sábado, 7 de febrero de 2009

Cortázar y el cuerpo del cronopio

Pedro Antonio Curto

Julio Cortázar creó un universo propio con unas puertas abiertas donde uno se introduce a unos laberintos y camina en una realidad diferente, que aunque sea la nuestra diaria, se encuentra a unos centímetros del suelo, envuelto en una serie de abstracciones. En esas están personajes como los cronopios, las famas y las esperanzas, que tienen tanto algo de fantasía, como de nosotros mismos.

Cortázar estaba más cerca de los cronopios, esos seres verdes y húmedos, unas criaturas ingenuas, idealistas, desordenadas, sensibles y poco convencionales. Sabemos que son algo bohemios, que tienen poca apetencia por la disciplina del trabajo que rige nuestra vida como definió Marcuse, pues su percepción les señala que la felicidad se encuentra al otro lado. Una felicidad que tiene poco de la de cartón-piedra, de la sonrisa fácil, una felicidad que sabe llorar lo mismo que reír, que gusta de la convulsión lo mismo que relajarse, y tiene miedo de dar cuerda a un reloj, porque puede quedarse atrapado entre sus manecillas dictatoriales.

Pero lo que nunca definió el autor argentino, (al menos específicamente) eran las formas del cuerpo cronopio, como se dibuja el deseo en este ser heterodoxo. Quizás se encuentre en alguna de esas cómodas y cajones, esos rincones ocultos que parecen siempre quedar tras la muerte de un autor y que aún pasando décadas de su ausencia terrenal, siguen expulsando escritos desconocidos, como le pasa a Cortázar veinticinco años después. Pero si sabemos que en sus vueltas por el mundo y los mundos(ochenta en un día)nos fue hablando de lo que podían ser cuerpos cronopio.

A finales de los setenta ve a la actriz Rita Renoir realizar un particular strip tease, y la impresión que le causa le lleva a escribir el texto, “Homenaje a una joven bruja”, en el que nos dice: “Rita Renoir no propone su cuerpo crucificado y empalado como escapismo cultural hacia un edén de buen salvaje o de comunidad escandinava en ruptura con la “ciudad”;(...)si algo de ese hombre viejo ha sido aniquilado, es volver a vestir ese cuerpo que es nuestro cuerpo y todos los cuerpos, y aprender a amarlo de nuevo desde otro inicio, desde otro sistema de la sangre y los valores...”

Volvemos a encontrar esos cuerpos en el texto “Siestas”, del libro “Último round”, cuerpos de ninfulas nabukonianas, donde en un clímax de calor se descubren y se desnudan, viajan en los cambios que se producen en su piel bajo los sones que expulsa un disco de Billie Holliday, situándose entre esas fronteras que son la trasgresión y la represión. Porque Cortázar como aprendió de Bataille, halla el deseo y el placer en ese territorio que se encuentra fuera de los convencionalismos, en la ensoñación, en la necesidad del tabú para cruzar su frontera sin llegar a lo terrible, a la vuelta a ese viejo conocido que es un instinto animalizado por la cultura formada por el macho. Así el cuerpo cronopio busca al otro a través de un abrazo poético como en “Tú más profunda piel”: “Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se negaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.”

Porque para un cronopio la sexualidad debe ser un juego, como si eros fuese un duende travieso que enseñase al cuerpo a ir más allá del propio cuerpo, en una especie de viaje místico, pero ateo y carnal. Y en ese terreno se quejaba de que la narrativa en español tenía una raquítica tradición erótica, así lo expresaba en el breve ensayo, “Que sepa abrir la puerta para ir a jugar”, refiriéndose a lo que se ha escrito en nuestro país al respecto: “¿Mamita España? Vamos, majo. La ardida piel fragante del mundo árabe escarnecida por los execradores del agua, el jabón, el perfume, el sexo. Dividida entre una coprología de prosapia quevediana y la falsa soltura de los Camilo José que te dije; obispos y machos puros vuelven incomunicable a nivel del amor de los cuerpos.” Y finalmente señala: “El miedo sigue desviando la aguja de nuestros compases; en toda mi obra no he sido capaz de escribir ni una sola vez la palabra concha, que por lo menos en dos ocasiones me hizo más falta que los cigarrillos. Miedo de ser verdaderamente lo que somos, pueblos tan eróticos como cualquiera, necesitados de una cabal integración en un dominio que este siglo ha liberado”.

Y es que el cuerpo cronopio tiene tendencia a instalarse en la duda eterna, a convertirse en un explorador diletante que coloca su mirada por los rincones oscuros para situarlos en esas tinieblas que nos permiten ver lo que la luz del día nos esconde. Por eso el cuerpo del cronopio es ante todo una percepción, La Maga de Rayuela convertida en Talita, esa mujer que como una funambulista va de un edificio al otro paseando por una cuerda. Porque eso es el cuerpo del cronopio Cortázariano, un juego, un descubrir, la llave de una puerta por abrir, situada al otro lado de esa puerta.

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