sábado, 20 de diciembre de 2008

El cuervo


Edgar Allan Poe

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como vertiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Edgar Allan Poe: Escritor estadounidense. (Boston, 1809 - Baltimore, 1849), famoso por sus relatos fantasmagóricos y espeluznantes.


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Rubicunda


Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Las lámparas ardían sin cesar ya bien entrada la madrugada. En la sala imperial estaban el emperador Constantino con tres de sus asesores sentados en torno a una inmensa mesa plagada de pergaminos y copas doradas con vino, y seis soldados de custodia algo más lejos, parados en torno a las dos puertas de la enorme habitación. Las caras tensas de todos los reunidos denotaban preocupación.

–Así es, señores– sentenció Constantino con aire ceremonial. –Es imprescindible que en forma urgente hagamos algo… Y creo que los cristianos… Bueno, la jerarquía de los cristianos, todos sus obispos, el obispo de Roma, los de Oriente, el de Libia, todos ellos, de poder ser quienes hundan al imperio, si los sabemos poner de nuestro lado, podrán ser nuestra salvación–.

–Sí, Majestad. Claro que sí, pero… no será tarea fácil–.

–¿Y quién dijo que lo fuera? Nada es fácil, señores. ¡Nada! ¿O creen, acaso, que no costó muchísimo vencer a Licinio? Por supuesto que sí… ¡Pero lo hice!–, agregó levantando atronadoramente el tono de la voz. –Insisto: si los cristianos son el peligro para el imperio, no hay más camino que neutralizarlos–.

–Es lo que venimos haciendo desde hace trescientos años, Majestad–.

–Pero no alcanza. No alcanza, al menos, hacerlo de esa manera–.

De pronto, dirigiéndose a uno de sus asistentes con una copa de vino en la mano y los ojos llenos de un brillo asesino, Constantino preguntó casi con desdén:

–Dinos, Plinio: ¿cuántos cristianos se llevan comidos ya los leones?–

–No sabría deciros la cifra exacta, Eminencia. Pero calculo que en estos últimos años…–, la expresión de desconcierto del interrogado era evidente. Sacando fuerzas de donde no las tenía, agregó: –calculo…este…que varios miles–.

–Bueno, aunque no sepas la cantidad exacta, es evidente que matamos cristianos, y matamos más cristianos… y nunca deja de haber más. ¿Qué tiene esta creencia que atrae tanto a la gente?–

En realidad, la última expresión del emperador no era una pregunta en sentido estricto. Era una reflexión con forma de interrogación. Se lo estaba preguntando a sí mismo.

–Es que…estos cristianos siguen las enseñanzas de ese subversivo…– terció uno de los asesores, sintiéndose interpelado.

–¿Quién? ¿Ese que llaman el rey de los judíos?–, interrumpió furioso Constantino.

–El mismo, Excelencia. Ese mismo–.

Se hizo un silencio tenso en la estancia. Nadie se atrevía a continuar hablando a la espera de la reacción del emperador.

De pronto, dando un manotazo sobre la mesa, gritó imperioso: –¡A dormir, señores! Ya es muy tarde. Y haremos así: si matándolos no podemos detenerlos, neutralizaremos a sus jefes. Tal vez eso es lo que tendríamos que haber hecho hace tiempo: trabajar con la dirigencia en vez de hacer correr tanta sangre. Ya lo hablé con el obispo Osio de Córdoba. Haremos esa reunión aquí mismo, cerca de Constantinopla. Será en Nicea, para el mes de mayo–. Diciendo esto, se levantó. Todos lo hicieron tras él, y en respetuoso silencio lo saludaron agachando discretamente la cabeza.

Faltaban tres meses para el encuentro. Constantino había estipulado que el 20 de mayo, por la tarde, comenzaría el evento, el mismo día en que, por la mañana, darían inicio las celebraciones del triunfo sobre su rival Licinio con el que quedaba unificado el imperio. Para demostrar claramente que era el único emperador sin sombra de dudas, festejaría su poderío militar y político al mismo tiempo que pondría en marcha el plan para terminar con esa molestia de los cristianos, que no cesaban de crecer y fortalecerse.

Los preparativos para el concilio religioso se sucedían a marcha forzada. En relativamente poco tiempo fueron convocados cerca de cuatrocientos obispos de todos los puntos del imperio; incluso el obispo de Roma, Silvestre I, fue directamente invitado por Constantino a través de una carta firmada de su propia mano. Contar con esa presencia era fundamental para su estrategia imperial, estimaba el monarca. Faltando unas pocas semanas para el inicio de la gran cita, el prelado informó que no podría estar en persona debido a su avanzada edad, pero enviaba en su lugar dos representantes, Víctor y Vicentius.

–No está mal– concluyó Constantino. –Por último, viene alguien–.

Los cristianos, de una secta esotérica, habían pasado a ser un verdadero poder a lo largo y ancho de todo el imperio. Si bien no detentaban ninguna autoridad política ni militar, su presencia moral les confería una fuerza que las lanzas de los soldados imperiales no lograban silenciar.

–Esto de amarse unos a los otros todos como iguales, además de ser una locura, es peligroso. ¿Dónde se ha visto tamaña afrenta a la jerarquía? ¿Cómo permitirlo? Los de abajo deben temer a los de arriba, no amarlos. Y nosotros, los superiores, ¿cómo vamos a amar a nuestros súbditos, a nuestros esclavos?–

Constantino el Grande, como gustaba hacerse llamar, no sabía mucho de teología. Ni le interesaba saber. Para él esas discusiones eran absurdas, una completa pérdida de tiempo. Con una de sus amantes, la preferida: Gilberta, se permitió ser bastante locuaz al respecto:

–Para serte franco, yo, en lo más recóndito, sigo siendo un ferviente adorador del “Sol Invicto”, el dios al que profesaran respeto mis padres y cuya tradición me transmitieron. ¡No puedo entender esta moda moderna del cristianismo! Aunque en verdad, lo que más me incomoda de todo esto no son esas cuestiones ridículas de si el rey de los judíos fue mandado por un dios todopoderoso, si pudo revivir después de muerto en la cruz y si voló hacia los cielos. No, todo eso me tiene sin cuidado, Gilberta–, decía emocionado el soberano ante los ojos de una muchacha que lo miraba con ojos desorbitados luego de haber hecho tres veces el amor. Era evidente que la pobre no entendía ni una palabra lo que su señor le decía, pero no dejaba de seguirlo con atención.

–¿Sabes qué es lo que más me indigna en verdad? Ese desprecio que tienen los cristianos por la autoridad. ¿Viste cómo nos desprecian a nosotros, la autoridad del imperio más grande del mundo? ¿Tú te has dado cuenta la forma en que tratan a nuestros soldados? No los agreden sino que… ¡los aman!–

–Mira, mi señor: con humilde respeto me permito deciros que, hasta donde yo puedo darme cuenta, ellos transmiten bondad, humildad. Cuando dicen que son todos iguales, ¿porque eso es lo que dicen, verdad?, pues… cuando dicen eso, lo creen. Lo creen y lo practican–.

Constantino quedó sorprendido. Jamás hubiera imaginado que una de sus amantes pudiese decir algo así. No sólo por el contenido de lo dicho. Eso, por lo pronto, ya lo exasperaba. Pero más aún lo sacaba de quicio que una mujer, una “vulgar amante”, como solía decir, pudiera tener criterio propio.

–¡Pero qué! ¿Tú también eres cristiana entonces?–, vociferó el emperador.

La joven comenzó a temblar atemorizada. Ya sentía el filo de la daga en su garganta, y antes que ello ocurriera se tiró al piso abrazando los pies de su señor.

–No, mi amo. No, por favor…Os pido perdón–. Las lágrimas brotaban profusas en sus ojos despavoridos.

–Levántate, vamos, levántate–, dijo magnánimo Constantino. –No es contigo el problema. Pero me haces ver claramente lo que venía pensando, me lo reafirmas. Tú eres alguien del pueblo finalmente, una plebeya. Y ves en estos subversivos lo que, seguramente, ve todo el populacho: una promesa, y por tanto, ¡un peligro para el imperio!–

–Pero ¿por qué dices eso, mi amo y señor?–, preguntó Gilberta conmocionada.

–¿Es que no terminas de verlo? Estos fanáticos, subversivos y revolucionarios, son un nuevo Espartaco para la seguridad del imperio. Y si no los paramos a tiempo serán ellos los que terminarán derrotándonos. ¡Pero ya sé cómo los neutralizaremos! Compraremos a sus dirigentes. Mucho oro, piedras preciosas, buenas ropas… ¿A quién no le gusta eso? Todo hombre tiene su precio, mi querida Gilberta–. Dicho lo cual, volvieron a hacer el amor dos veces más, con más ferocidad que las anteriores.

A los colaboradores directos del emperador llamó un tanto la atención tal acumulación de riquezas. Nunca habían visto tantas monedas de oro juntas, ni tantas piedras preciosas. Había objetos de arte y maravillas traídas desde todos los puntos del imperio, y de más allá: tapices de Persia, joyas de Libia, tejidos finos de Siria, marfil de la India, las mejores espadas de acero de Iberia, vinos de Grecia, adornos en mármol de Italia. En el botín se habían considerado también esclavas negras, atractivas jovencitas de provocativos cuerpos y lasciva mirada. Había también leones de Eritrea y rarezas como tigres de la Bengala o una gran alberca con animales acuáticos como serpientes marinas, medusas de colosal tamaño y cocodrilos gigantes del Nilo. Nadie sabía exactamente para qué era todo eso. Sólo el emperador lo sabía. El emperador y algunos de sus pocos asesores de confianza.

–¡Magistral, Su Excelencia! Seguro que aceptarán. ¿Quién rehusaría a tanto esplendor?– fueron las obsecuentes palabras de alguno de ellos.

La oferta era más que generosa: fin de las persecuciones, fin de los suplicios para los cristianos y grandes riquezas para los obispos, para todos por igual, incluso cargos públicos en la dirección del imperio. Todo ello a cambio de moderar el discurso subversivo, o que al menos Constantino y la aristocracia gobernante consideraban subversivo, por parte de la secta de los cristianos. Había que demostrar que las enseñanzas del que consideraban su Maestro, ese carpintero predicador al que se le atribuían milagros y que hablaba del amor incondicional, de la igualdad entre todos los hombres, que todo eso era secundario. Lo importante era la adoración de un dios omnipotente, único, absoluto, no comprometido con cuestiones terrenales y que prometía a todos un paraíso eterno luego de la muerte. Y no era eso precisamente lo que había enseñado este judío ajusticiado junto a dos ladrones. Había que empezar a escribir una nueva historia.

–El populacho, finalmente, cree y hace lo que le dicen sus dirigentes. Para algo nuestros antepasados habrán inventado aquello de “pan y circo”, ¿verdad?– explicaba Constantino sin tapujos. Su claridad, no por descarnada, era menos acertada.

Los obispos fueron llegando hacia principios de mayo. En general era gente pobre, del pueblo, convencidos de su obra y de su prédica. Todos habían aceptado ir a Nicea sin conocer de la oferta que les esperaba; pero todos habían visto en la propuesta del emperador la posibilidad de poner fin a la persecución de su gente. Eso es lo que les había impulsado a asistir. Eran ya trescientos años de sufrimientos, y si ahora se podía poner un remedio a esa situación, no era de desaprovecharse la ocasión.

Muchos de ellos habían sido duramente torturados por los soldados del imperio en años recientes, y todos llevaban a sus espaldas las indecibles penurias de su pueblo cristiano, en nombre del cual ahora hablaban. Todos los obispos fueron recibidos personalmente por Constantino, quien les presentó la oferta uno por uno.

También lo mismo fue para con Arrio, el rebelde presbítero de Alejandría.

Llegó acompañado de Eusebio de Nicomedia, pero por no ser obispo, si bien podía estar en el cónclave, no tenía derecho a participar en las deliberaciones. De todos modos, era figura clave. Era él, popular y amado por sus seguidores, quien constituía sin dudas el principal obstáculo para los planes de manipulación de toda la dirigencia cristiana. El problema estribaba en asuntos teológicos, pero de decisiva importancia práctica, políticos por tanto.

–No importa si este predicador que andaba los caminos de la Palestina existía desde siempre como espíritu o fue creado en un momento por el dios que adoran los cristianos. No importa si son de la misma sustancia padre e hijo. Miren, señores: todas esas son pamplinas intrascendentes. Y si a este tal Arrio de Alejandría le interesa profundizar en esos temas y hacer una causa en la defensa de su tesis, bueno… mientras quede en puras discusiones teológicas, pasa. Pero si con esto de que Jesús era un mortal iluminado por el dios padre, lo que se transmite finalmente al populacho es la preocupación por la igualdad entre todos los mortales…, si es así: ¡señores, entonces estamos perdidos!–

Las palabras de Constantino ante sus asesores más cercanos estaban cargadas de pasión, de profunda convicción. Se veía que en el asunto le iba la vida. Y no sólo la suya: ahí se jugaba la vida del imperio del que era amo supremo y conductor. Cualquier alzamiento que contradijera la rígida estructura social de las clases dominantes era una alarma intolerable. La rebelión esclava de trescientos años atrás aún estaba presente en la memoria de la aristocracia, y este movimiento que reivindicaba la igualdad solidaria entre todos los seres humanos tenía el valor de una nueva afrenta insoportable, peor que la de los esclavos.

–Esto que os diré ahora es un riguroso secreto de Estado, y si alguno de vosotros osara hacer la más mínima confesión al respecto, confesiones de esas que solemos hacerle a nuestras amantes al calor de algún trago, si alguno cometiera la tamaña estupidez de permitir que se le escapase una letra al respecto, por mi honor de Emperador os juro que con estas manos le cortaré el cuello–. El silencio en la recámara era absoluto. Se podía escuchar la respiración alterada de todos; nadie se atrevía a tomar la palabra. Fue Lúculo quien se atrevió a preguntar:

–Majestad, con todo el respeto del caso, ¿en qué consiste el plan?–

–Hay que transformar a este Jesús de Nazareth en un dios, una deidad inalcanzable, alguien que no tenga nada que ver con las penurias mundanas, alguien a quien se alabe por su majestuosidad inapelable y no porque incite a la rebelión–.

–No necesitamos un nuevo Espartaco– agregó victorioso Lúculo.

–¡Exacto!, querido amigo. Necesitamos un nuevo Júpiter, un nuevo Zeus. Que el populacho se preocupe por la salvación de sus almas, por la vida de ultratumba y que nos deje las riquezas tranquilas. Si ahora el dios de moda se llama Jehová, Jesús o judío crucificado, pues que así sea. Y si este harapiento carpintero barbado rey de los judíos nos sirve para mantenernos en paz: ¡viva Jesús de la cruz! Y hagámonos todos cristianos. Pero cuidado: ¡basta de rebeliones y amor entre iguales! ¿Está claro?–

Como siempre que Constantino hablaba con ese tono lapidario, sus rodeantes callaban; y en muchos casos, temblaban de miedo. En este momento no estaba increpando a ninguno de los presentes, pero de todos modos su actitud era tan arrolladora, el brillo de sus ojos tan feroz y su voz tan estentórea que los cuatro acompañantes se sentían cohibidos.

Nunca se supo exactamente qué dijo el emperador a cada uno de los dirigentes cristianos con los que habló en forma personal. A todos les dispensó no menos de una hora en su cámara imperial. A todos ofreció buen vino y mejores viandas. También a los heterodoxos Arrio de Alejandría y Eusebio de Nicomedia.

Todos los obispos de entre los alrededor de trescientos asistentes, o la gran mayoría al menos, salieron rebosantes de alegría de su reunión con el sumo dignatario imperial. También Eusebio. Pero no así Arrio.

La propuesta de bienes materiales y cargos jerárquicos del imperio en sus respectivas zonas de influencia conmovió a la casi totalidad. También a Eusebio. Fueron necesarias fuertes reprimendas por parte de Arrio para que su compañero no cayera en la tentación de la oferta. Tocado en su conciencia, finalmente optó por defender las tesis arrianas durante el concilio. Pero las riquezas y el poder en juego inclinaron la balanza totalmente hacia lo que perseguía el emperador. Por casi absoluta mayoría todos los obispos decidieron anatematizar la posición arriana.

Dado que el mismo Arrio no podía tomar parte en las deliberaciones a puerta cerrada de los jerarcas por no ser obispo, durante mucho tiempo del cónclave se dedicó a vagar por la ciudad de Nicea, por los jardines del palacio donde se hospedaba, a contactar gente del lugar. Fue así que conoció a Gilberta, la amante preferida de Constantino.

–La carne es débil– se decía Arrio justificándose, –y la mía mucho más aún–.

Fue conocerse y mutuamente desearse en forma desenfrenada. La pasión desatada era grande. Arrio no quería desentenderse un momento del desarrollo de las deliberaciones, y también quería estar todo el tiempo con su recién conocida amante. Entre una y otra actividad pasó los días en que tuvo lugar el concilio.

Parecía que todos los obispos habían aceptado de buen grado la oferta de Constantino y todos coincidían en la necesidad de dejar claro que Jesús era dios quitándole su carácter mundano. Pero ante ello Arrio decidió contraatacar. Toda una noche pasó junto con Eusebio redactando el alegato que usarían para probar la terrenalidad del predicador de Nazareth. Al día siguiente Arrio prefirió desestimar el llamado de Gilberta, quien tenía la certeza de estar sola todo el día puesto que el emperador asistiría a las reuniones con los religiosos; él quería acompañar fervientemente, aunque fuera del recinto, la defensa que realizaría su compañero delante a todo el sínodo.

Eusebio, gran orador, pronunció una encendido discurso en latín. Sus argumentos fueron contundentes, directos. No quedaban dudas que el Maestro, enviado de dios, venía a traer un mensaje novedoso para aquel entonces: el amor y la tolerancia. Era más importante incluso, según su fervorosa presentación, la figura de Jesús que la del mismo padre celestial. El nuevo movimiento de los cristianos, según sus palabras, estaba llamado a ser una salvación en un mundo plagado de injusticias y guerras. El amor incondicional entre todos los seres humanos era la clave, tanto como la renuncia a la soberbia, a la arrogancia que confieren las riquezas materiales y el poder.

Pero en medio de la ponencia de Eusebio fueron varios los obispos que lo interrumpieron al grito de “¡hereje!”, “¡blasfemo!”. Incluso, en un conato de agresión contra su persona, le quitaron de su mano el pliego donde tenía escritas sus notas y lo rompieron.

–“¡Destierro, destierro!”– fue el pedido generalizado de los presentes. Constantino, presente en la sala de deliberaciones, sonreía complacido.

Consecuencia de ello fue que tanto el ponente, Eusebio, como la cabeza del movimiento, Arrio de Alejandría, fueron condenados al exilio. El libro de este último, Talía, un compendio de sermones usualmente cantados con profundo fervor por los feligreses de su diócesis, fue quemado públicamente.

Pero la otra consecuencia, seguramente la más importante, fue la aprobación del documento que el emperador tanto ansiaba, la declaración que legitimaba la naturaleza divina del predicador subversivo y que no daba lugar a futuras controversias, lo que posteriormente se conoció como el Credo Niceno: “Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consustancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo”.

Como era de esperarse, ni Arrio ni Eusebio firmaron el documento, marchando prestos al exilio. Tan apresurados salieron que Arrio ni siquiera pudo despedirse de Gilberta.

Todo esto trajo profundas consecuencias, tanto para los cristianos como para la dinámica del imperio. Cooptados los principales dirigentes de ese movimiento tan molesto a la corona que era la naciente iglesia cristiana, comprada buena parte de sus obispos con el oro imperial, las nuevas relaciones que comenzaron a tejerse entre ambas instancias fueron dejando atrás el espíritu fraterno de los primeros seguidores del Maestro Jesús. El lujo, la adoración de la riqueza y de los poderes temporales fueron haciéndose cada vez más presentes entre la jerarquía eclesiástica. Aquello de “poner la otra mejilla” terminó por ser una mera declaración vacía, y las mieles del poder fueron tiñendo la práctica cotidiana de los jerarcas, cada vez más hasta hacerlos sentir un nuevo poder, poder que persistió en el tiempo más allá del mismo Imperio Romano.

El cristianismo, a partir del concilio de Nicea, comenzó a hacerse cada vez más popular por todo el imperio, dado que ya no era perseguido; no llegó a ser aún la religión oficial en tiempos de Constantino, pero devino la religión popular, la religión de moda, pues era la que profesaba el emperador. De hecho, él cada vez más se intrometía en cuestiones supuestamente teológicas, pero que no eran sino la marcha política del movimiento hasta ayer contestatario. Eran, en realidad, cuestiones de Estado. Después de su intervención para forzar el Credo Niceno, se sentía ya un especialista en estos temas de fe. “El obispo de los de afuera de la Iglesia”, gustaba decirse, no sin cierta sorna.

De esta manera, con su intervención se lograba dar fin a un largo proceso de unificación para todo el imperio. Con su reciente triunfo sobre Licinio había un solo emperador, y por tanto una ley y una ciudadanía única para todos los hombres libres. Para que la unificación fuese completa faltaba una religión única. De ahí la necesidad tan imperiosa de este concilio para lograr una sola cristiandad, dócil y uniformada al máximo posible.

–La inversión en unas cuantas joyas y monedas de oro no fue mal negocio– reflexionaría satisfecho.

La iglesia cristiana, de un factor de enfrentamiento al poder, terminaría siendo con los años un poder en sí mismo. Caído el imperio, sería ella quien sobreviviría victoriosa.

Eusebio de Nicomedia, hábil político y pariente en grado lejano de Constantino, fue logrando acercarse nuevamente a la corona hasta lograr su rehabilitación. Finalmente llegaría a ser el confesor privado del monarca y quien lo bautizaría ya en su lecho de muerte, dado que Constantino nunca fue realmente cristiano durante toda su vida.

En un primer momento, apenas concluido el concilio en Nicea, el emperador había pensado que lo mejor para cortar en forma terminante con todas esas discusiones teológicas que sólo servían para confundir a la gente, sería acabar con Arrio. Había pensado mandarlo a matar, y eso mismo le contó a Gilberta en una noche de amor –con ella era con quien más se permitía esas licencias confesándole, a veces imprudentemente, secretos de Estado–.

Conmocionada por la noticia, la joven rogó una y mil veces al soberano con lágrimas en los ojos que reconsidera la medida. Constantino, hondo conocedor de las pasiones humanas, entrevió algo raro en ese ruego, y sin pensarlo dos veces hizo asesinar a Gilberta días después.

–Por ahora, me conviene más vivo que muerto este loco de Arrio. Pero esta perra… ¡muy probablemente hasta me haya engañado con él!... Seguro que sí, si no, no me hubiera suplicado ese perdón–.

Ya no hubo cristianos comidos por los leones en el Coliseo. La feligresía cristiana, como ocurre siempre con la gran masa, no entendía muy bien qué estaba sucediendo. Las conclusiones emanadas de Nicea eran ininteligibles al común de la gente. Eso de la “consustanciabilidad”, de “engendrado pero no hecho” eran galimatías fuera de su alcance; lo cierto es que ya no había persecuciones. También era cierto –cosa que llamaba poderosamente la atención– que los obispos y predicadores de la palabra iban abandonando el contenido humanista y de preocupación por la cotidianeidad en sus sermones. Había pasado a ser más importante la salvación del alma luego de la muerte que la solidaridad y el amor en el día a día, cambio que afectaría inexorablemente a la iglesia cristiana para la posteridad.

Arrio vivió en el destierro por diez años, en una remota comarca de Eritrea, donde tenía expresamente prohibido predicar cualquier enseñanza religiosa, y mucho menos escribir. Pero luego, a pedido del mismo Eusebio de Nicomedia, quien ya había vuelto a ganarse los favores de Constantino, fue mandado a buscar del exilio. Por motivos que nunca quedaron claros, el mismo emperador, con la venia de muchos obispos, decidió su readmisión en la comunión de la iglesia. Eso iba tener lugar en junio del año 336, once años después de haber sido excomulgado en Nicea. Pero la noche anterior al acto de rehabilitación, murió en circunstancias extrañas, aparentemente envenenado.

Según un palimpsesto que data del siglo V que da cuenta fragmentaria de estos acontecimientos –hallado por investigadores ingleses alrededor de 1750 en lo que hoy es la zona del Líbano– y de acuerdo a las reconstrucciones un tanto azarosas que pudieron hacerse, todo indicaría que el emperador Constantino I el Grande mandó a una de sus amantes a seducir a Arrio, cosa que habría sucedido efectivamente, para luego, utilizando sus dones femeninos, proceder a envenenarlo. La mujer habría sido originaria de Eleusis –la patria de Esquilo– y, según el palimpsesto de marras, se llamaba Rubicunda.

Marcelo Colussi: Escritor argentino, actualmente radicado en Guatemala.


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Algo de foto: Alexis Pérez-Luna, de Venezuela

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La buena fotografía es una de las más bellas expresiones de las artes plásticas. En ella se pueden combinar el talento artístico con la tecnología de punta, la expresión más sutil con la denuncia más descarnada.

Todo esto nos obsequia Alexis Pérez-Luna, uno de los fotógrafos contemporáneos más destacados de la República Bolivariana de Venezuela.

De la innumerable cantidad de fotos que nos lega con sus más de 30 años de trabajo, contenidas en otros tantos innumerables libros y exposiciones individuales y colectivas (dentro y fuera de Venezuela), hoy seleccionamos para Argenpress solo cuatro, pero representativas de los distintos momentos de su recorrido.

Essaouira Marruecos 2002


Ortiz Venezuela 1980


Redondo Portugal 2002


Taguayguay Venezuela 1985

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Arteasudem ibaraden: “Proceso a la C.N.T. 19 Fusilados el 23 de enero de 1937” en Santa Cruz de Tenerife, de Ricardo García Luis (2)

José Almeida Afonso (desde Artevirgo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Especialmente dedicado al amigo Álvaro Morera, por su inusual generosidad, por su valiente ejemplo de que, a pesar de los pesares, vale la pena apostar por la Libertad, la Justicia y la Humana Dignidad, por su constante ejemplo de modestia –que no humildad– que le enseñó a saber estar en todo momento y circunstancia. Por tener siempre una palabra de aliento, de comprensión, cuando me notaba decaído, desencantado...Por todo esto y por otras muchas cosas, que entran en el ámbito de lo más íntimo, muchas, muchísimas gracias, amigo. (Liberto. Jose Almeida Afonso).

No era la primera vez –ni, por supuesto, sería la última– que había leído un libro del profesor e historiador Ricardo García Luis. Ya sabía que durante y después de cada lectura de algún libro –hasta que sucedió un especial acontecimiento– de Ricardo iría a tener que convivir con una especie de “remolino incontrolable en el centro mismo del estómago, a la altura misma del ombligo, incluso, había momentos que esa especie de remolino se convertía en una rabiosa jauría de algún animal salvaje que le dejaban una sensación física de terrible y doloroso desgarro interior...”

La primera vez que me ocurrió fue mientras leía “Vallehermoso. El fogueo. Toma de conciencia popular, resistencia y represión 1930-1942”, escrito conjuntamente con Juan Manuel Torres Vera, y que siendo un libro de historia, que podríamos englobar en lo que los estudiosos denominan dentro del género de ensayo, es de los contados libros en Canarias que cuenta con tres ediciones (Eds. 1986, 2000, 2007).

La lectura de este libro es “imprescindible” para tod@s aquell@s que quieran tener Información Veraz, Auténtica, Contrastada y Rigurosa de los acontecimientos que ocurrieron en La Gomera antes de la “sublevación militar” y los años posteriores a la misma: Ricardo, con esa paciencia lúcida que le caracteriza, nos va relatando todos y cada uno de los sucesos que acontecieron en Vallehermoso en particular, y en la Gomera y en Canarias en General: y es que hasta ahora sólo teníamos la versión de los vencedores, de los que “injusta e ilegítimamente” derrocaron un Régimen, democráticamente Instaurado, y nombraron inmediatamente otro, a todas luces “ilegal, ilícito, e impuesto con la fuerza de las armas”.

Siendo esto así, “el bando vencedor” se apresuró en otorgarle “una legitimidad imposible” alegando a su favor que esta sangrante “guerra incivil” fue la única salida para “SALVAR A ESPAÑA DE LA FAUCES DEL COMUNISMO INTERNACIONAL, QUE QUERÍA IMPONER UN RÉGIMEN AUTORITARIO, SIN DIOS, SIN FAMILIA, SIN PATRIA...”

Es por esto que la ayuda “Económica” del Vaticano y de las potencias “facciosas europeas” fueron claves para que la “Victoria” final se inclinase hacia el bando “nacional”, y que el Gobierno legítimamente surgido del voto libre, secreto, quedara vergonzantemente “desamparado” y sin ninguna ayuda de las potencias supuestamente libres del mundo occidental.

La represión y la opresión de tod@s l@s que apoyaron al Gobierno legalmente instituido fue bestial, atroz, sangrante: l@s que tuvieron mejor suerte pudieron exiliarse a países como Francia, Inglaterra, EEUU, y mayoritariamente a países de habla hispana, como México, Venezuela, Cuba...

***

L@s que no tuvieron tanta fortuna fueron perseguid@s, encarcelad@s, torturad@s, y muchos de ellos fusilad@s en sumarísimos Consejos de Guerra sin ningún tipo de garantías, y dónde el veredicto estaba ya casi decidido antes de empezar el juicio a l@s acusad@s -como este que trato aquí de “PROCESO A LA CNT. LOS 19 FUSILADOS EL 23 DE ENERO DE 1937”- por el simple “DELITO” de ser leales al Gobierno legítimamente constituido de la II República española.

Pero también hubieron muhc@s desaparecid@s, canari@s que no tienen acta de defunción porque simplemente -¿no se sabe?- qué ocurrió con éstos. Sólo en Canarias se calcula que la cifra de estos misteriosamente desparecid@s alcanza la cifra de 2ooo isleños...qué ocurrió con ell@s, dónde están sus cuerpos... ¿acaso se volatizaron?, ¿Fueron raptados por seres extraterrestres? ¿Tuvieron combustión instantánea tod@s ell@s?
L@s últimos que l@s vieron con vida dicen que no saben absolutamente nada de ést@s, que tal vez se marcharon a otro país....

Pero ¿Quienes fueron l@s que “infringieron” la Ley? ¿L@s que defendían a la República o l@s que la atacaron despiadadamente con las armas? Es evidente, que l@s que se sublevaron en armas en contra de la República, fueron l@s que estaban cometiendo un gravísimo delito contra el Régimen legalmente instituido. Pero la Historia siempre la escriben los vencedores. Y los vencedores fueron en este caso los que TRAICIONARON al Gobierno que JURARON defender... Y así fue como España entró en una etapa de oscurantismo, de perversidad, de infamia al acabar con todo tipo de proyectos, ilusiones, sueños, que defendían los que apoyaban al Gobierno de la II República.

***

La segunda vez que empecé a leer un nuevo libro de Ricardo García Luis, sabía que más pronto que tarde empezaría a sentir esa sensación de insufrible desasosiego, de desesperante ansiedad - antes de coger el libro “La justicia de los rebeldes. Los fusilados en Santa Cruz de Tenerife 1936-1940” (Ed. 1994) - pensó que tal vez una infusión de tila (echó tres cucharas soperas bien colmadas en el agua hirviendo y la dejó reposar cinco minutos, antes de colarla y endulzarla con miel de palma)- aliviarían ese doloroso desgarro interior, mitigarían estos remolinos de sensaciones inquietantes, esas espirales de emociones que lo violentaban indeciblemente.

Por más que hiciera por no identificarse entrañablemente con las terribles historias que iba leyendo, muchas veces estas le absorbían de tal manera que tenía que abandonar su lectura e impotente coger cualquier otro libro, generalmente de poesía, hasta que volvía a su habitual estado de serenidad, de lucidez, de comedida y estudiada tranquilidad.... solo entonces se sentía de nuevo con fuerzas para retomar la lectura por donde la había dejado...

(“Esto no es nada comparado con lo que tuvieron que pasar aquellos hombres y mujeres –pensó de repente cuando se disponía a comenzar la lectura de nuevo- para que un aciago día, con todos los hermosos y lindos ideales que se habían forjado, de repente se encontraran frente a un pelotón de fusilamiento siendo todavía un@s muchach@s llenos de vida, pletóri@s de sueños maravillosos. Hoy sí que no van a poder conmigo; a partir de ahora van a tener que alimentarse de otro estómago, porque me niego a que entren en mí como si tal cosa...”)

Ese fue el principio del fin de aquellas emociones que lo paralizaban y lo dejaban transpuesto. Desde entonces su relación con los libros de Ricardo se fue haciendo más fría, calculadora, distante... Hasta ese momento no se lo había planteado como lo había hecho ese día: “no sólo se trataba de saber qué ocurrió, porqué, a quienes condenaron y quienes fueron los responsables de aquellas tropelías, de aquellos abusos criminales para limpiar su honra y su honor: la cuestión principal era cómo hacer para desenmascarar, para condenar a los descendientes ideológicos de aquel cruento régimen, a aquellos que para seguir perpetuándose en el poder tuvieron que hacer el paripé y un muy sutil cambio de imagen para continuar instalados en los principales centros de poder sin levantar excesivas sospechas, sin llamar mucho la atención, intentando por todos los medios pasar desapercibidos, y marcando una “creíble” distancia, con los “elementos” más radicales, más abiertamente nostálgicos con el Antiguo Régimen...

Cada vez estoy más convencido de que tras la muerte del dictador en su cama, al que éste había nombrado como ¿¿legítimo?? Sucesor de su innombrable régimen, al príncipe Juan Carlos, le habían aconsejado que con los tiempos que corrían era más conveniente para su seguridad, su continuidad al frente de la Jefatura del Estado, que se decantara por instaurar una monarquía parlamentaria, basada en un sistema democrático y la alternancia de partidos, según el voto popular...

A decir verdad no tuvo elección si quería seguir en el trono: estaba claro que si no hubiese seguido aquellos “sabios” consejos, probablemente en España se hubiese impuesto la III República...

Sin embargo para él, lo más importante es que a partir de la lectura de su segundo libro “La justicia de los rebeldes. Los fusilados en Santa Cruz de Tenerife. 1936-1940”, era que ya no iría a sentir más aquellas sensaciones que lo dejaban transpuesto, paralizado, y sufriendo aquel “terrible y doloroso desgarro interior”... y así poner los ojos en lo verdaderamente importante: en el AQUÍ Y AHORA...en qué había de cierto en aquello de que el “Régimen” había dejado “todo atado y bien atado...”

Ver también:
- “Proceso a la C.N.T. 19 Fusilados el 23 de enero de 1937 en Santa Cruz de Tenerife”, de Ricardo García Luis


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Cuando la música acabe. ¿Fin del mundo?

Cristina Castello (desde Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¿Qué le han hecho a la tierra?
¿Qué le han hecho a nuestra bella hermana?
Devastada, saqueada, violada y golpeada
Perforada con cuchillos en su amanecer
The Doors

Fin del mundo, apocalipsis, epílogo de una Era... expresiones para nombrar el miedo que atraviesa el corazón del mundo. Sed de petróleo, guerras, hambre, huracanes, maremotos, discriminación, guerras, deforestación, calentamiento global. Extenso sería el inventario de las ignominias perpetradas por el Hombre contra la Tierra, y contra el hombre. El planeta se estremece, nos sacude y golpea, y cada uno trata de ampararse a su manera: por la fe, la negación de la realidad, el humor o... el ridículo; algunos asisten a cursos para «hacer milagros» [sic], otros comen dentro de un ataúd, y algunos intentan volar como los pájaros.

«Cuando la música acabe», alertó Jim Morrison («The Doors») en 1967, como una metáfora del fin del mundo. ¿Fue profético? ¿Desaparecerá? Cada vez son más las voces de notables —entre ellos, la mayoría de los republicanos estadounidenses—, que anuncian la caída de la larga etapa liderada por la superpotencia del Norte. Los ojos de la Humanidad, aun los que estuvieron sordos, ciegos y mudos, empezaron a abrirse. Sí. Aunque el Poder mundial intente recrearlo, maquillado, vivimos el principio del final del capitalismo, la caída del Imperio Americano.

Por cierto que este Régimen hegemónico y unipolar que adoró al «Dios Mercado» en detrimento de las personas, no se agotará de un día para otro. El futuro de Rusia no está definido; China no piensa sino en alimentar a sus casi 1.400 millones de almas, y Europa está desorientada. El presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, es el Amigo americano, el mejor alumno de los USA de George W. Bush. Este monsieur que está liquidando los derechos sociales del ex-país de los derechos humanos; el mismo que está rematando la France como si fuera un mercadito; el que construye un Estado policíaco, se ha permitido decir que el capitalismo —el mismo con que él comulga— es el «culpable». La música es tu amigo especial / Baila sobre el fuego como te lo pide / La música es tu único amigo / Hasta el final, tañe la voz de Jim Morrison, en medio del disparate general.

El silencio. El silencio que rasga el alma del mundo —el miedo— se quiebra en dislates, a veces divertidos. En Villa Borghese (Roma), veinte personas comieron hace poco, a cincuenta metros de altura, sobre la copa de los árboles, sostenidos por una grúa: querían disfrutar del paisaje. Y a los pocos días, el alcalde de la ciudad dijo a la prensa que el fascismo no encarnaba el «mal absoluto». ¡Vaya tiramisú!

Desde que en el «septiembre negro» empezó la crisis financiera de Wall Street y se extendió por el mundo, quedó claro que el precio no lo pagan los ricos, sino las personas del común. Recesión, suba de precios, salarios caídos, huelgas, estallidos sociales y aumento de la pobreza, son moneda cotidiana. Y continuarán. Como contrapartida, las grandes fortunas, lejos de volatilizarse, pasan de unas a otras manos; de las de Merrill Lynch a las del Bank of América, por citar uno de los casos.

¿Es el fin? El «septiembre negro» — más que una causa de lo que vivimos hoy— fue un disparador. Y es una consecuencia. Esta caída empezó en 1981 con Ronald Reagan y el fundamentalismo del mercado: la «Reaganomics», como se conoció su invento. El de la más despiadada plutocracia, y también el de la desvinculación de la responsabilidad del Estado para con sus ciudadanos. Durante casi treinta años, los «amos del universo» —llamados así por el escritor Tom Wolfe en La Hoguera de las vanidades— dirigen los destinos del planeta. Los amos, son los menos. Empalagados de riquezas materiales incalculables, deciden los destinos de los más: de los sufrientes y cada vez más excluidos de toda esperanza. El desamparo crece y se extiende sobre las generaciones, como una telaraña.

Por otra parte, ni el centroizquierda ni la izquierda pudieron todavía articular una propuesta seria; están todavía bajo el shock de las sucesivas crisis —salvo en algunos pocos países de América Latina—, y no tienen respuestas ante al desastre.

¿Cuánto durará esta caída? Según la mayoría de los analistas más conservadores, entre diez y quince años, aunque más probablemente veinte. Todo depende del resultado de la puja entre los menos que quieren destruir en pro de esa oligarquía financiera; y los menos que abogan por el bien de los más: la mayoría doliente. Y aquí no caben ni pesimismo ni optimismo sino la conciencia despierta del mundo, para recordar que la responsabilidad es de todos. Porque tantas veces esos «todos» bendijeron en las urnas lo mismo que los sacrificaba en la vida, y porque es tan bello el paisaje de las ovejas en sus rebaños, como degradante que el Hombre viva para dar balidos.

Titilan las mariposas, despavoridas, ante la inminencia de lo desconocido, mientras el hombre parece una hoja en la tormenta, sin saber siquiera cómo reaccionar. «Voy a bailar el Apocalipsis», dijo frente a multitudes el bailaor sevillano Israel Galván, y su danza tradujo en imágenes esa sensación de final. Con sonidos reales de bombardeos y misiles. ¿Un anuncio? Ya Francis Coppola había hecho su «Apocalypse Now», pero el mundo siguió andando. Bueno, ¿anduvo?

La caída encantada

Fue el escritor finlandés Arto Paasilinna quien encontró una salida armoniosa a este intríngulis universal. Escribió en 1991 El Cántico del apocalipsis alegre, traducido por ahora sólo en francés. Es una fábula gozosa que alumbra la esperanza, y nos conduce hasta 2023. Como una fantasía que alienta la imaginación, rescata la utopía y nos invita a un mundo fantástico, sin negar el pavor.

Curiosamente, el apellido del autor —traducido a nuestra lengua—, significa «fortaleza de piedra»; y es justamente lo que Arto nos ofrece en su Cántico: un enjambre de luces sobre nuestro futuro azaroso. Pero –eso sí— nos pide el deber de resistir durante este final provisorio del mundo que él prevé en 2023... con más víctimas, fruto de los estertores del capitalismo. Por cierto que Paasilinna relata la caída del Muro de Berlín (1989) y —aunque jubiloso e irónico— profetiza lo que vivimos y viviremos.

Con el Muro, uno de cuyos iconos más conocidos fue la «Guerra Fría», se desplomaba el sistema económico, político y social representado por la Unión Soviética, Hoy, según los especialistas más lúcidos del mundo, entre ellos Joseph Stiglitz —Premio Nobel de la Economía 2001—, la crisis de Wall Street fue al capitalismo lo que la caída del Muro al comunismo. Stiglitz, como tantas otras voces, vaticina el fin del enriquecimiento obsceno de los sectores financieros y de las multinacionales, que aún retienen el Poder. Para revertir la situación, habrá que esperar años.

Sí, el número de hambrientos en el mundo es de 925 millones: sólo en un año, 75 millones se sumaron a los famélicos. Y aunque, por un lado y con una mirada idealizada, algunos ven en América latina una esperanza, no menos de 26 millones de sus gentes engrosarán —casi de un día para el otro— las filas de los hambrientos. La música es tu amigo especial/Baila sobre el fuego como te lo pide/La música es tu único amigo/Hasta el final, nos desafían «The Doors».

¿El ojo de Dios?

En la frontera entre Francia y Suiza, los científicos buscan la «partícula de Dios». Inventaron un Gran Colisionador de Hadrones (LHC), para descubrir el origen del Universo. Todo está puesto en duda. «Todo lo sólido se desvanece en el aire», como escribió en el ‘88 Marshall Bergman.

El miedo, el miedo que lacera; la sensación de ser títeres bajo la locura de los poderosos; lo desconocido y acechante incitan también al humor... negro. Enterradores ucranianos de la empresa «Eternidad» hicieron un restaurante en un espacio de veinte metros de largo. Es un ataúd —el mais grande do mundo—, decorado con féretros y cuyos platos tienen nombres relacionados con la muerte: «Nos vemos en el Paraíso», o «Ríase del infierno», por ejemplo. Otro caso: enfermo de vacío y sediento de sangre, un joven argentino mató a su papá, lo cocinó y... se lo comió. Como contrapartida, el suizo Yves Rossi, provisto de alas equipadas con reactores sobre sus espaldas y su cuerpo como fuselaje, voló sobre los 35 kilómetros del Canal de la Mancha en diez minutos. Por gracia, también hay pájaros.

Crisis energética, cambio climático, calentamiento global, deforestación, discriminación, inmigrantes que buscan un lugar bajo el sol y encuentran la muerte de la mano de su hermano, el hombre; ocupaciones de países y masacres por parte del Imperio; la crisis financiera; la militarización de la América indígena; la amenaza de carencia de agua, mientras los sin conciencia la despilfarran; la medicina inaccesible para la mayoría, la falta de viviendas y de educación, las muertes por pánico…

El hombre horrorizó a la Naturaleza y hoy estamos expuestos a su justa furia. Pero ahora, cuando lo que se juega es nada menos que el destino de todos, lo peor es la pérdida del sentido de la vida, de los valores humanos. Tomados por las urgencias y por la banalidad con que el Sistema distrae la atención de los desprevenidos o indiferentes, no vemos el caleidoscopio que —como un milagro— nos convoca con mil imágenes a dar vida a la vida.

Hoy conocemos la realidad. ¿Qué viene después? Sólo hay presunciones. ¿Se harán ciertas las profecías mayas? Según ellas, después de sufrir no pocas desventuras, el 22 de diciembre de 2012 comenzará una nueva Era. ¿Cambiamos de paradigmas... o elegimos las sombras?

Según Una breve historia del futuro, libro del economista y pensador francés Jacques Attali, hay tres alternativas. La primera —que todos, y aun los hechos, descartan— es la continuación del Imperio de los USA, lo que significaría el fin del mundo. Otra, igualmente grave, es el súper-conflicto que seguiría a su caída, en cuyo caso continuaría la mundialización capitalista, el caos seguiría in crescendo, mientras que la anomia internacional permitiría que nuevos grupos de depredadores —con acceso a armas de destrucción masiva— cruzaran el espacio y los mares. De cumplirse esta hipótesis, la especie humana se extinguirá.

Otra posibilidad: la súper-democracia. Si la humanidad no quiere autoaniquilarse, el camino sería un contrato social planetario, con instancias de gobernabilidad y acciones colectivas en pro de la naturaleza. Así, podría inaugurarse la existencia, como una posibilidad humana de transitar el tiempo.

Hoy sabemos que Barack Obama sucederá a Georges W. Bush, calificado como «el peor entre todos los presidentes de los USA». Mientras tanto, y hasta que el 20 de enero entregue el Poder, sigue cometiendo atrocidades ¿Cuántas puede perpetrar, si hasta hoy no se privó de ninguna?

Y después, con el flamante electo... ¿qué? Más que los ciudadanos estadounidenses, parece haberlo votado el mundo todo. Las esperanzas puestas en él no tienen ni asidero, ni posibilidades serias de concretarse. Pareciera que se trata de inventar una ilusión. ¿Seguiremos soñando ser «libres como el viento», mientras vivimos prisioneros y amurallados por el miedo?

¿O quizá los pájaros nos mirarán desde su camino aéreo y desearán ser «libres como los hombres»?

Cristina Castello es poeta y periodista.


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Tributo a Salvador Allende Gosen


Héctor Torres Toro (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Navegar en la dicha, es creer que cierto lo que siento y vivo
Bajo el golpe, el dolor nos hace perder la conciencia pura
Las interrogantes me obligan a ponerme de pie frente a mi ser
Cuando logro desactivar mi desaliento, y asciendo a tu voz calma
Cuando irrumpo en tus días y trepo al escenario de tu historia
Busco en tus palabras solemnes, la honda flor de tu metáfora
Mi ser jubiloso estalla en la sonrisa del mundo, se alegra y canta

Tus sueños son mis sueños, ajuar en el oleaje trasmarino
Vuelo de cormoranes sobre ese mar que se agita de partos
y los elementos armonizan el corazón humano que palpita,
la fecundidad de anhelantes primaveras que se anuncian.
Me elevan a la óptima cima de tu meta, desde tu palabra firme.

Disculpa compañero Allende. Pero yo no les creo que hayas muerto
Tu sigues vivo en mi ser adolescente, viajando al futuro de mi canto.
Cuando mis nietos me piden un cuento, yo les hablo de un ¡pequeño gigante!
Ellos también ya te conocen y quieren escucharte en la voz de sus hijos
Empujando la nave de los sueños por las altas primaveras de los pueblos
Los niños de la patria no olvidan el medio litro de leche, viajando al desayuno.

El campesino como abeja va polinizando las flores que semillan
El viento peina la cima de los trigales, que se mecen en el aura del canto
La dicha cargada de sueños no cabe en su alma plena de esperanzas.
Nadie puede decirme que no es cierto lo que digo, si no estuvo contigo
Yo adolescente de raíces campesinas y obrero escalador de andamios
Poetizo a golpes de martillos e interrogantes de echonas, el vaivén del trigo
Que como un ejército de pobres sin nombres, camina al granero de la historia

Ya no me detiene ni la metralla ni las romboidales alambradas de ayer
Ni mimetizados soldaditos prepotentes, ni las amenazas del infierno
no me anclaré en el pasado, arrastraré hasta hoy el vivero de los sueños,
e injertaré con la certeza de tus manos, un horizonte de árboles sin fronteras
quiero verlos libres en un futuro de mañanas, como una selva indetenible
quiero ver al pueblo con sus manos en la fiesta de sus frutos, y sus obras

¡Que paradoja la de los cobardes!, querían silenciarte, borrarte de amaneceres
¿No te conocían,? no sabían que los hombre como tu, no mueren en su muerte
Tu desciendes de tu cuerpo, de tus estatuas, te multiplicas en los libros
Subes a los escenarios, hablas en muchos idiomas, dictas cátedras a estudiantes
Tu ética sacude N.U. recorres los continentes, enseñando a ser joven y altivo
En las autorrutas, en los parques y en las bibliotecas, en las calles y en las aulas
Está tu nombre inmenso diciendo presente por la vida, en el corazón de los sueños

Cuando la hora de la verdad se haga inevitable y la justicia suba a la balanza,
Con su fusta de equidad normalizando la luz de los iguales, en cada nacimiento
Cuando los asesinos oculten sus miradas, y otros no recuerden tus principios
La hipocresía llorará su carga de amnesia, como un mal insalvable de los días
Entonces se levantaran los caídos a escribir sus nombres con sus propias manos
A gritar en su silencio palpitante, ¡compañero Allende presente, ahora y siempre!

Tu ejemplo heroico de combatiente inclaudicable, vivirá en la sangre joven.
Nos legaste tu memoria activa, como un horizonte que viaja por la historia.
En tu océano de sueños caben todas las voces de los que anhelamos tu canto
En mi memoria perdura tu grandeza, tu altivez y dignidad, ¡tus últimas palabras!
Prometiste volver en el futuro, latiendo tu herencia en el corazón del pueblo
Con tus manos en las manos de tu gente, con las llaves y las claves de la hora vendrás
Para abrir de una vez por todas y para siempre, las aldabas de las grandes alamedas.

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La muerte anunciada

Beatriz Paganini (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La letra es del doctor Alejandro y comienza diciendo que Ladi está escuchando una radio del Uruguay.

-- No se saben las bajas producidas en el día de hoy, pero sí hay noticias que hubo combates y los muertos son de ambos bandos-dice el locutor.

-- Mamá, apagá por favor, es peor escuchar-pide Celia.

-- Si, tenés razón, así no me voy a enterar. No dan los nombres de los soldados heridos o muertos.

Entra un señor y se abraza a ella llorando.

-- ¡Daniel! ¿Qué pasa? ¿Tenés noticias?

-- No, pero no puedo estar en casa, Florencia llora todo el día.

-- Si, no es justo- contesta Ladi se han llevado a los más jóvenes, a nuestros muchachos por la vanidad de jugar a la guerra.

-- ¡Son unos asesinos! Mandan a la muerte a sus propios compatriotas. ¡Canallas! ¡Hijo de mil puta, si le pasa algo a mi hijo te juro que lo mato a ese borracho!

Cuando llegué a esta parte y leí lo que había escrito el doctor Alejandro con su letra clara y personal, creí que yo dejaba de respirar. Sentí como un golpe en medio de los ojos, tuve que cerrarlos y no recuerdo que tiempo pasó hasta que los abrí.

Volví a leer y, efectivamente:

¡Alejandro escribió lo que mi padre Daniel Gudman, tío de Ladi, había gritado entre sollozos un día de mayo del año 1982!

Mi hermano Benjamín, soldadito conscripto argentino estaba combatiendo en las islas Malvinas.

Por suerte mi padre ignoraba, en ese momento, que pasaba hambre y frío, porque el Comando Argentino ni siquiera los había provisto de ropa adecuada para soportar el cruel invierno en zonas tan australes.

Sólo diré que un día de mayo de 1982, mi hermano moría en Malvinas.

Descansa en paz hermanito.

¿Te acordás, cuando me fuiste a ver a la escuela, con mamá y papá?

Yo teatralizaba con otra alumna la poesía “Hermanita Perdida”, y mi doble orgullo era que me llamaba Malvina.

Vos me ayudaste a memorizarla y, al final, la aprendimos los dos. Yo tenía siete años y vos dieciséis.

La hermanita perdida

De la mañana a la noche,
de la noche a la mañana,
en grandes olas azules
y encajes de espuma blanca,
te va llegando el saludo
permanente de la Patria.

Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.
Amarillentos papeles
te pintan con otra laya.
Pero son veinte millones
que te llamamos: hermana...
Sobre las aguas australes
planean gaviotas blancas.
Dura piedra enternecida
por la sagrada esperanza.
Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.
Malvinas, tierra cautiva,
de un rubio tiempo pirata.
Patagonia te suspira.
Toda la Pampa te llama.
Seguirán las mil banderas
del mar, azules y blancas,
pero queremos ver una
sobre tus piedras, clavada.
Para llenarte de criollos.
Para curtirte la cara
hasta que logres el gesto
tradicional de la Patria.
Ay, hermanita perdida.
Hermanita, vuelve a casa.
La hermanita perdida

Letra de Atahualpa Yupanqui


Ahora una cruz blanca te señala con otros soldaditos y, yo, hermano todavía no he podido llevarte unas flores y nunca volverás a casa. Pienso en tus jóvenes dieciocho años, ahora tendrías cuarenta y dos.

No te dejaron vivir, te mató una guerra injusta por la vanidad de unos salvadores sicópatas. Cierro los ojos y te mando un beso grande, grande, que vuela, vuela y llega hasta la cruz blanca de tu tumba.

Te recordaré siempre y te llevo anudado a mi nombre, Malvina.

* Relatos de la novela "De Úbeda a Santa Fe"


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Don Engentón (el que no soporta a la gente)

Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para una fiesta en salón de baile, donde la música está puesta a todo volumen, he llegado a establecer un récord de permanencia de 36 m 40s. Para una reunión de cuates en casa de familia, 11m 54s. Para unas pláticas mano a mano con un amigo, chelas de por medio, 17m 11s. Ya en la frutería, mientras elijo el mango y la sandía, la papaya y la uva, conversando con los parroquianos sobre el tiempo y las enfermedades, 11m 3s.

Pero todos los récords caen y el efecto es instantáneo cuando se trata de mí mismo: tan pronto me veo al espejo, me engento.

Marcos Winocur es argentino reside actualmente en México.

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Noche–mala

Miguel Longarini (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Amigos y lectores.

Siempre llega diciembre con sus festividades y creencias; con su cambio de almanaque; con el festejo de los encuentros por los desencuentros…

Siempre llegan los días de no saber qué comprar, de no saber qué decir, de no saber qué hacer de comer ésa noche que nace El hombre nuevo… entre el estreno de la bombacha rosa, el pavo que explota de relleno y la idolatría al gordo Papá No Es del otro Dios Coca-Cola, que refuerza esa diferencia del niño que tiene del que no tiene NADA.

Siempre llega diciembre para seguir pecando desde la avaricia y la gula; la obscenidad de sentirse superiores en poder comprar…en creer que se tiene mucho entre los que no tienen NADA.

Siempre en diciembre, nosotros los cristianos celebramos la “noche buena” que no siempre es la más buenas de las noches…

Como siempre en diciembre comparto el pan de mi poesía.

Como siempre en diciembre, mi hermandad con vosotros.

Noche–mala

Era tan pequeñito
como los sueños
de los chicos de la villa.
Era tan pequeñito,
que sus manitas
no alcanzaron
para apretar el gatillo
de su revolver,
de esa noche–mala;
De esa noche–perra.
Era tan pequeñito
que después del tiro,
ardiente y certero
que le partiera el pecho,
el vendedor de droga
se agachó, tomó su arma,
revisó impacientemente
los pobres bolsillos,
y encontró apenas…
Tres estampitas sueltas.
Era tan pequeñito
que sus alas…
Esa noche–mala
se quedaron sin vuelo.

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El regreso de don Rolando

Rodolfo Bassarsky (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

Faustina no representa la edad que tiene. Es una mujer de 71 años, alta y delgada cuya mirada atrapa. Sus ojos negros y grandes son un fiel testimonio de una belleza apenas opacada por el tiempo. Una sonrisa casi permanente da la pauta de sus ganas de vivir. Vive intensamente. Pone pasión en cada uno de sus actos. Es muy activa. No se la ve casi nunca quieta, excepto cuando escucha música, generalmente barroca. Llama la atención en esas circunstancias su concentración excluyente. Diríase que Doña Faustina está en compañía de Bach, Vivaldi o Telemann en un diálogo silencioso con sus almas.

Es una discreta violinista no profesional que ama a su viejo violín como a un hijo. Nunca se niega a ejecutar 2 o 3 obras cuando se lo piden en las reuniones familiares o de amigos. Doña Faustina es una admiradora de Misha Elman de quien dice fue un excelente intérprete y una persona de bien. Tiene una habilidad llamativa que la divierte y que concita la admiración de todos. Mientras escucha la versión grabada de determinados conciertos para violín y orquesta, es capaz de tocar al unísono con el solista. De manera que se escucha un violín “reforzado” que resalta su participación en la obra.

Don Rolando – su marido – es un fanático del talento musical de su mujer. Festeja alborozado y con gran aspaviento la habilidad “sincronizadora” de Faustina al violín. Faustina devuelve la gentileza alabando pública y reiteradamente a su marido:

--- Mi viejito es el mejor maestro del mundo.

Una amplia sonrisa y una mirada tierna tienen por destinatarios los ojos expresivos de Don Rolando.

Don Rolando regresó hoy. Estuvo 15 días en Cóndor de los Andes, un pequeño pueblo de la provincia del Chubut en la Patagonia, adonde fue a visitar a un ex alumno suyo, director de la escuelita rural. Vino alborozado, radiante:

--- Te cuento, Faustina, que fue una experiencia maravillosa. Mi muchacho ama a sus alumnos. Hay que verlo a Horacio dedicando horas interminables a enseñarles las estrellas. Luego acompañándoles a sus casas porque se hizo de noche.

Don Rolando se conmovió ante un espectáculo pleno de contenido humano:

--- Esos maestros, instalados en la modestia, dan una lección de solidaridad al mundo enseñando las letras, los números, los próceres, la tierra, la ciencia y el cielo. Este viaje me fascinó. Les prometí que el año que viene volvería con vos. Cuando vayamos, llevate otro violín porque vas a mostrarles a esos mapuchitos cómo se toca el violín. Seguro que encontrarás entre ellos un candidato a convertirse en Misha Elman.

Tenés que verlos, Faustina. Están ávidos por aprender. Quieren saberlo todo. Todo preguntan y tienen una capacidad de captación increíble. Las miradas inquisidoras habitando sus caritas redondas, no las he conocido en los chicos de la ciudad.

II

Don Rolando continuó:

Algún día quiero escribir la historia de un genocidio del que se tiene escasa conciencia : las llamadas “campañas del desierto” que a principios y fines del s. XIX impulsaron Juan Manuel de Rosas y el General Julio Argentino Roca respectivamente. Un atroz aniquilamiento de miles de personas en nombre de la civilización y de la religión. Quiero confrontar esa barbarie de unos blancos con la tarea admirable, verdaderamente civilizadora, de otros blancos en nuestro tiempo. Poner de relieve que la masacre fue cometida por los poderosos empujados por el interés conquistador, por el afán de acumular riquezas de una elite privilegiada. Hoy, modestos y desinteresados educadores argentinos, ciertamente civilizadores, dan una magnífica lección de amor al prójimo con su ejemplo.

Don Rolando siguió hablando en este tono con su mujer. Habló del “espíritu del hombre de campo”, más solidario, más apto para la convivencia en comunidad, en contraste con el individualismo y el “espíritu egoísta” del hombre de la ciudad.

Todos los meses de diciembre durante los siguientes 10 años, Don Rolando y Doña Faustina visitaron la escuela rural de Cóndor de los Andes. En esos 10 años el pueblo creció, adquirió cierto perfil turístico y la primitiva escuelita se transformó en la escuela primaria de referencia de la región. Horacio asumió responsabilidades progresivamente mayores en el área de la educación. Jamás defraudó a las autoridades docentes de la provincia.

Todos los niños que en los primeros años pasaron por la escuelita fueron personas honestas. Trabajadores o profesionales que pusieron en evidencia el valor de la educación recibida.

Rolando y Faustina fueron testigos fieles aunque esporádicos de la evolución.

III

Cuando ya octogenarios y achacosos decidieron no viajar a Cóndor de los Andes, recibieron con enorme emoción la visita de sus amigos patagónicos. El día de la llegada de los visitantes, la dueña de casa preparó una comida exquisita para homenajearlos. Después se sentaron en el salón.

Don Rolando está sentado en su sillón mullido en el salón soleado de su casa empuñando un bastón de caña con ambas manos. Sobre el dorso de la mano descubierta apoya el mentón. Calza anteojos para su presbicia, no obstante se puede apreciar la vivacidad de una mirada sabia. Mira fijamente a Horacio quien con entusiasmo está pasando revista a los últimos acontecimientos de su terruño, deteniéndose en su elección como intendente de la ciudad. Don Rolando lo escucha con atención y sin pestañear. Cuando Horacio hace una pausa, su maestro se incorpora dificultosamente por la artritis ayudándose con el bastón. Da un paso, lo abraza y con firmeza y voz clara le dice:

--- Estoy orgulloso de mi querido alumno. No viví en vano.

Vuelve a su sillón, se recuesta y se queda dormido.

Eva, la mujer de Horacio, se dirije a la dueña de casa:

--- Faustina, le traje un regalito que seguramente le va a encantar.

--- ¿Qué me trajiste, Evita?

--- Este programa del concierto que dio la Orquesta Sinfónica Provincial en el teatro de la Dante Alighieri de Rawson.

Faustina lee en voz alta:

--- Orquesta Sinfónica Provincial de Chubut. Concierto para violín y orquesta en Re mayor de Ludwig van Beethoven.

Solista: el destacado violinista chubutense Ceferino Curruhuinca (“el Misha Elman patagónico”).

¿Cefe? ¿Con la OSP?, ¡qué alegría! ¡Yo siempre pensé que Cefe iba a llegar lejos!

En cuanto Don Rolando se despertó – unos minutos después – escuchó a su mujer contarle exultante, la buena nueva.

Ahí estaban ellos: Don Rolando en Horacio, presente. Doña Faustina en Ceferino, lejano. Fin de la Tarea. Misión cumplida.

Al día siguiente un infarto agudo de miocardio puso punto final a la vida de Don Rolando. La expresión de intenso dolor isquémico dio paso, instantes después, a una milagrosa sonrisa de pacífica resignación y de satisfacción eterna. El cuerpo agónico de Don Rolando descansó en brazos de su ex alumno quien tras el último suspiro, besó la frente de su maestro.

Un mes más tarde volvió Horacio, llevó a Doña Faustina al sur para que asistiera a otro concierto de Ceferino. Después de agradecer los aplausos insistentes del publico, el violinista tomó el micrófono y dijo:

--- Señoras y señores: está en la sala mi maestra. Todo lo que soy se lo debo a ella. Pido a Doña Faustina que venga al escenario y reciba el justo reconocimiento de todos Uds.

Al subir la anciana con cierta dificultad al escenario, el público estalló en una ovación clamorosa que se prolongó durante 5 minutos. Nunca el teatro había vivido semejante experiencia.

Doña Faustina, radiante, se cansó de tantas torpes reverencias ( no estaba acostumbrada y sus vértebras crujían ) agradeciendo y señalando con su brazo extendido al verdadero héroe de la función: a su querido Ceferino. Todo concluyó con un abrazo y un beso prolongado. Cayó el telón como si se hubiera tratado del último acto de una historia de amor.

Dos días después Doña Faustina moría plácidamente en su casa.

IV

Esta historia llana de Don Rolando y su mujer me la contó Horacio. He respetado fielmente su relato, frecuentemente interrumpido por nudos en la garganta.

Horacio es el Don Rolando de nuestros días y ya tiene su sucesor. Todos deseamos que esta cadena de maestros y alumnos no se interrumpa jamás. Es la mejor garantía de la buena docencia, más importante y poderosa que cualquier Ley de Educación. Si cada buen maestro tiene su émulo y continuador, cualesquiera sean las normas, la educación mantendrá un nivel alto. Sin duda son más importantes las personas que las leyes. Nuestros gobernantes debieran tenerlo en cuenta.

V

Doña Faustina es una pareja ejemplar. Admira, comprende y acompaña a su marido. Pero brilla también con luz propia. Don Rolando es también un compañero excepcional que ama a su mujer y admira su talento.

Cuando Horacio fue intendente de Cóndor de los Andes logró concretar un sueño. Construyó la Plaza de la Educación en una de cuyas esquinas se ve una bella escultura: son las estatuas de Don Rolando y Doña Faustina. Vivirán perpetuamente en la memoria de la gente del lugar.

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Navidad


Carlos Angulo Rivas (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¡Ay madre mía! madre mía
¿podré decir feliz Navidad algún día?
¡Ay madre mía! qué país el nuestro
está así, por ninguna vez ser pobre
por ser de fortuna ambicionado
porque saltan los pericos de colores
los pescados frescos en las redes
los alcatraces mineros de papada
los chanchos de chaleco en las bolsas.

Madre con cuál voz has de callar el día
si te despiertan voces delgadas transparentes
críos inocentes llamándote a dar la cara,
con centavos contados que no alcanzan
cuando viene la aurora a buscarte
a pedir avena leche pan sobre la mesa
Madre vino el día a sollozar internamente
hoy mejor sería morir durmiendo
o soñar despierto tapándose los ojos
tu vecina ayuda en lo que puede
yo observo de cerca lo imposible
¡Ah reina del universo! en mí adentro.

Madre no puedo ver crecer la fiebre
de los niños comiendo las migajas
los sobrantes, sí los que abandonan
los camiones municipales preferidos.
Además, no llores que no es de valientes
no sufras que no es de madres echar frío
sino formar hombres en masa del mañana
armados de valentía y conciencia.
¡Ay Madre mía! madre mía
¿podré decir feliz Navidad algún día?

* Del libro "Color de Guerra" (Poemario)
Paradise Books. Canadian Cataloguin in publication data.
ISBN 978-0-9684991-7-7


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Novedades editoriales


Pablo E. Chacón (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Diarios 1984-1989, de Sándor Márai
Salamandra
Celebrado por su talento para reflejar en sus novelas el esplendor y crepúsculo del humanismo centroeuropeo, y testigo minucioso de los grandes acontecimientos que conmovieron Europa en la primera mitad del siglo pasado, Márai vio cómo su obra quedaba relegada al olvido tras abandonar la Hungría comunista en 1948. Después de un azaroso exilio que lo llevó a la ciudad californiana de San Diego, muy lejos de la vieja Europa, pasó sus últimos años en un aislamiento casi absoluto.
Privado de su público natural, Márai escribió cinco de los seis tomos de sus diarios en el exilio; el último, redactado entre 1984 y 1989, es el testimonio de un hombre decidido a enfrentarse con la muerte. Alternando recuerdos personales, instantáneas reveladoras de la vida cotidiana, con comentarios sobre diversos temas de actualidad y apuntes sobre la lectura y la tarea de escribir, el escritor se convierte en un observador implacable de su propio deterioro físico y narra, sin embellecerlo, el último drama de su existencia: la enfermedad y muerte de su esposa, Lola Matzner, con quien durante sesenta y dos años lo había compartido todo. Márai reflexiona sobre el luto y la soledad, cada vez más insoportable, al tiempo que se prepara para el momento final: Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora. Escasos días después de anotar estas palabras, el novelista se quita la vida con un disparo.

Los espectros, de Leonid Andréyev
Acantilado
Cuando ya no cupo duda de que Yegor Timoféyevich Pumerántsev, el subjefe de la administración local, había perdido completamente la razón, se hizo en su favor una colecta y se lo recluyó en una clínica psiquiátrica privada. Así comienza esta novela, retrato con imágenes ligeras y contrastes pétreos, de sólido pesimismo y humor negro, que nos acompaña hasta las proximidades de la locura, esa zona inasible y sombría en que lo entrañable y la necesidad de redención se animan.

Ser-en-el-sueño. Crónicas de historia y vida toba, de Pablo Wright
Biblos
Este libro es una aproximación, desde la antropología y la historia, a las principales características y elementos de la vida de los tobas del oriente de la provincia de Formosa. Con el estilo de una crónica, el autor entra en ese mundo explorando cómo se constutuyó su ser-en-el-mundo, qué sucesos impactaron en su memoria, cuál fue el papel del estado en la construcción del “indio”, y qué importancia tiene el sueño como experiencia-lugar en el que la realidad social se teje en su significación más compleja.
¿Quién soy yo?, de Yi-Fu-Tuan
Melusina
Yi-Fu-Tuan es uno de los pensadores más influyentes de la actualidad, aunque pocas personas han oído hablar de él. Con una voz crítica pero sosegada, marcada por el desarraigo del exilio, ha renovado el campo de la geografía suscitando la reflexión sobre cuestiones como la función de los paisajes simbólicos, la estética geográfica y la fantasía cultural y la tensión primera entre el cosmos y el hogar. Su trabajo rompe las barreras académicas tradicionales para hilar un pensar inédita partir de disciplinas tan disímiles como la filosofía, la psicología, el urbanismo, el paisajismo y la antropología.

After Dark, de Haruki Murakami
Tusquets
Cerca de la medianoche, en esas horas en que todo se vuelve dolorosamente nítido o angustiosamente desdibujado, Mari, sentada sola en la mesa de un bar, toma un café mientras lee. La interrumpe un joven músico, Takahashi, al que mari ha visto una sola vez, en una cita de su hermana eri, modelo profesional. Esta, mientras tanto, duerme en su habitación, hundida en un sueño demasiado perfecto, demasiado puro. Mari ha perdido el último tren de vuelta a casa y piensa pasar la noche leyendo: el músico se va a ensayar con su grupo, promete regresar antes del alba. Mari sufre una segunda interrupción: Karen, la encargada de un “hotel por hora”. Pide que la ayude con una prostituta china agredida por un cliente. Dan las doce.

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