
Pedro Antonio Curto (Desde España, especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Franz Kafka no solía escribir sobre guerras o conflictos armados, pero dibujó en sus relatos e historias mundos obsesivos y absurdos, esos entes abstractos y opresivos, que como en El Proceso, convertían al ser humano en objeto de un azar fatal del que nadie parecía responsabilizarse, salvo una maquinaria imposible de detener. Es por eso que la obra kafkiana puede ser un factor recurrente cuando contemplamos las sombras del horror, como ocurre actualmente en Gaza.
Kafka fue un judío contradictorio, de lengua alemana y residente en Praga, se interesó por el judaísmo y trató de acercarse a esa identidad, tanto como receló de ella, porque como algunos escritores, se sentía extranjero ante los mundos posibles. A pesar de ello coqueteó con el sionismo, en especial por influencia de su amigo Max Brod, militante sionista. Ya en aquella época los planteamientos teóricos del sionismo se basaban en un nacionalismo esencialista y excluyente, pero atrajo a muchos judíos, en un momento de eclosión y formación de estados-nación, donde la búsqueda de la identidad se presentaba como una necesidad para ser y estar en el mundo. Así Kafka decía: “El anhelo que sienten los judíos por un lugar en el que asentarse no consiste en un nacionalismo agresivo que en el fondo siempre es apartida en si mismo y en el mundo y se apodera enfurecido de los hogares ajenos, ya que, en el fondo otra vez, el nacionalismo judío es incapaz de quitarle al mundo su desierto.”
Se equivocaba, pues a pesar de ser un autor intuitivo, no pudo ver en aquel cachorro, el monstruo en el que se convertiría. De todas formas Kafka se identificaba más con un sionismo cultural y humanista que con el de Theodor Herzl, en el que se presentaba la terrible estructura de El Castillo, la que configuran los estados. Y ese mundo judío adherido al sionismo aprendió que sin un estado, un pueblo no es nadie. Ni su cultura, ni su identidad, ni su propia vida, parecen importar demasiado en el tablero de las naciones, a lo sumo se ocupan de el las organizaciones humanitarias. Es como quien no tiene ni trabajo ni dinero y sólo le queda acudir a los servicios sociales; su condición de ciudadano queda bastante rebajada. Y la condición de ciudadano palestino no cotiza demasiado en el orden internacional actual, como le ocurrió en el pasado a los propios judíos. Sólo sirve para la solidaridad y la indignación.
Aunque nunca los suficientes, somos muchos los ciudadanos que hemos salido a las calles para protestar contra la masacre de Gaza. Es ese pasear por las calles entre gritos y banderas palestinas, sintiendo la rabia del corazón y el compromiso de la conciencia, pero también que esa llamada “comunidad internacional”, tiene poco que ver con la ciudadanía. Porque la rabia lleva muchos años instalada, estalló en momentos como la masacre de Sabra y Chatila; entonces no existía Hamas, ni había terroristas suicidas, ni se lanzaban cohetes...pero esa “comunidad internacional”, sabe de sobra que eso es una excusa parecida a las armas destrucción masiva para invadir Iraq. Porque Israel ha aprendido que aparte de un estado, se necesitan amigos poderosos y ellos lo tienen. Pues a pesar de las violaciones de las propias resoluciones de la ONU por parte del estado israelí, nada se ha hecho y siguen ejerciendo la violencia con total impunidad. Hay que recordar como las sanciones contra la Sudáfrica racista, fueron uno de los elementos que llevaron al apartheid a un camino sin salida. Así Israel se ha crecido y conseguido anestesiar a la mayor parte de su ciudadanía; les hace ver un enemigo terrible a la vez que les ofrece un suelo seguro sobre el que habitar. Para necesidades espirituales está la patria mítica y buena parte del mundo judío se agarra a ella, aunque esa patria soñada este manchada de sangre. Y en nombre de esa patria, han mandado a Gaza a ese lugar de la historia que son las víctimas del horror junto a nombres símbolo como Guernica, Hiroshima, Auswhitz...
No deja de sorprender que un mundo como el de los judíos, donde ha florecido la cultura, que tanto ha aportado a la humanidad, se registre tanta indiferencia, cuando no complicidad. Es el lamento de Paul Celan, cuya lengua materna era el alemán, que admiraba a Goethe y la cultura alemana, por lo que le resultaba doloroso que de ese mismo pueblo naciese el nazismo.
He leído una carta de la cantante israelí Noa a la población de Gaza, les dice que lamenta lo que les está pasando, pero que es necesario hacerlo porque su enemigo es Hamas. No sé si será como consecuencia del clímax bélico que vive su país, lo que le ha llevado a escribir esto, pero escuchar su música ya no será lo mismo: La belleza y el arte son difícilmente compatibles con quien justifica el horror. Afortunadamente hay excepciones, en el propio Israel muchas personas han salido a las calles para protestar contra el genocidio. El poeta judío argentino Alberto Szpumberg escribía una carta recordando que el Talmud dice “salvar una vida es salvar el mundo”. Y es que a veces las exaltaciones paroxísticas de las esencias, terminan traicionando a las mismas, convirtiéndose en sus peores enemigos. Por eso pienso que es necesario ese ser y sentirse judío del que hablaba Marguerite Duras, como una manera de sentir el holocausto; un ser y sentirse judío, que hoy es un ser y sentirse palestino.
Crédito imagen: AL ALDEA GLOBAL
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