Darío Botero Pérez (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
A pesar del atraso evidente en que sobreviven las mayorías humanas, incluidas las que disfrutan de comodidades materiales pero como víctimas de un consumismo irracional, altamente nocivo, que no se explica por la satisfacción de necesidades auténticas del ser humano, sino por el ansia de lucro de los empresarios ajenos a la vida, enceguecidos por su codicia...
No obstante que el capitalismo salvaje hizo de las suyas durante unos 40 años, convirtiendo el sistema productivo, al tenor de lo dispuesto por el financiero, en un casino especulativo; transformando el mundo en un basurero, y sumiendo a millones de seres humanos en la miseria y el atraso, arrebatándoles la posibilidad de progresar, mediante la imposición de políticas ruinosas dócilmente adoptadas por gobernantes sin dignidad en los países sometidos al imperio...
Sin embargo, las fuerzas productivas no han cesado de avanzar, alcanzado unos niveles que exigen sustraerlas de los mezquinos intereses privados que las frenan y hasta las envilecen; para ponerlas al servicio de todo el mundo, de modo que cada uno despliegue todo su potencial sin restricciones artificiales o sociales.
Más bien, cada uno, como una consecuencia natural de pertenecer a una sociedad civilizada y avanzada, podrá disponer a su conveniencia del patrimonio de la humanidad, para enriquecerlo con su singular aporte de ser único e irrepetible.
Para conseguir este objetivo que el mismo planeta reclama con urgencia, los lastres más pesados son los potentados estériles pero magos de la estafa y el engaño. Por eso no merecen ninguna segunda oportunidad sino castigos ejemplares.
Su destino debe ser hacerle compañía a Bernard Madoff los próximos 150 años, mientras la humanidad se apropia de las conquistas de la ciencia en beneficio de todos.
Así es posible encontrar la fórmula para que el genial y bien relacionado estafador pueda pagar su condena y vivir cientos de años más, pero controlado por la sociedad de la Nueva Era, libre de potentados y autócratas, armoniosa, solidaria, democrática, respetuosa de la vida y enemiga rotunda de la violencia que habrá proscrito definitivamente.
El cambio del paradigma del poder es tan indispensable como el cambio en las prácticas consumistas depredadoras que deterioran las condiciones de vida hasta un punto en que no habrá reparación posible. Y ese punto está acá cerca. O, tal vez, ya lo sobrepasamos.
En consecuencia, no podemos tolerar que las naciones sigan siendo manejadas por “especialistas” que, en las que se llaman democráticas, dicen representar a unos ciudadanos que perfectamente se pueden representar a sí mismos.
Y en las anacrónicas autocracias, como las dictaduras fundamentalistas de derecha o izquierda, no son más que déspotas totalitarios enemigos de la civilización y la humanidad.
Su función abusiva -expresión de una codicia sin límites por riqueza y poder, ajena al verdadero bienestar-, es privarnos a los demás del aporte que cada persona está en capacidad de hacer como la más natural manifestación de su existencia, si se le ofrecen los medios apropiados para desarrollarse plenamente, sin limitaciones arbitrarias.
Y valga la insistencia por la importancia fundamental de esta reivindicación para la construcción del nuevo mundo, que no será más que la inalcanzable utopía de siempre mientras la igualdad esencial no sea una conquista universal.
Es algo vital para todos, ante los desafíos que enfrentamos y cuya dimensión es tan enorme que la conformación deliberada, conciente y consensuada de la sociedad del conocimiento, plena y auténticamente democrática, no da más espera.
La dirección de la sociedad tiene que sustraerse de las ambiciones y expectativas de los políticos de oficio, acostumbrados a disputarse el ejercicio del poder para disfrutar sus privilegios, pero incapaces de concebir (o admitir) una manera diferente que les permita a todos los ciudadanos ejercerlo directamente, sin intermediarios, como lo requiere la Nueva Era.
Quienes se esmeren en revivir lo caduco, están perdidos.
Pero quienes comprendan que ya no es posible suplantar a los “representados” sino fomentar la búsqueda de mecanismos para permitir el ejercicio de la democracia directa, pueden cumplir un papel de transición y facilitación que, si son honestos, les permitirá seguir subsistiendo con el ejercicio profesional de la política, pero ya no hegemónico ni arbitrario ni indefinido.
Deben aceptar que son una “especie” que necesita extinguirse para que la humanidad encuentre la forma de sobrevivir en condiciones de armonía, tolerancia, dignidad y respeto universales, que garanticen un combate constante y victorioso contra las fuerzas disolventes de cualquier sistema, conocidas como “entropía” y que exigen un esfuerzo constante por vencerlas.
Las instituciones tradicionales y quienes las han manejado a su arbitrio y en su beneficio personal, ya no son capaces de oponerse a la entropía. Ya no aportan nada positivo. Han devenido en mensajeros de la destrucción y la muerte. Su vigencia ha concluido. Es necesario impedir que sigan mandando y disponiendo de honras, vidas y bienes.
Las circunstancias son propicias. Las vanguardias no pueden perder un segundo, y tienen que difundir su mensaje libertario en todos los confines, pues todos contamos para tener esperanzas de victoria y la posibilidad de un futuro.
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