
ARGENPRESS CULTURAL
La música, como cualquier manifestación artística, es una expresión de la cultura de su tiempo. Algunas décadas atrás hubiera sido inconcebible cantarle a los narcotraficantes y a todo su mundillo conexo. Hoy, eso constituye un género musical en franco crecimiento: los narcocorridos.
¿Por qué surgen, se mantienen de moda y se expanden estas canciones? ¿Qué nos significa este hecho, no tanto desde lo estético –donde no hay mayor aporte novedoso– sino desde una lectura más bien sociológica?
Le damos la palabra al mexicano Juan Pablo García Vallejo, quien hace un brillante análisis del fenómeno:
“De pobres a millonarios desclasados; de gente anónima a figuras públicas de la ilegalidad; de seres impotentes a temibles dirigentes de ejércitos de sicarios; de simple empleado familiar a exitoso empresario transnacional; de precaristas estructurales a héroes de la distopía deshumanizadora; de ser un Don Nadie llegan a ser hombres realizados y felices; de tener una pobreza alimentaria pasan a gozar la nueva cocina internacional; de sufrientes se convierten en violadores de los derechos humanos; de ciudadanos de tercera se declaran fervorosos patriotas (...); de abiertos transgresores de la Ley se vuelven inconscientemente en partisanos conservadores del estatus quo… Todo esto dicen los narcocorridos de las variadas representaciones sociales de los personajes de narcotraficantes. Aunque hay muchas otras cosas que no dicen pero que analizándolos con detenimiento están ahí, y quienes los componen, los interpretan y los consumen, escuchándolos, cantándolos o bailándolos en fiestas y conciertos masivos, nunca se detienen a ver qué dicen en realidad todo este bombardeo constante y zombificador de narcocorridos. Un género musical con mucho pegue dentro de la cultura comercial popular porque llegan a todos lados, de forma legal o pirata, y son los vehículos sociales de transmisión de los mensajes y acciones de los narcos, y en el fondo potencian la violencia constante contra toda la sociedad. (...) Más allá del culto al héroe surgido del mundo marginal, de narrar sus acciones, exaltar los valores de valentía, astucia, éxito empresarial, machismo, soberbia excesiva, de burlar la Ley y desafiar al Estado, los narcocorridos tienen un discurso bastante irresponsable, pues si bien es ya un grave peligro que le hayan quitado al Estado el uso legitimo de la violencia ahora ésta es dirigida no solo contra las distintas fuerzas del orden, sus competidores nacionales, (...) sino que significa una inestabilidad permanente del orden social y el deterioro de los lazos sociales, creando así un Estado paralelo, un Estado de ilegalidad constante o de una sociedad incivil organizada muy bárbara y conservadora, para no confundirla con la sociedad civil organizada tan mitificada y que es en realidad muy manipulable, frágil y de poca influencia social. (...) Los narcocorridos tienen éxito porque simplemente narran historias de gente del pueblo que padece hambre, miseria y es incapaz de acceder a los privilegios y espejismos creados por la sociedad de consumo. La principal representación social del narco es como la forma de movilidad social más rápida para acceder al poder económico y con ello a todas las bondades que de él se desprenden: prestigio e influencia social, admiración, aventuras amorosas, el deseo imparable de acrecentar poder, la pleonexía, un grado mayor de avaricia y llegan a justificar este negocio ilegal como si fuera una causa patriótica frente a los Estados Unidos (entendiendo que todo ello surge en Latinoamérica y de ahí se dirige hacia el norte) o buscan otros pretextos para su actividad delictiva como el ser producto de fuerzas misteriosas e invisibles.
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