sábado, 25 de abril de 2009

La educación que debemos darnos

Carlos Ángel Trevisi (Desde Guadarrama, Madrid (España). Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El mundo nos compromete como nunca antes con sus carencias, pero también con su reconstrucción y con las posibilidades que nos ofrece para asumir un rol preponderante al que estamos llamados gracias a la democracia que impera en nuestros países.

Educarse ya no es sólo tomar conocimiento de datos que archivos mejores que el cerebro humano clasifican a la perfección. Es manejar la información críticamente para elaborar estrategias que favorezcan la toma de decisiones, que nos otorguen autonomía, que allanen nuestro camino a la cooperación, a la solidaridad y a la participación. (“Las personas aprendemos no porque se nos transmita, sino porque construimos nuestra versión personal de la información. Si cambiamos la forma de educar a los niños, es decir de enfrentarlos con la vida, quizá cambiaremos el mundo”, Rita Levi - Montalcini, “Tiempos de cambios”).

De entre los recursos con que cuenta una nación su gente es el más importante. Bajo los efectos de la acción disparadora de los gobiernos la ciudadanía se pone en marcha. Los motores de esa marcha son la educación y el acceso a la información. Una ciudadanía educada y bien informada elige valores, establece metas y procedimientos, crea y regenera cultura y deposita en sus gobiernos, administradores circunstanciales de sus afanes, la ejecución de sus proyectos. En el ámbito de los recursos físicos, sus mandatarios dispararán sobre la tecnología existente favoreciendo la investigación y desarrollo para el logro de una capacidad productiva que devenga, gracias a las nuevas tecnologías, en plantas de alta productividad. La información, la investigación y desarrollo y la capacidad productiva son los aceleradores de la sociedad. Será menester, en pos de tales logros, que España (Argentina) ponga en marcha “un marco propicio para que las empresas encuentren estímulos suficientes para la creación de empleo, la introducción de nuevas tecnologías, el uso eficiente de los factores de producción y el incremento de la productividad” (Banco de España, Gobernador Caruana, en El País, 11 de junio de 2005). Una ciudadanía no participativa y desinformada transforma a la democracia en el brazo político de los intereses económicos quitándole el contenido más profundo que la anima: la intervención del pueblo en los actos de gobierno.

Las formas que adquiere la desinformación hoy día no tienen nada que ver con la ignorancia decimonónica, que se resolvía alfabetizando al pueblo. La ignorancia que nos atañe es más compleja y tiene que ver con la incapacidad intelectual para reconocer las variables que anidan en la realidad, para poder elegir, cambiar y, así, crecer.

Nuestra sociedad está produciendo un tipo de hombre nefasto que se caracteriza por su ligereza. El pragmatismo se apodera de nosotros y se instala en la educación como mera instrucción ¿Qué autonomía tendrán nuestros jóvenes cuando las circunstancias de la vida los obliguen a tomar decisiones? Ese hombre, al que estamos adiestrando para el ejercicio de sus posibilidades extrínsecas de poder, perderá su ser por el camino, su interioridad, su capacidad de ponerse en común. Y lo que es peor, perderá la posibilidad de acceder a un estado de resolución que lo habilite para decidir autónomamente. Su capacidad de autonomía le permitirá aquella otra de la cooperación, que no es una mera disposición anímica asociada a la bondad. O por lo menos no es sólo eso. "Saber cooperar", dice Savater, "exige una comprensión del otro en términos de proyectos comunes, del conocimiento necesario para hacer los aportes intelectuales que saquen adelante esos proyectos, saber participar".

Participar es "tener parte", parte de un todo que nos es común. La posibilidad de participación obliga a una visión clara de ese todo - su razón de ser, sus objetivos, metas y de los procedimientos a seguir- y de las propias calidades personales; ¿entiendo la razón de ser del "todo común"? ¿He logrado la plenitud de discernimiento que me permita distinguir a los "otros" en sus calidades? ¿Mi participación dinamizaría los procedimientos? ¿Mi claridad contribuiría al logro de los objetivos? ¿Comparto la meta? El "todo común" es la combinación de intereses de todas las partes actuantes de una comunidad. La palabra "común" actúa como galvanizadora de servicio, entrega, presencia constante del "otro". La participación, en estos términos, no es un derecho; es una obligación ineludible para la cual hay que estar capacitado.

"La sociedad es sólo una resultante de las fuerzas de sus individuos; según éstos se organicen podrán producir una acción intensa o débil, o neutralizarse por la oposición, y la obra total participará siempre del carácter de los que concurren a crearla. Una sociedad que no ha sido enseñada, inducida, estimulada a pensar para vivir se limita a meros movimientos de simpatía o antipatía". (Eduardo Mallea, La vida blanca, Ed. Sudamericana, Argentina).

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