sábado, 27 de diciembre de 2008

La coya de ojos celestes

Gustavo E. Etkin (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Patear el culo de una gorda no es ninguna hazaña. Cualquiera puede hacerlo en un momento de furia, amor o curiosidad.

Pero dejar una moneda en el suelo a la luz de la luna calculando que el reflejo brille para la gorda, esperar entre la sombra que se agache a levantarla para recién entonces encajarle un patadón, es cosa de ingenieros.

Aparentemente fue el azar. Un día en el café, alguien preguntó a Leonardo si se animaba a pegarle una patada en el culo a una gorda.

Vio venir una con várices y un pañuelo rojo en la cabeza, caminando con esfuerzo mientras suspiraba y bamboleaba las caderas. Llevaba una bolsa llena de zanahorias.

Silencioso, salió del café. Esperó que pase y la siguió. Los demás, asomados, miraban. De pronto dio una corridita y pateó.

Con el tiempo, lo que había sido circunstancial desafío se transformó en la posibilidad de hacerse una changuita. Ya nadie dudaba: se le ofrecía plata o se formaba un pozo. Después todos se ubicaban esperando la gorda, y Leonardo volvía aclamado. Pero cada vez había que esperar más porque Leonardo, transformado en especialista, tenía sus exigencias.

No cualquier gorda -por el hecho de serlo- merecía el patadón. Debía tener además, glúteos sobresalientes, empinados. Y fundamentalmente lo que llamaba, tecnificado, “doble movimiento” o “culo autónomo”. Era un criterio cinético y dinámico que tenía muy en cuenta y cuyo descubrimiento en una gorda era un plus, un lujo, un regalo que lo exaltaba, un “bocatto di cardenale”, como decía. Se trataba de un movimiento extra, sobreagregado, que desbordaba los pasos, que sobrepasaba el límite donde las caderas se detenían. Era un pequeño y rápido bamboleo, un suave temblor, el rebote de la firmeza del paso en otro campo con leyes distintas y propias.

Fue en esa época de sofisticación cuando se le ocurrió lo de la moneda.

El tiempo siguió pasando, Leonardo terminó el Otto Krause y, según su evidente vocación, estudió ingeniería.

A todo esto, en Finlandia, Väino Väätäinen, estudiante de antropología, recorría la costa del golfo de Botnia. Había pasado por Raahe, Gamlakarleby, Vasa, Rauma, Kalajeki, Hailuoto. Ahora, a punto de volver, estaba en Uusikaupunki.

A Väino siempre le gustaron las serenas costumbres de los campesinos y pescadores. Un mundo de madera limpia y tallada, de gente sonriendo. Hijo único, recordaba las fiestas y bailes cuando su madre lo llevaba de vacaciones. Y a su madre bailando y cantando y riendo donde todo era colores y blusas y giros y saltos y polleras y sombreros. El acquavit alegraba y calentaba. Después, nuevamente la sonrisa y la serenidad. Väino Väätäinen amaba a su país. Por eso estudiar antropología más que vocación, fue continuidad.

Y esa vez en Uusikaupunki, como siempre, miraba las ropas. La influencia lapona que creyó descubrir en las largas chaquetas de piel lo decidió a ir a Ostrobotnia, al interior.

Recorrió bosques y durmió en posadas. Esos bosques interminables, sombríos y olorosos, donde de pronto aparecían campesinas con esos vestidos junto a los lagos.

Eran blusas bordadas, caladas, pequeñas mantillas con flecos que caían de los hombros con flores rojas, azules, amarillas, hacia polleras amplias, verdes o negras, con rayas rojas y blancas curvándose sobre las caderas que se movían debajo.

Väino, desde chico, miró el golpe que inflaba fugaz y rítmicamente las grandes polleras coloridas. Mirarlas de atrás era asistir a un misterio. Sabía que estaba en las caderas, fuertes caderas, quizá de origen lapón. Pero esa fuerza oculta por el florido y civilizado trabajo de la pollera, lo fascinaba. Años más tarde y ya estudiante, decía que era la potencia telúrica que indómita, así avisaba que la cultura no la había sometido. Y luego
- politizado - hablaba de la fusión de la tierra y de la raza que, desnuda, pugnaba siempre por descargar su vitalidad oprimida por convencionalismos socioculturales.

Así es que ese día, en la posada de Otrobotnia, Väino admiraba un antiguo vestido de campesina que por poco dinero le había comprado a un viejo guardabosque viudo.

Despacio se fue poniendo la blusa, la gran pollera, la pequeña mantilla, el sombrero, florida cofia que abrochó en la nuca. Pero no tenía corpiño, bombachas ni enagua, esa gruesa enagua campesina. Bajó a comprarlas y volvió exaltado, febril. Vistió todo y se miró al espejo. Se miraba, se movía, se contoneaba. Y a cada golpe de cadera la pollera se levantaba airosa, como las campesinas.

A todo eso, en la Argentina, cuando Leonardo se recibió de ingeniero le aumentaron el sueldo y lo trasladaron. Recién casado y joven padre, añoraba la barra de la esquina. No podía olvidar el acecho, la mirada y el oído preparados a calcular a la distancia si la presa valía la pena. Cazador jubilado, recordaba los glúteos y las gordas que habían cruzado por lo que fue antes su intrépida vida.

Y siempre ese regreso de ovaciones y palmadas con la gloria en la punta del pié derecho. Ahora, de vez en cuando un truco o un partido contra los de contaduría. Los sábados al cine, los domingos a la cancha o tallarines con los suegros. Y ahí, nadie sabía porque, después de comer en lugar de ver el programa se sentaba frente el televisor con una copa en la mano, moviéndola despacio y sonriendo con los ojos cerrados.

Pero antes en Finlandia y pasado el tiempo, Väino ya era profesor y recorría nuevamente Hailuoto, Kalajoki, Raabe, Pori, Rauma, Gamlakarleby. Amigo y adicto del Mariscal Baron Mannerheim, como él y todos los finlandeses había recibido fraternalmente a las tropas alemanas que los ayudarían a defenderse del oso ruso. Después del desastre continuó, como antes, creyendo en la fuerza de la raza que, indómita, hacía la historia. Aunque había modificado algo su concepción. La raza ya no era fusión con la tierra: era parte del mar. Hubo también otro cambio: ahora no se trataba de nórdicos sino de mogoles. Väino había llegado a la conclusión que la raza más pura, la originaria, la que fue remoto pasado y sería inevitable futuro era la raza mogol. Es por eso que investigaba en Laponia para confirmar su teoría sobre la existencia de vikingos-mogoles. El problema era conseguir polleras y chaquetas de laponas, porque los lapones son todos muy pequeñitos.

Consiguió lo que buscaba y salió a pasear, moviendo laponamente sus caderas. Pero ésta vez, todos lo miraban como no quería: una mujer lapona tan alta como Väino era inconcebible.

Sus alumnos lo descubrieron y los ahora no secretos placeres de Väino se comentaron en la Universidad.

En parte por eso y también por seguir el rastro de los vikingo-mogoles, Väino aceptó un ofrecimiento de un amigo antropólogo, profesor de la Universidad de Buenos Aires en la Argentina.

A todo esto y pasado el tiempo Leonardo, ya gerente de Obras Sanitarias, supervisaba la instalación de grandes acueductos en el norte, recorría los dorados prostíbulos de Salta, mascaba coca y jugaba póker hasta la madrugada en los clubes árabes y de tarde se sentaba en la vereda de la confitería frente a la plaza, donde todos se saludaban o miraban de reojo.

Ahí, con sus amigos recientes recordaba muchas veces la antigua barra. Pero ni eran los mismo ni Salta era el barrio. Con ninguno de ellos hubiera podido codearse o encontrar en su mirada un acuerdo sin palabras sobre el culo de una gorda. Y menos aun podía confiar a nadie sus impulsos de ingeniero cazador y, por supuesto, con nadie podía añorar y revivir la gloria de haber vivido peligrosamente. Y si en un momento de debilidad y nostalgia, allá por lo de Valderrama podría ceder ante un oído atento, sabía que la sonrisa amable se congelaría y lo mirarían con desconfianza y miedo. Y después en toda Salta se comentaría que el ingeniero de Buenos Aires era medio loco. O un degenerado.

Leonardo escuchaba a Ángel Vargas y se aislaba cada vez más.

Así fue que una noche de luna llena, caminando despacio, fue a pasear por las afueras.

A todo esto y pasado un tiempo, Väino viajó al Chaco y luego a Salta siguiendo el rastro de los vikingo-mogoles. Y también sabía que haría lo posible por ser una campesina más, pero nunca imaginó la exaltación, el entusiasmo y el loco frenesí que galoparía tembloroso por su cuerpo cuando se encontró ante todas las anchas y coloridas polleras de la coya, sus ponchos, sus eternos y estables sombreros. Y ese niño, que sin mirar, cargaban a la espalda como una cruz. ¡¡¡Sería Ellas!!! Se mareaba con solo pensarlo.

Así fue que una noche de luna llena, vestido de coya, fue a caminar por las afueras.

Revolvía feliz las caderas dentro de tantas polleras coloridas cuando vio en el suelo un punto brillante. ¿Un diamante, una moneda, el vidrio de una botella o un rastro vikingo-mogol ? Väino se agachó, y en ese momento sus caderas, sus glúteos, todo lo que antes movía gozoso, explotó, reventó, y lo mandó de cara al suelo. Aturdido y con la boca muy abierta tratando de respirar vio un par de zapatos brillantes, pantalones, un saco a la moda, corbata y una cara que desde arriba lo miraba. Ese señor, además de sonreír, esperaba algo.

Väino se incorporó. Sus ojos llenos de lágrimas, lloraba en silencio el dolor de ese estallido salvaje. Ya de pié, mientras murmuraba insultos en finlandés pensando en Galileo y en “ epur si muove”, se alejó con dificultad, pero golpeando desafiante las caderas. Su orgullo se apoyaba en su dignidad, y su dignidad en la indignación por lo que, no dudaba, era muestra de barbarie subdesarrollada.

A todo esto y pasado un tiempo, Leonardo agazapado vio venir una coya culona. Con alegría de cazador con suerte descubrió el doble movimiento. Servida, la mejor presa iba en dirección a la moneda que a la luz de la luna colocó en su camino y como en los buenos tiempos, cuando se agachó a levantarla, le encajó la patada.

Esperó algunas de las reacciones previstas: terror silencioso y rápida huída, o parálisis, estupor y luego alborotada indignación, hasta un cachetazo esquivado con agilidad. Nada de eso. La coya se incorporó llorando en silencio y se alejó murmurando una plegaria en quechua.

A todo esto, Väino se fue de la Argentina. Su amigo el antropólogo nunca pudo saber la verdadera causa de tan rápida decisión. La explicación, que aceptó con dudas, fue que ahora para Väino el lugar de origen de los vikingo-mogoles era Arabia Saudita.

A todo esto, y pasado un tiempo, Leonardo pudo reconstituirse de aquella patada que dio en Salta con resultados tan diferentes a los que añoraba. Esas lágrimas, esa plegaria en quechua musitada con resignación, ese caminar difícil y dolorido en lugar de hacerlo sentir como en los viejos tiempos, un aclamado triunfador, un técnico eficaz y un artista realizado, lo hicieron sentir un señorito unitario, un miembro del Ku-Klux-Klan, un racista elegante y carnicero execrado por la historia. Y si bien tras largos años de analítico diván pudo nombrar el secreto e innominable afecto que sentía por su padre y el odio a su madre por competidora desleal y tantas otras cosas, nunca pudo explicarse porqué razón los ojos de esa coya eran celestes.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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Funes el memorioso


Jorge Luis Borges

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente:
"¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.

Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.

El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.

Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.

Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

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Algo de música: Alí Primera, el "cantor del pueblo"


ARGENPRESS

"Nuestro canto no es de protesta, porque no hacemos una canción por
malcriadez, no la tomamos para encumbrarnos ni hacernos
millonarios, es una canción necesaria".
Alí Primera

El venezolano Alí Primera (Coro, 1942-Caracas, 1985) es hoy uno de los más representativos íconos de la canción revolucionaria latinoamericana. Con una infancia de extrema pobreza (lustrabotas a los seis años, boxeador más tarde), gracias a su talento pudo llegar a la universidad en Caracas, y posteriormente ganar una beca (a través del Partido Comunista de Venezuela) para estudiar en Rumania.

Su obra marcó toda una época, no sólo en su Venezuela natal, sino en Latinoamérica; a él se le deben temas ya legendarios en la música quizá mal llamada "de protesta", como "Techos de cartón" (cantada también por numerosos intérpretes como Los Guaraguaos y Soledad Bravo entre otros) y "No basta rezar". De su amplia producción, desde su primera grabación en Alemania en 1973 hasta la fecha de su muerte en un accidente automovilístico en Venezuela, en 1985, grabó 13 discos de larga duración. Igualmente participó en numerosos festivales musicales, tanto en su país natal como en toda Latinoamérica.

Hoy su figura es ya legendaria: decir Alí Primera es decir canción revolucionaria, canción de compromiso social, canto a la justicia. ARGENPRESS CULTURAL le rinde ahora un sentido homenaje difundiendo algunas de sus obras, interpretas por Paul Gillman.







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Señorita maestra Ladi


Beatriz Paganini (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Paso a saludarla y decirle que como los alunnos suyos le yeban noticias y novedade que pasan en el extranjero y aquí dentre nosotro, y yo le quiero explicar lo que nos pasó cuando nos inundamos en abril del domiltré.Y tengo conocidos que escribieron al diario de aquí y a otros de Buenosaires pero nadies les dieron boliya con lo que dijieron al respeto que no se pueden dar noticias de cualquier negocio porque eso e propaganda grati pero yo pienso que en este caso oportuno es un egoismo que malentiende lo que es propaganda y lo que es justicia de decir la verdá caiga quien caiga: los que ayudaron y los que se isieron los burros y con el perdón de la palabra perdóneme.

Y por lo propio que usté si resibe todos los escritos que le yeban los chicos, yo le digo lo que sigue, Que habían pasado dos días y el agua no abajaba y fue entonce que minuera la Carlota se acordó que todavía tenía un pezo en su celular y dijo por lo menos saludo a mi mamá con eso me alcansa y aprietó el botón y aunque nadie lo crea una vos de dijo usté tiene ochocientos hocho pesos para haser yamadas y entonces la Carlota fue corriendo y le contó a la vesina de atrá y la susodicha prendió el teléfono que abía dejado su hijo porque tanvien a el se le avía acavado la tarjeta del selular porque ya a todo el mundo le estaba pasando más del fin de mé con la plata y entonce otra ves le salió la misma vos que tenía toda esa plata para llamar, entonces se dijieron que no podían estar locas las dos juntas y empesaron a aser llamadas y era sierto: Movicom nos regaló a nosotros los inundados de santafe esos pesos como una ayuda.

Esta noticia que le mando señorita Maestra es la verdá y estamos para decir que es cierto todos los de santafe y tenemo que ser agradecidos y que dios premie al señor gerente o jefe de movicom que se le ocurrió la generosa idea y lastima que no se sabe como se yama y donde estará porque para más pior ahora el movicom no está má se llama movistar pero ese señor salvó muchas vidas y desgracias mayores, porque esos tristes días nos estábamos buscando unos y los otros y abía muchos desaparecidos y si no salvó muchas vidas aunque creo que sí, seguro que llevó tranquilida a mas de una madre y sus hijos y sus abuelos.

Señorita yo le mando la idea porque escribo mal pero usté y los chicos escribanlon correto y que se sepa. Lo agradecido es de bien nasido como decía mi mamá que dios la tenga en la santa gloria.

La saludo con carinio.

* Relato tomado de la novela "De Úbeda a Santa Fe".


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El viaje de Saramago


Edgar Borges (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A propósito del nuevo libro de José Saramago, “El viaje del elefante”, y convencido de que la vida es un viaje, se me ocurre pensar que el del escritor portugués ha sido un viaje cargado de pistas que bien vale la pena descifrar (o vivir en ese intento).

En cada novela de Saramago, dentro de su poderosa fábula, hay uno o muchos espejos que nos muestran una realidad simultánea a la ficción. “El evangelio según Jesucristo” (1992) le valió, además del Nobel de Literatura, la admiración de muchos lectores que vimos en uno de los espejos de esa obra el valor de la trascendencia espiritual más allá de cualquier dogma religioso. Otras claves, siempre humanas, siempre existenciales, habitan en novelas como “Ensayo sobre la ceguera” (1995); “Todos los nombres” (1997); “La caverna” (1997); “El hombre duplicado” (2003) o “Las intermitencias de la muerte” (2005).

José Saramago es uno de los más grandes fabuladores de la literatura mundial; el crítico Harold Blom asegura que es “el novelista vivo más talentoso del planeta”. La obra de Saramago se ha ganado un espacio único en las letras; pocos como él pueden crear una novela poderosa tanto en la ficción como en la filosofía. En sus novelas el narrador cuenta y reflexiona sin perder el hilo (con su tono y su ritmo) de la historia. Pero en este tránsito Saramago también nos invita a pensar sus opiniones; y nos dice (y pensamos) que “cuando se ridiculiza la bondad la única conclusión es que se justifica la delincuencia”. Y con esa bondad aguda (y sonrisa observadora, triste) asegura que “vivimos tiempos que se caracterizan por la irracionalidad de comportamientos generales, y poner un poco de sentido común, decir que hay que proteger la vida, que la prioridad absoluta es el ser humano, esté donde esté, es casi una aberración…Y no se observan cambios, esto no es una tendencia, es una brutal realidad: la intolerancia ha ganado, no soportamos al otro”.

En su recorrido, el escritor superó la enfermedad con la ilusión de un niño. Antes de la hospitalización escribió cuarenta páginas de su nueva novela; luego, al salir, construyó el resto de la experiencia en clave de fábula. “El viaje del elefante” trata del particular tránsito de un paquidermo que la Corte lusa le envía de obsequio a su homóloga austríaca. Pero habrá que buscar entre sus líneas (o dentro de sus espejos) la mirada de un hombre que vio la muerte de cerca. Y no le tuvo miedo.

Vamos andando (intentando ver lo que no ven nuestros ojos) y atendiendo las pistas que nos dejan otros en el camino. En algún momento de su viaje (que también es un poco el nuestro) José Saramago (el crítico, el que se declara cada vez más rebelde) sostiene que “la sociedad actual necesita filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión. Nos falta pensar, ideas, y sin ideas no vamos a ningún sitio”.

Qué importante es, como Saramago, asumir los años (y el viaje) con la rebeldía de un joven inconforme.

Edgar Borges es venezolano residente en España.


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Treinta años del poemario “Ningún ruido, ningún silencio”, del canario Justo Jorge Padrón

Jose Almeida Afonso (desde Artevigo, Canarias. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Por las cosas de la vida, pero sobre todo por la escasa difusión que nuestros poetas y escritores tienen en Canarias, hasta no hace mucho el poeta Justo Jorge Padrón era para mí un perfecto desconocido. No sería hasta el año 1992, y con motivo del Congreso de Escritores Canarios celebrado en la Gomera, a iniciativa del ya desaparecido Don Sebastián de La Nuez, cuando tengo por primera vez conocimiento de éste (conocimiento de que era un excelente poeta no significa que hubiera leído algunas de sus más celebrados, traducidos y premiados poemarios).

Sería algunos meses después cuando tuve la inmensa suerte de adquirir por veinte duros una antología poética suya que abracaba los años 1971-1976. Su título genérico es el terrible y desasosegador “Ningún ruido, ningún silencio”; esta edición que constaba de tres mil ejemplares –todo un record para un libro de poesía- había sido editada en noviembre de 1978 en México por Editores Mexicanos Unidos S.A.

“Ningún ruido, ningún silencio” está conformado por sus tres primeros poemarios “Los oscuros fuegos” (1971), que fue galardonado con el premio Adonais. “Mar de noche”, (1973) que consigue el premio Boscán y “Los círculos del infierno” (1976), que es el que me detendré en esta ocasión.

Con este último poemario “Los círculos del infierno”, Justo Jorge Padrón –nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1943- concitó la elogiosa atención de la crítica europea y americana y fue traducido a más de 12 idiomas (“...que un libro se haya traducido a cincuenta idiomas o que haya sido leído por millones de lectores, en el fondo tampoco le confiere hoy a ese libro categoría literaria universal. Entonces no entrarían en el ´canón`, ni por asomo, ni Góngora, ni John Donne ni Mallarmé, por poner sólo tres ejemplos de monstruos literarios que casi nadie ha leído ni entendido jamás...según escribe Jordi Llovet”).

Según el profesor Sebastián de la Nuez, con este poemario, Justo Jorge Padrón alcanza uno de los momentos culminantes de la poesía canaria y también de la universal contemporánea. Representa una cosmogonía del hombre del siglo xx, puesto en la cima de esta desenfrenada carrera de la destrucción, extendida ahora a toda la raza humana, alcanzando con ello un sentido épico, pero sin dejar de pertenecer al mundo interior del poeta, y, por lo tanto, quedando dentro de la esfera de lo lírico. En cuanto a las estructuras métricas, aunque sigue siendo fiel al esquema alejandrino-endecasílabo, los combina con versos más cortos como el heptasílabo.

En “Los círculos del infierno”, Justo Jorge Padrón se adentra de forma magistral en el lado oscuro de la vida, se sumerge de tal forma que parece que ya no existiera otra cosa, otro sentido, ninguna verdad. Versos ágiles, frágiles y al mismo tiempo como entrecortados, como esperando una certeza, una señal, un signo que nunca llega. Así el poeta, el ser humano, nace y muere una y otra vez en cada palabra, en cada verso, en cada poema.

En “los círculos del infierno” ese “otro lado” se erige como el principal protagonista, sólo él existe...y quizás, detrás, o en lo más profundo el deseo de convertir esas sensaciones en placer estético, en vía de conocimiento. Así en el poema “La locura” el poeta lo ve claro: “....una multitud ciega sufre, envejece, muere./ Gemidos en los vasos y en pintadas palomas...”

En otros poemas, como en “Si Dios se cansara de nosotros”, o “Naufragio”, o “Solo la duda”, o “La soledad” o “El Llanto”, por solo nombrar alguno de ellos, una atmósfera pesada, asfixiante, se apodera de nosotros. No existe la esperanza, ni la fe, ni el amor. Sólo un mundo vacío que no hay con qué llenar. Sólo, solamente “Ningún ruido, ningún silencio”. O, tal vez, alguna palabra, algún verso para llenar tanto hastío, tantas ganas de no ser nada, acaso un río, un pájaro, un mar oscuro.

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Empecé este artículo diciendo que por las cosas de la vida, pero sobre todo por la escasa difusión que nuestros poetas y escritores tienen en Canarias, hasta no hace mucho el poeta Justo Jorge Padrón era para mí un perfecto desconocido. No sería hasta el año 1992, y con motivo del Congreso de Escritores Canarios celebrado en la Gomera, a iniciativa del ya desaparecido Don Sebastián de La Nuez, celebrados, traducidos y premiados poemarios), cuando tengo por primera vez conocimiento de éste.

Sería algunos meses después cuando tuve la inmensa suerte de adquirir por veinte duros una antología poética suya que abracaba los años 1971-1976. Su título genérico es el terrible y desasosegador “Ningún ruido, ningún silencio”; esta edición que constaba de tres mil ejemplares –todo un record para un libro de poesía- había sido editada en noviembre de 1978 en México por Editores Mexicanos Unidos S.A.

“Ningún ruido, ningún silencio” está conformado por sus tres primeros poemarios “Los oscuros fuegos” (1971), que fue galardonado con el premio Adonais. “Mar de noche”, (1973) que consigue el premio Boscán y “Los círculos del infierno” (1976), que es el que me detendré en esta ocasión.

Para el crítico José Luis Cano “Los círculos del infierno”, ´no son sino el traslado a una expresión poética, con símbolos y metáforas, de una crisis espiritual que parece alcanzar honduras abisales, de derrumbamiento interior como consecuencia de una experiencia: el choque brutal con un mundo injusto y vil.`

Por otro lado, como muy bien apunta Arthur Lundkvist, esa crisis no es sólo, en “Los círculos del infierno”, una crisis personal del hombre que lo ha escrito, porque el poeta la trasciende hasta ser también una crisis colectiva.

Según José Luis Cano, “Las visiones más horribles, los climas de turbulenta pesadilla, los paisajes de desolación y ruina, de escombro y muerte, se suceden con progresión creciente, creando un clima atroz de angustia insoportable en que la dislocación del tiempo y los sentidos, las metamorfosis más horrendas, las honduras más abisales nos conducen a un laberinto infernal (... ), y teniendo conciencia de que es camino que él no ha buscado le conducen implacablemente a los laberintos del terror y la locura”.

Para tod@s aquell@s que quieran adentrarse en los versos de este poeta genial –aunque poco conocido y menos valorado, por lo menos en Canarias- decirles que en Internet pueden encontrar varias páginas dónde pueden acercarse a su vida y a su obra; y también, para l@s que prefieran el formato libro, la Biblioteca Básica Canaria, editó una “Antología Poética” con un prólogo bastante ilustrativo de Sebastián de la Nuez Caballero.

Uno de los poemas que más me impactó es el que titula:

Y si dios se cansara de nosotros

Y si Dios se cansara de nosotros,
Y si Dios nos odiara,
Nos iría cambiando lentamente, nos pondría una lepra de tiempo por la piel,
La sensibilidad muy enfermiza
Y la sed y la angustia
Del recuerdo constante;
Y a nuestro lado espejos,
Muchísimos espejos
Para que en luz y noche
Nuestra desenfrenada pérdida reflejaran.
Sentiríamos golpes invisibles cayendo
Desde dentro y también desde lo más distante.
Y nos encerrarían en reducidos recintos
Y en sórdidos trabajos
Que nos irían reduciendo a sombra
Y ruina la vida.
Para que no pudiéramos amar
Vertería en nosotros la ambición,
La envidia, la violencia, la lujuria y el odio.
Este veneno irá corrompiendo nuestra alma.
Desde ella brotarían muñones y rencor,
Vicios innumerables.
Y cuando ya pidiéramos a gritos
La muerte, insuflaría en los más cuidadosos
La piadosa costumbre de alargarnos
El grito hasta el terror o la locura.
Si este Dios tan justo nos odiara,
Seríamos la especie
Miserable y rugosa, torpe, suicida y ciega,
Degenerada y criminal, maldita,
Que es la raza humana.

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Déjese secuestrar

Marcos Winocur (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Que los secuestros se han convertido en una pesadilla, ni falta hace decirlo. ¿Qué hacer? Van Gogh Secuestros SACV le da la solución: ¡convierta la pesadilla en placenteras vacaciones y dinero para usted! Déjese secuestrar, por nosotros, claro está. Le explicamos. Para todo mundo, usted, pobre, se encontrará sufriendo, amarrado, amordazado y engrillado, con el Jesús en la boca, a ver si se arma la balacera y usted corre el riesgo de ser el primero en petatearse. Nada de eso ¡estará disfrutando de las mejores vacaciones de su vida en la playa de su elección! Nos dice si necesita novia (o novio) que lo (la) acompañe, catálogos a su disposición. Lo importante es que nada le falte, estamos para servirle.

Tenemos planes de dos o tres semanas de vacaciones sin costo alguno de su parte (IVA, gastos de operativo y de administración, propinas, todo comprendido). Una vez pagado el rescate, se reparte entre usted y nosotros, proporciones a convenir. Con el fin de presionar a los paganini, es conveniente hacerles llegar una oreja, no se asuste, no será la suya, sino la de algún muerto fresquecito, a quien ya no le hará falta. Contamos con un selecto cuerpo de asesores, formados en las unidades antisecuestros ¡años de experiencia al servicio de usted! Como ve, nada se ha dejado al azar, puede quedar tranquilo, somos los mejores en la república.

No deje pasar esta ocasión, no se arrepentirá, volverá a casa como nuevo, claro, poniendo cara de aflicción y sufrimiento. ¿Tiene parientes ricos o trabaja en una gran empresa?. Llámenos. ¿No los tiene? Llámenos, no se desanime, siempre habrá amigos que organicen una cooperacha. Claro, usted entrará en los planes económicos, olvídese de Cancún y de hoteles cinco estrellas, lo despacharemos a La Marquesa. De cualquier modo, lo pasará a todo dar escuchando las noticias de su secuestro, contando siempre con la bebida y la compañía de su preferencia. Una recomendación: no se ponga a planear su autosecuestro, de seguro la regará. Para ese trabajo, nosotros somos los especialistas indicados.

¡Ah! Y no haga caso de habladurías. No es cierto, como la competencia anda murmurando, que una vez nos equivocamos gacho: que nuestro secuestrado era un ruco de 82 años y enviamos a la familia una oreja de una jovencita de 16 con cuatro aretes puestos. Nada de eso es cierto, no haga caso de chismes.

En una palabra, no deje pasar esta ocasión. No se arrepentirá, no verá a su mujer (o su marido) en una o varias semanas, tampoco la abrumadora familia, volverá a casa como nuevo(a). ¿Le parece poco? De un día para otro, rejuvenecido(a) y millonario(a).

No deje pasar más tiempo, llámenos. Van Gogh secuestros SACV para servirle, llámenos. Nuestro teléfono aparece en pantalla, si lo hace en la próxima media hora pasará a integrar nuestra cartera de clientes consentidos.

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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Mujeres


Silvio Rodríguez

Me estremeció la mujer que empinaba a sus hijos
Hacia la estrella de aquella otra madre mayor
Y como los recogía del polvo teñidos
Para enterrarlos debajo de su corazón

Me estremeció la mujer del poeta, el caudillo
Siempre a la sombra y llenando un espacio vital
Me estremeció la mujer que incendiaba los trillos
De la melena invencible de aquel alemán

Me estremeció la muchacha
Hija de aquel feroz continente
Que se marchó de su casa
Para otra de toda la gente

Me han estremecido un montón de mujeres
Mujeres de fuego, mujeres de nieve

Pero lo que me ha estremecido
Hasta perder casi el sentido
Lo que a mi más me ha estremecido
Son tus ojitos, mi hija, son tus ojitos divinos

Me estremeció la mujer que parió once hijos
En el tiempo de la harina y un kilo de pan
Y los miró endurecerse mascando carijos
Me estremeció porque era mi abuela además

Me estremecieron mujeres
Que la historia anotó entre laureles
Y otras desconocidas, gigantes
Que no hay libro que las aguante

Me han estremecido un montón de mujeres
Mujeres de fuego, mujeres de nieve

Pero lo que me ha estremecido
Hasta perder casi el sentido
Lo que a mi más me ha estremecido
Son tus ojitos, mi hija, son tus ojitos divinos

Silvio Rodríguez es músico, poeta y cantautor cubano.


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Discurso del Jefe Seattle, 1853

Estados Unidos de América

Esto lo sabemos. La Tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto lo sabemos. Todas las cosas están conectadas entre sí, como la sangre que une a una familia.

Cuanto le ocurre a la Tierra, también les ocurre a los hijos de la Tierra. El hombre no tejió la telaraña de la vida; él es tan sólo una hebra en ella. Todo cuanto se hace a la telaraña, se lo hace a sí mismo.

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El dueño del circo


Rodolfo Bassarsky (desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Grita, no habla, o habla a los gritos, que es lo mismo. El está en el circo y es el presentador (además de único dueño).

Es un circo donde no hay payasos aunque él se burla igual de los participantes como si lo fueran.

Ahora está frente a la rubia Silvia, exuberante con sus impresionantes pechos. Sobre el izquierdo (siempre hablando de los pechos), tiene, pegado, algo parecido a un botón.

Desde la pantalla del televisor no se puede visualizar bien pero a través de los gritos del dueño del circo que dialoga con la rubia, queda claro que ella se ha puesto la insignia del club de los amores de ambos: San Lorenzo , dando fe a su rendición incondicional al San que de Santo no tiene nada.

Ella le pide que le saque el botón (que sigue pegado en su pecho izquierdo). El intenta pero está muy pegado.

Los presentes gritan (igual que el dueño del circo)

¡Apretá!,
¡está duro,!
¡no te sale!,
¡dale!,
¡otra vez,!

Es el doble sentido soez que tanto divierte al dueño.

Agotado el tema del botón en el seno, el dueño del circo dispone que ella, la rubia, la exuberante, vaya repartiendo besos a quién él lo disponga.

Entonces, la va llevando de la mano y, ante el asalariado elegido (que siempre es un empleado del dueño del circo) la rubia lo debe besar.

El periplo sigue por los pasillos del canal donde el dueño del circo ordena que tal o cual la debe besar y, justo en ese momento la pantalla mostrará al empleado que deja su cámara, su escritorio o lo que sea para ejecutar la orden en medio de los gritos, risas, aplausos y comentarios soeces, genuflexos y ordinarios.

La frutilla del postre es cuando el dueño decide que la exuberante bese al Padrino y entonces el circo se convierte en un escenario digno del mejor gigoló premiado con el Martín Fierro de la televisión argentina.

Antes de cerrar, hasta mañana, la compu, busco si me ha llegado otro correo

¿Podrá creerse que justo recibo el siguiente?:

"TEST PARA LA FAMILIA ARGENTINA"

1) ¿Desea tener un hijo o un nieto violador?

2) ¿Desea que entre 10 y 15 años su hija o su nieta sea abusada?

3) ¿Desea que su hijo menor sea sometido por otros chicos como un juego más?

4) ¿Desea que su hija o nieta juegue a la tele y se pasee o baile desnuda entre sus amigos (los de ella) o los suyos?

5) ¿Desea Ud. y su mujer COMPARTIR ese futuro con sus hijos o nietos?

SI CONTESTO "SÍ" A CUALQUIERA DE ESTAS PREGUNTAS, SIGA VIENDO TINELLI, GRAN HERMANO Y OTROS PROGRAMAS QUE SE LA PASAN MOSTRANDO IMÁGENES Y HABLANDO sin respeto a nada ni a nadie.

OLVIDESE DE SU CONCIENCIA Y AYUDE A FORMAR PERTURBADOS SEXUALES CON SU IRRESPONSABILIDAD PARENTAL

SI CONTESTO "NO" A TODAS LAS PREGUNTAS CAMBIE DE CANAL, BOICOTEE LAS EMPRESAS AUSPICIANTES Y RE-ENVIE ESTE EMAIL.

PROTEJA A LOS SUYOS

Apago la compu y me voy a dormir indignada pero más tranquila: somos varios los que pensamos que algo huele mal en el Riachuelo.

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