viernes, 23 de enero de 2009

Laberinto de Gardel y el inglesito


Eduardo Pérsico (Desde Banfield, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Y fue por ahí cuando el Inglesito, que descollara por milonga en el despacho de bebidas de doña Rosa, allá por Turdera, empezó a desovillar una verdad sobre Gardel y su extraña muerte. Le confieso que no era fácil su estilo de unir las palabras y al comprenderlas, ya el hombre andaba respirando por otra frase. Porque a Jorge Luis el Inglesito, también imbatible payador en el boliche de los Iberra, era un gusto verlo frotar sus manos sobre el mástil de la guitarra mientras contaba de Carlos Gardel, el Zorzal Criollo. Y como los poetas lucen su imaginación cuando les parece, era de atender cada trémulo renglón del Inglesito, con su voz trabajosa y esa mirada que se volvía aún más opaca al referir alguna utopía, de esas que adoran los pueblos.

- Yo creo que la historia verdadera requiere cierta ficción que la humanice; no hay estadística que valga sin la neblina de la imaginación y el mito - pronunció el hombre en aquel bodegón aromado a vino moscato y aceitunas. 'Neblina de la imaginación y el mito', repitió elevando sus ojos al techo y ensillando una mano sobre la otra. Y así, hamacado en su bastón o una guitarra; quíen sabe; nos confió ‘yo creo que sin creerse lo de Sancho y don Quijote, la historia de España no tendría pies ni cabeza’.

Entonces supimos que al reiterar su modesto ‘yo creo’ el Jorge Luis nos compartía una duda pero igual, siguió ubicando cada palabra en su sitio como aquel personaje que contara un cuento sin saber si recordaba la historia o sólo la voz para decirla. Así que entonces ya no valía perder ni un segundo en conocer la muerte de Gardel ‘y gustar la sal nutricia de lo verdadero’; y nos afirmó el Inglesito que ni un párrafo de la tragedia gardeliana de junio del '35 tenía sombras de verdad.

- La crónica cuenta que Carlos Gardel, el artista más respetado en América del Sur, murió quemado en un accidente de aviación en Colombia, pero según el historiador uruguayo Wilson P. Sarnari, ese rumo fantasioso también debía desecharse – tartamudeó casi inaudible. Y era lindo ver aquel payador por el Camino de las Tropas relatar con la simpleza de quien disfruta lo extraordinario, y que en cada resuello de silencio se divagaba por los túneles de su recordación…

Sí, me gusta recordar esto y le digo que ese imprevisto de Gardel y Jorge Luis Borges, el Inglesito, me aconteció en una realidad secundaria, impenetrable, aunque hoy mismo reconocería los rostros de esos parroquianos algo esquivos en mirar a ese payador, el mismo que al irse a morir a Suiza les quitara los rituales del velorio y el llanto televisivo. De aquella gente nadie perdonaba al pálido Jorge Luis el haberse muerto tan lejos, sin dejarles el trofeo de lúgubres fotos y muecas del jadeo final a mostrar en el despliegue fúnebre; esas exaltaciones del gentío.

Pero sin más, hoy presiento haber usado un tiempo prestado y sin relojes, de otra instancia, donde un tal Wilson P. Sarnari en una larga conversación en Montevideo con el Inglesito, le diera datos que ningún investigador del “Pasión y Muerte de Carlos Gardel” conocía. A saber: las horas previas del Zorzal Criollo antes de abordar su improbable vuelo final en Medellín y el nombre de la enigmática mujer que se le acercó por un autógrafo y ambos desaparecieran para siempre, más otras conjeturas que Wilson P. Sarnari le ilustrara esa vez. Porque hubo varias invenciones que el payador Jorge Luis el Inglesito despreciaría esa noche, aunque sin quitarle una sílaba al prestigio del misterio propuesto por el historiador uruguayo.

- También se dijo que el accidente vino por aquel mozo Lepera, amigo del cantor y continuo abrevador de Amado Nervo, - deslizó ahí el Inglesito su juicio literario- que por un enredo sentimental arremetió a balazos con toda la concurrencia. Y hasta se murmuró que por mantener triunfante el buen humor argentino, al piloto lo ahorcaron con un lengue blanco mientras carreteaba el avión, más otros condimentados pergeños que al fin hicieron de la verdadera muerte de Gardel, un enigma de entrecasa. Por más que si el portador de un secreto lo subestima, al fin se confesará porque toda verdad clandestina resulta insoportable…

Y por ese párrafo el Inglesito nos advirtió que esas ideas se las habría confiado cansinamente en Montevideo el historiador Wilson P. Sarnari, quien luego de escuchar sus milongas que con el tiempo serían leyenda, empezó a darle relación de “La Verdadera Muerte de Gardel y otros asuntos”. Como que antes del accidente el ídolo popular estuvo acompañado solamente por él; Sarnari y Gardel sólo a sólo, hablando del entorno que rodea al hombre desbordado por el adular ajeno, esa difusa y despótica imposición del absurdo. Además, se jactó el Ingresito, que él supo aguantarse a pie firme los parlamentos de aquel uruguayo al hablar de un Gardel entristecido, desolada marioneta sin magia ni gardeleo por callejones turbios del olvido.

- Carlos Gardel, artista virtuoso devenido en partiquino lugareño y malversado por nietos con sonrisa de rocanrol y ajenos a la palabra tango. Porque Gardel supo retirarse a tiempo; y tan anticipada su memoria que alcanzó a confiarle a Wilson P. Sarnari su temor por los ecos de su voz luego que él debiera quemarse en Medellín. ‘Tengo mucho miedo Sarnari que hagan de mí un muñeco publicitario. ¡Qué vergüenza!’ – le habría entonado el Morocho del Abasto, además de anticipar el mal uso que de su inflexión arrabalera harían los atorrantes que nunca faltan. Y también le recitó algunos titulares de la prensa infame que informaría de sus apariciones en Quito y Bogotá, con el rostro deforme por el incendio; o ircerdio; pero aclamado por la concurrencia ni bien él entonara su primera estrofa. Más otra tantas imaginerías: el tiempo que esperó Gardel en el aeródromo antes de reanudar su viaje, sus ciertas hembras, la tendencia de su entrepierna y el sitio justo donde naciera. Además de errátiles hazañas con suicidios de millonaria y algún hijo que casualmente cantaría como él. Pero un poco diferente...

- Mucha tontería fue glosada por nocheros y trasnochados como virtudes propias – me repitió el historiador uruguayo Wilson P. Sarnari, antes de predecir el impiadoso final que a Gardel le fijarían los congeladores del arte. ‘Gardel paradigmático, nadie cantará como él, seguirán pontificando los mediocres’. Y aquí Sarnari se disculpó por decir paradigmático, una palabra tan desechable como el refrán de Enrico Caruso, ‘Gardel tenía una lágrima en la voz’; que según mi madre era una ambigua alabanza de italiano.

Por ahí Jorge Luis el Inglesito aflojó los labios sin alcanzar la sonrisa y siguió con cuanto le contaran esa noche en Montevideo de un Carlos Gardel que luego de ser confundido con otro pasajero de un avión que jamás abordara, seguiría con su lustroso smoking, el chambergo inclinado, su moñito a pintas y aquel imperdonable atuendo de gaucho palaciego. Pero siempre Gardel, inigualable cantando y sonriendo aunque ya dispusieran de su gloria los negociantes de un ‘Gardel, producto terminado’. Él nada menos, El Gran Modernizador devenido en cómico sobre un tablado en la costanera, chaplinesco de tercera recluido en un loquero o ignoto corrido a cascotazos por los imbéciles de una barra futbolera.

- Una noche lejos de mi patria le escuché a Gardel cantar un tango deleznable, que jamás apreciaría – dijo el Inglesito algo de su cosecha- y sin embargo, al oírlo reviví cierta calle de Palermo con una madreselva trepando a una tapia y de pronto lloré. Un llanto íntimo dictado por la voz compadre de Gardel y acaso, porque lo popular es un secreto en los pueblos, ¿no le parece? - preguntó el Inglesito y al seguir hurgando en lo escuchado en esa noche lejana: ‘Carlos Gardel arrumbado en un geriátrico depósito de viejos ensayando frente al espejo su sonrisa luminosa, ignorado por los demás ancianos derruidos que también se mean encima. Según Sarnari, el Zorzal Criollo tal vez sea otro cuerpo sin retorno tirado en esa tumba previa donde entona tal vez una noche me encane la muerte, y chau Buenos Aires no te vuelvo a ver, hasta que llega un enfermero y lo calla de un sopapo.

- Además, luego de esa afirmación tan contundente, - sugirió otra sonrisa Borges el payador – el historiador uruguayo deslizó un nuevo enigma. ‘Pobre Carlitos, confundirlo con bufón de discoteca’...

Y al concluir su actuación Jorge Luis el Inglesito; antes o después de morirse en Ginebra hamacándose en el asta de su guitarra o bastón, vaya a saber; un recién venido al despacho de bebidas nos truncó la función. .

- No crean más zonceras, señores - impuso con voz chillona el comedido- lo cierto fue que el 24 de junio de 1935 al insuperable chansonnier Carlitos Gardel no consiguieron subirlo al aeroplano. ¿A él sentarlo en un artefacto que ni levantaría vuelo? Vamos, que el Morocho de gil no tenía ni un pelo.

- Y además, qué triste sería un Gardel sin la poesía de la eternidad - culminó tembloroso el payador por milongas en aquel bodegón de Turdera... O en el sitio y el día que a usted mejor le parezca.

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