sábado, 11 de octubre de 2008

12 de octubre de 1492


Eduardo Pérsico (desde Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Llegaron con sus cruces y lanzas asesinas,
y nosotros sólo éramos personas.

Y un imprevisto amanecer vinieron y llegaron,
jineteando en el lomo del mar estrepitoso.
Del mar, motín de sal y oquedad milenaria
inmemoriales hombres pisaron nuestra playa.

Aquí vagaría el sol desflorando la sombra,
satinando la pampa que era una resonancia.
Interminable y sola extraviada en los mapas,
la pampa indoblegable de todas las centurias.

De metales y arneses vinieron y llegaron,
y aquí sólo el silencio de Dios y sus verdades.
Esa verdad en silencio que repiten los tiempos
sin sermones confusos ni discurso inventado.

La inmensidad, un delirio, ensueño y desmesura
quebrada por navíos que llegaron de lejos.
Y dicen, no se sabe todavía,
que por casa no había eco de los galopes
de caballadas potras, crin al viento y relincho.

Ni siquiera el arrullo rasguido de una viola
conmovería la calma de los anocheceres.

Llegaron esos hombres de metales y arneses
a tanto territorio de soledad muy sola.
A esta incesante fragua de agobiadores soles
y enrojecida siesta demorando el paisaje.

Vinieron y llegaron cuando cada montaña,
peldaño de misterio,
colgaba de los aires su racimo de aroma.
Y los ríos libertarios disponían del reflejo
y el contracanto al canto de pedregal y orilla.

Sí, aquí soltaría el viento su natural capricho
cargando los pulmones de albedrío pajarero.
Bailaba la hojarasca del repleto follaje
y tronaba el prodigio de la mágica lluvia.

Esos hombres llegaron y en la playa, nosotros.
Nosotros en la playa del tiempo que les digo,
achicados de asombro por la grandiosa nave
y metálicos seres venidos desde el agua.

Tanto temor callamos. Y tampoco dijimos
que tal vez allí mismo haya empezado el hambre.

Y ciertamente digo: de una choza a la otra
con palabras invictas hablamos del suceso.
Contamos la noticia.

Porque había aquí palabras que unidas a las nuevas,
traídas en los barcos,
son memoria y enigma del saber quienes somos.

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Miniaturas

Marcelo Colussi (desde Guatemala, especial para ARGENPRESS Cultural)

Arenga

Compañeros:
Sabemos que en esta misión nos va la vida. Pero no importa. Desde siempre hemos tenido claro cuál era nuestro objetivo, qué superiores intereses rigen nuestro actuar. Seguramente la gran mayoría de nosotros va a morir en el intento, pero eso no debe acobardarnos. De nuestro esfuerzo, de nuestra accionar digno, glorioso, inmortal, surgirá vida. De nuestro final como individuos el colectivo se verá beneficiado. Es por eso, compañeros, que no debemos estar tristes. Sabemos que si morimos, estaremos dando aliento a otros intereses más nobles, más trascendentes. Pero bueno, basta de palabras. ¡A la acción concreta! ¡Salgamos, espermatozoides!

Confesión

¿Nombre y edad?
Matilde Ramírez, 65 años.
¿Por qué lo hizo?
Por amor… Lo quería muchísimo, pero me engañó. El fue el enfermero de mi esposo durante su agonía. Tenía cáncer, y estuvo los últimos meses en la casa, cuando ya no había nada que hacer. Venía todos los días a atenderlo. Jovencito como estaba –22, creo– era muy bueno en su trabajo. Y tanto vernos que finalmente terminamos enamorándonos. Cuando murió Esteban, empezamos a salir. Quería dejarle algo de mi fortuna, pero me engañó. No me había dicho que era casado… con un varón. Por eso, lo maté.

Cuestiones urbanísticas

El Alcalde no entendía por qué tanta insistencia.
Primero lo visitó el cura párroco de la Iglesia La Merced, esa que está en la acera norte de la avenida. Ahora la madre superiora, del Colegio Sagrado Corazón, que está justo enfrente, en la acera sur. Y ambos con lo mismo: que el conducto principal de drenaje que se montaba no pasara por ahí, que hiciera un rodeo a ambas edificaciones. ¡Qué raro!
Los trabajos no se interrumpieron; las máquinas continuaron abriendo la zanja. La sorpresa fue grande cuando descubrieron el motivo del pedido: ¡el túnel por debajo de la calle!

Experto

En principio dijeron que era un ardid para negociar una mejor jubilación. Luego afirmaron que se trataba de una enfermedad psiquiátrica. Viendo que las denuncias que seguía presentando se les iban de la mano, decidieron eliminarlo. Lo hicieron pasar por "suicidio". Pero su sobrino –no tenía hijos– reveló las intimidades del caso. Desde hacía 27 años trabajaba para la agencia. La noche del 10 de septiembre fue uno de los tres encargados de colocar los explosivos en las Torres. Por remordimiento, o vergüenza, o desesperación, un mes después contó los detalles. Los 3.000 muertos del día 11 le pesaban mucho.

Reencuentro

De origen hispano, llevaba por nombre artístico Tom Martínez. Era ahora uno de los más cotizados de Hollywood. Vagamente sabía lo del orfelinato pero no le constaba lo de un hermano gemelo. Prefería no hablar de su pasado.
Para la actual película se necesitaban varios dobles; algunos, en osados trabajos con las escenas violentas. Cuando lo vieron, todos inmediatamente supieron que ése era el más indicado; no había muchos indígenas mexicanos en condiciones de suplantarlo.
Aunque Tom lo evitaba, Cipriano Xenóchitl, el doble, lo intuía. ¡Eran demasiadas coincidencias!
Fueron necesarias varias copas para que ambos lo descubrieran y aceptaran. "¡Hermano!"

Sueño pasajero

De su época de pandillero arrastraba el pseudónimo: "Cloroformo" –porque durmió a uno de una patada–. Ahora, borracho irrecuperable, contentábase con comer cada noche de algún basurero.
Hurgando entre los desperdicios encontró el maletín. ¡Más de 100.000 dólares! Urgente fue a gastarlos. Cerró el cabaret, ordenó whisky para todos y pidió tres mujeres. Se emborrachó como nunca. Por supuesto, estuvo impotente.
Niños de la calle le robaron lo que le quedaba.
Tanta fue la vergüenza que prefirió morir por las torturas de los narcotraficantes que habían ocultado el maletín en aquel bote antes de revelar que había perdido todo.

Un aventurero desventurado

Fue el único sobreviviente de la catástrofe. El avión cayó en medio de una espesa selva tropical, y después de caminar más de dos días, se encontró con ellos. En todo momento pensó que sería fácil engañarlos. En la caída no se le había dañado el discman, y con ello pudo lograr –creía– mantenerlos hechizados. Todos querían escuchar esa "música mágica" que hacía el forastero. Después fue el turno del despertador de su reloj pulsera. Con tanto "truco" los mantendría embelesados hasta conseguir ganarse su admiración. Después sería sencillo manejarlos. Eso creyó, hasta el día que se lo almorzaron.

Una apuesta

La noche sin luna era tétrica. Pero había apostado y no podía dejar de cumplir. "Clavar un clavo sobre la tumba de Humberto" habían pactado. Exactamente a medianoche saltó la tapia del cementerio. Envuelto en su capa buscó a tientas el sepulcro en cuestión. Los otros miraban desde fuera.
Con pocos golpes de martillo hundió el clavo. Al comenzar a salir fue agarrado por algo que le retuvo. Murió en el acto de un paro cardíaco. "¡La mano del muerto!", exclamaron todos. Luego se supo que había clavado su propia capa, y al intentar caminar el clavo se lo impidió.

Una vida incómoda

Las inundaciones son monstruosas. Se vienen cada tanto… Son unos torrentes de agua jabonosa, con espuma. ¡Son terribles! Ya sobreviví a varias.
Y algo también increíblemente incómodo son esas operaciones rastrillo que hacen cada tanto. Es como que te estuvieran pasando un peine que arrastra todo, y si no estás atento, te llevan…
La verdad que todo esto es una situación muy incómoda: hay que estar siempre cuidándose, alerta.
Y algo también muy molesto son esos ataques con esos dedos gigantescos que hacen cada tanto. Creo que a eso los humanos lo llaman "despiojarse".
¡Triste nuestra vida de piojos!

Viaje accidentado

"El último viaje de hoy" se dijo Ramón subiendo al pasajero. Catorce horas diarias en el taxi agobiaban; "pero, ni modo…"
Anochecía. Sólo recuerda cómo fumaba esa persona: "cuatro cigarrillos, uno tras otro", declaró luego.
Lo llevó frente a la casa del combativo sindicato metalúrgico, "el que estaba en huelga". Le dijo que demoraría unos minutos en un trámite; en garantía dejaba las cajas con zapatos. "¡Hasta me mostró un par!"
Como tardaba mucho, Ramón fue rapidito a un baño. "¡No eran zapatos, señor!"
Ramón se salvó, pero el taxi se deshizo todo en la explosión. Y el sindicato también.

Violinista

Por años estuvo preparándose para ese momento. Era un aventajado estudiante de violín, y sus maestros le auguraban un gran futuro. La sala de conciertos del conservatorio estaba llena –familiares de alumnos fundamentalmente– y el "Capriccio" que iba a interpretar podría promoverlo a ganar una beca para viajar a Europa.
Pero él prefería el bajo eléctrico. Secretamente había formado un grupo con algunos amigos: "Los desaforados", aunque aún nunca habían actuado en público.
Cuando salió a escena lo decidió, no antes. Su profesor quedó estupefacto. La sonoridad era magnífica; la técnica, impecable. Pero nadie se esperaba un rock and roll fogoso allí donde debía sonar Paganini. Terminada la improvisación, rompió el violín.
Sus padres hablaron de internarlo en un psiquiátrico, mientras los de la revista de arte "Nuevas tendencias" propusieron que se le entregara el Premio Nacional de Música de ese año.
Ahora Ramiro toca el charango en un conjunto de latinoamericanos en una estación de metro en París. Por cierto, ya no se habló más con sus progenitores.

Jubilación

Era su última misión. "Más de cuarenta años dedicado a esto…", exclamó con una mezcla de alegría y resignación. Se calzó sus botas, sus guantes, su capucha. Nunca, en toda su carrera profesional, había tenido una mácula. Todo el mundo lo admiraba, aunque ahora, seguramente por lo avanzado de la edad, más de algún crítico anónimo ya había sugerido que era el momento para retirarse, que era mejor hacerlo ahora, aún en la gloria, y no esperar un deterioro que podría arruinar décadas de brillo. Él también pensaba así, aunque su deseo más recóndito hubiera sido seguir con su trabajo. Pero, inteligente como era, se dio cuenta que ya iba perdiendo eficiencia. El momento para decir adiós había llegado. En la misión anterior una de las bombas nucleares que debió detener en el aire con las dos manos le había producido alguna quemadura. "Mal presagio", se dijo, y fue ahí donde tomó la decisión. Lo que lo angustiaba era que, en todos sus años de super héroe, nunca había hecho aportes jubilatorios, y ahora no sabía de qué iba a vivir. No tenía claro si para pedir limosnas en la puerta de alguna iglesia convendría usar el traje con el que se hizo famoso, o eso sería un problema. Volando ahora entre las nubes, en su último vuelo, lo decidiría.

L'amour, toujours l'amour….

La quería entrañablemente. Había sido un amor fulminante, a primera vista. Cuando llegó a Tokio para estudiar su maestría en informática, temía que su precario japonés no le permitiera desenvolverse bien. Trasladarse desde Colombia a un país tan lejano, sin ningún familiar, sin ningún amigo, para estudiar más de diez horas diarias en un ambiente tan desconocido, era todo un reto. Muchas veces pensó que no lo lograría, pero conocer a la bella Takako –también estudiante de la maestría– le animó y le llenó de energía.
Noviaron por espacio de casi los dos años que duraba su beca. En Colombia, igual que en tantas partes del mundo, era una extendida fantasía estar con una geisha japonesa. A veces no podía creer todo lo que estaba viviendo. No fueron pocas las veces que les encontraba el amanecer luego de toda una noche de amor, aún con más ganas de seguir amándose.
Estaba comenzando a contemplar la posibilidad de quedarse en forma definitiva en Japón, incluso contraviniendo el contrato que le obligaba a retornar a su país natal. El amor por la hermosa Takako estaba más allá de todo. Hasta que sucedió lo impensable. Un mes antes de finalizar la beca la descubrió besándose con un varón. Jorgelina no pudo tolerarlo y mató a su novia japonesa.
Ahora, detenida en Tokio, ha contemplado la alternativa de suicidarse. Pero hay que ser japonés de origen para atreverse a practicar un harakiri.

El que ríe último ríe mejor

Jean-Pierre no entendía por qué la mujer a quien violó, "la negrita esa de provocativa minifalda que paraba siempre en la esquina de rue Bonaparte, a una cuadra de la plaza Etienne", como relató luego a los investigadores policiales, no opuso resistencia. Siempre, en sus reiteradas violaciones anteriores, las mujeres se oponían desesperadamente, forcejeaban, pateaban, gritaban. Ésta, por el contrario, hasta parecía divertirse. Incluso llegó a animarlo para que la penetrara más veces. Cuando luego lo supo, entendió ese proceder: Zulma, la prostituta marroquí que Jean-Pierre violó –por supuesto sin usar preservativo– esa noche de julio en aquella oscura callejuela de Bruselas, tenía Sida.

Conclusiones y recomendaciones

Luego de fogosas discusiones por espacio de un mes, el panel de veintidós expertos internacionales llegar a concluir por unanimidad que:
"La especie humana está condenada a sufrir. Sus condiciones de base la llevan inexorablemente a estar enfrentándose entre sus miembros, a vivir dominada por la idea del poder, a buscar siempre la eliminación del otro semejante. La infinita sucesión de hechos violentos que marcan su historia –guerras, enfrentamientos diversos, luchas interminables, agresiones mutuas– lo evidencian de modo patético".
Ahora bien, las recomendaciones no fueron unánimes. Un grupo sugirió que:
"No obstante todo ello, y sabiendo que la victoria final no está asegurada al respecto, hay que seguir apostando al amor fraterno, aunque eso tenga mucho de quimérico".
Pero el grupo que se impuso, recomendó:
"No habiendo otra salida, y ante la catástrofe a que se ha llevado la vida en el planeta, recomendamos que se active todo el arsenal termonuclear disponible".
Se dice que uno de los expertos expresó, en tono de broma: "al menos nos queda la posibilidad, si alguien sobreviviera, de empezar todo de nuevo. Y quizá así esta vez lo hacemos mejor".

Chapuzón inesperado: buena receta

Con 63 años, estaba en la plenitud de su carrera como director de orquesta. Especialista en Mozart y Haydn, sus grabaciones se habían hecho célebres, habiendo logrado así amasar una considerable fortuna. Wilhelm von Krauersaut era todo un excéntrico.
Luego del primer vómito de sangre, el diagnóstico fue inequívoco: le dieron no más de seis meses de vida. Mientras le duraran las fuerzas, decidió hacer una despedida que lo guardara en la historia como más célebre aún de lo que ya era. Y más excéntrico. Organizó un concierto final en las cataratas del Iguazú.
Le aconsejaron que no, que era demasiado arriesgado, pero nada lo hizo desistir en su determinación. Y el gran día llegó. Había más de cien profesores y un coro de cincuenta voces apostados en un escenario levantado sobre la Garganta del Diablo, y eran alrededor de tres mil las personas asistentes, ubicadas en improvisadas pasarelas que surcaban los otros saltos. El juego de luces que acompañaba el concierto era fascinante. El programa elegido contemplaba tres obras monumentales: la Sinfonía Fantástica de Berlioz, la Obertura 1812 de Tchaicovsky y la Novena Sinfonía Coral de van Beethoven. Cuando sonaba la Marcha del Suplicio, del compositor francés, sucedió lo inesperado. Una de las pasarelas cedió, cayendo más de mil oyentes a las cataratas. El golpe emocional fue tan grande para von Krauersaut que, contrariando todos los pronósticos, vivió cuatro años más. Dicen que en un baño público de su Munich natal apareció la inscripción anónima: "Cura para el para cáncer de pulmón: arrojar al agua a unos cuantos".

En el confesionario

–Padre, he pecado–.
–¿Qué has hecho, hijo?–.
–He matado–.
–¿Y te arrepientes?–.
–Por un lado, sí… Pero al mismo tiempo, no puedo. Era mi trabajo hacerlo–.
–¿Tu trabajo?–.
–Sí, padre: soy militar, y estamos en guerra contra los comunistas–.
–¿Te consideras un buen hombre?–.
–Por supuesto, padre. Soy un buen cristiano, un ejemplar padre de familia, un defensor de nuestros valores occidentales… Pero a veces siento que los comunistas también son seres humanos, por eso me agarran esas culpas–.
–No te preocupes; reza diez Padre Nuestros y el señor te acogerá gozoso–.
–Gracias. Padre: ¿no me reconoce, verdad?–.
–No, no … ¿Quién eres?–.
–El general Francisco Franco–.
–¡¿El generalísimo?!... Esteee….., con dos Padres Nuestros es suficiente, Excelencia–.

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Síntesis

Ricardo Luis Plaul (desde Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Sereno he recorrido el camino y probado
sin duda sus frutos más dulces.
Sus espinas más amargas dejaron
su hiel y algunas cicatrices
que no puedo ocultar.
Hoy atardece, la última ola está al llegar,
la espero tranquilo en tus brazos amantes.
No hice mucha bulla en este mundo,
tan sólo he aquietado algunas aguas
y encrespado otras.
Planté algunas semillas que florecen
con el sol desmenuzado en sus cabezas,
de la vida que enternecen,
de la vida que atesoran
en cada hueco del alma.
Y ahora, acompáñame,
tómame dulcemente las manos
y juntos, muy juntos,
pronunciemos las palabras olvidadas.

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Resistencia de la alegría

Jorge Majfud (desde Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Por esos días Agadir tuvo un encuentro, en principio intrascendente y casi rutinario, que lo hizo pensar sobre el escabroso ejercicio de olvidar. Fue una tardenoche mientras caminaba por la Empedrada, cerca de la puerta del camposanto. El viento había apurado y sacudía la copa de las palmeras. La arena se levantaba hasta las rodillas, borrando las piedras de la avenida en esa parte casi olvidada de la ciudad, anunciando otra tormenta y un nuevo desborde de la duna mayor sobre la muralla sur que protegía la ciudad. No obstante, la gente hacía las compras diarias y barría las veredas como si hubiese en ello algún resultado.

Doblando por San Jorge, Agadir vio acercarse una marcha de fieles, vestidos de negro desteñido y portando estandartes y banderas rojas con inscripciones doradas. Intentó leerlas pero casi no podía abrir los ojos. Tomaron por Empedrada y pasaron por delante de Agadir como si no existiera. Llevaban la mirada inmutable, marchaban como si fueran un ejército indiferente a la fuerza del viento. Aunque intentó mirar varias veces, apenas pudo ver sus rostros. No pudo reconocer a nadie; una oleada de arena le golpeó en la cara.

Entró por San Jorge y luego por Carmelita. En un callejón donde se cobijaba un burro, descubrió uno de los pocos autos de la segunda guerra que habían llegado a Amarabad, abandonado desde los tiempos de la independencia, ahora medio sumergido en la arena y casi irreconocible. Poco después, al pasar un estrecho arco de piedra, se cruzó con una mujer. Al principio reconoció una joven hermosa, por su figura esbelta envuelta en paños y tratando de escapar de la fuerza del viento. La miró a los ojos y descubrió una mujer vieja o envejecida, sorprendida por el interés del hombre que avanzaba hacia ella.

Ella se detuvo y le dijo:

—Tú, buen mozo, cargas con una gran tristeza.

—Qué talento —dijo Agadir, procurando alejarse.

—Es un talento que me dio el Señor. Venga, hombre —insistió ella, siguiéndolo, con ese tono que era propio de los gitanos de extramuros— que te adivino la suerte.

—Mi suerte ya la conozco —dijo Agadir—. Si tienes un poco de la buena para darme, estaré agradecido.

—Te voy a adivinar el futuro por veinte dinas.

—No estoy interesado. Dame suerte de la buena y te doy diez dinas.

—Alé, buen hombre, que todo el mundo quiere saber su futuro.

—No todo el mundo.

—Dame veinte y te lo digo todo, todito. Venga, hombre. A ver...

Le tomó la mano derecha. Tenía la cara cruzada de arrugas, del tipo de arrugas abundantes y bien dibujadas de la gente que ha vivido gran parte de su vida extramuros. La arena se le pegaba en la boca y en los ojos, pero ella miraba como si nada.

—Vas a morir —dijo tajante.

—¿No diga? —dijo él—. Mujer. Todos sabemos eso. Unos pocos saben cuándo pero nadie sabe dónde.

—Dios sabe dónde y las adivinas sabemos cuándo. Vengan veinte dinas y te lo digo todo.

Tomó el dinero y estudió más de cerca la mano que se lo había dado, como si lo anterior hubiese estado anunciado en titulares y los detalles estuvieran en letra chica.

—A ver, buen hombre, te nos vas muy pronto. Este año, más tardar en la Navidad. Vas a morir en un sueño. De un sueño pal otro, que es lo mejor.

—¿Todo eso se ve acá? Mire que aún no me lavé las manos. ¿No puede ser que hay una basurita? Digo, tal vez una pequeña manchita que se pueda confundir con la muerte…

—Aquí veo todo y con claridad.

—Morir, y morir pronto, está dentro de lo realizable. No soy un ángel. Claro que eso de morir soñando es algo que no había pensado.

—Si te lo dice una adivina, no es sólo probable. Es seguro. Además, llevo cincuenta años en esto trabajo, y sé lo que digo: te vas morir.

—Al menos que vendas un poco de tu buena suerte —dijo Agadir, un poco nervioso, incomprensiblemente nervioso, como si el sol y la temperatura hubiesen caído de golpe y una ráfaga de aire frío comenzara a soplar. Una hora antes habría dicho que la muerte era el alivio tan largamente esperado. Pero uno se pone viejo y nostálgico y comienza a añorar el presente, todo eso que ve por última vez, como un viajero que abandona una casa querida, una ciudad, un país y sabe que no volverá del exilio. Miró hacia el centro: la gente caminaba inclinada hacia delante, con la cabeza envuelta en paños blancos que la arena y el viento se empeñaban en desenvolver. Era tiempo de buscar refugio, no de ponerse a conversar en la Empedrada sobre las consecuencias de no hacerlo.

—No puedo, buen hombre —dijo la gitana—. Suerte es lo que no puedo vender ni regalar. Ya no me queda de eso y tú puedes observarlo. Pero puedo hacer otra cosa. Si das veinte dinas más, puedo hacer que te olvides de lo que te dije. La gente no gusta de saber cuándo se va morir. Es una de las ignorancias más valiosas que las mantienen con vida y siempre empeñadas en grandes empresas. Esta noche y las que están por venir, vas querer olvidar lo que te dije, que si no lo hubiese visto en esta mano tuya no te hubiese dicho nada.

Un negocio redondo, dijo Agadir. Pero, de alguna forma, la adivina le había dicho la verdad sin saber que lo hacía. Pensó que era como cuando uno conserva la inquietante preocupación por un deber que ha olvidado realizar. Olvido algo importante, y no sé qué es. Como cuando uno conserva la inquietud, el temor, el miedo por un sueño que lo ha perturbado en la noche pero que ya no puede recordar a la mañana siguiente, por lo menos no en detalle, y pero persiste de una forma mucho peor, porque ahora es un secreto al que dejamos de tener acceso.

—De seguro unas cuadras más arriba —dijo Agadir—, hoy mismo, ayer o la semana anterior, otra adivina hizo su mismo trabajo, las dos cosas juntas, la revelación y el olvido, porque hace días ya que camino muy triste, por esta misma calle, y no sé por qué. Todo lo peor ya me ocurrió hace mucho tiempo. La música no es lo que era, las mujeres ya no me agitan el corazón. Como y bebo bien todos los días, mejor que antes. He dejado de buscar la felicidad. Si me haces olvidar lo que me has dicho, no me liberarás de mi tristeza, tendré veinte dinas menos y no sabré por qué estoy tan triste. Ahora, si sé que voy a morir, mi tristeza al menos está justificada.

La adivina balbuceó una maldición indescifrable y se perdió entre las nubes de arena.

Agadir había dejado de buscar la felicidad. Entonces sonrió contra el destino, y la tristeza y la muerte no tuvieron más que reconocer su derrota. Dicen que eso era la alegría.

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China, de la A a la Z - Novedad editorial de Xulio Ríos, en Editorial Popular, Madrid


Presentación

China cuenta con un ingente patrimonio cultural en sus expresiones, proverbios, máximas, sentencias y los llamados conceptos. Más allá de una simplificación de la realidad, constituyen todo un ejercicio filosófico que condensa la experiencia de los diferentes tiempos de su civilización, aportando claves que invitan al diálogo y la reflexión, facilitando la comprensión y la comunicación.

China está de moda. La inmensa transformación que vive el gigante oriental despierta la curiosidad y el interés en el exterior. Dicho proceso se orienta a lograr un renacimiento que no sólo atiende a la economía, la ciencia o a las relaciones internacionales, sino también a la cultura. Y es a través de ésta como mejor se puede llegar a comprender la identidad, la naturaleza y objetivos de la larga transición china.

Este libro, ordenado en forma de diccionario, recoge aquellas expresiones y conceptos que han modelado la China que surge en 1949, algunas de cuyas bases esenciales siguen vigentes en la China de hoy, pero que hunden sus raíces en la China de siempre. Todas ellas impregnan el lenguaje y el modus vivendi de la sociedad china contemporánea y nos pueden ayudar a comprender mejor su forma de pensar y de actuar.

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Atenta invitación a mis funerales


Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS Cultural)

Marcos invita a usted y familia a la ceremonia de su cremación, que tendrá lugar en fecha y cementerio que se darán a conocer oportunamente por la prensa.

A la entrada, se ofrecerán cóctel de bienvenida y empanadas argentinas, como así la celebérrima tarta pascualina de Alba.

Se ruega disculpar que su servidor no salga a recibir personalmente a los invitados.

Amenizarán los conjuntos <> mexicano y <>, éste venido de Argentina.

Una parte del cementerio será habilitada como área de picnics, pudiendo al efecto usarse las tumbas de mesas. Habrá rifas con premio una cremación gratis (vigencia diez años), carreras de obstáculos, juegos para niños, concursos de patinetas y, la última novedad, de patinetas voladoras, ya en venta en Estados Unidos.

Se ruega conservar esta invitación para ser presentada en el momento menos pensado. No nos obligue a negarle la entrada por no llevarla consigo.

No habrá discursos.

No manden flores.

Los sanitarios serán de exclusivo uso de los invitados.

No cover, cervezas bien muertas.

Valet parking.

Lo esperamos, no falte, será un acontecimiento inolvidable para todos, salvo para su servidor, que no estará en condiciones de apreciarlo.

Firmado, Marcos.

___________
Vocabulario mexicano

Cervezas bien muertas: cervezas bien heladas


Comentarios a mi muerte

I

¿Que quién murió? ¿Nuestro amigo, Marcos? No es posible, son inventos. Ya sé que no es eterno, nadie lo es. Pero Marcos... si la semana pasada estuve de visita en su casa... Ya ves: no es posible. Te voy a decir más: ayer mismo, ayer por la tarde, hablé con él por teléfono, él me llamo. Yo estaba arreglando la plancha, no calentaba y ya sabes, buscar quien la componga es toda una historia, bueno, y sonó el teléfono. Y ¿quién era? Marcos. Y ahora tú me vienes con que murió. No esperarás que te crea. ¿Y de dónde sacas la noticia? Seguro, alguien te fue con el chisme, no vas a creer todo lo que la gente te dice. Él mismo, Marcos, me lo habría comentado, que se iba a morir o que lo tenía pensado, morir es cosa importante. Nunca deja de comentarme sus asuntos, si parte de viaje, me voy a tal lugar, no estaré por tanto tiempo, vendrás a regar las plantas, te dejo la llave con el encargado.

¿Y ahora resulta que su ausencia será más prolongada y no me avisa, no me encarga las plantas, no le importa que se sequen? ¡Con lo que él las quiere! No, no me harás creer que se ha muerto, debe ser un error. Te voy a decir más. Cuando me llamó por teléfono, ayer mismo por la tarde, me contó de un pescado al mojo de ajo que había comido ese mediodía, ayer, sí, ayer, y me comentó que hacía calor, dejó saludos para mis hijos, no dijo palabra de morir ni cosa parecida. ¿Qué más pruebas quieres? ¿El cadáver? Vamos, no es cuestión de cadáver, sino de lógica. Escucha: si yo visité a Marcos la semana pasada y si él me llamó por teléfono ayer comentándome del pescado y que hacía calor y saludos para mis hijos, si todo eso pasó, entonces no está muerto.

II

¿Marcos...? Suelta un Nooo o un ¿Qué...? El ruido de la calle apaga su voz, no escucho bien. Se mató, le explico. ¿Un accidente de carretera? No, se mató, cayó al vacío desde el balcón del quinto, donde vivía.

¿Tropezó y se fue...? Ah, ya entiendo. Mi amigo se lleva la mano a la frente, como si repentinamente recordara algo, una enfermedad incurable, un "defecto absurdo", diría el poeta Pavese.

Y su rostro se congestiona, una ola de calor interno lo colorea. Luego la mano deja la frente y baja un tanto, pulgar e índice aprisionan lo alto de la nariz mientras cierra los ojos. Mi amigo permanece así varios segundos, la cabeza inclinada hacia delante. Es la viva imagen del shock; como si hubiera despertado súbitamente en las trincheras, preguntándose si sueña: ¿qué hace -qué hacemos- en pleno cruce de avenidas mientras el semáforo pasa del verde al amarillo, del amarillo al rojo. Lo tomo del brazo y alcanzamos la acera. Su mano ha bajado del todo, tiene los ojos abiertos, ahora está pálido, esboza una breve sonrisa y una frase antidramática. Tarde o temprano le iba a pasar, dice. No sé si se refiere a morirse o a matarse. Ultimamente casi no salía -comento, por decir algo. Y la conversación toma un rumbo. La última vez que lo vi... Nos echábamos un cafecito, pero fue hace tiempo... Marcos se había prohibido hasta el café. ¿Quién se lo había prohibido, el médico? No, él mismo. ¿Y el mate de los argentinos? No se... Él evitaba la cafeína, por eso la coca tampoco, creía que le hacía mal. ¿Y para qué cuidarse tanto si al final...?

Sea la metafísica más elevada, sea el hecho más banal, la conclusión es la misma: estamos jodidos, así razonaba Marcos siempre ¿te acuerdas? Cómo no. Un silencio, ya poco queda por decir, ya lo evocamos, ya tuvimos la plática que permite el encuentro callejero y que impone el amigo muerto. Digo: El sepelio es mañana. Ay, no, discúlpame, tengo un compromiso ineludible -el giro a diálogo banal le ha servido para recuperarse, luce como antes de darle la noticia-, figúrate, son los quince de mi hija, a la noche es la fiesta, estoy con todos lo preparativos encima, por cierto será en los jardines del Ambassador, carísimo... te echo un telefonazo para que nos veamos. Adiós, adiós, abrazos.

Marcos Winocur es argentino residente en México.

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El milenio del libro


Liberto* (desde Artevigo, Canarias, especial para ARGENPRESS Cultural)

Son muchas miles de personas en todo el mundo las que afirman y comparten que el libro es un entrañable objeto de placer y conocimiento y que, a pesar de estar inmersos en la cultura y el poder de la imagen y los ordenadores lo seguirá siendo por mucho tiempo: la verdad, no veo a nadie llevándose a la cama su ordenador personal para leer una buena novela o un sugerente poemario. El genial escritor italiano Italo Calvino, en un ensayo titulado "Seis propuestas para el fin del milenio", contaba que el milenio que está por terminar vio nacer y expandirse las lenguas modernas de Occidente y las literaturas que han explorado las posibilidades expresivas, cognitivas e imaginativas de esas lenguas. "Ha sido también -dice Calvino- el milenio del libro, ha visto cómo el objeto libro adquiría la forma que hoy nos es familiar. La señal que el milenio está por concluir tal vez sea la frecuencia con que nos interrogamos sobre la suerte de la literatura y del libro en la era tecnológica". Y concluía esperanzado Italo Calvino diciendo "Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que sólo la literatura con sus medios específicos puede dar".

Y así es efectivamente. Por medio de la literatura, el escritor ha tendido un puente, de una soledad que es él, a otra que es el lector. Ha comunicado sus recónditos pensamientos a cualquier persona, aunque separada por larguísimos intervalos de lugar y tiempo. Ha intentado captar el momento fugaz para hacerlo imperecedero en nuestra memoria. Ha acompañado al hombre en su soledad, se ha preguntado sobre su ser, sobre sus sentimientos, sobre sus pensamientos. Y para ello ha utilizado la palabra y, por medio de la palabra ha creado imágenes, símbolos, metáforas que han profundizado en lo que el hombre tiene de intangible, de inefable, de etéreo. Su intención no confesada o manifiesta es dar testimonio del intento de comprender al hombre arrojado al torbellino de su proceso evolutivo: comprender sus actitudes, gestos, grandezas y miserias en su relación con los otros seres, con el mundo, y con él mismo. La literatura ha querido reflejar, explicar o sugerir, las coas del espíritu, los asuntos del corazón, toda la vida interior del hombre, sus sensaciones y sus emociones. También, ha querido dar nombre a la parte más oscura, sombría, tétrica y siniestra que ha habitado y habita en el ser humano.

Por otro lado, a parte de ser una fuente inestimable de placer y conocimiento, el libro ha sido un poderoso instrumento de liberación de las personas y de denuncia contra la opresión y la injusticia.

Teniendo todas estas características y virtudes, es verdaderamente lamentable que el libro, en un pueblo como el canario, no haya tenido -ni tenga- la importancia y la relevancia que se merece.

Aquí, en Canarias, más del 70% de la población jamás lee un libro. El libro está completamente desterrado de la mayoría de los hogares canarios como alternativa de ocio. Su lugar es ocupado por la radio y la televisión. Por esto habría que fomentar de manera sistemática la cultura de la lectura, el hábito y el cariño por los libros.

Sólo los pueblos cultos pueden ser pueblos libres y el libro es un vehículo importantísimo de hacer y crear cultura, es decir, de hacer y crear hombres libres.

Habría que empezar por llevar la enseñanza de nuestra literatura a los colegios, los institutos y la universidad, que se incluya en los planes de estudio de forma permanente y no de manera asilada según el interés personal de cada profesor. Es necesario que nuestra literatura busque a su público natural que son los canarios. Un alumno siempre leerá con más interés algo que siente cercano -aunque la buena literatura es universal y no conoce de fronteras-, que cualquier otra cosa que no relacione con su entorno más inmediato. De manera paralela a este estudio, al alumno se le darían a conocer las grandes obras y los grandes autores de la literatura universal para que su formación se completara plena.

En fin, simplemente sólo se trata de aprender a leer, para luego leer para aprender y compartir.

*Jose Almeida Afonso

Imagen de ARTEDFACTUS


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La prisionera

Jaime Bergamin Leighton (especial para ARGENPRESS cultural)

Aferrada a los barrotes de la celda, la única en todo el centro de detención que posee una ventana lo suficientemente baja para permitir a su ocupante la visión de la ciudad que, como una gran medialuna se extiende a sus pies. Montada sobre el peñón que cierra la curva del puerto, la mole se yergue, oscura y desafiante dominando la mejor vista de la ciudad.

Abajo, la caída del atardecer contrasta rojos anaranjados que se prenden a las enormes grúas en sus postreros girafeos antes de detener las faenas por el día de hoy. Barcos plácidamente acollarados se mecen imperceptibles mientras la ciudad se agita en la prisa de la vuelta a casa ó en la calidez del vino conversado en los bares de la ciudad. La vida del puerto bullendo como ha sido siempre, desde que alguien echara el ancla para fundarla no se sabe muy bien cuándo.

Arriba, "El Palacio de la Risa" repite, de otra manera, la actividad febril de la ciudad extendida mas allá de su sombra. Los gritos de los prisioneros se intercalan y se confunden con los de sus interrogadores en un terrible contrapunteo que quien lo escucha jamás podrá olvidar.

En un rincón donde los ruidos de la ciudad amortiguan los otros hasta apagarlos, ella, aferrada a los barrotes, elevando el rostro al cielo, aspira el olor a yodo que le trae la brisa, gira la cabeza en el intento de precisar un ruido particular que se destaca entre el fragor, posa su mirada ausente sobre la ciudad encendida en el atardecer que se va apagando. Pero solo puede oír, oler, adivinar ese cúmulo de sensaciones que le vienen de allá lejos, de la ciudad indiferente. Es ciega.

Jaime Bergamin Leighton es chileno, residente en Venezuela.


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Dos poesías

Waldina Medina (desde Honduras, especial Para ARGENPRESS Cultural)

Patria

Aquí tenemos el corazón sellado a miedo y lodo.
Con el helado espanto de res en matadero
vemos como mutilan a la patria
y asesinan sus sueños
desde siempre
hijo mío, desde siempre
esta hilacha de patria que queremos
porque nos engendró el barro de su dolor
es la cosecha diaria del bandido
y en las aguas sangrientas del dinero
mueren de hambre los hijos de los hombres
y pululan en paz los asesinos.
Pequeño mío,
pájaro florecido del dolor,
cuando a usted le toque ser un hombre
¿cómo será la patria?
¿hoguera enardecida, fuego fatuo?
¿será mejor usted
de lo que nosotros hemos sido?

La muerte verdadera

Endurecí mis ojos para que ya no vieran
más pobreza
acallé mis oídos para que ya no oyera
más dolor
mutilé mis esperanzas para que ya no hablara
más Justicia
emparedé mi alma para que ya no amara
la Verdad
y cuando así maté lo más hermoso
me hice duro caucho
que no sonrió, no amó, ni siquiera lloró
mi propia muerte
porque la merecía
para siempre.

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Cocina rápida: Preparando un exquisito plato de capitalismo global


Jon Juanma Illescas Martínez (desde España, especial para ARGENPRESS Cultural)

Hola apreciado lector, le saludamos cordialmente y le damos la bienvenida, en nombre de nuestra empresa, al presente número de nuestra colección por fascículos “Cocine y aprenda los saberes del mundo en menos de 2000 palabras”. Al preparar esta excitante colección, pensamos en las necesidades que podría tener alguien como usted. Una persona muy ocupada, que no puede perder ni un segundo de tiempo en su apretada agenda. Un hombre o una mujer del siglo XXI que, gracias al imparable progreso que venimos disfrutando, hoy tiene menos tiempo que nunca para leer aburridas obras completas de insignes pensadores que marcaron el mundo tipo Platón, Galileo, Newton, Kant, Hegel, Marx, Lenin, Einstein, Chomsky, Wallerstein, o quien sea que aun hoy se dedique a la obsoleta y aburrida tarea de escribir gordos libros que sólo sirven para atraer el polvo en las estanterías y ser leídos por antipáticos profesores de universidad. Es por ello que decidimos aplicar el revolucionario método del “Cocinismo Pedagógico” (CP) patentado por Sir Alfred Raymond McConney Junior. Después de contrastados experimentos, Sir Alfred consiguió que chimpancés pigmeos (bonobos) de las selvas del Congo aprendieran la tabla de multiplicar del 5 mientras hacían una tortilla a la francesa. Incluso los más avezados primates, consiguieron aprenderla mientras le preparaban un delicioso té inglés. Al pensar que el ADN del simpático chimpancé, es similar en un 99% al de los seres humanos, Sir Alfred, con miras a contribuir al progreso de la humanidad y de su cuenta corriente, nos animó a lanzar la presente colección que usted tiene ya en sus manos.

En el primer capítulo que hoy nos ocupa, nos centraremos de un modo muy sencillo, en cómo preparar un delicioso plato de capitalismo global, para compartir con la familia y amigos. Pues bien, dicho esto, empecemos sin perder un segundo con la elaboración de esta fantástica comida tan de moda, en varios pasos muy sencillos a la par que divertidos:

1. Colóquese el delantal y tenga a mano todos los utensilios que crea pueda necesitar. Ponga en una gran olla, a fuego lento, 24.000 personas muriendo de hambre todos los días. Muy importante, asegúrese que de estas personas, 4.500 sean niños, para no descuidar el punto de sal. En otra olla, cerca de la primera para que no se nos pase, coloque a 76.000 personas más que mueran por enfermedades relacionadas con la malnutrición. Estupendo, cierre las dos ollas por el momento. Ya tenemos 100.000 muertas diariamente relacionadas con la insuficiente ingesta de alimentos.

2. Vaya a ver la televisión mientras las ollas en la cocina van calentándose poco a poco. Si oye gritos de dolor no se preocupe, será su imaginación ¿Acaso gritan los caracoles cuando se cuecen? Haga zapping y empiece con algún divertido concurso para hacerse millonario o perderlo todo a la siguiente pregunta.

3. Vuelva a la cocina. Ahora en un plato aparte, asegúrese de contar 8.000 personas muertas de SIDA cada día y de que en otro plato adjunto, más hondo, sean infectadas hasta un total de 12.000 en el mismo período llegando a la divertida y sabrosa cifra de 40 millones de infectados a nivel mundial. Llame por teléfono, sin perder de vista el fuego, al clérigo de su parroquia más cercana y asegúrese que la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana aun insiste en la prohibición de usar métodos anticonceptivos tildándolos de pecaminosos, para que de este modo el conteo no disminuya, sino que, a ser posible, aumente. Esto nos ahorrará más adelante, engorrosas leyes de extranjería para echarlos del “Primer Mundo”. Todos hermanos sí, pero bien lejos.

4. Vuelva al televisor. Ya ha empezado esa magnifica serie norteamericana de médicos-modelos en un hospital privado, tan auténtica, tan real, con esas sonrisas Colgate que nos transportan a otro mundo... Relájese un poco, pero sin perder de vista el reloj. Contabilice 30 minutos.

5. Vamos, vamos, no pierda de vista las ollas del principio, a la cocina de nuevo. Ahora abra el grifo y déjelo saliendo agua hasta llegar a los 100 litros al día que es justo la cantidad de agua que gasta cada estadounidense de media diaria. No sea ridículo, usted no es menos que ellos, ¿No querrá gastar los 30 litros que la OMS considera necesarios o peor aún, no querrá consumir los 2 litros de cualquier “paisucho” africano perdido de la mano de Dios? Disfrute también sabiendo que solo 3 de cada 5 personas en el mundo tienen acceso al agua debidamente saneada y usted es una de ellas. ¡Siéntase parte del mundo libre!

6. Enchufe de nuevo la pantalla amiga, resumen de Big Brother, ¡Qué bueno! Vaya, parece que al final la madre de Lucía hablando con la Milá admite que su hija es una “puta” y desaprueba su relación en la casa con Tommy, el musculoso camarero de Benidorm que desde el principio le echó el ojo y algo más, a la buena de Lucía. A su pobre madre le gustaba más el novio que tenía de toda la vida, Josele, que ya ha acabado Medicina y está en estos momentos comenzando el MIR. Pronto tendremos las declaraciones del “indignado cornudo” ¡Y es que mira cómo es la gente, que ni de tu madre te puedes fiar ya!

7. De vuelta a la cocina, parece que las 100.000 personas ya están casi cocidas. ¿No deberíamos quizás añadir un poco de Calentamiento Global y Cambio Climático a todos estos ingredientes? Por supuesto que sí. Agregue por tanto a otra olla calculando bien las siguientes cantidades:

• 6.500 millones de personas que es la población mundial actual, la cual si sigue creciendo como hasta ahora para el 2.030 será de 8.300 millones. Gracias a Dios que, seguramente, los 100.000 infelices que se cuecen diariamente en la olla, con el “invento” de los biocombustibles aumentarán y ayudará a mitigar malthusianamente el crecimiento demográfico. ¿Por qué? Porque si utilizamos 230 kilos de maíz para producir 5 litros de etanol, ya no estamos utilizando esa cantidad para alimentar a un niño durante todo un año que sería justo lo que necesitaría para vivir. Amén del aumento que en los precios de los alimentos de primera necesidad esto significará. De todos modos, lo que le queríamos decir es que para seguir con la misma cantidad de emisiones actuales en el 2030, o sea, para seguir con la misma cantidad genocida que está provocando el Cambio Climático y no aumentarla, deberíamos para esas fechas rebajarlas un 30%. ¡Y esto para contaminar lo mismo que ahora! Son comprensibles las risas del público en general, al recordar que el archifamoso Protocolo de Kioto pedía reducir las emisiones un 5% y la mayoría de los países no lo cumplen actualmente. Por tanto, avive el fuego de la olla global un poco más y añádale bastante pimienta, sin miedo.

• Un poquito más de calor al horno, ya que si la situación sigue como hasta ahora, en el 2.030 la temperatura del Amazonas será de 4º a 6º superior y el 30% de la misma se convertirá en sabana seca. Como no hay mal que por bien no venga, quizás entonces, sí será un buen momento para nuestros emprendedores constructores “nacionales”. Ya saben amigos, ¡Vayan pensando en comprar terrenitos a los yanomamis y hagan el negocio del siglo!

• Por supuesto, todo esto hágalo copiando el “sostenible” desarrollo de EUA que emite casi el 30% de toda la contaminación de C02 del mundo teniendo menos del 5% de su población. O sea que ponga otra olla y si no le cabe compre otro hornillo.

8. Ahora meta a la mitad de la población mundial en un bote pequeñito como si fueran guisantes, si le cuesta cerrar, apriete sin miedo, no pasa nada si alguno se aplasta un poco. Porque recuerde que la mitad más pobre del mundo tiene sólo un 1% de la riqueza. Luego coja al 2% más rico y déle la mitad total de la riqueza terrestre, recordando eso sí, que el 1% tiene el 40% y no le voy a decir lo que tiene el 0,1% más rico por la sencilla razón que en nuestro mundo libre casi no se puede hablar de ese 0’1% y casi no hay estadísticas (pero denme tiempo y verán). Quizás esto sea porque controlan casi todos los medios de producción y comunicación del mundo, pero sólo quizás.

9. Ahora deje por un momento la cocina, y estos datos tan abrumadores y saque a su perrito “Bobby” a pasear. Relájese, estrene con él el divertido jersey que le compró para que no pasara frío. Acuérdese que el jueves lo debe llevar al veterinario para que le revise esa tos que no se le termina de quitar y hacerle la analítica para vigilar su nivel de colesterol. ¡Un momento, un momento! No se olvide de llevar la bolsa para recoger con la manita los simpáticos excrementos de su traviesa “mascota”. Al fin y al cabo, usted es moderno y racional, todo un ciudadano del siglo XXI, ¿No es cierto?

10. De vuelta a la cocina, ponga en una sartén a fuego intenso, a 800.000 personas muertas al año violentamente y separe de esta sartén en otra con menos aceite, a 500.000 muertos que lo hacen en lugares donde no hay guerra declarada. Piense que quizás esto sea porque el negocio de la guerra representa el 2’5% del PIB mundial y que paradójicamente, en los últimos diez años han aumentado un 45%. Quizás la guerra no sea tan mala para todos al fin y al cabo, al menos no para las 41 empresas norteamericanas y las 34 de la Europa Occidental que coparon el 92% de todas las ventas de armas mundiales el pasado año. Pero bueno, usted a lo suyo, no se caliente la cabeza, porque para degustar un buen chocolate no hay porqué saber con qué tipo de látigo fueron azotados los trabajadores que en África recogieron su cacao. Así que añada ajo y no se hable más.

11. Ahora preste atención con el último paso que es el más delicado, porque requiere de bastante precisión. Sin perder de vista que el 2% de la población más rica tiene la mitad de los activos mundiales (valor neto después de restar a los activos, los pasivos físicos y financieros), coja el coeficiente de Gini mundial que mide la desigualdad en el reparto de la riqueza, y sitúelo en el 89% con una cucharilla sopera dentro de la olla de los 100.000 muertos diarios por malnutrición que ya deben de estar en su punto. Este 89 del índice de Gini vendría a ser igual a decir que de un grupo de diez personas invitadas a una fiesta, una de ellas, bastante suicida por cierto, se atreviese a comer el 99% de la tarta principal ante la incrédula mirada del resto de sus “amigos”. Por supuesto, nadie estaría tan loco para hacer esto en el mundo real, a no ser que quisiera que le diesen una tremenda paliza, o si sus amigos son muy educados, no le invitasen jamás a otra fiesta con tarta de por medio. Pero claro, en nuestro “mundo libre”, esto no ocurre. Y no ocurre porque ocho de esos nueve amigos que se quedan con los restos, con las migajas, tienen los ojos bien tapados y cuando descubren que queda el 1% de tarta, el “capullo” que se la comió les dice a los demás por SU televisión y SUS periódicos que fue culpa de la Economía, la Bolsa, Ben Laden, los huracanes o la cigüeña de París, y que “todos” debemos apretarnos el cinturón...

Pues bien querido lector, ahora ya sabe cocinar a grandes rasgos un delicioso plato de capitalismo global para ser servido bien caliente. Degústelo con su familia y amigos. Quede bien en las fiestas de ocasión. Es usted todo un ciudadano.

Si después de leer toda la receta, tiene a bien pensar que este artículo es duro, cruel, obsceno e incluso de pésimo gusto; me veré obligado a darle toda la razón. He dicho toda la razón. Pero le recuerdo que más obscena es la realidad en la que se basa y eso es lo que este humilde servidor ha intentado transmitirle. Los datos aportados son estrictamente ciertos y más abajo le coloco las fuentes para que usted los compruebe en caso de incredulidad. Los datos son números, pero los números los componen individualidades que sufren auténticos infiernos día a día, minuto a minuto. Le ruego que se fije en la magnitud del asunto y en la corresponsabilidad que podamos tener para lo bueno y para lo malo. ¿Qué papel queremos interpretar en este juego global en el que es imposible no jugar?, ¿Vamos a cambiar algo o seguiremos como verdugos pasivos del infierno mundial?

Así que si usted no es o no quiere ser, con todo mi respeto, un terrible “cabrón” egoísta “hijo de puta”, háganos el inmenso favor de despertar de una vez por todas de ese cómodo sueño consumista que tan atolondrado lo tiene. Y si está despierto, apresúrese en despertar a los dormilones que lo rodean. Vamos a unirnos todos porque ya está bien, y porque más nos vale estarlo, para afrontar lo que se nos viene encima.

Fíjese que según investigaciones del Global Footprint Network (California), se necesitarían 5 mundos como nuestro planeta si todos los países siguieran el ritmo de consumo capitalista de los EUA y 3 mundos para el del Reino Unido. Como sólo tenemos un mundo y bastante estropeado, convendría pensar atentamente sobre ello.

Tornar el capitalismo, el sistema de la muerte, en vida, no es un milagro de los dioses, sino aquello que en verdad nos tornará humanos. El nombre del nuevo invento, el de la pócima mágica que no es tal, es el de socialismo. Y no es que sea la panacea que todo lo cura, ni el fin de todos los males, sino el principio de la esperanza verdadera. El mínimo común múltiplo sobre el que elevarnos hacia ese mundo en paz que tantas veces hemos deseado, hacia ese mundo donde el hombre no deba ser “un lobo para el hombre”. Porque recuerde que el capitalismo es como el cero. Da igual porque número lo multipliquemos, lo grande que sea, lo maravillosas que sean nuestras intenciones, si partimos de él, el resultado será siempre el mismo: nos dejará a cero.

Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, Licenciado en Bellas Artes, artista plástico, analista político y teórico del socialismo.

Para ver una parte de la obra plástica del autor:
http://jon-juanma.artelista.com/

Para ver una parte de la obra teórica y plástica junto otros contenidos, su Blog:
http://jonjuanma.blogspot.com/

Fuentes:
Punto 1: Jean Ziegler, relator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación (año 2007).
Punto 3: Declaraciones de Ban Ki-moon, Secretario General de Naciones Unidas, respecto a la situación del año 2007.
Punto 5: Marcelo Colussi en el artículo publicado en Rebelión “La economía en Estados Unidos: comienza la caída”, publicado el 7 de septiembre de 2008 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=72298. También “Informe Anual sobre Desarrollo de los Recursos Hídricos en el Mundo de la ONU” (2006)
Punto 7: Rueda de prensa de Jean Ziegler, relator especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación , sobre los datos del 2007/2008. Junto a datos recogidos por M.Hurtado para la Agencia EFE en el artículo: “Cada día mueren 24.000 personas de hambre y desnutrición, según la ONU”: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=57577 El artículo a su vez recoge la información presentada por J.Ziegler como relator de la ONU. También Informe Anual sobre Desarrollo Humano 2007/08 sobre el Cambio Climático del PNUD (ONU)
Punto 8: Estudio sobre “La Distribución Mundial de la Riqueza por Hogares” realizado por el Instituto Mundial para la Investigación del Desarrollo Económico de la Universidad de las Naciones Unidas (Helsinki, Finlandia) en el año 2006, dirigido por Anthony Shorrocks.
Punto 10: Estudio de Naciones Unidas, mediante el Instituto de Control de Armas Ligeras, titulado: “La carga global de la violencia armada”, ver enlace: http://eleconomista.com.mx/internacional/2008/09/12/1485/cerca-de-500000-personas-pierden-la-vida-por-criminalidad-onu/ También del Instituto Mundial de Investigaciones para la Paz (SIPRI) , en el informe sobre gastos militares que presentó el lunes 9 de junio en Estocolmo.
Punto 11: El citado estudio sobre “La Distribución Mundial de la Riqueza por Hogares” del punto 8.
Conclusión Final: Los datos del Global Footprint Network fueron extraídos del artículo de Carlos Fernández Liria “¿Quién cabe en el mundo” publicado en la sección de Opinión del diario Público el 22 de enero de 2008.


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Elogio de la duda


Eduardo Dermardirossian (desde Argentina, especial para ARGENPRESS Cultural)

Sugestivo el título. Y difícil el tema.

Que los dioses me asistan en esta aventura que quiere abandonar el común sentir de los hombres para discurrir por territorios azarosos, mientras cabalgando sobre mil libros vienen los amonestadores de siempre para señalar mi desvarío.

Y yo, que elegí el camino que desbrozó el oscuro Heráclito, me proclamo agnóstico de todos los saberes, remedo del agricultor que siembra ignorando si segará los frutos. Soy el que duda.

La duda, se dijo por ahí, es interesante en tanto apunte a liquidarse a sí misma. El estrellato mundial de la duda, se agregó, permite a innumerables ignaros posar de gente sesuda y reflexiva.

Malaya el que así embarró la cancha. Malaya su artificio que metió a la ciencia en los bolsillos rotos de los sabidillos. Cuando ese hombre muera su alma irá al purgatorio donde por algún tiempo dudará si su destino será el cielo o el fuego del infierno devorará su sarcasmo. Ahora comprendes, lector, por qué no quiero nombrar a ese hombre.

Así abonado el ancho campo de la duda, vale la pena recorrer los caminos que antes fatigaron los sabihondos de todos los saberes. Y con clamorosa irreverencia denunciar la necedad de los que golpean las puertas de los incautos, repletas sus alforjas de baratijas multicolores. Celosos custodios de los dogmas, iluminados e iluminadores que vienen a redimirnos del mal, pícaros mercaderes de bienaventuranzas, sagaces habladores que te obnubilan desde el púlpito o la tribuna, todos son falsificadores de la verdad e impíos demoledores de la duda, el más fecundo atributo humano.

Quiero hacerte un convite incómodo, dudar de tu ciencia y de la mía. Quiero invitarte a desaprender la vida, a borrar las huellas de tus pasos, a recorrer otra vez el camino como si fuera nuevo. A tu diestra, la duda, modesta compañera que te seguirá como tu sombra; a siniestra, escamoteada en la maleza, la certeza, difícil de asir.

La dudofilia

He venido a elogiar la duda, no a amarla. Porque amarla es quererla para siempre y yo quiero que ella me acompañe como una buena amiga que sabe cuándo soltarme la mano para que dé mis pasos. Quiero que me acompañe de a ratos y no me abandone cuando la vanidad me aceche. Y quiero que una y otra vez vuelva para amistar conmigo, para que la aventura de vivir no se agote en el penúltimo día.

La duda es un huerto fecundo, partera del conocimiento, redentora de la ignorancia. Es el camino que conduce a la ciencia. Ella lima las aristas de tu espíritu para que sea amigable tu encuentro con las cosas. La duda es la estación donde podrás apearte para buscar y rebuscar entre saberes, pensares y decires hasta encontrar la luz.

Es curioso. El catálogo de las palabras que hablamos no incluye la voz dudofilia. Ominosa negligencia de los hombres, al menos de los que hablamos la lengua de los españoles, o prueba incontrastable de nuestra necedad. Todo lo sabemos, todo está escrito en el libro de nuestra ciencia. Desafiamos la duda con certezas hechas a la medida de nuestros miedos o de nuestra arrogancia. Recorremos la vida porfiando que sabemos.

Borges, que fue un devoto de la duda (quiera el lector tolerar el dislate ), da cuenta de que “los primeros textos narran que el Buddha, al pie de la higuera, intuye la infinita concatenación de todos los efectos y causas del universo, las pasadas y futuras generaciones de cada ser; los últimos, redactados siglos después, razonan que nada es real y que todo conocimiento es ficticio y que si hubiera tantos Ganges como hay granos de arena en el Ganges y otra vez tantos Ganges como granos de arena en los nuevos Ganges, el número de los granos de arena sería menor que el número de cosas que ignora el Buddha” .

La república de la duda

Entre la duda y la certidumbre hay un campo fértil que sólo pueden recorrer los hombres. No Dios porque es omnisciente, no los subhumanos porque carecen de razón. Nuestra divina animalidad quiere que seamos ciudadanos de la duda, y nuestra arrogancia -bien habida porque nos enseñaron que somos espejo de Dios- nos quiere sapientes. Traviesos (nuestros primeros padres fueron traviesos en el Edén), los hombres elegimos la sapiencia y desdeñamos la duda. Somos fanáticos, fundamentalistas, dogmáticos, vanagloria que quizá venga de un exceso de dadivosidad del Creador. Creemos que sabemos lo que el infinito Yahveh sabe, lo que el Iluminado del Ganges ignora, lo que por ser contingente pronto será carne de basural.

Lo dije: entre lo verdadero y lo falso no hay frontera, hay un ancho territorio: es la república de la duda. De ella somos ciudadanos los hombres. Un río nos separa del reino del saber, otro río nos separa del reino de la oscuridad. No puedes cruzar uno u otro porque ambos son bravíos, correntosos. Si te arriesgas hacia oriente, puedes perecer o encontrar la bienaventuranza de la iluminación; si te arriesgas hacia el poniente, también puedes perecer o alcanzar la bienaventuranza de la estolidez. En ningún caso hay retorno.

Y bien. ¿Qué fue de los que intentaron cruzar la frontera de la duda en una u otra dirección? Quienes se aventuraron hacia el poniente tejen y destejen sus días sin ansiedades y con su estupidez bienhechora a cuestas; ellos han descendido en la escalera animal y no los inquietarás con estas cosas. Los otros, los que alguna vez se aventuraron hacia el oriente, fueron expulsados del reino del saber y están aquí, entre nosotros, haciendo alardes de su travesía y exhibiendo títulos dudosos: son los dogmáticos que recorren nuestros oídos para vendernos sus baratijas. Unos y otros no saben que no saben. A unos Dios los desheredó y a los otros les negó la amistosa media luz de la duda.

Dudar está de moda

Pero seamos justos y miremos por un momento las flaquezas de la duda.

Ahora la duda se ha puesto de moda y queda bien lucirla en el pecho. Ahora todos los libros se han abierto, el saber se ha democratizado y un nuevo país conjetural se ha fundado. Es el país más pródigo en saberes, adonde el partido de los opinantes gobierna a sus anchas y la opinología (del latín opinio, juicio cuestionable, y del griego logos, discurso que da razón de las cosas), es el evangelio de los ciudadanos. Generosa voz que todavía no han recogido los más escrupulosos cultores de las letras y que quizá espere un siglo para merecer un lugar en el grueso mamotreto de la lengua española.

Hoy es delicioso dudar y queda bien decir que tal o cual asunto es opinable. Tal es la profusión informativa que se han roto las columnas del saber y la verdad es una mercancía que se transa en las oficinas de los publicistas. Hoy el que duda pone a salvo su ropa y se granjea una banca en la asamblea de los sabihondos pelilargos y barbados. Saber es dudar: he aquí la deliciosa paradoja que despidió al siglo XX.

Marx y Lenin desde un flanco, Freud y Lacan desde el otro, dominaron el espectro intelectual de su tiempo, al que después llegaron nombres como Sartre y Marcuse para engrosar la lista. Pero la moda es tan implacable como efímera y unos y otros cayeron en desuso. Y entonces llegó la duda para ocupar el podio. La duda es una puerta más o menos entreabierta, más o menos vitral, que no puedes sortear sino con esfuerzo y que, una vez adentro, amenaza cerrarse a tus espaldas. Es una trampa que te ha puesto la ciencia para tomarte en sus fauces y escupirte en la letrina.

Quiero cerrar estas anotaciones confesando un temor y una esperanza. El temor es que me sea confortable la duda y que en mi deriva por la vida los leños se consuman, las sombras de la caverna se esfumen y al voltear mi rostro tenga que vérmelas con una realidad que creí inasible. Y la esperanza es que así y todo habré aprendido algo que no saben el enteradillo ni el mercader de certezas: que la respuesta siempre es provisoria porque está contaminada por el tiempo, una ilusión efímera, y que la pregunta, en cambio, siempre está preñada por su respuesta.

Pero a qué afligirme tanto si hay un pecado aún mayor que sobrellevo sin pesadumbre: el de haberme acreditado como un hombre que duda. Porque el elogio de la duda suele escamotear la inmodestia bajo los pliegues de su boato.

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Marcos Ana, el Quijote viviente

Cristina Castello

Decidme cómo es un árbol. /Decidme el canto de un río/
cuando se cubre de pájaros.

Marcos Ana

Almodóvar filmará la vida del hombre que más tiempo estuvo en la cárcel por la Guerra Civil española. Sin sueños de venganza, Marcos Ana sigue luchando contra el fascismo. Su historia es testimonio de los pájaros sin alas de aquella barbarie; y también una juerga de ternura que iza la Bondad por encima de todo horror.

Marcos Ana, poeta y Quijote. Emblema universal de la lucha por la libertad —88 años, hoy— estuvo en las cárceles del franquismo entre 1939 y 1961. Conoció el espanto en su piel, en su corazón, y a través de los ojos de sus compañeros; descubrió el oprobio en las manos de los torturadores: manos extranjeras a la vida que sólo los domingos cesaban de masacrar, pues entonces los verdugos rezaban en la Iglesia y con el capellán. Pero también supo de deleites: en las mazmorras del fascismo español, Marcos Ana «adoptó» —como se adopta un bebé— una flor inocente, nacida en la grieta tenebrosa del muro más cruel. Así como, aunque trepado a los barrotes y castigado duramente por ello, se extasió con cada plenilunio que —gracias a su obstinación— pudo gozar. Igual que contrabandeó, reja a reja, la poesía de Neruda y sus propios versos, como una letanía que invocaba la libertad. Tenía sólo 19 años cuando cayó en aquel infierno del Régimen, y veintitrés más cuando —como una salva de pájaros contentos— pudo dejar la jaula para abrazar la nitidez de la luz.

Luz cegadora para él, que no conocía más que las tinieblas. Pero la vida, que sólo le había ofrecido su mano mezquina, le llegaba por fin con la mano que da. Entre todos sus dones, le dio los viajes, el reconocimiento mundial —el abrazo de la humanidad— y la posibilidad de luchar. Le dio la poesía, y le descubrió el amor y el sexo... recién a sus 42. Ella era joven y morena, delgada, bella y sutil. Se llamaba Isabel Peñalba y tenía la mirada azul.

¿Serán los ojos de Penélope Cruz, la actriz fetiche de Almodóvar, los que lo mirarán desde aquel azul de Isabel? Quién sabe. Primero terminará la filmación de «Los abrazos rotos» y, quizás, rodará «La piel que habito». Y entonces se dedicará a «Decidme cómo es un árbol», el último libro de Marcos Ana; obra que recorre el mundo con sus memorias de la prisión y de la vida, flameantes de humor, de la poesía de su prosa y del sentido de la existencia como un hecho trascendente.

¿Cuántos filmes podrían hacerse con cada latido de este Quijote? En cualquier caso, Almodóvar eligió tomar la historia de Marcos, «un superviviente», cuando era ya un pájaro en vuelo libre que surcaba cielos a la salida del infierno. Al cineasta le impresiona que, después de haber respirado tanta muerte, el poeta sepa de justicia y paz, de fraternidad y siembra, de imaginación y esperanza, y no de rencor. Le sorprende su pasión por la vida del prójimo. Se emociona porque en «Decidme cómo es un árbol», nuestro autor cuenta que —a causa de un compañero que lo denunció— recibió una de sus dos condenas a muerte; y, aun así, no da su nombre para evitar un daño a la posible familia del traidor.

Curiosa audacia la de Almodóvar, artista de un lenguaje cinematográfico barroco y brillante, cuyos temas habían sido hasta ahora el amor por su madre y por las mujeres, la sexualidad, el maridaje entre el amor y la muerte, y la transmutación del alma. Y si bien algunos hechos de la historia que filmará justifican a primera vista su elección —ya se verá— hay algo central, más novedoso que todo. «Marcos Ana es lo más parecido a un ángel —explicó el director—, no he conocido a nadie tan bueno». A partir de esta experiencia, ¿podremos sumar entre sus razones para elegir un guión el valor infinito de la Bondad?

La mirada azul

Decidme cómo es el beso / de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.

Marcos Ana

Después de 23 años tras los muros, lo más difícil fue la libertad. Aprender a ser libre. Marcos sabía vivir en la cárcel, donde el cariño hacia (y de) sus camaradas fue su sostén y su motor. Aunque fue torturado hasta casi morir; aunque vio asesinar tantas vidas y también su juventud, tiene grabadas en la piel y en todo su ser las risas de sus amigos y su generosidad. Con ellos compartía el hambre y el pan, los sueños y los homenajes con que —en las sombras de la sombra y con ingenio— honraban a los grandes poetas. La cárcel era una «universidad democrática», un hogar. Marcos fundó las tertulias literarias, a pesar de que la imaginación era salvajemente perseguida. Los guardias debían evitar la fuga física de los prisioneros; y el capellán, la fuga espiritual. Había que impedir la poesía, pues era enemiga del sistema, era un ser más a encarcelar. ¿Encarcelar el sol? ¡Vaya!

En la década de los ’50 y a una celda de castigo infrahumana sus compañeros le acercaron, ellos sabían cómo — ¡oh, qué gracia la imaginación!—, una lapicera y poemas de Neruda y de Rafael Alberti. Los leyó más de mil veces y... ¡empezó a escribir! Pero... ¿cómo guardar su palabra escrita? Y aquí otra vez la creatividad. Sus «colegas» de prisión aprendían de memoria sus versos, y los que recuperaban la libertad eran poemarios parlantes de Marcos Ana, conocido aún como Fernando Macarro Castillo. Tiempo después, recibió un librito impreso con sus poemas... ¡Hombre, qué felicidad! Eran las dos primeras ediciones de «Te llamo desde un muro», publicado entonces en México y en el Perú.

Como un juego interminable de espejos reflejados en sí mismos para multiplicarse, la cámara de Almodóvar mostrará a los espíritus inquietos del mundo, la vida de nuestro personaje y conciudadano suyo... ¡sí! Vaya sucesión de casualidades: el cineasta nació en La Mancha, igual que la obra suprema de la literatura universal: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha»; igual que Don Miguel de Cervantes Saavedra, su autor, quien había abierto los ojos a la vida en Alcalá de Henares, ciudad de la famosa región, donde Marcos vivió desde sus nueve años y padeció su primera prisión... ¿Es que existe el azar?

Virgen hasta los 42, para Fernando Macarro el mundo exterior era una leyenda, una fábula, una ficción. No había muros sino cielo; ¡había tocino! —tocino, aquel sueño suyo de hambreado durante los 9.000 días y noches de su encierro—; había coches, carteles luminosos, tiendas... ¡mujeres! Había una vida «normal» y él la había olvidado después de tantos años tras los muros. Habituado al horror y a la necesidad, las luces lo mareaban, devolvía la comida que había ansiado: se sentía en otra galaxia... hasta que llegó su noche azul.

Ella. Ella creía que él estaba borracho e intentó devolverle el dinero; el que él debía pagarle, como prostituta que era la muchacha. Fernando Macarro no sabía qué hacer, a solas con una mujer y en un hotel; se sentía torpe, extraño, desorientado, hasta que le contó la verdad: los 23 años de cárcel y su inexperiencia sexual. Y ella se dedicó a él con amor: lo llevó a pasear por la Gran Vía de Madrid y fueron a cenar, mientras él hablaba y hablaba, como una semilla que encuentra tierra fértil después de la sequedad.

La mirada azul lloró. Lloró tanto, al tiempo que él le contaba el único mundo que conoció. Lloró por todas las cosas que merecen lágrimas (Jorge Luis Borges). Isabel Peñalba —era ella, sí— lo llevó después al hotel y logró que Fernando hiciera el amor. Quería renacerlo, inaugurarlo. Ya en la mañana, chocolate con churros juntos en la cama, y cuando el poeta amanecido «varón» llegaba de vuelta a su casa encontró en el bolsillo las quinientas pesetas de la paga que ella no cobró. Y un papel, un llamado, una solicitud de amor: «para que vuelvas esta noche».

Él pensó en ella todo el día con deseo y emoción, pero el miedo de ofenderla con la paga —que además era dinero de la joven— se mezclaba con su deseo viril y con el temor de destrozar el recuerdo de aquella noche de pureza y magia. No sabía si ir o no, y otra vez fue una flor la que lo salvó de nuevo, para decidir. Compró docenas de flores tan luminosas como aquella que, nacida en el muro más cruel, había adoptado como a un bebé. Las 500 pesetas —el precio de la paga— se convirtieron en un bouquet de pimpollos con orquídeas y magnolias. Las dejó en la conserjería del hotel, con una tarjeta: «Para Isabel, mi primer amor». Franz Kafka escribió que cuando uno se empeña en subir, los escalones brotan debajo de los pies, anhelantes. Isabel fue el escalón al amor.

Almodóvar se regocija en este recodo de alba y de tal embeleso de ternura que su cámara ansía traducir.

Antes, mucho antes, el faro de Marcos había sido el cariño absoluto hacia sus padres, en quienes pensó para elegir el seudónimo con que lo conocemos. Escogió Marcos, por su papá: ¡ay!, aquella imagen de una gorra solitaria prendida en la rama de un árbol roto, cuando un bombardeo lo asesinó; los ojos desolados del hijo tenían 17 años. Decidió apellidarse Ana, por la mamá. Abnegada bajo su siempre pañuelo negro en la cabeza, ella había ido a verlo a la cárcel, una vez más, pero no la dejaron entrar. Con su calvario interior por haberse enterado de que el hijo estaba condenado a muerte, comenzó a volver sobre sus pasos. Mamá Ana cayó al suelo, los guardias la golpearon y humillaron y ella murió en una zanja, en aquella Navidad de 1943: «...que murió de rodillas, me contaron / crucificada en un leño de llanto, / con mi nombre de hijo entre sus labios / pidiendo a Dios el fin de mis cadenas»

Candilejas

Mi pecado es terrible; / quise llenar de estrellas / el corazón del hombre

Marcos Ana

Desde su liberación en 1961, gracias a la presión internacional, pues estaba condenado a sesenta años de rejas, recorrió Europa y gran parte de la América morena. Conoció a Louis Aragon, Pablo Neruda, por fin a Rafael Alberti y María Teresa León, a Salvador Allende, Nicolás Guillén, Picasso, Yves Montand, Michel Piccoli, Prévert, Jean-Paul Sartre, Joan Báez, Miguel Ángel Asturias, Pedro Vianna y tantos más. Convirtió su vida en una defensa de la libertad, en contra de todo autoritarismo. Fundó y dirigió en París, hasta el final del franquismo, el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE), que presidió Picasso. Y cada persona que lo entrevistaba, y aún hoy, le repite una pregunta: ¿Vio en prisión al enorme poeta, alma de cristal, Miguel Hernández? Sí, lo había visto. Al «Fuego azul de la poesía» —como lo llamaba Neruda—, el franquismo lo había asesinado a los 31 años, con una tuberculosis ponzoñosa a la que sus verdugos jamás atendieron.

A los dos años de su libertad, Marcos conoció a Vida Sender, quien fue su mujer por muchos años. Hoy están separados, pero conservan una amistad cada vez más honda y el amor de los dos hacia «Marquitos», con quien vive. Es el hijo de ambos —hoy camarógrafo, fotógrafo y documentalista—, la ofrenda mayor que recibió de la libertad.

Pero hubo otras más. Como el reencuentro con aquella música de acordeones y violines que, de una orquesta lejana, había escuchado en la cárcel de Burgos en la Navidad del ’60. Nunca supo el nombre y, aunque la buscó con obsesión, sin ese dato y sin poderla tararear, no era posible hallarla.

Después, el vértigo de los viajes lo llevó a Copenhague, donde le habían asignado para hospedarse la casa de… Karen. Alta, bella, fascinante, la diosa nórdica no podía entenderse con él más que por señas. Marcos no hablaba una palabra de inglés, y ni pensar en el danés. Desde un sillón, la miraba, cohibido —más aún cada minuto—, sin poder pronunciar una palabra; y ella lo percibió: lo acomodó en el canapé, apagó las luces para crear un ambiente tenue que ayudara al reposo, puso cierta música en el tocadiscos y se dispuso a dejarlo descansar.

Entonces, la sonrisa de la vida. El milagro. La melodía que el poeta estaba escuchando era la de la película «Candilejas», la misma de aquella Navidad; la que tanto había buscado. La música le provocó un sobresalto que hizo a Karen volver, inquieta, y sentarse con él, casi en él. El resto fue el abrazo en silencio, la vibración al unísono, y el lenguaje del amor y la pasión. En los cinco días de su permanencia en Dinamarca y en tantos otros de su vida libre, el encantamiento pobló de estrellas al héroe que llena de estrellas el corazón del hombre.

«Decidme cómo es un árbol», clamaba Marcos Ana en el poema que dio el nombre al último libro. Hoy, ya todos los bosques, todos los pájaros y todos los ríos le contaron su historia. Hoy se reconoce como un «árbol milagroso», porque sigue dignificando la condición humana. Y se abraza a la palabra de su admirado Paul Éluard: «Y serán recompensados los que ríen de horror».

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Cuenta conmigo, cuento contigo

Mallela V. Pérez Palomino (desde Panamá, especial para ARGENPRESS Cultural)

El muchacho se sobresaltó al sentir un cuerpo extraño dentro de la lata de gaseosa. Siempre, al igual que sus amigos, había preferido rellenarse la barriga del famoso y burbujeante líquido negro. Todo menos confiar en las bebidas de fruta que se hacían de manera artesanal. Conceptuaba que las grandes fábricas tenían altos niveles de salubridad y ahora que había terminado el refresco, la lata le arrojaba el sonido de un cuerpo sólido que se movía al agitarla.

Su padre dijo era importante saber de qué se trataba y vio en los ojos del adulto aquella mirada de ambición desmedida. Por supuesto que estaba pensando en interponer una demanda por mucho dinero.

Miraron dentro del recipiente ayudados con la luz que les ofrecía el aparato celular y lo que observaron los dejó perplejos. Era una criatura pequeñita, una mezcla entre monstruo e insecto cerca de una pulgada de largo. Pero la sorpresa aún no acababa, porque abrieron la lata con su cuchilla de boy scout para extraer la criatura y, al ponerla sobre la mesa, se desperezó y abrió los ojos.

El chico salió corriendo hacia los baños y se abrazó de la taza depositando en ella todo el contenido de su estómago. Sintió ganas de salir huyendo: era una pesadilla y lo peor es que no se despertaba.

Ya en el estacionamiento, vio acercarse la camioneta de su padre y cuando se detuvo frente a él, quedó pegado al piso sin saber qué hacer. Luego obedeció como autómata cuando le dijo que subiera.

El camino lo hicieron en silencio y rogó a Dios, del cual sólo se acordaba en momentos críticos, que algo pusiera fin aquel mal sueño. Aún se sentía mareado y le ardía la boca del estómago.

Al llegar a casa, su padre se apeó y se refugió en el cuarto estudio. Él, la verdad, no sabía qué hacer. No era un sueño, era real. Se metió en la habitación principal, hurgó entre los medicamentos que su madre tenía en el botiquín y se tomó el primero que intuyó le tranquilizaría.

Le despertó la voz paternal instándolo a acompañarlo a la finca. Se metió, aún turulato, bajo el agua de la regadera y ya vestido dejó caer pesadamente las posaderas en el asiento del copiloto. La expresión del padre no le gustaba para nada. Tampoco se refirió a la experiencia del día anterior y él no sabía si era buena o mala aquella circunspección.

***

Cuando su padre eufórico, abrió la puerta trasera de la camioneta, sintió que le temblaban las piernas La criatura estaba dentro de una jaula para gatos y había crecido. Tenía una longitud de cerca de cuatro pulgadas y los miraba mientras agarraba con sus extremidades delanteras la parrilla que hacía de puerta. Adoptaba una postura homínida. Era blanco como la leche y tenía unas orejas grandes. Sus facciones grotescas se movían gesticulando mientras emitía sonidos guturales.

-¿Estás seguro de lo que estás haciendo, papá?-inquirió.

Ningún razonamiento pudo contra la voluntad de ese hombre que siempre había hecho lo que le venía en gana. Por explicación dijo que tenía curiosidad científica y él se mantuvo callado y enfurruñado, mientras el jefe de la casa le daba las instrucciones al matrimonio sin hijos que cuidaba la finca. Asintieron a pesar que tenían tiempo de no cobrar, porque necesitaban un sitio dónde vivir.

Días después vio que su padre se dirigía con urgencia hacia la estancia del bichito. Había crecido y forzando la jaula se escapó. Asaltó a animales del lugar, matando a algunos perros, e hiriendo a otros que tenían como particularidad collar color rojo. Cuando su padre se lo contó, pensó que a lo mejor tendría complejo de toro.

La siguiente vez que vio a la criatura, tenía más o menos el tamaño de un perro grande. Le hicieron una jaula más amplia y fuerte, que colocaron cuidadosamente dentro de la casa por muchos motivos, el más importante de todos, para protegerlo de la posible venganza de los perros.

Su padre comentó que ingería muy poco alimento y tenía que ser carne cruda, que no se explicaba cómo crecía tan rápido, si casi no dormía. Si tan sólo tuviera algún veterinario de confianza, lo llevaría para tener una perspectiva científica del asunto. En eso el chico se acordó del profesor de la universidad al cual llamaban El Científico Loco, más por su aspecto que por sus raros experimentos en materia genética.

El hombre observó fascinado la criatura, que también lo miraba con detenimiento. Ya sus vigilantes habían enterado a su padre que, desde su rincón, observaba la televisión y a veces, daba la impresión que repetía los sonidos que escuchaba en la programación. Casi no cabía en la nueva jaula y los sirvientes dijeron que si lo mantenían dentro de la casa, era muy posible que no provocara problemas, ya que últimamente tenía un buen comportamiento.

Cuando el joven volvió a verlo quedó sin habla. Tenía casi su estatura. Daba la impresión que de ser un oso erguido en dos patas, debido a su corpulencia. También se expresaba con palabras, un poco confusas pero entendibles y hasta había ayudado a los sirvientes en problemas domésticos con ingeniosas soluciones. En una ocasión había abierto y observado largo rato la podadora de césped dañada y luego como por arte de magia la reparó.

***

Al rato comenzó a ver otros canales de televisión, y tomó todo lo que podría leerse en aquella vivienda. Sus ansias de lectura era realmente voraces y ya no tenía ningún problema con la comunicación oral.

Según su padre era tiempo de dar el siguiente paso. Le contaron todo a su madre, la cual los observaba con los ojos muy abiertos y con una mirada que les hacía sentir que estaban enloqueciendo. Una vez pasada la conmoción inicial, la mujer quedó imbuida en los planes del progenitor. Pudo darse cuenta de lo genial, carismático e ingenioso que era aquel ser.

La familia que le había dado cobijo a la criatura, fue durante mucho tiempo parte del más exclusivo club elitista del país, gracias a una acción que le dejó el abuelo al morir. Pero ya no asistían, porque la fortuna que les dejó el anciano fue despilfarrada por su padre con la solícita ayuda de su madre, en compras, viajes, negocios ridículos y pretensiones políticas. La enorme casa poco a poco fue desvalijada por sus nuevos dueños, que vendieron a precios irrisorios valiosos objetos de arte. También clausuraron aposentos para que la limpieza se hiciera más fácil y económica.

–Ese es un lugar donde debes fingir que te va bien, si es que no es así. Si no, te tratan mal-le decía su padre refiriéndose al exclusivo club.

Y ahora, con la asesoría de su progenitora, tenían la forma de conquistar el éxito. Había que actuar con rapidez. Decidieron llamar Coky a la criatura, evocando su origen y consensuando que se oía chic. Pero se hacía necesario insertarlo en sociedad. Para ello ya contaba con una piel blanca que, de paso, le abriría las puertas de la yeyesada exclusiva del club y otros círculos no menos elitistas.

-¡Pero es demasiado blanco!-protestó el joven.

-Nada que no pueda remediar un buen bronceado-dijo la sabia madre que virtualmente se había convertido en la asesora de imagen de Coky. Sus padres nunca se habían puesto de acuerdo tan rápido para asuntos que le beneficiaran como su hijo, todo lo contrario: si llegaban al mismo acuerdo, era para inflingirle algún castigo o reprimenda.

Recordaba el muchacho que, en una ocasión, Coky se quedó dormido mientras se bronceaba, y al despertar, se vio cual camarón cocido, arremetiendo contra su propia imagen en el espejo con furia irracional. Concluyó que, definitivamente, el color rojo no era de su predilección, excepto el rojo sangre.

Y así, le hicieron la cirugía para reducirle las orejas. Los labios eran muy finos, a pesar de ser el límite de su bocaza. Le fueron rellenados con colágeno hasta alcanzar un ancho normal. Le delinearon los ojos con maquillaje permanente. Como era totalmente calvo, se las ingeniaron para ponerle en todo el cuero “cabelludo” insertos de cabellos, que la asesora insistió debían ser rubios. Y le tatuaron cejas falsas. Con todos estos procesos se enteraron que su sangre era de color azulado. Su padre entonces expresó:

-¡Qué lástima que no podamos mostrar esto a los aristócratas criollos: un verdadero sangre azul!-algo que expresó con tanto orgullo, que el muchacho estuvo a punto de sentir celos de la criatura. En medio del entusiasmo de su familia, él había regresado a su rutina de estudios, aunque a ellos parecía tenerles sin cuidado.

***

Pensaban que iba a ser difícil que Coky bajara de peso, ya que apenas comía y se mantenía corpulento. Una amiga íntima de su madre opinó que si lo único que bebía era soda, era bueno administrarle la de dieta. Pero para esto su madre también tenía la solución: si vistes elegantemente, no se fijarán en tus defectos.

Le enseñaron urbanidad, a bailar congo, tamborito, y otras costumbres que consideraron de real interés en el desenvolvimiento de su imagen pública, como poner gesto de profunda fe en los actos litúrgicos, aun cuando se estuviera aburriendo.

El jefe de la casa, muy dado a experimentar, un día colocó aguardiente en la soda de Coky y la criatura enloqueció dándose con las paredes a tal punto que tuvieron que atarlo de pies y manos. Fue la primera riña por desacuerdo entre sus padres por el tema de Coky. Al día siguiente la criatura lucía normal, aunque bebió más soda que de costumbre.

El Científico Loco anhelaba hablar a solas con el universitario, para tocar el tema de Coky. Le conversaba de cosas complejas como vejez prematura, la tendencia de género, evolución y otros, que verdaderamente no le interesaba saber por estar complicado con sus obligaciones académicas.

El equipo pro Coky seguía trabajando en la formación de la criatura, dotándole de toda la literatura posible para su acervo cultural y permitiéndole observar la televisión en horarios inimaginables.

Cuando por fin le dejaron usar la computadora, su dependencia del Internet se volvió adictiva y absorbía todos los conocimientos de manera extraordinaria. Era tan hábil que, con su segunda lectura de libros de hacienda pública, ya le enseñaba al amo cómo evadir impuestos sin mayores consecuencias.

A pesar de toda la operación de pulimento, el muchacho tenía la certeza que Coky se estaba escapando en las noches, a juzgar la mortandad de perros desatada en el vecindario, los cuales amanecían sin entrañas. No obstante, también sabía que sus padres se hacían los de la vista gorda.

Un gran amigo del jefe de familia, escritor y antropólogo, se encargó de crearle una biografía que se derivara de alguna rancia ramificación genealógica no verificable, localizada en un remoto país de Europa; de tal forma que se sublimaran sus orígenes y nadie imaginara siquiera su pasado y presente criminal. Además le inventó títulos académicos en reconocidas y lejanas universidades. Otros contactos menos científicos, se encargaron de darle una identidad legal con papeles y todo.

***

Al muchacho le parecía increíble cómo Coky, un ser que nadie sabía de dónde había venido, se hizo en corto tiempo de un grupo de personas que le otorgaban gran parte o la totalidad de su tiempo libre y le mariposeaban alrededor viendo y supliendo sus necesidades como si fueran manzanillos.

En el segundo que mostró una apariencia normal, lo sacaron del alejado cuarto de la casa en que estuvo confinado e interactuó con las amistades del chico y otros visitantes de la casa.

Tenía Coky la habilidad de ganarse la simpatía y confianza de todos, jóvenes y adultos, con salidas ingeniosas, comentarios acertados y chistes. El liderazgo que mostró tener en su entorno era incuestionable. Después de observar unos videos de oratoria, manejó diestramente la técnica. Siempre decía la frase exacta en el momento exacto.

La familia había invertido muchos recursos en Coky, a tal punto que estaban haciendo planes de vender la casa para adquirir una más modesta, sobre todo ahora que con el desarrollo de un megaproyecto, los terrenos estaba siendo requeridos para construir rascacielos.

Con algunos contactos lograron que se presentara dando opiniones en los medios de comunicación, especialmente televisivos, a fin de que comenzara a ser una cara familiar y no perdían oportunidad de que se acercara para prestar ayuda en áreas donde ocurriera algún desastre, en específico si eran sectores populares y habían cámaras en derredor.

Cuando Coky estuvo listo, fue presentado a todo aquel que no lo conocía. Además, hizo acto de presencia ante aquellos millonarios que financiarían su campaña política y a cuyos intereses respondería cuando estuviese en el poder.

Los partidos políticos, tanto de gobierno como de oposición, mandaban emisarios para reunirse con Coky y sus asesores, con la finalidad de hacer alianzas electoreras. Pretendían asegurarse su parte en la repartición del pastel, ya que las encuestas arrojaban resultados que lo proyectaban, sin lugar a dudas, como el vencedor para los comicios.

Aquel fenómeno presidenciable dejaba pálidos a los más diversos públicos con su retórica y se había asegurado la mayoría de los votos, fingiendo ser una real alternativa para solucionar los problemas sociales de la población.

El joven universitario vio con desencanto cómo su familia, amigos y conocidos ni se enteraron que había concluido con éxito sus estudios superiores. Estaban, al igual que la ciudadanía en general, hechizados con el show mediático. Coky se desplazaba sonriente y seguro sobre una enorme tarima y ante la magna concentración de música, pancartas y banderas: en breve iniciaría su discurso de cierre de campaña.

Sentado ante el televisor miraba el acto político, mientras saboreaba un jugo de piña y disfrutaba repitiéndose:

-El próximo presidente… ¡Y pensar que era del tamaño de un insecto y llegó en una lata de cocacola!-.

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