sábado, 8 de noviembre de 2008

¡Telebasura: el show más inaudito de la televisión!


Marcelo Colussi (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Miró por la ventana hacia el patio del canal y vio que la nieve acumulada era mucha. La temperatura había bajado más de lo esperado: treinta grados bajo cero. Ese invierno estaba siendo especialmente inclemente, tanto como lo era él con los invitados a su programa.

Volvió a echar una mirada sobre los posibles candidatos para la próxima emisión; cada martes por la noche una muy buena parte de la población moscovita, y también de la Federación Rusa, esperaba ansiosa el programa que Mijaíl Kozunov había ideado hacía no más de diez meses, y que en poco tiempo había logrado cautivar la atención de un público ávido de novedades occidentales.

No era fácil elegir, cada semana, el personaje más adecuado. Se debía ser muy cuidadoso: había que transmitir algo triste, que llamara a la compasión, pero al mismo tiempo con un toque de ligereza. Lo más importante era no establecer ningún contacto entre lo que se mostraba con la realidad; los personajes debían parecer ficticios, imaginarios. Algo de humor negro no venía nada mal. Desahuciados varios, monstruos, mujeres violadas, huérfanos abandonados, alcohólicos recuperados y otras rarezas de la marginalidad componían esta galería del terror-humor.

Esta mezcla nada fácil, presentando una faceta totalmente nueva en relación a la insufrible pesantez de los programas "oficiales" que Mijaíl producía años atrás, antes de la caída del régimen socialista cuando era director del departamento de divulgación del partido en Moscú, había calado hondo en una población desacostumbrada a reírse de lo que veía por televisión. El problema estaba ahora en que se había llegado al otro extremo: de una solemnidad forzada se había ido a una desfachatez perversa. Lo peor de la televisión occidental estaba ahí, en versión corregida y aumentada.

Mientras encendía un cigarrillo más –fumaba más de dos paquetes diarios– revisaba las historias de vida y las fotos que su asistente le había dejado sobre el escritorio. Media hora atrás había terminado el programa de ese martes –éxito total: había presentado a un enano que pasó seis años en alguna cárcel de Siberia acusado de ser agente de un servicio de espionaje extranjero, mutilado de un ojo y tartamudo, luego rehabilitado– y ya se encontraba ahora, nueve y media de la noche, trabajando para las semanas próximas. Estaban aseguradas las futuras dos entregas: una ex monja católica violada por un obispo, ahora lesbiana y dirigente de una organización pro derechos sexuales, y un pescador del Báltico que perdió las dos piernas en lucha con un tiburón, ex miembro del Partido Comunista. No se daba descanso en su tarea; así como se había dedicado con total entrega a la labor revolucionaria cuando era camarada, años atrás, con el mismo ahínco, con igual pasión se entregaba ahora a su nuevo perfil. Trabajaba no menos de doce horas diarias.

Lentamente el programa había ido evolucionando de una presentación más o menos seria de personajes insólitos a una mordaz sátira, donde no se escondía mucho la mofa que se hacía de cada invitado. La audiencia no paraba de crecer, por lo que Mijaíl, así como los directivos del canal de televisión, privatizado ahora, no reparaban en cuestiones éticas al momento de seleccionar los candidatos. En los diez meses de vida del programa ya había cambiado tres veces el nombre, sin menoscabo de la cantidad de seguidores; arrancó llamándose Vidas insólitas, pasando a ser, en pocos meses, El show de lo increíble, para terminar ahora con su actual nombre: Telebasura: el show más inaudito de la televisión.

Mijaíl sabía que lo que producía era una basura; pero de eso se trataba justamente. –La gente quiere basura–, reflexionaba. –Tenían todo servido por el Estado y no lo quisieron. Si prefieren esta mierda… pues démosela–.

Ante sí tenía tres fotos con sus correspondientes anotaciones: un campesino de mediana edad que había nacido como siamés y estaba separado ahora de su hermano, quien había fallecido años atrás de muerte natural. Cojeaba un poco, pero eso no era tan atractivo. El otro personaje era un adolescente que había llegado a ser campeón nacional de ajedrez, y dado su talento prometía poder acercarse a un futuro cetro mundial; pero a los dieciséis años había tenido un brote psicótico, por lo que se había interrumpido su carrera. Ahora, a veces, jugaba informalmente en el manicomio donde estaba internado.

–Interesante–, pensó Mijaíl –pero está controlado en el hospital, y en esas condiciones no puede despertar mucho la atención; además, de loco que es, puede decir cualquier cosa, y no conviene–.

Cuando la vio –era la tercera historia que revisaba– no pudo evitar derramar la taza de te del impacto. En el papel escrito por Ana –su asistente y amante– decía: "Nadezhka, cincuenta y ocho años, mujer. Pasó más de cuarenta años buscando a su familia, a quien aún no pudo hallar. En la actualidad está ciega".

–¿Mujer? ¡Pero si tiene cara de hombre! ¡Hasta bigote tiene!–

No podía sacarle los ojos de encima a esa foto; sin pensarlo mucho, como reacción impulsiva, sin pensarlo más, la eligió para el programa de tres semanas después.

–¡Esta tiene que ser, sin dudas! Hasta el nombre va bien: Nadezhka, como la compañera del camarada Ulianov. Seguro que va a impactar–. Siguió mirando atentamente la foto sin terminar de saber qué cosa lo atraía tanto. –Pero no puedo creer que sea mujer. Esa cara, esa cara… yo la conozco–.

No pudo evitar llamarla a esa hora; la quería como amante, pero más aún la estimaba profesionalmente. En ambos campos era de lo más competente. Ana, ya dormida –vivía con su hijo adolescente, que no era de Mijaíl–, desperezándose un poco le comentó que no tenía mucha más información que la que había dejado escrita. Recordaba, sin embargo, que los colaboradores que la habían detectado contaron que estaba un poco loca, y que insistía continuamente en sus hermanitos, que ella sabía que estaban vivos y que no perdía la esperanza de encontrar. Eran, decía, un hombre y una mujer, a quienes había dejado de ver décadas atrás. En medio de sus delirios hablaba también de historias raras, pecaminosas.

Le pareció perfecto. Una vieja demente, ciega, contando historias escandalosas, con cuyo nombre se podía jugar socarronamente, en una búsqueda imposible. Era patético, pero al mismo tiempo se podía presentar como un abnegado aporte social: –el show más inaudito de la televisión al servicio de la comunidad, buscando acercar a algún miembro de la familia de una desdichada viejecita… ¡Enternecedor!–, pensó, mientras una sonrisa mefistofélica le deformaba la cara. –Hay que acompañar el programa con la música apropiada: Erbarme dich, mein Gott, de la Pasión según San Mateo!– se le ocurrió inmediatamente, la misma que escuchaba casi a diario desde que había recibido los resultados de la prueba. También apareció alguna lágrima, pero un nuevo cigarrillo ya lo alejaba de estas sensaciones.

Hubiera querido contactar a la candidata esa misma noche, pero por razones obvias –era ya demasiado tarde– ni siquiera lo intentó. Mañana sería.

El primer acercamiento fue telefónico. Su voz le pareció muy adecuada: en realidad era de lo más desagradable, chillona, destemplada. Pero eso podía ser un elemento que atraía si se sabía manejar convenientemente. Hubo un par de cosas en la conversación que le quitaron el aliento, pero prefirió pensar que no las había escuchado, o que habían sido un error.

–Está reloca esta vieja… ¿De dónde habrá sacado eso? Amores prohibidos… ¡Por favor!–

Fueron más las dudas que le quedaron que las que se le despejaron. Hizo un listado de preguntas que quería formularle en el próximo encuentro. Acordaron que Mijaíl iría a su casa el jueves, ya para preparar todo con vistas al próximo programa. Los míseros rublos que a cambio recibiría Nadezhka no le vendrían nada mal; hacía cuatro meses que no cobraba su jubilación.

Ya en el apartamento de la candidata –junto a Ana y otro asistente: Boris, un inteligente joven veinteañero– Mijaíl se sintió inusualmente mal. Ni bien la vio tuvo una impresión desagradable. –¡Es una bruja!– se dijo.

Siempre se manejaba con la más absoluta suficiencia con sus invitados, con osadía incluso. La forma de mofarse de ellos era sutil, y jamás alguno le había provocado lo que ahora sentía ante esta frágil mujer, ciega, mal vestida, casi repugnante en todo su aspecto. Tuvo miedo.

Ana lo advirtió de inmediato. Se dio cuenta que no podía tomar la iniciativa en las preguntas; era la mujer quien manejaba la situación, igual a como lo hacía Mijaíl en los programas de Telebasura. Por primera vez en la vida veía a su amante perder la compostura.

Fue Boris quien condujo el interrogatorio. La historia se mostraba interesante, intrigante: Nadezhka no era ninguna tonta. Su memoria era impresionante; relataba con lujo de detalle escenas de su infancia con tal convicción que nadie podía atreverse a poner en duda lo que decía. Por razones que no terminaban de quedar claras, cuando era una jovencita su familia se desintegró. Por dos años crió, prácticamente sola, a su hermano menor, llamado Fiodor; de su hermana menor –Valeshka– no tuvo más noticias desde alrededor de veinte años atrás.

–Curiosa coincidencia, ¿verdad?–, dijo en un momento. –Siempre me intrigaron las coincidencias. Les tengo que confesar algo: hace muchos años, cuando vivía en una granja y ya había perdido a mi familia, tuve intuiciones, cosas raras, no sé. Sentía que mi hermano, Fiodor, estaba bien; sabía, sin que nadie me lo hubiera dicho, que le iba bien en la vida, y que le iba a ir siempre bien, hasta que en algún momento aparecerían nubarrones en su destino. Nadie me lo creía, decían que era una bruja. Pero yo estaba segura que así era–.
Mijaíl sintió que se desmayaba; tuvo que aferrarse muy firme de una silla para no caer. No obstante el frío que hacía, su cara y sus manos estaban empapadas de sudor. Nadezhka, con los ojos perdidos en cualquier punto de la habitación, blancos por sus cataratas, se volteó hacia Mijaíl, casi como si lo estuviera viendo, y tomándole una mano le preguntó qué le sucedía.

–Nada, nada. Estoy bien, gracias–.

Luego de este primer encuentro hubo dos sesiones más; Mijaíl fue sólo a una. Quien tomó un papel más protagónico entonces fue Ana. Ella, al igual que su amante, tenía este aire casi perverso para el trato con la gente; fue por eso que pudo mantener en todo momento una prudente distancia de Nadezhka. Sin embargo también ella sintió algo inexplicable, algo que no le permitía estar bien. Eso de "amores prohibidos" dicho por la anciana la inquietaba.

–¡Qué retrógrada esta bruja! ¿Y qué hay de malo en tener amante? Seguro que la pobre nunca tuvo pareja en toda su vida, por eso habla así–.

Llegó el martes, día de la emisión del programa, que por cierto era en vivo. Ese día, por la mañana, de una manera totalmente casual –debía firmar los contratos de seguro de salud de todo el personal del programa, y tuvo ante sí los expedientes de cada uno– Mijaíl descubrió que Ana, en realidad, se llamaba Valeshka.

–¡Telebasuraaaaa: el show más inaudito de la televisión! les da una vez más la bienvenida–, atacó Kozunov con estudiado aire de suficiencia, avasallador.

Luego de las presentaciones de rigor apareció la canosa mujer, sentada en un aparatoso sillón. La cámara no se cansaba de hacer primeros planos de sus ojos y sus manos. Cambió la música; de la impertinente balada con que abría el programa –machacona melodía con trompetas y mucha percusión– pasaron al fragmento de Bach que había elegido Mijaíl. Las luces mermaron; se creó un clima de intimidad.

Ana temía que se volviera a repetir lo de la vez pasada en casa de Nadezhka; intuía problemas. Sabía que su amante era muy desenvuelto, que manejaba a la perfección las situaciones más difíciles. Pero en este caso sentía que algo raro pasaba, algo que se le podía ir de las manos. Mijaíl tenía un modo muy peculiar de dirigir el programa: dejaba que sus invitados hablaran primero y luego, con frialdad de torturador, comenzaba a golpear –muy sutilmente siempre– en los puntos más problemáticos de lo que habían dicho. Se trataba, en cierta forma, de remover heridas, de dañar. –Eso es lo que quiere el público. De solidaridad, ¡ni mierda!–, se justificaba.

Invariablemente los participantes lloraban en algún momento; Mijaíl se consideraba un experto en lograrlo. En esta ocasión, por el contrario, la vieja parecía un glaciar. Respondía a cada pregunta con larguísimas explicaciones plagadas de detalles, relatos minuciosos, historias interminables. Lentamente el conductor iba perdiendo la paciencia. En un corte comercial le dijo a su entrevistada que tenía que ser más dramática, no hablar tanto y llorar más.

–¿Y por qué?–, inquirió con ingenuidad Nadezhka.

–Pues… porque eso quiere la gente–.

–¿Ah sí? ¿Tan mala es la gente?–

–Más de lo que usted piensa, mucho más–, esputó con mirada desafiante Mijaíl.

–Pero yo no quiero llorar, mi querido. Ya lloré mucho toda mi vida; además, si es para llorar, mejor me voy–, agregó con ternura.

–¡No, no!, ¡que ya salimos al aire de nuevo!–, tronó descontrolado.

El nuevo segmento dejó más descolocado aún al presentador. La mujer fue tomando un rictus desconocido, inesperado. Su sonrisa –gélida, casi diabólica– era muy parecida a la que solía mostrar Mijaíl. Repentinamente cambió su tono.

–Ahora me doy cuenta. Sí, la intuición no me falla. Te acuerdas lo que te decía los otros días, cuando me entrevistaste en casa, sin cámaras ni luces. Tenía la visión que a ti te conocía, de mucho tiempo atrás. ¿De verdad, tú no eres originario de Stepanchikovo?–

–¿Y qué le hace pensar eso?–

–Tienes el mismo lunar en la muñeca que tenía mi desaparecido hermanito; lo toqué los otros días cuando me diste la mano al caerte. Y tienes también el mismo tono de voz–.

–Quizá se equivoca, mi querida–.

–Por la forma en que tratas de evadirte, diría que al contrario: veo que estoy cada vez más en lo cierto–.

–Pero si usted no ve–.

–No veo con los ojos, pero veo con el corazón. Sí, tú eres… tú eres Mijaíl Fiodorovich Kozunov, a quien dejé de ver hace cuarenta años. ¡Mi hermano! En verdad no me alegra reencontrarte, porque no puedo verte. Pero más aún, porque estás muy mal, porque algo terrible te está sucediendo, y no quería volver a toparme contigo para sentirte sufriendo de esta manera–, dijo Nadezhka con la más reposada tranquilidad.

Los asistentes del canal no se esperaban un programa tan bien montado, un show tan "inaudito" y sensiblero como el que estaban presenciando. Algunos no pudieron evitar comenzar a reír. Ana, fuera de cámara, se mordía los labios.

–Sí, así es la vida, mi pobrecito Mijaíl. Nacemos para sufrir–, continuó hablando la mujer con un aire maternal. Se compadecía del presentador que, con rostro desencajado, no pronunciaba palabra. La música de Bach sonaba ininterrumpidamente, grave, patética: Erbarme dich, mein Gott!

–¿Y qué piensas hacer ahora?–, lo acribilló de pronto con una pregunta que nadie se esperaba.

–¿Tú qué me aconsejarías?–, pudo balbucear con voz entrecortada Mijaíl.

–No lo sé. Resignarte quizá…–

De pronto, ante la sorpresa de todos los técnicos del canal, prorrumpió en un llanto desconsolado. Nadie sabía bien qué hacer, si eso era parte del show, o qué sucedía en verdad. De inaudito, tal como pretendía el título, tenía mucho.

–Dime, Nadezhka: ¿cómo supiste lo del examen?–

Ana estaba pasmada; hubiera querido intervenir, dar orden de cortar la transmisión, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Al mismo tiempo le parecía fascinante lo que estaba sucediendo, era el show del absurdo llevado a su expresión más inimaginable. –Seguro que la audiencia debe estar anonadada– pensó.

–¿Qué examen?–, dijo con ingenuidad Nadezhka.

–Pues… la prueba de VIH que acabo de hacerme, el mes pasado–.

–¿Y cómo saliste, hermanito? ¡No!, no me lo digas. Ya lo intuyo–.

Ahora el llanto de Mijaíl era imparable. Las llamadas al canal comenzaron a ser imparables también. Alguien dijo: "es el mejor programa que he visto en mi vida".

Ana no pudo resistir más y corrió hacia Nadezhka para zamarrearla de un brazo, mientras miraba con ojos centellantes a su amante.

–¡Tú, hipócrita, no me habías dicho nada que eras seropositivo! ¡Me lo transmitiste entonces, miserable, perro! ¡Y tú, vieja bruja: ¿de dónde sacas eso de amores prohibidos?! ¡¿Qué quieres decir con eso?!– Su rostro era un infierno.

Nadezhka, volteando la cabeza hacia su iracunda interlocutora, con toda dulzura agregó:

–Entonces… tú eres Valeshka. ¡Hermana!–

El balazo que se pegó en el paladar con un revólver calibre veintidós que extrajo de su chaleco no era de utilería. Recién en ese momento el director de cámaras optó por cortar la transmisión. Las llamadas no cesaron toda la noche. "El mejor programa que he visto en mi vida. ¡Felicitaciones!"

Foto: Marcelo Colussi

* Este relato forma parte de "Cuentos para olvidar", publicado por El perro y la rana, Caracas, República Bolivariana de Venezuela, 2006

Marcelo Colussi es argentino reside actualmente en Guatemala.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Manifiesto del Sociorreproduccionismo Prepictórico

Jon Juanma Illescas Martínez (Desde España)

La Historia de la Pintura desde el Neolítico, con la aparición de la sociedad de clases, ha sido la de una disciplina artística ligada por completo a los intereses de la élite y las clases dominantes. Desde el Antiguo Egipto pasando por la Grecia Clásica o el Imperio Romano, desde la Florencia renacentista, la España barroca o la Francia del Segundo Imperio; siempre, fue dependiente de los intereses y los gustos de los poderosos, porque ellos conformaban su clientela. Desde el esclavismo, pasando por el feudalismo hasta llegar a nuestro sistema capitalista actual, siempre ha sido así.

El Sociorreproduccionismo Prepictórico viene a invertir esta situación, a provocar una Revolución dentro de la Pintura y las Artes Plásticas en general, a colocar el arte al acceso del pueblo, y en servicio del mismo. Pero hagamos antes un poco de memoria...

La Pintura desde los orígenes del capitalismo y la Edad Moderna

Desde el flamenco Van Eyck, quien popularizó la pintura al óleo; pasando por Miguel Ángel, Caravaggio, Velázquez, Rubens, Goya, Dalí o incluso Picasso (pese a su vago comunismo), todos los grandes pintores trabajaron para las clases dominantes. Aun siendo más o menos significativas las revoluciones formales y conceptuales que su arte supuso, el mismo siempre estuvo ligado sin excepción al gusto y al pago de los poderosos.

Casi nunca, la Pintura defendió los intereses de las clases populares y rebeldes. Evidentemente, esto sucedió así, porque en contadas ocasiones fueron las clases populares las que accedieron al poder y por tanto pudieron retribuir a los artistas por su trabajo. Entre ellas, podemos citar el arte desarrollado durante dos años en los territorios controlados por Espartaco con su ejército de esclavos y proletarios. También en las catacumbas de los cristianos primitivos antes que su religión se tornara la oficial de tantos imperios posteriores. Más tarde, en el siglo XVI con la Revuelta Comunista y la guerra de los campesinos alemanes contra los príncipes luteranos, etc. En todos estos casos, al ser aplastadas las insurrecciones, la mayor parte sino toda la producción artística rebelde, fue destruida por los vencedores, deseosos de que no quedara en el imaginario colectivo rastro de las hazañas y la valentía de los vencidos1. Para borrar, de este modo, cualquier prueba de que alguna vez, miles de valientes se habían levantado contra el injusto orden de cosas existente. En cambio, aunque más duradero fue el arte de las distintas revoluciones socialistas del siglo XX, como ocurrió en el caso de la Revolución Bolchevique, el llamado “realismo socialista” fue poco a poco recluyéndolo en un corsé de difícil escapatoria, todo, en aras de la sacrosanta, por aquel entonces, ortodoxia estalinista2. Al principio de la Revolución Mexicana, también hubo intentos de apoyar el arte que defendía los intereses del pueblo y su emancipación. Fue aquí donde se incrustaron en la Historia de la Pintura, muralistas de la talla de Diego Rivera, Siqueiros u Orozco. Artistas que de otro modo, en otras circunstancias históricas o geográficas, se hubieran plegado a los intereses de las clases dominantes, o sencillamente nadie los hubiera conocido nunca (incluidos nosotros).

Por supuesto, siempre hubo casos de artistas con sensibilidad social aun en las sociedades de clases, que hicieron algún que otro trabajo más personal, de carácter privado, mientras trabajaban para las clases dominantes. Éste es el caso en el siglo XVI de los grabados de artistas españoles que en medio del Imperialismo Castellano en Latinoamérica, entre retratos de nobles y aventureros “conquistadores”, de modo privado dedicaban un tiempo en pro de la Verdad y la Justicia, ilustrando para la Historia, las torturas que el Imperialismo genocida europeo aplicó a la pueblos indígenas. Ya en el siglo XX, artistas contemporáneos como el norteamericano Norman Rockwell (paradigma de artista a sueldo) y otros compatriotas, hicieron trabajos sobre los asesinatos de negros en los convulsos sesenta de los Estados Unidos de Malcolm X, Martín Luther King y los Panteras Negras, o sobre las miserias de la Guerra de Vietnam. Más recientemente, incluso un artista tan burgués y millonario como el colombiano Botero se permitió el lujo (inofensivo para el sistema aunque decoroso a título individual) de hacer algunas pinturas, denunciando las torturas norteamericanas, en la prisión iraquí de Abu Ghraib.

Lo anteriormente expuesto no cambia la naturaleza estructural del problema central, a saber: que la pintura como disciplina artística se ha hallado siempre y en todo lugar, en cualquier sociedad post-neolítica, secuestrada por los bolsillos y los gustos de su clase dirigente. Esta situación se prolonga hasta nuestros días con especial intensidad, pese a la falsa retórica liberal de máxima autonomía del arte.

El papel de la pintura hoy

Actualmente, la Pintura se halla absolutamente secuestrada por la burguesía. Desde su élite, pasando por sus estratos medios e inferiores, es ella la que establece los gustos pictóricos, lo que se pinta y lo que no. La causa principal: en última instancia, es ella la que paga.

Al igual que en otros sectores del sistema capitalista, ejerce “de facto” una terrible dictadura sobre la mayor parte de la humanidad, con especial ahínco en el conjunto de las clases populares y los obreros asalariados. Pero, como burgueses ambos, ¿la ejerce igual el magnate de los medios de comunicación que el industrial de una fábrica de 50 obreros, o peor aun, que el propietario de un bar? Evidentemente, no. Quien principalmente dicta qué tipo de pintura tiene éxito, qué tipo se cotiza y cuál no, es la alta burguesía económica. La misma ejerce su dictadura cultural con sus mandarines, los intelectuales orgánicos, materializados en la figura del crítico de arte asalariado; personaje ruin, tramposo y arribista por naturaleza, que busca presto las subvenciones de los gobiernos de las diferentes instituciones del Régimen, la Banca y los capitalistas.

El crítico de arte, cumple el papel de vocero de la alta burguesía. Él adorna los designios económicos de aquélla, hasta convertirlos en verdades estéticas (no sin cierta autonomía en las distancias cortas). Embellece con vacía retórica las más absurdas y mediocres exposiciones de pintura, que no pocas veces, él mismo, como comisario, tiene a bien dirigir. De este modo, consigue aumentar su prestigio como dócil sabueso del Régimen y agradar a su amo, el distinguido y honorable señor Don X, el cual, lo recompensará con una columna fija en la sección cultural de su periódico nacional.

Distintos tipos de pintura para cada estrato burgués

La élite compra por el nombre del autor, por la pura y dura cotización de la obra en el Mercado del Arte. Negocio éste, que seguramente, ayuda a mantener o difundir de algún modo, bien montando exposiciones desde una fundación para desgravar impuestos de alguna de sus múltiples empresas; o bien desde las páginas de su prensa mediante la voz de sus mandarines. Por tanto, a la élite no se le puede atribuir preferencia por ningún estilo pictórico concreto. Lo mismo compra una obra de Picasso que una obra de Rembrandt, una pintura de Pollock que otra de Hopper. Lo único que le importa es su cotización actual y la plusvalía que pueda reportarle en un futuro cuando la venda3.

Los estratos secundarios de la burguesía (a la vez divididos en diversas gradaciones según sus activos y poder adquisitivo) compran siguiendo los patrones del grupo anterior, pero hasta donde lleguen sus posibilidades. Evidentemente, jamás podrán comprar un Van Gogh o un Miró de los grandes, pero sí dibujos preparatorios de Degás o un cuadro no muy conocido de Soroya. Utilizan el arte, principalmente, para darse prestigio con sus amigosricos, como modo de proyectar un estatus y afianzarlo. Algunos de ellos son firmes creyentes de las verdades de los propios mandarines, los críticos de arte. A otros miembros en cambio, les importa un “bledo” el Arte, como le ocurre a una gran mayoría de la élite, pero lo coleccionan porque así lo manda el libro no escrito del buen burgués4. Del mismo modo que saben que deben tener un Mercedes o un Jaguar, vestir un traje de Armani o cazar antílopes con una escopeta Kemen, compran arte para obtener prestigio simbólico, de cara a los miembros de su clase.

En cambio la pequeña burguesía, dependiendo de si pertenece a una gran ciudad o una pequeña, tiene gustos que van desde un extremo del espectro formal al otro. Desde las copias del arte “de moda”, realizadas por artistas de baja cotización, siguiendo los patrones de los mandarines nacionales, hasta la pintura naturalista o impresionista de los enclaves más conocidos de la localidad en cuestión (catedrales, miradores, playas, montañas, plazas mayores, etc.) o los aburridos bodegones del pintor hiperrealista de turno. La pequeña burguesía, en su sector “moderno” o falsamente ilustrado, pertenece al más auténticamente “creyente” de la política cultural de los mandarines y la élite capitalista. La pequeña burguesía “menos educada”, prefiere los cuadros de monumentos o paisajes típicos de su localidad. En cualquier caso, cree verdaderamente que lo que compra le gusta y tiene calidad artística “per se”. Este estrato también engloba a los sectores de clase media, tipo profesionales liberales o aristocracia obrera bien remunerada, como funcionarios o técnicos especialistas.

El problema de este secuestro de la Pintura, heredada desde que se dejó de realizar en las cuevas con intenciones mágico-religiosas o simplemente estéticas, permanece con la sociedad de clases capitalista5, llegando en ésta, al nivel más ínfimo de calidad que se recuerda en toda la Historia comparándola con el desarrollo de otras manifestaciones de la actividad humana. Otra causa que incide sobre este fenómeno fue la aparición de la fotografía a mediados del siglo XIX. La cual fue suplantando a la Pintura como modo de dejar testimonio visual de personalidades, acontecimientos y escenarios de diversa índole. También la reemplazó en su clásico papel de propaganda política. A partir de ese momento, la Pintura fue buscando su camino hasta llegar al escenario descrito anteriormente.

Nunca antes se colaron en esta disciplina, tantos artistas advenedizos y farsantes como en la actualidad, donde su uso social es residual en una cultura crecientemente intangible6. Su práctica y sentido social quedan cada vez más relegados a tratamientos psicológicos y distracción de jubilados; en parte, por el triunfo de las tesis kantianas sobre el desinterés del juicio estético por lo práctico, y llegando a su apogeo con la conocida fórmula burguesa de “el arte por el arte”7. Un arte absoluto, ajeno al mundo de donde surge, como una material del Más Allá o un meteorito que llega del espacio exterior para caer certeramente en una prestigiosa sala de exposiciones de Nueva York. Así quiere la burguesía que veamos la Pintura y las Artes Plásticas en general. Un arte donde todo vale, y por tanto, nada vale. Donde el hechicero, el mandarín del crítico, con su dedo del Más Allá o del espacio exterior decide qué procede del Reino de los Cielos, qué viene desde una lejana galaxia o qué no merece entrar siquiera en la categoría de “Arte”8, haciéndole creer al pueblo que si lo que el “experto” celebra no le gusta , es “porque no tiene suficiente preparación o cultura”, tratándolo como a un niño pequeño sin personalidad cuando no se adapta a su política oficial9.

Este arte, es muy útil para los intereses de la burguesía, para los intereses del “status quo”. Porque un arte que no habla de nada, no mueve al pueblo, a la humanidad, a ningún sitio, excepto a la más absoluta vacuidad.

El Sociorreproduccionismo Prepictórico nace en este difícil contexto para liberar a la pintura del yugo del Capital, de la Dictadura de la Burguesía y de su Élite. Se circunscribe dentro de un movimiento más amplio que los socialistas y los comunistas auténticos hemos de construir, para prepararnos de cara a la revolución socialista y la imposible restauración posterior del capitalismo. Para que no ocurra como en muchas revoluciones del siglo XX que perecieron y retornaron al capitalismo, no sólo por los continuos ataques del imperialismo mundial, sino por sus propios defectos y carencias, siendo muy significativas las culturales.

Este movimiento, que llamaré Cultura de Resistencia Socialista (CRS), nos es urgente y necesario para desintoxicarnos de la cosmovisión burguesa del mundo. Ideología alienante que amputa nuestros sueños de mil formas, desde las más descaradas hasta las más sutiles, y por tanto, peligrosas. Debemos construir un nuevo paradigma cultural basado en los mejores valores clásicos del socialismo y del ser humano, atendiendo al siguiente axioma de Karl Marx: “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa a la valorización del mundo de las cosas”. No basta con nacionalizar la economía, colectivizar las tierras, abolir la herencia y democratizar la política (cosas todas ellas imprescindibles). Nuestro mundo, debe ser cada vez más el del hombre y menos el de las cosas, más el de la cultura y menos el del consumo, más del ser y no tanto el del tener.

¿Qué es el Sociorreproduccionismo Prepictórico?

Es un sistema socialista de distribución y acceso a la pintura que elimina el máximo posible las distinciones de renta en una sociedad clasista como la capitalista, rompiendo con el elitismo imperante en las exposiciones burguesas. Normalmente, éstas tenían un precio de compra de la obra original prohibitivo para la clase obrera, los estudiantes, parados y el resto del pueblo. Él mismo no podía acceder a la adquisición de pinturas originales, ni siquiera en las exposiciones del estrato bajo de la burguesía o las clases medias. Difícilmente un obrero, y con toda razón, podía pensar en comprar una obra que equivalía a todo su salario mensual, o incluso que lo multiplicaba hasta dos y tres veces. Por ello, la Pintura siempre se ha visto como una disciplina artística elitista, no en su contemplación, pero sí en su adquisición.

¿Cómo evita este elitismo el Sociorreproduccionismo Prepictórico? Éste es un sistema de resistencia, no un sistema perfecto ni ideal, porque se dará dentro de una sociedad muy imperfecta como es la capitalista. Pese a ello, en su interior, desarrollará la semilla de la conciencia y el igualitarismo necesarios para el posterior desarrollo del socialismo. El método consiste en que, al inaugurarse una exposición, el artista llegará a un acuerdo con el pueblo representado por el público visitante. El pintor, enmarcado en la Cultura de Resistencia Socialista, se comprometerá con el público a que durante la exposición, ningún cuadro de la misma será vendido a un comprador directo. Ninguna persona con mayores recursos que otra podrá comprar directamente la pieza original. La única forma de acceder a la misma, será adquiriendo una de las sociorreproducciones prepictóricas que darán derecho a la participación en un sorteo de dicha obra. ¿Y qué es eso? Son reproducciones fidedignas de alta calidad de cada lienzo que se encuentre expuesto. Estas sociorreproducciones tienen un valor estético en sí, debido a su alta definición y cromatismo. Las sociorreproducciones tendrán un precio absolutamente popular10 que estará relacionado con el salario mínimo profesional del país en cuestión, siendo un dividendo pequeño del mismo. Al comprarlas, el público adquirirá una participación, dividida en dos mitades con el mismo número impreso, para la adquisición de la obra original. Una mitad se depositará en una urna transparente colocada a la vista de todos para garantizar la veracidad del proceso; la otra, se la llevará el ciudadano consigo para tenerla el día del sorteo y comprobar que efectuó la compra en caso de duda. El último día de la exposición, se hará un sorteo con la presencia del público que desee asistir. Por cada 50 participaciones expedidas (por cada 50 compradores, que no compras), se dará un cuadro al número ganador, comenzando el compromiso del artista por sortear uno sin importar si se llega o no a ese mínimo. Cada 50 compradores más, se sorteará una nueva obra original. Al llegar a 100, dos obras, 150, tres, y así sucesivamente. La extracción de los números agraciados se hará por una mano inocente de entre los asistentes, después de mover la urna y mezclar los números, a la vista de todo el público participante. Los ganadores se llevarán la pintura original de la obra que previamente compraron como sociorreproducción.

¿Cómo se evitan las desigualdades de acceso a la obra original?

Para que no prevalezca la renta en este sistema, se dará sólo una participación a cada ciudadano que compre al menos una sociorreproducción, y no una participación por cada compra, como sería de esperar. De modo que, si un ciudadano de un estrato superior de la clase obrera o perteneciente incluso a la pequeña burguesía, intentase comprar más sociorreproducciones para conseguir de este manera más participaciones y con ello más posibilidades para que le tocara un lienzo original (como si fuesen décimos lotería), no tendría más posibilidades que un desempleado o que un obrero no cualificado para obtener la obra original. O sea, al ciudadano, tanto si compra cuatro sociorreproducciones como si compra una, se le expide una sola participación para el sorteo. Esto es un sacrificio y un compromiso del artista, el cual debido a su ética socialista, no puede aceptar que el Sociorreproduccionismo Prepictórico se transforme en una rifa de feria, donde se premie al que más dinero tenga para comprar más “papeletas”. El artista socialista entiende, que si un trabajador, y más en estos tiempos de crisis, decide gastar su dinero en una sociorreproducción, ya es prueba más que suficiente para premiarle con la posibilidad de llevarse una obra original, que tanto esfuerzo y tiempo le ha costado elaborar.

¿Cuál es la cotización de la obra en este sistema?

El “minimum” de precio de partida, se calcula como el de un obrero especializado autónomo. Es una estimación del tiempo trabajado en todas las pinturas en conjunto, más los materiales y gastos de transporte. De esta manera el artista, desciende al terreno de los mortales, separándose del concepto de artista-genio tan promocionado por los agentes del sistema capitalista. Si es buen o mal artista, si es buen o mal artista trabajador, si está en conexión o no con el pueblo, el mismo público será el encargado de sancionarlo.

De todos modos, el precio al que se llegará al final depende por entero de la aceptación media que el conjunto de la obra tenga en la exposición. Serán los propios ciudadanos, los que decidirán la cotización de la misma con su compra, y no ningún crítico-mandarín apoyado en los medios de la élite burguesa. Pero, ¿cómo? El artista pondrá un minimum al que se podrá llegar o no. En el estreno del Sociorreproduccionismo Prepictórico10 serán 50 compras, un mínimo de 50 sociorreproducciones para obtener una pintura original. Pero la dialéctica de la exposición es tan verdaderamente democrática y abierta, que es posible que si al público no le agrada la obra expuesta, no se llegue ni a ese “mínimum” y el artista con su precompromiso de entregar al menos una obra, se viera obligado a sortearla sin haber llegado al precio mínimo que estimó.

Lo bonito del caso es que si el artista tuviera éxito y aceptación por parte del público, su obra subiría de cotización. ¿Cómo? Simplemente si cada ciudadano o algunos del público compraran más de una sociorreproducción, sabiendo de antemano, que esto no aumenta sus posibilidades de hacerse con una obra original. Si el público comprara de media dos o tres sociorreproducciones “per cápita”, la cotización de la obra se multiplicaría por dos o tres como premio por la aceptación de su arte. El artista recibiría el doble o el triple de ingreso, mientras que cada ciudadano-comprador seguiría manteniendo las mismas oportunidades (2%) de hacerse con la obra, debido a que se expediría una única participación por persona, al margen del número de obras que comprara cada cual. Con el “plus”, de que el precio de la sociorreproducción seguiría siendo el mismo. De esta manera la cotización no dependería de la influencia de un crítico-mandarín sostenido por la élite burguesa, sino del mismo público de las clases populares.

En definitiva, el Sociorreproduccionismo Prepictórico se presenta como una posibilidad para que el pintor, con la necesaria ayuda y participación del pueblo, libere a la Pintura y las Artes Plásticas de sus cadenas históricas. Ayudando además, al desarrollo de una cultura necesaria: la cultura socialista.

* La primera muestra del Sociorreproduccionismo Pictórico tendrá lugar en la exposición de Jon Juanma “Arte Popular,” la cual se celebrará en la ciudad de Orihuela (Alicante), entre los días 19 de diciembre y 18 de enero. La inauguración será el viernes 19, a las 20:30 horas, en la Calle Rufino Gea, nº5, Bajo, en la travesía que va desde El Casino hasta el Teatro Circo.

Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, Licenciado en Bellas Artes, artista plástico, analista político y teórico del socialismo.

Notas:
1) Esto ocurre ahora, sin ir más lejos, con todo el arte que se desarrolló en los países del llamado “socialismo real”. No hay ni rastro del mismo. El sistema se encarga de ahogarlo en el olvido. Si uno intenta buscar un monográfico sobre la Pintura Soviética o sobre su vanguardista cine de animación (1917/1991), mejor busque otra cosa. Con toda seguridad, le será más fácil, coleccionar anuncios metálicos de Coca-Cola de los años cincuenta o estudios comparativos sobre la producción de la Mariquita Pérez entre la España franquista y la Cuba batistiana. Ya se sabe, cuestión de prioridades históricas, cosas del “libre mercado” y la mano que mece la cuna...digo... “la mano invisible”.
2) Término que vino a significar una reducción de la tradición realista europea del siglo XIX, corsé que amputó las posibilidades imaginativas de los grandes maestros soviéticos que, debido a una interpretación mecanicista y vulgar del marxismo, se vieron atrapados en la rígida estructura estalinista. Una lástima, porque seguramente no hubo nunca en la faz de la Tierra una Academia de Bellas Artes que diera tan grandísimos maestros desde un punto de vista técnico.
3) Imaginemos un ejemplo. El magnate de turno, el Señor Z (de zorro, por decirlo suave), hace una compra de 20 cuadros de Cézanne como inversión. Entonces de repente, como “por casualidad”, su Fundación Z, que utiliza para desgravar impuestos de su Multinacional Z, hace una retrospectiva de Cézzane, llamada “Cézanne en Provenza” y también, por mera coincidencia, en sus periódicos y revistas dicen que lo que está de moda en Cultura es visitar la Sala de Exposciones de la Fundación Z en donde hay una maravillosa retrospectiva del pintor francés. Por supuesto, al cabo de un tiempo, el Señor Z pondrá a subasta algunos de esos cuadros tan preciados y los venderá por un precio mucho mayor que los compró, debido a la revalorización “casual” que sufrió su obra durante ese tiempo. Vamos, todo, ¡por amor al arte!
4) Muchos de ellos son nuevos ricos sin formación y con poco bagaje cultural que, atendiendo a su filosofía de vida sumamente pecuniaria, creen que pueden comprar prestigio cultural del mismo modo que compran un par de zapatos.
5) Una excepción parcial sería el fenómeno grafiti, que tiene muchos puntos en común con el muralismo. Sin embargo, el Sociorreproduccionismo Prepictórico, aprovechándose de los adelantos técnicos de la Era de la Reproductibilidad, tiene una potencialidad de llegar a un público exponencialmente mayor alcanzando, una inigualable sociabilización y democratización del Arte.
6) Para ver cómo el capitalismo, de modo creciente, diluye las fronteras que históricamente han marcado las diversas, pero semejantes, culturas humanas, entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar; y cómo una fuerza centrífuga que precipita a la cultura humana por un enorme agujero negro en donde todo tiende a ser, simplemente, cosas de comer (consumir/destruir); recomiendo leer el excelente ensayo de Santiago Alba Rico: “La ciudad intangible” (2001). De esta enorme impostura cultural, no se libra claro está, la Pintura, que queda sin el aire que necesita para vivir: el tiempo, para mirarla y reflexionar. Tiende a ser consumida y por tanto destruida, de la misma forma que lo hacemos con un anuncio de perfume o una hamburguesa del McDonalds, que inmediatamente engullimos en nuestro difuso universo icónico o en nuestra endeble salud hiperquímica.
7) Ejemplificada en el arte abstracto, que no por casualidad es el favorito en todas las oficinas de las principales instituciones financieras. Para saber un poco más acerca de la conexión entre el abstraccionismo y los poderes fácticos capitalistas, leer el excelente capítulo “Garabatos yankees”, del magnífico libro “ La CIA y la Guerra Fría Cultural” (2001), ejemplo de periodismo de investigación, de la británica Frances Stonors Saunders
8) El absurdo al que hemos llegado es importante. El crítico puede llegar a decidir qué es Arte o qué no llega a esa categoría, como afirma el crítico norteamericano George Dickie. Esta impostura sería difícilmente sostenida en música o literatura, donde aunque las obras sean malas o no del gusto de un sujeto en particular, a nadie se le ocurriría decir que tal grupo no hace música o tal escritor no hace literatura. En todo caso, nos puede parecer “mala música” o “mala literatura”, pero no negar la naturaleza del objeto analizado. Sería igual que decir que una persona por no gustarnos, no llega a la categoría de persona: “Miguel me cae mal, por tanto no es un hombre.” “María es fea, por tanto no es una mujer.”
9) Curioso el doble rasero de los voceros del régimen. Cuando el pueblo no está de acuerdo, es que no entiende, como un infante sin preparación. En cambio, cuando tras unas elecciones generales por poner un ejemplo, gana cualquiera de los partidos del régimen, los voceros lo alaban apelando a su “madurez democrática”. Según ellos, para opinar sobre arte hay que ser experto, Licenciado en Bellas Artes o Filósofo especializado en Estética, pero para votar no hace falta ser Licenciado en Ciencias Políticas ni en Historia. Evidentemente, un especialista en cualquier materia tendrá más bagaje que otro que no la tenga, pero al igual que hay Licenciados en Política de derecha y otros de izquierda. ¿Qué pasa con el arte? ¿Que si te niegas a creer sus dogmas eres “gilipollas”? Pues bien, yo mismo, me licencié en Bellas Artes en su sistema ortodoxo burgués, con todas sus mentiras y medias verdades sobre el arte moderno. Además, obtuve Premio Extraordinario Final de Carrera, y por tanto, quedo legitimado según su falso criterio, para opinar sobre arte. Pues bien señores, la diferencia entre antes de entrar a su facultad y ahora, es que, al principio, tenía un poco la duda existencial sobre porqué no me gustaba gran parte del arte actual. La duda era provocada por la humildad de quien sabe que no ha contrastado lo suficiente, del joven aprendiz. Tres años después de licenciarme y tras un estudio profundo sobre el tema, incluidos muchos libros de los suyos (que son los que copan las librerías y bibliotecas), afirmo en voz alta que más del 90% del arte oficial actual, promocionado por sus galerías e instituciones “públicas”, es simple y llanamente, tanto formal como conceptualmente, una “puta mierda”.
10) El precio de cada reproducción, en la primera exposición del Sociorreproduccionismo Prepictórico, será de 25€, lo que equivale a menos del 5% del salario mínimo interprofesional en España. Con este precio, una persona podrá llevarse la obra original en el sorteo el último día de exposición, teniendo las mismas posibilidades que cualquier otra, que gaste el mismo dinero o más, comprando igual o más reproducciones.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El Ballet de los Amantes Invisibles


Andrés Bianque (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Definido de una forma sencilla, la danza clásica o el ballet es una forma de contar una historia determinada utilizando el movimiento del cuerpo. Su ejecución requiere una temprana práctica en aquellos que lo realizan. Especialmente si se quiere ejecutar un Tour en láir triple ó un Entrechants por ejemplo.

El ballet, si se quiere, si se siente, si se proyecta más allá de un espacio determinado, más allá de los espejos y los maderos, es una forma de derrotar a la muerte y honrar la vida. Sí lo piensas con calma son pasos que atraviesan el tiempo y el espacio, son saltos que vencen las vallas del rencor, son tijeras de ligamentos que cortan la penumbra en trazos luminosos, compases que caminan de la mano al ritmo del agua.

Son manos que arrancan los barrotes donde duermen escondidos esos niños que tan hábilmente hemos encerrado.

Mientras tanto, en un lugar de nadie, anónimamente escondido extiende los brazos entre bambalinas oscuras. La luz espera callada, aún no amanece sobre el gran escenario. Puertas, telones y portones se abren pesados, aguardando su entrada magistral.

Contrae los brazos como en saludo de remos óseos y comienza lentamente a avanzar. Un paso, dos pasos. Un suave adagio comienza a emerger por entre las sombras. Las venas preparan un té sanguíneo para entibiar sus manos entumecidas. Cierto pesado adoquín se instala sobre el nido de su pecho, losa inamovible pero suavizada y amaestrada con el andar del tiempo.

Luego vienen dos pasos más, luego tres, y sin más preludios ya está instalado sobre el teatro del mundo.

Un tambor de ruedas metálicas viene orquestando desde antes su presencia. Corre por entre las avenidas la hélice popular domesticada para tales eventos.

Lleva las manos firmemente agarradas al pasamano del carretón, barandilla afinada con el acorde diario de sus dedos de mármol ceniciento. Carreta sin caballos, ni burros, ni bueyes, ni reyes.

El balance perfecto, la brújula maestra adosada a su pecho, a sus pechos. Los hombros son dos engranajes que se mueven precisos, certeros y perfectos al compás de las manivelas de los brazos. La carga insiste en arrojarlo contra las copas de los árboles, otras, insiste en hundirlo como un clavo de ligamentos sobre el suelo.

Ducho en la lucha contra esta mole indiferente, no le cuesta mucho domesticar este párrafo de fierros, palos, ruedas y tuercas.

Y de pronto, un salto pequeño pero infinito. Eleva el tronco majestuoso desafiando el viento y la mañana. Es una caracola terrestre que se abre paso entre una multitud de gotas de lluvia, que corta a machete de torso indómito el cendal de la niebla matutina.

Luego otro salto, ahora más grande y más extenso. Ahora es un cisne en vuelo rasante sobre un lago inundado de cemento y guijarros.

Vuela elegante, hermoso. Su sola presencia se lleva volando a los presentes que no aplauden, que sólo elevan sus ojos junto a su figura que pasa rauda por entre las calles.

Lleva la medicina contra el hambre, entre muchedumbre de cajones repletos de frutas y verduras que aún duermen. Carga andamios robustos y acerados. Osamentas de coligues inquebrantables que son zampoñas que van desayunando el aire, largos tubos que más parecen flautas gigantes que silban en cada esquina alguna silueta crepuscular.

Lleva a cuestas cien veces su propio peso. Equilibra una mole gigante atada a su espalda con la elegancia que una avispa lleva su propio cuerpo.

Obsérvalo, va dando pasos pequeños como quién va saltando sobre el agua. Evita los hoyos trampas que tanto abundan en las calles. Suspicaz esquiva las piedras que amenazan descarriarlo. El balance sublime de un ser tan pequeño y su danza que pinta el ambiente, armónico y afinado que lleva cierta cruz como montaña de cartones que duerme sobre sus hombros.

Obsérvala, A esas horas el público duerme sobre sus camas tumbas indiferentes. Pero a ella no le importa, avanza hermosa adornada por el rocío sobre su pelo.

Desde niño aprendió el oficio. Desde pequeña fue fortaleciendo las plantas de sus pies, los dedos indefensos. Y las plantas quedaron marchitas y ahora son sólo placa endurecida por las eternas lecciones de la Maestra vida. Sus dedos son dos garras de lobo que se aferran al pavimento, sus dedos la extensión de un medusa popular que sabe como aguardar en las esquinas atestadas de semáforos, que son la pausa y tregua para este esclavo libertario y anónima que nadie mira y todos desprecian.

Pasa raudo por entre los automóviles y vehículos. Los conductores gruñen y ladran a su paso. Son leones adiposos y flojos que envidian la agilidad de esta gacela urbana y rural.

Allí van los cargadores de ilusiones, estibadores de sueños.

Lleva la mirada fija al frente. Todo es peligroso, todo puede ser detalle de accidente o descuido de muerte.
Porque es tanta la envidia contra ellos, que ciertos conductores tiran encima sus burros metálicos contra estas luciérnagas de luz interna y escondida.

Y ahí quedan tirados a la veda del camino. Sepultados entre cartones, botellas, duraznos, patatas, cartones o flores. Las zampoñas lloran notas invisibles e inauditas. El acero de las flautas se convierte en espada, lanza, cuchillo enrabiado buscando al culpable, que como de costumbre huye dejando sólo rastros de orina de su cerebro.

El Ballet es contar una historia con el cuerpo. Y en su cuerpo ella lleva el peso de mil historias de penurias, de mil estafas y ausencias.

Y ella recoge los cartones de entre la basura y tira fuerte su carreta sin animales esclavos, como si tirase el coche donde duerme su hijo. Quizás comprende que en esa carga van los hijos del mundo.

Carga con delicadeza de madre el sustento que lleva amarrado al mástil de su espina dorsal, donde invisiblemente nadie ve como ondea la bandera de la felicidad, que busca por entre las bolsas de desperdicios.

Allí van también sus sueños y esperanzas, allí va también el desayuno para sus hijos, allí también van las cuentas por pagar, va el pan que no puede faltar. Detrás del gesto acerado duerme una sonrisa que es la sonrisa de toda la humanidad.

El sudor que la defiende contra el frío, lo convertirá en leche para sus críos, y todos los cartones sirven, todas las botellas son vasos en ciernes.

Y cual gacela proletaria se hunde entre calles y recovecos que le conduzcan a la feria, el mercado o los bazares de compraventa donde esperan su cargamento.

Es un Pegaso de alas rotas que cabalga por entre los escombros. Un vaivén en si mismo, un arquitecto realizando malabarismos de volúmenes y pesos que discuten entre si el cómo un ser tan pequeño puede equilibrar tanto peso, sólo con la fuerza de la necesidad.

Repite la prueba maestra del aguante ante los dioses terrestres. Soportar el peso de la necesidad sobre su cuerpo día a día, todos los días.

¿Cuánto pesan los sueños? ¿Por qué pesa tan poco un ser humano si se le compara con dinero?

Recorren las calles del mundo, hablan el mismo lenguaje de sacrificios. Gladiadores y Amazonas que derrotan paso a paso el callejón sin salida de la muerte.

Unos saltan con el bambú en cada esquina, con arroz los otros, con sus flores ella, con mangos y guayabas aquellos, con leña y carbón los otros.

Mientras el mundo se cae a pedazos, y algunos lloran en sus oficinas por ganancias perdidas, ellos recorren las avenidas con el retrato de sus seres queridos adosados a la retina interna.

Los puedes ver en la China y en la Argentina, en Perú y Egipto, en Chile y en Bolivia.
En México y Honduras, en Italia y España.

Y sin embargo, te son invisibles cuando pasan por tus propias esquinas y narices.

El Ballet más hermoso a vista y paciencia de todos los transeúntes. El Ballet de los amantes invisibles que no portan fusiles, ni pancartas sino sólo un par de brazos desnudos contra la injusticia en el mundo.

Ausentes están los violines, ausentes están los adornos caros sobre sus cuellos, ausentes los aplausos más insignificantes, ausentes los pianos que jamás verán o tocarán en sus vidas, ausentes están de esparadrapos, ausente está la seda en sus vestidos.

Los mismos que cargaron piedras y palos en la construcción de las pirámides, los mismos que cargaron ladrillos color ámbar en los coliseos romanos, las mismas que llevaron vasijas de barro para adornar Alejandría, las mismas que llevan carbón y legumbres a los mercados, los mismos que llevan a sus familias al doctor del pueblo.

Que joven que es la humanidad y que viejo que es el ser humano.

Sencillos hombres, mujeres y niños que ejecutan el ballet más digno sobre la tierra.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

La vida es una mierda


Mallela Vannesa Pérez Palomino (Desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una página solitaria y sin firma quedó tirada en la mesa entre los pedazos de tejido cerebral, debajo de la cabeza inerte.

A un lado de la mesa, en el suelo, la pistola. Justamente debajo del brazo extendido que ya daba muestras del rigor mortis.

Un tapiz de motas rojas de diferentes tamaños cubría parte de las paredes y el cuarto tenía evidencias de no haber sido ordenado o limpiado en semanas.

Antaño se divertía chantajeando a sus seres queridos con un potencial suicidio, causando alarma, hasta que todos se cansaron de sus arrebatos. Según él, nadie lo quería. Tuvo las mejores oportunidades y cuando debió tomarlas, no lo hizo.

Después de cada berrinche se iba a la cantina de barrio y le contaba sus penas al bueno de Arquímedes, quien le escuchaba con la misma paciencia que oía a todos los parroquianos.

“La vida es una mierda” fue su última protesta contra el mundo o la gente, o ¡qué sé yo!

Y la dejó escrita en una página antes de apretar el gatillo.

Nadie sabrá nunca qué tiempo transcurrió entre una acción y la otra. Si dudó en algún momento o si el desenlace después de escribir, fue expedito.

Sólo sabremos que sus últimas letras insultaban lo que la mayoría de los seres humanos bendicen, alaban y agradecen: la vida.

Se fue como siempre fue: insultante, irreverente y rebelde. Como diciendo: vida, no te agradezco nada porque no has valido nada, él que era hermoso, carismático e inteligente.

Le dio solución definitiva a sus problemas temporales.

Su despedida insolente, mientras recorría el pasillo hacia la muerte, confirmaba su apología a los antivalores.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El triunfo de la verdad

Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Adecuadamente controlado por los medios (interactivos, virtuales, senso-cerebrales alpha, y la antigua televisión-ventana) el pueblo salió a las avenidas a gritar contra el sangriento tirano de Kronkberg (los tiranos eran siempre sangrientos).

Iba a comenzar otra guerra. Esta vez sería contra el Imperio Pirigúndico, desde cuya capital -Kronkberg- el dictador Pérez García Smith da Silva ordenó la ocupación del siempre disputado territorio de Lorbran, unos 1000 mts2 que no solamente incluían un puerto, si no que eran una justa reivindicación histórica determinada por la geografía.

Porque Lorbran antiguamente pertenecía a Rendar, un pequeño país altivo que siempre luchó por su independencia y defendió cada centímetro de su territorio. Rendar era una excepción entre los tres grandes imperios: el Pirigúndico, el Neozelandés y el Panameño, forma en que poco a poco, a partir de las guerras de la Pre-Historia (siglos XXII y XXIII), se fueron organizando políticamente los países del planeta. El contacto -ya habitual- con culturas de otras galaxias no alteró la regularidad bélica que, durante siglos, fue dibujando la forma política en que los imperios se intentaban globalizar.

Para llegar a esa división tripartita se pasó por muchas invasiones, repetidas (y heroicas) reconquistas, tratados de paz (respetados, como siempre, por cierto tiempo), masacres (de inocentes o culpables, según la perspectiva), luchas por la justicia, guerras por la paz, bombardeos preventivos o retaliativos, actos heroicos siempre recordados, cobardías siempre señaladas.

A partir de la desintegración europea de la pre-historia y la posterior reunificación bajo el Imperio Pascuense, pareció que las Islas de Pascua serían garantía de estabilidad permanente, una paz perpetua. Pero las pujantes Malvinas, que reconstruyeron la desintegrada y deteriorada Confederación Sudamericana, emergieron como otro polo integrador, tanto de los restos de la antigua Europa como de las pequeñas comunidades en guerra permanente del norte americano.

Y surgieron otros polos de estabilidad, cada uno aspirando a globalizar una centralización única, lo que ocasionó nuevas guerras, acciones heroicas, masacres que debían ser vengadas, libertades a ser reconquistadas.

Así fue, entonces, que comenzó otra guerra, ésta vez contra el imperialismo pirigúndico en defensa de la libertad y soberanía de Rendar, lo que implicó, según la costumbre, el paulatino e inevitable alineamiento en uno u otro lado.

Definiciones que, a su vez, reactivaban milenarios odios y antiguas reivindicaciones. Los bigulitos, por ejemplo, descendientes de los antiguos hutus, se armaron contra Belgranea, clásica aliada de Pirigundia y prolongación de la pre-histórica Bélgica, responsable de tantas masacres en Bigulia 10 siglos atrás. Bigulitos que por eso se alineaban con Lorbran, y en consecuencia con Rendar, en contra de Pirigundia.

Y empezó, entonces, otra guerra.

Podría haber sido una más entre las cientos de miles –o tal vez millones –que fueron escribiendo la historia del planeta. Pero ésta vez algo diferente aconteció.

Rolando Brockstein era un veterano combatiente de Bigulia. Los juguetes de su infancia fueron ametralladoras láser polivalentes, decapitadores instantáneos, microbombas teledirigidas, gases mortales. Sus muñecos, cadáveres de belgranenses (o sus pedazos). Sus cuentos infantiles, historias de muertes, masacres, sobrevivencias. Valentías y cobardías. Audacias, prudencias y heroísmos.

Ese día Rolando perseguía un belgranense. Sabía que le quedaba poca energía en su arma laser. Lo había acorralado entre las que parecían pre-históricas ruinas de una empresa cibernética. Cuando tuvo certeza que no podrían salir más rayos del arma enemiga se acercó tranquilo y lo vio, apoyado en una pared.

Al verlo a él, arrojó su arma y levantó los brazos.

Calculó las posibilidades:

a) Se arrodillaría y pediría por su vida en nombre de sus hijos, su esposa y/o su madre.
b) Lo miraría fijo y gritaría:- “Viva Belgrania” esperando la muerte de frente.
c) Comenzaría a proclamar un discurso humanista, de aquellos de la Proto-prehistoria, con distintas apelaciones posibles:

1) A la igualdad y fraternidad entre los hombres.
2) Al respeto a la vida humana.
3) Al diálogo y contra la violencia.
4) A la ecología y el amor a la naturaleza (lo que incluía también a los seres humanos).

Después, aburrido por el cumplimiento de siempre las mismas alternativas, eterna monotonía de la guerra, apretaría el botón de su láser inhumador instantáneo y todas esas repetidas palabras se transformarían en humo. Humo oscuro y blanco que subiría onduladamente a encontrarse con las nubes, combinación de colores a veces agradable de observar.

Esa vez, sin embargo, pasó algo distinto. El belgranense empezó a reír, bajó los brazos, se apretaba el estomago a las carcajadas, se sentó. Lloraba de risa. Rolando no esperaba eso. Sorprendido, bajó el arma y se acercó.

–“¿De qué te reís? ¿No te das cuenta que vas a morir?. Te voy a matar.

El otro paró, y con dificultad, tratando de aguantar las carcajadas le preguntó:

–“¿Y por qué?”

–“!¿Cómo por qué ?!”

–“Si, ¿por qué me vas a matar?”

–“Bueno...porque sos un belgranense”

Respuesta que desencadenó más carcajadas en el otro, como si le hubiese dicho un chiste absurdo. Una broma descomunal.

–“¿Solamente por eso?”, consiguió preguntar.

–“Bueno...no solo por eso, claro. Ustedes, los belgranenses aliados a la antigua Bélgica, nos masacraron. Mujeres, niños, todos.

–“¿Y eso cuando fue?”

–“Hace mil años, cuando invadieron Bigulia”

“¡¡¡Mil años!!!”, casi gritó, y se puso a reír de nuevo.

–“No veo en eso motivo de risa”, dijo Rolando serio, levantando de nuevo el arma.

–“¿Pero no te das cuenta que pasaron mil años?”

–“¿Mil años?”. Rolando no entendía. Repitió lo que tantas veces escuchó:

–“El transcurso del tiempo, así pasen millones de siglos, no debe ser pretexto para olvidar las crueldades y las injusticias cometidas contra Bigulia”.

–“¿Y que tenemos que ver nosotros con las boludeces que hicieron nuestros architetra tartarabuelos?”

–“Es que somos sus architetratartaranietos”, respondió Rolando sentándose a su lado.

–“¿Y por qué masacramos a los bigulios?. ¿Cual fue la razón?”

“Ustedes nos masacraron por...porque en ésa época éramos hutus. Y ustedes se creían una raza superior: los tutsis eran los belgas de Africa”.

–“¿Y nosotros los matamos porque ustedes eran inferiores?”

–“Ustedes eran los arios de Africa y nosotros los negros. Limpieza étnica.”

–“¿Y qué más?”

–“Que yo sepa, empezó con eso”

El Belgranense rió de nuevo

–“¿Pero no te das cuenta enemigo bigulito, que es cómico?. Mil años matándonos por boludeces??!!!”.

–“No fue solo por eso. En los Tolokter, libros sagrados de Bigulia

(equivalentes a aquella “Biblia” de la Proto-prehistoria) está muy claro que un antepasado de los belgranenses insultó y escupió a nuestro Padre Fundador, Bigulio 1º.”

El belgranense -Cunnington Blokster- empezó a reír otra vez.

Y ahí fue que Rolando escuchó de otra manera lo que él mismo hablaba. Como si fuese la primera vez. Y empezó a reírse con Cunnington. Y terminaron por el suelo revolcados de risa.

Pero de pronto Rolando paró y se preguntó: -“Entonces, la lucha de clases de aquel profeta de la Proto-prehistoria, Carlos Marx, es un pretexto para la boludez, o la boludez es un pretexto para la lucha de clases?”

Pensemos un poco, Rolando. ¿Para qué querían las clases dominantes ser propietarias de los medios de producción, como después fueron de los bancos?

Yyyy........ Para tener dinero. Siempre dinero. Mucho dinero.

¿Y que quieren hacer con el dinero?

Tener más dinero.

¿Tener más dinero para que?

Para tener más dinero.

¿Y en que quieren gastar todo ese dinero?. Cuando lo quieren gastar, claro.

En comprar autos y aviones último modelo, tener casas lindas, viajar a tomar baños de mar o subir montañas, comprarse ropas de moda.....O comer comiditas especiales......

¿Y por eso hacen guerras y mandan matar gente?

–“Es un enigma”, respondió Cunnington, “pero que siempre hay boludez es obvio. Innegable”.

Y empezaron a caminar recordando y riéndose a los gritos de las verdaderas causas de las últimas guerras, las habituales masacres, los antiguos genocidios.

Los belgranense y los bigulios hasta ese momento se estaban buscando y apuntando. Los escombros y los muertos, los árboles y las piedras, todo era lugar para ocultarse y tirar con precisión. Pero cuando Rolando y Cunnington aparecieron agarrados del hombro y riendo a los gritos, sin armas en medio de ese universal campo de tiro, nadie entendió nada. Los belgranenses y los bigulitos veían de pronto a uno de ellos abrazado al otro, caminando despreocupados y riendo juntos. ¿Se habían vuelto locos? ¿Habrían fumado aquella Proto-prehistórica yerba? Y si así fue, ¿por qué lo hicieron juntos? Poco a poco, con desconfianza y el arma preparada, se fueron acercando a preguntar: -“¿De qué se ríen? ¿Cual es la gracia?”. Porque en medio de milenarios escombros y montañas de huesos, esqueletos recientes, cadáveres abiertos, agujereados y putrefactos, pedazos de carne quemada por todos lados, que un bigulito y un belgraneo caminen como si fuera entre flores, riéndose abrazados como viejos amigos, era muy extraño.

Aguantando la risa, poco a poco, Rolando y Cunnington consiguieron hablar a sus desconfiados compañeros del descubrimiento que habían hecho. Lo que causó nuevas risas, nuevas aproximaciones, desconfianzas, curiosidad, otras risas, hasta que las carcajadas se fueron extendiendo a los cuarteles, a las sedes de los gobiernos, a otros países, a los pascuenses y malvinos.

Todo el planeta fue lugar de incontenibles y continuas risas.

Y cientos de miles de años después, Rolando y Cunnington fueron recordados como los míticos inauguradores de una nueva era. Así como Caín y Abel en el antiguo libro sagrado de la Proto-prehistoria originaron la cómica etapa de las guerras, Rolando y Cunnington fueron los míticos precursores de la inevitable paz permanente. Sus estatuas, por todo el planeta, los mostraban tomados del hombro y riéndose. Es que a partir de entonces las causas de las guerras fueron consideradas cómicas. Y matar al enemigo, estúpido. Los espartanos, los vickings, los bárbaros, los romanos, los arios, los ingleses, los norteamericanos, fueron considerados cómicos que - sin sospechar - escribían seriamente una historia ridícula.

Y las grandes matanzas, empezando por las incentivadas por Moises cuando se apropiaba de la Tierra Prometida (nada menos que por Dios), la de los niñitos de Herodes, la de San Bartolomé, aquellos nazis que solamente por estar convencidos de ser una raza superior mataron millones de los que en la época se llamaban judíos y gitanos, y muchas otras furiosas o calculadas masacres, en lugar de ser ejemplos de horror, a partir del mítico encuentro de Rolando y Cunnington fueron recordados como masivos acontecimientos ridículos. Holocaustos cómicos.

Lo cual tuvo un efecto definitivo en la opción bélica como alternativa política. La guerra dejó de ser considerada como perspectiva regular e inevitable inscripta en el destino de la humanidad. Más aún: proponer guerras, amenazar con guerras, atacar o defenderse con siempre nobles propósitos pasó a tener efectos hilarantes. Las guerras eran ridículas.

Y los uniformes militares de todos los ejércitos un ropaje cómico usado en comedias, el milenario y siempre actual teatro del absurdo, y en los tradicionales circos por sus venerables payasos.

Se hubiera esperado, a partir de entonces, permanente calma alegre, serenidad reflexiva, armonía y plenitud. Sobre todo cuando también la economía -ahora al servicio de la Razón ya que, entre otras cosas, no había bancos privados- imposibilitaba el hambre y la miseria, permitiendo el ocio, el placer, y la alegría universal y continua.

Sin embargo, un malestar generalizado se extendió por el planeta. Melancolías masivas. Suicidios cotidianos. Tristezas infinitas.

Y poco a poco se dieron cuenta que sin guerras no había enemigo. Alguien que, obviamente, debía merecer la muerte. Muerte que sería garantía y condición de paz, bienestar, progreso, fraternidad, libertad. Felicidad. Todo lo cual evitaba pensar en un pequeño detalle que a partir de entonces pasó a ser el gran problema, único tema, definitiva certeza: la vida humana era muy breve.

Doscientos ochenta años, el promedio de vida habitual, pasaban rápidamente. Y después de la integración del planeta a la Confederación Galáctica, las historias infantiles de las antiguas religiones de la Proto-prehistoria, monoteístas o más o menos politeístas, no daban respuestas ni aliviaban la certeza de aquella brevedad.

Entonces se comenzó a añorar los que, en la Proto-prehistoria y en la misma Prehistoria, fueron considerados grandes malvados. Es que gracias a ellos, la humanidad pensaba en otra cosa. Aunque eran distracciones serias, había con que distraerse. Fue por eso que poco a poco en los libros de historia, en las escuelas y universidades, los que antes eran los malos, fríos, inhumanos, ambiciosos y crueles, asesinos, genocidas y dictadores arbitrarios, fueron descubiertos como los grandes benefactores de la humanidad. Aquellos que soportaron ser los grandes malos de la Historia para evitar, sacrificadamente, que los hombres se enfrenten con la certeza de su única verdad: la fugacidad del tiempo y la brevedad de su vida.

Fue por eso que en todo el planeta se erigieron monumentos y placas conmemorativas a Genghis Kan, Atila, Moises, Catalina de Médici, Torquemada, Adolfo Hitler, José Stalin, Harry Truman, Bush, Sharon, Galtieri, Massera y Videla, Pinochet, entre otros a quienes se alababa (y añoraba) como los heroicos y sacrificados distractores de la Humanidad, aquellos gracias a los cuales el Mal, existía. Y en consecuencia se podía esperar siempre el triunfo del Bien, con la posterior eterna felicidad que ese triunfo implicaría. Y también a Adam Smith y todos los defensores de las leyes del mercado gracias a los cuales la miseria y la pobreza se consideraron necesarias, inevitables y naturales, lo que posibilitaba la esperanza de que sin hambre y con casa segura habría felicidad y alegría eternas.

Porque ya no podía haber más pretextos económicos ni distracciones bélicas.

Sin embargo, una polémica se desencadenó: los medios de comunicación, las familias, las escuelas, ¿debían o no enseñar la verdad? ¿Decirla? Decirla para recordar a hijos y alumnos, lectores, espectadores y oyentes, que 280 años es un tiempo muy breve, que la muerte es rápida e inevitable y que la composición atómico/molecular del cadáver, aunque posibilitase ( tal vez, nunca se podía llegar a tener certeza absoluta ) la continuidad de alguna sub-partícula en otro elemento cósmico intra o extra galáctico, no era garantía de ninguna supervivencia personal.

Pero también, ¿qué necesidad, función y efectos tendría la insistencia en recordar esa verdad, y convivir con ella efímeros 280 años?

Entonces la Humanidad se dividió entre los éticos que insistían en que la verdad no debía ocultarse ni ser olvidada sino, al contrario, recordada y sabida, y los estetas que querían flotar en el olvido planificado: si el tiempo de vida es tan breve y todo pasa tan rápido, ¿por qué saberlo, recordarlo y sufrir anticipadamente? Solamente gozar de lo efímero. “El goce, si breve, dos veces bueno”, se decía parodiando a Baltasar Gracián, sabio consejero de la Proto-prehistoria.

Pero como la guerra era imposible se presentó un problema hasta entonces inimaginado, jamás pensado: ¿cómo se resolvería esa escisión definitiva e irreconciliable que es la muerte? ¿Cómo se podría convivir con una diferencia cuya resolución implicaba, de hecho, la anulación de una de sus alternativas?

Para evitar -y soportar- lo que se percibía como conflicto irresoluble, durante un tiempo se intentó revivir el Parasiemprismo, aquel máximo objetivo del antiquísimo amor romántico, cuando se buscaban desesperadamente signos de certeza de que el amor sería para siempre. Hubo hasta nuevas religiones parasiémpricas que proponían la certeza del amor-para-siempre como segura forma de despreocuparse de la muerte que sería, así, solo un detalle - inevitable, claro - pero pequeño y sin importancia ante la promesa de infinito que suponía el amor-para-siempre.

Por razones obvias y milenariamente conocidas no duró mucho ese retorno desesperado al amor romántico de la Proto-prehistoria.

Así es que si ni la guerra ni el amor podían resolver el problema, se optó por una calma y resignada división del planeta.

En el Norte, donde las guerras, masacres y genocidios fueron hábito milenario, se instalaron los que no querían saber, los que solo querían ser felices. Y hubo consenso en adoptar un nuevo libro sagrado, enseñarlo en las escuelas, repetirlo y pensarlo en todos los medios interactivos globales, permanentemente recordado, aceptado y festejado como camino y solución: el Elogio de la Estulticia, de aquel gran sabio y profeta de la Proto-prehistoria, Erasmo, de la ya desaparecida Rotterdam. Después sus seguidores, a partir de Xuxa 1a. y muchos otros animadores y también comentaristas de fútbol de la antigua televisión pre-histórica, retomaron y desenvolvieron con entusiasmo el único camino posible de la felicidad. La realización de la finalidad ética y política que se infería de la propuesta de Erasmo: estupidificación planificada y óntica. Una sociedad planificadamente estúpida sería una sociedad feliz, descansando en la certeza de que cada uno de sus habitantes tenía la sabiduría de ser esencialmente idiota.

Sin embargo en ese hemisferio tuvieron que modificarse levemente los criterios políticos para elegir gobernantes: si por un lado debían dar pruebas de profunda estupidez en sus comentarios, preocupaciones personales, en la causa de sus sonrisas y carcajadas, los motivos de sus odios (que debían ser absolutamente idiotas), por otro lado debían tener una mínima capacidad temporo-espacial para conseguir cuidar el orden arquitectónico y urbano. Umbral que tuvo que ser condición imprescindible, ya que llegó a proponerse un infradotado - incluso mogol - como jefe máximo, lo que se temió sería exagerado, ya que ese alto nivel de aspiraciones políticas, paradójicamente, podría ser riesgoso para el orden social: debía haber un límite mínimo de cociente intelectual, lo que abrió nuevas perspectivas de trabajo a los psicólogos comprometidos con las causas populares.

Pero en el Hemisferio Sur las cosas fueron distintas. Los medios de comunicación, libros escolares, maestros y profesores, los padres -por diferentes formas y caminos- recordaban la fugacidad de la vida de cada uno, la inevitable muerte. Hasta el ya previsto fin de la Galaxia en un agujero negro. Esa era la verdad y la vida de cada uno sería la forma particular y propia de saberla, soportarla, y convivir con ella.

Al principio y sobre todo por curiosidad, habitantes del hemisferio feliz viajaban al sur, y habitantes del hemisferio verdadero, al norte. Había cierto intercambio turístico entre aquellos curiosos que buscaban sorprenderse por las diferencias. Sin embargo, poco a poco, el turismo cesó. Al final, nadie quería saber lo que pasaba en el otro lado. Cada vez menos ondas y contactos por satélite. Los llamados telefónicos disminuían.

El Hemisferio Sur fue transformándose en un inmenso silencio, que al principio se creyó, era por falta de interés del Hemisferio Norte Falta de ganas de escuchar lo que venía de abajo, se decía. En parte fue así. Pero también un silencio cada vez más continuo venía de ahí.

Y poco a poco los vientos y algunas tormentas, durante muchos años, fueron llevando al norte un extraño olor a carne podrida. Después el viento volvió a ser normal, olor a tierra, agua, a veces con perfume de flores.

Pero no fue solo desinterés. No solamente nadie quería atravesar su frontera. Tampoco se quería saber nada de él.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Bahía, Brasil.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Neruda y yo


Víctor J. Rodríguez Calderón

Neruda y yo nos conocimos
cuando nuestra poesía se dio las manos.
Cuando él era ya poeta y yo no tenia nombre.
Cuando supimos que éramos de tierra rica
y de hombre pobres.
Cuando dijimos al mundo con orgullo
somos latinoamericanos Caribeños. Y bajo esta tierra
anduvimos juntos unidos por la sangre
de sus metálicas mesetas.
Allí nos sentamos, horrorizándonos
de los rayos de nuestras miserias.
¡Que tristeza!, cuando vimos que en ese lugar
se habían sembrado los cadáveres
de todas las banderas juntas.
Allí Neruda supo que era poeta,
allí mismo yo conocí su poesía sagrada,
llena de pólvora libertaria, acumulada
de sentido de defensa con alma.
El me mostró las cicatrices
que tenía toda Latinoamérica, todo mi caribe.
Él me dio su semilla para que yo
también sembrara.
Me hablo de Bolívar, de cuando
lo conoció en el Cuartel de la Montaña.
De cuando le juró como Bolivariano
bajo el corazón del mundo, no descansar
hasta libertar y unificar a Latinoamérica
y el Caribe con todos sus hombres.
Me habló del huérfano sin patria,
de ese que iba con los pantalones
rotos encima de su desgracia.
Me mostró la tragedia de los que no se defienden,
de los que viven quietos en medio de todo un miedo
abriendo la puerta para que entre el tormento.
Así viajamos juntos remando sobre nuestra poesía,
recorriendo ríos, mares, selvas, atravesamos
cordilleras, pisamos la alfombra verde
con millones de años tendida sobre los llanos.
Anduvimos sobre la nieve que al sur
con el viento pega fuerte sobre la piel seca.

II

Neruda y yo nos conocimos mostrándonos de una patria
a otra el infinito hilo de la vida que tiene la poesía.
Yo vi como le cantó a la guerra pidiéndole toda su paz entera.
Yo vi exigiéndole al esclavista que diera la libertad al hombre.
Lo vi pelear contra las agallas de los imperios, iba regando
la sangre de sus letras por todas partes, para que con fuego la voz
del esclavo escupiera sus esperanzas. Y un día salimos los dos
de puerta en puerta, quisimos ir mirando, aprendiendo de todos
los hombres un poco y saltamos de guerra en guerra y nunca encontramos a los asesinos muertos. Quisimos volar hacia el sol
sin quemarnos los rostros, queríamos que todos nos vieran
para no perder el tiempo quietos sin hacer nada. Y con paciencia
nos desunimos para regresar y juntarnos otra vez, para decirles
a todos que continuábamos siendo los mismos encerrados en un mismísimo destino.

III

Un día fuimos allá a las entrañas del monstruo,
le reclamamos el daño que le hacia a nuestros pueblos,
pero era miserable, canalla, ruin y verdugo.
En su boca estaba el infierno, en sus manos tenia un ramo
desgreñado de flores que iluminaba su hambre, miseria y pobreza.
Quiso entregárnoslo, nos habló de sus sueños oscuros
y con voz de invasión nos advirtió:
Surcaré los caminos del centro y del sur, limpiaré toda la tierra
con la sangre de sus hijos, porque soy ahora el único amo y señor.
Nos llamó extranjeros, intrusos, enemigos de su madriguera nación.
Y no quiso oír nuestras palabras cuando se declaraba demócrata y libertador.

IV

Neruda y yo regresamos, pero antes fuimos a Moscú.
Y Neruda le dijo a todos: ¡NO PUEDE SER! ¿Y A ESTO LE CANTE YO?
Hombres, mujeres y niños vinieron y hablaron de la destrucción.
Regresó el trono, vino a hacernos harapientos, a desunirnos,
a dejar caer sobre nosotros su maldita putrificación. Así hablaron todos a coro de una sola voz. Y así Neruda Murió, quedé solo
y me hice obrero de su poesía y regresé a nacer, a levantarme
en mi patria, donde encontré que en sus desnudas tierras
se habían muerto sus libertadores y los sobrevivientes andaban
descalzos, sin más vida que la del sometimiento de esclavos modernos. Entonces entendí a Neruda, los dos peleábamos
por unas patrias muertas, arrodilladas, entregadas por completo a aquel monstruo.

V

Aquí en mi Latinoamérica un nuevo imperio se levanta, se llama Neoliberal, esclavista, trazado en su mayor parte por ese terrible monstruo con el que tenemos que acabar, ahora conquista con fuego sangriento y volviendo ceniza todo lo que a su paso se opone.
A los débiles y cobardes convence para que se hagan traidores,
quiere petróleo, agua selva y tierra y que nuestra sangre
sirva de abono para su fiesta y su grande historia.
Hasta los huesos de nuestros libertadores se los lleva
y por eso ahora te invocamos Simón Bolívar, porque vamos a salir de los escombros, de las ruinas, hacinados de sufrimientos, envueltos en cadenas llenas de sangre, para enfrentarnos y movilizar la nueva libertad sostenida por el rostro del tiempo.
Así yo me despido, sin memoria, ni tiempo, en silencio, entrecortado por la historia, buscando la humildad del combate que predica
la poesía, esa poesía que trepa los muros de esta amada Latinoamérica, la que está llena de realidad simple y cotidiana,
la que le ha impuesto al poeta sus deberes, la que nos da la palabra primigenia, inconmensurable y se dispara con absoluta libertad.

* Del poemario "Semillas de libertad"


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

No me mires

Agustín Prieto

Las lanchas cruzan a las personas al otro lado de la bahía. El servicio, que a fines de 2001 funcionaba bastante mal, funciona ahora bastante bien gracias a la renovación de esas naves tan veteranas. Los motores nuevos marchan diez puntos, y la espera se redujo notablemente.

He llegado al embarcadero. Relamiéndome, retomo la lectura de Letras de emergencia. Bien, Benedetti. Página cuarentipico. Entonces, cuando voy por el segundo verso, sacándome de mi recogimiento, llega la policía y me dice que por favor me cambie a la otra línea porque estoy en la de los pasajeros con bicicleta y perdone la molestia y muchas gracias. Y hasta me ha llamado «compañero». Y aunque viste severo uniforme policial es mujer y es cubana. Y tiene una voz de copa llenándose de vino y una piel del color de las dunas cuando se ha puesto el sol y unos ojazos que me cuesta hacerme la idea de que ella es parte de la infraestructura coercitiva del destructible Estado-nación. Y me dan unas ganas de ir preso que me imagino entre rejas tatuándome la luna con birome, fotografiado con una estrella de mar por una estrella de mar, aprendiendo chino con un pionero, leyendo el Trabajadores de mañana, comiendo un Coppelia de huevo frito, acompañado por un ratoncito arqueólogo, escuchando El pibe de los astilleros en una radio de pila solar. Y la puerta está abierta pero ella me mira y no hay como esos ojos para inmovilizar a un hombre de bien. Y más tarde mi carcelera me abre la puerta abierta diciéndome que me puedo ir. Y mi crimen. Cuál. No sé. Entonces debe haber un error. No, yo, algo hice. No sé qué, pero algo hice, y tengo que seguir preso. No vio mi cara de sinvergüenza le digo y la represora me aferra de la camisa con esa voz y esa piel y esos ojos diciéndome que debo pagar mi infracción con un beso y protesto y reclamo un abogado porque abusa ella de los derechos humanos de un hombre de bien con esa voz y esa piel y esos ojos y saca un revólver celeste y dispara un son y llega la lancha y no voy preso ni Benedetti ni chino ni Trabajadores ni tatuaje ni Coppelia ni radio. Nada. Me voy a Regla soñando el crimen que no cometí. Y nunca hasta hoy, nunca, pero nunca, ni mamado, se me hubiese cruzado por la cabeza cómo sería besar a la policía.

* Premiado en 2006 en el "Premio Cuentos del Sur"


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Ya un siglo de orden

Rómulo Pardo Silva (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los mataron jóvenes
casi sin veinte años
hay dudas dónde
pero se escurre entre el miedo
por quiénes

El presidente de corbata y traje harvard
blanco demócrata brotado desde urnas ignorantes
en el calor coquero
afirmó que estaban combatiendo
que se justifica esa sangre
que eran delincuentes y no estaban cosechando café

Como agua en la raíz
unas voces van precisando detalles
fueron soldados para ganar méritos
de eficientes guerreros,
los engancharon en sus pueblos ociosos para sostener un combate sin riesgo

En la siesta
el reflejo blanco del calor vegetal
arma un recelo oscuro de cuento
las madres callan detrás de puertas rajadas que huelen a pobreza
resguardan la advertencia de la adivina que leyó en el tabaco
que algo terrible había ocurrido a sus hijos
y no quieren perder a otros

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Relatos breves

Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Polvo del exilio soy

Polvo del exilio soy... una historia que comienza ¿cuándo? Cuando los vientos me llevaron lejos. Aunque no, antes, mucho antes: nací en la continuidad anhelando la ruptura. La continuidad: de niño no hacer travesuras, de joven ser responsable, de grande un hombre de bien. La ruptura: renuncio a la aldea, me elijo latinoamericano y ciudadano del mundo. Fue decir no a los padres, culpables de haber dicho sí a sus padres, y éstos a los suyos. Nos hicimos a la mar, unos tras la aventura, otros lanzados al exilio. Pero las cosas salieron mal. Hoy, la continuidad se cobra viejas deudas y me dice: ¿buscabas la ruptura? está aquí: otras tierras, otras gentes, otros sabores buscan vanamente reprogramarte ¿Pérdida de identidad, a la búsqueda de una nueva, mestizaje, soy un argenmex? Más bien polvo soy y los vientos me llevaron lejos.

Para mí, existen cuatro clases de personas

A quiénes me preguntan: ¿es tu hija? Les corto el saludo.

A quienes me preguntan: ¿es tu nieta? Los asesino en el acto.

A quienes me preguntan: ¿es tu mujer? Los declaro mis amigos a perpetuidad.

A quienes me preguntan: ¿es tu novia? Que me pidan lo que quieran.

Pañales y tesis doctoral en la Sorbona de París

Ya lo sabemos, la Sorbona es de París... ni tanto: unos cuates míos han puesto un kinder, y lo bautizaron “La Sorbona de Los Sapos”, que es un lugar de Puebla, en México, no en París. Pero vamos al asunto, a mi tesis doctoral, que lleva por título: “Fundamentos, realismo y magnificencia del uno y del dos”. Claro, no hace falta explicar que mi “sorboniana” no versa sobre matemáticas sino sobre ciertas funciones fisiológicas que urgen se nos informe: primera puerta a la derecha.

Y voy al caso. La niñita A, de contados meses de edad, era usualmente cambiada por su mamá B, en tiempos en que los pañales no eran desechables y laboriosamente debían ser lavados uno por uno y luego puestos a tender en la soga a secar. El vecindario se enteraba así de que la Fulana había parido. Pues bien, hay que decirlo con todas las letras, no es lo mismo lavar un pañal meado que cagado, y mamá B cuando cambiaba a niñita A suspiraba de alivio y decía: “qué buena niñita, sólo meado” y si, por el contrario, se trataba del dos, B largo rato se acordaba de la madre de niñita A, que era ella misma.

Este trámite, repetido varias veces al día, acabó por crear un inmenso sentimiento de culpa en la niñita A, el cual desde entonces arrastra: tiene cuarenta años y cada vez que caga se siente culpable, como si nuevamente ensuciara los pañales. ¿Y saben qué? Sufre de estreñimiento: es la manera que ella encuentra como autopunición por abandonarse al pecado de cagar en lugar de mantenerse en el virtuoso mear.

“Así pasa, qué poca madre con esas madres proclives al desmadre y que valen madre, mereciendo sus buenos madrazos... ¿las vamos a perdonar? ¡Ni madres!” Tales, las palabras finales y conclusivas de mi tesis doctoral en la Sorbona de París, la cual motivó más de un comentario. Uno de los jurados se acercó y, después de felicitarme efusivamente, me dijo: “Mire, distinguido colega y flamante doctor, qué quiere que le diga, es un problema de mierda.” Y otro de los jurados: “En confianza, mon cher, a mí me pasa lo mismo. Dígale a A que tome ‘La fibra mágica’ una cucharada copetona y ‘Révolution au cul, 5mg’ tres veces al día. C’est fantastique.” Como lo dijo todo en francés, no entendí ni jota, por suerte un cuate escuchó el diálogo, me lo tradujo y ¡me ha propuesto para un programa televisivo sobre la salud! ¿Cómo ve? ¿Yo, cómo lo veo? Pues... ¡cagadísimo!

Vocabulario de mexicanismos

Hacer del uno: mear
Hacer del dos: cagar
Cagadísimo: requetebién
Qué poca madre: qué poca vergüenza
Madre: poca cosa
Desmadre: relajo.
Valer madre: no valer nada
Madrazo: golpe
Ni madres: ni mierda

No soporto que las cosas me salgan bien

Él. Hace una hora que te estoy llamando ¿dónde te habías metido? Tú siempre tienes tiempo para los otros, nunca para mí. Te encargué la revista y te olvidaste de comprarla, y ya salió el número 20 ¿cómo haré para conseguir el 19? ¿Y la leche de soya y el jugo de arándano?

Ella. Muy bien, soy culpable de todo eso pero ahora ¿para qué me llamabas?

Él. Para darte un beso.

(Se dan el beso.)

Ella. Ay, qué loco. Ay, qué lindo. Pero si todo era una broma. Te traje el número 20 de la revista recién aparecido y también pude conseguir el 19. Te traje la leche de soya y el jugo de arándano…

Él (revisando las bolsas del super) Está todo. ¿Por qué me trajiste todo? ¿Por qué? Si sabes que no soporto que las cosas me salgan bien. Que estoy hecho para sufrir…

Ella. Basta, basta, eres un pendejo que dice pendejadas. Así que cállate. Voy a cambiar el foquito de la cocina, se quemó y, si no lo arreglo, te quedarás sin cena.

Un par de minutos después, mientras Él duda si comenzar la lectura de la revista por el número 19 o el 20, un grito, más bien un alarido, cruza el aire. Él comprende de inmediato: ella se ha electrocutado al cambiar el foquito de la cocina. Y corre. Pero no hacia el interruptor sino hacia Ella y la abraza.

Ambos mueren carbonizados, qué bueno, las cosas no pudieron haber salido peor, Él la amaba hasta la locura.

Marcos Winocur es argentino residente en Puebla, México.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Realidad, ficción, farsa: quien murió no fue la historia sino la Ética

Evaristo Pérez Suárez (desde Maracaibo, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“No importa si es mentira o ficción: si viene en un chip”

En 1998 presenté la investigación cultural, plástica y expositiva "Lago de Óleo 1990-1998" en la desaparecida Galería de la Sociedad Dramática de Maracaibo, animado con el gran actor del teatro zuliano Homero Montes, siempre transdisciplinario. Permítanme extraer de allí consideraciones hechas sobre ese obtuso borde entre realidad y ficción en el marco del arte: que no es sino un proceso comunicacional fundamentalmente simbólico. Sobre esa relación y su entramado de dominación subyacente en la ideologización cultural massmediática tenemos ya varias décadas urdiendo tramas. Este ejercicio, nos servirá para luego desentrañar la farsa terrible que se está gestando hace años en el poder hegemónico de la dominación imperialista actual y sus hienas lacayas circunstanciales. Decíamos hace una década:

"Porque en la actual cultura de la falsedad hay que reivindicar el arte como ficción, que por supuesto no es su sinónimo sino su antídoto. La ficción como percepción de lo vital y forma artística manifiesta para la aceleración inasible del alma. En la contextura del arte, realidad y ficción no se disocian pues como pensaba Wolfang Iser "la ficción nos comunica algo de la realidad..., liga la realidad a un sujeto, que se pone en relación (a ella) precisamente por mediación de la ficción". El arte se concreta como voluntad liberadora frente a las relaciones de dominación material y de la conciencia. Es construcción-eslabonamiento de ideas cargadas de intencionalidad, formas y representaciones simbólicas, es esencia desinteresada opuesta a ese establishment corrosivo emitido sin pausa en los medios de masas y presentado falsamente como arte." (Catálogo Evaristo Pérez Suárez: Lago de Oleo1990-98, Sociedad Dramática de Maracaibo,27 de febrero al 13 de marzo de 1998)

Estas consideraciones devienen porque la ficción en las artes siempre tuvo un enorme poder impugnador ante la farsa del poder y se constituía en desagravio para concientizar-dije concientizar, así esté mal y lo asumo, siguiendo a Cardenal o Freire, no ese estúpido concienciar de los posmojoniados, religiosos de la regla lingüística pero no de la ética social-, desideologizar de cepos dominadores los cerebros. De allí el teatro del absurdo, etc.

En ese borde de la palabra que nombra y bautiza lo real, está la ficción; en esa orilla se mueve la interpretación que de ella y sus articulaciones se hace, lo que corresponde a la retórica, a los giros trópicos, metafóricos, que trasladan nuevas significaciones y abren nuevas asociaciones de ideas. Pero estos recursos también se manifiestan en la imagen visual, en todo lo sensorial y pueden dirigirse a desentrañar la realidad, a profundizar las capacidades humanas sintéticamente en lo cognitivo, lo afectivo y lo espiritual, a acercarnos a la densidad de la personalidad, a la liberación. Pero en dirección opuesta, por supuesto, los magos de la oratoria griega sabían también que podían usar estos recursos para la persuasión, el sofisma, la simulación, el falseamiento y la articulación de invenciones, fingimientos, fantasías y fábulas. El engaño es su propósito último y cuando sus recursos son fallidos se apela a la mentira. Cuando este falseamiento se coloca en lo público, el rumor es su columna vertebral, la artificialidad para revestir de apariencia cierta y verdadera una mentira. Pero a estas alturas tecnológicas, la murmuración y las argucias presenciales han dado paso a los recursos mediados que potencian la farsa hasta el punto actual en que el capitalismo cultural electrónico, pretende autovalidar sus sentencias en el “reality show” de su mortuorio tecnoespectáculo. Por la obsesión y neurosis de celeridad, de prisa, de sintetización del caudal de información producido en la irracional racionalidad actual, y por la inoperancia, burocratismo, ostracismo, lentitud, pereza y corruptela de las sentencias judiciales, el habitante “facha” o fascista, alienado del todo y actuando por el condicionamiento operante de la urbe-neurosis y el automatismo inconsciente de la mecánica conductual neobehaviorista ,que bien saben conducir los imperialistas a través de su aparataje “lavacerebro”, “desea” respuesta YA!, comida rápida YA!. Entonces la sentencia moral validadora, el ciberjuez “de facto” es la condena mediática.

La dama ciega de la justicia se metamorfiza hoy en la “factoelectrónica” puta ciega cuyo neosacerdote es la “missperiodista” o el “posmoperiodista”, quienes, cual shamanes del siglo XXI sentencian con su farsa “global” bien ensayada en el espejo, categóricamente anclado en su atuendo y sus lisonjas sexuales insinuadas, dada su falta de argumentos intelectuales y probatorios. SENTENCIAN, lanzan sus aforismos mercenarios. Mucho antes que los arterioescleróticos y mayoritarios fiscales o jueces sentencien ya sus cien años de silencio, la condena está establecida incluso con sátiras e ironías, pedanterías y despotismos anexos. Para esto, la dominación ha convertido a la tierra en un ESCENARIO en lugar de lo que es: un territorio. La espontaneidad es la conducta falsa que ha convertido a los habitantes en ACTORES, ataviados de gestos y estupideces que imitan, imitan, imitan a sus “neoidólatras” de TV con poses y necedades celulares. PosmoBelcebú está en cada esquina, viene con todos los megapixeles que dentro de un mes serán “protopixeles” y dentro de treinta y cinco serán Bushipixeles. Realmente la farsa es de tal imbecilidad que más imbécil sería dar a cosas tan bazóficas como esas del “computador” de Raúl Reyes, una atención analítica “respetuosa”, pues para iniciar debería ser considerado el primer héroe tecnológico del nuevo milenio, sobreviviente a semejante bombardeo, ya que debería haber estado en los enseres más cercanos a su masacrado portador en aquel episodio de Ecuador. Sería caer en su juego y en su burla. Estas protobufonadas desquiciadas de crear bordes limítrofes entre realidad y ficcción, para finalmente falsear sus relaciones la tiene el poder en sus manos, que es como decir que un mono salta entre los botones de las bombas atómicas. Y eso no es ficción.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.