sábado, 25 de abril de 2009

Fernández Retamar: La poesía, ese reino autónomo


Daniela Saidman (Desde Venezuela)

“Creo que la poesía, en última instancia, tiene un reino autónomo. Un reino que no es reductible a otros reinos” dice Roberto Fernández Retamar (La Habana, Cuba, 1930), como respuesta a una pregunta sobre ideología y literatura realizada por Víctor Rodríguez Núñez, en 1993.

Escritor de largo aliento y hondos versos, profundos besos, Fernández Retamar, hace de la palabra un espacio para el encuentro y para el roce, en él se funde lo más y mejor del ser humano, la capacidad de mirarse en el otro, como espejo y dueño del futuro.

Su voz poética, hechicera de este mundo, es para leerse en la quietud de la mañana, naciendo tras los sonidos del sol cuando se despereza, como si sus versos pudieran, y pueden, volver a nombrar el mundo, ese que aún andamos construyendo con el miedo y sobre todo con la esperanza de saber que es posible. Allí sus manos, de hombre hacedor de vidas y de sueños. Allí su lucha…

“Eres la forma de nuestra existencia, / Eres la piedra en que nos afirmamos, / Eres la hermosa, eres la inmensa caja / Donde irán a romperse nuestros huesos / Para que siga haciéndose tu rostro” (fragmento de Patria).

Creyente de las verdades que nacen de las siembras, de la tierra humedecida de sangres y sudores, Fernández Retamar es voz presente de América Latina. Es sueño y canto, grito y risa, razón para el asombro y la magia, para mirar el cielo y saber que seguimos vivos.

“Tú me preguntas, aprovechando que arden sobre nosotros / Los inconcebibles astros de aquellos tiempos; / Tú me preguntas: Roberto, / ¿Es verdad que no crees? / Y yo miro las estrellas quemándose allá arriba, / Y hacia las que un viento mayor arrastra la pregunta humeante / De tus labios que querría inmortales”. (Tú me preguntas)

Poeta de estas tierras, Fernández Retamar, sabe del crujir de las olas rompiendo contra los muros, del viento despeinando palmeras, de asaltos y otras maldiciones, de victorias y pueblos y de llantos más viejos y desmadejados. Sabe, sabiendo el cielo, subiendo y viviendo el tiempo que se arremolina en las hojas.

“Nosotros, los sobrevivientes, / ¿A quiénes debemos la sobrevida? / ¿Quién se murió por mí en la ergástula?, / ¿Quién recibió la bala mía, / La para mí, en su corazón?” (fragmento de El Otro).

Con sus manos, esas manos que han empuñado el lápiz o el teclado como arma y escudo, el poeta ha derribado los muros para enfrentarse a estas otras y otros, que nos atrevemos a tomar su verso para asomarnos a los resquicios, para respirar el mar y sus sales, para transitar estas otras geografías. Sus manos, son manos de labriego, de hombre, en fin, de humanidad…

“Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela. / Llegué casi al amanecer, con las que pensé que serían ropas de trabajo, / Pero los hombres y los muchachos que en sus harapos esperaban / Todavía me dijeron señor”. (fragmento de Con las mismas manos)

El amor se anuda también a los versos del poeta. Sereno en la palabra que nombra y da existencia al recuerdo, es hombre también en la dimensión amorosa, donde canta y sueña a la mujer, la que es, sin las máscaras y las poses, en la cotidianidad de una siesta o al amanecer de un día cualquiera.

“Tú no eres la mujer más hermosa del planeta, / Esa cuyo rostro dura una o dos semanas en una revista de modas / Y luego se usa para envolver un aguacate o un par de zapatos que llevamos al consolidado; / Sino que eres como la Danae de Rembrandt que nos deslumbró una tarde inacabable” (fragmento de Aniversario).

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