sábado, 25 de abril de 2009

Los neo-revolucionarios del neo-liberalismo

Julio Herrera (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los enemigos más encarnizados de los procesos revolucionarios no se encuentran exclusivamente en la ultraderecha reaccionaria: se encuentran también frecuentemente entre los ex-revolucionarios, es decir entre los renegados o desertores de las luchas de liberación popular.

Son aquellos pseudo “moderados” que creen que los ideales de la izquierda revolucionaria han entrado en la decrepitud sólo porque ellos han entrado en ella; son los nuevos revisionistas que hoy consideran los ideales de liberación como "utópicos” y “caducos”; son los apóstoles del sofisma de las “nuevas realidades socio-políticas ante las cuales hay que rendirse para no parecer anacrónicos, obsoletos”.

Pero es una visión de decrepitud, más moral que senil, eso de creer que los ideales de solidaridad agonizan con aquellos que los pregonaron, y que la libertad se hace polvo en los corazones que latieron por ella.

Por eso habría que interrogar a esos presuntos “radicales libres” de la sociedad, en especial los que hoy se amparan tras el exilio en Norteamérica: ¿qué nueva idea de la vida y cuál de los ideales progresistas tienen esos tránsfugas que hoy se creen fuertes sólo porque están en el bunker del imperio, amparados tras el arsenal del imperio vencedor?

Esos oportunistas neo-revolucionarios son los “realistas” que no perdonan a sus estoicos compatriotas que aún luchan por llevar al éxito los movimientos sociopolíticos que ellos llevaron al fracaso, y para justificarse invocan aquel viejo sofisma de los cobardes: “Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”.

Esos autodenominados “realistas” o “neutrales” son muchas veces excombatientes anticolonialistas que, después de haber resistido torturas ante el verdugo en su país de origen sucumben ante el mendrugo en el país de asilo; son desertores que glorifican la traición y la delación, que deshonran el exilio en tierras que otros han honrado con el suyo, puesto que el exilio, aunque sea en las entrañas mismas del imperio, debe ser una trinchera para nuevos combates y no una guarida de prófugos de la dignidad y de la lucha por la soberanía de la patria nativa.

Y ése es, especialmente, el caso de los autodenominados “disidentes” anticastristas, los cuales lo único positivo que han hecho por la insobornable Cuba ha sido depurarla al abandonarla. Son tartufos abyectos, hambrientos del lucro inescrupuloso, que piden perdón al imperio por haber osado crear una revolución para liberarse de él. Esos apátridas oportunistas sienten hoy vergüenza de confesar que defendieron la soberanía y el derecho de autodeterminación de su patria, pero sentirían aún más vergüenza si tuvieran que justificar o explicar su adhesión a la hegemonía colonialista que hoy confiesan con orgullo de serviles, con cinismo de sicarios, de mercenarios del imperio.

Esos ex-revolucionarios, convertidos en contrarrevolucionarios, desertores de la solidaria conciencia latina, son los que ayer proclamaban: PATRIA O MUERTE! y hoy exclaman: MUERTE A MI PATRIA!

Después de haber sido anti-imperialistas, ellos no son ya pro-imperialistas: son el imperialismo mismo.

¡Tristes gusanos de estercolero, incapaces de ningún respeto, que desde lo alto de su bajeza difaman a ese imperio de la dignidad que es la estoica Cuba, denigran de su patria, blasfeman contra el Olimpo de sus líderes libertadores, e incapaces de alzarse hasta el sacrificio por su patria se abajan hasta el crimen de ella!

Amamantados por los jugosos pezones de la subvención contrarrevolucionaria, arrogantes en deshonrarse, esos neoyanquis desertores de la conciencia latina se han transformado en entes insensibles, en zombis que desde su sedentaria poltrona y con la más fría indiferencia observan en la TV -¡e incluso aplauden!- cómo el imperialismo despoja, vandaliza y arrasa “democráticamente” a países como Granada, Irak o Afganistán, e incluso a sus propios países de origen, a su familia y sus compatriotas.

Pero, si a la entrega del cuerpo por dinero se le llama prostitución, ¿por qué no llamar prostitución moral a la entrega de la conciencia por dinero, o por una visa de residencia?

Y es que para amar la Libertad, como para morir por ella, se requiere una cierta talla de conciencia social que los gusanos contrarrevolucionarios no tienen, y en cambio para traicionarla sólo basta tener un alma de siervos, una conciencia de lacayos, una virilidad de eunucos.

¡Pobres zombis vegetativos que creen que ya no son posibles los grandes gestos de la vida, solo porque ellos están cerca de la muerte!

¿Qué deben hacer las conciencias inflexibles e insobornables ante esos traidores y desertores de los ideales revolucionarios?

¡Nada! Ignorarlos. ¡Ni tan siquiera escucharlos! Sólo inclinarnos ante su paso con fúnebre silencio: son seres inertes, sin conciencia ni dignidad, son muertos que hablan, son muertos insepultos.

Sepultémoslos en el olvido, donde ellos sepultaron su dignidad y su conciencia, y prosigamos en el derrotero de la historia la ruta libertadora que nos señalaron Bolívar, Allende y Fidel, llenando el mundo con ése clarín de la victoria que fue el verbo profético de José Martí, y orientados por la brújula del pensamiento combativo y revolucionario del Che Guevara.

¡PATRIA O MUERTE! ¡VENCEREMOS!

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