sábado, 13 de diciembre de 2008

Un poco de música: la guitarra


ARGENPRESS

La guitarra es uno de los instrumentos más versátiles que existe. Derivada de otros instrumentos de cuerda como la vihuela o el laúd, es en España donde toma su forma actual, con seis cuerdas, luego del Renacimiento.

Actualmente hace parte de la música folclórica de numerosos países, tanto en la península ibérica como en Latinoamérica. E igualmente, hay una profusa cantidad de compositores académicos que le han dedicado célebres páginas en estos últimos siglos.

Para mostrarlo, hoy presentamos una obra maravillosa: "Variaciones sobre un tema de Mozart", del español Fernando Sor (1778-1839) –el "Beethoven de la guitarra", como se le ha dado en llamar–.

El tema original sobre el que se inspira la pieza es una melodía de la ópera "La flauta mágica", del genial compositor vienés Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Fascinado por la misma, Sor presenta el tema con cinco variaciones, de inigualable belleza así como de intrincada dificultad técnica para su ejecución.

La versión que ofrecemos es la del guitarrista británico Julian Bream.



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El rastro de tu sangre en la nieve


Gabriel García Márquez

Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para comprobar que los retratos se parecían a las caras. Nena Daconte era casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Ávila, su marido, que conducía el coche, era un año menor que ella, y casi tan bello, y llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir. Ahí estaba, además, el saxofón tenor que había sido la pasión dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor contrariado de su tierno pandillero de balneario.

Cuando el guardia le devolvió los pasaportes sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer, y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en Indaya, del lado francés. Pero los guardias de Hendaya estaban sentados a la mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada, y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias veces la bocina, pero los guardias no entendieron que los llamaban, sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el viento:
-Merde! Allez-vous-en!

Entonces Nena Daconte salió del automóvil envuelta con el abrigo hasta las orejas, y le preguntó al guardia en un francés perfecto dónde había una farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan que eso no era asunto suyo. Y menos con semejante borrasca, y cerró la ventanilla. Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se chupaba el dedo herido envuelta en el destello de los visones naturales, y debió confundirla con una aparición mágica en aquella noche de espantos, porque al instante cambió de humor. Explicó que la ciudad más cercana era Biarritz, pero que en pleno invierno y con aquel viento de lobos, tal vez no hubiera una farmacia abierta hasta Bayona, un poco más adelante.

-¿Es algo grave? -preguntó.

-Nada -sonrió Nena Daconte, mostrándole el dedo con la sortija de diamantes en cuya yema era apenas perceptible la herida de la rosa-. Es sólo un pinchazo.

Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las siete, pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia de la borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron seguir adelante. Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una pasión insaciable por los automóviles raros y un papá con demasiados sentimientos de culpa y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había conducido nada igual a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta su embriaguez en el volante, que cuanto más andaba menos cansado se sentía. Estaba dispuesto a llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite nupcial del hotel Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante nieve en el cielo para impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada, sobre todo por el último tramo de la carretera desde Madrid, que era una cornisa de cabras azotada por el granizo. Así que después de Bayona se enrolló un pañuelo en el anular apretándolo bien para detener la sangre que seguía fluyendo, y se durmió a fondo. Billy Sánchez no lo advirtió sino al borde de la media noche, después de que acabó de nevar y el viento se paró de pronto entre los pinos, y el cielo de las landas se llenó de estrellas glaciales. Había pasado frente a las luces dormidas de Burdeos, pero sólo se detuvo para llenar el tanque en una estación de la carretera pues aún le quedaban ánimos para llegar hasta París sin tomar aliento. Era tan feliz con su juguete grande de 25.000 libras esterlinas, que ni siquiera se preguntó si lo sería también la criatura radiante que dormía a su lado con la venda del anular empapada de sangre, y cuyo sueño de adolescente, por primera vez, estaba atravesado por ráfagas de incertidumbre.

Se habían casado tres días antes, a 10.000 kilómetros de allí, en Cartagena de Indias, con el asombro de los padres de él y la desilusión de los de ella, y la bendición personal del arzobispo primado. Nadie, salvo ellos mismos, entendía el fundamento real ni conoció el origen de ese amor imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo de mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los vestidores de mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había cumplido apenas dieciocho años, acababa de regresar del internado de la Châtellenie, en Saint-Blaise, Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con un dominio maestro del saxofón tenor, y aquel era su primer domingo de mar desde el regreso. Se había desnudado por completo para ponerse el traje de baño cuando empezó la estampida de pánico y los gritos de abordaje en las casetas vecinas, pero no entendió lo que ocurría hasta que la aldaba de su puerta saltó en astillas y vio parado frente a ella al bandolero más hermoso que se podía concebir. Lo único que llevaba puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y tenía el cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el puño derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano, llevaba enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y tenía colgada del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio con el susto del corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y habían roto muchas piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos pertenecían a la estirpe provinciana que manejaba a su arbitrio el destino de la ciudad desde los tiempos de la Colonia, pero habían dejado de verse tantos años que no se reconocieron a primera vista. Nena Daconte permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por ocultar su desnudez intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido. Ella lo miró de frente y sin asombro.

-Los he visto más grandes y más firmes -dijo, dominando el terror-, de modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes que comportar mejor que un negro.

En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen sino que nunca hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío le resultó eficaz. Lo único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la convalecencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Pasaron las tardes difíciles de junio en la terraza interior de la casa donde habían muerto seis generaciones de próceres en la familia de Nena Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano escayolada contemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio. La casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque de podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del barrio de la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas ajedrezadas donde Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el calor de las cuatro, y daba a un patio de sombras grandes con palos de mango y matas de guineo, bajo los cuales había una tumba con una losa sin nombre, anterior a la casa y a la memoria de la familia. Aun los menos entendidos en música pensaban que el sonido del saxofón era anacrónico en una casa de tanta alcurnia. "Suena como un buque", había dicho la abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por primera vez. Su madre había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no como ella lo hacía por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las rodillas separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la música. "No me importa qué instrumento toques" -le decía- "con tal de que lo toques con las piernas cerradas". Pero fueron esos aires de adioses de buques y ese encarnizamiento de amor los que le permitieron a Nena Daconte romper la cáscara amarga de Billy Sánchez. Debajo de la triste reputación de bruto que él tenía muy bien sustentada por la confluencia de dos apellidos ilustres, ella descubrió un huérfano asustado y tierno. Llegaron a conocerse tanto mientras se le soldaban los huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con que ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los días a esa hora, durante casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada atónita de los retratos de guerreros civiles y abuelas insaciables que los habían precedido en el paraíso de aquella cama histórica. Aun en las pausas del amor permanecían desnudos con las ventanas abiertas respirando la brisa de escombros de barcos de la bahía, su olor a mierda, oyendo en el silencio del saxofón los ruidos cotidianos del patio, la nota única del sapo bajo las matas de guineo, la gota de agua en la tumba de nadie, los pasos naturales de la vida que antes no habían tenido tiempo de conocer.

Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la casa, ellos habían progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para otra cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de inventarlo otra vez cada vez que 1o hacían. Al principio lo hicieron como mejor podían en los carros deportivos con que el papá de Billy trataba de apaciguar sus propias culpas. Después, cuando los coches se les volvieron demasiado fáciles, se metían por la noche en las casetas desiertas de Marbella donde el destino los había enfrentado por primera vez, y hasta se metieron disfrazados durante el carnaval de noviembre en los cuartos de alquiler del antiguo barrio de esclavos de Getsemaní, al amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos meses tenían que padecer a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena Daconte se entregó a los amores furtivos con la misma devoción frenética que antes malgastaba en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado terminó por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien, y con el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse mientras las azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras penas y más muertos de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo ellos sabían entonces, 24 horas después de la boda, que Nena Daconte estaba encinta desde hacía dos meses.

De modo que cuando llegaron a Madrid se sentían muy lejos de ser dos amantes saciados, pero tenían bastantes reservas para comportarse como recién casados puros. Los padres de ambos lo habían previsto todo. Antes del desembarco, un funcionario de protocolo subió a la cabina de primera clase para llevarle a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con franjas de un negro luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy Sánchez le llevó una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno, y las llaves sin marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el aeropuerto.

La misión diplomática de su país los recibió en el salón oficial. El embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la familia de ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas, que hasta las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a ambos con besos de burla, incómoda con su condición un poco prematura de recién casada, y luego recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo con una espina del tallo, pero sorteó el percance con un recurso encantador.

-Lo hice adrede -dijo- para que se fijaran en mi anillo.

En efecto, la misión diplomática en pleno admiró el esplendor del anillo, calculando que debía costar una fortuna no tanto por la clase de los diamantes como por su antigüedad bien conservada. Pero nadie advirtió que el dedo empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después hacia el coche nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al aeropuerto, y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado. Billy Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por conocer el coche que desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el Bentley convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El cielo parecía un manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento cortante y helado, y no se estaba bien a la intemperie, pero Billy Sánchez no tenía todavía la noción del frío. Mantuvo a la misión diplomática en el estacionamiento sin techo, inconsciente de que se estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de reconocer el coche en sus detalles recónditos. Luego el embajador se sentó a su lado para guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un almuerzo. En el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la ciudad, pero él sólo parecía atento a la magia del coche.

Era la primera vez que salía de su tierra. Había pasado por todos los colegios privados y públicos, repitiendo siempre el mismo curso, hasta que se quedó flotando en un limbo de desamor. La primera visión de una ciudad distinta de la suya, los bloques de casas cenicientas con las luces encendidas a pleno día, los árboles pelados, el mar distante, todo le iba aumentando un sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen del corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera trampa del olvido. Se había precipitado una tormenta instantánea y silenciosa, la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del embajador después del almuerzo para emprender el viaje hacia Francia, encontraron la ciudad cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se olvidó entonces del coche, y en presencia de todos, dando gritos de júbilo y echándose puñados de polvo de nieve en la cabeza, se revolcó en mitad de la calle con el abrigo puesto.

Nena Daconte se dio cuenta por primera vez de que el dedo estaba sangrando, cuando salieron de Madrid en una tarde que se había vuelto diáfana después de la tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado con el saxofón a la esposa del embajador, a quien le gustaba cantar arias de ópera en italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la molestia en el anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las rutas más cortas hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo inconsciente cada vez que le sangraba, y sólo cuando llegaron a los Pirineos se le ocurrió buscar una farmacia. Luego sucumbió a los sueños atrasados de los últimos días, y cuando despertó de pronto con la impresión de pesadilla de que el coche andaba por el agua, no se acordó más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el dedo. Vio en el reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus cálculos mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por Burdeos, y también por Angulema y Poitiers, y estaban pasando por el dique de Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a través de la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos parecían de cuentos de fantasmas. Nena Daconte, que conocía la región de memoria, calculó que estaban ya a unas tres horas de París, y Billy Sánchez continuaba impávido en el volante.

-Eres un salvaje -le dijo-. Llevas más de once horas manejando sin comer nada.

Estaba todavía sostenido en vilo por la embriaguez del coche nuevo. A pesar de que en el avión había dormido poco y mal, se sentía despabilado y con fuerzas de sobra para llegar a París al amanecer.

-Todavía me dura el almuerzo de la embajada -dijo-. Y agregó sin ninguna lógica: Al fin y al cabo, en Cartagena están saliendo apenas del cine. Deben ser como las diez.

Con todo Nena Daconte temía que él se durmiera conduciendo. Abrió una caja de entre los tantos regalos que les habían hecho en Madrid y trató de meterle en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la esquivó.

-Los machos no comen dulces -dijo.

Poco antes de Orleáns se desvaneció la bruma, y una luna muy grande iluminó las sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más difícil por la confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de vinos que se dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido en el volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque é le había advertido desde la primera vez en que salieron juntos que no hay humillación más grande para un hombre que dejarse conducir por su mujer. Se sentía lúcida después de casi cinco horas de buen sueño, y estaba además contenta de no haber parado en un hotel de la provincia de Francia, que conocía desde muy niña en numerosos viajes con sus padres. "No hay paisajes más bellos en el mundo", decía, "pero uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie que le dé gratis un vaso de agua." Tan convencida estaba, que a última hora había metido un jabón y un rollo de papel higiénico en el maletín de mano, porque en los hoteles de Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes eran los periódicos de la semana anterior cortados en cuadritos y colgados de un gancho. Lo único que lamentaba en aquel momento era haber desperdiciado una noche entera sin amor. La réplica de su marido fue inmediata.

-Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo tirar en la nieve -dijo-. Aquí mismo, si quieres.

Nena Daconte lo pensó en serio. Al borde de la carretera, la nieve bajo la luna tenía un aspecto mullido y cálido, pero a medida que se acercaban a los suburbios de París el tráfico era más intenso, y había núcleos de fábricas iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no haber sido invierno, estarían ya en pleno día.

-Ya será mejor esperar hasta París -dijo Nena Daconte-. Bien calienticos y en una cama con sábanas limpias, como la gente casada.

-Es la primera vez que me fallas -dijo él.

-Claro -replicó ella-. Es la primera vez que somos casados.

Poco antes de amanecer se lavaron la cara y orinaron en una fonda del camino, y tomaron café con croissants calientes en el mostrador donde los camioneros desayunaban con vino tinto. Nena Daconte se había dado cuenta en el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa y la falda, pero no intentó lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo empapado, se cambió el anillo matrimonial para la mano izquierda y se lavó bien el dedo herido con agua y jabón. El pinchazo era casi invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron al coche volvió a sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando fuera de la ventana, convencida de que el aire glacial de las sementeras tenía virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano pero todavía no se alarmó. "Si alguien nos quiere encontrar será muy fácil", dijo con su encanto natural. "Sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en la nieve." Luego pensó mejor en lo que había dicho y su rostro floreció en las primeras luces del amanecer.

-Imagínate -dijo: -un rastro de sangre en la nieve desde Madrid hasta París. ¿No te parece bello para una canción?

No tuvo tiempo de volverlo a pensar. En los suburbios de París, el dedo era un manantial incontenible, y ella sintió de veras que se le estaba yendo el alma por la herida. Había tratado de segar el flujo con el rollo de papel higiénico que llevaba en el maletín, pero más tardaba en vendarse el dedo que en arrojar por la ventana las tiras del papel ensangrentado. La ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche, se iban empapando poco a poco de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó en serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que aquello no era asunto de boticarios.

-Estamos casi en la Puerta de Orleáns -dijo-. Sigue de por la avenida del general Leclerc, que es la más ancha y con muchos árboles, y después yo te voy diciendo lo que haces.

Fue el trayecto más arduo de todo el viaje. La avenida del General Leclerc era un nudo infernal de automóviles pequeños y bicicletas, embotellados en ambos sentidos, y de los camiones enormes que trataban de llegar a los mercados centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso con el estruendo inútil de las bocinas, que se insultó a gritos en lengua de cadeneros con varios conductores y hasta trató de bajarse del coche para pelearse con uno, pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran la gente más grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más de su buen juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo esfuerzos para no perder la conciencia.

Sólo para salir de la glorieta del León de Belfort necesitaron más de una hora. Los cafés y almacenes estaban iluminados como si fuera la media noche, pues era un martes típico de los eneros de París, encapotados y sucios y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en nieve. Pero la avenida DenferRochereau estaba más despejada, y al cabo de unas pocas cuadras Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y estacionó frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y sombrío.

Necesitó ayuda para salir del coche, pero no perdió la serenidad ni la lucidez. Mientras llegaba el médico de turno, acostada en la camilla rodante, contestó a la enfermera el cuestionario de rutina sobre su identidad y sus antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le apretó la mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su lado, con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le hizo un examen rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la piel del color del cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le prestó atención sino que dirigió a su marido una sonrisa lívida.

-No te asustes -le dijo, con su humor invencible-. Lo único que puede suceder es que este caníbal me corte la mano para comérsela.

El médico concluyó el examen, y entonces los sorprendió con un castellano muy correcto aunque con raro acento asiático.

-No, muchachos -dijo-. Este caníbal prefiere morirse de hambre antes que cortar una mano tan bella.

Ellos se ofuscaron pero el médico los tranquilizó con un gesto amable. Luego ordenó que se llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir con ella cogido de la mano de su mujer. El médico lo detuvo por el brazo.

-Usted no -le dijo-. Va para cuidados intensivos.
Nena Daconte le volvió a sonreír al esposo, y le siguió diciendo adiós con la mano hasta que la camilla se perdió en el fondo del corredor. El médico se retrasó estudiando los datos que la enfermera había escrito en una tablilla. Billy Sánchez lo llamó.

-Doctor -le dijo-. Ella está encinta.

-¿Cuánto tiempo?

-Dos meses.

El médico no le dio la importancia que Billy Sánchez esperaba. "Hizo bien en decírmelo," dijo, y se fue detrás de la camilla. Billy Sánchez se quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de enfermos, se quedó sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se habían llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero cuando decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la llovizna, y él seguía sin saber ni siquiera qué hacer consigo mismo, abrumado por el peso del mundo.

Nena Daconte ingresó a las 9:30 del martes 7 de enero, según lo pude comprobar años después en los archivos del hospital. Aquella primera noche, Billy Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la puerta de urgencias y muy temprano al día siguiente se comió seis huevos cocidos y dos tazas de café con leche en la cafetería que encontró más cerca, pues no había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala de urgencias para ver a Nena Daconte pero le hicieron entender que debía dirigirse a la entrada principal. Allí consiguieron, por fin, un asturiano del servicio que lo ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó que en efecto Nena Daconte estaba registrada en el hospital, pero que sólo se permitían visitas los martes de nueve a cuatro. Es decir, seis días después. Trató de ver al médico que hablaba castellano, a quien describió como un negro con la cabeza pelada, pero nadie le dio razón con dos detalles tan simples.

Tranquilizado con la noticia de que Nena Daconte estaba en el registro, volvió al lugar donde había dejado el coche, y un agente de tránsito lo obligó a estacionar dos cuadras más adelante, en una calle muy estrecha y del lado de los números impares. En la acera de enfrente había un edificio restaurado con un letrero: "Hotel Nicole". Tenía una sola estrella, y una sala de recibo muy pequeña donde no había más que un sofá y un viejo piano vertical, pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los clientes en cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a donde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olía a espuma de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y con un rastro saludable de medicina reciente.

A Billy Sánchez no le habría alcanzado la vida para descifrar los enigmas de ese mundo fundado en el talento de la cicatería. Nunca entendió el misterio de la luz de la escalera que se apagaba antes de que él llegara a su piso, ni descubrió la manera de volver a encenderla. Necesitó media mañana para aprender que en el rellano de cada piso habla un cuartito con un excusado de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando descubrió por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro, para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el extremo del corredor y que él se empeñaba en usar des veces al día como en su tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente, controlada desde la administración, se acababa a los tres minutos. Sin embargo, Billy Sánchez tuvo bastante claridad de juicio para comprender que aquel orden tan distinto del suyo era de todos modos mejor que la intemperie de enero, se sentía además tan ofuscado y solo que no podía entender cómo pudo vivir alguna vez sin el amparo de Nena Daconte.

Tan pronto como subió al cuarto, la mañana del miércoles, se tiró bocabajo en la cama con el abrigo puesto pensando en la criatura de prodigio que continuaba desangrándose en la acerca de enfrente, y muy pronto sucumbió en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco en el reloj, pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer, ni de qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el viento y la lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena Daconte, hasta que pudo comprobar que en realidad amanecía. Entonces fue a desayunar a la misma cafetería del día anterior, y allí pudo establecer que era jueves. Las luces del hospital estaban encendidas y había dejado de llover, de modo que permaneció recostado en el tronco de un castaño frente a la entrada principal, por donde entraban y salían médicos y enfermeras de batas blancas, con la esperanza de encontrar al médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No lo vio, ni tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de la espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con leche y se comió dos huevos duros que él mismo cogió en el aparador después de cuarenta y ocho horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar. Cuando volvió al hotel para acostarse, encontró su coche solo en una acera y todos los demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la noticia de una multa en el parabrisas. Al portero del Hotel Nicole le costó trabajo explicarle que en los días impares del mes se podía estacionar en la acera de números impares, y al día siguiente en la acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban incomprensibles para un Sánchez de Ávila de los más acendrados que apenas dos años antes se había metido en un cine de barrio con el automóvil oficial del alcalde mayor, y había causado estragos de muerte ante los policías impávidos. Entendió menos todavía cuando el portero del hotel le aconsejó que pagara la multa, pero que no cambiara el coche de lugar a esa hora, porque tendría que cambiarlo otra vez a las doce de la noche. Aquella madrugada, por primera vez, no pensó sólo en Nena Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas del mercado público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado frito y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las goletas de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de trinitarias, donde serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a su padre con una pijama de seda leyendo el periódico en el fresco de la terraza.

Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde estaba a ninguna hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo y una rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el estorbo de sus tetas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete años, había entrado de pronto en el cuarto de ella y la había sorprendido desnuda en la cama con uno de sus amantes casuales. Aquel percance del que nunca había hablado, estableció entre ellos una relación de complicidad que era más útil que el amor. Sin embargo, él no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de su soledad de hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en la cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quién contarle su infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las ganas de llorar.

Fue un insomnio provechoso. El viernes se levantó estropeado por la mala noche, pero resuelto a definir su vida. Se decidió por fin a violar la cerradura de su maleta para cambiarse de ropa pues las llaves de todas estaban en el bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y la libreta de teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún conocido de París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había aprendido a saludar en francés y a pedir sanduiches de jamón y café con leche. También sabía que nunca le sería posible ordenar mantequilla ni huevos en ninguna forma, porque nunca los aprendería a decir, pero la mantequilla la servían siempre con el pan, y los huevos duros estaban a la vista en el aparador y se cogían sin pedirlos. Además, al cabo de tres días, el personal de servicio se habla familiarizado con él, y lo ayudaban a explicarse. De modo que el viernes al almuerzo, mientras trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete de ternera con papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien que pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabia dónde encontrar a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen providencial del médico asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No entró por la puerta principal sino por la de urgencias, que le había parecido menos vigilada, pero no alcanzó a llegar más allá del corredor donde Nena Daconte le había dicho adiós con la mano. Un guardián con la bata salpicada de sangre le preguntó algo al pasar, y él no le prestó atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre la misma pregunta en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza que lo detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de cadenero, y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le torció el brazo en la espalda con una llave maestra, y sin dejar de cagarse mil veces en su puta madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta, rabiando de dolor, y lo tiró como un bulto de papas en la mitad de la calle.

Aquella tarde, dolorido por el escarmiento, Billy Sánchez empezó a ser adulto. Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte, acudir a su embajador. El portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña era muy servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y la dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó en una tarjeta. Contestó una mujer muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo reconoció Billy Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por anunciarse con su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos apellidos, pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó explicar la lección de memoria de que el señor embajador no estaba por el momento en su oficina, que no lo esperaban hasta el día siguiente, pero que de todos modos no podía recibirlo sino con cita previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez comprendió entonces que por ese camino tampoco llegaría hasta Nena Daconte, y agradeció la información con la misma amabilidad con que se la habían dado. Luego tomó un taxi y se fue a la embajada.

Estaba en el número 22 de la calle Elíseo, dentro de uno de los sectores más apacibles de París, pero lo único que le impresionó a Billy Sánchez, según él mismo me contó en Cartagena de Indias muchos años después, fue que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez desde su llegada, y que la Torre Eiffel sobresalía por encima de la ciudad en un cielo radiante. El funcionario que lo recibió en lugar del embajador parecía apenas restablecido de una enfermedad mortal, no sólo por el vestido de paño negro, el cuello opresivo y la corbata de luto, sino también por el sigilo de sus ademanes y la mansedumbre de la voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez, pero le recordó, sin perder la dulzura, que estaban en un país civilizado cuyas normas estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al portero para entrar en los hospitales. "No, mi querido joven," le dijo. No había más remedio que someterse al imperio de la razón, y esperar hasta el martes.

-Al fin y al cabo, ya no faltan sino cuatro días -concluyó-. Mientras tanto, vaya al Louvre. Vale la pena.

Al salir Billy Sánchez se encontró sin saber qué hacer en la Plaza de la Concordia. Vio la Torre Eiffel por encima de los tejados, y le pareció tan cercana que trató de llegar hasta ella caminando por los muelles. Pero muy pronto se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que parecía, y que además cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se puso a pensar en Nena Daconte sentado en un banco de la orilla del Sena. Vio pasar los remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos sino casas errantes con techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el alféizar, y alambres con ropa puesta a secar en los planchones. Contempló durante un largo rato a un pescador inmóvil, con la caña inmóvil y el hilo inmóvil en la corriente, y se cansó de esperar a que algo se moviera, hasta que empezó a oscurecer y decidió tomar un taxi para regresar al hotel. Sólo entonces cayó en la cuenta de que ignoraba el nombre y la dirección y de que no tenía la menor idea del sector de París en donde estaba el hospital.

Ofuscado por el pánico, entró en el primer café que encontró, pidió un cogñac y trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras pensaba se vio repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos numerosos de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la segunda copa se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la embajada. Buscó la tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la calle, y descubrió que en el dorso estaba impreso el nombre y la dirección del hotel. Quedó tan mal impresionado con aquella experiencia, que durante el fin de semana no volvió a salir del cuarto sino para comer, y para cambiar el coche a la acera correspondiente. Durante tres días cayó sin pausas la misma llovizna sucia de la mañana en que llegaron. Billy Sánchez, que nunca había leído un libro completo, hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero los únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas distintos del castellano. Así que siguió esperando el martes, contemplando los pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin dejar de pensar un solo instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de orden en el cuarto, pensando en lo que diría ella si lo encontraba en ese estado, y sólo entonces descubrió que el abrigo de visón estaba manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo con el jabón de olor que encontró en el maletín de mano, hasta que logró dejarlo otra vez como lo habían subido al avión en Madrid.

El martes amaneció turbio y helado, pero sin la llovizna, y Billy Sánchez se levantó desde las seis, y esperó en la puerta del hospital junto con una muchedumbre de parientes de enfermos cargados de paquetes de regalos y ramos de flores. Entró con el tropel, llevando en el brazo el abrigo de visón, sin preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía estar Nena Daconte, pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar al médico asiático. Pasó por un patio interior muy grande con flores y pájaros silvestres, a cuyos lados estaban los pabellones de los enfermos: las mujeres, a la derecha, y los hombres, a la izquierda. Siguiendo a los visitantes, entró en el pabellón de mujeres. Vio una larga hilera de enfermas sentadas en las camas con el camisón de trapo del hospital, iluminadas por las luces grandes de las ventanas, y hasta pensó que todo aquello era más alegre de lo que se podía imaginar desde fuera. Llegó hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió de nuevo en sentido inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas era Nena Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la ventana de los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al médico que buscaba.

Era él, en efecto. Estaba con otros médicos y varias enfermeras, examinando a un enfermo. Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó a una de las enfermeras del grupo, y se paró frente al médico asiático, que estaba inclinado sobre el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos desolados, pensó un instante, y entonces lo reconoció.

-¡Pero dónde diablos se había metido usted! -dijo.
Billy Sánchez se quedó perplejo.

-En el hotel -dijo-. Aquí a la vuelta.

Entonces lo supo. Nena Daconte había muerto desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9 de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los especialistas mejor calificados de Francia. Hasta el último instante había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para que buscaran a su marido en el hotel Plaza Athenée, tenían una habitación reservada, y dio los datos para que se pusieran en contacto con sus padres. La embajada había sido informada el viernes por un cable urgente de su cancillería, cuando ya los padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en persona se encargó de los trámites de embalsamamiento y los funerales, y permaneció en contacto con la Prefectura de Policía de París para localizar a Billy Sánchez. Un llamado urgente con sus datos personales fue transmitido desde la noche del viernes hasta la tarde del domingo a través de la radio y la televisión, y durante esas 40 horas fue el hombre más buscado de Francia. Su retrato, encontrado en el bolso de Nena Daconte, estaba expuesto por todas partes. Tres Bentleys convertibles del mismo modelo habían sido localizados, pero ninguno era el suyo.

Los padres de Nena Daconte habían llegado el sábado al mediodía, y velaron el cadáver en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a Billy Sánchez. También los padres de éste habían sido informados, y estuvieron listos para volar a París, pero al final desistieron por una confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el domingo a las dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido cuarto del hotel donde Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de Nena Daconte. El funcionario que lo había atendido en la embajada me dijo años más tarde que él mismo recibió el telegrama de su cancillería una hora después de que Billy Sánchez salió de su oficina, y que estuvo buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg-St. Honoré. Me confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió, porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido con la novedad de París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a su favor un origen tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras él soportaba las ganas de llorar de rabia, los padres de Nena Daconte desistieron de la búsqueda y se llevaron el cuerpo embalsamado dentro de un ataúd metálico, y quienes alcanzaron a verlo siguieron repitiendo durante muchos años que no habían visto nunca una mujer más hermosa, ni viva ni muerta. De modo que cuando Billy Sánchez entró por fin al hospital, el martes por la mañana, ya se había consumado el entierro en el triste panteón de la Manga, a muy pocos metros de la casa donde ellos habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El médico asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las rechazó. Se fue sin despedirse, sin nada qué agradecer, pensando que lo único que necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien romperle la madre a cadenazos para desquitarse de su desgracia. Cuando salió del hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.

Gabriel García Márquez: Escritor colombiano, nacido en Aracataca en 1928. Uno de los más célebres literatos de Latinoamérica y del mundo. Su obra más conocida –"Cien años de soledad"– es hoy uno de los libros más conocidos y leídos en la historia. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1982.


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A propósito de Henry: Del "republicanismo bananero" a la crisis alimentaria


Vicent Boix (LA JORNADA)

En 1904, el escritor y humorista estadounidense O. Henry, publicaba su obra Cabbages and Kings, en la que acuñaba por primera vez el término “república bananera” (Banana Republic). Lo hizo para referirse a Honduras, ya que en aquella época hablar de república era como decir dictadura. ¿Se basaría Henry en la figura y obra del magnate bananero Sam Zemurray, que por esos años desembarcaba en dicho país para sembrar los bananos que darían vida a la Cuyamel Fruit Company?

Años antes de la inspiración divina de Henry, ya habían nacido la United Fruit Company y también Castle & Cook. Luego vendría la Dole, la Standard y otras. Entre todas transformaron países enteros en latifundios donde sembraban plátanos y otras frutas exóticas demandadas por el público norteamericano. Se arrasó con la tierra, con las formas de vida, con las personas y se configuraron los países en nombre de la agroexportación y de ese progreso insípido, inodoro e incoloro. Carreteras, puertos, caminos, leyes, monedas, comercios, subvenciones, embalses, títeres, ferrocarril, y represión, guerras y golpes de estado cuando hicieron falta. Toda la idiosincrasia de los pueblos prostituida en nombre del banano globalizador.

Fue precisamente en esas fincas donde se utilizaría en los años 70 el dibromo cloropropano (DBCP). Un producto químico peligroso que dejó a miles de personas enfermas y contaminó por años el medio ambiente. Su triste historia ha sido recabada por quién escribe estas palabras, en el libro “El parque de las hamacas”. El ensayo empieza con el prólogo del embajador nicaragüense en España, Augusto Zamora, que refleja la crudeza en la época de máximo esplendor del “republicanismo bananero”. Finaliza con un epílogo compuesto por una noticia fechada en noviembre de 2007, que anuncia la primera victoria judicial en Estados Unidos para nicaragüenses afectados. En medio los detalles, vicisitudes, alegrías y tristezas de un producto y de una época. Pero es sumamente curioso que, justo un siglo después de que Henry acuñara el inmortal término, afectados por el DBCP introdujeran una demanda en Estados Unidos que ganarían tres años después. La diferencia entre el prólogo y el epílogo es evidente. Cada uno representa una época y algo está cambiando ¿no creen?

Vistos los acontecimientos de los últimos años, sí, posiblemente algo esté cambiando. Estas empresas perdieron poder efectivo sobre los países y a la vez éstos, poco a poco, renunciaron ser el patio trasero de nadie. Aún así, también es muy cierto que si Henry pudiera resucitar y sentarse en su escritorio a la luz del candil, podría crear nuevas repúblicas para sus cuentos: “Las repúblicas sojeras”, “Las repúblicas independientes de los agrocombustibles”, “las repúblicas de la palma”, “las repúblicas eucalípticas”, “las repúblicas algodoneras” e incluso “la federación internacional de repúblicas modificadas genéticamente”. Tendría que limar la influencia de las agroexportadoras, otorgándola a terratenientes sin fronteras. También a monarcas y aristócratas horteras. Debería incorporar en sus historietas a la OMC, al FMI, mezclar bananos con tratados de libre comercio, ajustes y reajustes. Substituir dictaduras militares por democracias virtuales. En pocas palabras, le correspondería actualizarse.

Sin embargo, en lo que no debería hacer esfuerzo alguno (porque apenas ha cambiado en un siglo), es en comprender el papel de la tierra, del explotador y del humano del campo. Aún así, Henry difícilmente podría imaginar el actual exterminio planetario del agricultor tradicional. Menos un modelo que fuera globalmente más cruel y devastador que su “republicanismo bananero”, que permite especular con alimentos y que ha provocado 100 millones más de hambrientos. No podría comprender la velocidad con la que avanza la frontera agrícola, ni la impunidad reinante, ni la anuencia de la clase política. Casi que hubiera preferido no haberse levantado de su dulce morada, ahí dentro, calentito.

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¡Arriba las manos esto es la Navidad! - 13 estrategias de autodefensa para no sucumbir al chantaje publicitario "navideño"


Fernando Buen Abad Domínguez

El trineo de la mercancía navideña tirado por jaurías de publicistas.

Sin la publicidad, sin la complicidad de los gobernantes, sin la complacencia de los mandos clericales… el cometido mercantil de los festejos navideños naufragaría en las tiendas departamentales. Los mass media han secuestrado, en alianza con sinnúmero de socios, la "Navidad". Antes, durante y después del que se conoce como día del aniversario natalicio de Jesucristo, una vorágine mercantil se apodera del mundo y lo inunda con mal gusto, juguetería basura y música cursi al servicio de un episodio de expansión comercial cuya capacidad de penetración ha rebasado todo el límite. Y se lo promueve como logro moral del capitalismo.

Se trata de un ultraje navideño con juguetes, arbolitos, esferas, luces, moños y excesos de todo tipo. La "industria publicitaria" cumple su tarea ideológica, camuflada de cristiana, entrañable e inofensiva. Reino terrenal de sistema avasallante de producción publicitaria en éxtasis capitalista de objetos incontables y en plena crisis de sobreproducción. Nos inunda la publicidad, juega con nuestros sueños, planifica estrategias de ventas con bases materiales concretas y complejas, se hace de nuestras palabras y penetra nuestros campos imaginarios, nuestros deseos, nuestros apetitos, nuestras ambiciones… alienación que desgarra toda relación con la vida real para garantizar la usurpación del salario a cambio de baratijas de ocasión. "Noche de paz y noche de amor"… dicen.

Asalto ideológico penetrante que nos exige autodefensas para ayudarnos a desconfiar del oropel publicitario, interpretar correctamente las exageraciones y las ambigüedades, desnudar las trampas de la lengua burguesa. Aunque la tengamos metida en casa, la guerra ideológica emprendida por los mass media para hacernos compradores compulsivos de cualquier basura, debe ser combatida sistemáticamente y con los bolsillos del salario perfectamente cerrados.

13 ideas para cambiarle la suerte al salario de los trabajadores amenazado por los buitres de la publicidad navideña:

Celebrar sin fanatismo (celebréis lo que celebréis) No hay dios padre ni dios hijo que se ponga contento con llenarle los bolsillos a esos mercachifles dueños de la payasada mercantil que nos saquea los salarios.

No legitimemos las ideas y creencias del patrón ni de la clase a que él pertenece. No legitimemos los intereses de una clase dominante ni sus ritos ni su modo de vendérnoslos.

No nos dejemos extorsionar: los modos en que la burguesía celebra sus "fiestas navideñas" no tiene por qué ser imitada. No se es "débil", "feo", "perdedor", "pobre" o "tonto" si uno decide hacer con su dinero celebraciones totalmente distintas a las del burgués ostentoso.

Nada de lo que se anuncia la publicidad debe ser comprado si no corresponde a necesidades concretas de los trabajadores. Nada debe ser comprado bajo chantaje, vergüenza o imposición alguna. Se puede discutir abiertamente la compra de artículos o regalos para celebrar, analizarlo con amigos y compañeros de trabajo, comparar precios y hacer compras colectivas. Eso ayuda a no enfrentar en soledad las argucias de la publicidad para engañar y saquear el dinero de los trabajadores.

No comprar llevado por la idea de ser envidiado por todos. No permitir que manipulen nuestros deseos, instintos, antojos, afectos y cariños. Ningún juguete suplanta la relación personal, ningún objeto sustituye la solidaridad y el amor. Ni un solo peso a los manipuladores especialistas en propinar al pueblo golpes bajos para obligarlo a gastar en fetiches perversos.

La publicidad mercantil es la ideología de la burguesía, es el púlpito del capitalismo, no le creamos un ápice. No gastar en Navidad, más allá de lo racionalmente indispensable, no nos hace pecadores, insignificantes ni estúpidos. No dejemos que nos acomplejen.

Es mentira que con regalos se fortalece el afecto. De padres a hijos o de padres entre sí. Los hombres (trabajadores, obreros y campesinos) no dejarán de ser hermanos porque no gasten su salario en complacer a los publicistas. Que por su parte no son hermanos más que del dinero.

Es mentira que en la Navidad de los burgueses todos somos "hermanos", "hijos de Dios"… etc. En estas festividades la lucha de clases persiste y ningún comerciante dejará sus riquezas para beneficiar a los trabajadores, a quienes, por el contrario, esquilma y engaña ayudado por publicistas. Ni un centavo para ellos.

No hace falta emborracharse ni embrutecerse para ser felices. Tampoco se es feliz por gastar mucho dinero. Todavía hay muchos momentos de felicidad que son gratis. Cosa de ingeniárnoslas.

No dejarse "estimular" con las payasadas que inventan los publicistas empeñados en emocionarnos, sensibilizarnos, cachondearnos para que paguemos cualquier precio por cualquier basura.

Ninguna publicidad logrará garantizar "mayor poder sexual", "magia", "seducción"… los trabajadores no deben conceder ninguna credibilidad a quienes ofrecen paraísos imaginarios ni ilusiones mediocres. Todo lo que buscan es quedarse con el producto del trabajo, saquear lo que le queda al trabajador después de que el patrón ya ha esquilmado los salarios.

Cuestionemos y sancionemos socialmente la publicidad burguesa produciendo interpretaciones críticas y disidentes sobre sus dispositivos ideológicos y sus fines contra la clase trabajadora.

El salario de los trabajadores debe ser defendido por los trabajadores. Especialmente contra la publicidad burguesa.

El dinero o la vida (o las dos cosas):

La publicidad en épocas navideñas expresa también la urgencia mercantil de las empresas. Les urge vendernos todo y para eso no importa qué clase de canallada (con música sacra o escenas glamorosas) halla que inventar. Los patrones afilan sus colmillos con ayuda de publicistas para vendernos su ideología y su mercadería. El producto del trabajo convertido en un botín acorralado con artefactos, engañifas, tentaciones generalmente innecesarias, inútiles e inservibles.

Quieren nuestro dinero a como de lugar y quieren que lo entreguemos felices de la vida. Ese es su cinismo que mueve a risa por la ironía que se agudiza cuando se habla de "fraternidad entre hermanos" pero a la hora de quedarse con la mejor parte, la burguesía cierra las puertas de sus casas para que los pobres no entren a robar los juguetes caros de los niños ricos. Quieren vendernos cenas, viajes, cuentas bancarias, relojes, juguetes, bebidas… la ideología dominante desarrolla todo para intervenir en la conciencia de aquellos a los que somete y emplea el discurso publicitario navideño esencialmente para satisfacer la ansiedad de los patrones y sus "nichos de mercado".

El capitalismo con su publicidad actualiza perversiones mercantiles contra el proletariado a quien aplica un tratamiento diversificado entre la seducción y el desprecio, a lo largo del año, claro, pero muy especialmente en navidad. La clase trabajadora es acribillada desde los medios de publicidad para engordar los ingresos que la burguesía secuestra impunemente con cualquier pretexto. Ocurre una guerra abierta inter-burguesa, batalla entre empresas, caracterizada por la virulencia manipuladora de mensajes elaborados por especialistas de la canallada mercenaria.

La clase trabajadora sufre los estragos de esa guerra porque es la enemiga de clase, la fuerza que produce la riqueza y la fuerza a la que el capitalismo devasta saqueándole el producto de su trabajo hasta la ignominia. Navidad es un pretexto más donde las paradojas de agudizan porque la hipocresía burguesa es infinita, celebran el nacimiento de Cristo mintiendo y robando a diestra y siniestra. Hay que recordar aquello de la aguja y el camello y aquello de los mercaderes en el templo.

El discurso dominante se explicita en los valores de las compras. Los trabajadores son víctima de una marejada discursiva que los somete al adoctrinamiento mercantil, manipulación psicológica, violencia simbólica destinada a amaestrarlos ante los caprichos del mercado. La publicidad medra los deseos, pero también los fabrica para "negociarlos" continuamente en su escalada permanente para la apropiación del mundo.

Es preciso multiplicar las luchas contra al modelo hegemónico de publicidad y la transformación radical de la cultura, degenerada en manos del capitalismo. Lucha contra el régimen de propiedad de las herramientas de producción en comunicación y contra las relaciones de producción dominantes .Lucha contra la alienación y la manipulación, lucha contra el discurso nazi-fascista incubado en la publicidad burguesa.

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El eterno retorno de Quetzalcóatl (Parte IV) - El oro y la sangre


Jorge Majfud (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando la democracia de Atenas es cuestionada por los otros pueblos que la rodeaban, sus embajadores argumentan que el reclamo de justicia era propio de los vencidos, ya que nunca nadie había esgrimido antes este argumento cuando pudo tomar algo por la fuerza. Por lo tanto —no sin paradoja—, era justo que Atenas fuese un imperio. (Tucídides)

Diferente, entre los pueblos amerindios —como en Che Guevara, en contra de la lógica marxista—, subsistía la idea de que el poder no es mera cuestión de fuerza sino de moral. Tanto Atahualpa como Moctezuma sufren de la mala conciencia de sus poderes ilegítimos y por eso son fácilmente derrotados por un puñado de ambiciosos aventureros de la nueva Europa. En lo que sigue de la colonización, para Amerindia la codicia del mundo material será uno de los valores contrarios a la moral y, por ende, al poder legítimo.

Creo que podemos resumir más de cinco siglos de historia latinoamericana con esta dinámica cósmica o semiótica: el elemento principal de la codicia, de la ilegitimidad, del mal del mundo disfrazado de belleza, es el oro; el elemento opuesto, la sangre. Si la sangre mueve el mundo, el oro lo destruye desacralizando la sangre, que es el espíritu del Cosmos.

La idea que equipara el oro al favoritismo de Dios será propia de la ética calvinista y en casos de la práctica católica, aunque no de su teología. Los incas y otros pueblos sometidos por los españoles, comenzaron a comprender que los hombres-dioses no podían ser Quetzalcóatl ni Viracocha, ya que carecían de las virtudes morales del gobernante legítimo. Su mayor defecto, la ambición de riquezas. Huamán Poma de Ayala describe a los europeos como bestias codiciosas: "Cada día no se hacía nada, cino todo era pensar en oro y plata y riquezas de las indias del Piru. Estaban como un hombre desesperado, tonto, loco, perdidos el juicio con la codicia del oro y la plata. A veces no comía con el pensamiento de oro y plata. A veces tenían gran fiesta, pareciendo que todo oro y plata tenían dentro de las manos". Eduardo Galeano recuerda una anécdota de Humboldt que, en 1802 demostraba la persistencia del oro-pecado entre la población indígena. Astorpilco, un descendiente de incas, "mientras caminaba le hablaba de los fabulosos tesoros escondidos bajo el polvo y las cenizas. '¿No sentís a veces el antojo de cavar en busca de los tesoros para satisfacer vuestras necesidades?', le preguntó Humboldt. Y el joven contestó: 'Tal antojo no nos viene. Mi padre dice que sería pecaminoso. Si tuviésemos las ramas doradas con todos los frutos de oro, los vecinos blancos nos odiarían y nos harían daño'" (Venas, 1971). Otra historia popular cuenta, según Carlos Fuentes, que José Gabriel Condorcanqui —Tupac Amaru— en 1780 se rebeló contra la autoridad española, capturó al gobernador y "puesto que los españoles habían demostrado semejante sed de oro, Tupac Amaru […] lo ejecutó obligándole a beber oro derretido" (Espejo, 1992). Abusando del mismo simbolismo, en 1781 los españoles diseñaron al rebelde una muerte ejemplar, cortándole la lengua primero —quitándole la palabra—, tratando luego de despedazarlo tirando en vano de sus extremidades por cuatro caballos, hasta que decidieron degollarlo. Luego cortaron manos y pies debajo de una horca inútil. Juan Gelman, en Exilio (1984), entiende que "Europa es la cuna del capitalismo y al niño ese, en la cuna, lo alimentaron con oro y plata del Perú, de México, Bolivia, Millones de indios americanos tuvieron que morir para engordar al niño". El pecado nace de la sangre del indio y crece, como los dioses españoles llegados del mar, comiendo oro y plata.

Una de las tesis centrales de Las venas abiertas de América Latina (1971) —la referencia al oro y la sangre es implícita desde el título— puede resumirse en una frase que establece una continuidad del ritual profano que produce el sangrado: "Cuánto más codiciado por el mercado mundial, mayor es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con su sacrificio, lo crea". En 1957, en Colombia, "el baño de sangre coincidió con un período de euforia económica para la clase dominante: ¿es lícito confundir la prosperidad de una clase con el bienestar de un país?" (Venas).

Para América Latina, la profanación principal, subyacente en la tradición narrativa, escrita y oral, ha sido la venta de sangre, la desacralización del sacrificio por la explotación materialista. Quienes entienden al beneficio económico como objetivo y principal motor de cualquier empresa, no podrán comprender aquello que llamarán irracionalidad de un pueblo salvaje. Por otra parte, este pueblo no ha articulado aún un pensamiento propio que considere este factor interior, reemplazándolo históricamente con ideas europeas, como el liberalismo en el siglo XIX y el marxismo o el neoliberalismo en el siglo XX. En 1968, Mario Benedetti entendía que "el desarrollo no es en sí mismo una calidad moral. […] el mundo del subdesarrollo (que es a su vez víctima y dividendo del mundo desarrollado) no sólo debe crear su ética en rebeldía, su moral de justicia, sino también proponer una autointerpretación de su historia" (Revolución). En el siglo XX, la desacralización del mundo material, la explotación de la tierra, la fiebre del oro, estarán resumidos en la cultura popular que se produce en el centro del capitalismo mundial.

El análisis de Ariel Dorfman sobre El pato Donald de Walt Disney, además de apuntar a los valores ideológicos de la historieta, revela el punto de vista histórico latinoamericano: el mundo colonialista de Disney no sólo cumple con una función opresora, sino que además representa la desacralización del cosmos: la ambición del oro, representada hasta su extremo en Tío Rico, que trivializa la vida humana y hace de la naturaleza un mero objeto de explotación. Se excluye el amor, observan Ariel Dorfman y Armand Matterlart. La concepción de la existencia está basada en la desacralización y la trivialización, resumida en el siguiente diálogo. "'¡Bah, el talento, la fama y la fortuna no lo son todo en la vida'" —dice Donald—. '¿No? ¿Qué otra cosa queda?', preguntan Hugo, Paco y Luis al unísono. Y Donald no encuentra nada que decir, sino: 'Er… Humm… A ver… Oh-h'" (Donald).

En su libro Persona non grata (1973) el chileno Jorge Edward recuerda a Fidel Castro en la Universidad de Priceton y más tarde el ofrecimiento de un millón de dólares por parte de un productor de Hollywood por la odisea del Granma y de Sierra Maestra. Fidel rechazó diciendo que no le interesaba el dinero. Eso revela, dice el autor, la actitud norteamericana ante la Revolución cubana. Para quienes defendieron la Revolución, la anécdota revela la actitud revolucionaria ante la cultura materialista del mercado. Se decía que Ernesto Guevara firmaba los nuevos billetes cubanos simplemente "Che", como una forma de desdén al valor material del dinero. De forma explícita lo puso en un discurso: la sociedad revolucionaria todavía no había alcanzado el estado de liberación del salario y el orden derivado de la circulación del dinero (Obra, 1967).

De la misma forma que la impronta de moros y judíos sobrevive la limpieza étnica y cultural desde Fernando e Isabel, de igual forma los ritos, el arte y los mitos más profundos de la América precolombina sobrevivirán en el continente mestizo.

En la cosmología amerindia, la muerte del mártir se convierte en victoria moral y, por lo tanto, en memoria y ejemplo contra el poder ilegítimo por la codicia. Incluso un emperador originalmente cuestionado como Atahualpa se convertirá en ejemplo de resistencia, como más tarde, una vez derrotado el ambicioso imperio español en el contexto mundial, "lo hispánico" resurgirá como la fuerza contraria al materialismo norteamericano. El oro, otra vez, al ser desacralizado se convierte en el símbolo del mayor pecado. La sangre de América Latina se convierte en mercancía y, por lo tanto, en el mayor sacrilegio, en el defecto moral de oprimidos y opresores. Resistir este pecado es un mandato moral y se mide con un sacrificio que a veces llega al ofrecimiento de la sangre propia. Un poeta cuya militancia lo llevó a la muerte, como Francisco Urondo, había revelado este sentimiento en sus versos: "nada / nos hará retroceder: le tenemos más miedo al éxito que al / fracaso" (continúa).

Ver también:
- El eterno retorno de Quetzalcóatl (Parte III) - De Kukulcan a Ernesto Che Guevara
- El eterno retorno de Quetzalcóatl (Parte II) - Quetzalcóatl y Ernesto Che Guevara
- El eterno retorno de Quetzalcóatl (Parte I)


* Adelanto adaptado del libro del mismo nombre, 2009


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Así se eternizaron los amantes

Héctor Torres Toro (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Como dos niños jugaban a imaginar
Imaginaban el amanecer
El nuevo día, la nueva luz
El alba del tiempo.
Pero no el alba de todos los días, que caía sobre el rocío.

Imaginaban el alba de sus sueños, un alba con el alma al Rosado
Al rojo, al celeste y al azul, al blanco puro de la inocencia ancestral
Estaban bajo el influjo de un cielo sin nubes, frente a la inmensidad
Con un horizonte diáfano sin arrugas, sin cansancio.

Todo el mundo emergía en el espejo limpio de sus ojos inocentes
Afloraban mañanas con susurros de ríos, la brisa peinaba sus cabellos,
el suave fluir del viento, armonizaba el aletear de la hojas de la arboleda
Dulces melodías de flautas y violines cruzaban las paredes del silencio.

Cambiaban su soledad por horas plenas de dicha, olvidando quienes eran
En el cielo se extendían arcos multicolores, mientras sus manos gemelas
se trasmitían una sensación de dulzura infinita, reverdecían las praderas, los valles.
De la profundidad de la floresta, se elevaba el dulce canto de las aves
Todo era mágico, estaban hipnotizados por las horas más intensas del instante.

Nada parecería perturbar o cambiar el curso de aquel idilio
De aquella embriaguez inacabable, de aquella gloria tan mansas tan de ellos
Todo era así, tan así, tan inmensa, tan eterna que no recordaban el pasado
Estaban dulcemente estacionados encantados en la gloria total del reposo,
encantados del estar y ser una sola identidad en la magia del amor total.

Nadie los quiso distraer, y más tarde nadie los pudo despertar
y hoy están allí abrazados como una estatua eterna, latiendo a un solo corazón
respirando a dos pulmones, todo el flujo sanguíneo inflamándoles su sed
la sed de amarse hasta el fin de los tiempos, allí se quedaron los amantes
para siempre cautivos, presos en el más hondo de los recuerdos, en la sed
de amarse por la eternidad.

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Mi tía Zulma

Beatriz Paganini (Desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Zulma está releyendo la carta que le está por enviar a su hija. Mira, a través de la ventana, su jardín en semipenumbras. Enseguida la penumbra se transforma en oscuridad total. Deduce que son las once de la noche, porque es aproximadamente la hora en que su vecino se va a dormir y va apagando los tres focos que dan al pasillo que separa ambas viviendas.

Como se distrajo, vuelve a leer desde el principio.

HOLA MI AMORCITO:

Hoy planté, mejor dicho, transplanté un hijito de mi árbol (ese que está en el fondo y que yo quiero mucho ¿viste? Bueno, prosigo, lo puse en una plantera, hasta que crezca un poco más y ¿sabés que tierra le puse? La tierra roja que trajo tu marido de Misiones cuando volvían de las Cataratas. Pienso que es súper fértil y me crecerá un árbol grande, verde, lujurioso como la vegetación tropical que alimenta la tierra misma roja conque lo planté y que entusiasmó tanto a mi yernito que se la quiso llevar a Francia y no pudo por las tantas cosas que sí se llevó, como la yerba mate (agregué mate, por sí las moscas y la CIA o el FBI interfieren este correo) porque aquí en la Argentina hasta los aviones de línea llevan droga. Por ejemplo, el polvo blanco purísimo que le dicen y que si cae preso algún camello (1) no importa porque aquí costó 50.000 dólares y, por dos o tres giles a los que le sueltan la mano (tampoco valen nada para los que le dieron el trabajito). Eso sí, el riesgo valía la pena porque en Europa culta, rica y soberana llega a valer 5.000.000, pero no importa porque hay más aviones.¡Cuántos habrá habido que dicen que todo empezó en el 2.000 con los saber-uin(2).¡Y, a uno de esos que le soltaron la mano, dicen que era un pobre cartonero, joven él, pero con mala dentadura que se la arreglaron y hasta le pusieron un diente postizo y le tiñeron el pelo con claritos y con un corte de onda lo mandaron con la merca, y una campera inglesa pero cuando volvió, traía éxtasis, porque había que aprovechar el gasto y la pinta ( dicen que entre toda/os la/os camella/os o mulas prefieren a los argentinos porque se asemejan más a los de allá ) y entonces se lo descubrieron , al éxtasis digo, y terminó en la cana (3)•el pobre cartonerito quedando la esperanza de que viva y no lo maten porque ninguno de ellos ( los camellos, digo) sabe con quien arregló .Sólo le dieron algunos mangos ( que habrá dejado en la villa para comida de sus 8 o 10 hermanos) y el resto sería a la vuelta, cosa que nunca se concretó. Posiblemente el dentista que le arregló la boca .tendría una clínica itinerante en un lujoso departamento, que andá a encontrarlo si todas las calles se parecen y los edificios también son todos iguales, lujosos, con porteros con uniforme, no como en la villa que uno se conoce todos los pasillos, pero del centro sólo conocés las calles que te tocan para cirujear, aunque a él no le gustaba que le dijeran ciruja(4), él era cartonero(5) y cuando encontrara un trabajo, chau cartones, frío, lluvias y ojo que el MACRI(6) quiere rejuntar para él, todo lo que juntan los cartoneros porque rejuntado le va a dar mucha ganancia a ése pituco y se dice que entonces se iban a tener que ir más lejos, tan lejos que el tren blanco(7) no les iba a alcanzar ni para ir ni para volver. Pero la suerte se le dio vuelta, tan rápido que sólo recuerda (de lo lindo que la pasó) del viaje en el avión con comida a cada rato y películas. Se acuerda que ya se aburría de esperar que entraran y se sentaran todos los que iban en el viaje y empezó a mirar pa’rriba y leyó que en el asiento de abajo se podía buscar un cojín. Y, eso qué es? ¿Qué querrá decir? Pero ni en pedo pregunto, cojín, cojín ¡Si serán boludos!

Había otro cartel que tenía la palabra No y después otra que le costaba leer porque empezaba con s sin una a o una i o cualquiera de ésas y entonces sss hasta que le salió porque seguía moking Ajá. Será que no se pueden venir con el esmoquin como el de los novios ricos. Endespués apareció una de las mucamas con uniforme y dijo en no se cuantos idiomas que el avión tenía una puerta por adelante y otra por atrás y en apuro otra por el ala. Se acuerda que miró para los costados calculando donde estarían las alas, pero le dio vergüenza de darse vuelta tantas veces y desistió. A ver si se creían que era un pajuerano. ¡Tomá pa’vó! Pero enseguida se acordó que tenía otra pinta, ni yo me reconocí a mi mismo, ¡Cómo cambia un chabón(8) con todos los dientes parejitos y sin que falte ninguno y además el pelo y las pilchas! Bueno, todo en total de la persona, Se acuerda que agarró la revista del avión y vio un mapa tan grande que tomaba las dos hojas juntas y se acordó que una vez, la maestra, hace mucho, cuando fue a la escuela les mostró un mapa pero era todo redondo como una pelota y les dijo que ése era el mundo. Ahora en la revista es todo como plano y los aviones van y vienen dibujados. Hay que ser con mucho estudio para comprender eso. Mejor pensar que va a hacer cuando termine con este viaje: comprarse una furgoneta y repartir soda y coca cola Pero antes compra la casa. Dos casa, una para la vieja (9) y también que le pongan los dientes y ropa para todos sus hermanos y que trabajen con él. Y, para la Clara, su mina(10), todo lo que le pida y que se ponga linda como las mucamas del avión ¡Tan finas y tan lindas! que te sonríen siempre que te hablan ¡Esas son minas son¡ Parecen artistas parecen ! Y que una le dio como unos calambres cuando lo ayudó a ponerse el cinturón y se rozaron las manos porque él le dijo que estaba roto y ella se lo creyó pero, la verdá era que a él se le enriedó todo. Y, ahora, el defensor oficial le dijo que todas las preguntas que le había hecho no iban a servir porque la semana que viene él no iba a venir porque lo cambiaban con otro defensor oficial distinto…

Bueno, te quería contar de mi arbolito y me salió esta otra realidad, la hice tipo crónica pero la noticia del pobre camello salió en los diarios y está preso.

Yo me lo imaginé así. Viene a ser otro capítulo más de mi querida patria y en estos momentos son las 12 y 39 de la noche, con lo cual ya es lunes y me voy a dormir. Te quiero mucho, los quiero mucho MAMI.

Para aclarar tu hijnoranzia porque ya estás muy afrancesada:

1) Camella/o: Persona que transporta sustancias prohibidas por la ley (cocaína, éxtasis, marihuana, etc.)

2) Saber-uin: SEVEN-WIN

3) la cana: la prisión

4) ciruja: persona que vive de lo que recolecta en la basura y, cuando la pobreza es extrema, comen los restos de comida rescatables.

5) Cartonero: persona que revisa las bolsas de la basura seleccionando el cartón para vendérselo a los acopiadores.Mujeres y niños también hacen esa tarea .

6) Macri: Se refiere a Mauricio Macri, potentado perteneciente a una familia que posee empresas privatizadas: Correo estatal, ferrocarriles, peajes y empresas privadas que participan en licitaciones estatales varias. Devenido en presidente del club Boca Junior, actualmente se le suma la creación de un partido político: el PRO

7) Tren blanco: tren que transporta en vagones con un horario determinado a los cirujas y cartoneros con sus elementos de trabajo (triciclos, carritos, bolsos, etc.)

8) Chabón: muchacho. Chabona: muchacha.

9) Vieja: Costumbre cariñosa de nombrar a la madre.

10) Mina: Mujer.

* Relatos de la novela "De Úbeda a Santa Fe"


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Ninguneando

Miguel Longarini (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Hace tiempo sobrevivo el ninguneo pueblerino
que desata su furia como espada
desde quienes delimitan su zona,
cual perro y su meada.

Nada que se parezca a humildad -se aprecia-
en la gris mirada de quienes ningunean la nada.

Son tiempos dónde los imbéciles deciden;
Son tiempos dónde brilla la perla de utilería…
y el infeliz anda con su chapa indeleble
arrastrando su pesada carga día tras día.

El ninguneador se con-forma con ver su nariz,
adorar al mandamás de turno, re-visar sus deberes;
Acompañar la marcha de la decadencia desafinando.
Es un duro oficio el de andar ninguneando;
Porque a veces,
el menos-preciado no obedece;
Resiste el azote, sigue en la porfía de escribir,
de gritar, de soñar con la esperanza.
Y ahí se pudre todo ninguneramente;
El poeta enciende el verbo;
se desboca la palabra que sale como fuego.
Y quema, arde; Acuchilla sin mirar,
revuelve las mismísimas tripas del idiota,
que temeroso y ruin se justifica.

No se crean que es fácil andar armado con palabras;
Sincerarse en las andadas, lucir poemas como balas.
El ningunero… hurgador de ombligos,
separa la mugre que tira al viento
y se queda ahí con su mano tendida,
su sangre de pato; Su vista fija en la nariz
esperando una limosna a su entrega .
Nada sabe del alma del pueblo,
de la mía y la de ustedes.
Es simplemente… un prestado en esta vida.

Este poema está dedicado a todos los que ostentan el oficio de ninguneador (profesional o de servil nomás). Con él -el poema- pueden hacer lo que consideren necesario, hasta compartirlo o destruirlo.

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Del buen mear


Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Del buen mear / 1


Instrucciones

Usted se encuentra plantado frente al water o mingitorio... Claro, estas instrucciones sólo se refieren al caso masculino, mil disculpas a las lectoras. Bien, prosigamos. Usted se encuentra plantado frente al water o mingitorio y entonces, la bragueta desabrochada... Oh, me olvidaba, las instrucciones para mujeres se encuentran en preparación y, tan pronto se hayan completado, serán dadas a conocer, mil disculpas. Bien, decíamos, usted se encuentra plantado frente al water o mingitorio y entonces, la bragueta desabrochada, lo ha pelado. Es posible que su cuerpo se encuentre ligeramente inclinado hacia delante, conserve esa posición pero ¡aguas!, no vaya a perder el equilibrio. Y bien, todo parece listo para soltar el chorro. Pues, fíjese que no. Debe direccionar la manguera, tal cual si estuviera regando las flores del jardín. Y además una recomendación: proceda a tomar el pajarito por el pellejito con cuidadito, ito, ito, ito, empleando al efecto el índice y el pulgar.

Ahora sí, se halla usted en posición de ¿soltar el chorro? No se impaciente, todavía no, sólo está listo para iniciar la maniobra. Ahí le va.

Estírelo hacia delante -nada de bruscos jalones- de modo de retirarlo lo más posible del pantalón, evitando así mojar a éste o a los zapatos, lo cual sería patético, y al mismo tiempo, lo deja colgar en el ángulo necesario para que el chorro caiga dentro de la taza y no fuera, especialmente si se encuentra de visita en casa de la novia. Se trata de una maniobra de alta precisión; según quede posicionada la manguera, dependerá el éxito del operativo. Se recomienda ensayarlo en su casa frente al espejo las veces que pueda. Una precaución adicional: levante los otros tres dedos de la mano para ponerlos a salvo del chorro, como si usted estuviera haciendo la seña de ¡mocos! Entonces, ya nada falta, afloja los resortes y se dispone a disfrutar de una sabrosa meada, así se lo deseamos.

Déjeme hacerle otra recomendación: para su mayor acústica, que el chorro caiga sobre el espejo de agua de la taza, la cual le prestará un efecto multiplicador, lográndose así una respetable sonoridad cataratas. Esto es importante para el propio meador, para reforzar su autoestima. Y también, si es posible, que lo escuchen las personas que se encuentran fuera del baño, lo que no quiere decir que usted mee con la puerta abierta, no, porque se ganará una fama de cochinón, especialmente si está en casa de la novia. Pero que ésta y los demás sepan que el meador cuenta con buenos riñones, le será muy positivo, verá cómo en adelante lo tratan con más respeto.

Y nuevamente: ¡feliz meada!

Nota: Agradezco al equipo de colaboradores que realizó el trabajo de campo, espiando durante horas y discretamente en baños públicos de cines, restaurantes y supermercados. Sobre una muestra de 1986 casos observados, se elaboró el modelus meandis masculinus, del cual dimos cuenta. Mi agradecimiento se redobla al considerar los olores soportados y riesgos corridos por el equipo de colabores. En más de una ocasión fueron sacados a empellones, cuando no a patadas, de los baños públicos, al grito de ¡bola de maricones, largo de aquí!.

Todo sea por el progreso de la ciencia.

Otra nota (de última hora).

Malas noticias. El financiamiento para el proyecto de instrucciones del buen mear femenino ha sido negado, argumentándose que no es prioritario.

Quienes así han fallado, me gustaría saber, cuando se están aguantando las ganas de mear ¿no las consideran "prioritarias" o se hacen encima? No importa, tengan la seguridad, en especial las lectoras, que seguiremos batallando hasta el logro del financiamiento.

Todo sea por el progreso de la ciencia.
Del buen mear/2

¡Aguas...!

Los baños públicos son un peligro, fuente de contagio de enfermedades. Usted, inocente y distraídamente, mea. ¿Y sabe lo que está pasando en ese mismo instante? Se ha creado una conexión entre usted, sea hombre o mujer, y la taza donde pululan las bacterias. Entre éstas, la fregona coeli, llamada también bacteria salmón pues remonta la corriente del chorro en sentido contrario, subiendo desde la taza al pene o a la vagina y ¡aguas...! Usted se pescará una sangronitis crónica para la cual no existe cura. Esta enfermedad se caracteriza por la súbita contracción de la facultad discretis, lo que conduce a jodedumbres múltiples de difícil cicatrización.

Al principio, parece que fuera nada. Las bacterias suben como por dentro de un tubito, que es el chorro, para luego entrar a un túnel y dar en la alberca cubierta de la vejiga, donde, de momento, se limitan a practicar la natación, haciendo cosquillitas. Hasta aquí, se las dan de simpáticas, pero, en cuanto las bacterias se reúnen en número suficiente ¡al ataque!.

No se confíe, lleve consigo su desinfectante portátil y antes de nada, rocíe la taza de los baños públicos.

Así se sentirá seguro, tranquilo y satisfecho.

¡Aguas al mear!
Del buen mear/3

Fue la decisión correcta

En una reunión social, Marcos sacó un pañuelo para sonarse la nariz.

- Huele a meada- dijo.

Varios reaccionaron sorprendidos.

- ¿Y por qué huele a meada?

- Verán. Cada vez que meo, luego de las sacudidas de rigor, corto un poco de papel higiénico y seco las últimas gotitas, las resistentes.

- Claro -acotó uno de los presentes-, de las sacudidas no se puede abusar, más de tres es chaqueta.

- Exacto -agregó otro-, la secada se torna así fundamental.

- ¿Y qué creen? -continuó Marcos-. Me encontraba en un baño público y no había papel higiénico. ¿Qué hacer? Se me planteó un urgente y difícil dilema. Las últimas gotitas ¿al calzón o al pañuelo? Opté por el pañuelo, por eso huele a meada.

Se hizo un silencio cargado de inquietud, cada uno de los presentes pensó qué hubiera hecho de encontrarse en la situación de Marcos, hasta que uno de ellos, luego de consultar a los demás con la mirada, dijo:

- Fue la decisión correcta.

Marcos Winocur es argentino reside en México.


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Darme cuenta

Cristina Castello (desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Es opaco el cielo en esta cárcel, pero
Ni la ópera que silban sus abismos
Ni los gritos a espaldas de la estrella
Ni este Imperio de lucro y apariencias
Nada
Nada desviará la proa hacia mi oasis

Descanse mi pecho harto de combates
Sea la distancia una salva de ambrosías

Será otra vez París mi pueblo, patria y
Útero, la marejada donde me descubro
Abriré mis ojos preñados de poemas
Quebraré con querubes los grilletes
Y al galope del sol sobre mis huesos
Por fin
Me daré cuenta.

* Inédito. Poema a publicarse en el tercer poemario bilingüe francés-castellano


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Dos propuestas para mejorar la convivencia social

Gustavo E. Etkin (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Entre las gentes con un mediano grado de inteligencia y mínimo de cultura hay consenso en que la prolongación de ciertas conversaciones - en realidad monólogos - es causa de inquietud, angustia, desesperación y hasta proyectos suicidas de quienes deben oírlos. Discursos insoportables, constatación fáctica del fracaso de cualquier concepción evolutiva y progresista del ser humano, tienen un comprobado efecto nocivo en aquellos que por diferentes motivos se ven obligados a escucharlos. Peor aún en situaciones de ocio, donde la víctima no está debidamente prevenida, razón por la cual en esos momentos sus efectos suelen ser más destructores.

Comentarios continuos y repetidos como: “- Mi marido espera que yo haga todo. El ni se ocupa. Yo me encargo desde la ropa de los chicos hasta ver como les va en el colegio. Y también de la comida, que doña Rosa (ella es muy buena vecina) me dio una receta bárbara para los rabanitos. No paro un minuto. No tengo tiempo para nada. Me levanto a las cinco. Porque también tengo que preparar las clases, ocuparme de los alumnos, corregir las pruebas. No paro, no paro, y bueno la vida es así, los pones en vinagre y un poquito de sal (no mucha), porque hay que tener cuidado con la sal, para la presión es lo peor que hay, pero yo le dije el estrés es mucho peor, y como están las cosas la plata no alcanza para nada, porque hoy en día ya no es como antes, hoy en día las cosas son distintas, ahora es el salvesequienpueda. Pero tampoco hay que exagerar, porque mi hermana, ahí, es una egoísta total, ella me dice “me podes llevar?” y se olvida la jabonera, eso de la jabonera siempre la misma cosa, y quiere que la vaya a buscar, como si yo no tuviera nada que hacer y ella fuese la única que trabaja, pero eso es culpa de mi suegra que es una víbora, se la pasa criticándome a mis espaldas, es una falsa, una hipócrita porque conmigo parece toda cariñosa, pero es una hipócrita, por eso yo te digo: me voy a Mar del Plata, quiero descansar, olvidarme de todo un poco de paz, y si puedo sin los chicos, aunque con él yo no sé, conseguirme una niñera pero como están hoy las sirvientas les das una mano y se toman hasta el codo, contestadoras y haraganas y después hacen todo para que las eches y tener que pagarles indemnización.....”

O sino: -“Nos dijimos cosas duras, porque amigos somos así, pero yo cuando tengo que decir las cosas, las digo, porque mis ideas son mías, yo no copio ideas de otros, yo pienso con mi cabeza, al pan pan y al vino vino, porque yo soy así, a mi no me vengan con esas, yo viajo, por eso mis hijos sacan esas notas en el colegio, todos felicitados, las mejores notas y van a entrar en la universidad, la nena también quiere ser bailarina ( pero del Colón, entendés?) ah si, ellos son así !! porque las bailarinas hoy en día con la Internet y la Informática es otra cosa, putas son putas y bailarinas son bailarinas, el pos-modernismo, entendés?, las mujeres, a mi !?, por favor, yo conozco la noche, para saber como son las mujeres hay que conocer las minas de la noche, ahí se aprende lo que es la vida, en la noche, pero mi mujer es una santa y cuida de los chicos que hay que ver, y además tiene su profesión (porque ella es una excelente abogada) pero solo trabaja de mañana, con el socio, un tipo macanudo (yo conozco a la gente) para ocuparse de la casa, y ahora nos vamos a Punta porque la familia unida jamás será vencida, y tal vez con mi suegra eso de las peleas con la suegra es cosa del pasado, cosa antigua en éste fin de siècle, mi suegra es macanuda, para mi una segunda madre, cambiaron las costumbres ahora es el pos-modernismo, entendés?. Hay que actualizarse, globalizarse en todo, mirá la Mac Donald’s los chicos siempre me piden que vaya con ellos y vamos todos juntos, porque a mi me gustan las cosas en familia, y comemos hamburgers, esos sandwiches son bárbaros y pasera por el shopping, todo computadorizado, entendés? Hay que estar actualizado, vos vas a Europa, alquilas un auto y recorres los lugares, porque ahora está todo globalizado, entendés?”

Estas afirmaciones o equivalentes pueden tener, obviamente, diversas variaciones cualitativas o cuantitativas, pero emitidas ininterrumpidamente (o con cierta regularidad) tienen un comprobado efecto aniquilador, como habrá comprobado el lector que se haya arriesgado a leerlas en voz alta.

Así es que, con la finalidad de ofrecer una defensa eficaz contra tales discursos caotizantes y desesperadores propongo - y registraré legalmente - como primer paso, mis dos máquinas, esperando que alguna empresa (preferiblemente ecológica) pueda producirlas en serie para el mercado.

La primera de ellas es la M.D.I. (Máquina Decapitadora Instantánea).

Puede ser construida en dos modos: el U y el PARALELO.

El modelo en U consiste en un arma que se carga por el caño (preferiblemente una pistola de calibre superior al 38). En él se introduce un tubo-cápsula que en su parte superior tiene, precisamente, forma de letra U.

Entre ambos extremos de la U deberá haber un finísimo cable de acero ultra-resistente y en tensión máxima.

Ya cargada el arma y en el momento más pernicioso del monólogo se debe apuntar al cuello soporte de la boca emisora, tratando de verlo justo en el medio de la horqueta y en el centro del cable.

Efectuado el disparo se observará que la cabeza del agresor caerá al suelo empujada, simultáneamente, por el inmediato golpe post-decapitador de la horqueta U.

El efecto es instantáneo, pero algo violento por el golpe complementario de la horqueta U, ya que la caída de la boca y su entorno podría ser innecesaria. Por eso ofrecemos una más suave alternativa PARALELA.

Se trata del mismo principio: decapitación instantánea e indolora, con la diferencia que de ésta manera el resultado es casi imperceptible para el agresor.

En lugar de una horqueta U y solo un tubo propulsor (que implica un arma de solo un caño) se trata, en ésta variante, de dos tubos paralelos: I I, lo que supone un arma de dos caños propulsores.

En ésta variante, igual que en la anterior, se requiere la misma técnica: al apuntar, situar el cuello en el centro de la línea de acero. Sin embargo, en ésta alternativa - por no existir una horqueta en forma de U que inmediatamente después del instantáneo corte golpee y empuje al suelo la cabeza – la boca destructora intenta continuar hablando, tal vez porque cree que solo se trata de un ligero ardor en el cuello. Y muchas veces, si la posición lo permite, hasta continúa en su lugar sin percibir que ya fue eficaz y rápidamente decapitada, razón por la cual al caer en algunos rostros suele esbozarse una sorpresa.

En ambos casos – en U y PARALELA - dado lo repentino de la operación, surge un violento chorro de sangre que mancha el techo. Por eso se aconseja el uso de cualquiera de las dos variantes en un jardín, una playa o cualquier lugar en que la sangre pueda pasar desapercibida o ser ecológica y fácilmente absorbida por el medio natural.

La segunda maquina defensiva es la M.R.I. (Máquina Reventadora Instantánea) que, como se verá, requiere otras condiciones de uso.

En primer lugar, necesita una instalación previa, ya que consiste en un confortable sillón que disimule adecuadamente en su cabecera un eje de acero macizo de cuya parte media emerge a lo largo, con movimiento perpendicular otro eje que, a su vez , lleva dos brazos metálicos que apresan automática y fuertemente al que en el sillón está sentado. Así, el principio que rige la M.R.I. son instantáneos, rápidos, repetidos y violentos golpes contra el techo y el suelo del cuerpo portador de la boca emisora del nocivo discurso.

Dicha instalación - por motivos obvios - no puede estar expuesta ni ser visible. Para ello se sugiere una habitación especial con piso de piedra y techo reforzado (en lo posible también de piedra o acero), amueblada con elegancia y sobriedad, donde estará el confortable sillón en que invitará a sentar a quien, comprobadamente, sea habitual emisor de retóricas dañinas.

En el momento adecuado - el más insoportable – el perjudicado accionará su defensa presionando levemente un botón, instante en el cual el aparente sillón capturará con firmeza al agresor, comenzando simultáneamente los violentos y liberadores movimientos: arriba, abajo, techo y suelo, uno, dos, uno, dos, hasta que el cuerpo (y por consiguiente la boca) que hacia posible los destructivos comentarios quede transformado en una masa inofensiva y silenciosa de carne y huesos rotos.

El aspecto circunstancialmente antiestético y sangriento de tal conglomerado será molestia menor y secundaria, casi un detalle, frente a la perfección radical con que - instantáneamente – se anula en forma definitiva, no solo un peligro social sino uno de los gérmenes de futuros malestares en la cultura humana, conflictos sociales y hechos históricos degradantes atribuidos, equivocadamente, a otras causas.

Cabe agregar - a modo de anexo aclaratorio – que el factor instantáneo común a ambos instrumentos, evita dudas, indecisiones, y la posibilidad de que hayan desvíos lúdicos en caso de ser un procedimiento más lento.

De ésta manera la decisión tomada será simultánea al acto efectuado y, a posteriori, posibilitará la alegría de saber que se ha contribuido a la preservación del mínimo optimismo necesario para el funcionamiento y la continuidad de los valores más importantes y permanentes de la Humanidad.

Gustavo E. Etkin es argentino reside en Brasil.


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