sábado, 22 de noviembre de 2008

Algo de música: El "Dan Bau" de Vietnam


ARGENPRESS

A partir de este número Argenpress Cultural incluirá regularmente algo de música. La idea es dar a conocer distintos aspectos de esta actividad cultural, buscando hacer un recorrido por algunas de sus tan diversas y ricas expresiones, así como por los diversos contextos culturales en donde la misma tiene lugar.

La música es algo universal, una de las pocas constantes que se repiten en toda civilización, y ninguna es "mejor" que otra. Nuestra intención es presentar parte de esta infinitamente extendida y tan bella riqueza humana. Hoy, gracias a la colaboración de su embajada en Argentina y de los integrantes de la corresponsalía de la Agencia VNA, presentamos algo de música de Vietnam.



“Dan Bau” (Đàn Bầu - Instrumento Musical de Calabacín) es un instrumento musical tradicional de una sola cuerda, muy típico de Vietnam y de gran aprecio tanto nacional como internacional. Según las investigaciones, el origen de este singular instrumento musical se remonta al siglo VII.

“Dan Bau” se compone de una pequeña y larga caja de madera que sirve como base y de resonancia, sobre la cual se tiende de un extremo a otro la única cuerda, sujetada por un lado a una media corteza de calabacín seca, que funciona como amplificador, con una caña o palanca flexible hecha de cuerno de búfalo como ajustador de tonos.


El músico toma con la mano derecha una varita de bambú y puntea la cuerda para obtener los sonidos, al mismo tiempo, con su mano izquierda mueve la palanca flexible para cambiar las vibraciones. La comunicación establecida entre el músico y la única cuerda es tan elegante y armónica produciendo un sonido suave, melancólico y sugerente. Las piezas de “Dan Bau” reflejan diferentes facetas y estados de la vida: el amanecer, el trabajo, la soledad, la nostalgia, el amor, la melancolía y otros. Es en fin, la unión del hombre con su tierra, de la tierra con el hombre.



Tan mágico y seductor es el sonido de este instrumento que hay un adagio popular que dice: “Dan Bau quien lo toca lo escucha; si es mujer, no debe escuchar al Dan Bau”. Es que al principio solamente los músicos hombres tocaban este instrumento, hoy día las mujeres lo hacen también.



Ha habido algunas modificaciones al “Dan Bau”, como la cuerda, originalmente era de seda compactada ahora es de metal, o la corteza de calabacín es sustituido por un tallado de madera con figura de la misma fruta; no obstante se mantiene su dulce y vibrante sonido. Se emplea amplificador eléctrico en caso de amplias audiencias.



Antes, “Dan Bau” se tocaba como solista al placer propio del músico, ahora se toca también en compañía de otros instrumentos tradicionales y hasta en los conciertos de orquesta.

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Datos para un reportaje. Si todos los ricos del mundo…


Beatriz Paganini (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La novedad, consignada como exclusiva, llegó un lunes a la redacción de nuestro diario provinciano.

Puntualizaba que el reportaje ofrecido se efectuaría en la suite vip del hotel propiedad del padre de la entrevistada.

Condición excluyente: Periódico perteneciente al Tercer Mundo.

Adjuntados: tres pasajes (ida-vuelta) de Air France con reserva en el Hotel Hilton.
Avenue de Suffren- Paris.

Fecha: 23/11/07

Si en algún momento nos cuestionamos nuestro estatus por el “corazoncito burgués” y el ego escondido en un repliegue de nuestra autosuficiencia argentina-provinciana, ahora la conclusión era categórica:

Éramos tercermundistas y allá arriba nos habían elegido, previa categorización descalificadora o clasificante. (asigún se mire ¿vio?, como dice Pancho.1 *)

El temario, se revelaría en el mismo momento de iniciase el reportaje y el periodista, estaría autorizado a efectuar, luego del diálogo de rigor, sólo tres preguntas finales.

Alguien, tiró mi nombre para hacer la entrevista, por el sólo hecho de dominar francés, estar cursando en un foro virtual de periodismo que dirige Hernán López Echagüe desde Uruguay, país hermano (él es argentino) donde reside semi-exiliado por esas cosas de la política sucia y una biografía no autorizada que el publicó en un libro allá por el 95.

Jorge Sosa (el Cholo) fotógrafo y Ernesto Fiore (el Che), fotógrafo también, serían de la partida. Ambos tenían conocimientos de computación y manejo de la grabadora.

¡Urgente, buscar biografía!

En el archivo del diario, encontramos:

“Paris Hilton nació en estados Unidos el 25 de octubre de “l980,

“Desde chica se inclinó por el modelaje hasta que entró a una academia que la lanzó a la fama.

Tiene ojos marrones, pelo rubio y una sonrisa que es admirable.

El 2003, fue su año ya que trabajó en varias series y “programas de televisión estadounidenses en el que se destacan Ed, Cartier Showroom, y el M.T.V. Movie “Adwards.”

¡Y nada más! Todo lo otro son fotos. Pero ¿Se puede llamar a esto biografía? ¿Y, además, archivo del diario?

¿Qué hacemos con sólo esos datos?

La salvación vino por el lado de la hermanita del Che Fiore (en realidad el sobrenombre a Fiore le vino por eso de llamarse Ernesto) (Caso casual, como diría Pancho)

¿Datos de Etelvina Fiore?

Fanática de Luis Miguel, 15 años, tercer año del famoso polimodal no-va-más, ése engendro que impuso Menem y que fuera traído desde España por un asesor de cuyo nombre no quiero acordarme, y, aún, cuando se sabía que en la madre Patria era un fracaso total como sistema de enseñanza

Pero bueno, la madre patria no ha sido tan buena madre con nosotros ni aún cuando nos reconoció:

1) No le gustó el nombre que teníamos y nos lo cambió.

2) Nos hablaba desde chicos en un idioma que no entendíamos.

3) En lugar de sacrificarse por sus hijos nos sacrificó.

4) Se llevó toda la herencia.

5) Ahora que somos adultos, volvió, y,..

6) ¡Otra vez! Nos robó nuestro patrimonio con la ayuda de unos tutores inescrupulosos.

¿Porqué tengo la costumbre de irme por la tangente? (Son los genes son, diría Pancho)

Mejor prosigo:

Etelvina nos dio todos los datos, porque se lee y se escucha los programas de chismes y nos aclaró que Paris, es multimillonaria, su papá, es el dueño de los hoteles Hilton de todo el mundo. Ella es modelo y ha hecho series de televisión pero ahora dice que se cansó y que va a hacer otra cosa. Tiene un juicio contra un ex novio porque él comercializó un video donde ambos tenían relaciones íntimas.

Estaba de novia con otro millonario Paris Latisis, y se iban a casar este año en Paris, pero suspendió la boda y vendió el anillo, que él le había regalado, en dos millones de dólares, aunque costó 4millones y medio. Ahora estaba de novia con Stavros Niarchos, otro millonario.

Además, nos trajo los siguientes datos sacados de Wikipedia:

El día 26 de junio, Paris Hilton salió de la cárcel. A su salida se encontró con una gran multitud de periodistas y admiradores.

El día 30 de julio, su abuelo la deshereda y pierde 60 millones de dólares. La escandalosa rubia ha perdido un legado de 60 millones de dólares.

La gota que ha colmado el vaso ha sido su estancia en la cárcel. Su abuelo está harto de sus excentricidades. Barron Hilton, el patriarca de la familia, a sus 79 años, harto de los escándalos de su nieta ha decidido cortar por lo sano. Los 60 millones de herencia que le correspondían a la rubia de fama inexplicable, pasaran a engrosar las arcas de una fundación. Patrick Barron sufrió mucho con la difusión de las cintas de vídeo en las que se podía ver a su nieta practicando sexo oral con un ex novio. Pasó por alto aquello, no sin reservas, pero la reciente sentencia condenatoria contra Paris, por conducir borracha ha sobrepasado todos los límites de un hombre educado en la responsabilidad, el autocontrol y el amor al trabajo. Según ha manifestado Jerry Oppenheimer, biógrafo de la familia, "Barron sufrió una terrible vergüenza al ver como el buen nombre de los Hilton era destrozado por Paris. No considera que tenga que dejarle nada a gente que no lo merece"(¡ mirá vo! como diría Pancho).

Gracias a esos datos biográficos, a Etelvina y una prima acompañante, el diario les obsequió dos entradas, en platea preferencial, para el festival de Luis Miguel en Buenos Aires.

Allí nos fuimos los cinco y en la Capital nuestros destinos se bifurcaron:

El Choco, el Che y yo, para Ezeiza.

Etelvina con su prima para la cancha de Velez, donde sería el you del Luismi.

Aeropuerto Charles De Gaulle

El viaje, en el avión, tuvo las contingencias de rigor.

Para el Choco y el Che, de bautismo y, así les fué:

El Choco se olvidó (mejor dicho no sabía) que cuando se es vegetariano o se debe cumplir un régimen alimentario especial, hay que avisar con antelación a la aerolínea. Ergo, sólo comió las masitas, el postre y el chocolate que le dimos nosotros dos del desayuno- merienda. ¡Ah, también se comió el pan nuestro de la cena y el almuerzo. Igualmente los de algunos pasajeros de la fila que se condolieron.

Al Ché le atacó el síndrome de abstinencia tabáquica y se libró de ir preso, cuando lo descubrieron fumando en el baño; porque era periodista y la noticia trascendería deformada como atentado a la libertad de prensa y esas cosas.

Yo, el yo adelante (lo primero es antes, diría Pancho) con mi resignación de compartir el viaje con dos tercermundistas papeloneros.

Charles De Gaulle.

Las escaleras del Charles De Gaulle parecen suspendidas entre paredes vidriadas y, por ser, precisamente transparentes, se aprecia la lluvia, la nieve o el sol.

¿El sol? ¿Qué estoy diciendo? El sol es sólo nuestro, de los sudakas. Allí es un lujo y únicamente lo disfrutan los ricos en sus resort.

En pleno noviembre, veíamos caer la nieve, blanca, hermosa, formando un falso escalón al lado del piso, que se iba elevando cada vez más y todavía conservaba la blancura de recién caída, porque luego con el hollín de la polución, es agua sucia, helada y con pedazos de barro y ahora los agentes del Sarkozy serían capaces de decir que los trajimos nosotros.¡Pobre de vo! diría Pancho.

Salimos, luego del control de rigor con los equipajes y un cartel con nuestros nombres nos hizo identificarnos.

Un chofer nos condujo en una limusina.

Paris Hilton

Entrando al piso vip, del Hotel Hilton se debe dejar atrás la noción de lujo y confort que tenemos los simples mortales.

Sólo documentando con fotos los ojos visualizarán lo que se materializa con mucho dinero y contratando al mejor y exclusivo equipo de profesionales en la materia.

Paris Hilton, nos recibe con una sonrisa:

Es alta, muy alta, rubia de ojos marrones como dicen los datos de Etelvina.

Vestida con un blazer negro y pantalones blancos, botas altas y poco maquillaje, no da la nota de una modelo-maniquí sino de una joven y elegante ejecutiva.

Hacemos las presentaciones de rigor y esperamos su señal para el diálogo.

Mi deseo de que esta entrevista se haga con un medio del tercer mundo es para estar acorde con el sesgo que le he dado a mi vida y la interpretación, que a partir de ahora, comprenderán que es un giro de 180 grados.

PRENSA ¿Cómo podemos explicar en que consiste ése cambio?

PARIS Posiblemente, comenzó en mi sub-conciente, cuando en una de las series que protagonicé, me pagaron, realmente, con un cheque y yo no supe cómo se cobraba. Hasta esa fecha yo usaba sólo tarjetas de crédito.

PRENSA ¿Por qué en el sub-conciente?

PARIS Porque fue un año más tarde, cuando leí un artículo que me cuestionaba como niña rica y superficial, porque teniendo tanta fortuna, no sabía cobrar un cheque. Me dio rabia, me enojé, dije que les iba a iniciar una demanda y furiosa me encerré en mi dormitorio. En un momento tuve sed y llamé con el timbre del interno, pero nadie contestaba, insistí y tampoco. Entonces me levanté y cuando iba hacia la cocina oí voces, y escuché que dialogaban:

¿Por qué la verdad la enoja tanto?

Porque la única verdad que ella conoce es la de su mundo y no sabe “que es una verdad falsa, es una monstruosa mentira. Además está “acostumbrada a ser intocable. No es que sea insensible pero ¿Sabe lo que es “la pobreza? ¿Sabe lo que es sentir hambre, el frío en la calle sin botas ni “abrigo?

¡No! ¿Cómo va a saber lo que es eso?

¡Pero todos los ricos deberían saberlo! Tendrían que darse cuenta que hay economistas que con el dinero de ellos mismos los manipulan con teorías inventadas absurdas y lateralmente cobran sueldos o contratos fabulosos.

¿Quienes cobran?

Los economistas metidos en bancos, empresas. en institutos, fundaciones que inventan términos: derrame de la riqueza, sustentabilidad , globalización del capital, tercerización, externalización, privatización.

Ella vive engañada, mejor dicho ignora como viven los sumergidos en la pobreza, igual que María Antonieta, la reina de Francia.aunque, la diferencia es que ha ella no la van a guillotinar.

¿Engañada la reina y la señorita Paris?


Si, tan engañadas en su mundo que no han sabido que es el Hambre. Por ejemplo cuenta la historia que iba, la reina, paseando en su carruaje y vió como la muchedumbre gritaba a la vez que era apaleada por los soldados del reino.

Entonces ella preguntó

¿Que está pasando?

Majestad tienen hambre y no hay pan- contestó su lacayo.

¡Dígales que si no hay pan, buenas son las tortas!- ordenó y el carruaje siguió su camino.

¿Y?

¿Cómo y? Para ella si no había pan habían tortas, es decir que comieran otra cosa y sanseacabó. No entendió el hambre como carencia de alimentos sino como un capricho de no querer comer otra cosa que reemplazara al pan.¿ Has entendido ahora?

En el silencio que se produjo, yo me hice presente
Entré y miré a los que hablaban: eran el chofer de mi secretaria hablando con Iñaqui, el mayordomo vasco.

¿Me pueden explicar? pregunté sin preámbulos.

¡No!, perdone señorita, hablábamos en general.

Está bien. Pero quiero que me expliquen en general. Nunca oí esos términos y es hora que me instruya de lo contrario seré una niña rica que no sabe cómo se cobra un cheque y, además, que cosa es el hambre.

A partir de ése día- prosigue Paris - lo demás fue estudio y disciplina. La vida de desfiles y recorridas por la noche chic nocturna, dejaron de tener sentido para mi.

Es por eso el propósito: dar a conocer mi cambio. Porque al cambiar mi perspectiva de los problemas sociales, me he dado cuenta que yo, como dueña de empresas puedo hacer algo. Y, recurro a un periodismo casi anónimo pero valientemente comprometido con su clase, que libra diariamente su batalla de concientización y de denuncia en Santa Fe, una provincia de la Argentina. No se han contaminado ni pertenecen a la prensa corporativa, no han claudicado en sus principios y, como ahora, mis principios son coincidentes, quiero - y, aquí hizo una encantadora sonrisa, la primera de la entrevista-que globalicemos en el mejor sentido de la palabra.

Y, ahora, puede hacerme las tres preguntas finales..

Prensa: Señorita Hilton ¿Cómo piensa encarar su nueva política?

Paris: He recurrido a los más prestigiosos equipos de profesionales, asociaciones, organismos, fundaciones, universidades, intelectuales, etc, Mi familia me apoya en el cambio.

Prensa: ¿Cual sería la tarea de quienes, en éste momento, represento?

Paris: Serán los responsables de divulgar esta primicia. A partir de ahora mi equipo elaborará un plan de largo y arduo alcance. No será fácil, pero cuentan con mi aval.

Prensa: ¿El proyecto de aplicar la Tasa Tobin*(2), está, por ejemplo en dicho plan?

Paris: ¡Primordialmente! No es posible que un premio Nobel de economía caiga en el anonimato por el sólo hecho de haber sido un estudioso conciente y comprometido en solucionar la Pobreza Humana, estado aberrante que condiciona al ser humano a una humillación esquizoide. A James Tobin lo premiaron con el Nóbel y lo dejaron en el más cruel olvido: Se han creado, artificialmente, dos mundos: el de Ricos y el de Pobres. Yo me niego a participar, a estar en el primero pirateando la salud, la vida, la educación de seres humanos marcados y excluidos de todo derecho. Me conmueven los niños de la calle ¡Por favor! No son niños de la calle, la calle no parió niños, son niños abandonados en la calle. Estimo que el hambre, el analfabetismo, las enfermedades carenciales son consecuencia de omisiones genocidas disfrazadas con la palabra pobreza. ¿Por qué? ¿En que momento de la historia se llegó a admitir que la Pobreza es natural e inherente a la condición humana? ¿Cómo en pleno siglo 21 no se soluciona algo tan elemental y simple? El diccionario me especifica el significado de la palabra: POBREZA: calidad y estado de pobre. Escasez, estrechez. Pobre: de poca calidad. Persona que no tiene lo necesario para vivir. Mendigo, infeliz, desdichado. No soy partidaria de la censura escrita, pero sí al cambio, habrá que editar un nuevo diccionario que diga: Pobreza: condición que padecían las personas, antiguamente, porque carecían de un sustento diario, vivienda, educación y servicios asistenciales. Bueno, James Tobin le encontró la solución. Si los que tenemos fortuna no la aplicamos somos asesinos, hipócritas de guantes blancos y uñas con sangre. Hemos llegado a una situación fantasmagórica, kafkiana : dentro del mundo se ha producido un desguace que empezó con los países débiles para llegar, ahora, al desguace total , con el Godzilla Globalización, aún en países que se consideran del primer mundo como Francia o Estados Unidos país al que pertenezco y me avergüenzo de su política genocida actual.

Ya estaban contestadas las tres preguntas finales.

Con una sonrisa, Paris Hilton nos saludó y nos despedimos.

Afuera, el gélido frío de Paris en el mes de noviembre, nos volvió a la realidad.

Tomamos de vuelta el avión para nuestra amada patria.

* Pancho: vendedor callejero de café y praliné. Ocasionalmente efectúa trámites como cadete del diario.

** Premio Nóbel Economía, cuya teoría se basa en que aplicando un impuesto del 1% a los capitales trans-nacionales, se acabarían los problemas sociales que origina la pobreza. JAMES TOBIN, 1978, propone instaurar un impuesto internacional sobre las transacciones de divisas al contado. Es el famoso impuesto Tobin, que entusiasma a los intelectuales de izquierda, especialmente en Europa.

Créditos foto: Krokodyl / WIKIPEDIA


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El MOMAC ante la coyuntura mundial y nacional: Declaración de Paraguaná

Entre los días 1º y 2º de noviembre de 2008 el Consejo Central del Movimiento Social de Medios Alternativos y Comunitarios (MoMAC), de tronchar las iniciativas y expectativas de cambio que se vienen gestando en nuestra región: en especial, en nuestro país, apoyándose en los grupos oligárquicos decadentes y en las reminiscencias políticas fracasadas, mantiene en pie sus estrategias desestabilizadoras y golpistas. Sobre todo en el área comunicacional, cuyo potencial perdura intacto, y donde el grupo Rendom, brazo mediático de la CIA viene desatando una implacable guerra psicológica, monitoreando las agencias noticiosas y del entretenimiento transnacionales en concertación con las empresas mediáticas privadas locales, bombardeando de manera permanente e inclemente la mentalidad colectiva de los venezolanos, intentando crear un sustrato político– social consistente que permita apuntalar sus trasnochados planes de derrocar el gobierno revolucionario, asesinar al presidente Chávez o hacerle acusaciones peregrinas para su detención internacional.

IV

La sociedad venezolana está sometida a una guerra comunicacional, expresión de la guerra asimétrica que en el mundo contemporáneo se esta librando entre el imperialismo y los pueblos explotados y excluidos. Esto hay que decirlo sin tapujos pero sin vocinglería altisonante. La verdad ni ofende ni agrede, deslinda realidades y en este caso, nuestra realidad es más que ilustrativa y definitoria. Hay que asumir la guerra comunicacional sin mediatintas ni ambigüedades. El enemigo oligárquico-imperial ha desatado una guerra mediática contra el pueblo venezolano ante la cual se requiere respuestas inmediatas, efectivas, sistemáticas y científicamente concebidas. En este sentido consideramos que el proyecto de integrar un Sistema Público Nacional de Comunicación de Medios Oficiales es parte de la estrategia comunicacional que hay que implementar en esta fase de la lucha antiimperialista, pero llamamos la atención y elevamos nuestra voz de alerta que no se debe aplicar la misma propuesta de conformar un Sistema Público Nacional de Comunicación Alternativa y Comunitaria, pues, en esta etapa de transición hacia la construcción de la sociedad socialista, se impone la preservación estratégica de la autonomía del movimiento popular del cual forman parte indeclinable los Medios Alternativos y Comunitarios. El Estado tiene que asumir con mayor fuerza y decisión el apoyo sostenido a los MAC sin que ello implique ningún asomo de control. La sociedad civil burguesa, sin ningún rubor ni limitación financia a los medios convencionales, a las empresas mediáticas privadas locales, dado los intereses de clases que representan; las herramientas comunicacionales del pueblo bolivariano deben ser subvencionadas por el Estado-Gobierno bolivariano; no comprender esta necesidad política es hacerle un flaco servicio al proceso revolucionario bolivariano.

V

Hablar de estrategia comunicacional bolivariana es asumir el principio de la participación activa y protagónica del pueblo venezolano en el quehacer comunicacional, ya no como mero receptor sino como emisor real y determinante. Por ello el MoMAC ha formulado la propuesta de lanzamiento de la Misión Comunicación, que ahora replanteamos como requisito básico para incentivar la incorporación masiva del pueblo en la labor de resistencia comunicacional. Propiciar la creación de miles, de centenares de miles de medios alternativos y comunitarios a lo largo y ancho del país.Que en cada cuadra, barrio, comunidad, fabrica, en cada instituto educativo, en cada módulo de Barrio Adentro, en cada Misión,etc., en fin, en todos los espacios donde se desenvuelve la vida de los venezolanos se aperture un medio comunicacional; de lo más simple a lo más complejo, desde lo más primario a lo más sofisticado con tal de que se constituyan múltiples canales que faciliten la disposición comunicativa de los venezolanos y al mismo tiempo sirvan de instrumentos capacitadores para el cuestionamiento y decodificación del mensaje mediático oligárquico- EL MOMAC ANTE LA COYUNTURA MUNDIAL Y NACIONAL ¡¡¡Derrotemos el imperialismo y la oligarquía mediática local!!! ¡Impulsemos la Misión Comunicación! reunido en la bravía región paraguanera, tierra natal del gran cantor del pueblo, Alí Primera, y en el marco de una coyuntura mundial y nacional sin precedentes, acordó la siguiente declaración, que a continuación exponemos:

I

La economía capitalista mundial —con su epicentro estadounidense y llevada por su desmedido afán de lucro— está atravesando, si acaso, la mayor de las crisis que ha confrontado a lo largo de su devenir histórico, ocasionando el declive de su tasa de ganancia, la quiebra de numerosas empresas y el empobrecimiento creciente de la mayoría de la población mundial. Situación ésta que tiende a profundizarse, y si bien no implica su descalabro inminente e inexorable, si pudiese contribuir al desarrollo e impulso de nuevas relaciones sociales que le abrirían a la humanidad y al planeta tierra un derrotero distinto al que ha venido transitando bajo los designios del imperialismo depredador.

II

El imperialismo, con todo y su concentrado poder, ha venido perdiendo influjo en el escenario mundial y la presente crisis financiera no hace sino remarcar esta tendencia, que se expresa particularmente en la región latinoamericana otrora considerada el patio trasero estadounidense y ahora emergiendo, con ímpetu creciente, como un continente que rescata su soberanía y acentúa su disposición a establecer senderos de avances social, político, económico y culturales propios. Todo ello como expresión de la acción de los pueblos Nuestroamericanos, de sus gobiernos y movimientos sociales, ganados, cada vez más, para la resistencia, la integración y la solidaridad, proceso en el que, sin duda alguna, el gobierno y pueblo bolivarianos han servido de guía e inspiración.

III

Este deterioro de la hegemonía estadounidense en Nuestramérica, no debe crearimperial. Hay que romper con el viejo modelo comunicacional, que se manifiesta en el vedettismo, en la banalización de la noticia, en la saturación de la información y que asume al medio como el mensaje. Por el contrario, para nosotros, el mensaje es el pueblo mismo, con sus valores, sus historias, sus orígenes, sus expectativas, sus esperanzas, en fin, con sus múltiples determinaciones. Para ello hay que estimular una amplia alianza social, en la que participen los Consejos Comunales, sus voceros comunicacionales, los estudiantes de la nueva comunicación social, las organizaciones de la base social en general y los colectivos de comunicadores populares. Forjar un gran entramado social que se haga impenetrable al mensaje mediático burgués. Materializar esta propuesta es potenciar el proceso democratizador de la comunicación en Venezuela y establecer las bases para su socialización. Esta gesta comunicacional se simboliza en la consigna que sintetiza la política que como movimiento social de comunicadores populares hemos levantado ante la presente coyuntura: Construyendo un país de COMUNICADORES.

VI

En cuanto a las elecciones del próximo 23 de noviembre, asumimos el compromiso de ratificar nuestro apoyo a todos los candidatos que, surgidos de la base popular, tengan la orientación programática de profundizar el proceso de cambio revolucionario que se viene desarrollando en Venezuela liderado por el comandante presidente Hugo Chávez Frías.

VII

Saludamos con alborozo y plena satisfacciónel reciente lanzamiento al espacio del satélite Venesat-1, Simón Bolívar, clara demostración de reivindicación de la soberanía nacional. Entendemos que es un primer gran paso hacia la independencia tecnológica y científica de nuestro país, que ade- CONSEJO CENTRAL DEL MOVIMIENTO SOCIAL DE MEDIOS ALTERNATIVOS Y COMUNITARIOS (MOMAC) nos la ilusión de que el propósito de dominación imperialista ha cesado. Por el contrario continúa moviendo sus fauces y haciendo uso de toda su capacidad de maniobra en el intento más ha de beneficiar a muchos de nuestros compatriotas, incluso allende de nuestras fronteras.

Pueblo Nuevo, Paraguaná.
Estado Falcón.
1 y 2 de Noviembre de 2008

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La astilla de tiempo de Charlie Parker


Luis Eduardo Saavedra Salazar (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A Carmen Victoria Muñoz

“¿Qué le importaba a Van Gogh
tu admiración? Lo que él quería
era tu complicidad, que trataras
de mirar como él estaba mirando
con los ojos desollados por un
fuego heracliteano”

Cortázar, “Morelliana, siempre”

Si fuese necesario precisar el centro de la obra de Cortázar habría que buscarlo en el corazón mismo de sus obsesiones fundamentales: la búsqueda del cielo, o la gratificación total, y la frenética lucha contra el tiempo para detenerlo y eternizar esa gratificación.

Pero semejantes metas rebasan cualquier límite y, además, encierran las cargas letales que aniquilarán todo intento, toda búsqueda. No en vano, los personajes de Cortázar que estuvieron al borde de la otredad, ante la puerta que se abría al cielo, no pudieron dar “el salto” y terminaron derrotados frente al infierno que pretendían trascender, llorando al darse cuenta de que “es inútil, que la verdadera condena es eso que empieza ya: el olvido del Edén, es decir, la conformidad vacuna, la alegría barata y sucia del trabajo y el sudor de la frente y las vacaciones pagas”(1). Antes optaron por sucumbir a la negación de la chata realidad cotidiana, que es la locura, o a la negación del tiempo, que es la muerte.

Johnny Carter, en “El Perseguidor”, se pega como un demente al saxo para capturar el tiempo en el swing delirante del jazz. “El tiempo... -dice Johnny-, toda mi vida he buscado en mi música que esa puerta se abriera al fin (...) Miles tocó algo tan hermoso que casi me tira de la silla, y entonces me largué, cerré los ojos, volaba (...) Me oía como si desde un sitio lejanísimo pero dentro de mí mismo, al lado de mí mismo (...) y lo que había a mi lado era como yo mismo pero sin ocupar ningún sitio, sin estar en Nueva York, y sobre todo sin tiempo, sin que hubiera después... Por un rato no hubo más que siempre...”(2). Un rato en que había eternizado la gloria, pero un rato al fin y al cabo, una astilla de tiempo que se le desbarataba irreparablemente en la agonía del ritmo y que le esfumaba la visión fugaz del reino en cuyo umbral intuyó la redención de su desdicha. Luego no sería más que el triste espectador de su derrumbe, del lento desmonorarse entre alucinaciones de ron y marihuana.

La lectura de “El Perseguidor” provoca una asociación inevitable con el asombroso mundo de Jack Kerouac y su generación perdida de post-guerra. Porque la obra de Kerouac tiene como escenario la bohemia sórdida de las barriadas marginales de San Francisco, Los Angeles y Nueva York, en donde la comunidad negra pulió para la humanidad otra de sus invaluables joyas: el jazz, que en palabras de Cortázar es “La única música universal del siglo, algo que acerca a los hombres más que el esperanto, la UNESCO o las aerolíneas”(3). Y en esas barriadas y ghettos, de finales de los años cuarenta, con sus vagabundos y borrachos, con sus prostitutas y “damas que se arrastraban presas de la psicosis de la benzedrina”(4) , como dice Kerouac, con sus maleantes y bares tortuosos, irrumpió la poesía beat en el delirio del jazz de Thelonious Monk y Charlie Parker: ese chiquillo de Kansas City, dice Kerouac, “que tocaba su agudo alto entre los troncos, que practicaba en los días de lluvia, que salía para escuchar a la banda de swing de Basie y Benny Motten, donde estaban Hot Lips, Page y los otros.. Charlie Parker, que se fue de casa y se instaló en Harlem, que se unió al loco Thelonious Monk y a Guillespie, más loco todavía...”(5).

Locos providenciales que hechizaron el tiempo con su magia en el Five Spot de la calle 5 con Bowery, en Nueva York. Allí donde Allen Ginsberg caía de rodillas ante Lester Young y lo indagaba sobre una bomba atómica que súbitamente estallase en las entrañas de Nueva York.

Kerouac, mejor que nadie, recreó el entorno surrealista de Charlie Parker y Thelonious Monk, ese par de monstruos del jazz, cuya música embargaría a tal punto la sensibilidad de Cortázar que los inmortalizó en su obra. “Cuando Thelonious se sienta al piano -dice Cortázar-, toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio (...) Entonces es Pennonica o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y exágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk” (6).

Charlie Parker es el Johnny Carter de “El Perseguidor”. Un músico, un estupendo músico, además. Pero completamente primitivo, sin ningún bagaje intelectual que lo “acreditara” para rastrear el absoluto. Con todo lo hacía; a su manera, pero la hacía. Este aspecto de su vida fascinó a Cortázar que buscaba un personaje del común, un hijo de vecino con “sed de absoluto” para el planteamiento de sus obsesiones metafísicas, y lo encontró. “Un día leyendo un número de la revista francesa ‘Jazz Hot’ -relata Cortázar- supe de su muerte y su biografía (la de Charlie Parker), me encontré con un hombre angustiado a lo largo de su vida, no solamente por los problemas materiales -como el de la droga- sino por lo que yo, de alguna manera, había sentido en su música: un deseo de romper las barreras como si buscara otra cosa, pasar al ‘otro lado’ y me dije: ‘éste, él es mi personaje’. No podía utilizar su nombre, no tenía derecho...”(7).

Con “El Perseguidor” se inicia el gran encuentro de Cortázar con el hombre. El abandono de cierta gratuidad que había caracterizado su obra anterior ( Los reyes, Bestiario, Final de juego) y el comienzo de una nueva etapa en que el escritor aborda los problemas consustanciales al hombre, los viejos fantasmas que lo han atormentado: la nostalgia del paraíso perdido, la soledad y la desdicha como compañeras de la vida, y el paraíso bobo de la muerte, el retorno a lo inanimado, lo absolutamente inane... El fantasma de la Arcadia es lo que busca Cortázar, porque debe existir en algún lugar del tiempo, mucho más allá de los andróginos de Platón, mucho más allá de la sociedad sin clases y sin Estado, tan lejos de nosotros que su sóla búsqueda adquiere significados metafísicos, pero que en verdad no es más que el reino de la libertad donde mora el hombre que trascendió la economía y erradicó la represión, donde vive el hombre feliz que esclavizó el tiempo.

Tras ese reino mítico se lanza Jonny Carter/ Charlie Parker, armado de un saxo y sus ansias de eternidad. No encontró más que retazos, fragmentos, aperturas efímeras como las que describe Cortázar: “Esas mostraciones no pasan de ser un aletazo fulgurante, efímero, algo así como si en una pared totalmente cubierta me abrieran de pronto una ventana instantánea, un ojo que parpadea y que vuelve a cerrarse: veo la ventana, la veo durante una mínima fracción de tiempo pero no alcanzo a distinguir lo que esta ventana descubre más allá: en el mismo momento en que se me revela la ventana, el instante privilegiado cesa, el ojo se cierra, la superficie de ladrillo recobra su negativa, todo recae en la normalidad...”(8).

Johnny Carter sabe que su música le dará acceso a las paravisiones cortazarianas. Y a ese propósito se dedica de manera total. Pero en general sus intentos son fallidos. Luego sobrevienen las crisis, los arrebatos histéricos. Una noche le prendió fuego a un cuarto de hotel y se paseó desnudo por los pasillos (anécdota real de Charlie Parker). Solía destrozar los saxos después de sus momentos cumbres para refugiarse de inmediato en la droga y sus absurdas pretensiones sobre el tiempo. Hasta llegó a enredarse en elucubraciones existenciales que ni a Antoine Roquentin (Sartre, La Náusea) se le habrían ocurrido:

“Tienes el pan ahí, sobre el mantel -dice Johnny mirando el aire-. Es una cosa sólida, no se puede negar, con un color bellísimo, un perfume. Algo que no soy yo, algo distinto, fuera de mí. Pero si lo toco, si retiro los dedos y lo agarro, entonces hay algo que cambia, ¿no te parece? El pan está fuera de mí, pero lo toco con los dedos, lo siento, siento que eso es el mundo, pero si yo puedo tocarlo y sentirlo, entonces no se puede decir realmente que sea otra cosa o ¿tú crees que se pueda decir?”

Bruno su “fiel” biógrafo y crítico le responde: “Querido, hace miles de años que un montón de barbudos se vienen rompiendo la cabeza para resolver el problema”(9).

Bruno es la contraparte de Johnny. Es el hombre serio y equilibrado, el agente del mundo convencional, el fiel representante de la “normalidad” burguesa. Un crítico de tanto prestigio como Bruno no tiene otro quebradero de cabeza que las locuras de Johnny en las que, a pesar de todo, advierte algo que se le niega, algo que escapa de su pulcro y ordenado mundo, y que le provoca cierta ansiedad, una pérfida y secreta envidia, una peligrosa desazón (Marcelo, el corredor de materiales prefabricados de “Un lugar llamado Kindberg”, se suicida por menos).

“Envidio a Johnny -dice Bruno-, a ese Johnny del otro lado sin que nadie sepa qué es exactamente ese otro lado (...) Envidio a Johnny y al mismo tiempo me da rabia que se esté destruyendo por el mal empleo de sus dones, por la estúpida acumulación de insensatez que requiere su presión de vida” (10).

Con todo, su preocupación por Johnny es aparente. Bruno había publicado una biografía chata y epidérmica de Johnny que se convierte en éxito de librería y constituye para Bruno la “gran teoría de jazz contemporáneo”(11). La vigencia de este Johnny reducido será en adelante la base de su prestigio. Su preocupación por la insensatez de Johnny no es más que el peligro de ver agotada la vena que lo alimenta: “El fracaso de Johnny sería malo para mi libro (de un momento a otro saldrá la traducción al inglés y al italiano)”(12).

La otra cara de la moneda es “El Perseguidor”, especie de texto secreto y vergonzante de Bruno, que revela toda su miseria y toda la grandeza que le escamoteara a Johnny. “A él le importa un bledo -dice- que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté más allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final. Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo...”(13).

Verse obligado a aceptar esta lamentable condición es lo que revienta a Bruno. En especial por venir de quien viene. Él que se ha pasado la vida “admirando a los genios, a los Picasso, a los Einstein...”(14), tiene que reconocer que ese “mono de zoo”, esa “masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé enloquecido”(15) es un “ángel entre los hombres, una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros. Y a lo mejor es por eso -dice Bruno- que Johnny me toca la cara con los dedos y me hace sentir tan infeliz, tan transparente, tan poca cosa con mi buena salud, mi casa, mi mujer, mi prestigio. Mi prestigio, sobre todo. Sobre todo mi prestigio”(16).

A lo largo del texto Bruno se mueve alternativamente en esa dualidad de sentimientos. “El mono de zoo” y “el ángel entre los hombres” son los polos que dinamizan su terrible drama: no ser más que un crítico que sobrevive parasitariamente a la sombra de un creador que desprecia. Y lo peor, de un creador que desprecia su propia obra: “ Si cuando yo toco -le dice Johnny a Bruno- tú ves los ángeles, no es culpa mía. Si los otros abren la boca y dicen que he alcanzado la perfección, no es culpa mía (...) lo que toco y la gente me aplaude no vale nada, realmente no vale nada”(17).

Lo único que valía para Johnny era el sobreagudo fulgurante que lo condujera a las puertas del cielo. Lo demás: el trabajo, la familia, el éxito, el sexo, el saxo, no eran más que trampas tendidas en el camino al cielo, y en ellas habían caído Bruno y los otros que no podía darse cuenta de que hubiera otra cosa, “que estemos tan cerca, tan del otro lado de la puerta...”(18).

Por eso cuando Johnny lee la publicación de Bruno no se reconoce, llega incluso a pensar que se trata de otro, y al final comprende que lo enredaron en el apestoso mundo de su desdén, en el sucio dios de todos los Brunos del planeta. “Está lo que tú -le espeta a Bruno- y los que son como mi compañero Bruno llaman Dios. El tubo de dentífrico por la mañana, a eso lo llaman Dios. El miedo de reventar, a eso lo llaman Dios. El tacho de basura, a eso lo llaman Dios. Y has tenido la desvergüenza de mezclarme con esa porquería, has escrito que mi infancia, y mi familia, y no sé que herencias ancestrales... Un montón de huevos podridos y tú cacareando en el medio, muy contento con tu Dios. No quiero tu Dios, no ha sido nunca el mío”(19). Hasta admite que si del otro lado, detrás de la puerta, se encuentra el Dios de Bruno, lo mejor será “desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta”(20).

Para el buen Bruno estas declaraciones patéticas de Johnny no son más que el resultado de la droga y la borrachera. Lo que Johnny reclama para sí, el rescate de su dimensión esencial, la desmesura de su hambre de eternidad, no es para Bruno más que “su incurable esquizofrenia, el sórdido trasfondo de la droga, la promiscuidad de su vida lamentable” que por bondad y discreción no quiso mostrar al desnudo(21).

La explosiva crisis de Johnny contra el libro tranquiliza a Bruno. Este esperaba con temor algún juicio infortunado que pusiera en entredicho las concepciones estetizantes de Bruno sobre el arte de Johnny. “Que deje caer por ahí -meditaba Bruno- que mis afirmaciones son falsas, que su música es otra cosa”(22). No ocurrió. La anhelada muerte de Johnny reporta finalmente la “paz” a la vida de Bruno: “ya hablan de una nueva traducción -dice-, creo que al sueco o al noruego. Mi mujer está encantada con la noticia”(23).

El pobre Charlie, que se había empeñado en atrapar la perfección y la felicidad en un fragmento de tiempo, muere vencido, derrumbándose sobre sí mismo. Claro que también Horacio Oliveira...

Foto: Charlie Parker. / CLASHMUSIC

Notas:
1) Julio Cortászar, Rayuela, Edit. Sudamericana, 1969, p. 577
2) J. Cortázar, “El Perseguidor”, en Los relatos. Edit. Círculo de lectores S.A.., 1974, pag, 588. El resto de citas se hacen por esta edición.
3) J. Cortázar, Rayuela, p. 86.
4) Jack Kerouac, El viajero solitario, Edt. Losada S.A., 1965, p.93
5) J. Kerouac, En el camino, Edit. Losada S.A., 1959, p. 250
6) J. Cortázar, “La vuelta al piano de Thelonious Monk” en La vuelta al día en ochenta mundos, Edt. Siglo XXI, pag. 24
7) Ernesto González Bermejo, Conversaciones con Cortázar, Edti. EDHASA, 1978, p.,106.
8) Ibid., p 88.
9) J. Cortázar, “El Perseguidor”, p., 570
10) Ibid., p. 560
11) Ibid. p. 585
12) Ibid. p.562
13) Ibid. p. 550
14) Ibid. p. 571
15) Ibid. p. 573
16) Ibid. p.572
17) Ibid. p. 587
18) Ibid. p. 589
19) Ibid. p. 586
20) ibid. p. 589
21) Ibid. p. 585
22) Ibid p. 585
(23) ibid. p. 592


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La palabra

Cristina Castello (desde París, Francia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La palabra— ese silencio extraviado
Esa hilera de hormigas que hoja a hoja
Modela el follaje corpóreo de la voz

La palabra— ese bálsamo promisorio
Esas manos ofrecidas a la ausencia
Ese tiempo transversal al llanto

Esa costura desatada, esa confianza
Ese pan, esa sedición del alfabeto
Esa cópula del verbo, esa memoria

Ese gentío fusionado en un son
Esa pupila abierta a todo albor
La palabra— esa metralla de lirios

Ese erotismo de Dios.

Inédito. Poema a publicarse en el tercer poemario bilingüe francés-castellano.


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La poesía, todavía hoy o la profunda tristeza cargada de rabia

Liberto (desde Artevirgo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

No es la primera vez que insisto en que la POESIA, todavía hoy, en el siglo XXI, sigue siendo una de las formas de expresión de las personas que más nos sugiere o insinúa, que más nos susurra o nos habla de nuestras más profundas hermosas y terribles interioridades... Pero también de la vida colectiva, de sus aspiraciones, de sus frustraciones, contradicciones, de sus injusticias y miedos, de la más infinita tristeza, de la insondable verdad, de certezas, incertidumbres y visiones, de sueños truncados y esperanzas vivas...

La POESÍA es la palabra hecha verso que nos descubre espacios, tiempos, mundos, que siempre estuvieron ahí, que no nos había sido dado ver, sentir, ni comprender, pero que gracias a genio y al ingenio del poeta que parece ver "las cosas del otro lado", vemos, sentimos y comprendemos lo que antes apenas intuíamos...

Pero en CANARIAS, la cosa es diferente. Lo que ocurre en nuestra Patria Canaria lo describe lúcidamente el escritor e intelectual Víctor Ramírez cuando dice que "de ese tomar ineludiblemente partido por la palabra publicada, de ese exponer tus intimidades ideológicas ante pueblo envilecido por siglos de embrutecedora colonización (pues todo sometimiento queda inevitablemente impregnado de tu ideologización vital), arranca la inhibición de muchos compatriotas que sienten imperiosa necesidad de hacer literatura mediante el verso o la prosa".

"Si a ello añadimos la tremenda dificultad -continúa Ramírez- o la casi absoluta imposibilidad de que puedas realizarte como escritor en Patria sometida, donde lo propio debe ser despreciado o minusvalorado, e incluso ni ninguneado, porque así lo ha dispuesto y dispone el poder metropolitano a través de los llamados medios de comunicación y de los centros docentes, entonces la inhibición acaba convirtiéndose -para la mayoría de los casos- en auténtico suicidio intelectual y, por ende, moral. Sé lo que digo; y lo digo con profunda tristeza cargada de rabia contra esa inclemente fuerza aniquiladora que es todo poder colonial".

Sin embargo, y a pesar de los pesares -o por ellos mismos- somos muchas miles, millones de personas en todo el mundo las que compartimos que LA POESÍA NO SÓLO ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO, SINO SOBRE TODO, UN ANHELO PRESENTE DE DESBORDANTE PASIÓN AMATORIA y, aunque estamos inmersos en la cultura y el poder de la imagen y los ordenadores, lo será por mucho tiempo.

El libertador de Cuba y lúcido escritor JOSE MARTÍ decía que "En el mundo, si se lleva con dignidad, hay aún poesía para mucho; todo es el valor moral con que se encare y tome esa injusticia aparente de la vida; mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigencia sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia. El sello de la grandeza es ese triunfo".

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El bar

Mirta Sofia Brey (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Nací en un hospital pobretón un domingo que perdió Boca. Me contaron que habían cortado la electricidad en varias manzanas, hospital incluido, cuando mi vieja lanzó su primer chillido penetrante como aguja de jeringa. Mi nacimiento, con velas esgrimidas como antorchas, parecía un velorio. Las caras de entierro de los hinchas de Boca agregaban una nota de circunstancias. Será por eso que sonrío poco y me río menos. O será por miedo a la alegría. El apodo que me endilgaron en el bar no viene descolocado: "Milonga triste".

Viví siempre en este barrio mustio, opaco, donde los edificios de dos a diez pisos se codean con tiesura militar cerrando filas por cuadras y cuadras. Los de dos a tres pisos parecen pibes apretujados en el ómnibus cuando va repleto. El vecindario no es coherente ni gregario; más bien anónimo e individualista. El almacenero, el panadero y el carnicero conocen a la clientela. Pero basta cambiar de proveedor o alejarse dos cuadras en cualquier dirección para volver al anonimato. Los supermercados que empezaron a proliferar alrededor de mis quince años contribuyeron a diluir los contornos de la vecindad.

Por ejemplo, la existencia del viejo Jerónimo Ezcurra, que vivió en el mismo edificio que yo, dos pisos más abajo, durante unos diez años, me fue revelada en el bar, lo mismo que la de muchos otros tipos que lo frecuentaban, más o menos simpáticos o amistosos, más o menos cretinos o astutos, insoportables o de buena compañía. Del mismo modo conocí al gordo Murieta, que vivía justo al lado, en una casa de dos pisos construida en los años cuarenta. La amistad con el viejo Jerónimo fue diferente de la que se traba entre jóvenes animados por la excitación de la farra y el desafío. De él me hice amigo por su charla llena de vida, no apergaminada como la de tantos viejos latosos que se ufanaban de un pasado gallardo, mientras los jóvenes mirábamos incrédulos su deteriorada carcasa.

Ese bar no era el único del barrio, pero era el que nos quedaba más a mano. A fines de los años sesenta lo abrió don Paco, un hombre robusto y rubicundo, cuyos padres habían llegado de Galicia a principios de siglo, quiero decir, del XX, porque siglo, para los que vivimos este comienzo del XXI con muchos años en el cuerpo, sigue siendo el anterior, el de Discépolo, el de “Cambalache”. El padre había empezado vendiendo leche en un galpón destartalado construido sobre un piso de adoquines, con techo de chapa acanalada apoyado sobre vigas de quebracho. Cuando murió el padre, Paco vendió el tambo y las vacas para comprar el bar.

Estaba en un local sin gracia, con vista a una calle de veredas rotas donde en verano se instalaban mesas frecuentadas por las familias del barrio. Las paredes habían sido cubiertas de pintura plástica impermeable de un blanco oscurecido por el tiempo y el manoseo. El piso estaba pavimentado de baldosas color ladrillo con junturas desparejas. El conjunto transpiraba la tristeza de los días grises en invierno y el agobio de los días calientes en verano.

Por ese entonces, yo me asomaba al bar de vez en cuando. El trabajo y los estudios de contabilidad me dejaban poco tiempo para la conversación vacía y generalmente quejosa del bar. Me atraía el truco, donde solía ganar algunos pesos a quienes no les sobraban. Al gordo Murieta lo encontré en una mesa de truco el primer día que me acerqué. Tenía la cara y la camisa empapadas de transpiración por el calor y la timba. Cuando me vio parado a su lado echando ojeadas a sus cartas, me dijo sonriendo:

- No vas a vender mi juego, supongo. Apartate, por las dudas.

- Miro para aprender de los grandes como vos.

- Grande por lo gordo, ya sé. Si querés, te dejo el lugar, pero voy perdiendo.

Acepté, porque me gustan los desafíos y me gusta el truco. Así empezó mi relación con el Gordo. La amistad vino más tarde. Una noche, en el baile del club Miraflor, me explicó que los cometas eran las ovejas descarriadas del universo, que andaban por el cielo amenazando con caer sobre cualquier planeta o incendiarlo con su cola de fuego, mientras los otros astros giraban en su órbita, tranquila y pacíficamente. Me hizo gracia su reflexión; pensé que su aspiración a un orden celeste armónico e inmutable era propia de la gente como él, que suele optar por al equilibrio y la seguridad a fuerza de no saber qué hacer con la libertad. Esa misma noche, el Gordo me ayudó a enganchar con la Mecha, una chica que me gustaba. Decidí que sería su amigo, tanto por el favor como por sus peregrinas ideas, de las que instan a pensar para refutar el desatino.

Como dije, al viejo lo conocí también en el bar. Yo acababa de ganar una vuelta en el truco cuando llegó y saludó a todos con una palmada en la espalda mientras a mí me tendía la mano diciendo: "Jerónimo Ezcurra, mucho gusto”. Me puse de pie y respondí con mi nombre y un “muy honrado”, como había oído a mi padre en su trato con personas mayores.

Jerónimo era de estatura media, fornido y delgado, las manos gastadas de quien no había esquivado el cuerpo al trabajo duro, la mirada penetrante como barrenando el cerebro de su interlocutor, el pelo ralo, canoso y crespo, las espaldas anchas, redondeadas y vencidas. Más tarde supe que había sido obrero metalúrgico y dirigente sindical. Tenía la voz profunda y precisa, matizada por tonos musicales, clara, de las que no disimulan el pensamiento.

Jerónimo se sentó de lado, en posición que le impedía atisbar las cartas y dijo:

- Busco alguien que me ayude a limpiar un poco el terreno y a tender un toldo grande para el asado. A mí me rechinan los huesos cuando me agacho.

Estaba organizando un asado en un terreno que tenía en Moreno, donde había levantado una casita entre árboles y yuyos. Pensaba extender un toldo de lona, un extremo sostenido por las ramas de un nogal y el otro por unas estacas altas hincadas en tierra, para formar un espacio sombreado donde se pudieran sentar los viejos y las señoras melindrosas que no soportan el sol. Él no podía transportar las estacas ni colgar el toldo solo; necesitaba ayuda. No encontró sino rostros inexpresivos, que parecían estar viajando por la estratosfera. Tuvo que insistir con palabras inequívocas:

- ¿Hay algún voluntario? ¿Me pueden recomendar a un hombre fuerte y con tiempo para dedicarme, digamos, todo un día, sábado o domingo?

Los jugadores se miraron entre sí. El abuelo Camacho era demasiado viejo y arrastraba flojedades de vejiga; no se dio por aludido. Los otros comentaron que le debían a la patrona arreglos en la casa, como suprimir una gotera o reparar las infiltraciones de humedad.

Yo soy tranquilo, pero suelo tener impulsos como el de ese día en que puse mis cartas sobre la mesa para mostrar la “flor” y lancé al descuido:

- No tengo mucho tiempo, pero el sábado podría ayudarlo, siempre que esté libre antes de las ocho.

No bien terminé la frase estaba arrepentido y asombrado de mi propuesta. Después de todo, acababa de conocer a Jerónimo, no era amigo suyo ni estaba invitado al asado. Además, se acercaba la fecha de los exámenes. Distraído, perdí esa mano en el juego. Sentía la mirada escrutadora de Jerónimo y estaba más perturbado que una niña ante su primera menstruación. Jerónimo no me contestó. Siguió mirándome y finalmente me preguntó:

- ¿Vos sos hijo de Antonio, el del cuarto piso, el cartero que está por jubilarse?

Caí en la cuenta de que conocía a mi padre. Aunque de la misma edad que él, no era obvio que se conocieran, porque mi viejo era más cerrado que la caja fuerte de un banco y no frecuentaba el bar, ni ése ni otro, que yo supiera. Cuando volvía del trabajo leía concienzudamente el diario, hasta los avisos y las necrológicas, de vez en cuando algún libro y los fines de semana se dedicaba a la filatelia con pasión. Una vez dijo: “Esta colección es la herencia para mis hijos, vale un dineral.” Nunca le pregunté cuanto valía ni él volvió a comentar el asunto. Cuando murió, no quise desprenderme de ella. Es un recuerdo del viejo.

Jerónimo no esperó que le contestara. Me miró de frente y con una sonrisa que puso al descubierto sus dientes amarillos, dijo en voz alta:

- Resuelta la cuestión. Este joven se ofrece.

El abuelo Camacho, que tenía fama de leído y había sido maestro de escuela, comentó que el asado se presentaba bien, como un festín pantagruélico.

- ¿Panta qué?- preguntó el panadero.

Fue como darle cuerda a Camacho, que empezó una larga perorata sobre Gargantúa y Pantagruel. Jerónimo los observaba en silencio. Cuando terminó la mano, que perdí por atolondrado, inclinó la cabeza hacia mí y me sorprendió:

- Vos estudiás contabilidad y administración de empresas. De todos modos, te vendría bien leer a Rabelais. Te lo prestaré.

El sábado siguiente estuve puntual en la puerta del edificio esperando que Jerónimo bajara. Eran las cinco de la mañana y no se veía un alma. Había una niebla que humedecía los huesos hasta la médula y los faroles de alumbrado, todavía encendidos, tenían aureolas irisadas. No se movían ni las hojas de los paraísos. Sobre el suelo habían quedado, desde el final del otoño, algunos frutos amarronados, como cápsulas de balas abandonadas después de los ejercicios de tiro. Estuve esperando, cobijado en el zaguán y saltando para no congelarme. Jerónimo bajó a los diez minutos andando lentamente, en suspenso entre el sueño y la vigilia. Caminaba tambaleándose por el peso de una valija grande. Me explicó que llevaba herramientas, unas botellas de vino, algo para comer y el toldo que había que instalar. Le di mi bolsa liviana y tomé la valija, pesada como un piano. No sé como transporté esa carga, pero con su ayuda me las arreglé para subirla y bajarla del colectivo, del tren y del microbús que nos condujo a una parada a un kilómetro de la casa. Al bajar del micro le confesé a Jerónimo que no me sentía capaz de andar tal distancia con ese peso.

- Estaba esperando que te dieras por vencido - contestó sin otro comentario.

Subió la valija de un solo tirón sobre su cabeza, dejó mi bolsa en el suelo y empezó a andar. Doscientos metros más adelante, él mismo se declaró cansado; apoyamos los bultos en el suelo para tomar un respiro. Sentados en el pasto al borde del camino de tierra, nos miramos y empezamos a reír.

- Parece llena de plomo. A su edad, no sospechaba que tuviera tanto aliento.

- Cuando joven tenía fama de forzudo y hoy conservo el aguante, pero mucho menos. ¡Puta, si estoy agotado! Vamos a distribuir el peso entre los dos.

Cuando abrió la valija vi el toldo de tela gruesa, azul, con dobladillo en los bordes y unas anillas metálicas para pasar las cuerdas. Había también varias herramientas. Me dio la lona, que pesaba más de veinte kilos, metió las herramientas chicas en mi bolsa y dejó las más grandes en la valija, junto con una escopeta que apareció al levantar el toldo y unos paquetes bien envueltos.

- El resto lo tengo en la casa.

Me puso la lona sobre la cabeza, me colgó la bolsa del hombro y con la valija entre los brazos empezó a caminar rápido, mientras yo lo seguía, dejando que ganara distancia.

La casa era de material, con una cocina grande en medio de un terreno lleno de malezas. Bajo las ventanas de los dos supuestos dormitorios, unos troncos paralelos, con el espacio entre ellos cubierto por colchonetas de paja, parecían atribuirse el rango de camas. En la pieza principal, una mesa, dos largos bancos de algarrobo macizo y un armario vetusto constituían el único mobiliario convencional. Encerrada en el armario con doble candado, la radio a pila fue depositada en el centro de la mesa no bien llegamos. Del mismo mueble salieron alambres, cables, lámparas a kerosene, sogas, bidones, limas, cuchillos, horquillas y hoces, más un sinfín de clavos, tornillos y herramientas variadas, todas brillantes y cuidadas; del cajón de abajo, un calentador, la cafetera, la pava, el mate, las bombillas y algunos platos y cubiertos.

- Dejo esto bajo llave, para que nadie se sienta tentado. Todo lo que aquí ves lo hice yo mismo, menos las herramientas y la vajilla, claro. Es rústico y rudimentario, pero no me hace falta nada mejor. La lona la vamos a depositar en el galpón, cubierta con hojas, para que no la vean.

Agregó que el robo de chucherías era una de las formas de subsistencia de los más pobres, pero que él no tenía queja, porque se había hecho amigo de los chicos de la villa miseria próxima trayéndoles una pelota de fútbol y caramelos.

Me mostró, escondido entre hojas en el galpón, el asador que había improvisado con dos tapas de alcantarillas rescatadas de las calles de la ciudad, que apoyaba sobre ladrillos de cemento.

- Lo instalaré allí, cerca del fresno. La mesa y los bancos de la casa los voy a poner a la sombra, junto con el vino y un tonel con hielo que me van a mandar del bar. Alquilé en el pueblo un montón de mesas y sillas. Vendrá un amigo de Julio, guitarrero y cantor. No me cobra, lo hace de puro gaucho.

Al contarme sus proyectos, sus ojos chispeaban de gozo y sus manos huesudas y arrugadas marcaban una danza de mariposas arrastradas por ráfagas sucesivas. Se le había abierto la sonrisa manchada de tabaco y sus dos hoyuelos formaban largas arrugas que le cruzaban las mejillas. Imaginar el placer es más regocijante que vivirlo, porque no lo enturbian los dolorosos avatares de la realidad.

Antes del mediodía, como estaba previsto, habíamos colocado las estacas.

- Vamos a comer. Ya están encendidas las brasas, no tengo más que poner los chorizos y la carne.

Me sentí de buen humor al saber que mi almuerzo consistiría en algo más que un sándwich. Apoyó sobre la mesa una botella de vino mientras yo sacaba de mi bolsa un poco de jamón, queso, tomates y pan. Se había levantado una brisa indecisa, fluctuante y sobre todo helada. Me puse un pullover y una bufanda. Me miró de reojo, mientras removía el fuego con una rama.

- Si preferís llevo la carne adentro para comer, pero mientras se asa nos tomamos unos vinos y picamos algo aquí, junto al fuego. Traé los vasos.

El vino era bueno, no raspaba el gañote como el que nos daban en el boliche. Ni hablar de los chorizos rezumando una grasa espesa que nos impregnaba los labios y las manos, con perfume de especias estimulando el placer de morderlos calientes y crujientes sobre una rebanada de pan fresco. Sin apartar la vista de las brasas chisporroteantes, comentó al pasar:

- Pibe, creo que en el bar no fui muy expresivo, por eso te quiero agradecer el tiempo y el esfuerzo que me dedicás, casi sin conocerme.

A los veinte años se suele presumir de hombre, sin pensar que hay distancia entre un potro redomón y un caballo redomado. Sin reflexionar, le espeté:

- No soy tan pibe, voy para veintiuno.

- Para mí, sos un pibe. Mirame, tengo cuarenta y cinco años más. No digo que te vi nacer, pero te conozco desde que eras chico. A tu viejo, desde el sesenta y uno.

Me contó que mi padre iba de vez en cuando a discutir con él en el local de su sindicato en los años sesenta. En esa época, los dos eran delegados y papá no tenía todavía su empleo en el correo. Era conductor de tranvía. Lo dejaron cesante cuando desmantelaron las líneas de tranvías, en el sesenta y cinco. Quedaron desocupados varios miles. El viejo empezó a trabajar de peón de taxi hasta comienzos de los setenta; pasó del tranvía al taxi y del taxi al triciclo de cartero. Los años setenta fueron cruciales para el movimiento obrero. Desde el “Cordobazo”, todos estaban preocupados por la represión violenta.

- No sé si tu padre te ha contado algo de su actividad.

- No, habla muy poco y nunca de sí mismo.

Cuando probamos el toldo, miramos arrobados nuestra obra comprobando que se mantenía firme a pesar del viento recio que había empezado a soplar. Eran las cuatro y todavía no había oscurecido; me sobraba un rato largo y acepté su invitación para tomar unos mates.

Sentado frente a la mesa de algarrobo, lo vi encender el calentador, llenar de agua la pava y preparar el mate mientras esperaba que el agua estuviese a punto, bien caliente, pero no hervida. Me preguntó si lo tomaba amargo y le dije que sí, aunque hubiera preferido con azúcar. Me sentía más hombre con el amargo. Cuando trajo el primer mate, lanzó como al descuido:

- El trabajo urgente está listo. El resto tendré que hacerlo mañana.

- ¿Va a dormir aquí?

- No queda otro remedio. Hay que arreglar el techo del galpón, porque se me puede caer encima. Se ha quebrado una viga; no aguantará mucho tiempo. Compré una para apuntalar y otra para reemplazar la estropeada.

- No podrá hacerlo solo. Las vigas deben pesar una tonelada.

- Te olvidás que yo soy forzudo. Todavía me queda un resto.

- Es peligroso. ¿No hay nadie en el pueblo para ayudarlo? Yo tengo una cita con el gordo Murieta para salir a bailar esta noche.

- Dejémoslo así. Me arreglaré. Convencelo a tu viejo de que te acompañe, con tu mamá, por supuesto. Lo invité antes que a nadie, pero no me dio una respuesta firme.

- Él no sale más que para ir a trabajar y ella, como no sea a hacer las compras…¿Y usted, no tiene mujer?

Se tomó más de un minuto para contestar, ensombrecida la mirada por un parpadeo casi imperceptible que desmentía la pretendida concentración en el mate que estaba cebando.

- Tuve varias, pero nunca me casé. Cuando era joven, porque no tenía ganas de atarme. Más tarde, cuando envejecí, no encontré quien quisiera hacerse cargo. Ya ves, las mujeres te hacen falta cuando envejecés, pero hay que preverlo por adelantado. No tuve tiempo de pensarlo, con esa vida agitada.

- La de mi viejo también. Sin embargo, se casó y tuvo dos hijos.

Jerónimo cerró los ojos. Sentí que mis palabras habían removido en él un recuerdo doloroso. No se le notaba en la cara, donde sólo los párpados se habían movido, sino en ese mismo gesto de cerrarlos como si meditara mientras escondía una congoja. Al abrirlos, me confió:

Una vez estuve por casarme.

Con reticencia disimulada por sus maneras campechanas, me contó que fue en el setenta y tres, tenía unos treinta y cinco años. Era una época de efervescencia política. Había huelgas en Villa Constitución, es decir, en el cordón siderúrgico desde Campana a Villa Constitución, en la ribera del río Paraná. Estaba allí por encargo de los compañeros, para promover el apoyo y organizar la solidaridad con los huelguistas. Ella lo había acompañado a Villa Constitución porque era también una militante. Mi viejo, por ejemplo, era un trabajador que tenía militancia sindical. Él era un militante que, además, trabajaba. Tuvo que renunciar al empleo en la fábrica metalúrgica y la organización se hizo cargo de pagarle un salario. La estadía se prolongó hasta el setenta y cinco.

Al contar lo sucedido, las venas de su cuello se hinchaban como gruesos cables que atravesaran su garganta y una sombra había cubierto de ceniza sus ojos cansados. Su voz grave había perdido la resonancia diáfana, se había vuelto seca, abriéndose camino difícilmente entre los dientes apretados. Me dijo que se quedaron porque hacía falta reforzar las organizaciones obreras, especialmente después del 16 de marzo de 1974, en que las luchas obreras conocidas como "el Villazo", hicieron temblar a las empresas. Unos días después se había desatado una violenta represión. La ciudad fue tomada por cuatro mil hombres de uniforme, policías y gendarmes. Unos veinte militantes sindicales fueron asesinados y más de trescientos fueron detenidos. Ella se salvó porque se escondió a tiempo.

- ¿Por qué no se casó?

- Hacía tiempo que vivíamos en pareja. En Villa Constitución el trabajo era pesado. Teníamos allí un baluarte de nuestra organización y la cosa ardía. Nos levantábamos a las seis y no parábamos hasta las doce de la noche o más tarde. Cuando me detuvieron, ella peleó por mi libertad sin miedo y sin darse respiro.

- ¿Y por qué no se casó? Disculpe que insista.

- Mirá, otro día te cuento. Hoy prefiero hablar de cosas menos pesadas.

Mientras mateábamos, la tarde había crecido. El sol ya no resplandecía, oculto tras unas nubes plomizas. Desde la ventana se veían los yuyos inclinarse empujados por un viento frío e intermitente. La negativa de Jerónimo me había producido el efecto de una ventosa adherida a la garganta, que me chupara el deseo de hablar, de moverme, de recordar, de seguir allí, pero también de irme. Miré las matas vencidas, el paisaje de casas pobres esparcidas por la llanura amarillenta, el cielo gris atravesado por una luz tenue que moría mientras la noche avanzaba.

- Comprendo, para mí es como un cuento. Para usted, son recuerdos que le hacen daño. Empecemos el trabajo. Le ayudo a acarrear las vigas y a apuntalar el techo. Después me voy.

- ¿A qué hora pasa el último tren?

- A las diez, creo. Por ese lado no hay problema. En cambio, por el lado del micro... El último pasa a las ocho. Te quedan a lo sumo dos horas. Vamos.

A las nueve habíamos terminado de cambiar la viga. Ya no podía volver.

El viento se había llamado a sosiego, la noche estaba fría pero no agresiva. El farol “sol de noche” iluminaba con una luz azul intensa. Jerónimo lo había colgado de un gancho que pendía de una de las vigas del alero, donde se llenó de jejenes suspendidos en una nube incierta alrededor del resplandor, acompañados de moscardones, libélulas y mariposas nocturnas. Decidimos entrar en la casa. Perdido el último tren, era obvio que me quedaría a dormir. Jerónimo puso sobre la mesa el asado que había sobrado del almuerzo, un pedazo de queso, pan y la segunda botella de vino:

- Espero que te guste el asado frío, porque no hay otra cosa.

- Ya que me quedo, cuénteme lo sucedido cuando lo detuvieron.

- Ser detenido y golpeado no era una novedad para mí, pero esa vez un sádico se hizo una fiesta conmigo; me dieron picana y golpes hasta dejarme casi muerto. Quedé tan averiado que no pude, por mucho tiempo, valerme por mí mismo. Pasé un mes en el hospital, donde trataron de juntar los pedazos y salvar lo que pudieran.

Creyendo que no viviría, lo habían tirado en un camino de tierra, donde lo encontró un campesino que pidió socorro al hospital. Unos meses más tarde, gracias a los masajes y ejercicios, empezó a caminar normalmente. Estuvo en tratamiento unos dos años. Todavía lo martirizaban a veces los dolores y los riñones seguían afectados. Los primeros días en el hospital no podía mear.

- ¿Por qué se ensañaron con usted?

- Supongo que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran con los detenidos. Las motivaciones de unos y otros les interesaban poco; lo importante era el escarmiento. Los demás compañeros tampoco pagaron barato la osadía, todos fueron torturados.

Oyendo esas atrocidades yo meditaba sobre su pasado. Cuando interrumpió su relato, sin reflexionar, retomé el tema en suspenso:

- ¿Ella lo dejó cuando lo vio estropeado?

- Si me hubiera dejado, todo habría sido simple. No, insistió en cuidarme, visitarme a diario en el hospital, ocuparse de todas mis necesidades. Tuve que fingir que ya no la quería para que se fuera. Es que…

- La voz de Jerónimo se estranguló y un sonido que no llegó a ser sollozo salió de su garganta. Lo miré sin atreverme a buscar sus ojos por miedo de verlo llorar. La boca, contraída en un rictus desolado, hacía un esfuerzo por recuperar la dignidad, el dominio de sus emociones. De pie junto a la ventana destapó la botella de vino y sirvió dos vasos.

- La picana te la aplican en el cuello, las axilas, los testículos. A mí me dieron tantas descargas en los testículos que me desmayé. Allí fue cuando pararon, porque creyeron que me moría. Sobreviví, pero quedé inmovilizado e impotente. Los médicos no aventuraban un pronóstico sobre mi recuperación. ¿Qué podía ofrecerle a una mujer llena de vida, que se había encariñado conmigo hasta el extremo de dedicarme días enteros junto a la cama del hospital? Tuve que fingir que no me interesaba más, aunque ella era lo único que me quedaba.

El silencio que tragó sus palabras duró el lapso de una vida entera. Me maldije por haber provocado esas confidencias, por ser un idiota impulsivo. Terminé el vaso de un trago y seguí sin mirarlo, como quien recuerda una imagen ausente. Finalmente murmuré atribulado un comentario no menos torpe:

- Pero más tarde se recuperó y pudo seguir trabajando.

- Sabés, las secuelas de esas cosas duran más que el daño físico. Seguí en la brecha, pero nunca volví a ser la misma persona. Tampoco el país volvió a ser el mismo después de la represión sangrienta de los años setenta. Habíamos envejecido tanto, que estábamos irreconocibles.

Cuando terminamos de comer. Jerónimo declaró que era la hora de la lectura y me alcanzó “El Contrato Social” de Rousseau. En la ciudad tenía muchos más y me los prestaría a medida que los fuera leyendo. Después, abrió el cierre relámpago de los almohadones y sacó dos bolsas de dormir y dos almohadas. Esa noche me dormí tarde; no pude terminar ni una página del libro.

Los viejos aceptaron asistir sin oponer resistencia. El Gordo.

Murieta, su novia, la flaca Mecha y yo llegamos temprano, a eso de las siete, con la intención de ayudar a Jerónimo. Nos sorprendió encontrarlo rodeado de una banda de no menos de diez chicos de la villa miseria, que trabajaban afanosamente.

- Ellos también están invitados. Lo único que falta es colgar el toldo.

Los parroquianos conspicuos del bar cantaron presente sin excepción. Además, numerosos desconocidos o caras vagamente familiares. Para ese grupo de gente modesta, la fiesta fue fastuosa. Vino, asado y cuadril del mejor, chorizos, chinchulines, molleja, ensalada, postres ofrecidos por las mujeres de los invitados y un guitarrero con voz áspera y caudalosa que logró hacernos cantar a coro tangos, milongas, valsecitos criollos, cuecas, chamamés y todo el repertorio folklórico popular. Más tarde Jerónimo propuso bailar, mostrando un gramófono y discos de treinta años atrás. En ese aparato, que los más viejos llamaban “victrola”, sonaban como reliquias antiguas. Bailamos con ganas hasta entrada la noche. Vi bailar a mis viejos y se me presentó de repente la idea de que, en una época que no podía imaginar, habían sido como yo y mis amigos, jóvenes, confiados, no agotados ni huraños. Confundido, me fui a sentar bajo el olmo para recrear ese pasado ajeno arrancándolo a un tiempo que, a fuerza de compartir la evocación de Jerónimo, estaba incorporando a mi nostalgia.

El mismo año, entrado ya el mes de diciembre, mi padre me anunció que al día siguiente iría al hospital a ver a Jerónimo y me invitó a acompañarlo. Esa propuesta de salir juntos, la primera que me hacía desde que había dejado de ser niño, me sonó a presagio de tragedia.

- ¿Por qué no me dijiste que estaba enfermo?

- Lo pidió él. No quiere que los amigos se preocupen.

- Los amigos tenemos derecho a saber y a ayudarlo, si lo necesita.

- No hay nada ni nadie que pueda ayudar. El cáncer de riñón se lo operó el año pasado. Pero hay una metástasis que avanza y lo matará en poco tiempo.

- ¿Sabía que tenía metástasis cuando organizó el asado?
- El asado fue su despedida de los amigos. Gastó en eso sus ahorros.

Esa noche no pude dormir. Que Jerónimo se esfumara de mi vida después de una amistad de pocos meses me parecía un atropello contra la justicia, el afecto, mi vida que empezaba a despegar gracias a él. Me sentí sofocado por la impotencia. Me levanté y salí al aire fresco de la noche, a caminar, a respirar. Atravesé calles, filas de edificios dispares apelotonados en las calles del barrio. Crucé la vía del ferrocarril y encontré una plaza. Me senté en un banco a mirar las pocas estrellas que asomaban en la atmósfera contaminada de Buenos Aires y pensé que continuarían brillando a pesar de la muerte de Jerónimo. Cuando las lágrimas brotaron, finalmente, recordé las de él el día en que lo obligué a revivir el sufrimiento innoble de la tortura. Más tarde, al recibir en herencia su biblioteca con textos subrayados y glosados, supe que me había otorgado no sólo su amistad sino el amor que se da a un hijo en quien se depositan las esperanzas de continuidad más allá de la muerte.

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Poemas para apagar ho-guerras


Autores varios

Hermoso Despertar

Enrique Ojeda

Me piden que silencie mi voz.
Ahora,
¡cuando apenas acabo de encontrarme!...
Ahora,
cuando he oído por doquier;
mi voz altiva, mi grito irreverente.
Ahora cuando he visto por doquier mi alma entera hecha añicos !
Ahora,
cuando al fin me he dado cuenta de que existo...
Ahora,
cuando escucho el eco de la guerra imperialista, amenazar con saña los
sueños tuyos y míos.
Ahora,
cuando al fin he descubierto el horror y la desolación que espera a la
semilla que nacerá mañana.
Ahora,
cuando prefiero mil veces la muerte a seguir humillado por siempre.
Ahora,
cuando he descubierto cuanto soy capaz de dar por defender a mi
hermosa Patria grande.

9 Junio 2003 - Venezuela

****************
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A los niños que matan las guerras

María Cebrián Arévalo

In memoriam

Vienen los soldados, madre,
ayúdame, no te vayas;
me dan miedo sus fusiles
y sus rayos de metralla.

*
Quédate junto a mi cuna;
madre, mira a la ventana,
quizas los malos no lleguen,
tal vez los detenga un hada.

*
Madre,cuando me dormías,
te miraba embelesado,
imaginando que un día
podría andar de tu mano.

*
Nunca caminaré, madre;
ya los soldados se acercan,
ya forma ríos la sangre
de aquellos a los que encuentran.

*
Ponme tu mano en los ojos,
no quiero verlos entrar;
dicen que nos matan, madre,
para darnos libertad.

13 Septiembre 2003 -

****************

Vampiros

Jenny Wasiuk |

Y llegaron a la cima famélicos,
ávidos de poder,
insaciables,
voraces...
Y amputaron los brazos de las piedras
fabricando murallas
encerrando a los débiles...
Y derramaron las vidas ajenas
tiñendo de rojo la tierra fecunda
perforándole el útero
apropiándose de su negra sangre...
Y sembraron el hambre con macabro desprecio
Y quemaron las hojas sueltas de los sueños
y el humo arrancó lágrimas a los ojos del sol
que se apagó inerte,
y la luna devoró los girasoles.
Y enhebraron bombas con esquirlas de soberbia
que estallaron en sus corazones
dejándolos desiertos
de amor y de conciencia.
Y borrachos de poder desollaron las leyes
instaurando los despojos
en fétidos preceptos...

*

Y fue el hombre, mi hermano
el arquitecto del caos
el labrador de la devastación
el corresponsal del sufrimiento
el certero misil que dio en el blanco
en el mismo centro del planeta
amasando fortunas personales
y luego, cuando ya nada quede
¿hacia dónde irá para disfrutar de sus trofeos?
¿habrá otro planeta...?


10 Septiembre 2003 - Argentina

****************

Que no canten victoria

Jenny Wasiuk |

Que no canten victoria los vencedores despiadados
que no la canten victoriosos con la pus en sus ojos
ensangrentados en sus odiosas gargantas resecas
en sus malditos codiciosos afanes imperialistas
que no la canten porque suya también es la derrota
porque suyos son también los muertos putrefactos
suyos son los niños reventados
suyas también las mujeres mutiladas
las esbeltas mujeres sin rostro y sin vientre.

*
Que no canten victoria los victoriosos despreciables
ahogando sus dichas en pesadillas de aullidos
desgarrados los vencedores brutales.

*
Que no canten victoria, que no canten nada
los feroces asesinos de las almas de los niños
de los niños reventados de las mujeres mutiladas.
Que no canten victoria porque suya también es la
derrota.

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El huesito

Gustavo E. Etkin (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Me gustaban los shows de rock. Los brazos de las mujeres, levantados, se movían frente a los gimnastas del escenario y sus grititos, colores de humo, luces estallan, brillan, oscurece. Luz y oscuridad. Los brazos se levantan y balancean, algunos con las manos abiertas, otros con los puños cerrados. A veces paran en seco, como si una electricidad los endureciese de pronto, alguna picanita. Otros van parando despacio, y ni se nota cuando empiezan la vuelta. Suavecito. Otros, balancean y se ondulan al mismo tiempo. Parecen viboritas que van y vuelven. Y los que con las manos abiertas empujan el cielo para arriba.

Hay algunos que empiezan desde abajo, abren los brazos como Cristo y los cierran rápido, golpean las palmas con fuerza, parece que matan escarabajos, cucarachas, moscardones azules. Y otros apenas se rozan las manos, y los brazos caen suavemente.

Cada movimiento es diferente. También los brazos de aquel bosque vibrante son diferentes. Del hombro hasta el codo algunos son tubos rectos. Otros casi esferas, gordos. No se sabe donde termina el hombro y donde empieza el codo y la muñeca. Hay continuidad entre brazo, antebrazo y manos. No se pueden ver los músculos, que deben endurecerse y ablandarse bajo la piel.

Otros, en cambio, tienen partes bien marcadas, los músculos vibran, y casi se puede ver la sangre caliente entre las venas y las arterias, hasta las más chiquitas.

Hay brazos levantados más lejos de la cabeza. Son de hombre. Los de mujer están más cerca de la cara. Con excepciones, claro: esas mujeres musculosas parecidas a la horrible Madona, de hombros anchos.

Yo llevaba binóculos, y desde un lugar un poco alto (a veces haciendo equilibrio) miraba. Y cuando el show terminaba salía con el slip húmedo y empastado. A veces, con una mancha blanca en los pantalones. Una vez vi unos brazos distintos. Casi no había espacio entre ellos y una cabeza ovalada con largos pelos negros. Se movía con cierta indiferencia.

Me acerqué mirando con los binóculos, no podía dejar de mirar, entre los que saltaban y se balanceaban. Hasta que estuve frente a ella. O mejor dicho, atrás. Una cintura chiquita encima de su manzana arrogante. Sus caderas redondas. Casi no había espacio entre el largo pelo negro de su cabeza y sus bracitos levantados. Transpiraba. Las gotitas resbalaban, rodaban, humedecían su pequeña pollera. Omoplatos ondulaban su forma y donde terminaban, en medio de su espalda, una pequeña hendidura, un fugaz canal aparecía. Y entonces sobresalían sus vértebras, cordillerita que desaparecía en un valle misterioso y húmedo.

Su piel era oscura y muy suave. Abajo de ella empezaban los pelitos del antebrazo. Ahí, antes de terminar, al llegar al codo, eran algo más oscuros. Y sus manos abiertas acariciaban el aire.

La olí. Era dulce, de glándulas de mujer. Y olor a sobaco que venía de la pelusa de sus axilas abiertas.

La fui mirando bien de cerca, por alrededor, los otros nos apretaban. Sus orejas, su cuello liso que empezaba o terminaba entre la línea del borde de su cara ovalada y los pocitos de sus clavículas. Sus tetas eran grandes y altivas. Empezaban casi a la misma altura de sus pequeños hombros.

Se balanceaba con los ojos cerrados. Viajaba. Y sonreía con sus labios lisos, oscuros, anchos, suaves.

Me gusta tu olor, le dije.

Ella, sin abrir los ojos, como una ciega, me empezó a tocar. Me abrió más la camisa, metió la mano y la pasó por mi pecho, los hombros, la barriga. Abajo. Suave y despacio. Me recorrió los brazos. Después, siempre con los ojos cerrados, me empezó a oler por todas partes. A veces, donde estaba sudado, me lamía. Después paró, abrió los ojos y me dijo:-”A mi también me gusta tu olor. Y el gusto de tu agua”. Entonces le metí el dedo en los sobacos y lo aspiré con furia. Y me lo chupé. Ella también.

Nos olimos hasta los alientos de hambre. Nos tocamos y nos lamimos.

Todos se balanceaban apretados mirando el palco. Nosotros también, pero cogiendo. Le levanté la pollerita, me chupé la mano mojada, y me metí en una maravilla húmeda, jugosa, calentita, que me recibía con alegría. Era un paraíso que estaba de fiesta porque llegaba.

Y nos balanceamos balanceados en las luces y la noche, entre brazos y cuerpos sudados, entre gritos y guitarras, entre truenos y silencios.

Silencio. Necesitábamos silencio para darnos cuenta de lo que pasó. La saqué poco a poco, empujándola despacio, arrastrándola con cuidado, cuidándola con mis brazos, poco a poco, afuera. Ahí nos volvimos a mirar y nos preguntamos los nombres.

De noche un avión en el cielo es un puntito luminoso. Adentro hay esperanzas, miedos, odios, tristezas, aburrimientos. Ganas de coger y de matar. Historias. Un puntito. Igual que una estrella o una galaxia. Y hay billones y trillones de galaxias y planetas. ¿Cómo serán las cosas ahí adentro?. Y los agujeros negros que chupan todo, hasta la luz. ¿Qué hay del otro lado?. ¿Cómo pasar al otro lado ?. Yo soy astrónomo. Paso horas mirando por el telescopio, descifrando luces, variaciones de pequeñas rayitas, sonidos que vienen del infinito.

La diferencia de edad - yo tenía 40, ella 18 -no importó cuando me presentó a la familia. Un astrónomo, y además profesor de la facultad, garantían una relación seria y duradera, casi infinita.

Éramos novios.

Ella estudiaba medicina. Yo la llevaba y traía de la facultad. Y ella me contaba de la sala de anatomía. Los cuerpos cortados. Brazos, cabezas, piernas. Y sus compañeros revolviendo con pincitas, comiendo sándwiches, y queriendo levantársela.

Al principio estaba un poco celoso, pero después me tranquilicé. Era fiel. Solo conmigo podía hablar de lo que sentía cuando tocaba esos pedazos muertos. Cuando hundía sus deditos en los ojos, los metía en todos los secos agujeros sangrientos que encontraba. Solo a mí me podía contar su sorpresa por no sentir nada. Eran como pedazos de plástico, muñecos rotos. Solo a mí me pudo contar cuando, por fin, una vez sintió algo. Algo fuerte. No sabía si era miedo, susto, sorpresa o calentura, me dijo con dificultad, porque se dio cuenta que eso si, me ponía celoso.

Porque había visto un pelito, solo un pelito negro, largo, en un pedazo de hombro con brazo. Solo un pelito. Y ella imaginó que ese pelito fue tocado, mirado. Se habló de él. ¿Lo dejarían crecer?. ¿Era lindo?. ¿Lo cortarían?. Alguna mujer habría dicho que le gustaba. O que no. Y una vez sorprendió, porque el cuerpo estaba cambiando y llegaba la adolescencia (cuando el hombro aquel y el brazo no estaban cortados, claro, y el cuerpo estaba vivo).

Aunque celos no era la palabra.

Fue terrible. Aquel pelito la calentó.

-Entonces, ¿otros pelitos también te pueden calentar?, le pregunté desolado, desesperado, las lágrimas me caían despacio.

-Pero era el pelo de un muerto. Un pelito, solo un pelito que estaba en hombro de un brazo cortado en la sala de anatomía, llena de pedazos...qué importa un pelito ?

- Pero ese pelito te calentó

-No sé...era solo un pelito. No era de nadie. La otra parte del cuerpo no estaba, ni la vi. Debía estar por ahí, en pedacitos, cortada, mezclada con otras, para estudiarlas. Cortes especiales. O tal vez pudriéndose en algún lugar. O quemada...No me importó el resto del cuerpo, entendés!? Ni pensé como seguiría el hombro... la forma que tendría...nada. Solo el pelito, entendés?

- ¿! Pero no entendés que eso es peor ?!. Siempre decís que mis pelos te calientan.

-Claro, tus pelos

-Pero ahora me decís que te calentó el pelo de otro!!!

-¿Qué otro?. ¿No entendés que no hay otro?. ¡. ¿! Que está cortado, en pedacitos, podrido, quemado!!??

-¿! Entonces mis pelos te pueden calentar como los de cualquier otro, hasta los de un muerto!!!???

Yo lloraba y temblaba. Ella era un agujero negro y yo una mierdita intercambiable hasta con un pedazo de muerto.

Y ahí - nunca sabré si era verdad- me dijo que ese pelito la calentó porque le recordó los míos. Porque antes de conocer mi cuerpo no le importaban los pelitos en los cuerpos de otros hombres. Ni olía en cada parte, en cada recoveco, en la humedad de cada agujero, como en el mío.

Seguíamos siendo novios.

Nuestras familias se frecuentaban, se querían y se gustaban. Todos nos miraban con alegría porque, además, éramos lindos. Ella, ya dije por qué. Yo soy alto, frente grande, ojos castaños, serenos, cara proporcionada. Así como nuestras vidas, nuestras geometrías se complementaban.

Sabíamos eso, y hacíamos creer que nos amábamos por nuestras proporciones. Las mayores o menores distancias, las diferencias de suavidad en la superficie de la piel, la profundidad de los huecos y las hendiduras, el ímpetu o la timidez de las protuberancias, la continuidad de las curvas o su repentina transformación en ángulos.

Durante horas nos mirábamos desnudos, a veces callados, a veces describiendo cada parte, hasta con palabras nuevas. Porque entonces cada uno tenía que confiar absolutamente en lo que decía el otro. Y ahí, cada palabra era un bautismo. Un vino dulce muy antiguo que mareaba. Era lindo decirla y escucharla despacio. Y la decíamos como una sentencia de muerte. Pero era al revés, porque cuando teníamos la fiesta de encontrarlas o de inventarlas, hacían vivir la partecita que nombraban.

Sin embargo, no era únicamente aquel exterior lo que adorábamos en el otro. Eso hubiera sido solo la alegría de nuestras familias: -“Ellos combinan”. Nos complementábamos. Hacíamos: unabuenapareja. No. No era por nuestro exterior que nos amábamos desesperadamente (nuestras familias no sabían de esa desesperación). Nos amábamos sobre todo por nuestro interior. La geometría visible de nuestros cuerpos era solo la hermosa puerta, el llamado, el comienzo, el anticipo de un misterio. Abajo de las pieles, dentro de las superficies, entre ángulos y curvas, ondulaciones y bordes, había poros, agujeritos, secreciones, glándulas, sangre que circulaba. Y más abajo, bien adentro, los órganos que segregaban jugos, empujaban sangre, separaban células, absorbían, aprovechaban, expulsaban lo que no servía. Y fabricaban olores, fibras nuevas. Y la sangre que entraba por las glándulas y se transformaba en hormonas, esos juguitos especiales, uno para cada cosa.

Por eso nos olíamos y nos chupábamos y nos mirábamos. Queríamos ver y saber todo eso. Para adorarlo y meternos en el lugar donde se producía cada pelito, donde estaban los juguitos, donde todo eso funcionaba en secreto y en silencio. Donde se hacían los olores. Amar como a un dios cada partecita de nuestros interiores.

Entonces decidimos casarnos. Pero habría dos casamientos. Uno, para tranquilizar a nuestras familias, ella de blanco y tul, en la iglesia: un profesor de la facultad, astrónomo, y una estudiante de medicina. Otro, el verdadero, entre nosotros. Sagrado y secreto.

Compramos dos cartulinas blancas, comimos lo adecuado y después de unas horas, desnudos, agachados como las coyas cuando mean, cagamos en medio del blanco mirándonos a los ojos y agarrados de la mano. El sorete de ella era carnoso, una víbora marrón, brillante y calentita, palpitaba enroscada. Metí el dedo, la miré, y me lo chupé despacio. Su gusto amargo era dulce ambrosia, el secreto de una diosa. Ella hizo lo mismo con el mío. Y nos mirábamos.

Faltaba una semana para el otro casamiento. Las alianzas compradas, los regalos, la fiesta. Las familias preparadas. La iglesia elegida. Faltaba una semana, y ese día llamé y pregunté por ella.-”Murió, me dijo llorando la mucama.

No entendí nada. ¿Qué quería decir eso?. De pronto me hablan en otro idioma.

Poco a poco fui sabiendo. Ella estaba muerta. La encontraron a la mañana, con la almohada entre las piernas y chupándose el dedo.

Supe que murió con la almohada entre las piernas y tocándose la conchita, pellizcando rápido su pequeña pijita, el botoncito rosado, su clítoris, y pensando en mi como me contaba que siempre hacía. Y esa vez también se chupaba el dedo recordando nuestro casamiento secreto. Gozó tanto que su corazoncito no aguantó.

- “Parece una santa”, decían las tías.

- “Parece una virgen”, decía la madre.

Pero ella con los ojos cerrados sonreía, yo sabía porque.

El velorio fue en su casa. Iba a durar dos días. Entonces, cuando me dejaron solo con ella la puse en el suelo, le saqué la ropita y con el cuchillo y la tijera de podar (para el esternón) la abrí despacito.

De su nariz y su boca salió sangre, que chupé. Era un licor caliente y suave.

Aparté los pétalos de esa flor misteriosa.

Por fin la veía por dentro

Su corazón rojo fuerte. Sus pulmones rosados, algodones temblorosos. Su hígado, más oscuro y reservado. Su estómago, que tantas veces pintó mi semen por dentro. Sus intestinos, una víbora blanca, enroscada, aparentemente quieta.

Aparentemente sus jugos estaban quietos, su sangre inmóvil. Las secreciones habían acabado. Pero yo sabía que estaban empezando otros procesos, otros secretos empezaban a funcionar en silencio. La putrefacción sería consecuencia de eso, de químicas nuevas, otros átomos se estaban preparando bajo esa aparente inmovilidad. Y yo seguía adorando cada una de sus células, cada una de sus moléculas, todos sus pedacitos.

Rápido me saqué la ropa y me metí, y refregué mi pija entre sus intestinos, bordeando su hígado, sus pulmones, su estomago, su corazón. Eran todos caminos ondulados, suaves caricias todavía tibias que ella me hacía, bien adentro de ella.

Y me estaba disolviendo como nunca, sabiendo los secretos de ese agujero negro lleno de colores cuando sentí gritos:

- “¡Degenerado !!!”

- “¡Bestia !!!”

- “¡Animal !!!”

Y algo fuerte en la cabeza.

Me desperté atado a una cama. – “¡Quiero cagar!” grité, hasta que un enfermero me escuchó. Me trajeron una chata, pero yo dije: -“No, así no, en el baño”. Entonces llamaron un psiquiatra. – “Así es humillante”, le dije, “quiero ejercer mis funciones naturales como todo el mundo”, afirmé seria y serenamente. – “Desátenlo”, dijo el joven psiquiatra que debía ser progresista. Se acercó el enfermero con una camisa de fuerza. Estaban preocupados. – “¿Cómo voy a cagar con una camisa de fuerza?”, le pregunté al psiquiatra, “yo también soy un ser humano y tengo derecho a ejercer mis funciones naturales con libertad”. –“Está bien, está bien, no precisa”, respondió comprensivo.

Me acompañaron al baño, cerré la puerta, me senté, hice fuerza y salió el dedo.

Porque antes de todo, antes de abrirla, le corté un dedito. El del medio. Y me lo metí en el culo. Yo sabía que después, en algún momento, sería una catástrofe, que nadie soportaría descubrir nuestro secreto, la desesperación por nuestros interiores, que algo me harían cuando vean la verdad. Ella abierta y yo refregado y temblando entre su sangre, su mierda, sus líquidos, sus jugos, su secreta carne colorida. Nadie lo aguantaría.

Pero ahí en el baño yo tenía el dedo. Lo besé. Lo chupé. Cuanto lo amaba. Tenía que esconderlo. Siempre escondido. Me lo metí de vuelta y salí.

Se empezó a podrir. Entonces, a veces con disimulo en el comedor con un cuchillo, le fui sacando la carne. Y cuando estaba solo, a los mordisquitos, me la iba comiendo. Porque era la carne de ella, su gusto, sus fibras que las deshacía despacito con la lengua. Y eso era muy lindo, como todo lo de ella. Hasta que quedaron tres huesitos. No podía esconder los tres. Elegí el más grande.

Su forma es hermosa. Levemente curvo, arriba muy suave, abajo, por cada lado, dos surcos o hendiduras, caminos, bordes, que van de una punta a la otra. Eso cuando está acostado. Pero cuando queda parado, en pié, la parte de arriba son dos semiesferas con una hendidura en el medio. Un poco amarillas y muy suaves. La parte de abajo es más ancha, hundida en el centro como un lago seco que muestra su secreto, rodeado de un tenue borde irregular. En algunas partes tiene pequeños agujeritos, poros donde seguramente pasaban sangre, líquidos, pequeños nervios, tantas cosas.

Y tiene muchos colores. Varios tonos de amarillo, partes más oscuras, más claras, casi blancas.

Así que ahora tengo el huesito.

Está en un agujerito de la pared.

Entonces de noche, o cuando nadie me ve, me saco la ropa y me lo paso por el cuerpo. Porque este huesito de moléculas de calcio también tiene átomos, electrones, neutrones, positrones, partículas y sub-partículas, mundos, espacios, galaxias, tiene secretos, los secretos de ella, que me paso despacito por todo el cuerpo.

Adentro debe ser algo hueco, donde antes estaba su médula, que ahora en las paredes de ese hueco debe seguir estando en pequeñas partículas marrones o una suave capa de mucosa resecada, casi invisible.

Las paredes de ese huequito interior no deben ser regulares. Tendrán vueltas, recovecos, pequeños agujeritos.

Alguna vez lo voy a abrir y ver como es.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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