viernes, 17 de abril de 2009

Los puntos sobre las íes

Rodolfo Bassarsky (Desde Arenys de Mar, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

I

La sacralización de la palabra escrita. Es una injusticia y algo poco racional ser benevolente con las pavadas orales y ser exigente con las escritas. Todos nos permitimos con mayor o menor frecuencia decir cosas intrascendentes, banales y aún erróneas y emitir soberanas estupideces. En el curso de conversaciones familiares o con amigos y también con personas a las que conocemos poco o nada. Y hasta podemos defender nuestras posturas insostenibles con una vehemencia digna de mejor causa. No solamente somos permisivos con el contenido de nuestros discursos vanos, somos también indulgentes con las formas. Maltratamos el lenguaje con una ligereza que no toleramos en la escritura. Tanto en el significado de las palabras como en la sintaxis. No sólo nos permitimos este despropósito a nosotros mismos : lo admitimos las más de las veces sin ninguna objeción en boca de nuestros amigos.

II

Esta postura es notable y ciertamente de consecuencias indeseables a la hora de evaluar las expresiones espontáneas de la prensa oral. Personas de cultura diversa somos tolerantes con locutores , presentadores y periodistas en general.

¿Por qué somos estrictos, exigentes o poco tolerantes con la palabra escrita? Podemos hablar tonterías, expresarnos con defectos. Sin embargo demandamos precisión, estilo y contenido a quien escribe. Por qué hacemos esa diferencia que suele ser tajante ?

Sacralizamos el idioma escrito y pretendemos que nuestros escribidores –escritores de todo tipo y nivel– sean eruditos literatos. Libros, diarios, revistas son subrayados y observados sin conmiseración. No tenemos piedad y frecuentemente tampoco respeto por quienes con mayor o menor habilidad e inteligencia se entregan a la tarea de escribir.

Entonces surge como una cruel resonancia de las voces hipercríticas, la autocensura. Una autocensura que con seguridad cercena vocaciones y posiblemente confina en la oscuridad a talentos. La autocensura es una presión interna que se origina en la persistencia y reiteración de diversas presiones externas. Es un proceso interesante y complejo al que los psicoterapeutas prestan mucha atención. Es una forma de represión nociva para el intelecto. Es una manera de restringir severamente nuestra libertad : un bien al que no es saludable renunciar.

III

No es necesario haber tenido una educación formal impecable para convertirse en un buen escritor y viceversa, muchos cultos y eruditos han publicado bodrios. Hay ciertos síntomas que indican que esta situación está cambiando. Internet mediante. En la red de redes podemos escribir todos y con letras de imprenta ! Pienso que nuestra exigente postura frente al escritor deriva entre otras causas de la perdurabilidad del papel y la volatilidad de la palabra hablada. Pretendemos que lo que va a quedar registrado sea de buena calidad y no le exigimos calidad a lo que el viento se lleva, el sonido de la palabra. Esto es cierto pero está cambiando. Es un largo proceso histórico que está llegando a su fin . Estamos asistiendo a la virtualidad de la palabra escrita en letras de imprenta. El chateo es un ejemplo claro. Las páginas web también están escritas en el aire, en el ciberespacio. Están ahí pero pueden desaparecer como por arte de magia. Y entonces la palabra escrita adquiere una dimensión nueva.

IV

Qué será lo justo ? Desacralizar totalmente la escritura y ser ampliamente permisivos y escribí lo que quieras, como quieras y en donde se te dé la ganas ? Pretender que todos hablemos con propiedad y sin cometer errores conceptuales ni de forma y que cada uno de nuestros discursos sea coherente y fecundo? En la medida en que el lenguaje hablado es mucho más que la simple expresión de un concepto o un pensamiento, no podemos exigirle demasiado. Sin embargo será bueno no ser tan benevolentes con quienes destrozan el idioma o llenan los espacios públicos de estupideces o soeces expresiones. No a la pornografía de la palabra hablada. Por otra parte creo que será justo acercarnos al texto escrito con cierta indulgencia procurando desentrañar un mensaje que puede estar escondido. Tampoco que impere el libertinaje en el libro, la revista o el diario. Hagamos un esfuerzo como lectores para comprender a quien escribe. Generalmente escribir es un acto de generosidad más o menos mezclado con soberbia. Pero siempre producto de un esfuerzo digno de alguna consideración.

V

Estas reflexiones pretenden animar a quienes queriendo escribir no escriben y a quienes esconden lo que escriben, generalmente por un injustificado pudor y como consecuencia de una autocensura insalubre. También pretenden establecer la legitimidad de quien defiende su libertad de escribir y divulgar sus textos. E implícitamente la libertad de hacer críticas ponderadas por parte de los lectores. Justamente es una virtud de cualquier texto suscitar una crítica. Imagino que una sociedad plena de escribidores debe ser una buena sociedad.

Y si mucho se escribió sobre la conveniencia de estimular la lectura desde edad temprana, es hora de promover también la escritura desde la más tierna infancia. En la escuela elemental se enseña a “leer y escribir ” y después en el curso de la educación formal se alienta débilmente la lectura y se desalienta o por lo menos se dificulta la escritura condicionándola con un rigor excesivo. Si es cierto que la lectura estimula el pensamiento, la imaginación, el ejercicio del intelecto, no es menos verdad que la libre escritura es también un excelente incentivo en la misma dirección. Y en este sentido diría que se complementan ya que la gimnasia mental del lector es diferente que la del escribidor.

Existen estatuas de escritores y monumentos al libro. Levantemos un monumento a la lapicera como símbolo representativo de las herramientas de escribir. Y comencemos a reivindicar a la escritura y a los escribidores.

UN SUEÑO

Regalar a cada niño un libro junto con un cuaderno de 25 hojas y una lapicera al comienzo de cada año lectivo. El cuaderno deberá entregarlo a los responsables docentes al comienzo del año siguiente con un resumen del libro de 2 a 10 páginas de extensión y el resto con textos emanados de su propia imaginación. Al cabo de 10 años, el joven tendrá por lo menos 11 libros : los 10 que el Estado le regaló y el que él mismo escribió en sus cuadernos que le serán devueltos. Esta actividad podrá ser el desencadenante de muchas otras acciones docentes: concursos, críticas, ejercicios literarios , talleres de diversa finalidad.

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