sábado, 3 de enero de 2009

¡Derrumbemos los Muros donde estemos!


Ilse Schimpf-Herken (Desde Alemania, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Quiero compartir una experiencia extraordinaria que me alegró mucho y sobre la que quiero reflexionar con Uds.

Es una vivencia que tuve hace poco en la entrega del premio otorgado por la Liga Internacional de los Derechos Humanos: Medalla Carl von Ossietzky, nombrado según el fundador de la Weltbühne, un periódico crítico contra la censura en el Nazismo. Carl von Ossietzky fue un perseguido de los Nazis, fue preso en diferentes campos de concentración y murió allí por consecuencia de la tortura. La Liga Internacional es una organización que se fundó después de la primera Guerra Mundial para protestar contra la violación de los Derechos Humanos en Europa; trabaja hasta hoy los grandes temas internacionales y alemanes de la violación de los Derechos Humanos, y al entregar cada año una medalla a una persona o a un grupo, destaca o llama la atención a un tema o a un problema social. Participan en este evento siempre de 500 a 1.000 personas y es un momento importante para la cultura política en Berlín… y por esto quiero que sean parte de esto.

En este año el premio fue otorgado a dos grupos de jóvenes del Medio Oriente que se juntan cada viernes desde hace más de 4 años para hacer una marcha de protesta contra el muro. Cada viernes jóvenes de Israel viajan a Palestina, para levantarse a protestar en conjunto con los jóvenes del Comité Popular de Bilaín. Bilaín es un pueblito con 5.000 habitantes cerca de la frontera con Israel. Desde hace 40 años tenemos un contacto directo con las mujeres del pueblo a través del Servicio para la Paz en el Mundo. El Weltfriedensdienst, una de las tres asociaciones de la Liga de Reconciliación (“Versöhnungsbund”), quería con su apoyo, también para el pueblo palestino dar una señal de que el movimiento por la paz no pretende ser solamente partidario de un grupo de víctimas, sino que la paz se construye respetando las visiones y el dolor de los diferentes grupos que sufren las secuelas del Holocausto. Apoyamos en todo este tiempo a una cooperativa de mujeres para que trabajen bordados en punto de cruz, una artesanía tradicional palestina, en la cual se resignifican los símbolos de la resistencia de su pueblo.

En el transcurso de los años, estas mujeres jóvenes tuvieron hijos, aprendieron a leer y escribir, se organizaron para cuidar a sus hijos en una salacuna y continuaron con la costura y los bordados. Actualmente venden sus productos hasta en las ciudades de Ramala y Jerusalem, siempre con el mensaje que sigue existiendo por allí, en el campo cercano, un grupo de mujeres organizadas, orgullosas de su cultura… hasta hace 5 años atrás, cuando los Israelíes empezaron a construir el muro, un muro que ahora tiene más de 600 km. En las ciudades está hecho de bloques de cemento de 8 metros de alto o más, en el campo son cercas altas de alambre de púa. El Muro dejó al pueblo Bilaín dividido en dos, las casas del pueblo están por un lado de la frontera, los terrenos de los agricultores, el bosque de los olivares antiguos, el agua y los pozos están al otro lado, inalcanzables. Las mujeres con sus hijos ya grandes se levantaron en protesta contra tal injusticia, llevaron su pleito a la corte, pero no pasó nada. Entonces voces del exterior, de Israel, de Europa, se levantaron también, pero se seguía construyendo el muro igual. Empezaron las primeras marchas de protesta internacionales, y Bilaín se tornó en un lugar emblemático contra la construcción del Muro. Desde entonces empezaron a llegar regularmente los jóvenes israelíes, todos los viernes, pocos al principio, luego cada vez más, se aguantan el calor del verano y del sol que quema, esperando en la frontera, cada viernes lo mismo; viajan a Bilaín sin más, solamente para estar en la protesta no-violenta contra el Muro, unid@s con los jóvenes del Comité popular, unidos en su convicción de la no-violencia y del largo aliento. Y siempre cuando están frente a frente con los militares israelíes tienen una postura comunicativa, hablan de sus derechos, de lo inhumano del Muro, de la injusticia de la tierra robada al otro lado del Muro. Los soldados escuchan, se ve en sus ojos el desconcierto, pero tienen que escuchar, no les queda otra, hasta que sus comandantes dan la orden, se retiran unos 10 metros y empiezan a tirar balas de goma. Muchos de los jóvenes tienen heridas profundas en sus cuerpos de esto. El escritor israelí Yuri Avneri lo describe así: “Nos juntamos en Bilaín y las lágrimas nos impiden vernos, son lágrimas no por la tristeza ni por la alegría, estamos llorando juntos bajo las bombas lacrimógenas, bajo las bombas de agua de los tanques, bajo las balas de goma. ¿Cuántas personas han salido heridas de estos desencuentros? ¡Abajo el Muro!”

Lo que en 2003 empezó con un campamento en el terreno a donde se iba a construir el Muro, se transformó con el tiempo en manifestaciones, en verdaderos escenarios performativos contra la violencia, en escenarios metafóricos contra los asentamientos ilegales de pobladores judíos. A veces los grupos de jóvenes se pusieron de acuerdo para llevar pancartas con lemas, cantaron himnos, marcharon acompañados de visitas del extranjero, se ataron con cadenas a los troncos de los viejos olivares, se dejaron clavar en el suelo demarcado para la construcción del Muro, transportaron alambre de púa de la frontera de Bilaín a Tel Aviv para cortar el tráfico en las calles, se vistieron con tela blanca modelada en forma de casas en el estilo de los asentamientos judíos, para desterrarlas simbólicamente del territorio palestino, hasta organizaron el año pasado un congreso internacional en el mismo pueblo de Bilaín. Nacieron en esta tantas formas cooperativas de protesta, la confianza y lealtad en la cual radica la fuerza irresistible del movimiento que siempre todos los viernes, año por año, sigue con sus acciones no-violentas, frente a la agresión armada de los soldados, frente a la injusticia impuesta por un Estado cuyos ciudadanos, en la gran mayoría son familiares de personas que en su pasado sufrieron mucho también. ¡Abajo con el muro!

El Muro simbólicamente une a los Berlineses con el pueblo de Bilaín. En Berlín estamos hace apenas 19 años sin muro; fueron 27 años que vivimos a la sombra de un muro y más de 40 años divididos en las dos Alemanias. Tal vez por esto nos sentíamos doblemente emocionados en Berlín cuando supimos sobre los galardonados con la medalla Carl von Ossietzk, pero también porque estos grupos de jóvenes nos muestran que la no-violencia es posible, porque la no violencia desconcierta, deja con incertidumbre a los soldados, a los policías, al servicio de “seguridad” estatal, porque se encuentran con jóvenes alegres, con grupos cantando, con personas que aparentemente están con una postura clara, coherente consigo mismos. Es realmente más que admirable pararse así frente a los tanques y a personas fuertemente armadas. Qué difícil debe ser para ambos lados, para los jóvenes no ser vencidos por el miedo frente a tantos soldados armados y los tanques, y para los soldados actuar frente a personas no uniformadas o clandestinas. Una joven israelí describe este desconcierto: “Cuando los soldados israelíes querían ponernos presos, no tenían la justificación, el imaginario del enemigo, el estigma de siempre, porque no éramos ni terroristas, ni comunistas, ni religiosos, ni violentos. En su desconcierto necesitaban definirnos como grupo y desvalorizarnos, entonces nos tildaban como “Anarquistas”. Adoptamos este lema como identitario y desde entonces nos llamamos los “Anarquista contra el Muro.”

En una entrevista a representantes de los dos grupos en la Tageszeitung (TAZ) dos días antes de la entrega de la medalla dijeron lo siguiente: Mohammed Khatib: “No nos manifestamos solamente contra el Muro, sino también contra los asentamientos judíos ilegales que fueron construidos en nuestra tierra palestina. Nuestro éxito más grande es que el Tribunal Constitucional de Israel ha decidido que habría que cambiar el recorrido del Muro. Pero hasta ahora no se implementó este juicio. A pesar de cambiar el curso del Muro, 1.000 hectáreas quedarían perteneciendo a los Israelíes, ya que fueron construidos desde antes asentamientos de pobladores judíos. Desafortunadamente el tribunal aceptó estos hechos injustos –han derrumbado hasta ahora una sola casa”. Y Shara Vardi de Tel Aviv dice en la entrevista: “Nos hemos juntado cinco años atrás para reaccionar contra la construcción de este Muro y los establecimientos que nos separan. Somos muchas personas, con muchas ideas diferentes, no tenemos un programa en común. Lo que nos une es la protesta contra el Muro; esto es para nosotros un deber moral. Estamos felices de que nuestra protesta reciba ahora tal reconocimiento. TAZ: Con la construcción del Muro disminuyeron los ataques terroristas. ¿Qué piensa de esto? Shara: “No sé lo que piensan los otros anarquistas al respecto, hablo solamente de mí. Estoy convencida que el Muro no solamente vulnera a los Palestinos, sino deja con heridas también a los Israelíes. El terror es un síntoma. Uno sabe que cada forma de opresión implica el peligro de nuevos ataques y sirve como pretexto para justificar los actos terroristas. El Muro está en peligro de convertirse en un nuevo elemento en el círculo de la violencia.”

Con esta frase en la mente: “el muro nos deja mal también a nosotros”, me identifico plenamente y vivenciado el evento solemne en la Casa de las Culturas del Mundo en Berlín. Tengo que relatar y describir algo sobre el ambiente en la sala y durante el evento para que se entienda la gran impresión que dejó. El acto se realizó en un escenario todo en negro, solamente había luz en donde hablaban los ponentes, en donde estaban puestas las dos medallas y sobre dos floreros grandes: uno con lilas y otro con flores blancas. En la pared atrás estaba colgado un gran afiche en blanco y negro de Carl von Ossietzky frente a sus verdugos en un campo de concentración. Fanny Raisin, la presidenta, inauguró el evento con una ponencia sobre la violación de los Derechos Humanos en Alemania hoy, habló del poder cada vez más grande de la policía secreta (BKA) y del silencio europeo frente a los miles y miles de africanos que mueren en su intento de emigrar hacia Europa. Fanny citó a Martin Buber: “Soy porque tú eres” y una frase de la Biblia: “Te protejo para que sobrevivamos.” Son frases que llegan al corazón porque nos preguntan dónde hemos estado mientras 13.000 africanos han muerto ahogados en el Atlántico durante los últimos años. Es la impotencia y la vergüenza que transforma esta catástrofe moral en un tabú, y por la negación de los hechos por la mayoría, nos hacemos cómplices en el silencio. Esta barrera invisible alrededor de Europa, legitimada por la legislación de la Unión Europea no se puede tolerar y la única forma para romper el silencio es llegar a la acción. Los jóvenes del Medio Oriente dan un ejemplo, ¡más tajante que nunca!

Después habló el escritor israelí Juri Avneri como ponente de honor. Un hombre muy querido por sus años en la solidaridad con los oprimidos y en la lucha para la realización de los dos Estados. Habló muy suave, su salud ya está muy delicada, describió como él y su esposa han observado y participado directamente en la protesta en Bilaín. “El muro tiene que caer, está disfrazado como una medida de seguridad, pero es una marca infame...la persistencia en la protesta durante cinco años, planificar cada semana las acciones en común, muestran que la cooperación entre los dos pueblos es posible, enriquece a cada uno, es la fuente de la fuerza y creatividad creciente. En Berlín, hace más de 30 años, no muy lejos de este lugar, el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy conmovió a la gente diciendo: “Abajo con el Muro. Yo soy un berlinés”. Y ahora declaro solemnemente: “Soy un Bilaínes!” Seguido de música de Klesma y una improvisación en el “Uhd”, un instrumento tradicional palestino, como es tradicional en la entrega del premio, los premiados del año anterior ofrecen una ponencia para elogiar a sus sucesores. Entonces hablaron dos abogadas quienes pertenecieron al “Colectivo de Defensa jurídica” de Heilgendamm, que ofrecieron su servicio a la defensa de los manifestantes contra la cumbre de los G8 en Alemania. Una de ellas presentó al Comité Popular de Bilaín en sus luchas contra la Guerra y la amenaza permanente, el robo de la tierra y la discriminación de la población, su colega habló de la lucha de los “Anarquistas contra el Muro”, contra el servicio militar obligatorio en Israel, sobre la diversidad y la postura ética de los integrantes del grupo. La amenaza permanente que viven especialmente los jóvenes en su objeción de conciencia. No solamente son socialmente excluidos, sino que no tienen sus derechos ciudadanos garantizados. Por ejemplo Shara, que dio una entrevista algunos días antes del evento en Tel Aviv, era la persona indicada para recibir la medalla, pero no pudo salir del país por falta de permiso de salida, porque con los trámites de la objeción de conciencia no está considerada persona con derecho a salir del país. En las palabras de las dos abogadas “Contra el G8” se dio testimonio sobre la realidad que viven los dos grupos en Israel y Palestina. Dieron habló de realidades que ningún muro del mundo puede impedir, el mero hecho de no obedecer o someterse a la injusticia. Los grupos premiados dan el ejemplo que desde la solidaridad y la cooperación nacen las visiones y la utopía de un mundo sin muros. ¿Quién hubiera creído 40 años atrás que el Muro de Berlín se derrumbaría un día? Nadie o casi nadie, pero estos jóvenes de los dos lados del Muro ya son esta representación del futuro.

Cuando subieron al escenario para recibir las medallas, los jóvenes palestinos dieron gracias a Allah, a sus colegas del Comité Popular de Bilaín, de Israel y del extranjero. “Hablo también en el nombre de los habitantes de 183 pueblos que sufren la misma situación que nosotr@s en Bilaín. Todos ellos, todos Uds. hicieron posible que una resistencia no-violenta tuviera acceso a la opinión pública. Normalmente nadie escribe sobre la no-violencia, porque choca con la prensa sensacionalista, porque no hay muertos ni armas. A esta prensa no le interesa informar sobre nuestra cotidianidad, que al igual que tiene sus momentos de alegría y de amenaza, del vivir la vida y a la vez sufrir las secuelas de la situación... Nosotros los Palestin@s necesitamos a la comunidad internacional para ser escuchados. Por esto damos las gracias por esta medalla.”

Los Anarquistas contra el Muro solamente agradecieron diciendo que normalmente no aceptarían una medalla que destaca a algunos frente a otros. “Pero como siempre estamos actuando y cooperando con los compañeros de Bilaín, estamos aquí con ellos también. Hay que visibilizar lo negado, hablar sobre la vergüenza y construir lazos.” El evento terminó con la música Klesma “Una noche en el Jardín del Edén.”

El haber vivido este evento solemne con todos Uds. en la mente, me hace sentir que vamos en buen camino. Las formas para romper el silencio pueden ser diversas, pero el actuar solidariamente para hacer desaparecer los Muros nos humaniza y nos devuelve la esperanza que el cemento y las barreras del supuesto orden nos han robado. El desconcierto en la mirada de los jóvenes soldados puede interpretarse como incertidumbre y puede ser el primer paso en su caminata para y con el Otro. Soy porque tú eres. ¡Derrumbemos los Muros donde estemos!

Autor foto: ALJIDAR


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El dueño del circo

Beatriz Paganini (Desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Por equivocación en la entrega anterior presentamos este material con el nombre de otro autor. Nos excusamos ante la verdadera autora y ante el público, y lo volvemos a presentar aquí con la firma que corresponde: Beatriz Paganini, de Santa Fe, Argentina.

Grita, no habla, o habla a los gritos, que es lo mismo. El está en el circo y es el presentador (además de único dueño).

Es un circo donde no hay payasos aunque él se burla igual de los participantes como si lo fueran.

Ahora está frente a la rubia Silvia, exuberante con sus impresionantes pechos. Sobre el izquierdo (siempre hablando de los pechos), tiene, pegado, algo parecido a un botón.

Desde la pantalla del televisor no se puede visualizar bien pero a través de los gritos del dueño del circo que dialoga con la rubia, queda claro que ella se ha puesto la insignia del club de los amores de ambos: San Lorenzo , dando fe a su rendición incondicional al San que de Santo no tiene nada.

Ella le pide que le saque el botón (que sigue pegado en su pecho izquierdo). El intenta pero está muy pegado.

Los presentes gritan (igual que el dueño del circo)

¡Apretá!,
¡está duro,!
¡no te sale!,
¡dale!,
¡otra vez,!

Es el doble sentido soez que tanto divierte al dueño.

Agotado el tema del botón en el seno, el dueño del circo dispone que ella, la rubia, la exuberante, vaya repartiendo besos a quién él lo disponga.

Entonces, la va llevando de la mano y, ante el asalariado elegido (que siempre es un empleado del dueño del circo) la rubia lo debe besar.

El periplo sigue por los pasillos del canal donde el dueño del circo ordena que tal o cual la debe besar y, justo en ese momento la pantalla mostrará al empleado que deja su cámara, su escritorio o lo que sea para ejecutar la orden en medio de los gritos, risas, aplausos y comentarios soeces, genuflexos y ordinarios.

La frutilla del postre es cuando el dueño decide que la exuberante bese al Padrino y entonces el circo se convierte en un escenario digno del mejor gigoló premiado con el Martín Fierro de la televisión argentina.

Antes de cerrar, hasta mañana, la compu, busco si me ha llegado otro correo

¿Podrá creerse que justo recibo el siguiente?:

"TEST PARA LA FAMILIA ARGENTINA"

1) ¿Desea tener un hijo o un nieto violador?

2) ¿Desea que entre 10 y 15 años su hija o su nieta sea abusada?

3) ¿Desea que su hijo menor sea sometido por otros chicos como un juego más?

4) ¿Desea que su hija o nieta juegue a la tele y se pasee o baile desnuda entre sus amigos (los de ella) o los suyos?

5) ¿Desea Ud. y su mujer COMPARTIR ese futuro con sus hijos o nietos?

SI CONTESTO "SÍ" A CUALQUIERA DE ESTAS PREGUNTAS, SIGA VIENDO TINELLI, GRAN HERMANO Y OTROS PROGRAMAS QUE SE LA PASAN MOSTRANDO IMÁGENES Y HABLANDO sin respeto a nada ni a nadie.

OLVIDESE DE SU CONCIENCIA Y AYUDE A FORMAR PERTURBADOS SEXUALES CON SU IRRESPONSABILIDAD PARENTAL

SI CONTESTO "NO" A TODAS LAS PREGUNTAS CAMBIE DE CANAL, BOICOTEE LAS EMPRESAS AUSPICIANTES Y RE-ENVIE ESTE EMAIL.

PROTEJA A LOS SUYOS

Apago la compu y me voy a dormir indignada pero más tranquila: somos varios los que pensamos que algo huele mal en el Riachuelo.

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María y Revolorio


Marcelo Colussi (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La estrategia del ejército era terminar con esa aldea –así como lo hizo, de la misma forma, con otros cientos de poblados similares– masacrando a todos sus habitantes, dejando solo algunos pocos testigos para que pudieran relatar lo ocurrido. Difundir el terror es siempre instructivo, enseñan los manuales militares.

El plan se cumplió al pie de la letra; fueron más de doscientos los muertos, y los sobrevi-vientes, apenas cuatro: los hermanitos María y Revolorio, junto a dos adultos.

En las montañas del departamento del Quiché, en Guatemala, eso era común por aquellos primeros años de la década del 80, en plena guerra civil. Del esplendor del gran imperio maya de siglos atrás, ya nada quedaba. La vida, ahora, era tratar de sobrevivir lo menos penosamente que se pudiera escapándole a la pobreza crónica, y en estos momentos, huir también de esa violencia monstruosa que se había ensañado con los indígenas en nombre de una estrategia "contrainsurgente", palabra que los mayas no terminaban de entender: "¿por qué nos atacan ahora?". Ser indígenas y campesinos pobres los condenaba a la miseria des-de hacía siglos; querer cambiar esa situación los condenaba a ser objetivo militar ahora. Una de las pocas salidas –quizá la única– que les quedaba a estos habitantes era marchar a la ciudad capital como modo de hacer menos sufrida su vida. Era un poco menos infeliz trabajar de jornalero en un mercado en la ciudad de Guatemala o de empleada doméstica en una casa, que cultivar la tierra entre malaria, serpientes venenosas y minas antipersonales sembradas a lo largo de sus campos, teniendo que desplazarse además varios meses al año a los cortes de azúcar o de café en las grandes fincas de la costa sur.

María y Revolorio corrieron suertes distintas luego de la masacre. Él tenía ocho años para aquél entonces, y ella uno más. La lengua cotidiana de ambos siguió siendo el maya-quiché. Revolorio fue criado por unos tíos de una aldea no muy lejana; María fue a parar a una finca de la zona, donde desde recién llegada la pusieron a trabajar en tareas domésticas. El idioma español lo aprendió muy mal. Entre ellos, una vez separados, nunca más hubo contacto. Los tíos que criaron a Revolorio no supieron nunca que su sobrina había sido lle-vada a esa hacienda, por lo que jamás se les ocurrió buscarla. A su sobrino ya no volvieron a hablarle de ella. Por su parte, María ya nunca volvió a saber nada de Revolorio. Las penu-rias materiales y los acosos de los varones fueron lo común de su vida.

Los años pasaron, y los niños sobrevivientes fueron haciéndose jóvenes, casi sin memoria de su trágico pasado. Para María llegó la menstruación y el inminente peligro de poder quedar embarazada sin desearlo. Su vida de huérfana abandonada criada en la soledad de una finca que se le hizo inhóspita desde el primer día, la volvió huraña, desconfiada. El recuerdo de la masacre de aquella noche en su aldea natal, borroso en alguna medida, pero al mismo tiempo infinitamente vívido, y la continua evocación de su familia desaparecida para siempre, la acompañaban a diario. Soportar sus precarias condiciones de vida más esa suma de rememoraciones trágicas, le hacían su vida demasiado desagradable. Todo eso, fragmentariamente hablado con la única amiga que tenía en la finca –otra muchacha de crianza abandonada a su suerte– hizo que ambas se decidieran a probar mejor fortuna en la capital. María, con dieciocho años recién cumplidos y sólo una mochila como equipaje, hablando un más que precario español, junto a su amiga marchó hacia la ciudad de Guate-mala. Era analfabeta.

Revolorio llegó a tercer grado primaria. Al criarse con sus tíos recibió siempre algo más de afecto que su hermana. De todos modos, con doce primos y una pobreza crónica que, con buena suerte, dejaba comer cada día una magra ración de tortilla con frijol en los tres tiem-pos, su vida tampoco había sido hasta el momento un cuento de hadas con final feliz. Sin embargo, varón como era, cuando despertó a la pubertad, no debió ser él quien se cuidara de los abusos y atropellos. En todo caso, como cualquiera de sus primos, con catorce años ya había tenido su primera borrachera y visitado prostitutas en la cabecera municipal. Entu-siasmado por dos de sus primos, marchó a probar suerte a la ciudad capital; con dificultad, leía y escribía un poco. De la masacre a la que había sobrevivido casi nada le habían habla-do sus tíos, y él muy vagamente recordaba. Prefería olvidar.

Llegada a la ciudad de Guatemala, María rápidamente pudo ubicarse como empleada do-méstica en una de las más lujosas casas de una elegante zona residencial. Fue azaroso su arribo ahí; resultó de la combinación de una serie de factores inesperados: la enfermedad de una de las empleadas anteriores y la imposibilidad de su amiga, con la que había viajado desde el Quiché, de aceptar esa plaza, dado que unos días antes ya había encontrado ubica-ción en otra casa de familia. Para María resultaba raro –no molesto, pero sí extraño– tener que dejar su traje típico para colocarse ese delantal blanco y esa cofia que, en secreto en su habitación, le provocaban risa. Solo los domingos, su único día libre –hasta las seis de la tarde, hora en la que ya debía regresar a la casa– se le permitía usar su corte y su güipil. Al menos aquí, en su nuevo destino, los acosos sexuales eran menos que en la finca donde se había criado: debía cuidarse solo del patrón de la casa –un militar retirado cincuentón que gustaba de pellizcarle las nalgas– y de su hijo mayor, de veinticinco años. Entre las cosas que más la alegraban estaba el no tener que caminar todos los días, con lluvia o bajo el sol, para traer agua desde un arroyo o cargando leña para encender el fuego. La vida en la ciu-dad se le antojaba infinitamente más cómoda. Lo que no le gustaba era ese trato continuo de "indita" que recibía, entre paternal y despectivo. Su español iba mejorando rápidamente.

Revolorio llegó a Guatemala más o menos para la misma época en que lo hizo María, con diecisiete años de edad. A los dos días de su llegada ya estaba trabajando. Con sus dos pri-mos se ubicó como agente en una empresa privada de seguridad. Muy poco le exigieron para la contratación, incluso no contó que fuera menor de edad. Casi sin instrucción militar previa, le pusieron un chaleco antibalas –que le molestaba por lo apretado– y una escopeta en las manos, y lo mandaron a trabajar como custodio de una clínica. No terminaba de en-tender qué era lo que tenía que cuidar armado, por qué un centro de salud tenía que ser cus-todiado con una escopeta. En el dispensario de su comunidad, allá en las montañas de Qui-ché, nunca había visto eso. Pero al poco tiempo de llegado a la ciudad capital comprobó que era de lo más natural que cualquier negocio –una tienda, una panadería, un consultorio odontológico– tuviera guardias armados en las puertas. Y también comprobó que los asal-tos se sucedían todos los días, en cualquier lado y en cualquier momento. Terminó por re-conocer que con un arma de fuego en las manos –eso ya no era el machete de Quiché, infal-table para cualquier ocasión en los quehaceres de un varón– la vida se le antojaba más agradable: era una sensación de poder, de majestuosidad que antes nunca había sentido. Las muchachas, incluso, lo trataban con cierta admiración. Bueno, claro que ciertas muchachas, no todas: las empleadas domésticas fundamentalmente, aquellas que usaban el traje maya típico. Las no indígenas lo miraban con cierto desdén, hasta con burla a veces. No entendía bien –le desagradaba– esa expresión de "indito", entre paternal y despectivo. Pero la reali-dad le fue haciendo entender, a fuerza de golpes y desencantos, que ser indígena en esa ciudad, aunque estuviera armado, no era para sentirse muy orgulloso. Le molestaba profun-damente, aunque no se atrevía a decírselo a nadie, que se equiparara "indio" con "bruto". "¡No seas indio!" era la expresión que más le irritaba. Pero ese era el precio que tenía que pagar, al menos así concluía Revolorio, por vivir en una gran ciudad, con alumbrado públi-co encendido durante toda la noche –eso era lo que más lo fascinaba–, roconolas y … ¡tan-tas mujeres bonitas!

Un día –una tarde de jueves con lluvia– repelió un asalto en la clínica que custodiaba. Lo-gró matar a uno de los atacantes, y al otro lo redujo, hiriéndolo en una pierna. Como aún era menor de edad –le faltaban dos meses para cumplir los dieciocho– el coronel Portillo, el dueño de la agencia de seguridad para quien trabajaba, arregló las cosas para evitar cual-quier problema legal. Él mismo en persona felicitó a Revolorio por su acción, ofreciéndole trabajar como uno de sus guardaespaldas privados –tenía otros cuatro–. "¡Sos cabrón, vos, patojo! Indito, pero de los buenos… ¡Ojalá todos los inditos fueran como vos!". Revolorio no lo podía creer; ese era para él el orgullo más grande que había sentido en su vida. A los pocos días andaba viajando todo el tiempo en un vehículo blindado, armado con una pistola nueve milímetros, con saco y una corbata que lo asfixiaba, pero que debía usar porque … "así lo quería el patroncito", explicaba.

La historia de un nuevo guardaespaldas que había contratado el patrón, el coronel Portillo –coronel retirado, ahora dedicado a los negocios (no muy santos por cierto: contrabando)– llegó a oídos de María. Según los comentarios de la servidumbre –trabajaban tres domésti-cas en la casa– se decía que el nuevo elemento era de los más valientes; y además, era del Quiché, como ella. Cuando lo vio por primera vez, desde lejos –ella estaba arreglando las habitaciones del segundo nivel y él llegó hasta la puerta de calle con los otros guardaespal-das– le pareció un niño. Pero no dejó de reconocer que tenía encanto.

Al poco tiempo de estar en la ciudad, Revolorio ya se había hecho un experto seductor. Pero de un cierto espectro de mujeres, claro: las que eran como él, indígenas, las que iban con sus trajes típicos, en general empleadas domésticas. Ya había dejado embarazada a una, por cierto. Aspirar a las otras, las rubiecitas como las hijas del coronel Portillo, era imposi-ble. Para esas mujeres no podía dejar de ser nunca un "indito", por más valiente que fuera. Y él mismo se sentía más cómodo abriéndole la puerta de los automóviles que mirándolas con avidez sensual. "Indito es indito…, ¿qué vamos a hacerle?", concluía resignado.

Pero María era de las suyas. La conoció con el uniforme de sirvienta, aunque la prefería con su multicolor güipil y su corte típico, las prendas del domingo. Ese era el único día en que ella se dejaba el cabello suelto. Renegrido y largo casi hasta la cintura, sin cofia, así la pre-fería Revolorio. Comenzaron a salir.

Entre ellos conversaban en quiché. Revolorio sentía, sin poder explicárselo, que con María había algo más que con las otras ocasionales muchachas con las que ya sabía ejercer muy bien su oficio de seductor. Hablaban mucho y reían juntos con una espontaneidad fresca, vital. María nunca había dado un beso en la boca, y hasta ahora los varones solo le signifi-caban esos buitres acosadores de los que tenía que cuidarse. Más allá de manoseos, siempre sufridos como ataque –los que recibía en la finca en su tierra natal, los del coronel Portillo o los de su hijo–, no había tenido una relación amorosa con un hombre. Ahora, por primera vez en su vida, empezaba a sentir lo que era enamorarse. Así llegó el primer beso.

De sus respectivas vidas poco se contaban. En realidad los dos se habían hecho un pacto de silencio consigo mismo sobre su pasado. En cierta forma, no recordaban con mucha clari-dad los traumáticos acontecimientos de su niñez, cuando la masacre de su aldea. Pero ade-más ninguno de los dos quería recordar aquellos sucesos. Cuando se preguntaron mutua-mente por sus historias de vida, por sus raíces, sus infancias y sus familias, los dos escapa-ron a las respuestas con evasivas. Solo se permitieron decir que venían de Quiché, pero ninguno quiso ir más allá. Fue Revolorio quien relató un día, quizá escapándosele a su pro-pio autocontrol, que recordaba tener una hermana llamada María, pero con la que hacía mucho tiempo había perdido todo contacto. María se sintió súbitamente tocada. ¿Sería ella? La duda comenzó a corroerla.

A partir de ese domingo, no había día en que a ella no le surgiera la duda y se le reactuali-zaran las preguntas y los fantasmas del pasado. Ella también recordaba claramente que te-nía un hermanito llamado Revolorio y del que nunca más supo nada. Pero no recordaba con exactitud qué había sucedido luego de la masacre. ¿Dónde había ido a parar el chiquilín? De algunos de sus familiares, aunque prefería no evocarlo, sabía que habían muerto a mano de los soldados. Recordaba aún –y la hacía llorar cada vez que afloraban las imágenes– ver a su padre golpeado en el suelo, pateado, todo ensangrentado. Y recordaba también, aunque buscaba evitar la rememoración cada vez que aparecía, cómo habían macheteado a su her-mano mayor, Sinforoso. Escondida tras una pila de leña había visto cómo los militares lo trozaban en pedazos al igual que se hacía con un corte de carne. Aún sentía sus gritos des-garradores que sobresalían sobre el ruido de voces desesperadas, balazos, insultos. Y aún hoy, años después, no encontraba respuestas. "¿Qué hicimos para merecerlo?"

Decidió que no le diría nada a Revolorio acerca de sus dudas; comentarle que ella recorda-ba tener un hermano con su mismo nombre sería crearle una situación de angustia horrible. ¿Para qué? Suficiente con su duda, con su ansiedad. Por último, ya que eran pareja –cerrando los ojos ante esa loca posibilidad que también fueran hermanos– ella se resignaría. "Al menos que él la pase bien. Por último, la mujer tiene que hacer sentir bien al varón, ¿no?", reflexionaba, no sin cierto estoicismo, en quiché. A María le gustaba mucho Revolo-rio como para permitirse pensar que podían ser familiares y tener que cortar la relación. Si ya había podido silenciar su pasado, también podría silenciar esto otro.

A Revolorio en algún momento también lo asaltó la duda. Pero rápidamente desechó la idea. No era posible eso, consideraba. Eran locuras. Le compró un anillo de plata como regalo y empezó a pensar que no sería feo casarse con alguien con quien se entendía muy bien, que hablaba quiché y a quien tendría el privilegio de desflorar. Descartó de una vez para siempre esa remota posibilidad de que fueran hermanos. Si había podido hacer desapa-recer sus recuerdos de la masacre –al menos, así lo creía– también sería posible hacer des-aparecer esta disparatada idea de estar noviando con su hermana.

El coronel Portillo había amasado una considerable fortuna. Él había sido el responsable de buena parte de los operativos militares contrainsurgentes del Quiché años atrás. Su crueldad era legendaria; en muchos casos, él mismo en persona comandaba las acciones de tierra arrasada, y él mismo, con su nueve milímetros, ejecutaba indígenas conminándolos a de-nunciar a los guerrilleros que operaban en esas montañas. Retirado ya del ejército, pero sin haber perdido totalmente los vínculos con la institución, gracias a sus negocios ligados al contrabando hoy día gozaba de una muy buena posición económica. Nunca supieron María ni Revolorio que había sido él quien dirigió la operación de exterminio de su aldea. Tampo-co supo él que los dos niños a quienes dejaron vivos deliberadamente como testigos, eran ahora sus empleados.

Justamente por sus negocios sucios, el coronel tenía más enemigos que amigos. Dada la fortuna acumulada en estos años, era también un buen objetivo para secuestradores, en mu-chos casos, militares de graduación media, también retirados. Su hija menor, Libertad, fue la escogida por la banda que decidió darle el golpe; medio millón de dólares era lo que pe-dirían de rescate. Sabiendo que eso podía sucederle, sus tres carros estaban blindados, y tenía ahora a su servicio y el de su familia cinco guardaespaldas. Comenzó a ser seguido por sus futuros captores.

El personal doméstico fue especialmente investigado por la banda de secuestradores. María, quien se encargaba en la mayoría de los casos de hacer las compras de frutas y verduras en un mercado vecino al sector residencial donde vivían, fue la elegida. Sin sospecharlo si-quiera, estuvo siendo estudiada por espacio de tres semanas. Finalmente, la contactaron.

Primero intentaron seducirla. La idea era poder contar con ella como un aliado estratégico dentro de la casa, y nada mejor que una enamorada para pasar toda la información requeri-da para el golpe; pero ese camino no funcionó. María no prestó la más mínima atención al tipo que intentó acercársele. Así las cosas, los delincuentes optaron por una vía más violen-ta, más expedita: la amenaza directa.

Habiendo investigado que noviaba con uno de los guardaespaldas del coronel, decidieron amedrentarla con eso: si no colaboraba con lo que la banda le imponía –distraer a Revolorio de sus tareas de cuidado con Libertad, la muchachita objeto del futuro secuestro–, su novio sufriría las consecuencias. Se lo hicieron saber por la calle, sin mayor tacto: "indita pisada: o la hija del cabrón ese, o tu novio. Vos elegís. ¡Y no estamos haciendo chistes! Si no nos ayudás, le vamos a cortar lo que más te gusta de él y te lo vamos a mandar en una caja. ¡Pensalo bien!"

Revolorio sintió que algo había cambiado en la relación. María estaba muy rara: triste, au-sente. Habitualmente ella no era así. Consecuencia de ese nuevo y desagradable estado fue que accedió a hacer el amor por primera vez en su vida. Su idea de mantenerse virgen hasta el matrimonio quedó desechada sin mayor culpa, al igual que sus cavilaciones sobre si su novio era su hermano. En realidad, más que hacer el amor, fue un intento de huir de una situación que se le había tornado insoportable. Y así, sin quererlo, sobrevino un embarazo. Cuando María lo supo, se angustió. En principio decidió no decírselo a Revolorio; hasta incluso en un momento se le cruzó la idea de abortar. Pero la mezcla de sus ancestrales principios mayas de respeto a la vida más la carga católica que igualmente llevaba, le hicie-ron descartar de inmediato la ocurrencia. Sentía que su vida había entrado en una vorágine de acontecimientos que no podía controlar. Una vez más recibió las amenazas por la calle.

Desesperada, optó por hablar sobre todo esto con Revolorio. No sabía qué era lo que más la angustiaba, si la posibilidad que fueran simultáneamente hermanos y novios, las amenazas recibidas o estar embarazada.

Revolorio quedó sorprendido. Era una combinación confusa de sentimientos. Del embarazo se alegró, y la abrazó emocionado. De las amenazas se asustó mucho. Y en cuanto a sus historias de vida, cosa de la que nunca habían hablado con seriedad, se decidió a indagar más. Bastaron unos pocos datos para confirmar quiénes eran: el nombre de los padres y de los otros hermanos lo dijeron todo. Ambos quedaron estupefactos, quizá más asustados que con las amenazas de los secuestradores. ¿Qué hacer ahora? Algo era evidente: se amaban mucho, y no como hermanos precisamente. Además, iban a tener un hijo. Una conversación que escuchó Revolorio por casualidad la noche anterior en el automóvil cuando viajaba con el coronel Portillo decidió las cosas.

Con alguna copa de más –media docena de vasos de whisky escocés que había tomado en el Círculo Militar– el coronel dejó escapar algunos datos que daban la pista; hablaba de sus operaciones en el Quiché diez años atrás. Entre risas cómplices contaba a su interlocutor –un teniente bastante más joven que él– cómo habían sido algunas de las acciones. La idea de dejar algunos pocos sobrevivientes luego de las masacres estaba indicada en los manua-les de operaciones. Y eso mismo, recordaba con efusión, había sido lo que les resaltaba siempre John, "el psicólogo gringo que fue uno de nuestros instructores años atrás, civil, pero con más huevos que un militar", el mismo que ahora trabajaba en la embajada de Es-tados Unidos en Guatemala como agregado cultural y que "anda pretendiendo a mi hijita menor, la Libertad, la que ahorita estudia en la universidad Marroquín. Es un poquito ma-yor que ella, pero, bueno… no está tan mal eso…".

Revolorio no pudo saber con exactitud a qué operativos se refería, pero no importaban los detalles para el caso. Todas las masacres habían sido semejantes, y siendo él sobreviviente de una de ellas –junto con su hermana/pareja–, bien podría haber sido el coronel Portillo quien comandaba la que arrasó su aldea y terminó con su familia. Y de no haber sido ésa exactamente, en su aldea natal en Uspantán, daba lo mismo. El "patroncito" de ambos era su verdugo. ¿Merecía que lo siguieran sirviendo ahora que empezaban a conocer la verda-dera historia?

Recordar esa conversación, oída la noche anterior, en el momento en que hablaba con Ma-ría precipitó la decisión. Abrazados tiernamente, con los ojos inundados de lágrimas por la profunda emoción, ambos decidieron que tendrían al hijo jurándose que si eran pareja, nun-ca nadie sabría de su relación fraterna. Eso era "pecado", según les había enseñado el cura que visitaba la aldea de tanto en tanto cuando pequeños, y lo que otros sacerdotes les habí-an indicado igualmente en sus pocos contactos con las iglesias a que habían asistido. Pero no importaba: el amor que sentían los animaba a pecar con mucho gusto. Y lo más impor-tante a decidir para ese momento concreto, considerando las amenazas: ¿por qué iban a defender a su verdugo y a su familia? Optaron por colaborar con los secuestradores.

En ningún momento se les ocurrió pedirles algún pago material a los bandoleros por la co-laboración. No, no se trataba de eso. Era una forma de hacer justicia con la historia, con sus vidas, con las vidas de los doscientos vecinos masacrados. Libertad, la víctima en la mira, no era la responsable de la conducta de su padre, sin dudas; pero no había muchas alternati-vas: ella representaba a una de esas "blanquitas" despreciativas, las que gustaban hacer sen-tir que no era "de la chusma", las que se habían criado en la cultura del humillar a los "indi-tos brutos". ¿Merecía más respeto que su padre acaso? Por otro lado, ¿cómo respetar a su padre? ¿Qué hubiera dicho el coronel Portillo si Revolorio pellizcara las nalgas de Libertad cada vez que pasaba a su lado como hacía él con María? El hijo que habían concebido, pen-saban, no debía sufrir tanto como ellos. Pero, ¿cómo hacer? Que unos delincuentes le quita-ran una buena cantidad de dinero a otro delincuente, en definitiva, lo entendían como un acto de reparación con la historia. Si ellos no podían hacer justicia por su propia mano, que al menos un acto igualmente reprobable como un secuestro sirviera para darle un escar-miento a quien fuera su victimario.

Con la seguridad que les daba saber que la decisión tomada era la más adecuada, esperaron algún nuevo contacto de los malhechores. Finalmente, unos días después, se comunicaron con María. La ubicaron por la calle. Ella, con actitud firme y cara de pocos amigos, los sor-prendió tomando la iniciativa. Ya conocía el rostro de quien la había abordado varias veces, por lo que, sin dudarlo, lo afrontó.

"¿Y qué tengo que hacer para lo que me pidió? Voy a ayudarlos, usté. Díganme, pues".

El secuestro tuvo lugar según lo previsto. María llamó por teléfono de acuerdo a lo conve-nido –tres veces, sin hablar, sólo dejando que suene el aparato; esa era la señal– avisando el momento en que Libertad salía de la casa en uno de los vehículos blindados con dos custo-dios. Revolorio se las ingenió para distraer al otro guardaespaldas y chofer, y no opuso nin-guna resistencia cuando los secuestradores los abordaron con armas largas y gorros pasa-montañas cubriéndoles las caras. Libertad entró en pánico gritando desaforadamente, pero eso no impidió que se la llevaran. Dos horas después el coronel Portillo recibía en su telé-fono móvil el primer contacto de los captores: "medio millón de verdes en billetes de a cien".

Primer final

Algo no salió como los secuestradores lo tenían planificado y las cosas se complicaron. Se vieron forzados a cambiar de escondite a Libertad. Eso permitió que la policía los fuera acorralando, de tal suerte que en una arriesgada operación comando con veinte agentes de fuerzas especiales, en cuestión de unos pocos segundos luego de la irrupción violenta en la precaria casa en que se refugiaban, tres miembros de la banda caían abatidos mientras otros tres eran detenidos. Libertad fue rescatada sana y salva. Al tomar las declaraciones de los capturados –tortura por medio– salieron a relucir los nombres de María y Revolorio. Cuan-do ambos fueron detenidos, no salían de su asombro. "¿Yo secuestrador? ¡No, debe haber un error!", gritaba Revolorio. María prefirió guardar silencio. Los interrogadores no podían creer que no fueran a recibir dinero por su participación.

El hijo –un varoncito– nació durante el cautiverio de María. Como nadie visitaba a Revolo-rio en la prisión, nunca se enteró de su paternidad. Suponía que ya debía haber nacido, pero no lo pudo saber jamás. Para el momento en que murió acuchillado en un riña con otro in-terno tiempo después, María salió en libertad en atención a su buena conducta y a su mater-nidad. Hoy día se la ve mendigando con su hijo en la puerta de la catedral. La vez que una rubiecita muy bien vestida flanqueada por dos guardaespaldas se le acercó a darle una li-mosna, le pareció descubrir a Libertad. Ambas se reconocieron, y sin mirarse siquiera, vol-tearon los rostros.

Segundo final

Ni bien se consumó el secuestro, tal como lo tenían planificado, María y Revolorio desapa-recieron de la casa del coronel Portillo. Pero para no despertar sospechas dijeron oficial-mente que se casaban y marchaban como ilegales a Estados Unidos, que esa era una deci-sión que ya tenían tomada hacía tiempo y que, pese a lamentar el mal momento de la fami-lia, ya tenían acordado viajar justamente para esa época. En medio de la ansiedad generada por el acontecimiento, en la casa del coronel Portillo nadie prestó particular atención a ese incidente. Para alguno de los policías encargados de la investigación resultó sugestiva esa partida, pero de todos modos nadie fue tras ellos.

Luego de largas y complicadas negociaciones, se pagó un rescate de trescientos mil dólares y Libertad fue liberada en buen estado de salud. El asunto fue manejado con gran cautela; luego de un primer momento de escandalosa difusión en los medios de comunicación, se silenció totalmente. Ahora Libertad vive en Washington, casada con John, el psicólogo militar instructor de su padre.

María y Revolorio marcharon para Quiché. Revolorio avisó a sus primos que regresaba a su tierra, casado y esperando un hijo, cosa que los desconcertó un poco, pero que aceptaron sin agregar mucho por último. En realidad, no había mucho que decir.

Ahora viven cerca de la casa de los tíos en un terreno que compraron con sus pocos ahorros y que les permite, aunque magramente, sobrevivir con dignidad. El niño también se llama Revolorio. Contentos por el hecho de mantener entre ellos dos un doble secreto –ser her-manos sin confesarlo a nadie y haber permitido ese golpe "reparador" contra quien masa-crara a su familia años atrás–, ahora conocieron gente que impulsa temas de justicia en la post guerra. Así fueron ganando en conciencia crítica respecto a su situación. Estando Ma-ría embarazada por segunda vez, comenzó a alfabetizarse. Y ambos, en la medida que pue-den, participan en un grupo que busca el castigo a los responsables de las masacres vividas. Pero Revolorio no se queda solamente en el castigo al brazo ejecutor, a los soldados que crearon tanto sufrimiento en su población durante la guerra interna. Su idea, ahora que de-cidió que algún día quiere llegar a ser abogado aunque le cueste mucho esfuerzo, es que los militares no fueron sino los guardaespaldas de gente más poderosa. "Y los guardaespaldas, usté, solo cumplen órdenes… Hay que entrarle a los patroncitos, pues".

Marcelo Colussi es argentino, reside en Guatemala.


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El bosque de las paradojas

Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando a Jean-Marie Le Clézio le anunciaron que se había convertido en el decimocuarto escritor francés en ser reconocido con el Premio Nobel de Literatura, se encontraba releyendo un libro de ensayos políticos del escritor sueco Stig Dagerman. El pasado 6 de diciembre, en el discurso que pronunció en la recepción del galardón, Le Clézio celebró la literatura y la influencia que Dagerman ha ejercido en su obra. Por algo, el título de su discurso, “El bosque de las paradojas”, es una definición que Dagerman le da a la literatura.

Es de lamentar que los medios le hayan dado poca difusión al discurso de Jean-Marie Le Clézio. De principio a fin es una invitación a la reflexión de múltiples temas. Humilde (virtud que a veces se extraña en las letras) fue el homenaje que le rindió al escritor como observador de mundos. Miguel de Cervantes, Juan Nuño, Jean- Paul Sartre, Honoré de Balzac, Víctor Hugo, Milan Kundera y Wole Soyinka, fueron algunos de los nombres celebrados por el nuevo Nobel.

El autor francés destacó las ventajas de internet, pero advirtió sobre la posibilidad de que se abra más aún la brecha entre una élite y los eternos miserables de la tierra. Habló de la importancia de todas las lenguas. “Sin la lengua no habría ciencia, tecnología, leyes, arte, amor”, pero consideró el peligro de anemia y degeneración que se cierne sobre las diferentes lenguas. De los libros dijo que son “un tesoro mayor que los inmuebles y las cuentas bancarias.”

Muchas son las lecturas y discusiones que provoca el discurso de Le Clézio. Sin embargo, me llama la atención la inquietud que el escritor siente porque “mientras escribe para aquellos que pasan hambre, luego descubre que sólo aquellos que tienen los recursos para comer son los que notarán su existencia.” Y con esta frase, extraída del “bosque de las paradojas”, Le Clézio mostró la hipocresía de un sistema que crece sobre los dolores (y la aniquilación) de las mayorías. Y dijo que “uno quisiera difundir la palabra a todos aquellos que han sido excluidos, invitarlos de manera magnánima al gran banquete de la cultura. ¿Por qué es esto tan difícil? Comunidades sin escritura, como los antropólogos gustan llamarlos, han triunfado al inventar otras formas de comunicación, a través de la canción y el mito. ¿Por qué se ha vuelto imposible para nuestras sociedades industrializadas, en esta hora presente? ¿Debemos regresar a una inmediata, directa forma de comunicación? La paradoja no es nueva. Rabelais hace mucho tiempo combatió sin tregua contra la pedantería de los escolares de la Soborna, burlándose de ellos en su cara con palabras extraídas de la lengua común. ¿Estaba él hablando por todos los hambrientos? Él puso en palabras el extraordinario apetito de aquellos que devoran la demacración de campesinos y obreros, sólo lo suficiente para una mascarada, para poner el mundo al revés. La paradoja de la revolución, como la épica cabalgata del caballero enfadado, vive en la consciencia del escritor.”

Jean-Marie Le Clézio, viajero incansable, habló de México-país donde vive actualmente-, Panamá, África y muchos otros mundos. Pidió espacio y respeto para todos los mundos y para todas las lenguas. Y recordó la deuda que la humanidad tiene con los hambrientos y con los analfabetos. Toda una lluvia de palabras que cae y cae sobre el maquillaje de esta realidad global impuesta, insaciable.

Edgar Borges es venezolano reside en España.


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Algo de música: Jimi Hendrix, un rockero como no habrá otro


ARGENPRESS

Jimi Hendrix (1942, Seattle, Washington-1970, Londres) es quizá el más famoso de los guitarristas de rock. Con una carrera meteórica, con sólo 27 años falleció dejando tras de sí un legado seguramente irrepetible. Negro, desafiante, provocativamente irónico, su estilo marcó una época y dejó moldes para la música rockera que siguen siendo íconos de ese estilo musical. Además de gran compositor, como intérprete de la guitarra eléctrica fue inigualable; en el año 2003 la revista Rolling Stone lo nombró "el mejor guitarrista de todos los tiempos".

Según dice el artículo que le dedica Wikipedia: "Hendrix era musicalmente lírico, esto significa que no tenía estudios clásicos serios sobre teoría musical. Sin embargo, esto no fue impedimento para lograr generar una musicalidad muy alegórica llena de expresiones orgánicas; él pretendía lograr sonidos naturales y crear secuencias más allá de lo que parecía dar la guitarra eléctrica en aquella época gloriosa de auge y expansión del género. Fue un usuario innovador de técnicas auditivas ejemplificando el poderío del feedback y el trémolo, logrando "riffs" hipnóticos llenos de poder y fuerza. "La guitarra parecía parte de su cuerpo" dice la mayoría que lo admira, sin duda puede sepultarse su imagen en la misma rotonda de los virtuosos, ya que mostró un genio incomparable para lograr elevar a la guitarra como un instrumento ácido, fuerte y pintor de muchas sensaciones anímicas, táctiles y auditivas".







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La Escuela Yi por España o el nuevo capitalismo cultural chino de gira


Jon Juanma Illescas Martínez (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Una de las entidades financieras más poderosas de Europa, La Caixa, (la caja de ahorros más importante a nivel europeo y la tercera entidad financiera en España), nos invita a asistir dentro de su programa de “Obra Social” a las exposiciones itinerantes que irá ofreciendo por el Reino de España en donde nos hará una muestra de arte contemporáneo chino abstracto, perteneciente a la llamada “Escuela Yi”.

Al margen de los millones de euros que la entidad financiera se gastará bajo el paraguas de “obra social” y que le permitirá seguir acumulando ayudas estatales, que le facilitarán llevar su capitalismo nada “social” a zonas del mundo “tan pacíficas” como Iraq (donde estuvo participando después de la invasión en el Iraquí Trade Bank bajo la dirigencia de colosos como JP Morgan Chase), centrémonos en analizar la propuesta artística que nos invitan a presenciar.

La palabra china Yi viene a representar según los organizadores del evento “el estado de contemplación y meditación de los creadores, el modo en que los artistas o los poetas piensan sobre su entorno o lo observan”. Pero lo cierto es que al ver una obra de cualquiera de los artistas chinos que componen la muestra, tales como Zhao Wenliang o Gu Wenda 1 , lo último que se nos viene a la cabeza o que nos provoca, es una meditación sobre su entorno o simplemente sobre cualquier entorno. Ello implicaría una cierta representatividad que como arte abstraccionista evidentemente no tiene. Aquí no hay entorno ni reflexión ninguna, sí podemos ver rastros gestuales de trazos humanos (pinceladas) supuestamente producidas según los sacrosantos críticos del expresionismo tipo Greenberg, por un automatismo espiritual comedido, que no es tal, ya que lo que nos encontramos aquí como en casi todo expresionismo abstracto es la más pura demagogia y picaresca. No hay reflexión, sino puro decorativismo de baja calidad. Decorativismo barnizado como resultado de supuestas largas y transcendentales meditaciones propias de la cultura tradicional china, del taoísmo, del confucionismo y vaya usted a saber qué más podemos meter en el “pack”. Eso sí, todo ello, repítalo con gesto de profunda seriedad y contención, si quiere hacerse pasar por un entendido de Arte. Afírmelo como si le doliese ligeramente el estómago y a la vez le apretase la ropa interior, pero tuviese que servirse un té en un elegante café parisino, rodeado de importantes prohombres de la cultura con gafas de pasta y bufandas de marcas caras, todo ello sin perder la compostura.

Consultando la Historia, podemos ver como el expresionismo abstracto fue/es una de las corrientes artísticas más nihilistas y decadentes de la Historia del Arte. A mi juicio, vino/viene a significar el triunfo de la mediocridad superlativa como fin, a colocar el traje invisible al emperador (antes/ahora americano, quizás futuramente chino), que pese a su notoria desnudez tiene un ejército de mandarines asalariados que se empeñaran en decir no sólo que el emperador no está desnudo, sino que viste las más bellas y originales prendas que nunca se vieron en el Imperio.

El expresionismo abstracto nació producto del fin de la Segunda Revolución Industrial, de la degradación cultural de sectores intelectuales de la pequeña burguesía. Se gestó dentro de personalidades caóticas y asociales, críticas con la aristocracia y la gran burguesía a las que despreciaban, pero alejadas del pueblo y metidas de lleno en el mundo de la bohemia y las drogas. Gentes que anhelaban la vuelta a tiempos pasados en contraposición al nuevo orden que despreciaban, pero que no sabían ni querían combatir. Individuos perdidos en el limbo de las dos grandes clases sociales que se formaban: los capitalistas y los obreros asalariados. El alcohol, la cocaína y otras drogas acallaban su desesperación existencial, su callejón sin salida filosófico que los abocaba a una larga e interminable tortura vital que sólo finalizaba con la llegada de la muerte (muchos acabaron suicidándose y contribuyendo al falso mito del artista-demente que tantos impostores ha colado en la Historia de la Pintura).

Más adelante, al terminar la Segunda Guerra Mundial, el expresionismo abstracto fue poderosamente impulsado por la CIA en contraposición al realismo socialista de corte estalinista. La Agencia lo utilizó para proyectar una imagen de libertad cultural en su país, en contraposición a las prohibiciones estalinistas que existían en la URSS, que obligaron a muchos pintores a exhiliarse si deseaban vivir de la pintura que realizaban. Para los EEUU, fue pura y simplemente parte de una gran campaña de marketing como ya demostró la investigadora Frances Stonor Saunders partiendo del estudio de documentos desclasificados de la época. EEUU no era la cuna ni el foco de ninguna vanguardia artística, de ningún movimiento original en la Historia del Arte, así que tuvo que inventarse uno, y el abstraccionismo expresionista coincidía plenamente con los objetivos que buscaba. Era anárquico, representaba los principios del “libre mercado” y el individualismo extremo, la elevación suprema del principio de unicidad intransferible del individuo herméticamente cerrado de su ser social colectivo. Fue parte de la llamada Guerra Fría Cultural y cumplió su papel al golpe de talonarios y sobornos allende los mares (interesantísimo el papel de los Rockefeller en esta “Cruzada Cultural”).

El abstraccionismo “matemático-espiritual” de un Kandinsky (uno de los precursores del abstraccionismo a secas) nada tuvo que ver con la anarquía caótica y degradante del abstraccionismo expresionista. Bueno, sí, algo sí tuvo que ver, pero se halla a años luz cualitativamente hablando del expresionismo abstracto de un Barceló por ejemplo (alias “Mister Cúpulas ONU”). Kandinsky buscaba emocionar con sus pigmentos como si los colores y las formas de sus lienzos fueran las notas y los tiempos de un instrumento, renunciaba a la representatividad pictórica porque fue creyendo que ella era más bien propia de la Literatura, y que la Pintura debía buscar lo espiritual por otros caminos más cercanos a la música. Equivocado o no, su arte estaba estudiado, trabajado y hasta cierto punto acechaba una coherencia quizás imposible de alcanzar. Buscaba a Dios con/en la Pintura, y al margen de la posibilidad o no de hallarlo, su fe era sincera. Pero el expresionismo abstracto significó un paso más en la imposible ecuación no resuelta por Kandinsky ni por ningún abstraccionista más, quizás producto de su erróneas premisas y sus inalcanzables fines. Significó que el pintor pasaría con su paleta simplemente a golpear el piano con los puños cerrados, partiendo de una fuerza interior que lo impulsaba (¿?) para luego pretender que lo que había salido de tal “interpretación pugilística” era la Novena Sinfonía de Beethoven. Ahora ya no buscaba a Dios, sino que pretendía que el Espíritu Santo lo visitara de vez en cuando para agarrar con fuerza sus pinceles y dejarle tras su paso un mensaje “divino” en el lienzo.

Lamentablemente muchos sectores actuales considerados “progresistas” defienden este tipo de arte, que no les gusta porque “no entienden” pero que defienden a modo de dogma democrático (cabría recordar que hay una gran diferencia entre censurar y apoyar o promover).

Propongo la siguiente reflexión para el lector confundido: del mismo modo que a ningún músico se le ocurriría componer una sinfonía repitiendo obsesivamente los mismos arpegios o acordes, ni aporrear el instrumento anárquicamente con los puños cerrados pretendiendo que por arte de magia deba nacer de allí una sonata ; a ningún pintor se le debería ocurrir tampoco hacer una Pintura con mayúsculas haciendo composiciones geométricas jugando con los mismos colores y formas una y otra vez (Kandinsky, Mondrian, etc), realizando trazos neuróticos cuando no derramando la pintura por espasmos (Pollock, Tàpies) o construyendo pretendidas composiciones controladas que salen desde el “más allá” (Rothko, Motherwell, Escuela Yi, etc).

Este tipo de pintura abstracta, puede ser válida para experimentar con materiales, colores, gestualidad de la pincelada, texturas, etc, como esbozos o pruebas para determinadas partes de una obra mayor, pero nunca pretender por sí mismas ser tales obras finales. ¿Por qué? Porque sería/es una burla monumental que pagamos todos con nuestros bolsillos y conciencias, incluso y crecientemente con la educación de nuestros hijos con la incursión en los planes educativos de “enseñanzas” de tanto impostor histórico. Porque ello viene a significar igualar el trabajo de millones de artistas honrados, profesionales y capaces no sólo de la Actualidad, sino de la Historia, con la tomadura de pelo de unas marionetas púgiles adictas a los psicotrópicos, al servicio de los grandes capitalistas y de la Cultura de Alienación Universal 2 que pretenden hacernos retroceder al mundo de los discursos mágicos, el pre-racionalismo y el infantilismo compulsivo y consumista.

Sin embargo, el expresionismo abstracto no entiende esa pintura como prueba o experimentación sino que la aúpa a la categoría de obra final, busca pintando una realidad espiritual mística, una vibración producida por una “energía intuitiva” que controla al artista, un ente sobrenatural que ha tomado posesión y control del propio cuerpo. Es el modelo de artista genio del Romanticismo basado en las ideas sobre el desinterés del juicio estético de Kant, pero llevadas hasta el más aciago paroxismo. Este tipo de construcciones ideológicas propias del idealismo burgués nos podría llevar al “solipsismo artístico” e incluso, a tener que recurrir a un exorcista una vez acabado el proceso creador, para que permitiese al “genio” dejar de serlo para simplemente poder prepararse un bocadillo de chorizo o limpiarse al defecar (con perdón), no sea que se confundiese o confundiera y acabara dejando el baño como uno de sus cuadros pero con otro tipo de “materiales”, experimentando de este modo con el “arte povera” 3.

En definitiva, el capitalismo volvió a China y con él la burguesía (que nunca desapareció ni en tiempos de Mao), creció en connivencia con élites del Partido Comunista Chino, bajo el amparo de los grandes capitalistas internacionales y trajo consigo bajo el brazo al arte abstracto.

China se esfuerza por ser la futura potencia hegemónica, tras la fase que viviremos a corto-medio plazo de crecientemente multipolaridad a la que ya estamos asistiendo en su nacencia, para después del fin del forcejeo ver que quién se hará con el cetro de Primera Potencia Hegemónica (¿puede que tras una nueva Guerra Mundial pero de tipología desconocida hasta la fecha?), y lo cierto es que el inmenso país asiático se nos presenta ya como un serio candidato al título. Del mismo modo que amplía su presencia mediante inversiones en América Latina y África desplazando a clásicas potencias occidentales, también intenta hacerse valer en el terreno cultural, bajo el paraguas de repetidas y lamentables formulaciones de corte burgués. Lo mismo da cuando se tiene el poder necesario, y la cultura obedece a los intereses de una élite, que casualmente tiene todos los medios para decidir qué es y qué no será reconocido como tal.

Quizás, después de tanto “libre mercado”, de teorías apocalípticas sobre el Fin de la Historia y otras sandeces que ya nadie se esfuerza por recordar en público a riesgo de ponerse colorado, no sea una coincidencia del todo que nos volvamos a encontrar con dicotomías propias de la Guerra Fría: la ligazón entre capitalismo y abstraccionismo, frente a figuración 4 y socialismo. Es tremendamente paradójico o clarificador, según se mire, que La Caixa, una de las financieras más grandes de Europa, se encargue de mostrarnos esta realidad apoyando un arte capitalista de un régimen supuestamente socialista. Si no es esto verdad y nos dejamos llevar por los nominalismos aparentes, ¿cómo es posible que un agente del capitalismo como La Caixa apoye el nuevo arte oficial promovido por el gobierno comunista de China? La clave es que uno de los dos miente y no es lo que dice ser...¿será un agente comunista La Caixa?, ¿tendremos que llamar al nuevo senador McCarthy travestido bajo la apariencia de un político del Partido Popular para que meta en la cárcel al bueno del presidente Fainé por ayudar a fuerzas marxistas extranjeras? En fin, espero que mi amado Rey Don Juan Carlos, que jamás va desnudo en público, esté atento y ponga un poco de orden, cosa que se le ha dado muy bien desde siempre...

Llegados a este punto, a los mortales, nos quedan dos opciones (además de confiar en el buen hacer de nuestro heroico Borbón). Podemos repetir como buenos creyentes que la “libertad” se abre camino en China gracias al aperturismo económico, futura potencia a la cual sólo le falta para entrar en el Reino de la Libertad y el Goce Eterno Capitalista que el Partido Comunista Chino deje de controlar la política del país en régimen de monopolio, propiciando que otros... digo la libertad, se apodere de su política en sana competencia capitalis...digo democrática. También podemos afirmar, por el contrario, que el emperador está desnudo, otro más pero con distinta careta.... ¡Perdón!, ¡se me olvidaba la tercera opción, la de toda la vida!: mirar para otro lado. Con seguridad, la más posmodernista y “cool” de todas las posibles.

¡Progreso y Libertad, Amén!

Notas:
1) Ambos ya tuvieron sus coqueteos con el Pop Art, otro estilo ligado al capitalismo consumista, lo cual no deja de ser sintomático del creciente capitalismo que inunda a la China.
2) http://jonjuanma.googlepages.com/6...IntroduccinalaCulturadeAlienacin.pdf
3) Término italiano que significa “arte pobre”, arte realizado con materiales baratos, de fácil obtención, muchas veces rayando en lo sucio y la basura. Fue una tendencia que todavía perdura en algunos artistas y que tuvo sus comienzos a finales de los sesenta en Italia cuando lo acuñó el crítico y comisario Germano Celant.
4) Que conste que digo figuración y no realismo socialista (estalinista), “figuración” es un término mucho más amplio que engloba formalmente desde el cubismo de Picasso hasta el naturalismo idealista de Bougerau o la iconografía de los murales de Rivera.


Jon Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario de Jon E. Illescas Martínez, Licenciado en Bellas Artes, artista plástico, analista político y teórico del socialismo.


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Algo de cine: “Milk”, o el impacto del activismo gay


Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Pittsburgh, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Después de entregarnos un film más o menos intimista y hasta cierto punto oscuro en “Paranoid Park” (que en algunos países de Sudamérica soportó el infame título de “Crimen oculto”), Gus Van Sant vuelve a los controvertidos años 70 con un “biopic” sobre Harvey Milk, un activista de los derechos homosexuales y quien logró ser representante político en San Francisco.

Interpretado por Sean Penn, en un rol que este actor confiesa le costó más de lo habitual, Milk representa el espíritu de una época. En la ya mítica calle Castro, los gays de San Francisco se dan cita e inician sus protestas por ser reconocidos como parte de una sociedad que hasta entonces les tenía resistencia e incluso se oponía a sus manifestaciones. En su límpida reconstrucción de una época turbulenta, Van Sant encuentra en actores como James Franco o el mexicano Diego Luna no sólo a las parejas de Milk sino a representantes de esa sensibilidad otra, diferente, tan discutida y puesta en entredicho.

A ellos se suman quienes apoyan la campaña y el desempeño político del protagonista, en los tiempos en que Jimmy Carter era presidente de Estados Unidos y en que algunos congresistas recorrían el país entero vendiendo la idea de la homosexualidad como un peligro que debía erradicarse.

“Milk” se ha estrenado en Estados Unidos poco después del debate de la proposición 8 en California, que prohíbe las bodas gay. Gran parte de la juventud intelectual e informada de este país se ha opuesto a esta prohibición, en un país aún muy conservador pero donde sin embargo cada vez resultan más importantes los derechos civiles.

Es interesante cómo Gus Van Sant “arma” su película con retazos de material real, como los noticieros o tomas de los años 70, y con las propias escenas de la ficción. Al reunir estas dos formas de registrar la realidad, por un lado el autor de “Drugstore cowboy” obtiene un collage ciertamente interesante. Por otro, su propuesta es insistente y metódica. Sin procurar ser un film de tesis, “Milk” aspira, sin embargo, como tantas otras películas norteamericanas, a una mitificación del personaje, a subirlo a un pedestal y dejarlo allí, para la historia.

Luego que es asesinado por un político malhumorado y homofóbico, al que rebasa en todo momento (Josh Brolin), Milk se convierte en un símbolo. La marcha nocturna no sólo de gays sino de una multitud de ciudadanos portando velas encendidas en muestra de apoyo y homenaje al caído es, de alguna manera, también una forma de expresar la unión y solidaridad de al menos un sector consciente de la sociedad norteamericana.

Aunque no es de las mejores películas de Van Sant, “Milk” tiene momentos de gran fuerza como aquel en que Sean Penn se dirige a una multitud en un mitín o cuando, desde un principio, va narrando su historia ante un magnetófono. El personaje, así registrado y biografiado, representa el espíritu y el ardor de una época y llama la atención sobre los peligros del dogmatismo y la intolerancia.

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Don Rolando, un maestro

Rodolfo Bassarsky (Desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

Tengo 72 años y medio y hoy se cumplen 60 años de una frustración.

"El maestro nos pidió que redactáramos unas palabras para despedirnos de nuestra querida escuela. La idea de la despedida me emociona, tiembla mi voz por el llanto cercano. Les pido disculpas. Mis palabras no pueden ser otras que de agradecimiento a todos. Una mención especial a mis padres quienes hicieron posible que yo cursara mi escuela primaria entre Uds. Agradecimiento profundo a mis queridos maestros y a mis queridos compañeros con quienes compartí momentos de alegría y también de penas e incertidumbres... "

El discurso de unos 15 minutos de duración seguía en ese mismo tono y naturalmente reiteraba los agradecimientos, se refería con insistencia a la emoción de la despedida y terminaba con un "¡hasta pronto!, queridos maestros, queridos compañeros".

No era un discurso redactado por un chico de 12 años y se hacía evidente. Aunque sí reflejaba bastante fielmente sus sentimientos. La redacción fue inspiración de mi padre: un autodidacta que no había terminado la escuela primaria. Papá era un lector empedernido de cuanta literatura cayera en sus manos. Hombre de una cultura discretamente amplia y lógicamente no sistematizada. Papá era una "persona de las de antes". Un apretón de manos constituía suficiente garantía de fiel cumplimiento de un compromiso. Una promesa era sagrada. Un hombre que exaltaba el valor de la palabra, de la amistad, generoso y poseedor de una voluntad de hierro. Regían su vida la verdad, la honestidad, el respeto, la responsabilidad. Nos exhortaba al pensamiento, al conocimiento, a escuchar a los ancianos, a hablar lo indispensable, a promover la familia. Sus hijos crecimos impregnados con estos principios. Una ética de raíz judeo-cristiana.

Yo - su hijo mayor - de 12 años, debía leer un discurso en el Acto de Fin de Curso en representación de los alumnos que egresaban. Para papá era una oportunidad apropiada para dar a conocer al mundo sus claros e inconmovibles principios. Por eso en el discurso también se aludía a la "formación e información" adquiridas en la escuela, habíamos ingresado "niños" y nos íbamos "hombres". Un discurso que ponderaba el sacrificio de los docentes y que destacaba el valor del rigor y la disciplina impuestos por los buenos maestros. Lágrimas por lo que dejábamos pero "fe en el futuro que nos esperaba". El "¡Adelante!" no faltaba hacia el final.

Recuerdo ese discurso con especial cariño. El manuscrito en hojas amarillentas de cuaderno, escrito con pluma cucharita está guardado y lo releí unas cuantas veces en estos últimos 50 años.

Lo muestro a mis amigos con orgullo y renovada frustración.

No lo leí en el Acto de Fin de Curso.
Nunca pasó de ser un simple proyecto, un borrador que no gozó del privilegio de una lectura pública. Al elegir el discurso mejor, prevaleció en mi maestro, el Sr. Laurora, el de su propio hijo y alumno, un compañero al que yo estimaba. Fue el hijo del maestro quien leyó un buen discurso, aunque inferior al mío, según mi ofuscada opinión. En el Acto lloré por la despedida y por la frustración.

El destino quiso que unos años después me llegara la hora de la revancha. Fui el responsable de decir unas palabras a los postres, en la cena con la que celebramos nuestra graduación como médicos. Recuerdo una secreta satisfacción cuando mis profesores y mis colegas aplaudieron mi "auténtico" discurso de fin de curso.

II

Nunca ejercí mi profesión universitaria. Tenía también un título de maestro de escuela. Dediqué toda mi vida a la tarea docente. Mis ex alumnos me llaman Don Rolando. El "Don" seguido del nombre de pila denota calidez y respeto. Seguido del nombre y el apellido es frecuentemente más bien una obsecuencia. Quizás me llamen Don Rolando por mi aspecto bonachón y porque les evoco un buen recuerdo.

Varios ex alumnos me llaman por teléfono con frecuencia para pedirme consejos de toda índole : relacionados con sus actividades profesionales o laborales en general o con el ámbito familiar. Me piden que opine sobre acontecimientos políticos actuales o sobre economía. O quieren conocer mi pensamiento sobre las cuestiones esenciales de la vida. Me consultan sobre la educación de sus hijos y hasta pretenden a veces que les asesore sobre las virtudes y defectos de sus parejas. Ninguno de mis ex alumnos me tutea.

Aún conservo el contacto con varios de los de la primera hora que actualmente cursan su quinta década. Uno de ellos vive hace mucho en Sydney. Jamás perdimos la comunicación: antes mantuvimos un contacto postal bastante frecuente. Ahora van y vienen los correos electrónicos. Su mujer y sus tres hijos varones australianos son ya viejos conocidos virtuales míos. Por cierto afectuosos y generosos conmigo.

Como maestro viví los últimos años de gloria de la educación argentina, fines de la década de los 50 y principios de los 60. Quién duda de que a partir de esa época comenzó un constante y cruel camino de deterioro! Todo dentro de la escuela fue desajustándose. Fueron cambiando los programas de estudios, que comenzaron a llamarse "contenidos", rebajando su calidad. Disminuyó el tiempo del curso lectivo. Se sufrieron frecuentes y generalmente nocivos vaivenes ideológicos que politizaron con sentido partidista la enseñanza. Los que ejercían circunstancialmente el poder creyeron tener derecho a arremeter casi indiscriminadamente con todo aquello que no les gustara o que consideraran lesionaba sus intereses sectoriales. La disciplina se relajó a niveles inconcebibles para quienes habíamos sido formados en la escuela sarmientina. La relación alumno-docente dio un giro de 180 grados: lo que antes constituía una norma indiscutible, ahora es una antigüedad despreciable.

No subsiste casi nada de las bolillas y los Asuntos.

No soy un maestro terco ni ciego ni sordo. Puedo apreciar y comprender cambios necesarios, actualizaciones indispensables. Entiendo que es insoslayable la repercusión en la educación de los vertiginosos cambios sociales, científicos, tecnológicos. Muchos de estos cambios han sido incorporados a la enseñanza y son bienvenidos. Sin embargo creo que mucho se ha perdido de lo bueno de la educación tradicional. No se detuvo a tiempo la irrupción dramática de la violencia en la escuela. Se degradó el prestigio del docente. Se proletarizó al maestro y fue descendiendo brutalmente el presupuesto nacional destinado a educación. Continuamente recomiendo a mis amigos y especialmente a mis ex alumnos la lectura del indispensable "La tragedia educativa argentina" de Guillermo Jaim Etcheverry (Fondo de Cultura Económica).

III

Logré ser un buen maestro de mis alumnos. Fracasé parcialmente como maestro de mis hijos. No pude sustraerlos del deterioro. En este aspecto lo que más lamento es no haber podido despertar en ellos la inquietud por aprender.

Padecen de una pobre curiosidad por saber. La curiosidad no debe ser espasmódica ni exageradamente acotada. Por el contrario siempre traté de despertar una sed amplia y permanente por aprender.

Prevalece en mis hijos el error del utilitarismo. ¿Para qué sirve aprender dónde está el Mar Muerto?

Fui y soy un convencido del valor del conocimiento que de la forma en que lo concibo, es inherente a la condición humana.

No bastan los conocimientos. Son indispensables los principios morales, el cultivo del espíritu y otras antigüedades por el estilo. Sigo pensando como mi padre que la educación debe ser formación e información: una idea simple e inconmovible. No negociable.

Tengo el orgullo de haber cumplido siempre satisfactoriamente con el programa. Aún en los años de recortes importantes de la duración del curso lectivo. Pero además a partir de 1985 procuré cumplir con mis propios "Objetivos perentorios para la escuela primaria" que adapté a cada curso que me tocó impartir.

Jamás se enteraron mis alumnos ni mis superiores jerárquicos de la existencia de estos 20 objetivos como una propuesta diferenciada del programa oficial. Tuve la habilidad de integrarlos, en ocasiones sin mayor inconveniente porque eran coincidentes pero otras veces forzando su inclusión disimuladamente. Escribí esa modesta e ingenua propuesta para salvar la educación primaria argentina. Ya por entonces eran alarmantes los signos de la tragedia.

Conmocionado por el espectáculo preocupante de la educación de mis hijos, cuando tardíamente quise asumir personalmente la responsabilidad de la enseñanza de ellos, choqué contra un muro infranqueable. Fue un fracaso doloroso. Hoy mis hijos reconocen mi pasado esfuerzo.

Recientemente un acontecimiento vino a paliar aquel dolor. Mi hija menor que abandonó la escuela antes de finalizar sus estudios primarios, acaba de cursar con éxito una carrera corta de 2 años que la habilita para ejercer una profesión. Mis otros hijos están encaminados, crecen, se defienden y defienden a sus familias con responsabilidad. Dejé en ellos huellas que se convirtieron en herramientas útiles para transitar por la vida. En definitiva mis alumnos y mis hijos deambulan por este valle de flores y espinas con algo del maestro y del padre. Qué más puedo pretender? Acaso esta certeza es la sensación más gratificante a la que puedo aspirar. Me siento un viejo afortunado.

Creo que en buena medida me gané el Don Rolando por haber sido fiel a mis propias convicciones y mis propios objetivos, conservando mi independencia, preservando mi libertad y nunca violentando la relación con autoridades y colegas.

Fui un maestro pacífico y tuve la suerte de no enfrentarme con faltas de disciplina que no haya podido resolver con ecuanimidad. Pero me tocó ver a mi alrededor verdaderas calamidades. Docentes jóvenes formados en la escuela decadente y diezmada que trasladan sus falencias al aula de la que son responsables. Alumnos provenientes de la clase media destruida trasladando al aula sus sufrimientos. Alumnos de estratos sociales bajos que trajeron la miseria de la desocupación y de la recesión que padeció y padece nuestro país.

IV

A mis 72 años largos me mantengo erguido, no engordé ni adelgacé excesivamente, tengo como he dicho una mirada bonachona y cuando frunzo el entrecejo, mi expresión trasunta sabiduría y experiencia. Cuando suelto las arrugas y sonrío, comunico sosiego y suelo arrancar una sonrisa sin razón a quien me mira. Sigo actuando en todos los sitios como un maestro. Como si no me hubiera jubilado. Llevo en la sangre mi vocación docente. Estoy seguro de morirme con el dedo índice derecho señalando algo, en la más pura y clásica actitud pedagógica.

Fui fiel a la verdad en mis enseñanzas. Nunca tuve inconveniente en reconocer mi ignorancia. Ignorancia que se convertía en un buen estímulo para la búsqueda de la respuesta para el día siguiente.

Ejercí siempre en ciudades medianas o grandes. Carecí de la experiencia rural que me hubiera encantado. Por eso acepté con satisfacción y expectativa hace un mes la invitación de un ex alumno mío, maestro rural en la Patagonia, para visitar su escuela.

Horacio, el maestro, tiene unos 35 años y vive con su mujer y una hija de 6 años en una modesta casa adyacente a la escuela, propiedad del Ministerio de Educación de la provincia del Chubut.

Asistí en silencio a dos clases de Horacio ante un curso de 16 niños. Los 38 niños de la escuela están divididos en tres niveles y sus edades oscilan entre los 6 y 13 años. Horacio se ocupa del primer nivel. Su mujer del tercero y una joven maestra, del curso restante. La escuelita tiene sólo dos aulas mal aisladas una de otra. De manera que es necesario compatibilizar horarios para que los tres cursos tengan clases diarias y además hay que ser muy cuidadosos procurando no perturbar con ruidos al curso de al lado.

Me invade una sensación de hondo placer. Como si contemplara mi juventud reflejada en los gestos, en las inflexiones de la voz, en las miradas y especialmente en los criterios pedagógicos de mi ex alumno. Certeza viviente de mi trascendencia. Verme vivo en un espejo del tiempo. La convicción incontrastable de mi condición de maestro en toda la rica dimensión de la palabra.

Parado inmóvil en un rincón del aula, por detrás de la última fila, estoy sobre un pedestal con el pecho hinchado, la cabeza alta, la mirada perdida en la arista del techo con la pared y el pensamiento en el cielo.

Cuando Horacio terminó su clase y los chicos salieron al patio, me acerqué a él y le susurré: "Gracias, maestro". Me miró fijamente, se empañaron sus ojos y yo contuve un llanto de alegría vital.

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Despedida a George Bush

Carlos Angulo Rivas (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dos zapatos volaron, presidente Bush
dieron la vuelta al mundo
en ochenta minutos por segundo
diría el poeta César Vallejo;
bajaste la cerviz de puro miedo
cayó tu arrogancia por los suelos.
¡Perro! De los malditos eras tú
no el pobre animalito de tus paseos.

¡Bien hecho! Elevó la voz el universo
¡Miserable! Bien merecido dijeron otros
miserable fue tu paso por la Casa Blanca
¡miserable! ¡miserable! ¡miserable!
palabra de despedida, de un millón de muertos.
¡Miserable! Reza el membrete consciente de la gente
tu nombre sólo en la galería de los prontuarios
en la historia de los zapatos a raudo vuelo.

El miedo se pintó en tu rostro
y no eran bombas “inteligentes”
ni armas de destrucción masiva
sólo zapatos de olor a pueblo herido
zapatos humildes cansados de pisar
cementerios, cárceles, calles vacías.
Qué incapacidad de amor, qué infierno
la oscura noche de las pesadillas, la tragedia.

Babilonia arrojó su pena en un latido
mutiló su grito en la garganta
ahogado en llamas, luz ciega, humaredas
arrastrando a cuestas el horror de las visiones
la niña ensangrentada, el hombre mutilado
cargados en brazos de auxilio
gritando, gimiendo, llorando
en rauda carrera, nerviosa energía.

Bush de un dogal pasea su perro
En jardines pródigos de verde frescura
¿Quién es el animal? Me preguntó
¿el que menea su cuerpo y bate la cola?
¿o el amo de la sonrisa insolente?
¿Quién? Los jueces humanos se preguntan:
uno ladra de alegría natural,
el otro de furia voraz, incontenible.

Carlos Angulo Rivas es peruano residente en Canadá.


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Nacido Desaparecido

Alejandro Adrián Hugolini (Desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Dónde nace este Niño
que ya nadie nombra
dónde, se preguntan
y le preparan mil formas de la Muerte.

Lo esclavizan, lo condenan al éxodo,
alimentan con su pueblo los leones,
lo aplastan con mármoles litúrgicos,
con inciensos falsos y ritos vacíos.

Quieren matarlo siempre,
marcan las puertas,
pero no lo encuentran.
Van a la guerra en su nombre,
dominan la tierra.

Acaso, dicen,
renazca siempre obrero,
con-fundido con su pueblo.

Una vez creyeron verlo
en brazos de Carlos Mujica, de Camilo Torres,
de Oscar Arnulfo Romero, de Juan José Valle,
de Enrique Angelelli, de Pocho Lepratti
y le hicieron una cruz de balas,
pero hubo tercer día.

Demolieron su casa en la Intifada
Lo aplastaron los escombros de un coche-bomba
quisieron matarlo armenio, kurdo, iraní, libio, afgano
lo enterraron en el Gulag, en Auschwitz, en Guantánamo,
Lo incendiaron en Vietnam, lo torturaron en Argelia,
un tanque lo aplastó en Praga y en Tianamen,
fue robado en la ESMA,
lo bombardearon en Plaza de Mayo un mediodía
por la tarde en el barrio de Torrijos,
y esa misma noche, sobre el cielo de Bagdad,
las bombas fabricaron
miles de ángeles hermosos, de ojos oscuros.

Dónde nace, se preguntan,
y siguen preparando Muerte.

Nace en la humilde choza del mensú,
en el piquete de Cutral-Có,
enfermo de SIDA en el Africa profunda,
en los escombros de Fallujah,
en Fuerte Apache, en el Harlem
entre los inundados de Nueva Orleans
o los de Santa Fe,
con los mineros ingleses
los campesinos chinos
o los cocaleros bolivianos.

En la sabana de Venezuela,
en las selvas de Colombia,
en el nordeste de Dom Helder
en los Andes, mapuche, quichua,
en la selva, toba o guaraní.
Esclavo en un galeón,
siervo de la gleba,
hijo de los Balcanes
nacido de violación,
humillado en Abu Graib,
indio zapatista en Chiapas,
incendiario en París,
balsero, chicano, sin tierra,
refugiado, masacrado, “desabandonado”.

El Niño nace siempre
bajo los ojos puros
del Hermano Buey y del Hermano Asno
lejos de la ciudad
ante el carpintero tembloroso y la madre niña.
Y lo ven primero los ninguneados,
los arrojados más allá del borde,
los del corral y el olor a bosta.
Nace sin oros, altares, ni tapices.
Nace desaparecido.

Si pudiésemos lavarnos la mirada
lo veríamos siempre, Angel de Lata.

Ellos lo siguen buscando:
porque no sólo dijo "alimenten al hambriento,
vistan al desnudo, visiten al preso y al enfermo",
dijo también “ay de vosotros los ricos”,
y es vencedor de la Muerte ,
y no trae la Paz , sino la Espada.

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Justas culturales 2008: Los libros


Pablo E. Chacón

Diálogo, de Raymond Aron y Michel Foucault (Nueva Visión)

American Vertigo, de Bernard-Henri Lévy (Ariel)

Ciudad de muros, de Teresa Pires do Rio Caldeira (Gedisa)

La fábrica del hombre occidental, de Pierre Legendre (Amorrortu)

La filosofía y su doble, de Gustavo Varela (Libros del Zorzal)

Los libros de la guerra, de Fogwill (Mansalva)

Ventanas, de J. B. Pontalis (Topía)

Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg (Acantilado)

El arte de olvidar, de Iván Izquierdo (Edhasa)

Son memorias, de Tulio Halperín Donghi (Siglo XXI)

Sustancias del imaginario, de George-Henri Melenotte (Elepe)

Guía del observador de nubes, de Gavin Pretor-Pinney (Salamandra)

Sade, de Philippe Sollers (Páginas de Espuma)

El Estado y él se amaron, de Daniel Durand (Mansalva)

El pretexto del sueño, de Oscar Steimberg (Santiago Arcos Editor)

Melodías argentinas, de Milita Molina (Letranómade)

Tirana memoria, de Horacio Castellanos Moya (Tusquets)

El africano, de J.M. Le Clezio (Adriana Hidalgo Editora)

Viaje a Rodrigues, de J.M. Le Clezio (Grupo Editorial Norma)

La carretera, de Cormac McCarthy (Random House Mondadori)

Mockba, de Diego Muzzio (Entropía)

Inquietud, de Marta Kapustin (Random House Mondadori)

Mis dos mundos, de Sergio Chejfec (Alfaguara)

Cómico de la lengua, de Néstor Sánchez (Paradiso, reedición)

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50 años de la Revolución Cubana: ¿Qué es la libertad?


Cristina Castello (Desde Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La indiferencia —contracara del amor— es ajena a la Revolución Cubana y a Fidel Castro. Ellos despiertan a Eros o a Tánatos, el edén o el infierno, el amor o el odio, según la visión de cada uno. Descubrir su esencia, es tarea ciclópea.

Más que conocer la historia, importa pensar en esa isla con sus luces y sombras; y también con un pueblo que tiene mística. Se trata de desaprender la mirada capitalista que —mal que nos pese a muchos— en mayor o menos medida, tenemos incorporada. Y de indagar la esencia misma de la libertad; de preguntarnos qué significa ser libres. ¿Lo somos cada uno de nosotros?

Todo el proceso revolucionario que hizo de Cuba un país socialista desde 1959, se conoce como Revolución Cubana. Precisamente, el primer día de 2009 es el 50º aniversario de su comienzo, cuando un grupo aglutinado en torno de Fidel Castro derrotó al dictador Fulgencio Batista (1952-1958), y tomó el Poder. Nombró Presidente al magistrado Manuel Urrutia, y Castro asumió como primer ministro hasta 1976, en que asumió la presidencia.

La revuelta se había iniciado con el asalto del Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y, antes, Castro había llamado a la huelga general con la consigna «Revolución, sí; golpe de Estado, no». El desembarco del yate Granma en 1956, dio el impulso definitivo a la guerra.

Ochenta y dos guerrilleros, entre ellos Ernesto «Che» Guevara, Camilo Cienfuegos y Raúl Castro, hicieron tierra aquel día. «¡Aquí estamos! /La palabra nos viene húmeda de los bosques, / y un sol enérgico nos amanece en las venas», les latían los versos de Nicolás Guillén.

Llevaban armas: querían derrocar a Batista, un asesino que sembró muerte, hambre y corrupción. Llevaban sueños, valores —esas semillas fundamentales para Fidel—, y se nutrían de los ideales del escritor, poeta y héroe nacional de Cuba, José Martí: «Ser cultos para ser libres».

Fidel se mantuvo en el cargo hasta 2006, cuando —a raíz de una seria afección intestinal— lo cedió a su hermano Raúl. En 2008, éste fue elegido por el Parlamento, tras la renuncia de Fidel, quien hoy es el comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y el primer secretario del Partido Comunista.

Desde 1959, el «Comandante» —una de las personalidades más importantes que dio el siglo XX— sufrió más de 600 atentados contra su vida, y los Estados Unidos de Norteamérica no cesaron jamás los ataques contra la Isla. Hace 47 años le impusieron el bloqueo económico más cruel y prolongado que se haya conocido. Su objetivo fue destruir la Revolución Cubana «[…] a través del desencanto y el desaliento basados en la insatisfacción y las dificultades económicas […], negarle dinero y suministros a Cuba, para disminuir los salarios reales y monetarios, a fin de causar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno […]».

Mientras tanto, acusan a Fidel de dictador. Pero, aun los opositores deben rendirse a la evidencia de que los índices de educación, salud y alimentación, a pesar del bloqueo y el aislamiento, colocan a la isla a la altura de los países desarrollados.

Terrorismo de Estado de los USA

El bloqueo es un componente fundamental de la política de terrorismo de Estado de Norteamérica, que —sin piedad— afecta a la población toda, sin distinciones. Desde el triunfo de la Revolución, el Imperio se empeñó en derrotarla. Cometió centenares de atentados incluso en lugares públicos.

No bien Fidel tomó el Poder, hizo la reforma agraria, comenzó las transformaciones para la salud, e inició la alfabetización: el clamor por cultura de José Martí se hacía cierto en el pequeño país. «Tengo, vamos a ver, /que ya aprendí a leer, /a contar, tengo que ya aprendí a escribir y a pensar/y a reír» (Nicolás Guillén).

Cuando estaba en el corazón de la lucha por el desarrollo del pueblo, el 15 de abril de 1961 aviones estadounidenses disfrazados con insignias cubanas, atacaron tres aeropuertos y causaron la muerte de centenares de inocentes. Y a los dos días, USA se valió de mercenarios reclutados por la CIA en Nicaragua e invadió Bahía de los Cochinos, una de cuyas costas es Playa Girón.

Vestidos para matar, asolaron la isla, por tierra, mar y cielo, pero el gobierno cubano logró derrotarlos a las setenta y dos horas. En ese sitio, hoy existe un museo que recoge los detalles de aquel hecho histórico. Después de aquel asalto estadounidense, Cuba fortificó sus lazos con la entonces Unión Soviética y recibió su apoyo.

Los ataques continuaron, por cierto. En 1962 John F. Kennedy denunció la presencia de misiles nucleares soviéticos en Cuba, y la URSS retiró las armas mientras el presidente estadounidense prometió que las invasiones se suspenderían.

Pero las presiones y ataques siguieron, con los diferentes gobiernos del Norte. Cuando la URSS colapsó, después de la caída del Muro de Berlín, cesó la ayuda a sus amigos cubanos y la economía se desplomó violentamente. La isla seguía bloqueada y, ahora, otra vez en soledad.

¿Cómo Castro capea la tormenta del bloqueo? Según el escritor Gabriel García Márquez, puede hacerlo porque su visión de América latina en el futuro es la misma de Bolívar y Martí; porque ve a ésta como una comunidad integrada y autónoma, capaz de mover el destino del mundo.

Lo cierto es que la Revolución Cubana es «blanco o negro»: para la mayoría no parece existir el gris, que consistiría en aprender de lo bueno y rechazar lo que merezca objetarse.

Aunque ya casi no se aplica, en Cuba existe la pena de muerte, que ha sido utilizada —con o sin legislación— por casi todos los países, para castigar crímenes o ideas, lo cual no absuelve a ninguno.

En marzo de 2003, el Gobierno encarceló a 75 opositores, mercenarios que recibían dinero de Estados Unidos para traicionar a la patria; y en abril, mientras ocurría un éxodo masivo de cubanos, se fusiló a tres secuestradores —«los tres principales, más activos y brutales jefes de los secuestradores de una lancha»— y el mundo bramó. La mirada ética, en la cual me incluyo, bramó por eso: porque no acepta la pena capital ni en la guerra ni en la paz, ni bajo ningún concepto.

De cualquier manera, cabe preguntarse por qué el mundo no tronó ni truena todos los días, cuando las muertes en Palestina, en el Líbano, en Irak, Afganistán...; muertes cuya responsabilidad es mayoritariamente de Georges W. Bush, «terrorista», en algunos casos aliado con el sionismo. Por qué no estalló con tantas masacres que produjo el Imperio, incluidas las de América latina. Por qué no brama cuando algunos países teóricamente civilizados de Europa actúan —cada vez más— como Estados policíacos que asesinan, torturan y encarcelan. Sin justicia ni moral.

Me parece que, en principio, hay dos razones, la primera de las cuales es de manual: la repulsión reaccionaria hacia las izquierdas. En cuanto al supuesto o verdadero progresismo, ¿no será que más se le exige a quien tiene más para dar? Todavía me resuenan las palabras de José Saramago, frente a los fusilamiento de 2003: «Hasta acá llegué con la Revolución Cubana» dijo entonces.

Pero... ¿quién es Fidel?

Quienes lo abominan, dicen que es un dictador, le enrostran torturas que él niega que hayan ocurrido, así como la falta de libertad de expresión, y critican la pena de muerte.

Para los especialistas y politólogos, Fidel es un gran estratega militar y un político que creó una política exterior propia de una potencia mundial. Y lo hizo con el pueblo, desde una isla que es 84 veces más pequeña que Norteamérica.

Según esa suerte de concursos absurdos que hacen algunos medios, en este caso el «Times», él ocupa el noveno lugar entre los barbudos del mundo. El puesto primero e inamovible es para Karl Marx; y los siguientes son para Rasputín y el actor inglés Brian Blessed, para Darwin, el padre de la Teoría de la Evolución y... La cuestión es que Jesucristo es el cuarto en esa competencia fútil. ¡Qué carnaval!

Curiosamente, las primeras influencias ideológicas sobre Fidel, fueron los escritos de Primo de Rivera y la Falange española. Su papá era gallego y lo hizo estudiar en un colegio religioso. Su «guía espiritual», el jesuita español Armando Llorente, recordó que cantaban juntos el himno falangista «Cara al sol».

Después se diplomó como doctor en Derecho Civil y licenciado en Derecho Diplomático. Y pasaron los años. En 1958 y ante la interrogación de Llorente sobre si la revolución en marcha era de carácter comunista o humanista, Castro no dudó: «¡Padre, de dónde voy a sacar el comunismo si mi padre es más franquista que usted!». ¡Bueno!

Manos de bisabuelo, tiene 82 años, cabeza lúcida y alma saltarina, dijo a Oliver Stone, en el filme «Comandante», que gracias a no afeitarse ahorró muchos meses. Se lo acusa de «totalitario» y él sale al cruce y responde que lo es, porque tiene el apoyo de la «totalidad de la población»: tiene humor. Lo cierto es que se le hicieron miles de entrevistas, varios filmes, se escribieron libros, resultado de largas conversaciones; y se dice que le preguntaron todo: por la pena de muerte, por las supuestas torturas, por los fusilamientos, por las cárceles, pero... no es verdad.

Aparentemente nadie le preguntó directa y concretamente, con fechas, nombres, datos, testimonios, sobre los martirios de cada uno de quienes dicen haber sufrido las supuestas torturas; o sobre la falta de libertad de expresión, o la cárcel. Tampoco sobre la exclusión de muchos artistas, incluidos muchos escritores — disidentes, es cierto, y algunos, probados legionarios de los USA invasores; entre ellos Heriberto Padilla, Cabrera Infante, Reynaldo Arenas y Orlando Mediavilla. Es imposible leer o escuchar una repregunta...y claro que la personalidad de Castro es muy seductora y que esto no es fácil para todos. Pero si un periodista o escritor se hechiza, y no lo obliga con sus interrogaciones a responder concretamente… entonces, ¿dónde está la verdad?

Fidel. Lee inglés pero no lo habla, nunca fue a un psiquiatra y lo atribuye a su confianza en sí mismo; cuenta que los dolores más grandes de su vida fueron la muerte de su mamá y la del «Che». Dejó de fumar para tener autoridad en el combate contra el tabaquismo, le gusta cocinar, hace gimnasia y practica natación regularmente; ama la ciencia, sueña con que sus científicos descubran la vacuna contra el cáncer; es paciente y disciplinado, y tiene una potente imaginación.

A fuerza de vivir, el hombre de La Habana sabe que aprender a descansar es tan importante como aprender a trabajar. Muy cultivado, es un lector empedernido de economía, historia, literatura y poesía. No escribe poemas, pero le gusta que sus textos tengan cadencia, cierta musicalidad poética.

Ya no tiene prejuicios con los homosexuales, es fanático de todas las películas de Chaplin, disfruta de Cantinflas y le gusta el trabajo de Gérard Depardieu. En la calle lo llaman por su nombre, lo tutean, lo contradicen: la gente se siente en familia con él. No es grandilocuente, sino de modales finos y enemigo del culto a la personalidad. Es austero, y en ninguna parte de la isla podrá verse una pintura o escultura suya, ni sellos postales, ni monedas: nada. La sobriedad es uno de sus sellos.

Y de su vida privada no habla, a diferencia del circo de intimidades que los políticos del mundo comenzaron a mostrar, sobre todo a partir de los ‘90. Su compañera desde hace treinta años es Dalia Soto del Valle, con quien tuvo cinco varones, cuyos nombres empiezan todos con la letra A. Se comenta que tiene por lo menos tres hijos más, pero el único que se conoce es Fidelito, fruto de su matrimonio con Mirta Díaz-Balart. Se niega a exhibirse, lo que no le impide reconocer algún añejo sueño con Sofía Loren o Brigitte Bardot. Sin embargo, muchos piensan que el gran amor de su vida fue Celia Sánchez, amiga y combatiente desde la lucha contra Fulgencio Batista. Fue la cara femenina de los ’60-’70 y murió en 1980. Es venerada por los cubanos.

¿Y ahora qué?

Cuba y su pueblo mítico, que tiene «esa sustancia conocida /con que amasamos una estrella». Pueblo renacido como tal a partir de la «Revolución Cubana», porque hasta entonces muchos habían claudicado frente a Washington. La isla era tan sólo una pequeña mancha en el mapa, donde las mafias hacían nido. Hoy, cuando en la mayoría de los países los seres humanos parecen huérfanos en medio de la multitud desabrigada, en la isla hay una mística de la fraternidad, y un gran amor por la patria.

Hay otra Cuba, es cierto: la de la mafia de Miami, donde los disidentes trabajan para el Imperio. Pero también... ¿por qué muchos quieren escapar?

Por otra parte, si pensamos con Simón Bolívar que «si un hombre es necesario para sostener el Estado, este Estado no deberá subsistir, y al fin no existirá», cabe preguntarse por qué Fidel no formó jóvenes para asegurar la continuidad cuando él ya no esté.

«Condenadme, no importa, La historia me absolverá», dijo Castro en el juicio del Moncada, el 16 de octubre de 1953. La opinión de cada uno es personal, a partir del interrogante: ¿qué es la libertad?

¿Son más libres los ciudadanos norteamericanos bajo el yugo del Imperio? Viven anestesiados por los hot-dogs y la gaseosa multinacional, y estrictamente vigilados en un país terrorista.

¿Quién tiene menos libertad: el que no puede salir de su país pero tiene casa, comida, educación, salud...? ¿O el que posee su pasaporte, pero carece de lo indispensable: techo, trabajo, escuela? Recordemos que cuando se inició la Revolución, había un 30% de analfabetos y un 60% de analfabetos funcionales, mientras sólo un 10% tenía cierta cultura general; hoy el 99,8% de su población está alfabetizada; y 67 universidades forman por año, gratuitamente, a 800 mil estudiantes. Hay un médico por cada grupo de 160 habitantes, y todo el servicio de salud —de la mejor calidad científica— es gratuito.

¿Son libres los inmigrantes que pueden salir de sus patrias para encontrar un lugar en el mundo... donde los matan o encarcelan? ¿Son libres los cada vez más desempleados del planeta, o lo son los cubanos, pues saben que tienen trabajo?

¿Es libre el país más poderoso de la tierra, si está convirtiendo cada ciudad en cárcel y cada persona en sospechosa? ¿Son libres los habitantes de un país que pregona la Justicia y no la ejerce? En una palabra, ¿qué es hoy la libertad?

El Gigante del Norte tiene cautivos desde hace diez años a los famosos Cinco cubanos Prisioneros del Imperio. Están acusados de espionaje — y condenados— sin pruebas, lo cual merece la reprobación del mundo y de los organismos internacionales involucrados en estos temas. Ahora se espera a Obama como al Mesías... pero —aunque lo fuera— son demasiados los milagros que lo aguardan.

Cuando Fidel Castro estudiaba, ávido de conocimiento, en una ocasión le prohibieron entrar a clase, a causa de su militancia política. Tenía 20 años. Entonces, se fue a la playa, meditó y se acostó boca abajo, besando la arena. Después volvió, a pesar de saber que podían matarlo.

Aquel día lloró.

¿Quién llora en la isla hoy?

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