sábado, 4 de octubre de 2008

Sobre "¿Quién mató a mi madre?", de Edgar Borges / La novela como metáfora del encierro


Pedro Antonio Curto

La nueva obra del escritor venezolano sigue cosechando buenas críticas en España. El pasado 11 de septiembre, la librería Cervantes de Oviedo celebró en Foro Abierto el éxito de la novela. He aquí el texto que sirvió de presentación.

Abrir un libro supone algo así como abrir una puerta y entrar en una habitación en la que intuimos algo, una percepción a través de las señales que nos van dando. Abriendo el nuevo libro de Edgar Borges, atendiendo a su título y leyendo las primeras páginas, podemos tener la sensación de que se trata de una novela negra o policíaca. Tenemos los ingredientes clásicos del género: una muerte, dos inspectores de policía que investigan, un escenario donde comienzan a entrevistar a personas relacionadas con el caso. Con un poco de imaginación podríamos recrear una escena fílmica de ese interrogatorio, de dos policías, del salón, de los interrogados. Sin embargo, muy pronto, esta idea, aunque se mantenga, se nos empieza a antojar extraña, pues asistimos a una serie de recovecos que parecen buscar el confundirnos, se diría que el autor juega al despiste. O quizá que atendiendo a una canónica denominación de que hay novelistas de método, que a la hora de escribir lo tienen ya todo perfectamente planificado y la narración consiste en seguir un camino trazado en el mapa, a los que desde luego Edgar Borges no pertenecería, sino más a los segundos, a los que se embarcan en un viaje con la solitaria compañía de una brújula. Así, cuando hemos pasado unas pocas páginas, atravesamos las fronteras de un supuesto género para ir a otro lugar. ¿Hacia dónde? Después de haber leído el libro en dos ocasiones, me es difícil definirlo, sobre todo si se trata de hacer escuetamente y esto no es una descalificación de la novela, sino al contrario. Existen novelas que necesitan más de una lectura, podría haber dos, tres, cuatro…podría fragmentarse y leerse por partes, y todas (las partes) nos dirían algo, pues estamos ante una obra que a modo de la Rayuela de Cortázar, podríamos penetrar por una cueva y tendríamos la salida a un lugar diferente.

Nos encontramos ante una historia: la muerte o asesinato de una mujer, que sólo es un pretexto para abrir puertas a otras historias, para dar vueltas a la misma, ensimismados, realizándonos preguntas que sirven para abrir más interrogantes. Más que ante una novela negra nos encontramos ante un género que sería el género pretexto (ya varios críticos han definido la novela de Edgar Borges con este calificativo), pues bajo los esquemas de lo negro se nos transporta a una serie de sensaciones, lectura, de vivencias, de esa literatura muy difícil de conseguir, que no depende tanto de la trama, del suspense, ni siquiera de verisimilitud de la historia que nos están contando, sino que se trata de un puzzle cuyas piezas encajan un tanto de manera anárquica. Nos encontramos ante una de esas lecturas que no nos son indiferentes, nos provocan, nos perturban, también provocan nuestra sonrisa, aunque no sepamos muy bien la causa de esas reacciones.

Tenemos en nuestras manos una novela metaliteraria, en el sentido que habla de la literatura como ejercicio de creación, de admiración y ante todo, uniendo vida y literatura. Desde una biblioteca (situada en el apartamento de la familia de la muerta) que tiene mucho de imaginaria, aunque sea real, esa biblioteca de Alejandría de la que hablase Jorge Luis Borges. Así, de esa forma, van cayendo libros, a veces en el sentido más literal del término, nos encontramos con autores más o menos conocidos, vivos o muertos, que, con sus escritos, se convierten en una parte más de la trama y de la vida de los personajes, y cuya presencia no es casual ni complementaria, ni tampoco un ejercicio de erudición, sino que son pequeñas cajas que van componiendo una parte de la trama narrativa. Pero no se queda ahí la presencia metaliteraria, nos la encontramos en la propia muerta y en sus descendientes, que de alguna forma se convierten en autores, que crean la vida y la muerte de su propia madre, como una obra en la participa la propia fallecida, peor no tenemos claro sin confundiéndose con las miradas de sus hijos. Porque en un momento dado nos percatamos de que hemos partido de la realidad, pero no tenemos claro si hemos pasado a lo fantástico, a alguna forma de surrealismo o bien estamos ante una realidad extremada. El cruce de textos nos llega a producir un estado de confusión, de gozosa confusión, pues pienso que en la lectura es a veces bueno perderse, incluso no entender, porque en los ambientes abstractos, enmarañados, vamos más allá de lo que alcanzamos a ver con la altura de nuestros ojos, que suele ser una visión muy limitada. Y en esa mezcla de realidad e irrealidad, tenemos dos ejes que forman parte de la compleja textura de la novela. Una es la forma en que miramos a los demás, como cada cual va dibujando a la persona ajena en base a sus propias percepciones, según los contextos vitales que cada uno es capaz de crear, de la alteridad que establecemos con el otro. Así de esa forma vamos construyendo a la persona sobre la persona realmente existente. Ocurre en la novela cuando hablan de la madre sus dos hijos y descubrimos que existe una distancia de una madre a la otra, aunque está sea la misma. A modo de Rhasmon, esa película donde diversos personajes nos cuentan una misma pelea, pero con historias bastante diferentes, que parten del tiempo en que la han visto, así como la participación en la misma. La novela, una y otra vez, nos hace plantearnos una pregunta: ¿cuál es la verdad? Porque si bien es cierto que, ante un crimen, debería existir una sola verdad, en este caso: la madre, una muerte, esa verdad depende de los conocimientos y de la visión que hayamos tenido de la misma.

Derivando de esas visiones y engarzada a la misma vamos hacia el otro eje temático, lo que podríamos llamar el conflicto que subyace debajo de la novela, que es la maternidad, la Pacha Mama en cuerpo de mujer. Nos encontramos con la madre, supuestamente asesinada o muerta, va adquiriendo un carácter globalizador y dominante, porque en definitiva es algo tan sencillo y globalizador como la propia vida. Es una madre heterodoxa, capaz de reunir en un mismo ser múltiples personalidades, tanto que más que ante un personaje único, nos encontramos con la temática de la madre y todo a lo que ella nos une, ese cordón umbilical que articula y desarticula nuestras conexiones vitales, para el que no siempre tenemos una explicación situada en el campo de la lógica.

La madre de nuestra historia se convierte en un envoltorio, como si las paredes del útero materno no desaparecieran en el momento del nacimiento y siguieran existiendo a modo de paredes invisibles que nos protegen del mundo exterior al mismo tiempo que configuramos nuestra visión de ellas. Se diría, incluso, que ese cordón umbilical forma una parte de nuestro ser junto a nuestras ideas, a nuestra moral, configura una parte de nuestra cosmovisión. Así lentamente vamos a llegar al final, un final en el que no encontramos respuestas a la interrogante que lleva la novela por título, pero creo que sinceramente a esas alturas quizá sea lo menos no saber, es si la madre ha sido asesinada, si ha fallecido de muerte natural, si continúa viva o si ha existido realmente. Porque todas las preguntas caben, pues, como dice Andreu Martín en el prólogo: “No se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas.” Una novela a la que invito entrar en la seguridad, o en la amplia posibilidad, de que es posible perderse, es más, es necesario perderse para recorrer este gozoso laberinto, aunque al final quizá lo que nos volvamos a encontrar sea otro laberinto.

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El bálsamo de la cultura

Laura M. López Murillo (desde México, especial para ARGENPRESS Cultural)

Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.”

Octavio Paz

En algún lugar de la vida, desde los recovecos del infortunio hasta las cumbres de la plenitud, jugando entre la realidad y la conciencia, la percepción construye un refugio, un universo íntimo; y ahí, en ese mundo alterno, se abrevan las dosis de fantasía que toda mente requiere para mantener la cordura…

Dicen los que saben, que el sueño es la mitología privada de quien duerme; que sin esas dosis de surrealismo, el cerebro colapsaría en un infinito de filas y fobias; que la distancia entre la genialidad y la locura es casi imperceptible; y que por eso, para mantener la cordura en un mundo hostil es necesario aprender a soñar.

El arte es una forma de materializar los sueños, de expresar sensaciones recónditas que yacen en el fondo del pensamiento. La vida no es la misma para todos, el mundo se percibe de formas muy diversas, pero todas las realidades logran expresarse y compartirse a través de las manifestaciones culturales.

Entendiendo por cultura a todo, absolutamente todo, lo que surge por la imperiosa necesidad de exteriorizar los colores, los confines y los bemoles de la interioridad. Y así, por un instinto indeleble, los seres humanos proyectan su visión del mundo, su versión de la vida.

Sin embargo, por un intrincado proceso, tan rebuscado como el barroco, el arte y la cultura se alojaron en uno de los círculos más reducidos de la sociedad, en una elite que se apropió del derecho para definir el arte y construir el canon.

Pero nada es para siempre, y la posmodernidad se caracteriza por la ruptura de paradigmas, y uno de ellos, es la lejanía entre el arte y el pueblo. La distancia insalvable entre el vulgo y el gremio artístico se rompió, hace siglos, con el teatro ambulante. Hoy por hoy, el arte ha salido de su sobrio recinto para entrar a los reclusorios, para llegar a los ejidos y zonas populares; se rompieron los estigmas denigrantes para recibir con los brazos abiertos a quienes padecen la crueldad del entorno.

El Instituto de Cultura de Baja California (ICBC) ha emprendido la noble tarea de revertir el estigma elitista del arte, llevando el bálsamo de la cultura a lugares rezagados, obsequiando cucharadas de Luna a los grupos vulnerables y a sectores marginales para atenuar los estragos de la desventura, la fatalidad y el infortunio. El ICBC lleva talleres y cursos itinerantes a las zonas apartadas, allá en las entrañas del ejido; realiza un programa de vinculación con los albergues temporales del DIF para recibir a los pequeños en el Centro Estatal de las Artes; en el reclusorio de El Hongo lleva a cabo un taller de banderines; y lanzó una convocatoria para detectar el talento infantil en todo el estado.

De esta forma, se pretende que la cultura sea una opción accesible en todos los estratos sociales, especialmente en aquellos donde es más urgente construir un refugio emocional para sanar las heridas de la adversidad. Y así, entre la catarsis del autor y la compasión del espectador, se abrevará un elixir humanizante.

En ese ambiente ubicuo, despojado del lastre que impone la materialidad, será posible reinventar el argumento de la vida, iluminar el mundo con tonos inéditos, interpretar la existencia desde un cristal de mil colores, para refugiarse del dolor cotidiano o evadir la soledad, para aligerar el peso de una carga abrumadora o transfigurar los sueños.

Y en esta época del año, cuando la ilusión impregna el horizonte de Baja California y se percibe la extravagante certeza de poder tocar La Luna, todas las manifestaciones del arte serán motivo de celebración durante el Séptimo Festival de Octubre organizado por el Instituto de Cultura de Baja California.

El poderoso influjo selenita despertará al genio que duerme el sueño de los justos, alborotará al poeta que se oculta entre las bambalinas de la cotidianidad, y todas las tardes de Octubre… jugando entre la realidad y la conciencia, la percepción construirá un refugio, un universo íntimo; y ahí, en ese mundo alterno, se abrevarán las cucharadas de Luna y las dosis precisas de fantasía que toda mente requiere para mantener la cordura…

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La bola lumínica tragatodo

Jeremías Maggi (especial para ARGENPRESS Cultural)

Son las tres de la mañana y el frió me cala los huesos, te cala los huesos, nos cala los huesos. Hace dos horas que las almas abandonaron su transitar la ciudad. La noche le da un toque tenebroso al ambiente. Hace dos horas que no solo las almas abandonaron la ciudad sino también los colectivos que ellas manejaban. El frió me cala los huesos, es como si los limase de a poco hasta que las gotitas salen de adentro del mismo, gotitas de dolor, gotitas de cansancio, pequeñas gotitas que se apoderan apretándome las piernas y asfixiándolas. Hace dos horas que ningún colectivo pasa por la calle, ni por ninguna a la redonda, hace dos horas que desaparecieron junto a las almas que los guían, los colectivos no están, se fueron, se fugaron. La esquina es una típica esquina de Buenos Aires, la ciudad de mil rostros, la ciudad de mil ciudades. En un segundo uno puede pasar de Paris a Roma, de Madrid a Barcelona, de Nueva York al DF, todo en una misma ciudad, del DF a la Pampa, todo en la misma ciudad que paradojalmente se llama Buenos Aires. Los bondis no tienen la más mínima gana de andar, de pasar, ni siquiera de burlarse de los que como yo esperan, sufren, sueñan la vuelta a casa. Si hubiese empezado a caminar hace dos horas seguro ya estaría a unas pocas cuadras de casa, pero mis pies se parten, se abren, se mutilan del dolor que cae como una cascada desde las rodillas y colapsa en la planta de los pies, una cascada inmensa de dolor y sacrificio, una cascada que va cayendo suavemente como posándose en cada centímetro, en cada célula, en cada vena, en cada nervio, en cada arteria, un dolor que agobia, que lo hunde a uno hasta al centro de la tierra y al mismo tiempo lo vuelve a sacar disparado como una bala de plata. Por un momento realizo una gran colecta de cosas quemables y ardientes, en ella se acumulan ramas, hojas, papeles, cartones, botellas toxicas, y cualquier cosa que sea incendiable, es decir todo lo que esta al alcance de la mano. Encuentro una lata de medianas dimensiones y empieza a darle vida a una pequeña fogata con el objetivo de mitigar el frío que a este punto me estaba pasauveando las bolas. Las ganas de mear obligaron a sacar a mi pequeño ñoquito a semejante desafío, un frío capaz de congelar cualquier cosa que de con el. Maldigo y maldigo a cuanto amigo y personaje se me cruza por la cabeza. Pero por suerte la pequeña y furiosa fogata va llenándome de calor y olor a rancho. El frío cede y deja paso a unos calorcitos momentáneos, pero una vez acabado los materiales quemables las esperanzas de calor se disipan. Algo del frío me vuelve hiperactivo, me paro y me siento al mismo tiempo, camino hasta la esquina y vuelvo corriendo a la parada por miedo a que aparezca el colectivo de golpe, así como por arte de magia. Me acuesto en la calle y descubro que en Buenos Aires no hay estrellas, ni por chiste se asoman en semejante frío. Me siento apoyando mi cabeza en los caños helados de la incipiente parada de colectivo y se me congelan los dos magnos cachetes del culo en un abrir y cerrar de ojos, un abrir y cerrar de ojos que se me hace eterno, tan eterno que parezco desmayarme y levantarme de golpe como de un susto. A lo lejos una esperanza se ilumina, una luz gigante (a este punto ya todo es gigante, enorme, hipergrande) se balancea de un lado al otro de la calle, de derecha a izquierda, de arriba abajo como surfeando los pozos comecoches de Buenos Aires. Un gran foco amarillo que se mueve como bailando con la niebla de sus costados, como dejándose abrazar por la escuálida noche, y en mis ojos una luz de esperanza se prenden, por dentro me pregunto: ¿será un colectivo o un auto diminuto?, ¿me llevará si es un auto? ¿Cuántos focos puede llegar a tener un colectivo? 10… 12… 20… 10.000… a este punto de la noche creo que todo es posible, es factible, es capaz de volverse real, un colectivo convertido en una bola lumínica que se va tragando a cuanto transeúnte ve, un colectivo al estilo ochentoso convertido en una gran bola de cristal y al entrar unos espejos redondos que reflejan unos tubos de neón fluorescentes. Todo de todo es factible, una locura tragatodo, un gran agujero negro al cual nadie esta invitado, en el cual se lleva a cabo la fiesta mas negra la del agujero negro. Pero las lucecitas (a este punto parecían miles) se acercaban, cada vez mas pero cada vez mas lento, mas agónica, es como si el colectivo fuese a sentirse explotado, destruido y no se cuantas mierdas mas, pero una sensación de miedo, odio, rabia, admiración frente a semejante fenómeno de bola lumínica tragatodo transeúnte andante.

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“Burn after reading”: Los Coen después del Oscar


Jorge Zavaleta Balarezo (desde Pittsburgh, Estados Unidos, especial para ARGENPRESS Cultural)

Pocos meses después de obtener el premio de la Academia con “No Country For Old Men”, que nos dejó un sinsabor y una sensación de trabajo incompleto, a medio hacer, los hermanos Joel y Ethan Coen reaparecen en la dirección con “Burn after reading”. Se trata de una “comedia negra” en la línea de “The big Lebowski”, “The ladykillers” o “O brother, where art thou?”, que les reportaron notables críticas y halagos y que forman parte de una carrera a estas alturas casi intachable, veinte años después de haber debutado con “Sangre simple”.

Ahora, y por primera vez, el reparto es más que estelar: John Malkovich, Frances Mc Dormand, George Clooney, Brad Pitt y Tilda Swinton protagonizan esta historia ligada a un secreto, o, mejor, a la vida secreta de un agente de la CIA que de pronto comienza a circular por circuitos abiertos y, como por casualidad, retoma el viejo tema de la Guerra Fría y de las tensiones internacionales en nuestro planeta tan convulsionado.

Pero, digamos, esa es la historia base. Porque a partir de allí se teje otra, paralela, en que los personajes muestran algunos de sus lados más ocultos, recónditos o sufridos como la Frances Mc Dormand obsesionada con sus cirugías plásticas o el John Malkovich alcohólico o el George Clooney que no puede renunciar a su condición de desequilibrado mujeriego mientras cree, ingenuo, que su esposa siempre lo va a proteger.

Como ocurre en la mayoría de sus películas, aquí los Coen se preocupan por escenas precisas, cargadas de ironía, de frases impactantes, de retratos de caracteres que se engañan unos a otros y terminan por darse cuenta que todo el tiempo han estado como viviendo en una burbuja. De algún modo los autores de “Educando a Arizona” y “Fargo” también le están tomando el pulso a la cultura urbana del siglo veintiuno en Estados Unidos, una expresión llena de miedos, fobias, pero a la vez de recatos o represiones. Hay un “inconsciente colectivo” trabajando todo el tiempo en esas secuencias que alternan los amores secretos de Tilda Swinton y George Clooney o los excesos personalistas de un atípico Brad Pitt en un rol sorprendente e inédito de “golden boy”.

Pero esta es, por supuesto, otra ocasión para reencontrarnos con ese humor expresivo y latente mostrado siempre por estos talentosos realizadores, que han convertido esta herramienta en una matriz expresiva, a veces con algunos giros, como en esos viajes más allá de todo, a la manera de la fabulosa “Barton Fink”.

Habrá quien señale que, dado el peso del reparto, y la variedad de situaciones que se entrecruzan, “Burn after reading”, no es, contra lo que podría esperarse, una película completa y más bien constituye un desahogo tras las mieles del Oscar. En parte eso sería cierto, porque se advierten ciertos formulismos y ciertas maneras a manera de clichés. Pero, al mismo tiempo, podemos decir que nadie como los hermanos Coen se muestra más a contracorriente y desestabilizador, con una coherencia en el discurso y una convicción en los ideales, para presentarnos este producto “un poco más acá”, más normal y más quieto, y aún así manifestación de todo eso que nos hace reír pero que en el fondo, y como habitantes de un mundo conflictuado, también nos inquieta y perturba.

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Víctor Ramírez: reflexión insobornable


Liberto (desde Artevigo, Canarias, especial para ARGENPRESS Cultural)

El escritor y profesor canario Víctor Ramírez (San Roque, 1944, Las Palmas de Gran Canaria), no sólo ha publicado excelentes novelas: "Cada cual arrastra su sombra", "Nos dejaron el muerto", "Siete sitios queda lejos" o "El arrorró del cabrero". También ha cultivado de forma magistral los relatos en libros tal que: "Cuentos cobardes", "Además lo primero", "Lo más hermoso de mi vida", "Arena rubia y otros relatos" o "La vez entre después y ahora", pero de lo que no cabe duda es que con sus reflexiones periodísticas es donde Víctor Ramírez ha aportado más al despertar de la conciencia nacional canaria, que han sido recogidas en diversos libros, desde el primero de ellos "Respondo" en 1993, "La escudilla" en 1994, "La rendija" en 1997, "Palabra de Amazigh" en 1998, "Desde el callejón sin salida" en 1999, "En la burbuja" en 2000 o "El fósforo encendido" en 2003.

Todas estas reflexiones periodísticas, recogidas en libros, responde contundentemente a un mismo fin libertario, insobornable, aportar -como canario que siente la vergüenza de callar la miseria que nos rodea y como un aire aniquilador intenta poseernos- su grano de concienciación para el despertar de los canarios y canarias, que quieran vivir dignamente en libertad y justicia luchando por la Independencia de Canarias del Estado español por siempre jamás.

Víctor Ramírez, en cada uno de sus artículos, en cada uno de sus libros, se arroja desnudo, pero con argumentos irrebatibles, al terrero de la rebeldía en alta voz, para señalar y desenmascarar de una agarrada certera a los esbirros y mayordomos del poder colonial español en Canarias, a los cortesanos y a los que doblan el espinazo ante los viles personajillos que sólo son instrumentos perpetuadores de la ignorancia, la esclavitud y la sumisión de la gran mayoría del pueblo canario.

Por todo esto se atreve a encarar su destino con un mínimo de valentía que le permiten seguir rebelándose contra la opresión; por estos anhelos quiere Víctor Ramírez "dejar constancia escrita -formando un todo más manejable- del reflexionar sentido de un canario independentista que también a veces ejerce de escritor, y con la esperanza de que a otros sirvan para algo esas reflexiones".

Aunque la necesidad por "dejar constancia escrita" es imperiosa y obliga a un sentido y vivido compromiso diario ("el compromiso es para mi libertad, no pesada losa", te dice de plano mirando profundo y fijo), aunque la necesidad se imponga tozuda y obligue constante a una urgente respuesta, jamás descuida la forma. Víctor Ramírez no sólo medita y reflexiona lo que quiere decir, sino que atiende cuidadoso el cómo lo expresa. Esta poco común actitud de los que escriben en los periódicos, por perfilar estilísticamente sus textos o artículos de opinión, obedece, casi sin duda, a una doble querencia: tanto considera que es imperativo clarificar las ideas, los pensamientos, para ser más preciso y contundente "…pues así deben ser las opiniones…" siempre inspirado en el firme deseo de disipar las posibles sombras de la ambigüedad, que podrían ocultar o confundir el camino o la verdad que señala y que quiere compartir, como ve importantísimo el encontrar la forma más eficaz de comunicar sus razonamientos, para que no quepa la menor duda, sin ambages y sin medias palabras.

Como muy bien observa el periodista José Miguel Vargas "Víctor Ramírez perfila en párrafos cortos y entregas directas el quehacer de un observador multifacético que no dirige su mirada hacia un solo único punto del horizonte de la vida cotidiana, sino que otea desde su azotea de barrio todo aquello que le conmueve e indigna para proclamarlo o denunciarlo; aunque la censura, dice el autor existe implacable`".

Después de leer estas reflexiones periodísticas recogidas en estos libros, y en otros que prepara en estos momentos fruto de sus colaboraciones en el semanario "Liberación", uno ya no puede ser el mismo y se confirma la finalidad y el logro del intelectual como aquel que nos hace ver, sentir y comprender, lo que antes, tal vez, no veíamos, ni sentíamos, ni comprendíamos. Nuestro gran escritor Isaac de Vega describió perfectamente la actividad que nuestro autor adopta ante la realidad canaria que le circunda: "Sabida es la fijación de Víctor Ramírez por lo popular, no únicamente como más o menos caótico y de historia a mano para entretener -nos cuenta Isaac de Vega- sino como profunda comprensión y amor por las gentes que discurren sus vidas humildemente…Masas explotadas de donde sale toda especie de riqueza, toda clase de lujos, toda clase de soberbias de los otros menos, triunfantes en esta dudosa vida de todos los días, que se hacen sobre los que exprimen, asentados en una injusta democracia".

Otro gran escritor y periodista, Alfonso O´Shanahan dice que " a Víctor lo que le duele esencialmente es su Patria, Canarias, sin asomo de egoísmo isloteño alguno, pues toda su prosa periodística arranca de la universalidad del canario, pero del canario universal, es decir, del canario no colonizado".

El camino, lo sabemos de sobra, es largo, pero cada vez somos más los que nos paramos a reflexionar con los siempre iluminadores artículos de Víctor Ramírez.

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Unos elogian la vida, otros celebran la muerte

Eduardo Dermardirossian (desde Buenos Aires, Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Después de escribir otros elogios, Joan Margall quiso escribir un elogio de la muerte. Tomó la pluma y comenzó así: “El mayor elogio que se puede hacer de la muerte es que no existe…” Sólo esta frase alcanzó a escribir, porque al día siguiente murió.

No temí que aquel hado volviera, ni que algún conjuro uniera mi destino al del poeta. Temí que el lector, después de tolerar mi Elogio del disparate, me abandonara. Porque podrá quedarse solo el que hace lindezas, pero el articulista no. El articulista, sabedor de que su afán durará un solo día, quiere vivirlo en compañía de su lector.

Estoy confesándote que yo también quise escribir un elogio de la muerte. Hice algunas anotaciones y luego desistí. Mandé a la papelera de reciclaje el archivo nuevo y de ahí lo eliminé para que no me tentaran los demonios. Y me apresuro a escribir este arrepentimiento para no volver sobre mis pasos.

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Creo que la muerte ha ganado más elogios que la vida. La literatura épica, la patriótica, la lírica y amatoria la han exaltado, a veces hasta el delirio. Después de morder el polvo de la derrota, Héctor regresa a Troya consciente de que ahí encontrará una muerte que lo vestirá de luces. Dice: “No puedo concebir morir sin gloria” . Se sabe merecedor de la bella muerte, que implica a la vez la muerte gloriosa.

Desde entonces la muerte fue agasajada por los hombres. “Coronados de gloria vivamos / o juremos con gloria morir”, predica el himno argentino, y la versión moderna del armenio, que en esto sigue al texto original, enseña que “en todas partes la muerte es una / sólo una vez muere el hombre / pero dichoso el que da la vida / por la libertad de su patria”. Por su parte La Marsellesa pretende que los franceses están “menos deseosos de sobrevivirles [a sus mayores que de compartir su tumba”. Y La Bayamesa, himno de Cuba, versifica así: “No temáis una muerte gloriosa / que morir por la Patria es vivir”.

Puedo ofrecer una explicación mitológica de esta vocación mortuoria. Cuando Dios creó al hombre le dio el atributo de la eternidad y le dijo que se enseñoreara de las cosas, pero le prohibió comer el fruto del árbol del conocimiento. Y el hombre, fiel al barro de su hechura pero no a su Alfarero, comió de aquel fruto. Fue entonces que Dios le quitó la eternidad y sólo le dejó los días. Lo condenó, pues, a la muerte y a la angustia de saberse muerto en vida, él y toda su progenie. Y abrumado por tan severa sentencia, para mitigar su dolor el hombre glorificó a la muerte.

También puedo ensayar una justificación estética. Después del castigo divino la vida y la muerte salen juntas de paseo. Fatigan los mismos caminos, visten iguales colores y no sabes cuál es una y cuál la otra. Ahora acuden al alumbramiento de un niño, luego a una boda, más tarde a un rito cualquiera. A las fiestas del carnaval y a la derrota en la batalla, a la consumación del amor y al funeral de una moza. Y no puedes elegir quién compartirá tu mesa.

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Pero la muerte también fue negada. Einstein negó el tiempo, y negando el tiempo negó la muerte. Como ya lo dije una vez, cuando murió Michelle Besso le escribió así a su familia: “Ahora él ha partido de este extraño mundo un poco antes que yo. Esto no significa nada. La gente como nosotros, que creen en la física, saben que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente” . Si la distinción entre el ayer, el hoy y el mañana es ilusoria, la muerte también lo es. La vida y la muerte no son estaciones del tiempo, son categorías de la conciencia. (He aquí un asunto que no puede ponerse en palabras porque el lenguaje, por ser sucesivo y manifestarse en el tiempo, es inhábil para nombrar lo intemporal.)

“Negados el espíritu y la materia, que son continuidades, negado también el espacio, no sé qué derecho tenemos a esa continuidad que es el tiempo”, escribió Borges. Así, soltó la mano de Berkeley y tomó la de Hume. Y como quien hace una travesura se inscribió en el partido de los negadores del tiempo. No de otra laya tituló Nueva refutación del tiempo al ensayo que guarda esa frase.

No sé si estoy fatigando al lector con estas cosas, no sé si estoy malogrando el espacio que buenamente me concede el editor. Pero creo que algunas veces conviene revisar las cosas que quedan arrumbadas en el desván, aquellas que la rutina esconde en los recovecos de la costumbre. Debajo de la maleza no verdea el césped, pero tan pronto desbrozas el terreno el fervor vegetal lo inunda todo y es entonces que la vida y la muerte se manifiestan y se pavonean sin pudor, quizá con la pequeñez de los átomos, quizá con la magnificencia de un dios. ¿Vale la pena hollar en el asunto?

Este sueño lo conté una vez y voy a repetirlo ahora. Me encontraba en el cementerio buscando una entre muchas sepulturas, creo que en compañía de algunas personas allegadas. Me senté para descansar y entre plantas y flores vi un sepulcro que llamó mi atención. Me acerqué para ver mejor y comprobé que sobre el mármol estaba escrito mi nombre y las fechas de mi nacimiento y de mi muerte: yo había muerto a los ocho años de edad. La experiencia onírica era vívida. Estuve de rodillas frente a esa tumba, besándola y llorando. Ahí yacía mi cuerpo y el que lloraba mi muerte niña era este que soy ahora. Conmigo había un pequeñito, niño o niña no lo sé, que lloraba también. Y en medio de esa congoja desperté y me apresuré a anotar el sueño para que el olvido no lo devorara. Contado desde la vigilia, aquella muerte es un registro de mi conciencia, una ficha almacenada en mi memoria. Pero si miro desde el sueño, mi vida es un devenir que sortea la condenación divina y se extiende más allá de mi muerte. O, si se quiere, es el muerto que pervive en el llorante. Carne de diván.

Dada esta experiencia, no menos vívida que otras de la vigilia, me pregunto qué es lo que merece alabanza, la vida que vive el soñador adulto o la muerte del niño sepulto. ¿O acaso es cierto que la vida y la muerte salen juntas de paseo, en la vigilia y en los sueños, y entonces no puedes elogiar a una sin elogiar también la otra? Carne de poetas.

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Todo epitafio es un homenaje a la vida del muerto, al menos así debe entenderse la chacota póstuma de Nasreddín. Quiso que su sepultura fuera hornada con una puerta grande y robusta, clausurada con cerrojos inviolables. Y así se hizo a su muerte. Y según fue también su voluntad, nada había entorno a esa puerta, ni siquiera paredes. Aún hoy la sepultura existe en el cementerio de Aksehir. ¿Qué quiso significar Nasreddín con tan curiosa decisión póstuma? Quizá burlarse de la vanidad humana y denunciar la estupidez de quienes aspiran a tales honores. Pero hay algo más: esa puerta inútil es un homenaje, un elogio al hombre que recorrió la vida amonestando con chanzas a sus contemporáneos.

También elogian la vida los poemas que se cantan en el sur de Suramérica, a uno y otro lado de los Andes. “No quiero volverme sombra / quiero ser luz y quedarme” dijo Atahualpa Yupanqui, y Violeta Parra, que le dijo “gracias a la vida / que me ha dado tanto”, terminó arrancándose la vida porque no pudo “distinguir dicha de quebranto”. Es que el Alfarero, al amasarnos inmortales y luego castigarnos con la muerte, nos dejó perplejos.

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Quiero concluir con una curiosidad. Los capitanes de la Real Academia Española votan cada diez años para decir qué novedades llevará la siguiente edición de su ilustre mataburros. El avance para la 23ª edición le ofrece al lector 20 acepciones y 85 formas compuestas de la voz vida, en total 105 significados. En cambio la 22ª edición presenta 6 acepciones y 32 formas compuestas de la palabra muerte, en total 38 significados. Al revés de los elogios, en el diccionario la vida le gana a la muerte. Si la vocación democrática de esos académicos es compartida por los hombres de este tiempo, entonces también los nietos y trasnietos de Adán desobedecerán la voluntad divina. Y como Baco, como Omar Khayyam, levantarán sus copas para celebrar la vida.

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Romance de la enana vieja

Gustavo E. Etkin (desde Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Encuentro y desencuentro

Eran las siete y el crepúsculo. Estaba solo, en una mesa del café que daba a la calle. Mucho tráfico, autos que pasaban ligero. Un diarero abría el puesto: revistas de todos colores. Prendió un tubo de luz. El semáforo amarillo, verde, rojo. La gente iba y venía rápido, algunos con paquetitos, otros con mufa. Algunas parejitas iban agarraditas dando un paseíto tranquilo.

Miraba todo ese traquetear general cuando, de pronto, vi cruzar la calle a la enana vieja.

La enana era vieja. O era una vieja enana. Cruzaba Corrientes con luz verde, apurada.

La miré y pensé que era muy fea, casi diría asquerosa.

Tenía las piernas y los brazos muy chicos, como todos los enanos. Y también la cabeza muy grande. Al caminar, un balanceo corto y estúpido.

Llevaba una bolsa de feria con algunos paquetitos.

Fumaba. El humo me salía despacio por la boca.

Esa enana era realmente asquerosa.

En su juventud habría trabajado en un circo.

Sus hombres habrían sido como ella: en la cama repugnantes, moviéndose rápido como nenitos peludos que se ríen de los que hacemos bien la cosa.

Enana hija de puta.

Pero la enana me empezó a mirar fijo, entró y mirándome siempre se acercó balanceándose con su bolsón de feria y cuando estuvo al lado me empezó a pegar con el puñito en la cabeza mientras me decía: -“Por qué piensa eso de mi, eh, yo soy como todos, yo también soy un ser humano, yo también sufro, yo he sufrido horriblemente en mi vida, eh. Usted que se cree”

Y me pegaba con el puñito en la cabeza.

Después se fue.

Se perdió entre la gente.

-“Esperá, enana, esperá, no te vayás” te grité tratando de alcanzarte. Fué inútil. Desapareciste.

II. Búsqueda y desesperación

Desde entonces te busqué mucho, enana vieja. Fuiste la única mujer que me comprendió y leyó mis más ocultos pensamientos. Nadie como vos, enana vieja.

Donde te fuiste enana que te busco siempre y no te puedo hallar.

Fui al Puerto y pregunté a los estibadores.

Fui al cine y pregunté a los acomodadores.

A los taxistas.

A los diareros

A los centinelas de todos los cuarteles.

A los linyeras de todos los caminos.

A los mendigos de todas las calles.

A los carteros de todos los correos

A los mochileros.

A los custodios.

Le pregunté a los guardianes del Jardín Zoológico de Mendoza, de Córdoba, de Buenos Aires.

Pregunté en lo de Valderrama.

En la Quiaca y hasta en Villazón.

En los estancos de la coca.

A los matacos y los araucanos.

A los cuidadores de las cataratas del Iguazú.

En el Hospicio y en las cárceles.

En todas las comisarías.

Averigüé en la morgue.

Revolví los cementerios.

Fui a ver todos los circos.

Investigué los reyes que todavía tienen bufones.

Pregunté a todos los rockeros.

Nada.

Enana vieja, te quiero.

Las cosas que haría por vos, enana.

Escribiría un libro que cuando lo terminen de leer se revuelquen por el suelo dando alaridos y estallen.

Sería calesitero, psicoanalista, lustrabotas, ingeniero, buzo, edecán, ciruja, embajador, paracaidista, cura, bodeguero, médico, domador, parrillero, todo al mismo tiempo, todo para vos enana, nada más que para que me digas está bien, me gusta, y te pongás contenta, mi enana vieja.

Asaltaría un banco para tener mucha plata y coimear un circo y que te dejen dar saltos mortales, arriba, y todos te aplaudan y yo sería tu red y te recibiría en mis brazos, mi amor, mi enana, mi enana vieja.

Y te tendría hecha una reina, te bañaría, te cambiaría la bombachita o los pañales o lo que uses, mi querida. Y te compraría ropita, toda la ropita que a vos te guste, y joyas y diamantes y blanca y grass, y juntaría todas las pitucas de Buenos Aires para vos y te daría la flor de lo mejor.

Y yo iría al mercado y haría las compras y me fijaría si está por acabarse el Nescafé.

Y a la noche mi enanita dulce, te cantaría:

Señora Santana
por qué llora el niño
por una manzana
que se le ha perdido.

Despacito, hasta que te duermas

¿ Donde estás, enana ?. ¿ Qué estás haciendo?. ¿ Donde estás, enana vieja ?.

Buscándote una vez volví a La Paz y le pregunté al mozo. No sabía.

Nadie sabía. Pero aquel día me acordé tanto de vos, mi querida, porque otra enana empezó a gritar:

Palomita blanca
Que pasa volando.

Todos le pagaban para que se calle, pero yo le pagué para que me diga si te vio. La levanté, la sacudí y le pregunté – ¿“Viste a la enana vieja, eh, la viste?, decime, decime, por favor, te lo pido” y la sacudía desesperado. Pero la otra enana me pegó con la guitarra en la cabeza y cuando la dejé en el suelo me gritó:

Era rubia
y sus ojos celestes
reflejaban las luces
del día.

Maldita turra. Seguramente sabía y a vos tampoco te dijo nada. Que desencuentro, enana, que desencuentro.

III. Nuevo Encuentro y Desencuentro y Final

Hasta que te vi. Con la bolsita de feria, como la primera vez. Ibas por ahí, con tus pasitos cortos, tan chiquitos, tratando de avanzar.

Era ella, mi enana vieja, por fin.

Enana, enana te dije, soy yo. Te busqué tanto, tanto, tanto. Nos encontramos. Te encontré. Eh, enana, mirame, soy yo. Eh ! No sigas caminando, date vuelta, pará, pará. Enana, por favor, dame bola, te quiero, te quiero enana vieja, te voy a besar todo ese cuerpito divino que tenés, cada parte, las tetitas, el culito, toda. Voy a tener hijos con vos, enana, vamos a tener enanitos, todos los enanitos que quieras, mi amor. Pero enana pará un poco, escuchame, enana, enana, por favor, no sigas caminando, dame bola enana, por favor, dame bola.

Y cuando te estaba por alcanzar te diste vuelta y me dijiste:

-“Señor, retírese que me compromete”.

Pero enana, soy yo, yo, no entendés?. Te voy a querer como nadie te quiso, te voy a besar la conchita y no me va a importar si tiene olor a pescado, a podrido a lo que sea, mejor, así te voy a querer más, te voy a apretar los granitos, todos los barritos de la espalda, eh, querés? Y si tenés algun golondrino te lo voy a chupar, eh?, lo que quieras enana, lo que quieras, pero por favor enana, date vuelta, pará, mirame, por favor enana dame bola. Te voy a poner pomada en todas las várices, te voy a sacar las costras, te voy a curar todos los granos, te voy a limpiar el culito con la lengua, pero por favor enana, dame bola, mirá y nada de eso me va a dar asco, al contrario, si es tuyo me va a calentar. ¡Pero no ves que estoy llorando, carajo! mirá, y si te duele nunca te la voy a meter toda, únicamente la puntita nomás, eh? Y eso me va a calentar más todavía, saber que si quisiera podría hacerte eso pero no hacértelo, la puntita nada más, y cuidarte y mimarte y bañarte y ponerte talquito.

Y ahí fue, cuando te estaba por alcanzar la segunda vez, que paraste, te diste vuelta y señalando para arriba me dijiste:

-“Si insiste voy a llamar un policía”.

Ah !, enana vieja. Enana hija de puta, mi gran amor.

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Ansiedad líquida - Esperando al hombre providencial

Pablo E. Chacón (desde Buenos Aires, Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Supongamos que exista la categoría de hombre común como una categoría política. Sería, casi sin dudarlo, una deriva de l’uomo qualunque o también, como subraya el politólogo Edgardo Mocca, de la mayoría silenciosa norteamericana o del poujadismo francés. El cualunquismo, según esas fuentes, nació hacia 1945 en Italia, alrededor de la revista L´uomo qualunque, fundada por el comediógrafo Guglielmo Giannini y entre otros, por el nono Giorgio Macri, que siempre quiso ser artista pero sus convicciones (que no eran bolcheviques, pero tampoco fascistas) encontraron una síntesis en ese elogio al hombre común que trabaja, tiene familia, defiende la propiedad privada, que en épocas de violencia considera la posibilidad de la pena de muerte, ama el deporte, el aire libre, el sol, la ley, el orden y la eficacia policial.

Estos apuntes versan sobre un tiempo histórico más o menos enterrado, cuando el cualunquismo, trufado de trabajadores, hombres grises que agachaban la cabeza cuando pasaba un partisano, por lo menos pretendió organizar políticamente los restos monárquicos que en tiempos mejores festejaron D’Annunzio y Marinetti, uno con su prosa recargada y fastuosa, y el otro cantando al progreso, la aceleración y la velocidad. El mismísimo Macri, el abuelo de Mauricio, cultivó durante un tiempo la amistad de Michelangelo Antonioni, hasta que el hambre y los deberes lo obligaron a cruzar el océano donde prosperaron hijos y nietos. Sin embargo, el nono Giorgio jamás abandonó su pasión cinéfila y cuenta la leyenda que la última película que rodó Antonioni antes de la apoplejía lo dejara casi sin habla, resultó en parte financiada por aquel artista frustrado. Se trataba de Identificación de una mujer, que se alzó con la Palma de Oro en Cannes 1982. Los protagonistas de ese film recorren Venecia buscándose a sí mismos, perdidos entre los fantasmas de un pasado que no volverá. Pero no se entregan a la nostalgia, ese clásico del cualunquismo. En la pérdida, los personajes de Antonioni miran adelante: no hay nada. Sólo el impulso de inventar.

El hombre común es el hombre sencillo, el del fútbol, la bandera, la familia, el que grita nació, nació, el que se quiebra y no se sabe si se ríe o si tiene espasmos mientras pucherea murió, murió. El que prepara el pavo de las navidades, la fiesta de casamiento de la tribu, el que guarda el secreto familiar bien temperado y más atroz, el que arrastra al nene al putero, a la cancha, al cine de súper acción, el que se jubiló antes de nacer, el que dice qué barbaridad, o roban pero hacen, el que dice de algo hay que vivir, el que vota, optimista, el que vuelve a votar, algo decepcionado pero siempre optimista, el que vota otra vez, el que va al Malba, es ese que saluda al rati de la esquina, el mismo que echa gargajos en la vereda del vecino, verdes como espumarajos de gelatina, después del mate mañanero, el que garca puntual, todos los días antes de lavarse los dientes, ese que tiene una mujer que vive estreñida, el tipo al que la secretaria del trompa lo manda a buscar fasos dieciocho pisos abajo, sólo con un mohín que simula atención y esconde desprecio, pobre putita de alquiler, el que duerme mucho y mal y se despierta con la pija muerta, es el que coge una vez por semana con las velas encendidas, esas velas espantosas que trajo de Miami o de Cancún, es el mismo que dice yo no vi nada, el que nunca ve nada y siempre sale de testigo, es el que corre si lo corren, el abonado a las reuniones de consorcio, es el tipo ese que saca un salchicha asqueroso a mear a la vereda y se pasea con la palita por si la bestia larga un tarugo, es el mismo que escucha atento las explicaciones del gerente general del banco donde tiene los depósitos que alguna vez le incautaron, es el que dice patrona, bruja, jabru, mi mujer, mi negra, mi no sé qué, pero siempre con un mi adelante, es el que llora con el Diego, con el Burrito, con el Manu, con Messi, es el que alquila el video de la Salazar abriéndose los cantos, el que putea a los ingleses, a los holandeses, a los brasileños, el que grita negro de mierda, brasuca tenías que ser, es el que vocifera hijos nuestros, el que grita falopero, villero, cabeza, judío de mierda, puto, puto del orto, es el tipo que grita policía, policía, el que grita gol y putea a los norteamericanos y los aplaude de acuerdo a la tribuna, es el tipo que no fuma, no se droga, no se emborracha, toma tetra, no sabe nadar, no corre, tiene miedo en Barracas a la noche y se siente inhibido en Palermo Rúcula todo el día, el que tiene el culo gordo de alcahuete, es el cornudo de ocasión, el que sale del teatro diciendo pero qué actorazo, qué actorazo Alfredo Alcón … El cualunquismo es el heredero pacífico de la última dictadura cívico-militar: su clientela es ese sector amplio, mayoritario, la clase media conservadora y aterrorizada y amortizada para nada, asegurada en cementerios y prepagas, aterrorizada por el irreversible deterioro de la situación social. Es ese clase que no quiere creer pero sabe que la política es un costo, que junta roña y resentimiento. Es la clase que audita las crónicas extremas.

Pero estamos listos, en el horno, a fuego lento, y no hay seguros. Está todo hecho mierda pero igual, van y ponen la tarasca.

Es esta sociedad. Esta sociedad que ama a la autoridad y las presentaciones de revistas culturales de cuarta en hoteles de cinco estrellas de cuarta. En esta sociedad prolifera el cualunquismo. Entonces: ya es hora. Es hora de que aterrice el hombre providencial, el representante del cualunquismo.

Ese hombre hará grande la historia de este país en el primer cuarto de la primera centuria del tercer milenio.

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François Mauriac, Thornton Wilder & Truman Capote

Reynaldo García Blanco

Hay tres escritores que debiéramos leer un poco más. François Mauriac, Thornton Wilder y Truman Capote. Apartándonos de criterios editoriales y los vaivenes del marketing por ahí están las bibliotecas profundas para hacer posible la llegada a esta triada.

Mauriac comenzó en el camino de la poesía pero se cruzó al bando de los novelistas. Afirmó de manera categórica: Soy un metafísico que trabaja sobre lo concreto. Trato de hacer perceptible, tangible y oloroso el universo católico del mal. Los teólogos nos dan una idea abstracta del pecado. Yo lo doto de carne y hueso. Cuando en mil novecientos 52 recibió el Premio Nobel ya había escrito Nido de víboras (1932) y las notables biografías de Racine (1928) y de Jesús (1936). Todo ello suficiente como para sentarse y mirar a Burdeos desde la fama.

Los poetas cubanos del 80 que leyeron la edición cubana de Los idus de marzo (publicada unos 40 años atrás) no tuvieron más opción que quitarse el sombrero ante la figura de Thornton Wilder. Para esa fecha no conocíamos su teatro ni de sus premios Pulitzer.

Entrevistado para The Paris Review se le cuestionaba que no había estado en el Perú y pudo escribir El puente de Luís Rey a lo que contestó:…el viaje de la imaginación a un lugar remoto es un juego de niños comparados con un viaje a otra época. Cuando falleció en mil novecientos 75 dejaba tras de si una estela de mitos y alegorías convertidas en obras de teatro, libros de cuentos y novelas.

Truman Capote es un escritor de culto. En cualquier sitio del mundo todo joven que se inicia en el arte de escribir debe pasar inevitablemente por su prosa. Prosa que unos se aferran con Otras voces, otros ámbitos (1948) y el otro extremo A sangre fría (1966) que inaugura lo que él mismo llamaba novela sin ficción, aunque los más iconoclastas prefieren Desayuno en Tiffany's , de (1958).

Sus opiniones y observaciones sobre el arte de narrar son material de estudio en cualquier Taller Literario que se respete. En algún momento afirmó: El único recurso que conozco es el trabajo. La creación literaria tiene leyes de perspectivas, de luz y sombra, al igual que la pintura o la música. Si uno nace conociéndolas, magnífico. Si no, hay que aprenderlas.

Cuando murió el 25 de agosto de mil novecientos 84 unos se fueron al cine a ver la versión cinematográfica de A sangre fría realizada por Richard Brooks. Para entonces comenzaba lentamente a cocerse y apreciar su libro de ensayos Música para camaleones.

Hoy no está de moda leer a François Mauriac, Thornton Wilder y a Truman Capote. Hay que volver a las bibliotecas profundas, a las librerías de raros y de usos y hacer lo posible por encontrar, al menos, un ejemplar de Nido de Víboras, Los Idus de marzo o A sangre fría, Si encuentran uno de ellos favor socializarlo. No están de modas pero son libros de altura.

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Mi tango es en voz baja


Eduardo Pérsico (desde Buenos Aires, Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Cuando se nos viene sigiloso y casi nos sugiere un silbido, el tango huye de cantoras y recitadores clamorosos para hablarnos palabras que sólo uno sabe. Así que a contraluz de cualquier pensamiento se adueña de nosotros y de cuánto no pudimos ser; esas cuestiones.

Siempre el tango retorna por esos recovecos del frío fabriquero y ojos de alguna piba que nunca lo supiera; más el amigo fusilado en agosto como una lluvia sobre mi traje nuevo.

No tan sólo por eso mi tango es en voz baja. Yo lo siento conmigo a solas y de a uno también si afina su rasguido de viola misteriosa, entrañable y compadre, y evoca los sueños demolidos contra algún paredón congelado y oscuro. Y es que aquel otro tango, del sueño adolescente y goles perdidos sobre la hora, se obliga a dar un paso de costado, digamos versallesco, y los olvidos olvidados nos vuelvan de rebrote hacia tanta arboladura de esperanza que tuvimos. Anterior al desaliento y la feroz derrota.

Es que el tango, taimado, no nos deja sin herirnos un resquicio. Él se adueña del cuerpo aniquilable y de una sola sombra en el difuso velamen de las sábanas. De nuestro pobre cuerpo que llevamos de arrastre huyendo de un reloj de insaciable desgarro.

Eso lo sabe el tango. Y es entonces que torna cigarrillo de larga ceniza meditada, una copa de vino solitario balbuceando algún nombre y ojos en el vacío. Apenas y por eso no hay que gritar el tango, es en voz baja y que nadie sepa cuánto nos ilusionamos o quisimos. Es un chamuyo visceral y mío que vuelve cada tanto. Contragolpe al vacío de un tiempo mejor o imaginario, semental de nostalgia que a veces ya resuena a vulgar organito repetido.

El tango en alta voz y teatralero es una grosería de recién venido. Y él puede someternos por laberintos de la mirada lejos y olvidos inasibles al recuerdo. Es una confesión de tanto en tanto, un deschave en sí mismo y un ‘vos sabés como fueron esas cosas’.

Por eso y lamentos que prometí callarme, me vuelve siempre el tango. Y no perdona.

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Me indigno de que me crean indigno

Julio Carmona (desde Perú, especial para ARGENPRESS Cultural)

Sí, estoy rojo de dolor
Pero también de cólera porque no puede ser
Que las auroras sirvan sólo para despertar
A la misma pesadilla y que los ojos
Se abran sólo para gritar no quiero
Ahogarme en este llanto de luceros fofos
O que las manos encallezcan de no hacer nada
Para agarrarse a golpes con el obeso presente
Y hacerlo parir el porvenir
O haber nacido para olvidar
Los recuerdos apagados por el último disparo
De la traición a sabiendas de que el vino
En odres viejos siempre es mejor
Porque sirve de ejemplo
Y porque no puedo creer
En esos dioses falsos que se esfuerzan
En dorarnos la píldora y seguir embarazándonos
De miedo seguros como estamos de que nadie
Es dueño de la verdad y menos del que pregona serlo
Porque la verdad no se dice sino se hace
Y no nace sino se hace con cada latido
Del trabajo
Sí, estoy rojo de amor
Pero también de odio por los golpes recibidos
Desde hace siglos por los que creen que la piedra
Es de acero y aunque lo fuera qué se han creído
Que no duele el honor la dignidad o la vergüenza?

Sí, y por eso, liberando a la poesía de su aura núbil,
Me cago en la puta que los parió.

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Novedades editoriales


Pablo E. Chacón (especial para ARGENPRESS Cultural)

El goce. Contextos y paradojas, de Roland Chemama
Nueva Visión

Tras los pasos de Jacques Lacan, desde algunos decenios, los psicoanalistas han utilizado copiosamente el concepto de goce. Sin embargo, este término no carece de paradojas. El autor interroga el dominio del goce: la autoridad que tiene sobre el sujeto, pero también el inmenso ámbito que rige. El goce infiltra toda la existencia, tomando sus consignas del discurso y prolongando sus efectos hasta lo más íntimo del cuerpo. Concierne también a lo social: lo que se vende y lo que se compra es cada vez más goce, algo que vuelve a disparar la excitación y como una droga, lleva a renovar su consumo.

El arte de olvidar, de Iván Izquierdo
Edhasa

¿Por qué olvidamos tal o cual hecho y recordamos aquel otro, que se niega por años a desaparecer de nuestra memoria? ¿Cómo funcionan nuestros recuerdos, esa corriente misteriosa y oculta que de repente, por un detalle casual, sale a la superficie y nos devuelve un momento de nuestras vidas? ¿Cuál es el sistema que gobierna estos movimientos de la mente? Si es que hay un sistema.

Y el hecho es que lo hay: así dice el autor, experto y pionero en estudios de la memoria y neurocientífico. Izquierdo explica cómo se forman las memorias, pues no se trata de una idea sino de varias, cuáles permanecen y cuáles no y por qué.

Tiempos líquidos, de Zygmunt Bauman
Tusquets

La caracterización de la modernidad como un tiempo líquido es uno de los mayores aciertos de la sociología contemporánea. La expresión da cuenta del tránsito de una modernidad sólida, estable, repetitiva, a una líquida, flexible, voluble, en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven como marcos de referencia para la acción humana. Pero la incertidumbre en que vivimos se debe también a otras transformaciones, entre las que se contarían el corte entre poder y política, el debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegían al sujeto y la planificación a largo plazo: el olvido se presenta como condición de éxito.

Risa y tragedia en los poetas gauchescos, de Leónidas Lamborghini
Emecé

Este libro recupera la poesía más perdurable escrita en la Argentina en el siglo XIX: la gauchesca, con el Martín Fierro, gran poema nacional, a la cabeza. En las obras de los cuatro grandes (Hidalgo, Ascasubi, Del Campo, Hernández), Lamborghini detecta un potencial revulsivo, que atenta contra las modas y los modales imperantes. Ese atentado se lleva a cabo a través de un método básico, la risa bufonesca, risa de lo trágico, que al mismo tiempo se burla del poder y toca los motivos más hondos del misterio humano.

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