Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina, especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Otro día, urgente buscó el cuaderno porque estaba viendo nuevamente la repetición de su sueño y notó que sucedía en una escuela y la maestra se llamaba Ladi y, a veces, estaba frente a un pizarrón y hablaba con alumnos adolescentes.
Cuando Ladi miraba hacia la clase, ella Lady, la iba recorriendo como si estuviera frente al aula. Y, fue así que, cuando aquella dijo:
__ Roque ¿Te podés acercar a leer tu trabajo? La vista de ella se dirigió a un muchacho sentado en tercera fila y cuyo rostro se iba ruborizando.
Se sintió un murmullo burlón y cómplice.
Ladi sonrió y Roque se acercó al frente y tomó las dos hojas que ella le extendía.
__ Debo decirles que además de éste, he leído varios reportajes que han merecido muy buenas notas, pero cuando lo escuchen se darán cuenta que su compañero eligió justo el tema de Los Derechos Humanos que es el tercer capítulo que estamos estudiando.
Roque pronunció el título con voz un poco baja:
_ Reportaje a Estela Carlotto
Pero sus compañeros le gritaron:
_ ¡Más fuerte ché!
Y, Roque volvió a leerlo:
REPORTAJE A ESTELA CARLOTTO.
Nos hemos acostumbrado a ver su rostro a través de distintas etapas del “quehacer nacional”.
Por primera vez la vimos en la pantalla televisiva, Allá por 1983, cuando un vestigio de democracia, se irguió valiente, después que entre las armas empuñadas por cobardes que, en lugar de defender a sus compatriotas, prefirieron el oro corrupto del liberalismo, mal dicho del extranjero, porque hubo extranjeros que también murieron por la libertad latinoamericana en contraposición al oro del liberalismo que no tiene ni honor, ni patria, ni hogar.
Hoy, está frente a mí, dispuesta al reportaje, con su mirada franca, directa y su voz clara, agradable. Habla con firmeza y no se quiebra a pesar de las horas dramáticas que ella misma va contando. Quizás, sí se quebró, durante los primeros años, cuando los llamaban por teléfono (a ella y a su marido), diciendo que tenían noticias de su hija desaparecida. Unas veces atendía ella, otras él y, los dos sufrieron durante un lapso interminable de angustia. A cambio de dinero les ofrecían datos que permitirían el reencuentro con la querida Laura. Pero eran sólo burlas crueles, despiadadas, que desaparecían en el anonimato después de cobrar la suma estipulada.
Hoy, a finales de 2005, sigue firme, valientemente esperanzada en encontrar al nieto robado. No está sola, pero su compañero quedó en casa.
¿Es la mujer más fuerte? ¿O a él le tocó el drama más dantesco de todos los infiernos juntos?
La última extorsión fue para entregarles el cuerpo sin vida, ahora ella lo sabe, pero ése día él convino en una hora que Estela no estuviera en casa.
Él les abrió la puerta, traían un bulto grande, envuelto en una cobija, atado con unos cintos gastados.
Les indicó el sofá. Allí lo depositaron y se fueron.
Se acercó, quiso soltar los cintos pero tuvo que buscar una tijera para cortarlos. Eran tres uno a cada extremo y otro en el medio.
Al abrir la cobija, aparecieron partes, pedazos de diarios pegados, sucios, húmedos algunos, secos otros.
Era evidente que habían querido envolverlo o tapar el cuerpo con las hojas de los diarios y como posiblemente se iban rompiendo, agregaban más hojas que a su vez se rompían. Trozos rotos, pegoteados de Clarín, Prensa, Nación.
Llorando se abrazó a ese macilento y desfigurado cuerpo. Pedacito a pedacito sacaba el papel pegado a ese querido rostro y sus lágrimas iban mojándolo.
Al fin pudo ver su cara. Sus ojos estaban cerrados y tenía una expresión de paz.
¡Hija! ¡Hija! Era lo único que podía gritar entre gemidos.
La limpió. Buscó ropa. Le puso un batón largo abierto con botones encima del cuerpo, pasó los brazos por las mangas y luego los cruzó sobre el pecho. Acomodó la tela en los hombros, no se notaba que era una ropa encimada sin nada en la espalda. Le calzó unas medias y cuando ella entró los vio en un patético abrazo al que se les unió.
P._ A Ud. Le otorgaron el premio a la Defensa de los Derechos Humanos 2003 de Naciones Unidas, tiene dos títulos Honoris Causa, de la Universidad de La Plata en el 2003 y de la UBA en el 2005 ¿Como se podría explicar el atentado que sufrió en su casa recientemente?
E.C._ Repito las palabras que pronuncié por ése motivo: Este es un desafío para todos, hay que sacar de lo siniestro lo bueno, hay que transformar la maldad en bondad para dar una durísima respuesta ciudadana a este atentado. Tenemos que derrotarlos. No tenemos que olvidar lo que pasó. Pero que sepan esos cobardes, esos asesinos, esos anónimos, esos indeseables, algo que siempre digo porque así lo siento: si estamos todos aquí es porque no nos han vencido
P_ El reconocimiento que supone los títulos otorgados ¿La comprometen más?
E. C._ Siempre he sostenido que soy una mujer común, una madre que nace a esta lucha por el orgullo que me inspiran, cada instante, Laura y sus 30.000 compañeros. Entonces me pregunto dónde está mi mérito para recibir este reconocimiento, si hago lo que debo, lo que me dicta el corazón. Se fundó Abuelas de plaza de Mayo hace 25 años y, desde entonces está signada por una profunda relación con el pueblo, de quien recibimos elementos y aproximaciones que permitieron durante estos años la localización de 73 hijos de nuestros hijos, porque a ellos los mataron y, a nosotros nos robaron los nietos, cambiándoles su identidad y dándolos a otras familias.
P._ No deja de ser un mérito la voluntad de llevar la antorcha.
E. C._ Para las mujeres que formamos los organismos de derechos humanos de la Argentina, nuestra trayectoria tiene hora y día preciso de inicio: la desaparición de un ser querido, ya sea hijo, esposo, hermano, nieto. Tenga presente que nuestro sufrimiento comenzó el día que secuestraron a nuestros hijos. ¿Qué puede hacer una madre o una madre-abuela cuando en esta situación de terror sus hijos y sus nietos “desaparecen” como si se los hubiera tragado la tierra? Nadie sabe, nadie responde, nadie se hace cargo.
P._Ese inicio incluye indudablemente a su esposo que también tanto ha sufrido.
E. C.__Si, hoy no está aquí, pero siempre me espera en casa y, ¿Porqué no? Podría ser que un día, cuando yo llegue y abra la puerta, me estén aguardando abrazados, mi nieto y mi marido.
Lady Allbulkarim estaba tan ensimismada escribiendo y llorando por aquella desdichada mujer llamada Estela Carlotto que, recién, cuando golpearon con fuerza la pesada puerta y por segunda vez, su rostro se transformó pasando de la tristeza al pánico. ¿Quién sería? Escondió el cuaderno en el cajón de la vieja mesa .Al cerrarlo con fuerza se sintió el ruído de los cubiertos al chocarse y eso la asustó aún mas.
_ ¿Quién es ?... ¿Quién?
Preguntó dos veces sólo para darse tiempo, porque ya en la primera contestación se había dado cuenta que era la voz del padre Esteban
¿El cura en su casa y a las once de la mañana?
* Relato de la novela "De Úbeda a Santa Fe"
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