sábado, 29 de noviembre de 2008

Entrevista al grupo musical "Sobrevivencia", de Guatemala: "No deben existir barreras culturales"


Marcelo Colussi (desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La cultura maya es una de las más antiguas de la humanidad. Su legado cultural es fabuloso; pese a ello, por razones históricas diversas –colapso del gran momento de desarrollo hace ya un milenio, sojuzgamiento de los conquistadores españoles hace cinco siglos e invisibilización de su grandeza a partir del racismo que se construyó sobre esa conquista– esa gran civilización es bastante desconocida en la actualidad, habiendo quedado relegada en buena medida a una "curiosidad turística" para Occidente. Pero obviamente la cultura maya es algo mucho más potente, rica y compleja que un tejido típico, que un souvenir para "gringos" o una postal de una pirámide de piedra en medio de la selva. Si sobrevivió milenios, y más aún, sobrevivió el genocidio que significó la conquista de América a manos del "hombre blanco", sin dudas hay ahí un poderoso elemento vivo.

Unos cuantos muchachos de origen maya, todos guatemaltecos, fundaron en 1998 un grupo musical que busca rescatar las raíces musicales de sus pueblos. La propuesta es novedosa: además de recuperar su historia milenaria –usando instrumentos tradicionales y cantando en lenguas mayas– también incorporan elementos modernos. El resultado es el grupo "Sobrevivencia"(Bitzma), de quien aquí ofrecemos algún ejemplo de su trabajo. Argenpress Cultural, por medio de su corresponsal en Centroamérica, Marcelo Colussi, dialogó con ellos.

Argenpress: ¿Qué es el grupo "Sobrevivencia" y qué música hacen?

Sobrevivencia: Originalmente, hace 10 años cuando surgimos, el grupo se conformó con seis personas; actualmente somos cuatro: Jorge Xulem, en el bajo eléctrico, chirimilla y voz; Pantaleón Yupe Perén, percusionista y marimba; Henry García, en la batería; y Alex Job Sis, en la dirección musical. Siempre hemos mantenido el formato de cantar en idioma español y en mam, una de las lenguas mayas del actual territorio guatemalteco, hablada en la región de Huehuetenango. Empezamos cantando en mam, luego fuimos introduciendo canciones en otras lenguas mayas, como el achí y el kaqchikel, y pensamos seguir ampliando ese repertorio, incluyendo también temas en quiché. Surgimos de la calle. Éramos un grupo de jóvenes que nos juntábamos a jugar fútbol o básquetbol y a hacer actividades culturales, y así fue surgiendo la idea de formar un grupo musical. Un grupo distinto, no centrado en lo comercial. Nuestro idioma originario fue el mam, y eso constituyó toda una novedad: no se veía ningún grupo musical moderno cantando en lenguas mayas. Somos indígenas, y aunque vivimos en la ciudad capital, no dejamos de ser indígenas, por eso es tan importante mantener nuestra identidad cultural. De ahí que elegimos cantar en nuestros idiomas originarios.



En nuestro medio es muy difícil vivir del arte, y más aún de una expresión como la nuestra, que es una propuesta alternativa. No todos lo ven bien; para muchos esto es un simple objeto turístico. Pero nos parece que esto es una gran oportunidad, dado que en Guatemala hay mucha población indígena que quiere y necesita decir las cosas en su idioma materno. Con nuestra música nosotros llegamos a mucha gente, y la respuesta ha sido muy positiva. A partir de nuestra propuesta, que es la primera en fusionar música tradicional maya cantada en idiomas originarios con música contemporánea, han surgido otros grupos que buscan igualmente esa alternativa.

En nuestra propuesta no queremos dejar por fuera a nadie, por eso no sólo hay indígenas sino que también buscamos la participación de los otros pueblos que conforman Guatemala; por eso esperamos ir teniendo en el grupo la presencia de compañeros garífunas (afrodescendientes), así como ya tenemos mestizos.

Argenpress: ¿Cuál dirían que es la nota distintiva de la propuesta musical de "Sobrevivencia"?

Sobrevivencia: La raíz de nuestra música se basa en la espiritualidad de los pueblos mayas. En un principio queríamos que fuera un grupo sólo con integrantes de San Idelfonso Ixtahuacán, del departamento de Huehuetenango, todos de origen mam, pero luego fuimos abriéndonos e integrando otros elementos. Según nuestra cosmovisión, nosotros somos sólo una parte del universo, y lo bueno está en buscar la armonía dentro de ese universo. Por eso fuimos viendo que no era lo mejor estar encerrados en un pueblito sino que debíamos abrirnos y relacionarnos con otros elementos, con otras experiencias. No deben existir barreras culturales, por eso alimentamos la propuesta también con ritmos modernos. Todos estamos invitados a inspirarnos para decir cosas. Aquí todos componemos, y todos tenemos derecho de cantar lo que uno mismo compone. Luego todos alimentamos la iniciativa de cada quien, y esa es un poco nuestra propuesta: trabajar entre todos como una inquietud única del grupo, sin borrar las individuales.

La música tradicional de nuestros antepasados no se compone con miras a competir de músico a músico, con miras comerciales. La música se hace porque se siente, porque sirve para expresarse. El grupo eso es lo que busca; así inició "Sobrevivencia", y así queremos seguir estando. Sabemos que tenemos que comer, por eso nos damos a conocer en un medio que es tremendamente comercial. Pero no es el objetivo último de nuestra música. Nosotros no hacemos publicidad del grupo, y sin embargo en las comunidades siempre nos llaman para tocar. Buscamos que nuestra propuesta lleve un mensaje, que le deje algo a quien nos escuche. No nos preocupa tener un "hit".

Argenpress: Ustedes dicen que no debe haber barreras culturales, pero las barreras, de todos modos, ahí están: hay música "culta" y hay "música popular"; hay música comercial que vende más y le interesa a la industria discográfica y hay propuestas alternativas como la de ustedes, no comercial. Es decir: las barreras están. La discriminación está. ¿Cómo planteare superar las barreras culturales?


Sobrevivencia: Lo que queremos es vivir, no hacer negocio. Por supuesto que hay barreras, barreras tremendas. ¿Por qué cantan en idiomas mayas?, nos decían. ¿Por qué mejor no cantan en inglés? Pero no nos importaba, ni nos importa ahora. La intención es cantar, sacar lo que uno tiene adentro, cantar lo que sentimos, lo que vivimos, lo que miramos. Las barreras están, y probablemente siempre van a estar; pero nosotros queremos tocar con el corazón, que es adonde queremos llegar, sin que nos importen especialmente esas barreras. De verdad que no nos interesa entrar en el mundo comercial, pero sí nos importa y nos alienta que seguimos tocando con la gente en los pueblos, en las comunidades.

Dado que las barreras están, sin dudas, nosotros buscamos las fusiones, como una forma de darles vuelta a esas barreras. Nosotros fusionamos, por ejemplo, la música tradicional maya con el rock. Dado que el rock es una forma que hoy se ha popularizado mucho entre todos los jóvenes a partir de los medios masivos de comunicación, eso nos puede permitir llevar una propuesta de rescate de nuestras tradiciones con un formato que le llega a los jóvenes. No tenemos por qué avergonzarnos de nuestras raíces indígenas, pero eso fue lo que ha ido sucediendo en nuestra historia. Por eso nuestra propuesta trata de integrar ambas cosas, y la respuesta de los jóvenes es muy interesante, porque vemos que les gusta y la adoptan, la cantan, les llega. Comercialmente no tenemos un lugar elevado, es cierto, pero nosotros buscamos otra cosa: y en verdad nuestra propuesta llega a la gente, a los jóvenes indígenas. Poco a poco, sin que lo busquemos premeditadamente, se van saltando barreras. Nosotros no tenemos todo el dinero que se necesita para andar haciéndonos publicidad, andar grabando por ahí; pero no es eso a lo que apuntamos. Las barreras no se pueden romper quizá, pero sí se pueden ir saltando.

Argenpress: Esta entrevista la van a leer, y las canciones que la acompañan las van a escuchar, poblaciones que no están quizá muy interiorizadas con la cultura maya y con la historia de discriminación, de racismo, que hay implícita allí. Para ese público en especial, ¿qué dirían?


Sobrevivencia: Los larguísimos años en que nuestras tradiciones como pueblos mayas han venido sobreviviendo nos pone a nosotros ante la responsabilidad de buscar una armonía, nos pone ante la propuesta de ir más allá de la discriminación. Nosotros no rechazamos a nadie porque no sea maya; eso no existe en el grupo. La armonía, el entendimiento, el no discriminar a nadie, tiene que ser el principio que nos permita vivir a todos. Como decíamos: todos somos parte pequeñita de un universo donde todos tenemos nuestro lugar. Esa cosmovisión, esa búsqueda de la armonía universal, no es un patrimonio exclusivo de la cultura maya. Hay muchos pueblos que también mantienen ese punto de vista. En nuestra propuesta musical eso es lo que queremos transmitir.

Quiera que no, siempre hay barreras de todo tipo. Nuestra intención es buscar saltar esas barreras y, por ejemplo, poder llegar a integrarnos con otros grupos musicales indígenas que también hay en toda América y organizar conciertos entre todos. Lo importante es buscar esa integración. De hecho, por ejemplo, en Guatemala está esa integración, dado que aquí convivimos varios grupos étnicos distintos: los mayas, los garífunas o afrodescendientes, los xincas y los mestizos. Nuestra cosmovisión parte de la libertad, en todo sentido. Libertad y equilibrio, en el sentido de no arraigarse sólo a una cosa y depender sólo de ella. Por eso, como ejemplo, vale decir que estamos escribiendo una canción en inglés; prontito la vamos a lanzar. Para nosotros hacer música es como un juego, como el juego de un niño: es algo divertido, que nos gusta, que nos hace sentir bien.

Lo que alienta nuestra propuesta es, comparativamente, la planta de maíz, que hace parte fundamental de nuestra tradición como mayas. El maíz sirve para todo: para hacer comidas fuertes, para dulces, para hacer frescos, para bebidas espirituales, para combustible como quieren usarlo ahora. Es decir: hay que buscar la diversidad. Tenemos que mirar hacia la integración y terminar de una buena vez con las discriminaciones.

Si bien no tenemos un perfil comercial, podemos vivir de lo que hacemos. Vivimos de la música, y vivimos bien, que no significa darse todos los lujos materiales. Pero vivimos bien vividos con lo que hacemos. Aunque no nadamos en la abundancia ni cosa que se le parezca, podemos mantener nuestra propuesta, que es lo que más nos interesa.

Por el grupo pasaron varios compañeros, y si hoy "Sobrevivencia" sigue existiendo, es también por la energía que todos ellos fueron dejando, por eso queremos agradecerles su aporte a todos ellos.

Foto: Presentación del grupo musical "Sobrevivencia", de Guatemala.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

La pata de mono

William Jacobs

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez; el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.

-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.

-Mate -contestó el hijo.

-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, éste es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

-El sargento-mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.

-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.

-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.

-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.

-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular - dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?

-No sé -contestó el otro-. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

-Mejor que se queme - dijo con solemnidad el sargento.

-Si usted no la quiere, Morris, démela.

-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

-¿Cómo se hace?

-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

-Parece de las Mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.

-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

-Una bagatela - contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.

-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? - dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.

-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.

-Habrá sido tu imaginación, querido - dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza - dijo Herbert.

-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias - dijo el padre.

-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta - dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas - dijo al sentarse.

- Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.

-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

-Lo siento... -empezó el otro.

-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.

- Gracias a Dios - dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

-Lo agarraron las máquinas - dijo en voz baja el visitante.

- Lo agarraron las máquinas - repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

- Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

- La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

-Doscientas libras -fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.

-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

-La quiero. ¿No la has destruido?

-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

-Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

-¿Pensaste en qué? -preguntó.

-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.

-¿No fue bastante?

-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

- Dios mío, estás loca.

- Búscala pronto y pide - le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

-Fue una coincidencia.

-Búscala y desea - gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

- Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras...

- ¡Tráemelo! - gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta- . ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-¡Pídelo! -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso - balbuceó.

-Pídelo - repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

- ¿Qué es eso? - gritó la mujer.

-Un ratón - dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

- ¡Es Herbert! ¡Es Herbert! - La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

-¿Qué vas a hacer? - le dijo ahogadamente.

- ¡Es mi hijo; es Herbert! - gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

- Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.

-¿Tienes miedo de tu propio hijo? - gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

- La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

- Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara...

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo. *

William Jacobs: Humorista inglés nacido en 1863; muerto en 1943. Ha publicado: "Many Cargoes" (1896); "The Skipper's Wooing" (1911); "Sea Whispers" (1926)

* Fuente: W.W. Jacobs, "la pata de mono", en Antología de la literatura fantástica, por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, y Silvina Ocampo, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, pp. 209-220.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El G-20: como en una novela de Kafka

Edgar Borges (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En algún lugar estará Franz Kafka escribiendo la historia de una reunión de altísimo nivel donde los hombres (políticamente) más poderosos de la tierra intentaban salvar el planeta. Érase la reunión privada del G-20. Más allá, mucho más allá, el resto (millones) de la humanidad ignoraba (seguro que ignoraba) el sentido útil que esta reunión tendría para su vida cotidiana. Los años pasaban, el G-20 cumplía otra cita y los pueblos seguían girando (muy lejos de las claves secretas de la alta política) sobre una milenaria rutina (aparentemente) imposible de resolver. Seguro Kafka lo hubiese escrito mejor.

Resulta absurdo (y castrante) escuchar (y leer) la conclusión de la cita que el G-20 protagonizó el 15 de noviembre .Ya George Bush lo había advertido horas antes (el guión estaba diseñado) “por una crisis pasajera no podemos dejar a un lado cuatro décadas de progreso.” (¡Si pudieran hablar todos aquellos que no lograron resistir!) Libre mercado o libre mercado. Más lejos (del absurdo) fue Peter Wallison, destacado miembro del American Entempeise Institute, cuando aseguró que “los demócratas se equivocan al culpar de la crisis a la desregulación de los servicios financieros. En todo caso, este sector ha vivido desde los años ochenta un incremento de reglas.” (¡Qué le pregunten por los incrementos a las millones de familias destruidas -en el mundo- por las consecutivas crisis!) Capitalismo salvaje o capitalismo salvaje. No hay opción. Días antes, Mario Vargas Llosa (desde una acera muy lejana a la de Kafka) escribió que “el sistema no se halla en peligro y, por esa razón, no hay alternativa alguna al mismo.” Elemental mi querido Mario; el sistema no está en peligro, quien peligra es el pueblo de carne y hueso.

Ante estas y otras declaraciones, me pregunto ¿no tiene derecho el ser humano a plantearse otras alternativas de modelo social distintas a las que le han conducido al caos cotidiano y pragmático del día a día? ¿Qué ocurrió con la posibilidad de inventiva de la sociedad humana? ¿El sendero es uno y no hay derecho ni siquiera a suponer otros? Resulta lamentable el absolutismo social al que pretenden someternos los mismos creadores de la crisis; pareciera que el caso financiero hubiese sido provocado por una mano divina a la cual -por su invisibilidad- fuese imposible determinarle responsabilidad alguna. Por su parte, la izquierda internacional sigue (tiempo después) girando alrededor de las cenizas de la Unión Soviética; no hay discusión, no hay proyecto, no hay nuevos contenidos; sólo hay una izquierda (o ninguna) que observa (con la mirada cansada) desde la gradas cómo el capitalismo se reinventa a si mismo (yo soy la condena y la salvación).

Me cuesta creer que la especie humana tenga que vivir condenada (como en una novela de Kafka) a un modelo absolutista (de mercado) que sutilmente prohíbe el derecho (de todos) a imaginar nuevos modelos sociales. No me resigno a la idea de que estemos dentro de una rueda y, como si esto fuera poco, sean las manos de unos pocos las que nos den vueltas.

Edgar Borges es venezolano reside en España.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Unos elogian la vida, otros celebran la muerte


Eduardo Dermardirossian (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Después de escribir otros elogios, Joan Margall quiso escribir un elogio de la muerte. Tomó la pluma y comenzó así: “El mayor elogio que se puede hacer de la muerte es que no existe…” Sólo esta frase alcanzó a escribir, porque al día siguiente murió.

No temí que aquel hado volviera, ni que algún conjuro uniera mi destino al del poeta. Temí que el lector, después de tolerar mi Elogio del disparate, me abandonara. Porque podrá quedarse solo el que hace lindezas, pero el articulista no. El articulista, sabedor de que su afán durará un solo día, quiere vivirlo en compañía de su lector.

Estoy confesándote que yo también quise escribir un elogio de la muerte. Hice algunas anotaciones y luego desistí. Mandé a la papelera de reciclaje el archivo nuevo y de ahí lo eliminé para que no me tentaran los demonios. Y me apresuro a escribir este arrepentimiento para no volver sobre mis pasos.

• • •

Creo que la muerte ha ganado más elogios que la vida. La literatura épica, la patriótica, la lírica y amatoria la han exaltado, a veces hasta el delirio. Después de morder el polvo de la derrota, Héctor regresa a Troya consciente de que ahí encontrará una muerte que lo vestirá de luces. Dice: “No puedo concebir morir sin gloria” . Se sabe merecedor de la bella muerte, que implica a la vez la muerte gloriosa.

Desde entonces la muerte fue agasajada por los hombres. “Coronados de gloria vivamos / o juremos con gloria morir”, predica el himno argentino, y la versión moderna del armenio, que en esto sigue al texto original, enseña que “en todas partes la muerte es una / sólo una vez muere el hombre / pero dichoso el que da la vida / por la libertad de su patria”. Por su parte La Marsellesa pretende que los franceses están “menos deseosos de sobrevivirles [a sus mayores? que de compartir su tumba”. Y La Bayamesa, himno de Cuba, versifica así: “No temáis una muerte gloriosa / que morir por la Patria es vivir”.

Puedo ofrecer una explicación mitológica de esta vocación mortuoria. Cuando Dios creó al hombre le dio el atributo de la eternidad y le dijo que se enseñoreara de las cosas, pero le prohibió comer el fruto del árbol del conocimiento. Y el hombre, fiel al barro de su hechura pero no a su Alfarero, comió de aquel fruto. Fue entonces que Dios le quitó la eternidad y sólo le dejó los días. Lo condenó, pues, a la muerte y a la angustia de saberse muerto en vida, él y toda su progenie. Y abrumado por tan severa sentencia, para mitigar su dolor el hombre glorificó a la muerte.

También puedo ensayar una justificación estética. Después del castigo divino la vida y la muerte salen juntas de paseo. Fatigan los mismos caminos, visten iguales colores y no sabes cuál es una y cuál la otra. Ahora acuden al alumbramiento de un niño, luego a una boda, más tarde a un rito cualquiera. A las fiestas del carnaval y a la derrota en la batalla, a la consumación del amor y al funeral de una moza. Y no puedes elegir quién compartirá tu mesa.

• • •

Pero la muerte también fue negada. Einstein negó el tiempo, y negando el tiempo negó la muerte. Como ya lo dije una vez, cuando murió Michelle Besso le escribió así a su familia: “Ahora él ha partido de este extraño mundo un poco antes que yo. Esto no significa nada. La gente como nosotros, que creen en la física, saben que la distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión obstinadamente persistente” . Si la distinción entre el ayer, el hoy y el mañana es ilusoria, la muerte también lo es. La vida y la muerte no son estaciones del tiempo, son categorías de la conciencia. (He aquí un asunto que no puede ponerse en palabras porque el lenguaje, por ser sucesivo y manifestarse en el tiempo, es inhábil para nombrar lo intemporal.)

“Negados el espíritu y la materia, que son continuidades, negado también el espacio, no sé qué derecho tenemos a esa continuidad que es el tiempo”, escribió Borges. Así, soltó la mano de Berkeley y tomó la de Hume. Y como quien hace una travesura se inscribió en el partido de los negadores del tiempo. No de otra laya tituló Nueva refutación del tiempo al ensayo que guarda esa frase.

No sé si estoy fatigando al lector con estas cosas, no sé si estoy malogrando el espacio que buenamente me concede el editor. Pero creo que algunas veces conviene revisar las cosas que quedan arrumbadas en el desván, aquellas que la rutina esconde en los recovecos de la costumbre. Debajo de la maleza no verdea el césped, pero tan pronto desbrozas el terreno el fervor vegetal lo inunda todo y es entonces que la vida y la muerte se manifiestan y se pavonean sin pudor, quizá con la pequeñez de los átomos, quizá con la magnificencia de un dios. ¿Vale la pena hollar en el asunto?

Este sueño lo conté una vez y voy a repetirlo ahora. Me encontraba en el cementerio buscando una entre muchas sepulturas, creo que en compañía de algunas personas allegadas. Me senté para descansar y entre plantas y flores vi un sepulcro que llamó mi atención. Me acerqué para ver mejor y comprobé que sobre el mármol estaba escrito mi nombre y las fechas de mi nacimiento y de mi muerte: yo había muerto a los ocho años de edad. La experiencia onírica era vívida. Estuve de rodillas frente a esa tumba, besándola y llorando. Ahí yacía mi cuerpo y el que lloraba mi muerte niña era este que soy ahora. Conmigo había un pequeñito, niño o niña no lo sé, que lloraba también. Y en medio de esa congoja desperté y me apresuré a anotar el sueño para que el olvido no lo devorara. Contado desde la vigilia, aquella muerte es un registro de mi conciencia, una ficha almacenada en mi memoria. Pero si miro desde el sueño, mi vida es un devenir que sortea la condenación divina y se extiende más allá de mi muerte. O, si se quiere, es el muerto que pervive en el llorante. Carne de diván.

Dada esta experiencia, no menos vívida que otras de la vigilia, me pregunto qué es lo que merece alabanza, la vida que vive el soñador adulto o la muerte del niño sepulto. ¿O acaso es cierto que la vida y la muerte salen juntas de paseo, en la vigilia y en los sueños, y entonces no puedes elogiar a una sin elogiar también la otra? Carne de poetas.

• • •

Todo epitafio es un homenaje a la vida del muerto, al menos así debe entenderse la chacota póstuma de Nasreddín. Quiso que su sepultura fuera hornada con una puerta grande y robusta, clausurada con cerrojos inviolables. Y así se hizo a su muerte. Y según fue también su voluntad, nada había entorno a esa puerta, ni siquiera paredes. Aún hoy la sepultura existe en el cementerio de Aksehir. ¿Qué quiso significar Nasreddín con tan curiosa decisión póstuma? Quizá burlarse de la vanidad humana y denunciar la estupidez de quienes aspiran a tales honores. Pero hay algo más: esa puerta inútil es un homenaje, un elogio al hombre que recorrió la vida amonestando con chanzas a sus contemporáneos.

También elogian la vida los poemas que se cantan en el sur de Suramérica, a uno y otro lado de los Andes. “No quiero volverme sombra / quiero ser luz y quedarme” dijo Atahualpa Yupanqui, y Violeta Parra, que le dijo “gracias a la vida / que me ha dado tanto”, terminó arrancándose la vida porque no pudo “distinguir dicha de quebranto”. Es que el Alfarero, al amasarnos inmortales y luego castigarnos con la muerte, nos dejó perplejos.

• • •

Quiero concluir con una curiosidad. Los capitanes de la Real Academia Española votan cada diez años para decir qué novedades llevará la siguiente edición de su ilustre mataburros. El avance para la 23ª edición le ofrece al lector 20 acepciones y 85 formas compuestas de la voz vida, en total 105 significados. En cambio la 22ª edición presenta 6 acepciones y 32 formas compuestas de la palabra muerte, en total 38 significados. Al revés de los elogios, en el diccionario la vida le gana a la muerte. Si la vocación democrática de esos académicos es compartida por los hombres de este tiempo, entonces también los nietos y trasnietos de Adán desobedecerán la voluntad divina. Y como Baco, como Omar Khayyam, levantarán sus copas para celebrar la vida.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Por una causa que no está perdida


Liberto (desde Artevigo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace algún tiempo, en una película americana de las clasificadas como de serie "B" -no por esta razón de menor calidad que otras encuadradas en "series" supuestamente mejores-, de la cual no recuerdo el nombre, me llamó mucho la atención una escena en la que aparecían los dos personajes principales: mientras uno de ellos -herido de muerte al ser alcanzado por varios disparos- estaba recostado sobre unos escombros, el otro lo miraba con un sentimiento entre la compasión y la impotencia. En ese momento éste se acerca al herido de muerte y le dice: "Ya ves, para esto luchaste y diste la vida, para una causa que sabías perdida". El herido, casi sin voz, apenas sin fuerzas ya, alza la vista y le contesta: "las únicas causas por las que merece la pena luchar, son las causas perdidas".

Posteriormente he reflexionado bastante sobre el sentido y el alcance de esta singular declaración de principios y no he podido llegar más allá de otorgarle la categoría de frase pretendidamente ingeniosa del guionista -una más de tantas- y que se agota en su misma expresión. Desde mi punto de vista, y al margen de toda suerte de expresión literaria, uno se siente motivado al saber que lucha por una causa que no está perdida, por lo menos de antemano. Y ¿cuál es esa causa? En la genial novela "Memorias de Adriano", de Margaritte Yourcenar, en la traducción del también escritor Julio Cortázar -otro luchador por causas no perdidas- leí algo que concuerda perfectamente con lo que uno -con su lucha individual o colectiva- pretende conseguir. Esto es "aliviar lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitar las desgracias innecesarias. Cuando esto se haga realidad, siempre tendremos para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros ensueños; todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas".

"Aliviar lo mejor posible las servidumbres inútiles", que se puede traducir en la obtención de unas condiciones dignas de vida para lxs ciudadanxs del conjunto del Planeta Azul (alimentación, educación, sanidad, trabajo, vivienda, cultura...); y "evitar las desgracias innecesarias", que se lograría si prevaleciera la solidaridad frente al egoísmo, la generosidad frente a la mezquindad...

Por último, no estaría de más apuntar la recomendación que nos ofrece el poeta canario Antonio García Ysábal, inspirado en la profunda creencia de unir ética y estética como único camino digno a seguir por el ser humano si quiere continuar sobre este más que agónico y maltratado Planeta Azul: "Porque sólo la Justicia puede darle la mano a la belleza/ y salvar a la Tierra de su muerte Astronómica".

* Este artículo fue publicado en el "Diario de Las Palmas" el lunes 12 de abril de 1993. Los Lectores juzgaran la vigencia del mismo. Tengo tan sólo que añadir que lo único que he modificado es el encabezamiento de la columna, pues en aquella lejana época se llamaba DE ESTE LADO DEL PARAÍSO. Además, cuando lo escribí el poeta Antonio García Ysábal todavía estaba físicamente entre nosotrxs y ya muchxs saben que hace tan sólo poco tiempo que nos ha dejado solamente su inmensa obra poética y ensayística, para disfrute y conocimiento de nuestro mundo y de nosotros mismos.

Imagen: Antonio Berni. Manifestación. 1934.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Un divino mediodía

Eduardo Pérsico (desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Bajo un sol habitual en febrero, la inspectora de tránsito cumplía su tarea en la esquina más céntrica de Buenos Aires. Vestida con una blusa blanca sin mangas y una ceñida falda azul, subiendo y bajando de la calle la mujer ordenaba el paso de autos y personas, y cuando un muchacho se le acercó para hablarle al oído se apartó extrañada. Al repetirse el turno de circular autos él repitió el abordaje mirándola de frente y ella desviaría la vista por el descaro.

Al rato y al tiempo de un cruce de personas, el muchacho joven, de camisa abierta y pantalón ajustado que lucía su piel tostada, volvió a hablarle. Algo imprevisto le diría para que la mujer negara moviendo su mano derecha y le respondiera algo con una sonrisa leve. La escena se reiteró y por ahí, ya menos separados, ella se preocuparía por alguna idea intrusa y se los veía en una negociación acaso extravagante. En un turno de los autos el muchacho porfiaría en alejarla del lugar y hubo segundos tensos, demorados, hasta que con presteza los dos caminaron hacia un edificio sobre la misma vereda.

A la mujer una fuerza extraña se le impuso, subieron al primer piso como si fueran a cometer una travesura y en una oficina de ambiente sombreado; reflejo de una computadora encendida, un escritorio y dos o tres sillas separadas, la mujer pensó telegráficamente que su marido la mataría. Además que nunca había visto a ese hombre joven que comenzó a besarla, le ayudaba a quitarse la ropa y a transitar un territorio inesperado. El muchacho tomándole las nalgas quedó debajo de su barbilla y ella volaría en un aroma de novedosa piel, entregada íntegra al recibir la rotunda visita entre sus piernas. Un ritmo nuevo se le apropia y la erige desde la punta de sus pies desnudos, temblor que llega crece y se aleja cuando la boca definitiva del muchacho le saborea la boca. Entonces y los dos fuera del mundo, algún gemido fuga junto a palabras sin eco y el irrepetible y lacio abandono de lo definitivo.

Hasta separarse no hablaron. El muchacho quedó ausentado sobre la silla con las piernas desnudas y quitándose el condón, y la inspectora se vistió apremiada en volver a su tarea. Desechando pensar en su marido y que ella habría imaginado eso alguna vez.

Y quién sabe si al cruzarse en el infinito los dos precursores del encuentro no se felicitarían como siempre, sin palabras. El diablo con su canchero estilo de guiñar un ojo y dios, sencillamente, sonriendo con ganas.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Mi incapacidad para vivir el presente

Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Soy de esos que cierran el sobre antes de escribir la carta. O que se limpian el culo antes de cagar. Tratando de saltar etapas, quedo descolocado, siempre descolocado. ¿De qué se trata? De mi incapacidad para vivir el presente. Verán. Si está despejado, sin nubes, con sol, salgo llevando paraguas. ¿Por qué? Porque más tarde puede llover y no es cuestión que me agarre desprevenido. ¿Y si, por el contrario, está lloviendo? Salgo sin paraguas. ¿Por qué? Porque seguramente va a dejar de llover.

Y eso fue lo que sucedió la última vez: llovía, salí sin paraguas, me mojé entero, me enfrié, me dio gripa, mucha gripa. Así, pues, quedé descolocado y enfermo.

¿La causa de todo? Ya lo dije: mi incapacidad para vivir el presente. Ansiedad, así la llaman.

Marcos Winocur es argentino residen en México.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Cuento

Agustín Prieto (desde Argentina)

Tiré el papel donde había anotado la dirección. No había razón para conservarlo, pues el trámite que debía realizar ahí era excepcional, y seguramente no volvería nunca. Entré sin entusiasmo al edificio por una gran puerta verde y gris. Desemboqué en una recepción mezquina donde las pocas personas que circulaban aparecían y desaparecían como cucarachas emergiendo de sus refugios o precipitándose a éstos. Las pocas puertas parecían tramperas. A la derecha había un pasillo tenebroso, al frente una escalera. Yo no sabía el número del local procurado ni en qué piso se encontraba, y ninguna de las cucarachas parecía dispuesta a detenerse para orientarme. Tampoco había a la vista un despacho, una ventanilla, un escritorio donde pedir asistencia. Suspiré resignado. Un hombrecito de gris parado junto al pasillo oscuro parecía tener algo que ver con el lugar, y podría ser conserje, mandamás o un dios desocupado; pero como me pareció extremadamente antipático preferí arreglármelas solo. Curiosamente, no había ascensor, de modo que razoné que el edificio sólo debía tener dos o tres pisos, o cuatro, cinco a lo sumo. Pensé que no demoraría casi nada buscando esa oficina por mi cuenta. Sin especular demasiado me aventuré entonces por la escalera

Subí hasta el piso superior. Al llegar a éste me topé con un ambiente idéntico al que había abandonado, mucho más chico, sin locales y con la serpenteante escalera prolongándose adelante, a mi derecha; a su lado, la única puerta daba a un baño. Como no había ahí ninguna oficina, seguí hasta el próximo piso. Pero éste era una copia del anterior. Evité pensar demasiado en el asunto cuando me abalancé hacia el siguiente. Para mi sorpresa, ese piso, como los anteriores, seguía huérfano de oficinas o puertas reveladoras; ni un cartel orientador en la pared, nadie a quien recurrir. Subí otro piso con fastidio, donde encontré el mismo panorama. Me pareció insensata esa disposición en la que se sacrificaban tantos niveles de una manera tan extraña. Si las oficinas comenzaban en el siguiente piso, el edificio debía ser mucho más grande de lo que parecía, y no había ya razón para esa falta de ascensor. Igualmente seguían sin justificación aquellos pisos inútiles cuya única razón de ser era la escalera que los comunicaba, ya que los baños eran también inexplicables. Quién sabe porqué no me sorprendí demasiado al encontrarme con un panorama idéntico en el piso siguiente. Y en el siguiente. Y en el siguiente. Y en el siguiente. Continué subiendo como esas ratas de laboratorio que corren enceguecidas a ninguna parte hasta que perdí la cuenta de lo remontado. Entonces debí detenerme completamente exhausto, casi con miedo. Creo que me pregunté si no estaría soñando. Me senté al comienzo de la escalera que conducía al próximo nivel para recuperar el aliento. A mi derecha, la puerta del baño lucía como las demás un emblema azul y blanco donde dos figuritas grotescas pretendían simbolizar ciertas urgencias de ambos sexos. Pensé que aquel edificio era una obra de dementes. La excentricidad de un ingeniero loco. Ya no tenía voluntad para concretar la puerilidad que me llevó a ese lugar; me dije entonces que lo mejor sería volver a casa. ¿Cuántos pisos habría subido? ¿Treinta? ¿Cuarenta? La ignorada pero no humilde cifra me espantó, aunque no tanto como comprender que no me había tomado en serio esa pretensión de dar marcha atrás, ese desaliento transitorio.

Entré al baño a lavarme la cara y tomar un sorbo de agua. Mi reproducción en el espejo mostraba una determinación que dudé que ostentase el original. Apoyado en el lavamanos, no razoné acerca de la ya extinguida pertinencia o no de continuar buscando aquella oficina maldita, sino sobre la terquedad que me impulsaba a buscar una lógica, o una coartada que no parecía existir en ese lugar; porque el simple, aborrecido sentido común porfía que un edificio debe estar compuesto por viviendas o templos, por ejemplo; por gimnasios, academias, lupanares o clínicas; que tiene que estar dotado de cierta funcionalidad que le otorgue una razón para erguirse en la ciudad con su uniforme de cemento, en lugar de ostentar tal profusión de escaleras que dan a espacios muertos donde reinan sin gloria esos cubículos de deshonra privada. Me apresuré a hacer un esfuerzo y terminar con eso de una vez. Evitando pensar, me lancé a la escalera.

Los primeros minutos subía a grandes zancadas, sin contar los pisos y sin mirar atrás, urgido por llegar. Llegar, pero sin saber exactamente adónde. Cuando volvió a ganarme la fatiga, también me ganó la tentación de desertar. Pero la excepcionalidad de aquella aventura me impulsó a continuar. Concedí a la curiosidad una porción importante de mi empeño. Aún sin gran ahínco, me propuse llegar hasta el fin costase lo que costase, y no abandonar esa obstinación de cobayo. Volví a reposar otro par de minutos y a establecer una estrategia antes de partir hacia esa patria de ratas.

Las primeras reglas que me impuse aspiraban a la sensatez, como no mirar la hora (el reloj fue a dar al bolsillo), respirar adecuadamente, no forzar la marcha, mantener la espalda siempre derecha, tomarme del pasamanos y descansar al menor síntoma de cansancio.

Eliminé, al llegar a cada piso, la ansiedad de rastrear la deseada puerta que resolvería el misterio; eliminé la ansiedad de encontrar el cartel, la leyenda reveladora, el bienvenido merodeador del lugar. Continuaba subiendo con una irreflexión sabia, sin esperar nada más que ese sinfín infernal al que quería someter.

¿Y si fuese yo quien resultase vencido? ¿Cuánto tiempo podría resistir, no ya mi físico sino mi voluntad? Si ésta comenzaba a flaquear, también las facultades físicas le seguirían en la debacle. ¿Y los estímulos? Porque aparentemente no obtendría una gran recompensa en caso de triunfar. Y ni hablar ya de realizar aquel maldito trámite que me llevó al edificio. Adiós. Existía igualmente una esperanza, eso sí. Ni grandiosa ni diminuta. Una esperanza, y punto. Sólo la mantenía una fe que quién sabe si me acompañaría hasta el final. ¿Pero habría acaso un final? Puesto a especular, si aquello era una prueba, algo o alguien debía tramarla. Algo o alguien debía manejar los hilos que regían tal insensatez. Sometido este pensamiento a una concepción vulgar, yo estaba subiendo, ascendiendo... ¿A Su Reino? El Otro, en cambio, me condenaría a bajar a sus dominios, también sin medida y sin tiempo. Quizás, los Bandos que me disputaban habían acordado ya mi destino en su prolijo ajedrez. Tal vez subir no significaba en esta dimensión lo que yo suponía estar ejecutando, ni bajar su opuesto; ni arriba y abajo la fiel representación de meras palabras que aspiran a abarcar parte del espacio. Cuidado con esta especulación, me advertí. No tenía temor de profundizarla, pero preferí hacer hincapié en banalidades menos conflictivas que tanto dilema sin resolver.

Un olor inesperado me devolvió a la mal llamada realidad. Me detuve aturdido, pensando que ese olor a comida era tan desconcertante como aquel lugar en el que estaba viviendo una experiencia igualmente desconcertante.

Corrí escaleras arriba sospechando un banquete organizado por un comité de bromistas riendo como imbéciles y disculpándose por la chanza que me habían gastado. "Descanse", me dirían haciéndome sentar en una silla con un cojín disimulando una vejiga-pedorreta cuyo estruendo los haría estallar en carcajadas nuevamente. Evitaría aceptar algún galardón sospechoso, que podría albergar la broma aún más imbécil para coronar las ocurrencias de aquellos chacoteros lamentables. O quizás se tratase de una asociación de ciudadanos premiando al héroe que había llegado a una altura que difícilmente otro mortal hubiese podido alcanzar. De modo que esta es la recompensa, creo haber razonado. Hasta imaginé un discurso en mi honor. Una disertación en la que un notable destacaba mis virtudes cívicas, la férrea voluntad que el resto de la población debería esforzarse por emular, la perseverancia seguramente legada de los padres de la patria, el coraje que honraba a mis conciudadanos y los colocaba orgullosos a las puertas de la gloria, al tiempo que una mujer deslumbrante que me entregaba un diploma y un ramo de flores me invitaba sugerente a seguir montando. Ya prácticamente a un manotazo de distancia del banquete, próximo a la presunta recompensa, creí creer que los que manejaban los hilos estaban cansándose del esfuerzo que ni su condición omnisciente podía soportar.

Junto a la puerta de un baño me esperaba una cena o almuerzo. La asociación, el comité de bromistas, los Altísimos, o quién sabe qué heresiarcas habían dejado a mi alcance una bandeja con un plato en el que humeaba un robusto trozo de carne asada. La bandeja contenía también un pan, un tomate cortado en rodajas, un vaso de agua, una pera, cubiertos, un escarbadiente y una servilleta de papel. Hacía horas que estaba sometido a la tensión y al esfuerzo que me habían hecho despertar un apetito del que no había podido percatarme hasta el momento. Sin pensarlo demasiado me senté y despaché esa comida con voracidad.

Como no podía ser de otra manera, cuando sentí que había recuperado mis fuerzas, sin preguntas ni análisis ni cavilaciones me dispuse a seguir subiendo esa espiral eterna. Encendí mi último cigarrillo antes de continuar. Reconocí que ese tabaco que quemaba con morosidad era también la última oportunidad de reflexión que me concedía antes de meterme de cabeza en semejante desatino. Mientras abandonaba en un escalón el estrujado envoltorio de los cigarrillos y los fósforos y retomaba la marcha sentí una serenidad nueva. Listo, vamos, me dije incorporándome y tirando la colilla humeante en la escalera.

Horas después, en plena ascensión, sentí un cansancio profundo que me llevó a pensar en la manera de organizar el sueño. En la entrada de cada baño había un felpudo. Subí los pisos necesarios hasta reunir los felpudos necesarios para improvisar una cama. Me desplomé a dormir. Y dormí. Soñé que vagaba por una costa solitaria a la luz de la luna. Me seguía una mujer de túnica negra que cantaba en un dialecto de bárbaros extinguidos. A menudo emparejaba mi marcha y abría la túnica mostrándome su ombligo de niña, su piel olivácea, la cintura que convocaba mi sombra, esos pechos de zumo, su vientre de pandereta. El velo que le cubría el rostro no podía ocultar la sonrisa maliciosa que le estallaba en los ojos. A lo lejos divisé una barca que ganaba la playa desierta. Corrí hasta que no escuché más a la mujer a mis espaldas. Llegué junto a la embarcación que unos pescadores tatuados y calvos alejaban de las olas. Sentada sobre un ánfora, una niña con aspecto de princesa reía mostrándome una caracola. "Escucha", me dijo alcanzándomela. Me la apoyé sobre una oreja para oír lo que estaba a mi lado, pero de su interior llegaba la vieja canción que entonaba la mujer que había dejado atrás; luego escuché el sonido de una ciudad, con murmullos apagados y pasos, con el fragor del tráfico y pregones incomprensibles. "¿Entiendes ahora?", preguntó la pequeña ante mi decepción. "No", le contesté devolviéndole la caracola antes de partir.

Desperté como un soldado presto a lanzarse al asalto. Un puñado de almendras, un pan rebosante de miel y un vaso de leche me esperaban junto al lecho de felpudos. Así debe ser, creo que razoné despachando la refacción sin entusiasmo. Entré al baño a dar cuenta de mis miserias. Partí.

Repechaba el mármol con serenidad, fatalmente resignado a dejar mi vida en cada piso, porque no tenía más que manos desnudas y palabras inútiles para enfrentar al minotauro, a las sirenas, al argonauta, a la criatura que acecharía en el laberinto previsible. Pero no tardé en comprender que la única emboscada posible podría producirse en algún recodo de mi cabeza. Atención.

Arriba. Adelante.

Cuidadoso, prudente, no dije ni pensé cosas como "el otro día" ni "mañana", pues tan inútiles eran entonces ficciones como "el mes que viene", "anteayer" o "el año pasado".

Alumbrada con bombillas, sin ventanas ni tragaluces, en aquella estancia faltaba el concurso de la luz natural para llamar día al día y noche a la noche. El latido a pila que había fondeado en un bolsillo seguiría junto al muslo; así lo había decidido para ahorrarme cálculos, ansiedades y apuros. Por la misma razón tampoco contabilizaba los pisos ganados. Mejor no conocer la doble progresión, mejor no saber el resultado de peldaño más almanaque. Adiestrado para conocer o por lo menos intuir las proporciones de ambas dimensiones, conseguí evitar todo cálculo. En ese ambiente ascético y emparedado, claro, la rutina podía hacer estragos en la mente. Por eso, con no demasiado esfuerzo conseguí desarrollar algunos hábitos de preso, aquellos con que los reclusos intentan combatir las telarañas de la nuca. No quise bajar ni un solo piso, me lo prohibí terminantemente. Juré no retroceder ni un centímetro. Creo que sentí ser muy perspicaz por haber logrado esquivar algunos razonamientos inevitables; el frío de aquella montaña urbana, por ejemplo, además de la rarefacción del aire por la altura, deberían haberme liquidado. Prudentemente dejé éste y otros asuntos de imposible resolución en un saludable segundo plano. Pero no pude evitar que se me escapasen preguntas que no quería preguntarme. ¿Y los sirvientes o carceleros que me alimentaban? Había sentido la tentación de acecharlos, saltar sobre ellos para obligarlos a revelarme el secreto. ¿Y si fuesen unos desgraciados que como yo habían concurrido al edificio a realizar una gestión y quedaron también atrapados? ¿Y si fuesen unos autómatas programados para cumplir esa tarea y nada más que tan subalterna función? ¿Y si en caso de ser sorprendidos tuviesen órdenes de matar al intruso? ¿Y si con su complicidad organizábamos la fuga? Atención con los "y si", me decía una alarma sorprendentemente eficaz que interceptaba todo pensamiento de cierta profundidad. Atención.

El tiempo, al que no me atrevía a llamar por sus ahora abstractas referencias como "días", "minutos", "meses", etc., transcurría en mi propio tiempo sin la medida precisa de esas convenciones encerradas por el reloj y el calendario. Tampoco existían los centímetros, kilómetros ni la cantidad de pisos ganados; era adelante, era ahora. Simplemente adelante y ahora, pues mi vida se reducía a eso: subir; subir, descansar y comer.

La rutina sufría pocas modificaciones. Alternar el pasamanos, por ejemplo, para que ninguno de mis brazos se desarrollase más que su musculoso semejante. Como otra minúscula ruptura con esa vida uniforme, a veces, raramente, subía los escalones de costado, otras veces con una lentitud exasperante. Recuerdo haber subido a saltos. Creo haberlo hecho zigzagueando, corriendo y hasta arrastrándome.

Encontraba novedoso y hasta excitante esperar el crecimiento de las uñas para cortarlas a mordiscos y escupirlas en la escalera.

Debí abandonar mis zapatos cuando el desguace producido por millones de escalones los convirtió en un estorbo.

Advertí que mis muslos se habían endurecido y engrosado como los de un atleta.

Con una regularidad calculada, generalmente en los descansos, me sentaba en el suelo embaldosado del aposento, vaciaba morosamente mis bolsillos y veneraba los objetos que llevaba conmigo, aquellas naderías cotidianas que ahora rompían de alguna manera con la vida sistemática de mi nuevo mundo. Era fascinante hacer caminos, pilas, escaleras y pirámides con esa notable docena de monedas. La mujer del gorro frigio, el bosque de coníferas, el noble caballo, los monumentos nacionales; esa iconografía, en fin, que una corta imaginación acuñó en los disquitos de metal me parecieron entonces maravillosas obras de arte portátiles; antes trivialidades habituales, repudiadas por su continua frecuentación, las piezas de metal contante se volvieron dignas de admiración. Los billetes, menos aptos para la manipulación, sin la significación lúdicra de los redondeles de níquel, cobre o aleaciones, tenían de todas maneras su atractivo en la firma del secretario del Tesoro, en los números de serie, en las cifras, en los dibujos, próceres, colores, escudos, paisajes y en las leyendas que yo contemplaba extasiado. Mi llavero era apasionante; nunca aprecié tanto esa medalla de cobre que exhibía una gaviota torpemente esculpida sobre la inscripción "Recuerdo de Arenas del Sur" unida a una cadena de dieciséis eslabones que sujetaba una argolla aprisionando tres llaves doradas.

Hasta la despreciable carta que había llevado para el trámite en aquella trampa merecía toda mi atención. Comenzaba examinando el sobre. El remitente se anunciaba con un sello siniestro e ilegible. Otro sello del ahora privatizado correo era una leyenda que llamaba a proteger las especies en peligro de extinción. La dirección escrita sobre un marbete autoadhesivo tenía un error de ortografía, pues mi calle, Europa, no se acentúa en la o. Una de las dos estampillas pegadas con prolijidad en el extremo superior derecho exhibía una escena de la batalla donde las armas de la patria habían batido al pérfido invasor. En la otra, más pequeña, dominaba el retrato del noble profesional que había consagrado su vida a la alfabetización de los niños pobres. La carta doblada en dos pliegues era tan clásica como obvia. Dos errores de sintaxis, la omisión de un acento, un pronombre mal empleado y una h de más denunciaban irremediablemente la mala gramática del escriba P\aL, además de su pobre inspiración. Inventé otras formas de redactar el documento. Una de éstas era sintética y seca, despreciaba el barroquismo y evitaba toda ambigüedad, instruyendo con precisión, en dos frases, a acudir tal día a tal hora a hacer lo que tenía que hacer. Listo. Otra, más rococó, era infinitamente más larga, con fórmulas y cortesías tan poco sentidas como banales: "Muy Sr. Mío D. Fulano de Tal, por intermedio de la presente misiva que le enviamos a Ud. mediante la utilización de la vía postal, nos complacemos en extenderle nuestros más calurosos saludos y sinceros deseos de prosperidad, como también de éxitos en su vida personal y profesional, al tiempo que se le solicita quiera tener a bien hacerse presente en nuestras oficinas con el objeto de..." Había pergeñado otra que convocaba al libre albedrío del citado: "Si tal día a tal hora no tiene usted nada que hacer, si no lo espera una muchacha de ojos insuperables, si no siente deseos de ponerse a leer, cantar o vagabundear, ¿qué le parece si pasa a vernos, tomamos un trago y nos sacamos este asunto de encima?, ¿eh?" Estaba, en fin, la carta misteriosa, la prepotente, la incomprensible, la carta divertida y otras que inventaba en mi lucha contra las telarañas.

De haber contado con el tesoro invalorable de un lápiz, hubiese escrito profecías y mensajes sin cesar en las paredes; o hubiese escrito, en fin, todo lo que fuera posible escribir antes de fulminar ese lápiz por el uso y el abuso.

Esos objetos banales que ahora reverenciaba se convirtieron en grandes acontecimientos, exhibiciones privadas que organizaba espaciadamente, demorando el momento con inclemencia. Sólo el reloj, lleno de posibilidades y con el peligroso germen del tiempo seguía en el fondo de un bolsillo. Si éste salía de allí alguna vez significaba que yo había sido vencido en la guerra contra el Implacable, el que me devolvía en el espejo con el pelo y la barba cada vez más largos y grises; el que hacía hilachas de mi ropa y me llenaba la cara de surcos azules.

En una oportunidad, al sacar mis tesoros de un bolsillo, una moneda cayó de éste y se fue rodando hacia abajo, tomando velocidad en esos peldaños que yo había jurado no retomar. Me quedé atolondrado y espantado hasta que la vi desaparecer irremediablemente.

A veces pensaba en mi familia, si puede llamarse familia a unos tíos que había dejado de frecuentar, a una prima asmática que jamás soporté, o a un hermano que vivía de ilícitos. Pero me preocupaba, sí, mi pobre madre. Ella sabía que yo acudiría a esa oficina, y su alerta podría haber movilizado a una patrulla que estaría subiendo a mis espaldas, igualmente entrampada en su vocación rescatadora.

Muy pocos habrían notado mi ausencia: un comerciante a quien le debía algo de dinero; el señor Terett, el administrador de la inmobiliaria que me cobraba el alquiler; mi jefe en la sucursal de la compañía, aunque no el empleado que ocuparía ahora mi puesto; una mujer que creía amarme, otra que estaría rogando por mi absoluta desaparición; un anciano con el que siempre intercambiaba unas palabras en una plaza; un niño que se complacía en hostilizarme.

En una oportunidad, en el espejo del baño, percibí con bochorno mi reflejo envilecido por esa pasividad sin revuelta. Recuerdo que me justifiqué entonces indignamente, con cobardía, razonando elementalmente que no se veía por ahí el objeto de la insurrección.

Una vez, sólo una vez permanecí muchísimo tiempo entregado al ocio que juzgaba prudente evitar. Había entrado al baño a lavar mi ropa. Tras enjuagarla, la había exprimido y colgado de la puerta del apartado. Luego, sentado desnudo en el inodoro canté durante horas. Eran canciones anodinas, llenas de una extraña pasión, provenientes de un mundo lejano que ya no me pertenecía. Me pregunté si existían realmente esos personajes que las protagonizaban: predicadores, fantasmas, plomeros enmascarados, dementes, secretarias, héroes y farmacéuticos a cuadros. Pero habían existido, sí; yo había compartido su fiebre y su quebranto, había reído con ellos, y también, claro, había penado. Algunos me despertaron sentimientos encontrados; amé a muy pocos, detesté a la mayoría. Cuando dejé de cantar, lloré. Mi ropa seguía húmeda.

La comida que me dejaban los carceleros o sirvientes era invariablemente excelente. De cierta manera parecía ser una especie de premio que apreciaba y agradecía en silencio. Mi gran expectativa era especular sobre el contenido de la bandeja siguiente. El desengaño era siempre reconfortante. Imaginaba mariscos para encontrarme con pastas. Deseaba arroz y me sorprendían con puerco marinado en ron. Cuando mi fantasía era pescado me chasqueaban con legumbres fritas. Soñaba con aves cuando la bandeja rebosaba de quesos. Sentía antojo de huevos fritos y encontraba un plato sofisticado. Ambicionaba un churrasco y la comida era una especialidad china. Jamás acerté, pero esto no me ocasionaba la menor molestia. La variedad también era irreprochable, como la fruta de incomparable frescura, el vino sin comparación que se me racionaba con un juicio excesivo, y las golosinas y delicias que premiaban quién sabe qué cosa.

Hombre solitario, luchando sin halagos, envejeciendo sin árboles ni libros, alguna vez anhelé una mujer subidora con la que concebiríamos un hijo igualmente subidor. Pensé en una compañera animándome con palabras precisas entre piso y piso, una mujer con fortaleza para la ascensión y la misma obstinación de ratón ciego. Nos amaríamos en el rellano o en el baño, entre felpudos y baldosas. Preñada y sonriente, ella subiría apoyándose en mí, ajena también a la inevitable progresión. La distante cima que difícilmente alcanzaríamos sería tal vez conquistada por nuestro hijo; y hasta podríamos concebir un casal idiota como sus padres, simiente incestuosa para perpetuar una raza subidora, pertinaz y monstruosa que coronaría esa cúspide cuando el tiempo no significase ya nada para nadie.

Recuerdo haber pensado que todo podría estar más claro de lo que parecía. Que yo no había sido capaz de comprender que posiblemente las oficinas podían ser esos baños donde se realizarían gestiones cuyos códigos sólo eran conocidos por un puñado de iniciados de la secta. Entré entonces a buscar inspiración en el baño. Pero la luz lechosa, los inodoros, las canillas, el espejo, el jabón, las paredes blancas, todo, todo seguía ahí sin manifestárseme. La cifra de las baldosas y los azulejos, las infinitas combinaciones de ese ajedrez sin oponente tampoco me revelaron su secreto. Quizás no merecía mi torpeza conocer las palabras. Quizás éstas aguardaban disimuladas en algún lugar del Universo: en el relieve de una ola por romper, en un grano de maíz, en un tatuaje de uno de los pescadores calvos, en algún lejano cajón, en las filigranas de una pista de patinaje, en la lengua de un camaleón, ante mis ojos. Quizás el forjador de La Palabra, para preservarla de la impureza del azar, la habría pergeñado para que sólo un predestinado pudiese formularla. Quizás. Demasiados, sí, demasiados quizás. Basta.

Subía cuando oí el portazo, arriba. Me detuve paralizado por la sorpresa. Podía ser una ilusión, pero cuando segundos después me llegó nítido el rumor de unos pasos, no me cupo la menor duda de que algo o alguien se movía allá arriba. La Oficina. Escuché el murmullo de una conversación, más pasos que iban y venían, una risa apagada. Alguien comenzaba a descender con pasos lentos y seguros por la escalera. Otra vez el miedo que había olvidado. Posiblemente, pensé, debería esperar al bajante, ir a su encuentro y asaltarlo con mi odisea; preguntarle cómo era posible que un edificio tuviese miles y miles de pisos y miles y miles de baños donde había pasado mi vida; posiblemente debería preguntarle quién lo había diseñado, quién era el administrador, quiénes conformaban el consorcio, adónde estaba La Oficina, cuál era mi misión ahí. No, imbécil, son otras las preguntas. ¿Sería acaso un ser humano el que descendía? ¿El minotauro? ¿Una divinidad? No, tampoco eran estas las preguntas en ese momento. Y se acercaba. Venía hacia mí. Bajaba despreocupadamente. Se aproximaba sin respuestas. Más. Más. Ya comenzaba la sombra imprecisa a usurpar los escalones. Sólo sé que sentí pánico, un terror que me hizo abalanzar escaleras abajo rompiendo promesas, pisando uñas, un atado de cigarrillos aplastado, un par de zapatos rotos, esquivando bandejas con restos de comida y montones de felpudos, una colilla humeante, adelantándome a una moneda que rodaba, irrumpiendo en la recepción mezquina donde el hombrecito de gris estaba parado junto al pasillo oscuro.

Relato premiado en 2003 en el Premio Iberoamericano de Relato Breve Julio Cortázar.


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Llueve sobre Bagdad


Eduardo Palma Moreno (desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Quién les informará
de aquellos que mueren?
Sus cicatrices y muñones
les informarán”
(Bertolt Brecht)

En el horizonte lejano
-donde la luz se confunde con la pólvora-
los niños miran al cielo
en busca de respuestas.
El águila gira sobre sus cabezas
y los campos cosechan sus cadáveres :
el mañana no viene todavía
y el hoy parece incierto en la colina.
Las nubes no son de agua
ni el azul del cielo es permanente :
la guerra escribe su nombre aquí en Bagdad
y no hay tiempo de sembrar en el desierto.

“Le han arrancado la esperanza al mundo.
Se han erigido en el Nuevo Orden Mundial mis compatriotas”.
dirá el pobre Chomsky, avergonzado.

De Babilonia a Bagdad la cabeza de la Hidra escupe a la esperanza
y convierte en piedra oscura nuestros sueños.
La globalidad ha vuelto a sus orígenes :
regresiones obscenas de inciertas certidumbres
fobias latentes
nacionalismos regresivos
tribalismo intolerante
fundamentalismo de oriente y occidente –
“No os quejéis, ahora, del veneno de víboras alimentadas
por vuestra propia leche”, dirá el Gran Sultán.
Pero ya no alcanza la ley de Hammurabi
la venganza babilónica
ni la ley del Talión :
la espiral puede cercenar el cuello del Todopoderoso
y puede escasear el aire y finalizar la Historia.

En todo caso, una luz hace encender las piedras a lo lejos
y un niño desnudo separa los misiles lentamente :
el círculo ya se ha completado

y está estrictamente prohibida la entrada al Paraíso
hasta completar la nueva serie de otro Apocalipsis.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El niño nuevo en la escuela vieja es como un inocente en prisión. Hay que liberarlo para que vuele como los pajaritos sobre las montañas


Guillermo Guzmán (desde Venezuela. especial para ARGENPRESS CULTURAL)
El maestro dogmático es su carcelero

La sensación de llegar al tope y no encontrar conque tropezar, es compleja porque desbalancea al más pintao y lo deja medio turulato. Me gusta cuando ventea porque se espanta la plaga. Quisiera confrontar con los eruditos del escualidismo ilustrado pero, todos son “bate quebrao”, sesudos como una “vaca enzapatá”.

Debemos proseguir, en consecuencia, tratando de debatir con el pueblo sencillo, con los obreros, las alternativas del cambio necesario y profundo en la educación de los mocosos.

Querer aprender y no tener un modelo educativo, es una de esas situaciones. La vieja escuela no sirve de mucho, hay que rediseñarla radicalmente. Los maestros escuálidos, tanto como los dogmáticos-éstos, del bando que sean-no están en condiciones de hacerlo.

A los niños hay que educarlos desde una perspectiva política distinta, que confronte la realidad con las necesidades.

Por ejemplo, un niño puede ser zurdo pero si el pupitre donde él se sienta esta diseñado para otro niño de tendencia contraria, porque los gobiernos nunca se han preocupado en diseñar pupitres para zurdos, ahí hay una necesidad y eso hay que explicárselo al muchachito; eso es necesario porque entonces él toma conciencia de sus necesidades y de sus derechos, inclusive, puede participar en la solución del problema, si hubiese en la escuela un taller donde reparar pupitres. Cada escuela debe tener un taller.

Hay escuelas sólo para hembras y hay escuelas sólo para varones. ¿Qué es eso?- eso es antinatural porque impide la socialización del niño en una etapa en que es indispensable compartir para orientar la personalidad, apropiadamente. ¿Cómo es que un niño no va a tener cerca a una compañerita para aprender a desarrollar picardías, al menos picarle el ojo a alguna?

Por igual, ¿Acaso la niña no querrá echarle ojitos a un niño buenmozo?- ello es parte del desarrollo natural y la escuela debe facilitar el educar los sentimientos del niño.

Hay escuelas en manos de algunos curas, lo que es peor, porque el mensaje religioso es dañino, la educción religiosa castra facultades en el niño y lo llena expresamente, de temores.

Un proyecto educativo liberador no debe contraindicar los comportamientos naturales del muchacho. Un zurdo no debe ser obligado a usar su mano derecha ni viceversa, compulsivamente. Se le puede orientar para que use todas sus infinitas potencialidades humanas pero, eso es otra cosa.

Una hembrita no debe ser separada del amiguito varón por prejuicios ancestrales que la iglesia ha inculcado con la secreta estrategia de dividirnos para dominarnos. A la hembra para proscribirla, anularla, y al varón, para entrenarlo en obediencia ciega. Muchas veces, los curas orientan a trompadas a los niños, lo que no es un secreto y eso hay que condenarlo y desterrarlo.

Un muchacho que no quiera escribir sino, pintar, hay que dejarlo que pinte. Y, si lo que quiere pintar es una arepa en lugar de una hoja, bueno, que pinte lo que él quiera y felicitarlo. La inteligencia de un buen maestro debe estar para persuadir a hacer determinadas actividades ya planificadas pero, sin forzarlo. Con modo, todo se puede, es que el acto de aprender obedece a un contexto multidimensional y, un currículo diseñado mal, de seguro atrofiará las cualidades naturales del muchacho que aprende.

Un buen currículo nunca inducirá a un muchacho a ir a incendiar chaguaramos. Si esto ocurriese, es que ese bicho es maluco, no sirve.

El conocimiento y la fe son antagónicos e incompatibles, apoyarse en el conocimiento no es lo mismo que apoyarse en la fe. La fe, en cierta manera es una trampa-jaula y hasta puede contrariar el conocimiento, si se fanatiza. El pueblo lo sabe, puesto que predica que “A Dios rogando y con el mazo dando”, es que un poco de fe no intoxica si se le mantiene de bajo perfil con respecto al conocimiento.

Camuflado entre toda suerte de pretextos- la iglesia entre ellos -el imperialismo ha venido haciendo un trabajo silencioso destinado a borrar la memoria histórica de los niños venezolanos, para liquidar la fuerza de nuestra identidad y el reclamo de las más sentidas reivindicaciones populares. El currículo envenenado ha sido una de sus armas letales contra el pueblo venezolano. Muchas cosas aprendidas por los muchachos en la escuela, son inútiles para la vida práctica y, más que nada, son yugos. Así, un ingeniero sale de la escuela sin saber apretar un tornillo, pero es experto en leer manuales de la maquinaria gringa, en lugar de ponerse a inventar y meter la pata hasta crear algo, es que al gringo no le interesa que los muchachos nuestros asuman el camino de la liberación tecnológica.

Si un muchacho pasa cuatro horas en la escuela y veinte fuera de ella, prevalece el tiempo de estar en la calle y/o en la casa. En la calle opera un aprendizaje espontáneo pero, aprendizaje. Es que la gente aprende en todas partes si no está contaminada de prejuicios. Particularmente, en la casa puede haber acechanzas como el castigo y la televisión de pésima calidad.

Pero, ¿Cuál debe ser el objetivo de una apropiada educación?- el fin de la educación debe ser la felicidad-.

¿Qué son y qué pueden ser las cosas?- Todos quieren coger la fruta madura pero no todos se preocupan por echarle un poquito de agua a la matica. El tal currículo convierte a la escuela en una fábrica de obedientes y al maestro dogmático en un panadero. Eso debe cambiar y, al efecto hay que discutir entre la comunidad las orientaciones del tal currículo porque, sí lo dejamos en manos del maestro dogmático, seguiríamos entrampados en lugar de entrompar hacia una nueva dimensión política liberadora.

Debemos entrompar hacia el socialismo como única alternativa. Quienes siguen aferrados a, lo que es, como exclama a voz en cuello el escualidismo recalcitrante-“con mi niño no te metas”-seguirán estancados; nosotros, en cambio, debemos empeñarnos con mayor butría en, lo que debe ser. Y, esa es la gran diferencia.

Asumir el cambio prejuiciadamente, es una manifestación de ignorancia y tozudez. Cronistas españoles escribieron la historia a su favor, de modo torcido, entonces, nosotros tenemos que reescribir nuestra propia historia de manera correcta y reincorporarla, plasmarla en un currículo liberador.

Los adversarios ponen de por medio un matiz político de bajas dimensiones que perturba el desarrollo y la evolución sicológica y social del mocoso-en particular-con sus mensajes de miedos.

Si se les deja a esas “vacas enzapatadas” seguir decidiendo por el pueblo, estaríamos jodidos. Ellos sólo harían una corcha de retazos, remiendos por aquí y remiendos por allá, así que el propio pueblo debe tomar en sus manos la reorientación del modelo educativo y, discutirlo en el consejo comunal, que sí puede innovar radicalmente con gran sabiduría y, avalado por el avance de nuevas teorías científicas que apoyan la educación verdadera, educación para la vida.

Los escuálidos pugnan por una educación de terciopelo, a diferencia de nosotros que entrompamos por una educación liberadora en la que el pensar y el hacer tiendan a ser simultáneos. Cuando haya que enseñar a contar es mejor hacerlo con limones que con granitos de arroz porque es mucho más práctico y sencillo. Si hay que lleva a los mocosos al camión de la esquina o al mercado a contar limones, bueno, nada mejor que eso.

Los enfoques de un proyecto liberador para los niños del socialismo no deben ser definitivos sino, abiertos, incompletos pero evaluables a cada ratico, a cada avance significativo dentro del proceso. Que, de una a otra etapa, el tránsito sea gradual y no brusco, que se tome en cuenta prioritariamente, la necesidad y el interés del mocoso porque muchos de ellos viven en gran pobreza, lo que es como vivir en un hueco profundo desde el que, para salir, no basta tenderles una escalera sino que hay que bajar a buscarlo.

Cambiar la formación de los muchachitos no puede ser un capricho de clases sean cuales fueren, se trata de considerar necesidades que de no ser atendidas, acometidas en sus soluciones, nos anclaría a todos en el atraso y la caducidad, ello debe ser entendido por todos, si es que nos consideramos una sola patria.

Hay que explicarle a todos los sectores sociales, sin exclusión, los grandísimos beneficios de innovar.

No es bajo el nivel cultural del pueblo y elevado el nivel de la élite, por mera comparación comprobemos que el pueblo pobre respalda el gran cambio, inteligentemente; a diferencia de los jurásicos, que lo rechazan y descalifican y prefieren atarse al pasado funesto de la VI.(República)

Todo caduca cada cierto tiempo y los objetivos de la educación no son la excepción sino que, con mayor justificación, deben variare con el tiempo. Negarse a cambiar en una sociedad que cambia, es una estupidez ilustrada, muy ilustrada, ilustradísima, esa es la conducta de muchos maestros de la universidad, escuálidos y locos, sinvergüenzas.

Una sociedad en evolución demanda soluciones que el proyecto educativo debe prever. Sociedades distintas tienen alternativas distintas, inclusive en nuestro país, los fines que persiguen los escuálidos son diferentes a los nuestros, ellos persiguen ser esclavos del gringo imperialista y nosotros estamos decididos a ser libres, hay que enseñar en libertad pero, quienes quieran bajarse las pantaletas frente al gringo, que lo hagan.

Durante muchos años la educación de nuestro pueblo estuvo reducida a una primaria en ruinas, desatendida, inclusive Pérez Jiménez dejó comedores escolares que no prosiguieron cuando Betancourt, por todo eso y por más, nos alzamos pero fracasamos, hasta el advenimiento de Chávez.

Hay mucho por hacer pero, se hará. La educación liberadora que no tuvimos las viejas generaciones es una imperiosa necesidad para salvar a la revolución en marcha.

Los pasados gobiernos del pacto de punto fijo, para peor, asignaban a esa escuela decadente, necesidades que dicha escuela no podía resolver, es que le entregaba niños desnutridos y enfermos que desertaban, era una manera de acelerar la decadencia de la escuela pública para privilegiar la privada y asegurar la esclavitud de los menesterosos, todo muy planificado, igual como dejaron pervertir a Cadafe, a PDVSA, a todo, para privatizarlo. El puro neoliberalismo.

En una misma persona, los propios fines son cambiantes pero si se correlacionan, ello es muy natural. No hay que temer al cambio, particularmente, los niños viven en permanentes cambios en todas las facetas de su desarrollo social, psicológico y biológico y esos cambios demandan que se hagan ajustes, si se planifican en el proyecto educativo alternativas para atenderlos, orientarlos, no dejarlos solos sino ayudarlos, estaremos avanzando hacia el hombre nuevo.

Si el proyecto se diseña a espaldas de estas consideraciones, no se justificaría.

Insisto en apuntar que los niños deben ser educados desde una perspectiva política liberadora, recordemos que la vieja escuela orienta desde otra perspectiva política pero no liberadora sino esclavizadora.

Para un iluso de mi estirpe, la herida que duele es la de ver al pueblo esclavizado, no otra.

La vieja escuela trató de atraparme en su realidad ilusoria pero, yo me escapé de ella y le hice la señal de costumbre, con mi dedo índice; es que yo tengo mi versión propia de ilusión, tengo un sueño lindo, sueño ver jugar y correr a los niños del socialismo.

Nota: En “Carta para Gabriela” que está en la red, complemento en breves líneas lo que aquí pueda yo haber dejado por decir.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

El calor de la paz

María Cristina Garay Andrade (desde Argentina. especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Qué son estos nuevos cantares que percibe el alma mía?...
oyendo entonar a un coro escoltado por fuertes liras,
cantares que vienen de lejos, cantares de la lejanía...
es resonancia que conquista desplegando su energía.

El sol en su amanecer causa en mi vida el placer,
de sentir en los albores a los pájaros trovadores,
con sus tonos de matices volando a desayunar lombrices,
y es escenario el querer retener con alegría,
ese instante ¡que delicia!, que hasta mi piel acaricia.

La luz naciente del día desperezaba su melancolía,
el paisaje de los cielos comenzaron a correr sus velos,
de azules y blancos pintados, los espacios decorados,
el rayo del sol encontraba deleitada mi mirada.

La noche apagó sus linternas, ya no eran necesarias
la luna se escondió en el piso del horizonte cobrizo,
mi alma tranquila sentía en total armonía,
una suave voz que con amor de Dios declamaba,
era tan solo el calor de la paz cubriéndome con sus alas.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.

Aquella madrugada

Catalina Méndez (desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estaba casi, casi por dormirme.

Me había acostado última, luego de haber tapado a Luisito que dormía en el dormitorio contiguo.

Iba sintiendo como el sueño avanzaba mientras la sensación de cansancio desaparecía. El suave respirar de Pancho, a mi lado, ya dormido, me invitaba a la placidez compartida.

Un murmullo, lejano, quiso irrumpir, pero lo rechacé acomodándome mejor en el lecho. Como si eso bastara para que volviera el silencio.

Pero fue inútil.

El murmullo aumentó.

Eran voces, muchas voces.

¿De donde venían?

Traté de orientarme en la oscuridad.

Ubiqué que venían de la calle que corta mi cuadra y le decimos la cortada, aunque tiene un nombre que nadie recuerda y, en todos los barrios, cuando una calle se cruza en una manzana y hace su propio camino, cortando la lógica de lo que debe ser una calle, se le dice cortada.

Prendí la luz y miré el reloj. Eran las 3 y media de la madrugada.

Me levanté y espié por la mirilla del portón del garage.

Una multitud estaba en las puertas del Club que ahora tenía las luces prendidas y la gente estaba entrando.

Observé que lloviznaba.

¡Pero no puede ser que a la madrugada abran el club!-pensé- Aquí hay algo raro, será un festejo trasnochado, alguien del barrio se ganó el quini.

A la incongruencia nº 1, de lo que es una cortada, cosa que recién entraba en mi semi-razonamiento de semidormida (porque juro que despierta nunca lo había pensado), debía agregarle, esa noche, otra incongruencia nº 2:

Una multitud de gente entrando en el Club Social del barrio a la madrugada.

¿Que pasa con mi semi-estado que sigo encontrando incongruencias?

¡ENCONTRÉ otra! ¿Y, cual encontré ahora?

La del Club social., es decir la nº 3.

Porque nos hemos acostumbrado a que está en el barrio pero, no es ni un Club Social ni los vecinos del barrio acuden a él.

Tiene el rimbombante nombre UNIÓN PROGRESO Y LIBERTAD

No sé que es.

Tendré que averiguarlo.

El salón lo alquilan para festejos, aunque no todas las veces y hay que reservarlo con mucha anticipación.

No aceptan socios porque dicen que el reglamento no lo permite.

La mayoría de los días está cerrado.

Dicen que alguien lo donó para un ente de jubilados no para beneficiarlos sino para perjudicar a un heredero dudoso.

Sólo una vez, cuando mi Luisito tenía dos años, proyectaron, gratis, películas para chicos. Luego, nunca más y mi Luisito va por los once.

Tienen un cuidador que también vive allí.

Seguí mirando, hasta que entraron todos y cerraron el portón.

A la mañana, me enteré:

SANTA FE SE ESTABA INUNDANDO POR EL NORTE Y POR EL OESTE

La multitud que creí yendo al club a cerrar una noche de festejo, estuvo integrada por mujeres, niños y hombres que, mojados, ateridos de frío y sólo con lo puesto habían huido del agua que arrasaba los caseríos del oeste y del norte la noche del 29 de abril de 2003.

Pero el drama recién empezaba…

Decidí colaborar, con PAMELA, mi compañera de la escuela nocturna NOS enteramos que el drama era peor con los cirujas. Si se puede decir qué será peor en una multitud de gente desamparada sin techo, ropa ni comida.

El cuadro que se nos presentó fue goyesco. Si Goya hubiera conocido a los cirujas, lo hubiera pintado igual: La llama titilante de un fuego de ramas, la mayoría verdes, que estallaban en miles de chispas.

Era la única nota de color.

Todo lo demás, oscuro, triste. Mujeres, niños y hombres rodeando el fuego., acurrucados junto a ellos perros y gatos.

No muy lejos, los carros, sus aperos y los caballos.

El caso es que con ellos la realidad nos chocaba como un golpe bajo porque ver en un pedazo de tierra con determinada altura a un grupo de mujeres, hombres y niños refugiados alrededor del fuego con lo que pudieron salvar, era ver el abandono a su suerte de seres humanos, santafesinos, argentinos.

Habían atado a los caballos cerca de sus carros y la razón del porqué habían rechazado ir al refugio de la escuela o de algún club cercano revelaba el miedo al robo de los elementos que les permitía la precaria subsistencia: el carro y el caballo eran sus herramientas de trabajo.

Y, fue así que, Pamela y yo empezamos a llevarles el desayuno y la merienda. A tal fin cargábamos con tres termos cada una con chocolate, mate cocido o leche sola, según fueran las donaciones de mis vecinos y los vecinos de Pamela.

Cuando llegábamos nos saludaban con aplausos y palabras cariñosas yo era la doña o la tía y Pamela era la piba.

¿Alcanzaban los termos? ¡Por supuesto que no!

Teníamos que hacer tres y cuatro viajes a pié.

Mientras mi adorado Pancho atendía a mi adorado Luisito y a Pamela la esperaba su abuela con su cariño y su comida calentita.

- ¡Ayí vienen! –gritaba el primero que nos viera.

Una vez, en la charla informal me dijeron:

- Oiga tía, usté es muy buena con nosotro.

Pamela y yo les sonreíamos mientras escuchábamos sus diálogos.

- Usté no sabe doña lo que pasamo.

- ¡Ajá! ¿Cómo vamo a ir a vivir a lascuela? ¿y los cabayos?

- Lo pior fuernn los primeros días que nos cayó lagua.¡ No comimo dos día no comimo.

- Pa colmo la yuvia doña, no estuvimo atendidos no.

- ¡Avisá ché! ¿Y de cuando nosotros somo atendido? ¡ Si son todo iguales son!

- Si, todos iguales son. Dicen que nos visitan pero es mentira, se entrevistan con los diarios por la interné y despué dicen que nos ayudaron.

- Si, cierto é, lotro día un muchacho dijo que vió a uno de los político por la tele y que dijo que estuvo con nosotros y e una grandísima mentira, nadie vino nunca.

Un atardecer nos atrasamos con Pamela y volvíamos en la semi en la oscuridad, cuando nos paró un policía y nos dijo:

- Aunque vayan a ayudar, tengan cuidado al oscurecer porque tenemos orden de tirar a todo lo que se mueva.

Esa noche, lloré hasta dormirme.

Fue una experiencia que jamás olvidaré.

Hoy, cuando voy caminando por alguna calle y escucho un silbido, el trote de un caballo arrastrando un carro y un: ¡Chau tía¡ ¿como le va? Sonrío y contesto el saludo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.