sábado, 25 de abril de 2009

Revancha de tus ojos

Eduardo Pérsico (Desde Lanús, Buenos Aires (Argentina). Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El amor sólo existe con alegría, y coger riendo es revolucionario.

Es un juego aburrido repasar fotografías sin disfrutar la mirada de Maite. Las mujeres presienten cualquier cámara y por más que pasaran tantos veranos de aquel tan recaliente en Cárdenas, estas tomas siguen sin devolverme sus ojos. Cerca del mercado hecho por los españoles hace dos siglos, ‘otro testimonio colonial’, al pibe sonriendo ‘no hay cerveza en el pueblo’ le cacé justo la expresión. Hay tres tomas del dominó jugado en la vereda y al gordo de pañuelo en la calva lo hice famoso; este viejo que exhibe feliz sus dientes marrones al fin me negó su expresión ingenua y los arabescos en la camisa del vendedor de guarapo se ven nítidos. ‘Por cinco dólares paseamos todo el pueblo en mi carro’ me indica Angel, el cochero de pelo sujeto en la nuca.

- Llevamos a la señora y luego andamos – y me ofreció sentarme a su lado. Maite iba atrás, mirando el mediodía bajo la capota de hule negro.

- Angel, dile al argentino como vivimos aquí en Cuba - dijo al bajar y dejarme su mirada sin retorno. Aquí el cochero me pasó las riendas para enfocar mi compadrear en el pescante, ‘yunta oscura trotando en la noche, latigazo de alarde, sobón´, y disparó un focazo perfecto por más que no entendiera mi disculpa a Homero Manzi. Y hay unas cuantas de lujo: la antigua estación de trenes, esa mancha de aceite rebotando en el murallón, una viejita en bicicleta al mediodía. La boya gigante de la plazoleta salió muy brillosa...

- Esta boya es el símbolo de Cárdemas. Llegó del mar cuando el huracán del año veinte -. Angel con su orgullo cardenalense y a estos pibes queriendo comprar mis zapatillas los tomé perfectos. Sin vuelta, la sonrisa de un pibe atorrante es imbatible.

- ¿Sabes? El enemigo nos pega con el consumo y eso duele – siguió Angel y ahí le pregunté qué podía untarme en las quemaduras. Y aquí Maite, negra de mi corazón, entre unos de ropa colorinche pero igual refulgen sus piernas oscuras. Las siguientes son al volver de su trabajo en la Telefónica: su falda corta apaga la blusa verdosa y la canchereada reputona de pelo en la frente y boca entreabierta de fiera en acecho, es un desafío. Aquí tampoco recibí bien sus ojos, poca luz, no sé, y luego ella en su clima de mundo detenido, la entrada de su casa y detrás el cortinado rosa de la habitación. En la siguiente sus piernas dominan el derroche de luz; el escote sugiere los hombros huesudos y el sombrero de paja contra la nuca agiganta cualquier foto... Y sí señores, sin poemas del Nicolás Guillén, palmeras agitadas por la tormenta ni páginas de Alejo Carpentier sueltas al aire, ella es Maite. Incomparable, hembra ceñida de cintura exacta más lo demás, y el planeta que siga girando sin remordimiento.

Si apreciara mejor sus ojos sería como la primera siesta, ocurrencia entre dos de repente desnudos, boteros a la deriva sin precipitar promesas de amor, que no dijimos.

- Yo no acostumbro hacer esto – me sonrió al destrabarle el corpiño.

- Y yo tampoco – y ahogamos la risa con la mutua respiración.

Maite, trémolo oscuro, satinado imán en la entresombra y mis palabras ni apenas sugerencias de cuánto me gustabas.

- Con una piel como la mía mi tatarabuela se ocultaba en la selva – se divertía al saberse novedosa, pero de pronto nos alumbró el resplandor de amarnos de verdad y al untarme los hombros con sus manos soberbias, acaso desvelara a esta imbatible ‘nostalgia buenosaires’ que nos quita las ganas Y sin notarlo, quizá, decidí fotografiar su pueblo metro a metro, atender que Angel repitiera cuando Fidel lo necesitó y él entró al monte con un compadre tan joven como él, ‘alguien que después fusilaron por esa sucia vaina de la droga, qué pena’. Igual que otros renglones a esquivar como al decirme Maite ‘el primer día juntos nos descuidamos y estoy preocupada’, y no acerté ninguna palabra valedera.

Aquí se vistió su vestido con bordados y tajos, ostentando muslos, ‘herencia de mi abuela, nuestra arma no muy secreta’ y se reía con ganas. Ahora la mesa de mi cumpleaños con velas, langosta y también Angel con su mujer. ¿Dónde olvidé la camisa china que me regalaron? La sonrisa de Maite aquí desborda pero los ojos siguen difusos, negándose. No eran muy oscuros ‘sus ojos de azúcar quemada’, pero tampoco tengo conmigo la ráfaga de nuestra última tarde con la alegría íntegra a un solo tiempo. Y al salir de la ducha ya la sonrisa lucía algo opaca cuando subió sobre mis pies a reflejarnos la mirada.

-Cuando ya cada uno sea diferente, afirmarnos los ojos será nuestro secreto. Creencia yoruba – quiso bromear peor ya habíamos iniciado la tristeza. Porque al secarnos en silencio envueltos en el mismo toallón, lágrimas en mi pecho y su piel de hada negra por última vez, de nuevo mis visiones del mundo se empañaron y sin huevos para gritar ‘Maite te quiero’, fugué hacia la fácil celebración de la amargura, siempre a mano.

Más tarde, al meditar con Angel la lluvia sobre el mar y fondearnos una botella de Legendario, - ‘el ron calma todos los males’- nos repetirnos tanto ‘la vida es así, compadre’ que el matungo nos trajo por su cuenta sin desvelarnos. La botella se bamboleaba contra el muelle y el aguacero sobre la capota de hule despintaría un mural del Che Guevara, cuando Angel me habló fuerte. ‘Maite es una jeva muy mujer y tú le entraste algo más que en el alma, che’. Y quizá le tangueara ‘ya volveré a buscarla, te lo juro’. Pero Maite, yo…

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