antiguas estructuras verticales de la sociedad que se perpetuaron a través de una práctica electoral dominada por la propaganda y la expansión de una ideología dominante. Sin embargo, todos esos cambios, más allá de sus motivaciones materiales que pueden ser interpretadas como el reemplazo de unas formas de opresión por otras (el “esclavo asalariado”, según el marxismo), no deja de significar un progreso relativo en la idea de liberación humanista. Aun así queda la perspectiva romántica, nunca despreciable, sobre aquella sabiduría del hombre y la mujer pastoril que se ha perdido en el mismo proceso, lo que hacen del pretendido progreso una forma de retroceso. Pero, ¿cómo imaginar que el conocimiento debe consistir en una acumulación perpetua sin pérdidas ni olvidos? 

La expansión de la lectura y luego de la escritura significó una expansión de los límites sociales de cada individuo. En este sentido, no importa si el logro se debió a intereses contrarios a su propia liberación. De igual forma los libros de bolsillo e Internet surgieron por intereses militares y rápidamente fueron usados como instrumentos antibelicistas.

De la misma forma, luego de observar y analizar las razones políticas del arte, de la religión o del pensamiento, aún en su función más opresora, reconocemos que cada producción intelectual a la larga forma parte de un proceso de expansión de la libertad. Si quemásemos los libros y las obras más reaccionarias seríamos nosotros los reaccionarios. Promoverlas desde una lectura crítica y siempre revisionista transforma cada producción intelectual en un nuevo escalón del pretendido progreso humanista, la igual-libertad. Las motivaciones políticas del momento se deslizan por el tamiz de la historia que solo recoge lo que sirve para la realización de un proyecto a más largo plazo. Lo demás son anécdotas o discusiones vanas, demasiado humanas.

Imagen: François Auguste René Rodin: El pensador (bronce, 1882) - Museo Rodin, París / MEC.ES

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Brigadas artísticas recorren Cuba tras huracanes: Epopeya cultural de amor y solidaridad

Marcos Alfonso (especial de la AIN para ARGENPRESS Cultural)
 
El arte purifica el alma, descorre las cortinas del espíritu humano e imprime valores imperecederos en las personas, no importan la edad ni los escenarios por escabrosos que puedan resultar. 

Los estragos devastadores ocasionados por el paso a través de Cuba de dos poderosos huracanes -Gustav e Ike- con intervalo de solo ocho días entre uno y otro, dejaron huellas imborrables en millares de cubanos quienes, de la noche a la mañana, se hallaron que lo habían perdido todo, menos la vida. 

En medio de tal desolador panorama un pequeño rayo de bondad se ha depositado en los ardientes corazones esperanzados de quienes deberán emprender -ya lo hacen- a reconstruir su universo desde cero. 

El pintor cubano Alexis Leyva, Kcho, nativo de la Isla de la Juventud, fue el primero en organizar una brigada artística que arribó horas después del cruce de devastadores huracanes por ese territorio. Arte, música, actuaciones, llenaron el vacío espiritual de los pobladores de ese espacio al sur de Cuba, notablemente deteriorado en su fondo habitacional. 

A esta cruzada siguieron otras, integradas por otros representantes de las diversas manifestaciones del arte en el país, que han visitado todas las ciudades y territorios afectados por los meteoros, tocando la sensibilidad de todos y colocando un granito de amor y solidaridad en los corazones de los damnificados. 

El grupo de teatro infantil La Colmenita, de renombre internacional, regaló amor y mucha solidaridad por La Palma, en las montañas pinareñas, cuando invadieron ese otro rincón cubano con su actuar y su manera personalísima de hacer. Los pequeños se ganaron el corazón de los serranos del occidente de Cuba. 

Jorge Perugorría, actor de valía dentro y fuera de fronteras y quien incursiona en el campo de la pintura, promueve el proyecto Arte por arte, para donar óleos, grabados, dibujos y, con el dinero recaudado en la subasta, contribuir a restañar instituciones culturales, en particular las del Cine Pobre en Gibara, en la costa norte oriental. En el país sufrieron daños de consideración 146 de esas instalaciones. 

Hasta Gíbara también se desplazaron Pancho Amat y su Cabildo del Son, Beatriz Márquez, Buena Fe, Corina Mestre y Osvaldo Doimeadiós, quienes con sus maneras de hacer colmaron de placenteros momentos a los pobladores de la llamada Villa Blanca, plaza estimada por artistas y cineastas de Cuba y el mundo. 

Artistas del proyecto comunitario Villa Azul, de Mariel, partieron hacia el oriente del país para recrear con su accionar artístico a los residentes en las regiones más dañadas en esa porción del territorio nacional. 

Múltiples han sido, y continuarán, las iniciativas que ejecutan creadores de todas las ramas de las artes en la Antilla Mayor, para alegrar y ensanchar las mentes y los corazones de sus compatriotas, a quienes esos desastres naturales han mordido con toda su crudeza. 

La propia Unión de Escritores y Artistas de Cuba ha apelado a la “sensibilidad de intelectuales y artistas de todas partes del mundo para que reclamen el inmediato levantamiento del genocida bloqueo económico, comercial y financiero norteamericano y promuevan acciones de solidaridad y ayuda hacia nuestro país”. 

Suscrito por 170 personalidades, entre ellos los escritores Roberto Fernández Retamar y Miguel Barnet; la directora del Ballet Nacional de Cuba Alicia Alonso, los músicos Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Omara Portuondo, Chucho Valdés y Leo Brower. 

Al pronunciarse sobre este mensaje enviado al planeta y que ya ha recibido más de cinco mil adhesiones, Alicia Alonso remarcó: “A ellos (al gobierno de Estados Unidos) les decimos ¡despierten! No pedimos limosna, pedimos el derecho humano a ser iguales y vivir en el mismo mundo donde vivimos todos y tenemos que defender la vida y la existencia de este mundo”. 

De una punta a otra del archipiélago cubano músicos, pintores, actores, intelectuales integran estas brigadas y se han volcado hacia los sitios de mayor dolor y paliar con sus acciones y solidaridad los momentos difíciles por los que atraviesan miles de cubanos.

Amor, hermandad, entrega artística y humana, de hombres y mujeres también de este pueblo capaz, que con su arte, escriben la epopeya de los tiempos que nos ha tocado vivir.

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La sociedad de consumos, cultura de masas, manipulación mediática

Alberto Moncada (especial para ARGENPRESS.info)

Cualquier sociólogo, cualquier periodista español, que tenga más de cincuenta años, puede reflexionar en términos biográficos acerca de los cambios de mentalidad sobrevenidos en nuestro país, al convertirse en sociedad de consumo. Son dos los hitos principales: el desarrollismo que empieza a mitad de los años cincuenta y la década de los ochenta. En el primero se produce la emergencia de las nuevas clases medias, el florón más granado del período franquista, que se introducen en la vieja escisión entre ricos y pobres de la España secular. Antes había, sí, artesanos, menestrales acomodados, empleados, modestos funcionarios, pero ni su mentalidad, ni mucho menos su número, les permitía considerarse a si mismos protagonistas y portadores de un nuevo estilo de vida. Con el desarrollo, las clases medias que emergen en España, como treinta, cuarenta años antes al otro lado de los Pirineos, hacen profesión de fe en el presente, y se enganchan a un nuevo mimetismo. 

Antes, el paradigma social de la Europa sureña era, no tanto el rico como el hidalgo, una mezcla de patriota metafísico y terrateniente, ideológicamente ajeno al bienestar material y portador de un sentido de la vida largamente diseñado, y experimentado, en la cultura rural. El señorío era más valorado que la riqueza, entre otras razones, porque el tipo de riqueza que la clase media emergente tenía ante sus ojos era también una versión poco imitable, lejana, mientras que el código del señorío había sido largamente implantado en la conciencia colectiva, principalmente por la indoctrinación eclesiástica. 

Las nuevas clases medias reciben de muchas maneras, a través de los turistas, de los emigrantes a Europa, por la televisión y las películas, el mensaje de fruición del presente que se hace posible, por primera vez en términos masivos, a causa de las nuevas circunstancias económicas europeas, y su impacto en España. Y es que el consumidor se hace, sobre todo, consumiendo. Decisiva fue, también, esa contundente americanización que nos sobrevino a partir de los pactos Franco-Eisenhower de 1953. 

En búsqueda de lugares estratégicos para la “guerra fría” que empezó en Corea en 1950, Eisenhower fue persuadido por el almirante Sherman de que la Península Ibérica tenía las mejores condiciones para transformase en un “portaaviones del Pentágono” desde el que atacar a Rusia y , sobre todo, a su zona de influencia en el Oriente Medio. Al gobierno americano no le importó la catadura moral de Franco como no le había importado la de tantos otros dictadores, el Sha de Persia, Stroesner, Pinochet, Somoza que favorecían los intereses de las multinacionales americanas disfrazados de anticomunismo. Franco tenía probada fama de anticomunista y necesitaba la ayuda americana como contrapunto al aislamiento que los países europeos le habían sometido. Loa americanos organizaron un particular plan Marshall para España hecho de bases militares, inversiones de infraestructura que reanimaron la débil economía española de la época.

1953 fue el año de la suerte para Franco porque también consiguió en ese año la firma de un Concordato con el Vaticano, que iba a prolongar la legitimación eclesiástica de su régimen. Y fue precisamente un cardenal americano, Spellman, asistente al Congreso eucarístico de Barcelona de 1952, el que hizo uso de su influencia ante Eisenhower para ayudar al “católico Caudillo español”.

Paralelamente a la ayuda americana, y con el gobierno de los tecnócratas, se produjo el plan de estabilización que, con la emigración laboral a una Europa cada vez más próspera, sentaron las bases de la modernización capitalista en nuestro país, enviando el proteccionismo y la autarquía al baúl de los recuerdos.

Tres millones de españoles salieron del campo a las ciudades y al extranjero provocando la primera gran estampida humana del nuevo orden europeo.

América nos influyó también en otro sentido, el cultural, el de las costumbres. Ya Hollywood, la fábrica de sueños, se iba adueñando de nuestras fantasías desde su primera expansión en los años treinta. Pero a Franco le venía muy bien un cine desideologizado, películas de vaqueros e indios, comedias de amor, para divertirnos sin cuestionamientos críticos como parece que va evolucionando hasta hoy, en pleno régimen democrático, la industria del entretenimiento a la americana. Como consecuencia cambiaron nuestras costumbres sentimentales y sexuales, gracias también a la píldora anticonceptiva, aceptada a regañadientes por el estamento médico y el farmacéutico y prohibida, también hasta hoy, por el eclesiástico.

La creación social de la juventud, como etapa de moratoria de responsabilidad social y laboratorio de comportamiento, los electrodomésticos, el trabajo no doméstico de la mujer arrancan de entonces.

Precisamente de América nos llegó también, aquí como a tantos otros sitios, el personaje paradigmático de la sociedad de consumos, el ejecutivo agresivo, el hombre, y también la mujer, que creen en la gratificación intrínseca del trabajo, se sienten cómodos en una sociedad competitiva, que premia el esfuerzo, y están comprometidos en un proyecto de éxito biográfico que se proyecta en los hijos. 

El segundo hito está ocurriendo ahora, en la España de los tres tercios, donde las clases trabajadores se funden ideológicamente con las clases medias, con prisa por dejar atrás, en los abismos de la marginalidad y la pobreza, a los que no están incorporados a las estructuras de producción y consumo. En los últimos años, esta sociedad de consumos se ha pervertido, porque también el modelo lo ha hecho. La revolución conservadora norteamericana ha dejado de proteger la competitividad y ha permitido, con la desregulación y el predominio del factor financiero, que se acrecienten las desigualdades y se pierda la fe en el mérito. De paso, pierde también ritmo la inversión pública a la europea, el famoso Estado bienestar compensatorio, que cede el paso a la tradicional estructura de poder político, favorecedora del poder económico más descarnado.

Los consumos se desquician, en su sentido más literal, al hacerse cada vez más irrelevantes, mientras decrece la cantidad y calidad de los bienes y servicios comunes, lo público, la calidad del trabajo, del aire, etc. El vídeo suplanta la convivencia vecinal, y apenas nace la idea de la calidad de vida, ésta se identifica con satisfacciones preferentemente privadas y domésticas. Los consumidores se asocian más por razones de interés específico que por razones generales, políticas. De ahí, entre otras razones, el descenso de la participación democrática. Pero, además, los consumidores ya no reciben el ejemplo social del ejecutivo sino el del especulador que, rescatando la vieja figura del pícaro, hace su dinero en las nuevas avenidas de los negocios rápidos y abstractos, y en especial, en ese dominio tradicional de la colusión de intereses públicos y privados, que es el inmobiliario. La fuerza del modelo es tan grande, y nuestro país tan pequeño, y tan recién llegado a los primeros consumos, que el gobierno apenas tiene energía para otra cosa que servir de catalizador de los nuevos modos y la España consumista sufre el impacto paradigmático de sus nuevos notables, en la banca, en la construcción, en los contratos del poder. En apenas cuarenta años, hemos pasado de un hidalgo que se ufanaba en las carreras de servicio público, a un ejecutivo que presumía de laboriosidad y preparación, a, finalmente, un pícaro, que sabe donde están los contactos. Y en los consumos, de la idealización de la sobriedad a las satisfacciones del bienestar, para concluir en la exaltación del dinero como pasaporte social. La última etapa es la subordinación del sector productivo al financiero, la implantación de la Bolsa como casino del azar y la manipulación y la claudicación y la corrupción del Estado a la americana ante casos como Enron en el Imperio y Gescartera en la colonia.

Pero la sociedad de consumos, pese a las violencias y a las sombras del capítulo actual, ha dulcificado viejas querencias, antiguas pulsaciones de la sociedad anterior, a fuerza de subrayar las satisfacciones tangibles. Un subproducto de la cultura patriótica, también veteada por la eclesiástica, es el militarismo, endémico en nuestro país, que se va debilitando, no solamente por las circunstancias internacionales, sino también porque los consumos pacifican al guerrero, que era, culturalmente, la versión bélica del hidalgo. La identidad tribal se debilita también a impulso de los consumos culturales, porque los jóvenes consumidores comparten los sones y los logotipos de la aldea global y su identidad social se fragmenta en los varios escenarios, reales o vicarios, que frecuenta.

Pero la principal consecuencia de la sociedad de consumos es que los nuevos españoles diseñan sus proyectos biográficos en términos subjetivos, se distancian de las lealtades enterizas y, al igual que van a un supermercado repleto de opciones materiales, van eligiendo, y descartando, maneras de pensar, de sentir. La mayor duración de la vida y la extensión espacial de sus experiencias fragmenta sus referencias y, una vez más, el modelo es la negociación perpetua, el toma y daca de la racionalidad mercantil, que permea las junturas de esta nueva forma de convivir que tiene apenas un lustro de historia y que se produce en el nuevo escenario del anonimato de la ciudad contemporánea..

Electores y consumidores

En la sociedad norteamericana, paradigma de la nuestra, se está produciendo un fenómeno digno de atención. Cuanto menos se molestan los ciudadanos en ejercer sus derechos políticos, el voto va descendiendo ininterrumpidamente elección tras elección, más activamente defienden los consumidores sus derechos. Ya dijeron los primeros analistas de la sociedad de consumos, Lefevre, Goffman, que las principales relaciones públicas de ese tipo de sociedad se iban a constituir en torno al mercado, en la relación de seducción y explotación entre compradores y vendedores, cuyo epicentro simbólico es la publicidad.

Las asociaciones de consumidores norteamericanas crecen tanto en robustez geográfica como en sectores y hasta realizan coaliciones de interés con otros frentes civiles, ecologistas, feministas, para defender sus intereses. Incluso crean líderes carismáticos como el sempiterno campeón de la lucha contra la corrupción industrial, Ralph Nader. 

La despolitización de la ciudadanía es un viejo tema de los politólogos del país campeón de las democracias. Entre el poco interés del Establishment por fomentar el voto popular -es muy reciente la apertura de las urnas a negros e hispanos y bastante tercermundista la forma de organizar las elecciones, la participación activa de la gente se produce cada vez más en lo que el sociólogo Herbert Gans llama lo microsocial. Para Gans lo microsocial se distingue de lo macrosocial principalmente por nuestra capacidad de influencia. Uno, mal que bien, tiene cierto control en las relaciones con su familia, en el tiempo libre, con sus proveedores, mientras que lo macrosocial está principalmente en manos de quienes tienen poder, especialmente poder económico. Gans se apoya en los colegas que, como Wright Mills, han estudiado el control que los dueños del poder económico ejercen sobre los procesos políticos formales y basa en esa situación tanto lo difícil que le es el ciudadano medio influir en los procesos democráticos como el correspondiente declinar de la participación política. 

En su libro "Middle American Individualism", Gans sostiene que la fuerza de los poderes fácticos ha logrado crear esa antinomia entre lo micro y lo macrosocial y convencer a más de la mitad del pueblo norteamericano a pensar que, para bien o para mal, lo único que está a su alcance, en lo único en que puede influir efectivamente es en la suma de relaciones personales que se producen en su vida doméstica, en su actividad consumidora. Según Gans, el tan traído y llevado individualismo de la clase media no es sino una reacción frente a la impotencia, una aceptación de que las gentes comunes pueden influir muy poco en las cosas importantes que les suceden. Se es individualista, no como una virtud, como una afirmación sino como un mal menor. Ya que no puedo controlar las cosas gordas de mi vida, por lo menos me voy a concentrar en las pequeñas. De ahí se puede deducir también la progresiva condescendencia de los poderes fácticos con respecto a las libertades individuales en la vida privada. Quizás el ejemplo más importante sea el crecimiento de la autonomía de la voluntad en el inicio y cese de las relaciones conyugales. El divorcio, denostado por los poderes tradicionales, es favorecido por los actuales y las cautelas legales que se constituyen como obstáculos al divorcio, al aborto son más que nada un modo indirecto para conseguir que la fuerza de trabajo siga siendo barata y abundante. Y si no lo es con la población nativa siempre queda el recurso de reclutar a emigrantes tercermundistas o llevar las industrias intensivas en capital humano a zonas más pobres. 

En este escenario, la política se ha convertido en un ejercicio de ratificación periódica de los agentes de la coalición entre poder político y económico en el que la gente corriente participa poco, todo lo más mediante ese voto cada vez más escaso. Y mientras la clase marginada se desespera ante la inacción de los gestores macrosociales respecto a los grandes temas, empleo, vivienda, salud, educación, transporte, la clase media ha conseguido notables victorias, contra las empresas eléctricas, contra los bancos, por la vía de las asociaciones de consumidores. Por eso, algunos organizadores, algunos líderes sindicales están buscando transformar las viejas fórmulas, los partidos, los sindicatos en asociaciones parecidas a las de consumidores y romper así la necrosis del tejido político. Hay varias fórmulas en marcha, incluso cara a las próximas elecciones, aunque dudo mucho de que puedan alterar a corto plazo el viejo y sólido pacto de gobierno entre burocracias públicas y privadas. No hay que olvidar que la fórmula más eficaz de influencia privada en el poder político es el "lobby" pero éste no suele proteger al consumidor sino precisamente a los grandes grupos de poder económico que hoy tienen un apéndice mediático para subrayar su poder y transformar la cultura. 

Globalización y americanización de los medios de comunicación

En la última década se ha reducido el número de las empresas multimedia al tiempo que se ha agigantado su tamaño. Paralelamente, las más importantes se han convertido en empresas transnacionales. Es el fenómeno de la concentración, hecho posible por la desregulación de los mercados y el predominio del factor financiero. De las diez multinacionales multimedia más importantes, seis son americanas, con importantes intereses en televisión, radio, prensa escrita, libros, música, cine así como en los soportes audiovisuales, telefonía, cable, satélite de todos ellos.

Una de las consecuencias más importantes de la americanización del fenómeno es el predominio de la publicidad, también transnacional, que subraya la función de entretenimiento de los medios en menoscabo de la información y la educación. La prensa escrita disminuye su importancia frente a los medios audiovisuales y ello debilita y transforma la naturaleza de los debates públicos. Las elecciones y otros procesos políticos se convierten en campañas publicitarias y hasta se ha llegado a hablar de que estamos entrando en una democracia mediática, en la que la mediación entre los ciudadanos y sus representantes se realiza de acuerdo a los intereses de los dueños de los “massmedia”.

El negocio de los medios de comunicación está no tanto en proporcionar información y entretenimiento a sus clientelas como en vender lectores y audiencias a los anunciantes. Eso explica la preponderancia actual del entretenimiento, el que las noticias, los comentarios, los programas tiendan a ser ligeros, amenos, incluso morbosos porque para alcanzar al mayor número de personas hay que descender al mínimo común denominador intelectual. 

La influencia de la publicidad en nuestras vidas empieza cada vez, con mensajes publicitarios dirigidos a los niños en la televisión e incluso en la escuela. Una parte de la contracultura de los años sesenta fue el cambio pedagógico. "La letra con sangre entra" debía ser sustituida por el instruir deleitando. La educación basada en el sacrificio debía dar paso al aprendizaje placentero. Esta tendencia se basa en un mayor respeto por el menor, en un reconocimiento de sus derechos, incluidos el derecho a la espontaneidad, al goce de la infancia y la adolescencia. La contracultura educativa tenía otros componentes, la educación para la liberación política, para la democratización pero la parte que más caló en el curriculum occidental fue la primera.

Casi al mismo tiempo los menores comenzaron su largo aprendizaje televisivo. Primero en Estados Unidos y Japón y después en todo el mundo, empresas cinematográficas se especializaron en el entretenimiento infantil, tebeos convertido en telefilmes y remodelados para su mayor disfrute. La televisión empezó a competir con la escuela, a transformar los hábitos de aprendizaje y a quitar tiempo al trabajo de los alumnos. Aún no sabemos sus consecuencias aunque muchos expertos creen que se está generando un cambio cualitativo en la manera de aprender, de memorizar, de pensar, en razón de esa mezcla de entretenimiento e información que es el contenido habitual de los programas televisivos. La industria publicitaria ha entrado en la escuela con el proyecto Channel One. La empresa “Channel One” regala a las escuelas televisores y parabólicas a cambio de que los alumnos vean obligatoriamente un telediario de veinte minutos con tres de anuncios. Su expansión por el sistema educativo americano va en aumento y pronto llegará a Europa. Igualmene la empresa “Zap Me”, regala ordenadores con acceso gratuito a Internet pero el alumno no puede librarse de los anuncios de la página de acceso. Pero el asunto afecta también a los adultos. 

A veces se acusa al mundo académico de tener una actitud despreciativa hacia el entretenimiento televisivo, como si fuera algo degradante para la condición humana. Y en ese sentido se le equipara al mundo eclesiástico con su juicio negativo del placer. La generación de la guerra y de la postguerra, crecidas en la economía de la escasez, recibieron el mensaje de que el sacrificio era fundamental y que una vida de sacrificio daría paso a otra de satisfacciones… después de la muerte. En realidad tal planteamiento iba contra el carácter risueño y vitalista de la cultura sureña, como una manera de disciplinarla para el trabajo. Los sureños han tenido mala opinión del trabajo. Se le consideraba una cosa inevitable, especialmente diseñada para los que carecían de medios y no podían organizar sus vidas en torno a la más distinguida cultura del hidalgo. Hizo falta que llegaran los americanos para que entre ellos y los estrategas del Opus convencieran a la clase media emergente española de la legitimación social por el trabajo, del orgullo de la tarea bien hecha, algo antes reservado a los artesanos y a los artistas. Pero, por debajo, la cultura popular sureña ha inventado muchas maneras de hacer frente a lo inevitable y organizar la fiesta como una alternativa a la obligación. O al menos como un escape de ésta. Cuando llega la televisión la cultura popular la incorpora como algo relativamente barato y que no requiere mucho esfuerzo. La televisión ha sido, además, la solución para los días y las noches de tantos mayores incapaces de otras actividades y ha significado un gran remedio a las escaseces del mundo rural.

Pero su riesgo es infantilizar a la gente, que los adultos la utilicen, al igual que los niños, como una experiencia vicaria, sustitutiva de la propia, una serie de imágenes e historias que nos evitan pensar o, más bien, nos hacen pensar sólo en distraernos. En ese sentido tiene ese referido efecto narcotizante y se convierte en el gran obstáculo para estar educados e informados para la vida adulta, en suma, para ejercer la ciudadanía.

La televisión, progresivamente, ha contaminado a los otros medios de comunicación. La información, hasta entonces elaborada en periódicos y revistas, se popularizó en la radio y se fue convirtiendo en entretenimiento cuando la televisión empezó a hacer más comerciales sus espacios informativos. La tradicional separación entre información y publicidad se rompió a impulsos de la búsqueda del beneficio a corto plazo. 

La educación, la información y el entretenimiento son tres grandes industrias contemporáneas en expansión. La primera porque la escolarización empieza desde cada vez más temprano en la vida de las personas y se prolonga cada vez por más tiempo. A ello se une esa reconversión de habilidades que todos necesitamos una o varias veces en nuestra biografía profesional. La información es la primera materia prima de la economía contemporánea. Sin información no funcionan las máquinas ni los sistemas y la información es la base de cualquier estrategia política o mercantil. El conseguir información relevante forma parte de la condición ciudadana. El entretenimiento es la actividad colectiva que más ha crecido en los últimos quince años, habiendo superado a las armas como primera cifra de exportación de la economía norteamericana. Aumenta el tiempo libre, voluntario y forzoso, en el territorio OECD y la industria del entretenimiento, en sus diversas manifestaciones, subraya hoy el índice de vida de los países y de las personas.

Las tres industrias poseen un alto grado de innovación tecnológica lo que las hace muy propias para la inversión así como contenido preferido de las apetencias de las grandes corporaciones. Sesenta y ocho de las quinientas personas más ricas del mundo tienen inversiones en estos negocios y no hay grupo financiero importante que no participe en ellos. Bastantes empresas son activas a la vez en la información y el entretenimiento y participan, directa o indirectamente, en sectores de la educación, como el negocio editorial. Las luchas al respecto entre corporaciones y países, entre Europa y Estados Unidos tienen una connotación ideológica que recuerda la vieja contienda entre la Iglesia y el Estado por el control del pensamiento.

La educación, la información y el entretenimiento están recorridos por oligopolios de diversos perfiles y son susceptibles de las más variadas manipulaciones al servicio de los intereses que las patrocinan o apetecen. La principal manipulación, y la principal convergencia, entre los tres sectores es su paulatina transformación en un sistema global de información y entretenimiento, dominado por multinacionales multimedia, estratégicamente aliadas con los epicentros del poder económico y político. 

La tendencia a la comercialización, la concentración y la transnacionalidad de los medios de comunicación tiene su centro estratégico en los Estados Unidos y desde ahí se difunde por el resto del mundo, debilitando cada vez más el sector público correspondiente y, por supuesto, su fiabilidad. La historia reciente en España nos prueba su subordinación creciente al modelo americano y a la hegemonía de los productos "made in USA" como fundamento de la cultura popular. 

Los medios de comunicación son cada vez más parte del entramado económico, en un mercado cada vez más global y en el que el poder financiero impone sus reglas. Ello favorece un cierto modo de democracia, la democracia mediática, término que designa esa convergencia entre educación, información y entretenimiento que favorece la transformación del ciudadano en consumidor y convierte a las elecciones políticas en una oferta publicitaria, destacando los aspectos más personas y morbosos de la actividad pública.

Este sistema global favorece a los poderes de dos maneras. La primera es la función narcotizante de la televisión. Decía Berlusconi que bastante harta llega la gente a su casa, harta del tráfico, del trabajo, de sus jefes, para que nosotros le compliquemos la vida desde la pequeña pantalla. Y años después, Emilio Azcárraga, el poderoso dueño de Televisa, afirmaba: La mayoría de los mexicanos llevan una vida muy jodida y la va a seguir llevando. Por eso, nosotros tenemos que endulzársela”. El factor entretenimiento llega hasta los mismos telediarios. 

“Cuanto más televisión ves, menos te enteras de lo que pasa”, es el título de un libro reciente. Con los medios audiovisuales tenemos un exceso de información sobre las cosas más inverosímiles… menos las verdaderamente importantes y, además, recibir tanta información y a tanta velocidad, nos impide su digestión, ponerla en un contexto esclarecedor. Hay mucha información pero cada vez menos análisis. Pero la segunda manera de favorecer a los poderes es la censura. 

La censura siempre ha existido. Todos los poderes han querido no solo controlar la realidad sino su interpretación. Todos los poderes requieren, en algún momento de su ejecutoria, que se haga silencio sobre ella, como manera de conseguir esa impunidad que necesitan con harta frecuencia. Los poderes tratan de que no se publiquen las noticias que les perjudican, según el viejo principio de que “la información sobre nosotros la controlamos nosotros”. Y si no hay más remedio tratan de darles la vuelta, en ese arte del “spin”, del maquillaje de la información, que es hoy una asignatura de tantos curricula periodísticos. Tal y como funciona la manipulación mediática, más de la mitad de los licenciados consiguen trabajo en gabinetes de imagen, en relaciones públicas, en suma, en el arte de la manipulación. Y en las redacciones, se ha roto la separación entre información y publicidad, corrompiéndose, siempre en beneficio de ésta, el decir la verdad sobre productos y servicios, públicos y privados. 

Hoy hay tres clases de periodistas, los mandarines, “pundits” en inglés, que forman parte del poder, se reúnen, comen y se divierten con los poderosos. Son su apéndice mediático. Luego están los redactores de a pié, con contratos cada vez más precarios, y en medio, los capataces de la redacción, especialistas en lo que se puede o no se puede decir en cada caso. Como muchas empresas son multimedia, el mensaje, las consignas, se guisan en un solo lugar y se trasmiten a cada medio. Semejante manipulación dificulta el periodismo de investigación, sobre todo en la información económica. Bastantes escándalos empresariales han estallado de golpe, en perjuicio de tantos inversores y clientes, sin que antes se halla dicho nada sobre cómo se estaban fraguando.

La manipulación mediática es la última versión del “panem et circensem” y convierte e los ciudadanos en consumidores, en sujetos pasivos. La democracia mediática forma parte del nuevo enfeudamiento que prefigura Aldous Huxley en su “Mundo Feliz”.

Se discute si todo este proceso de globalización mundial, y especialmente su versión mediática, es un simple efecto de la americanización progresiva de la sociedad occidental o simplemente una inevitable consecuencia del desarrollo tecnológico. Aun con matices, yo apuesto por la primera tesis porque las opciones políticas y culturales implícitas en las tecnológicas apuestan por el transporte privado, la vivienda en propiedad, el endeudamiento como modo de vida y otros desatinos de la organización de la convivencia que no ocurren de igual modo o con la misma intensidad en la tradición europea.

Su último capítulo, la reacción contra los sucesos del 11 de diciembre, ha exacerbado las tensiones globales hasta un punto peligroso para la convivencia y el equilibrio mundiales. 

La guerra americana contra el terrorismo, en una situación internacional cada vez más crispada, ha vuelto a plantearnos aquellas discusiones que teníamos en los años sesenta sobre las luces y las sombras del Imperio.

El patriotismo americano se extiende hoy por el resto del mundo occidental y parece casi de obligada comunión, con su correspondiente satanización del antiamericanismo. Al fin y al cabo, dicen tantos europeos, a Estados Unidos le debemos nuestra supervivencia en la segunda guerra mundial y debemos estar a su lado en lo que ellos consideran la tercera. Estamos, como es natural, ante un caso de exacerbación de las emociones. Nunca se había televisado en directo un acto de terrorismo con tanta fuerza simbólica como el dirigido al epicentro del poder financiero y con tanto acompañamiento de muerte y sufrimiento. Los americanos se han enrollado en su bandera que usan con una asiduidad desconocida en otros escenarios y nos piden que hagamos lo mismo.

Proamericanismo y antiamericanismo tienen componentes emocionales y, por eso, ambos necesitan frialdad mental para analizarlos, algo escaso en tiempo de guerra. De esa frialdad dan muestra bastantes de los comentarios que están apareciendo en la prensa europea, incluso en la americana como para compensar la simplificación televisiva que ofrece mensajes más elementales. Más leer y reflexionar y menos ver televisión, podría ser la receta para entender lo que está pasando. Ya ocurrió en la guerra del Golfo en la que se decretó una desinformación televisiva que fue felizmente compensada por bastantes periódicos independientes.

Lo primero que hay que entender es el antiamericanismo y no asombrarse de su versión más dramática, más cruel. El Imperio americano, como los anteriores, ha desarrollado muchos enemigos, unos intelectuales, otros emocionales y algunos, mezcla de ambos, de los que proceden los operativos del terrorismo antiamericano.

El antiamericanismo intelectual nació en los años sesenta y fue una curiosa alianza de americanos y no americanos en torno a la guerra del Vietnam, por una parte y, por otra, contra los valores del capitalismo a la americana que exacerbó Ronald Reagan y ha llegado hoy a consecuencias extremas con la globalización de la desigualdad y la instauración de las fuerzas del mercado como principales actores de esta nueva civilización hipermercantilizada. 

Los epítetos contra el modelo están ya escritos en todos los idiomas y desde todas las perspectivas, incluyendo la de intelectuales americanos como Noam Chomsky. Muchos pensadores europeos se duelen de que las nuevas generaciones del Viejo Continente hayan sido seducidas por esa prisa de correr por el “fast lane”, el carril rápido, desde un individualismo tan descarnado que reduce las relaciones laborales a un oportunismo de codicias y ajustes de cuentas a muy corto plazo. Es un neodarwinismo vestido de colores por la manipulación mediática que divide a la gente en triunfadores y perdedores.

El antiamericanismo emocional nace entre los afectados por las guerras del Imperio, unas más políticas, como la del Vietnam y otras más mercantiles, como las practicadas en América Latina donde Washington ha apoyado a los peores dictadores, a las fuerzas más antidemocráticas con la excusa de la guerra fría pero a favor de los intereses económicos de sus multinacionales y los aliados locales de ellas. 

La cantidad de horror, de terrorismo de Estado que se ha guisado en los pasillos del poder americano y en las Academias de formación de militares latinoamericanos anticomunistas está empezando a aflorar en los documentos recién desclasificados por Washington. Sin embargo, ni las Madres de Mayo ni las victimas de Pinochet, Somoza, Stroessner, el Sha de Persia y tantos otros tiranos han necesitado tal información para mantener sus reclamaciones ante una justicia que todavía no es internacional porque Estados Unidos se niega a que se ponga en marcha el Tribunal correspondiente. 

Las guerras civiles centroamericanas son la principal dislocación del Nuevo Continente, fruto de esa otra versión militante del Imperio que, no hace mucho, aterrorizó Panamá, produciendo miles de muertos por su urgencia en apresar a un viejo sicario de la Cia, que se había tornado, como tantos otros, en enemigo.

La confrontación entre Palestina e Israel y, en general, de todo lo que tiene que ver con el petróleo del Oriente Medio, ha producido otros horrores que han crispado a muchos musulmanes de donde parece que surge la versión más fanática del antiterrorismo americano. 

Frente a ese antiamericanismo emocional y, sobre todo frente a la mezcla de ambos, las mentes frías recetan la restauración de la política y, sobre todo, la intervención de organismos internacionales pero Estados Unidos se niega a apoyar a la ONU, como se niega al establecimiento del Tribunal Penal Internacional y prefiere una versión militar de aliados occidentales comandada por ellos mismos. Los enemigos de los Estados Unidos son los enemigos de la civilización occidental.

No es difícil entender tanto el proamericanismo como el antiamericanismo y por ello es tan necesario no caer en sus trampas. La del primero es la lealtad indiscutida, la del segundo es la agresión como solución de conflictos. Los ciudadanos del siglo XXI necesitamos una segunda Ilustración para ponernos en guardia, una vez más, contra esos dos grandes peligros de la Humanidad, el extremismo patriótico y el extremismo religioso. No en balde decía Samuel Johnson que el patriotismo es el último refugio de los villanos.

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La vida empieza en la jubilación (A un amigo a punto de jubilarse)

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Quizá suene a disparate, pero, tal como está montada, más disparatadas son las condiciones de la vida occidental. Parto de la idea de que hasta que el individuo no se aparta de la vida social “obligatoria” o no es apartado de ella por quien desde la dimensión laboral domina su vida o tiene recursos suficientes para vivir sin dependencia, no puede ser siquiera medianamente feliz ni dueño de su persona: todo depende mucho más de terceros que de sí mismo.

Hasta los 20 años la persona debiera estar preparándose para "la vida". A partir de ahí el Estado asignaría a todos los individuos que constituyen su población "natural" los recursos básicos para vivir independientes si así lo deseaban, o asociados a otros. Cada cual, a partir de entonces, es decir, de esa entrada en la "vida real", debiera prestar, fuere cual fuere su edad, un servicio social según sus aptitudes aparte de cuidarse de la prole. Los padres y las madres debieran ser los encargados de la preparación principal de sus vástagos, y los maestros completar la formación de manera suplementaria. 

No hay caso para suponer que el individuo sano no tuviese esa disposición. No hay vagos naturales. Toda persona que no está enferma ha de sentir la necesidad de estar activa y ser útil para otros además de cuidarse de sí misma. El egoísmo no es natural. Es consecuencia de la culturización y de los innumerables maquillajes a que la psique del individuo está sometida. La religión le manipula (no vale la pena siquiera mencionar en este aspecto la política), las especialidades profesionales de toda clase le deforman, la economía, tal como está concebida y ejercida, le privilegia, le sobrecoge o le posterga. La propia Cultura en sí le convierte en un ser ficticio y alejado irrecuperablemente de la Naturaleza. De aquí, de todo eso en su conjunto, procede la situación planetaria en que se encuentra la humanidad abocada a diezmarse por distintas vías de manera progresiva y galopante. 

El individuo no es feliz ni puede serlo así. Ni siquiera siente el reflejo de la felicidad. Y no por haber sido expulsado del paraíso terrenal, sino porque magos, sibilas y puñados de individuos sin escrúpulo y antinaturales se apoderan en cada época de las grandes masas de población. El occidental dependiente vive trastornado mentalmente. Si la máxima clásica, cognoscete ipsum (conócete a ti mismo) es un precepto pero también un desafío de titanes para quien se encuentra en condiciones normales, ¿quién, sujeto a la voluntad ajena, podrá conseguir una milésima posibilidad de conocerse? 

La sociedad -sobre todo la occidental- vive hipotecada, literal y emocionalmente. Lo que llama "vida" ya no es un sueño calderoniano, es un estado de aturdimiento y de enajenación permanentes que va en aumento a medida que el progreso material se pavonea de sus logros efímeros.

La solución y la salvación están en hacer de cada país un hormiguero o una colmena de seres activos y útiles unos para otros. Desde la independencia individual puesta al servicio del provecho colectivo sólo es posible una sociedad "feliz". Teniendo en cuenta, además, que de ese provecho a su vez cada individuo se ha de beneficiar. Cada intermediario en todas las estructuras es un obstáculo. Intermediarios que nos interpretan todo cuanto el sentido natural y el sentido común nos permitiría fácilmente comprender por nosotros mismos. Los políticos tienen la misión de procurar la felicidad del ciudadano, o eso dicen de uno u otro modo las Constituciones. Pero lejos de cumplirla, son en buena parte responsables de todo lo contrario. La superestructura económica y la religiosa, completan el cuadro de una sociedad en el fondo constantemente preocupada.

La mayor aproximación a lo que se entiende tradicionalmente por felicidad sólo se alcanza con el equilibrio entre los tres componentes que constituyen el eje de la personalidad: mente, cuerpo y espíritu. Y eso sólo es posible con la absoluta independencia económica o en la jubilación.

No obstante, ¿te sientes suficientemente satisfecho? No hagas caso de lo que acabo de decir. El consuelo sólo actúa sobre el desgraciado, el despreciado, el perseguido y el decadente. ¿Podrías decir que de estas cuatro clases o estados biológicos no está compuesta la inmensa mayoría de la población de este país y del mundo entero?

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Al desierto se viaja con corbata

Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS.info)

Introducción

Un cuento trata de un viajero que muerto de sed atraviesa el desierto, cuando a lo lejos divisa a otra persona, corre, la interpela por agua, pagará lo que sea y ella, por toda respuesta, le ofrece corbatas en venta. ¿Corbatas en el desierto? ¿Para qué las querría? -se dice el viajero perplejo mientras el otro se aleja.
 
La escena se repite dos veces más con nuevos vendedores de corbatas. El viajero, ya desesperado, ve a lo lejos las palmeras de un oasis. No, no es un espejismo, con sus últimas fuerzas llega y advierte que está fuertemente custodiado. Déjenme pasar, ruega a los guardianes, pagaré lo que sea. Y el que parece el jefe contesta:

-No trae corbata puesta, no puede pasar.

El viajero muere.
 
Ninguno de los vendedores le había informado sobre el carácter absolutamente necesario de la corbata en el desierto, sólo ella podía haberle salvado la vida. Por lo demás, la creencia del viajero viene programada según esta ecuación: agua en el desierto = mercancía. Y ésta se compra y se vende, para eso existe. Sin dinero, pues, no hay agua, se entiende bien. Pero ¿sin corbata...?

Es que la ecuación ha cambiado, quedando así: agua en el desierto = corbata. 

De modo que, en lugar de dinero, corbata. Ahora bien, el viajero dio con el lugar donde estaba el agua, un oasis, le faltó la corbata. Suena absurdo, pero ¡es así! La ahora percibida como nueva realidad dicta esa curiosa ley del desierto, en lugar de dinero, corbata, ésta le fue ofrecida en venta sin que la comprara. Y bien, corbata = mercancía
es una ecuación que se mantiene. En realidad, la corbata se compra con dinero como siempre, y el desierto le adjudica un valor agregado: salvoconducto para acceder al agua.

¿La corbata desmiente las convicciones, desmiente la lógica, inamovibles hasta entonces? ¡Peor para las convicciones y la lógica! El desierto manda, decide cómo se accede al agua, dicta su propia ley.

El cuento va a la universidad y se titula de epistemólogo

Y bien, cambiamos ahora el decorado, pero, ya verán, sin abandonar desierto, oasis y corbata. Mudamos a otro escenario, el más vasto posible, llevando el cuento al ámbito de la naturaleza física. 

Y les diré la razón de este giro. Hay una doble identidad en el nuevo escenario. El desierto es el desierto y además representa al universo como expresión que en la Tierra más se le parece. Dos disputas, una con el mar y otra con los cielos, que también eran candidatos a representar al universo, fueron resueltas a favor del desierto: no es surcado por barcos ni por aviones, los lentos camellos de siempre, mar y cielos se han empequeñecido, el desierto sigue siendo esa interminable llanura de arena y viento donde las distancias no se han acortado. Es, sin duda, lo terrenal que más se parece al universo, es así como el desierto ha sido nombrado su representante en la Tierra.

Y bien, ya podemos hablar con más soltura de ambos. El viajero no murió por un capricho, sino en virtud de una ley del desierto, que él ignoraba. Por otro lado, la naturaleza física nos dice que la luz se basta a sí misma para recorrer los espacios, no necesita de nada que la sostenga. Esto era ignorado a fines del siglo XIX por los viajeros que, telescopios al ojo, se internaban en las arenas del cosmos. Y decían: la luz, que sin cesar nos llega de las estrellas, se propaga por los espacios gracias al soporte que le presta un éter universal. Y no se concebía que la luz pudiera viajar desde tan remotas distancias sin esa suerte de vías férreas.

En estos virtuales viajeros del espacio no peligraban sus vidas, pudieron cómodamente rectificar el error desde los telescopios.

Pero veamos el caso más de cerca. Los vendedores de corbatas toman el rol de los experimentos en la ciencia física. Ponen en evidencia una sorprendente nueva circunstancia: así como en el desierto se ofrecen corbatas en venta, la luz se propaga en el vacío sin requerir de soporte alguno. Ambos son datos que la realidad impone a quienes la transitan, sea un viajero, sean los hombres de ciencia. Y a continuación, se cede la palabra a la teoría, que organiza los datos recibidos, a saber: las corbatas –devela la guardia del oasis- son absolutamente necesarias para obtener agua en el desierto; la luz -devela la teoría de la relatividad- se propaga de por sí, el éter resulta absolutamente... innecesario. La realidad ha sido subvertida, puesta de cabeza, una nueva lectura del entorno se ha impuesto. En ese sentido -dirá el epistemólogo Popper- las teorías padecen de intrínseca falsedad: existen para ser con el tiempo desmentidas. 

Ningún experimento dio cuenta del éter, en su búsqueda se obtuvo incluso el efecto contrario: quedó en entredicho su existencia misma como ocurrió al verificarse la constancia de la velocidad de la luz en el vacío. ¿Cómo, el éter no venía a frenarla? No, puesto que, siendo de presencia universal y uniforme -se argumentaba en su defensa- no se está midiendo la velocidad de la luz en el vacío, sino en el éter, que le sirve de soporte. A esta altura del debate, surge una llamarada: ¡el éter es indistinguible del vacío! Es decir, el éter conserva su carácter de hipótesis plausible pero del todo inútil, a la cual la ciencia y la epistemología le aplican la navaja que el filósofo empirista Occam pidió prestada a Mamacita Naturaleza: la navaja que corta allí donde encuentra lo superfluo.

Conclusiones 

¿La luz viaja por los espacios sin necesidad de otro sostén que no sea ella misma? “Credo quia absurdum”, decía Tertuliano. “Creo porque es absurdo”, aquí reaparece la fe con distinto objeto: fe en la empiria, en la percepción experimental de los hechos físicos, en el procesamiento de datos, el hombre los constata reservándose un as en la mano: también la percepción de los hechos, como la teoría que ella inspira, son hijos de lo provisorio. Verdaderos en tanto son. Falsos en tanto no serán. 

En fin, la guardia del oasis ha surgido en el desierto para ejecutar el último acto donde el protagonista de la obra es el infeliz viajero. Como la ciencia y su aliada filosófica, la epistemología, la guardia del oasis es inmisericorde. Tal cual aquéllas liquidan el asunto éter, la guardia del oasis deja morir al viajero ante las vedadas puertas del agua. Y la luz, festejada por el ojo que la ve, navega indiferente por el negro que la retiene y por el blanco que la devuelve. Como cualquier otro objeto físico dotado de masa, esto es, capacidad de interacción gravitatoria, viaja en el vacío por sus pistolas.

Las ideas, cárceles de larga duración, decía el historiador Fernand Braudel. Pero un día se rompen las rejas, las viejas ideas dejan de aprisionar el cerebro, y de las nuevas se apropia la generación joven. Toca una relectura del entorno, Mamacita Naturaleza se complace a condición de no plantearle indiscretamente por qué las cosas son así.
 
¿Puede inferirse una fórmula, una ecuación para la navegante de los espacios? Claro que sí, es la siguiente: fuente de luz + vacío = propagación de la luz.

Al desierto se viaja con corbata. Al cosmos se viaja sin éter. No se vaya a confundir y tras la escafandra lleve puesta una preciosa corbata roja digna de las cámaras de televisión, mientras se pregunta qué lo sostiene, si las dunas, el camello o el éter.

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El agujerito y la bomba atómica

Gustavo E. Etkin (especial para ARGENPRESS.info)

Hermenegildo Thompkinsons abrió la canilla, mojó los anteojos, y entró en el ascensor secándolos con papel higiénico. Con cuidado, para que no se rayen. 

Entonces volvió a mirar aquel agujerito. 

Sentía curiosidad por un agujero en un lugar tan inesperado. La puerta era automática. Ningún tornillo hubiera sido necesario ahí. Sobre todo del tamaño de un dedo. El del medio. Era un lugar extraño para que aparezca un agujero. Y aparezca era la palabra. Porque aparecía siempre que la puerta automática cerraba.

Cuestión que aquella vez, para no dejar el papel en el suelo, lo enrolló, lo metió en el agujerito, y apretó. Un agujerito blanco. Lindo, pensó al salir.

Cuando volvió, a la noche, alguien lo había sacado. 

Al día siguiente hizo otro rollito y lo metió en el agujero. Y a la vuelta, lo mismo. Alguien lo sacó. Era raro. Una especie de juego con un desconocido. A veces salía apurado y después recordaba:- Me olvidé del papelito. Pero siempre que lo metía, había alguien que después lo sacaba.

Entonces lo mezcló con engrudo, lo enrolló, lo metió, y apretó bien. Secó y ahí quedó. Liso y blanquito.

Pasó un tiempo y ya parecía que iba a quedar así, hasta que una vez vio raspaduras, cortes. Rastros de alguien escarbando con furia en el papel endurecido. Lo querían sacar pero no podían. Entonces, lo iban arrancando a pedacitos.

Hermenegildo Thompkinsons era psicoanalista. Sabía muy bien que podía significar esa dureza en el agujerito del ascensor. Había pensado, claro, en la homofonía y elipsis que podía metaforizar el significante ascensor: “hacer soretes”, metonimia, a su vez, del ano. Sobre todo si era de papel higiénico. Pero no le importaba. Al revés que en esas novelas policiales donde se decía que “el policía siempre está en funciones”, decía que el psicoanalista no está siempre en función. Por eso, a veces, era juguetón. Pero con esos raspones furiosos, ese papel endurecido tironeado con rabia, la cosa dejó de ser un juego. Había alguien que no le dejaba jugar. Alguien que no soportaba ese agujero relleno de papel. 

Así que empezó la guerra. El combatía por razones estéticas y por curiosidad. Era feo el vacío de ese agujero innecesario, que siempre aparecía violentamente al cerrarse la puerta. Y lindo verlo relleno de blanco. Estaba cada vez más curioso sobre quien podría ser su enemigo.

Porque era un edificio grande, uno de los tres de un conjunto. Había, por eso, un equipo de cuidadores, encargados de limpieza, y varios porteros. ¿Sería aquella negra gorda y sonriente, con voz de cantante de bleu, que encontró un juego que la divertía? No podía ser. La furia, el odio con que arrancaban los pedacitos de papel no era su estilo. ¿Aquel otro, saludador?. Demasiado respetuoso para meterse en eso. Quedaba Etelvino Fortov, un portero muy especial. Todo lo que hacía, lo hacia muy en serio. Y muy serio. Arreglar una puerta. Estar en portería. Serio y – como se dice – compenetrado de su función. 

Llevaba siempre un gorro con visera, camisa con galones, pantalones muy planchados. Caminaba derecho, apurado y decidido, porque lo que iba a hacer siempre era importante.

La vida de Etelvino fue una lucha. Siempre estaba atento a si, al pronunciar su nombre hacían lo que llamaba “el intervalo”: Etel – vino. Porque ahí era evidente que lo estaban llamando con un nombre de mujer. Diciendo que vino Etel. O sino (y también ) que era un borracho. Con el tiempo se dio cuenta de una cosa. Simple. Concreta. Definida. No quería ser mirado como mujer. El era hombre. Y muy hombre. Por eso quiso ser militar. Oficial. Cumplir y recibir órdenes con fuerza, decisión y coraje. Un psiquiatra – nunca supo bien por que – lo entrevistó y ahí le contó como, a veces, estaba seguro que lo chistaban. Oía piropos. O alusiones a que era homosexual. Eran voces y sonidos que tenia certeza de escuchar. Por eso el uniforme sería prueba definitiva de su masculinidad. Después de esa entrevista recibió una comunicación donde se le informaba que por razones de cumplimiento de una media estadística determinada, no podía ser aceptado como alumno del Colegio Militar. 

Todos sus trabajos los encaraba con la decisión y seriedad de un hombre. Un hombre bien macho. Y lo mismo con las mujeres, claro. Ahí, penetraba compenetrado de su función masculina.

De los empleos salía por problemas. En general, con los colegas. No soportaba juegos de palabras y ciertas sonrisas. La certeza de constantes alusiones, insinuaciones, comentarios, lo hacían violento, y ahí lo echaban. Pero en ese edificio, hasta ese momento, no había tenido problemas. Hacia lo suyo con seriedad y hablaba poco.

Hasta que un día vio el papel rellenando aquel agujero. Lo saco fácil con un destornillador. Después de varias veces, pensó que debían ser adolescentes juguetones. Cosa de chicos traviesos. Pero cuando el papel quedó endurecido, la cosa empezó a cambiar. Siempre entraba con el destornillador, a veces con una pincita. Y cortaba y arrancaba. Eso quería decir algo. No era mas un juego. Alguien lo hacía para él. Recordó lo del supositorio. Cuando era chico, unos cinco o seis años, su madre le dijo:”- A ver que tenés en la colita?”, le bajó los pantalones y sin decirle nada le metió violentamente un supositorio. “-Te va a hacer bien, es para la gripe”, le dijo después cuando Etelvino lloraba enfurecido, sintiéndose traicionado.

Para Hermenegildo, cada vez más curioso, ya era un hábito. Hasta que un día se le ocurrió hacer un punto negro en medio del círculo de papel seco. Parecía un ojo.

Es un ojo, concluyó Etelvino. Y era evidente que alguien lo dibujó allí con una finalidad. Una manera de decirle que era mirado. Y ahí, con más furia que nunca, metió el destornillador, raspó, arrancó.

Y de nuevo Hermenegildo lo rellenó con papel engrudado y, cuando seco, otra vez el punto negro en el medio. O azul, según la lapicera que en ese momento tenía a mano.

A esa altura, Etelvino estaba seguro de la conspiración. Había gente – más de uno – que querían decirle algo con ese ojo. Era un mensaje dirigido a él. Una manera de decirle que era mirado. Que se lo miraba. No era juego. Y si era de una forma tan indirecta, era de alguien que no quería ser conocido. La mirada simbólica de ese ojo de papel le decía que alguien – con ojo de verdad – lo miraba.

Durante poco tiempo se preguntó que le estarían queriendo decir de esa manera. Porque rápidamente se dio cuenta. Era alguien que estaba queriéndole decir que lo miraba como mujer.

Empezó a investigar. El Dr. Thompkinsons no podía ser. Era psicoanalista y parecía muy serio. Los adolescentes tampoco. Iban y venían con sus noviecitas o discutiendo de política o de fútbol. Y las mujeres – no tenía duda – todas, lo miraban como hombre. Bien macho.

Quedaba Zlobonder Kruglak, cónsul de Serviacia, ese nuevo país surgido de muchos pactos, acuerdos y declaraciones. Y después de muchas guerras. Cada vez que estaba en portería y salía en su auto, siempre lo miraba fijo. Y, parecía, con un solo ojo. Muy extraño. Un ojo mirando adelante, y el otro clavado en él. Ojos grandes y negros. Y casi siempre, el punto en medio del papel del agujerito era negro. De un negro parecido a esos ojos. 

Ya no tuvo dudas. Cada vez que el ojo de aquel cónsul lo miraba le estaba queriendo decir que lo veía como mujer.

Desde adolescente, casi niño, Zlobonder Kruglak fue combatiente. Muchas veces mató y estuvo por morir. Primero contra los chechenos, como el general Kruglak, su padre. Después contra los servios. Y los croatas. Y los musulmanes. Sus heridas nunca fueron graves. La herida más grave se la hizo una abeja, después de una guerra. Zlobonder fue siempre muy curioso. Miraba todo. Empezó desde chico espiando los vecinos, mirando por ojos de cerraduras, atrás de algunos árboles. También pasaba horas mirando insectos. Hormigas. Sus ordenados caminos, los pedazos de comida que arrastraban al hormiguero. Y también las abejas. Su organización, la dirección de sus vuelos. Como avisaban a las otras donde había flores. Y siempre imaginaba esa reina madre servida y atendida en la profundidad del panal. Solamente poniendo huevos. Una vez, caminando por un bosque, descubrió un panal. Se acercó despacio para ver como las obreras entraban y salían, todas trabajando para todos. De pronto descubrió – milagro, maravilla, sorpresa – que la reina madre esa vez no estaba adentro sino afuera, mirando quieta el trabajo de sus esclavos. Debia ser ella, porque era mas grande, sus rayas negras y amarillas mas fuertes. Era hermosa. Se acercó despacio mirándola, hasta que de pronto voló hacia él, que no podía dejar de mirarla. Cada vez mas cerca, la veía cada vez mas y mejor. Hasta que sintió una quemadura en el ojo, un dolor insoportable. Dio un alarido. Un grito terrible. Desde entonces, para no mostrarse tuerto (ni pirata) usaba un ojo de vidrio, del mismo color negro que el otro, con el que todos los días miraba, también curioso, el estilo serio y marcial de aquel extraño portero.

Para Etelvino el problema era que hacer con esa mirada. Porque el problema ya no era el punto negro o azul del ojo en el papel de aquel agujero. Ahora era un ojo de verdad, en una cara. Un ojo que – ahora – lo miraba. Y fijo. Y lo seguía mirando hasta que el auto doblaba. Porque con el ojo de papel sabía qué hacer: arrancarlo, tironearlo, escarbarlo hasta que el agujero quedaba limpio. Pero con ese ojo, el que lo miraba, ¿qué hacer?. Recordó el alfiler de sombrero de su bisabuela. Cuando su madre se lo mostraba y le contaba que su bisabuela lo usaba atravesando los sombreros que las mujeres usaban en esa época, con cintas o tules que les caían sobre los ojos.

Un día, entonces, cuando el auto salía, lo paró. Zlobonder lo seguía mirando curioso. Nunca consiguió hablar con Etelvino más que pocas palabras. Era “si, no, bueno, aquí, después, ya”. Y ese estilo militar, que le recordaba a su padre. ¿Qué le vendría a decir ahora?. Etelvino se acercó, siempre serio, se inclinó como para hablarle, y le metió en el ojo el alfiler de su bisabuela. Zlobonder dio un alarido, un grito terrible, el chofer y otros agarraron a Etelvino, que después quedó quieto y sonriendo, con la satisfacción del deber cumplido. 

Aunque lo internaron en un hospicio, eso no impidió ciertas consecuencias. Porque el gobierno de Serviacia acusó a Etelvino de agente ruso que, en un claro acto de provocación, cegó a un representante de Cheslovacia. Es que la situación política entre Rusia y Cheslovacia era tensa. Cheslovacia, creada por la Fuerza de Paz de la ONU, con ayuda de la NATO, intentaba extenderse a parte de Rusia, Ucrania. Y había anunciado, poco antes, que tenía armas atómicas. Pero solo anunciado, ya que por razones geográficas -y radioactivas- no tenía territorio para probarlo. Sabían, por eso, que Rusia creía que era mentira. Un “bluff”, como decían los diarios. Razón por la cual, ante esa obvia -y salvaje- provocación en un representante oficial de Cheslovacia, no tenía más remedio que responder con un hecho. 

Fue así que explotó aquella bomba atómica en Moscú.

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El erotismo en Cortázar


Luis Eduardo Saavedra Salazar (especial para ARGENPRESS.info)

Cortázar plantea sus reflexiones sobre el erotismo en Ultimo round, concretamente en su ensayo “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. Reflexiones que no sólo tienen que ver con el erotismo en sí, sino con su papel en nuestro idioma. Cortázar habla de un “subdesarrollo de la expresión lingüística en lo que toca a la libido”, una carencia de lenguaje erótico en la narrativa latinoamericana que la lleva, en este terreno, al circunloquio, a la imagen poética, al eufemismo o, en su defecto, al tremendismo, a la literatura negra. Y, ¿en dónde se origina esa precariedad expresiva? En la gazmoñería heredada que no nos permite escribir lo que con tanto desenfado expresamos a nivel oral. “(...) nuestro subdesarrollo -dice Cortázar- nos impone la peor de las vedas, la parálisis de la escritura, ya que en materia oral no nos sentimos tan responsables como lo sabe cualquiera que frecuente tertulias de españoles y argentinos después de la tercera copa”. El mismo Cortázar sostiene que “en toda mi obra no he sido capaz de escribir ni una sola vez la palabra ‘concha’, que por lo menos en dos ocasiones me hizo más falta que los cigarrillos. Miedo de ser verdaderamente lo que somos, pueblos tan eróticos como cualquiera, necesitados de una cabal integración en un dominio que este siglo ha liberado y situado prodigiosamente”

Y necesitó cuatro años más, hasta la publicación en 1973 de Libro de Manuel, para escribir la palabreja y tantas otras de la rica cantera latinoamericana. Veamos una muestra: “(...) después de todo pija es una linda palabra, más personal que pene, por ejemplo, puro tratado de anatomía, o miembro viril que siempre me hizo pensar en la historia romana probablemente por lo de toga/ sí, pija suena bonito en argentino, me gusta más que la polla española/ Eso de los gustos, vos sabés, yo creo que la picha gallega y la pinga cubana están muy bien, o el pico chileno, que dicho sea de paso es un caso de masculinización porque todas las variantes argentinas o latinoamericanas son siempre femeninas, llamale pinchila o poronga o como quieras (...) pero si llega el caso vos a esto lo llamás pelotas o huevos y se acabó, no es ni peor ni mejor que testículos, de la misma manera que concha es una palabra hermosísima, la esencia misma del cuadro de Botticelli, si te fijás, y de todas las asociaciones sensuales y estéticas que quieras”. No es sino sustituir estas expresiones por sus colombianismos equivalentes y se quintuplica la intención de Cortázar de enriquecer el verbo erótico.
 
Enriquecerlo e instalarlo en un marco de cierta delicadeza que parta del “ejercicio natural de una libertad y una soltura que responda culturalmente a la eliminación de todo tabú en el plano de la escritura. Sólo así -dice Cortázar- se puede llegar a escribir algo como: ‘Marcelle, en effet, ne pouvait jouir sans s’inonder, non de sang, mais d’un jet d’urine claire, et même, á mes yeux, luminuex.’ (George Bataille), o: ‘(...) he stopped hearing the sound soup of her mouth and felt the brief pain of her teeth nipping the draw foreskin and the throb of his groin pumping fluid into her throat.’ (J.P. Donleavy, ‘The Ginger man’)”. Ejemplos que propone Cortázar en otros idiomas cuyo contexto histórico y cultural les permite esa frescura que Cortázar reclama para el español. En la narrativa, claro está. La poesía la considera un terreno privilegiado con exponentes tan esclarecidos como Paz, Neruda, Salinas, Molinari, Vitier, etc. Pero en la narrativa sólo señala a Lezama Lima, Fuentes, Vargas Llosa y a algunos escritores jóvenes que “tratan hoy de desflorar el idioma, pero en la mayoría de los casos no hacen más que violarlo previa estrangulación, lo que como acto erótico es bastante grueso. El tremendismo -prosigue Cortázar- no da nada en ese terreno como no sea algún espasmo más sádico que otra cosa, y la mayoría de las tentativas cubanas, colombianas o rioplatenses sólo han eruptado productos de un estilo que me permitiré llamar peludo”. Dicho esto en 1.969. Aunque increíblemente, a la fecha es muy poco lo que se puede agregar, salvo uno que otro escritor en nuestro medio: García Márquez o Andrés Caicedo, este último tan ligado a un aspecto muy caro en el erotismo cortazariano, el vampirismo-canibalismo, forma extrema de posesión, ceremonia que permite degustar el sabor de la sangre y la carne del ser amado, sentir que circula en las venas, que no pertenece a nadie más. En Ultimo round, Cortázar se pregunta: “¿Será necesario eso que llamamos lenguaje erótico cuando la literatura es capaz de transmitir cualquier experiencia, aun la más indescriptible, sin caer en manos de municipalidad atenta buenas costumbres en ciudad letras? Respuesta: no sea hipócrita, se trata de dos cosas diferentes. Por ejemplo en este libro algunos textos como ‘Tu más profunda piel’ y ‘Naufragios en la isla’ buscan transponer poéticamente instancias eróticas particulares y quizás lo consigan; pero en un contexto voluntariamente narrativo, es decir no poético”. Habría que añadir otros con una fuerte carga erótica, y más claramente insertos en el contexto narrativo, como “Ciclismo en Grignan” o “Silvia”. Sin embargo, transcribamos un aparte de “Tu más profunda piel”:
 
“Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se negaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada (...) No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre tí para lentamente reclamar las llaves de tu pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel (...) Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo”. 
 
Texto que a despecho del autor está impregnado de pura poesía. Hasta el punto de pensarse que es un poema. Es en Libro de Manuel donde lo desarrolla plenamente en correspondencia con sus concepciones sobre el erotismo en la narrativa. En Libro de Manuel cristaliza toda la teoría erótica elaborada por Cortázar en “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. Constituye, además, un segundo tomo de Rayuela. Andrés Fava, el personaje central es una especie de vástago de Oliveira que obsesivamente busca liberarse y realizarse, hasta lograrlo, pero no en la mira individual de Oliveira, sino en el terreno de la lucha política, del auténtico compromiso social. No importa que ese castillo de naipes llamado socialismo se hubiese derrumbado aparatosamente 16 años después. En Libro de Manuel, Cortázar expresa hasta la fatiga sus reservas frente a este proceso. Y de todas maneras, la quiebra del comunismo no acabó con los pobres del mundo. Andrés Fava aceptó el compromiso revolucionario, pero dejaba en claro que no cedía nada de su reino individual, aquello que peyorativamente llamaban actitudes pequeño-burguesas, cuya enajenación configuró el infierno de la experiencia marxista. Lonstein le dice a Andrés:
 
“-El señor quiere cosas, pero no renuncia a nada.

-No, no renuncio a nada, viejo.

-¿Ni siquiera un poquito, digamos un autor exquisito, un poeta japonés que sólo él conoce?

-No, ni siquiera.

-¿Su Xenaquis, su música aleatoria, su freejazz, su Joni Mitchel, sus litografías abstractas?

-No, hermano, nada. Todo me llevo conmigo a donde sea”.
 
Y así tendrá que ser.
 
En este punto del análisis es preciso abandonar a Cortázar y sus concepciones sobre el erotismo para abordar la crítica cortazariana que advierte elementos no propuestos por el autor.
 
En general, la temática de Cortázar, desde Los reyes, su primera obra, hasta los últimos escritos, gira en torno de la transgresión de los fundamentos sobre los cuales se apoya la cultura occidental, la tradición judeo-cristiana. Se intenta desmoronar la base de esta civilización que se ha desarrollado a expensas de la infelicidad del hombre. Ya lo señalaba Freud en El malestar en la cultura. Marcuse sostenía: “La proposición de Sigmund Freud acerca de que la civilización está basada en la subyugación permanente de los instintos humanos ha sido pasada por alto. Su pregunta sobre si los sufrimientos infligidos de este modo a los individuos ha valido la pena por los beneficios de la cultura no ha sido tomada muy seriamente (...) La libre gratificación de las necesidades instintivas del hombre es incompatible con la sociedad civilizada: la renuncia y el retardo de las satisfacciones son los prerrequisitos del progreso. ‘La felicidad -dice Freud- no es un valor cultural’. La felicidad -prosigue Marcuse- debe estar subordinada a la disciplina del trabajo como una ocupación de tiempo completo, a la disciplina de la reproducción monogámica, al sistema establecido de la ley y el orden”. Entendida la felicidad, en el marco de la filosofía del psicoanálisis, como la liberación de la sensualidad, como la realización de un deseo prehistórico, subyugado en la cuna por el principio de la realidad. Así lo expresa Cortázar: “Nuestra realidad cotidiana enmascara una segunda realidad, que no es ni misteriosa ni teológica, sino profundamente humana. Y, sin embargo, a causa de una larga serie de equivocaciones permanece escondida bajo una realidad prefabricada por muchos siglos de cultura, una cultura en la que existen grandes hallazgos pero también profundas aberraciones, profundas distorsiones”. Es explicable, entonces, que ahora volvamos ansiosamente las miradas a las etnias milenarias.
 
Podría afirmarse que esa “segunda realidad”, de la que habla Cortázar, no vive enmascarada ni escondida, sino subyugada por la civilización. Tras su liberación se orientan los esfuerzos de Cortázar. Y no se equivoca cuando pone en la mira los elementos y circunstancias que rígidamente mantienen sometido ese reino. Por eso apunta contra “la alegría barata y sucia del trabajo”, por eso hace “saltar en mil pedazos el tiempo de los empleados”, por eso, de alguna manera, señala la miseria de la monotonía conyugal, el sexo aletargado por la monogamia, las ocho horas ineluctables de tortura laboral, las oficinas-calabozos, las fábricas que agotan la vida de los obreros, el vientre seco de las mujeres que marchitaron su belleza en la tarea de perpetuar la especie.
 
No es raro que en casi todos los cuentos de Cortázar, sus personajes sean seres anodinos, inmersos en la rutina de su cotidianidad. Y que, abruptamente, en cualquier momento de esa vida gris, caigan en el extrañamiento, en una dislocación de la realidad que, en ocasiones, los sitúa en el centro mismo del horror. Precio alto por escapar de la rutina ordinaria, pero válido. Cualquier cosa es válida si coadyuva a quebrantar esa vida chata, sin expectativas ni esperanza. 
 
Pero es en Rayuela y en Libro de Manuel donde Cortázar ritualiza el erotismo en ceremonias que aparean el sexo con la muerte, como pasos previos al salto, al puente que conduce a la otredad, a su segunda realidad, a sus cielos. Es a la crítica Margery A. Safir a quien corresponde este fascinante análisis, cuya esencia está en las conductas extremas utilizadas por Cortázar, Sade y Lautréamont como recursos extremos “para el sufrimiento y para romper los límites de la conciencia”, tal como lo anota Susan Sontag.
 
“He elegido examinar este tipo de conducta -dice Margery A. Safir- en Rayuela y Libro de Manuel porque creo que se ha convertido en un tópico demasiado frecuente hablar de Libro de Manuel como una desviación radical de Rayuela, ignorando los notables paralelismos estructurales, lingüísticos y temáticos que coinciden en ambas novelas (...) Analizar cómo un modelo de comportamiento extremo, esencialmente transgresivo por naturaleza, se usa en ambas novelas pasando de la crisis a la liberación”.
 
El capítulo 36 de Rayuela muestra a Oliveira completamente solo. El club se ha disuelto, ha abandonado a sus amigos (“Ya va siendo tiempo de que me dejen solo, solito y solo. Admitirás que no me ando colgando de los levitones. Rajá, hijo de Bosnia, la próxima vez que me encontrés en la calle no me conozcas”, le dice Oliveira a Gregorovius). La Maga y Pola, sus mujeres, han desaparecido. Lo trabaja la obsesión de acceder a su cielo, al Kibbutz del deseo. Debe, al igual que Heráclito, para curar su hidropesía, hundirse “en la mierda hasta el cogote”. Baja a la orilla del Sena, debajo de un puente, y se une a Emmanuéle, una clocharde, una vagabunda. Se beben una botella de vino y Emmanuéle “se echa poco a poco sobre su amigo borracho y con una lengua manchada de tanino le lame humildemente la pija”.
 
En Libro de Manuel, Andrés sodomiza a Francine en una habitación del Hotel Terrass, frente al cementerio de Montmartre. Previamente la había conducido al balcón. “Le puse la mano en la boca para que no gritara, desnudos salimos al balcón, la forcé a ir hasta la barandilla, bajo la luz morada del cielo de Montmartre vio las cruces y las lápidas, la geometría coagulada de las tumbas”.
 
Obsérvese cómo, en ambas escenas, el acto sexual está ligado a la muerte en la medida en que no es reproductor. Cómo la clocharde no es más que una caricatura grotesca de la vida y Francine es virtualmente violada frente a un cementerio. En los ritos eróticos cortazarianos el Eros y el Tánatos se funden en un ceremonial que conduce al mandala, a ese cielo demencialmente perseguido por sus personajes.
 
“El descenso espacial de Oliveira a las orillas del Sena -dice Margery Safir- tiene también su paralelo en un descenso social que significa su ruptura con la sociedad burguesa. Oliveira avanza hacia el mundo de los clochards o vagabundos, un grupo social marginal que, en contraste con otros grupos marginales, se caracteriza por su abstinencia del trabajo. Este detalle es importante y da una clave para descubrir la naturaleza de la escena que contemplamos en este capítulo. Los avanzados estudios antropológicos y psicológicos del siglo XX sugieren que el trabajo es la actividad que separa al hombre del animal y que constituye la base de la sociedad. Como eje de la sociedad, el trabajo es también la fuente de toda represión. Tal vez George Bataille sea clarísimo en este punto al insistir en que todos los tabúes fundamentales nacen de la necesidad de restringir cualquier actividad cuyo libre reinado represente una amenaza para el trabajo. Así, pues, empezando desde la base, el único grupo humano que escapa de los tabúes más elementales es el que George Bataille llama el ‘inframundo’, una subcultura que, como los clochards de Rayuela, existe fuera de las exigencias del trabajo. En el inframundo, como entre los clochards de Cortázar, todos los límites de la sociedad normal desaparecen, incluida la racionalidad asociada con las obligaciones de la producción económica y la necesidad de reprimir explosiones de energía no productiva. En otras palabras, el descenso al mundo de los clochards es claramente un movimiento hacia ‘el otro lado”.
 
Movimiento en el que Oliveira debe deseducar los sentidos, “abrir a fondo la boca y las narices y aceptar el peor de los olores, la mugre humana”. Agarrar la botella de vino de la clocharde y bebérsela a sabiendas de que el cuello está untado de rouge y de saliva. Humillar la náusea y proseguir en el descenso hasta contemplar, en un mundo alucinatorio, a Emmanuéle como una diosa siria caída, “tirada en el polvo y pisoteada por soldados borrachos que se divertían en mear contra los senos mutilados hasta que el más payaso se arrodillaba, ante las exclamaciones de los otros, el falo erecto, masturbándose contra el mármol y dejando que la esperma le entrara por los ojos donde ya las manos de los oficiales habían arrancado las piedras preciosas”. La violencia y el erotismo hirviendo en el fondo del abismo, a un paso de dar el salto, de entrar en el camino que llevaba al kibbutz del deseo, por entre “los mocos y el semen y el olor de Emmanuéle...” 
 
En Libro de Manuel, la escena de Andrés y Francine se prepara con los mismos ingredientes ya examinados en el capítulo 36 de Rayuela. Andrés propone un descenso simbólico: “Necesito bajar con vos estos peldaños de coñac y ver si en el sótano hay respuesta, si me ayudás a salir de la mancha negra...” Salir de la mancha negra es llegar al kibbutz del deseo. El acto sexual anal realizado con Francine está igualmente asociado con la muerte, por cuanto no está orientado a la reproducción de la especie. El cementerio frente al hotel Terrass reafirma esa presencia. La resistencia de Francine a participar del acto, y la forma como Andrés la somete, a despecho de su aquiescencia final, configura el entorno violento, la fundamentación sádica. Es, de otra parte, la forma acabada, según los planteamientos eróticos de Cortázar, de “Tu más profunda piel”. 
 
“Estos aspectos del acto erótico que Andrés realiza con Francine -dice Margery Safir- son importantes porque demuestran hasta qué punto las acciones de Oliveira en el capítulo 36 de Rayuela se repiten en la escena del Hotel Terrass. En Rayuela existe una visión onírica de una figura femenina pasiva, una diosa caída que es violada a través de un acto erótico no reproductor y no heterosexual. La visión implica también la vinculación de excreta con el erotismo a través de la figura de un soldado que orina sobre la diosa caída. En Libro de Manuel la transgresión onírica de Oliveira se convierte en la transgresión real de Andrés. Una figura femenina pasiva, Francine, se usa como objeto sacrificial y es litúrgicamente violada a través de otro acto sexual no reproductor que se asocia con la actividad homosexual. Y nuevamente la excreción, esta vez a través del mismo acto sexual, queda vinculada con el erotismo”. Es mediante esta extraña liturgia como Andrés se libera de la mancha negra.
 
Quedaría por examinar el tratado sobre el onanismo que Lonstein desarrolla en Libro de Manuel. Igual podría decirse sobre el vampirismo en 62, Modelo para armar y las relaciones lesbianas que coincidencialmente la mayoría de los personajes femeninos de Cortázar experimentan. Pero sería imperdonable no transcribir el extraordinario capítulo 68 de Rayuela, un texto erótico escrito en glíglico, una especie de lunfardo montevideano inventado por la Maga. Disfrutemos este irrepetible pasaje:
 
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo como poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”
 
Queda, finalmente, la extraña sensación de que la erótica permanece huérfana desde Cortázar. Que lo poco existente, en español y otros idiomas, es una erótica anacrónica que ni siquiera toca de lejos la increíble revolución sexual que se dio a partir de los sesenta y que el maestro vivió y percibió, pero que no alcanzó a expresar en su totalidad porque ya la vida se le agotaba. Se precisa otro Cortázar para que relate la praxis de esa revolución que perseguía la libertad y la felicidad a través de la liberación de la sensualidad, que buscaba los cielos de Freud y de Marcuse, los mandalas cortazarianos. Es necesario que se escriba sobre el erotismo de los últimos 30 años, sobre ese frenesí sexual, sin antecedentes en la historia de la humanidad, que brutalmente fue estrangulado por el sida: recurso siniestro que se inventó la madre naturaleza para que, de nuevo, prevaleciera la realidad sobre la felicidad.
 
Bogotá, 1991

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