sábado, 25 de abril de 2009

Brevedad, I love you

Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cada vez que alguien amenaza con darme una explicación, elevo mis plegarias a la diosa Brevedad, madre del dios Síntesis. Pero a la gente no le importa, aunque luego repita: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Que, les diré, se llega al mismo resultado por otra vía: lo bueno, si bueno, dos veces bueno. Claro, lo ideal es: lo bueno, si bueno y breve, tres veces bueno.

En fin, a la gente no le importa, salvo ciertas capas de jóvenes estudiantes. “¿Ta mi ma?”, me dijo el otro día por teléfono el hijo de mi mujer, queriendo significar: ¿está mi mamá? Al parecer, se trata de limitarse a una o dos silas, digo, a una o dos sílabas. Claro, puede prestarse a confusiones y el “¿ta mi ma?” querer decir: ¿tallaste mi madera? O bien: ¿tanta miniserie malísima? En fin, yo rindo homenaje a la juventud que, a contar de la masificación de la telefonía celular, se ha volcado a comunicarse de la manera más abreviada posible, dejando mensajes que serán leídos y contestados a la manera del antiguo chat, pero más veloces y sin necesidad de entablar una conversación, atendiendo a necesidades de la vida social y de la vida práctica. Y sobretodo ¡abreviados! Un ejemplo: tqm / Y+. Traducción: te quiero mucho / Yo más.

Les diré, acordándome de un viejo cuento, trasladé la brevedad al seno de mi familia y puse a mi hijo el nombre de Nicasio. Les explico. Un cuate, también en la onda de abreviar, bautizó a su hijo con una letra: “O”. El niño se llama “O” y, se dijo el cuate: ¿qué más corto que una sola letra? Podrán empatarme pero nunca seré superado. Otro cuate salió entonces al paso. Sí hay un nombre más corto que “O”. ¿Cuál? Éste: Casio. ¿Cómo...? Sí, Casi-O. No se habían repuesto de la sorpresa, cuando yo anuncié. Tengo uno más corto todavía. ¿Cuál? Éste: Nicasio, es decir, Ni-casi-O. Y con ese nombre bauticé a mi hijo, que se llama Nicasio Winocur.

Hay verdaderas luchas por lograr las mejores marcas, vean las olimpíadas, que vienen de la época de los griegos. A mí me entusiasman los record en brevedad. Por ejemplo, el cuento más corto. En la mejor tradición, la mini de Tito Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Y también esta otra, cuyo autor se adivina: “Hágase la luz. Y la luz se hizo”. Fíjense, se plantea el conflicto: ¿será acatada la orden de Dios? Y el desenlace, neto, sin ambigüedades: “Y la luz se hizo”. Una chulada de brevedad.

Y una tercera mini, que a la vez es un dicho: “Veni, vidi, vinci.” Su autor, Julio César, el gran romano antiguo. Vean. Es una estructura del cuento perfectamente ajustada. Una acción y tres momentos: “veni”, el protagonista llega al lugar de los hechos, al escenario. Es decir, “llegué”. La segunda palabra corresponde al desarrollo del cuento y testimonia el reconocimiento del terreno antes de la batalla. Es: “vidi”. Claro, desde el comienzo se sabe que el protagonista y relator en primera persona es Julio César, de modo que no estamos hablando de la recolección de las rosas en otoño, sino de la guerra. Y la tercera palabra da el desenlace del cuento: “vinci”.

¿No es genial? Entre “vidi” y “vinci” está sobreentendido que hubo la batalla cuyo resultado se da en la tercera palabra. Un cuento donde nada falta, donde nada sobra. Tres brevísimas palabras, cada una comienza con la misma letra, toda una historia condensada con elegancia en la escritura. Y como el lector sabe, tanta es su universalidad que se ha convertido en proverbio latino de cita usual.

¿Cómo ves? Chido, dice mi amigo, el joven abreviador del “¿ta mi ma?”. Y uno de sus cuates, que ha leído este artículo, agrega: chingonsísimo. Y un tercero cierra los elogios, esta vez con dos palabras: de pelos.

Y yo, encantado: “llegué, escribí, me leyeron”. ¿A qué más podría aspirar?

Vocabulario mexicano
Chido: muy bueno
Chingonsísimo: requetebueno
De pelos: que viene justo a propósito

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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