
Ricardo Vicente López (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
Palabras iniciales
La necesidad imperiosa de pensar salidas posibles a esta globalización criminal obliga a la búsqueda de reflexiones que vayan despejando el camino de tanta niebla ideológica. Nos enfrentamos una vez más a una crisis (y van…) que hace tambalear la estructura misma de la sociedad capitalista. Sin embargo, lo que se puede leer, escuchar y ver en los diferentes medios de comunicación no nos trasmite la sensación de pensar en un cuestionamiento al capitalismo global, sino la idea de que se ha visto afectado por una enfermedad grave pero de ningún modo terminal. Tal vez, la dificultad resida en la palabra terminal puesto que remite a las profecías de los socialistas del siglo XIX y de ellas ya se ha dicho que no se han cumplido y que eran meras divagaciones. Sin embargo, nuestros sesudos economistas liberales, que no han sido capaces de pronosticar las turbulencias que se acumulaban frente a sus ojos, tienen la osadía de desvalorizar a los viejos teóricos.
Dada esta situación que sumerge en la perplejidad a los investigadores y académicos, así como a los gurúes de las centrales del dinero, cuyas consecuencias las pagan los sencillos hombres de trabajo, creo necesario intentar aportar algo de claridad sobre le tema. Digo algo porque el tema es excesivamente complejo y oscuro como para poder entenderlo acabadamente. A pesar de ello creo que algunas líneas de desarrollo de estos procesos pueden sacarse a la luz. Un tema que funciona como fundamento del armado estructural del sistema capitalista es sin dudas el de la propiedad privada, sobre el cual han corrido ríos de tinta (perdón por esta muy vieja expresión) que no han hecho otra cosa que generar una gran confusión (y me parece que no ha sido totalmente inocente).
Si bien haremos una excursión en el tiempo para revisar diferentes modalidades que adquirió la propiedad a lo largo de la historia, lo que nos interesa es el modo como funciona como motor de la sociedad capitalista. Para ello, para ese caso particular de la propiedad, deberemos hablar de propiedad privada burguesa o capitalista. Siendo la sociedad capitalista el marco dentro del cual se ha dado ese tipo de propiedad es necesario decir algo sobre qué se entiende por capitalismo. Voy a acudir a la ayuda del filósofo jesuita Juan Carlos Scannone, quien hace sobre este tema una distinción conceptual que creo de gran utilidad:
El capitalismo como modo de estructurar la economía, y, por otro lado, 2) la sociedad capitalista de clases, en la cual se da el poder hegemónico del capital sobre el trabajo, de modo que sólo quienes ponen el capital o lo representan, organizan y dirigen -hegemónicamente- el proceso económico y, por ende, en la práctica detentan todo (o casi todo) el poder económico y social... En cuanto al capitalismo como modo de producción, el juicio ético sobre el mismo depende en último término de su mayor o menor eficacia real, no sólo técnico-económica sino y sobre todo, humano-integral (para todo el hombre y para todos los hombres, incluidos los hombres futuros) en una determinada sociedad y momento histórico. La sociedad capitalista de clases, en cambio, ha de ser éticamente criticada porque no respeta suficientemente la libertad y la justicia, es decir ni respeta la prioridad del trabajo humano subjetivo sobre el trabajo objetivo (los productos y los instrumentos de producción), ni da participación equitativa a todos los involucrados en las decisiones orientadas al bien común.
Esta distinción permite profundizar los contenidos del concepto y arroja luz sobre muchas discusiones que, no habiendo aclarado suficientemente el uso del término, se han empantanado en caminos sin salida. De la definición que quedó planteada podemos decir: En un primer sentido, si por capitalismo entendemos un sistema de empresas, de producción y comercialización, que utiliza el mercado como la mejor lógica para la asignación de recursos y el uso responsable de la propiedad privada, enmarcada en un sólido sistema jurídico con un eficaz control del Estado, que coloca todo ello al servicio de la comunidad entera y de la libertad humana integral, esto puede ser aceptado a primera vista y como sistema transitorio hacia alguna forma social más justa y humana en un tiempo futuro. Debe quedar preservado de toda opresión posible, privilegiando la salud integral de todos los miembros de la comunidad. Pero, en su segundo sentido, si se entiende por capitalismo un sistema de explotación, de una clase poseedora del capital sobre otra que sólo posee su capacidad de trabajo, capital que sólo busca como objetivo excluyente el lucro privado, haciendo un uso del “poder hegemónico” sobre el mercado, que opera en detrimento de una asignación equitativa de bienes y remuneraciones, este sistema es inaceptable.
Llegados a este punto creo que no podemos quedarnos en una mera diferenciación terminológica. Pero, sin embargo, no es desdeñable la distinción porque mucha de las utilizaciones terminológicas para hacer referencia a este tema termina en polémicas ambiguas, que encuentran a los que las realizan argumentando desde cada una de estas dos definiciones. Esto no ha permitido un avance conceptual necesario y, de este modo, ambos quedan convencidos de la “verdad” de sus posiciones, sin que se haya logrado definiciones más certeras y claras. Pero también permite, a aquellos que sacan réditos de las nebulosas y las marañas de palabras, mantener el tema dentro de una confusión sospechosa, pero muy útil para ellos.
En tan importante debate, agudizado hoy por la hecatombe financiera que se ha proyectado sobre todo el planeta, no debe confundirnos y prestar la debida atención sobre cuál sea el uso que se haga del término. Lo que sí cabe afirmar es que, más allá de cómo se lo denomine al sistema, cualquier orden social que se postule como más justo, debe apuntar a la realización plena del hombre, “de todo el hombre y de todos los hombres”, como quedó afirmado en la definición. En este sentido y apuntando a ese logro, es imprescindible la eficiencia del sistema tecno-económico, pero su eficiencia sólo es aceptable en términos de una eficiencia humana, no la que sólo atiende a hacer crecer la renta del capital. Por ello debe estar dispuesta al servicio de todos los hombres. Debiendo privilegiar la salud social por sobre las rentabilidades necesarias. Porque es preferible ética y humanamente una rentabilidad menor y una mejor y más equitativa distribución de la riqueza.
Ha quedado demostrado, con la crisis que nos embarga, que el sistema económico requiere necesariamente una distribución de bienes equitativa que no deje de lado la remuneración justa para el buen funcionamiento del mismo. Porque la obtusa mente de algunos economistas no les permite comprender que la retribución salarial es también una manera de fortalecer el mercado por el lado de la demanda. Todo productor es también, y al mismo tiempo, un consumidor que requiere disponer del dinero necesario para consumir para la satisfacción de sus necesidades. Un mercado que funcione como un correcto asignador de recursos no puede descuidar asignar una retribución justa y digna para toda persona que trabaje en relación de dependencia. Acá aparece el papel indelegable del mercado.
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Me propongo ofrecer una serie de reflexiones en las que trataré de ir desenvolviendo el problema, ya que está recubierto por espesas capas históricas de argumentos intrincados que, sin embargo, en su núcleo originario es de una sencillez luminosa. Para tal propósito deberé retroceder en el tiempo para encontrarnos con los orígenes de esta cuestión. Esto aparecerá por momentos como demasiado académico por lo cual comienzo pidiendo disculpas y al mismo tiempo insistiendo en su necesidad. Para ello la investigación sobre los diferentes ángulos que deberá asumir la óptica con que debemos enfrentar el problema nos llevará por los más variados caminos. No podemos despreciar ninguno, puesto que el tema acumula una tradición varias veces milenaria. Por tal razón la historia, la antropología, la filosofía, la teología, la sociología, la psicología, el derecho, deberán aportar su palabra esclarecedora en pos de arribar a una comprensión que abandone el terreno superficial sobre el que han intentado acostumbrarnos a pensar, es decir el estrictamente económico.
Un concepto que ha sido utilizado por el pensamiento crítico respecto de muchas de las afirmaciones que corren por las ciencias sociales es el de “naturalización”, con el que se intenta denunciar el mecanismo por el cual instituciones, normas, hábitos, que han aparecido en diferentes etapas de la historia son aceptadas hoy como “naturales” o resultado de la “condición humana”, también expresada como “naturaleza humana”. De este modo, la propiedad se convierte en un fenómeno “natural”, es decir propio de lo humano en tanto tal y previo a la socialización de los primeros homínidos. Intentaré mostrar que el fenómeno social que da origen a este mundo de hoy es de aparición realmente tardía en la historia del hombre, y que ha adoptado diversas formas correspondientes a cada etapa de ese proceso evolutivo.
Esta naturalización ha logrado homologar el concepto “propiedad” con el concepto “propiedad privada”, ambigüedad y confusión que perjudica una buena comprensión del problema que trata. El primero es mucho más amplio y ampara todo tipo de posesión, el segundo es la configuración que adquirió en la sociedad burguesa capitalista. Esta confusión tampoco es inocente. La fragmentación del problema de la propiedad que ha obligado a un tratamiento parcial de parte de cada una de las ciencias sociales imposibilita una comprensión abarcadora y profunda. Si se trata de analizar las formas que la propiedad ha adoptado en las diferentes formaciones sociales es tarea de los historiadores que abordarán el problema desde las pruebas documentales existentes; si el tema se centra en las formulaciones legales que se pueden recoger será una investigación de los investigadores jurídicos; si se trata de las formas económicas corresponderá a los economistas especializados en la historia económica; si la investigación apunta a las culturas que practicaron una forma de propiedad determinada serán los antropólogos quienes se aboquen al tema; etc.
Todas esas investigaciones son necesarias y no pueden ser dejadas de lado, pero todas ellas adolecen de una falla común: el sesgo del profesional que ha formado la mirada especializada de cada uno de ellos hace que vean y recuperen ciertos aspectos y desvaloricen otros. De este modo, la comprensión del problema es siempre parcial y esa parcialidad está teñida por las ideologías imperantes en cada ciencia social, las metodologías utilizadas que nunca son neutras, y los intereses particulares que cada investigador muestre en su tarea, es decir, la hipótesis que pretenda demostrar. Todo ello presenta una dificultad grave que se debe tener presente en el momento de abordar las reflexiones necesarias. No se tata de dejar de lado lo ya sabido, como dije antes, sino de tamizarlo en cada etapa para pasarlo por el lente de la crítica filosófica que lo expurgue de adherencias perturbadoras. Es un modo de presentar una aproximación a la verdad que será siempre parcial y transitoria.
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Los orígenes del problema
La propiedad privada es entendida hoy como un derecho natural que garantiza la libertad humana, dado que nos permitiría no depender de otro u otros para la obtención de los elementos básicos de la vida. La garantía de procurar con el trabajo la satisfacción de las necesidades fundamentales requiere la posesión de los instrumentos imprescindibles para esa tarea, de allí que a la propiedad de esos instrumentos se la considere de derecho natural, es decir de un derecho anterior a los establecidos por los pactos sociales (normas, leyes) que han organizado la vida de las comunidades desde el origen. La institucionalización de la propiedad privada corresponde a una etapa posterior, la de la construcción de sociedades más complejas, que se vieron acompañadas por la aparición de la sociedad de clases y de instituciones que dirimieran los conflictos surgidos por los intereses contrapuestos.
Voy a seguir en este apartado lo expuesto en un trabajo mío anterior El hombre originario . El tipo de propiedad, en una etapa que nos remite a un largo período de la historia que va desde los, por lo menos, dos millones y medio de años (momento de la aparición del hombre sobre el planeta) hasta los diez mil antes de nuestra era, consistía en la posesión de algunas herramientas primitivas para la utilización en la caza o en la recolección de frutos o raíces comestibles. Esos instrumentos eran construidos por cada hombre para su uso personal y en esto consistía la idea de propiedad, ya que la obtención de alimentos era compartida por todos los miembros del grupo sin exclusiones y en forma igualitaria según la necesidad de cada uno. Esto puede parecer idílico pero hay gran cantidad de documentación histórica que así lo demuestra.
Dice el profesor Marshall D. Sahlins, de la Universidad de Chicago:
En la adaptación selectiva a los peligros de la edad de piedra, la sociedad humana superó o subordinó características primates tales como el egoísmo, la indiscriminación sexual, el dominio y la competencia brutal. En esos tiempos primitivos se llevó a cabo la reforma más grande de la historia, la superación de la naturaleza humana primate, y de este modo se aseguró el futuro evolutivo de la especie.
Por lo visto anteriormente, durante un largo período de la historia del hombre la propiedad se limitó a unos cuantos instrumentos necesarios para la vida personal y colectiva. El hombre fue nómada y sus pasos seguían las huellas de los animales que quería cazar. Probablemente las alteraciones climáticas producidas unos diez mil años atrás, en lo que hoy conocemos como Medio Oriente, hayan obligado a alterar sus hábitos milenarios y a adaptarse a una vida sedentaria ligada a la agricultura. Se establece entonces el grupo humano en un territorio y comienza a trabajarlo. Esto da lugar a una nueva forma de propiedad, en realidad al uso exclusivo en común de una parcela de tierra por parte de una comunidad. Conviene aclarar que la palabra privada aplicada a los comienzos de la historia tiene el sentido etimológico de privar a otros de compartir el resultado de los frutos conseguidos que habían sido logrados por el trabajo de una comunidad determinada y por ello sólo se distribuían entre sus miembros, de allí que se privaba a otra comunidad de su uso o disfrute, salvo intercambios pactados.
Debemos llamarla más específicamente propiedad privada comunitaria, muy lejos estaba de las formas que adquirirá posteriormente. Las características de esos hombres, de las relaciones sociales internas y la relación con otros grupos son descriptas por el profesor de la Universidad de Michigan Elman R. Service (1915-1996) quien afirma:
Dan las cosas con largueza, admiran la generosidad, dan por supuesta la hospitalidad, castigan la ganancia económica como egoísmo. Y lo más raro de todo es que cuanto más terribles son las circunstancias y más escaso (o valioso) es el bien de que carecen, menos “económicamente” se comportan y más generosos parecen ser... La reciprocidad generalizada es una forma de intercambio basada en la presunción de que la devolución ocurrirá a la larga. Esta idea es tan fuerte que cuando se le da algo a alguien, o se hace algo por él, la materia de la devolución no se especifica... Es la forma del más alto altruismo. Se basa en el hecho de que la gente que intercambia va a estar asociada durante muy largo tiempo. Por lo tanto la reciprocidad es sólo una esperanza muy vaga. “A la larga” las cosas se compensan. La reciprocidad no es explícita; sería de mala educación, incluso insultante, el indicar que se espera una devolución. Además el intercambio mutuo nunca es de cosas equivalentes.
Estas palabras no pueden más que sorprendernos dado que nos han acostumbrado a pensar el hombre originario como un primitivo salvaje. Esos prejuicios no han hecho más que justificar el egoísmo del hombre actual como una característica de su origen animal. Las palabras del profesor Service, dada su autoridad académica, que pueden ser corroboradas por muchos otros investigadores, nos obligan a detenernos a pensar sobre qué ha pasado para que aquellos hombres solidarios hayan dado lugar al hombre egoísta y competitivo actual. Y creo necesario subrayar que estoy hablando de conocimientos científicos compartidos por muchos investigadores, antropólogos, arqueólogos, etc.
Este período de tiempo en el que todavía no han aparecido conflictos serios internos al grupo, ni entre diferentes grupos (la cantidad de hombres era muy poca y estaban muy dispersos) comenzará a dejar paso a otra etapa que mostrará cambios significativos y que nos aproximan a una historia más conocida y reciente, dentro de este cuadro. Pero, si me remonté hasta aquella época es porque creí necesario ponerlo en conocimiento de un público más amplio que el que se encierra en algunas universidades y que guardan todo esto con mucha inconciencia. Poner esto al alcance de todo el público modifica las premisas de todo el debate sobre el tema de la propiedad puesto que obliga a explicar el origen de la propiedad privada, cuya antigüedad no excede los seis u ocho mil años.
La descripción del profesor Service nos coloca ante la necesidad de detenernos a pensar la correlación existente entre un tipo de perfil humano y las formas de relaciones sociales que produce el modo de la propiedad que las sustentan. El perfil humano del hombre de la comunidad originaria, recién visto, practica una distribución igualitaria de los bienes que garantiza ese tipo de relación. Por ello es necesario decir, cuantas veces sea necesario, que el egoísmo actual es la contrapartida obligada de una apropiación individual y desigual de los bienes sociales. Esto nos replantea la pregunta sobre las razones de la aparición de este tipo de apropiación, dado que no fue así durante un muy largo periodo de la historia. Desde los inicios del género Homo, la antropóloga Alicia Tapia, investigadora de la Universidad de Buenos Aires, afirma:
Sin dar preeminencia a ninguno de los dos sexos, sino por el contrario destacando el rol cooperativo de ambos para la supervivencia de la especie, se formula la hipótesis del alimento compartido. La división sexual del trabajo ubicaría a la mujer en las actividades relacionadas con la recolección de alimentos vegetales para el grupo y a los hombres con las actividades de obtención de proteínas mediante el aprovechamiento ocasional de carne por carroneo. La compartición se habría efectuado en lugares transitorios –a salvo de predadores peligrosos como los felinos- donde la interdependencia requería de lazos sociales cada vez más sólidos.
Es claro que esto no debe ser atribuido a una bondad natural de la especie, sino a las necesidades de sobrevivir en un medio tan hostil como el de aquellos tiempos. Pero, esa imposición natural forjó conductas sociales de solidaridad, de apoyo mutuo, de colaboración entre ambos sexos en todas las tareas, con las excepciones que imponían el parto y el cuidado de los niños. El aumento de la población hizo que los encuentros entre diferentes grupos se hicieran más habituales ofreciendo oportunidad de cambiar entre ellos bienes sobrantes por otros necesarios. Por ello el profesor Service afirma:
Y, como era de esperar, la verdad es que los intercambios se realizan, y son necesarios, y la gente lo sabe. Pero las formas de intercambio se salen de lo “normal”, por lo menos para un observador moderno. A causa de la naturaleza de nuestra propia economía, estamos acostumbrados a pensar que los seres humanos tienen una “propensión natural a intercambiar y a comerciar”, y que las relaciones económicas entre individuos o grupos se caracterizan por una preocupación de economizar los resultados del esfuerzo, por “vender caro y comprar barato”. No obstante, los pueblos primitivos no se comportan del mismo modo; de hecho en su mayoría parece que se comportan del modo opuesto.
Si insisto en estas citas es para que tengamos una comprensión más amplia de las diferentes condiciones sociales que caracterizaron aquellos tiempos respecto de los nuestros. La tendencia a ver como naturales las relaciones egoístas y competitivas que imperan en estos últimos siglos convierte en una gran dificultad la aceptación de conductas tan opuestas a las nuestras. El prejuicio inculcado nos lleva a pensar en una inferioridad cultural, incapacidad, poco desarrollo de la inteligencia, las causas de que aquellos hombres obraran de ese modo. Por ello hablé antes de la necesidad de pensar la estrecha relación entre las formas de propiedad y los modos de entender y practicar las relaciones entre los hombres. Si los bienes compartidos dan lugar a conductas solidarias la apropiación desigual da lugar a lo contrario, por la competencia que convierte al otro en un antagonista social. Cada sistema económico debe estar sostenido por un perfil antropológico acorde.
Para terminar con el análisis de las comunidades originarias se debe decir, como para dar sustento a las afirmaciones expuestas, que los investigadores han trabajado a partir de comparaciones entre las largas observaciones realizadas en visitas o en convivencias con pueblos que hasta tiempos recientes han mantenido formas de vida semejantes a las de las bandas de recolectores-cazadores.
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Experiencias recientes de ese concepto de propiedad
De estas observaciones y convivencias realizadas por el investigador dinamarqués Peter Freuchen (1886-1956) nos ha llegado este relato: «recibí de manos de un esquimal una cantidad de carne para que me alimentara, como era mi costumbre le di las gracias; el cazador esquimal quedó muy abatido por esa actitud mía. Mi desconcierto encontró la respuesta en las palabras de un viejo esquimal: “No debes dar las gracias por tu ración de carne, tienes el derecho a ella. En este país nadie desea depender de otro. Por tanto, no hay nadie que dé o reciba regalos, porque haciéndolo se establecería una relación de dependencia. Con regalos se hacen esclavos del mismo modo que con látigos se hacen perros”». Sigue Service:
En el aspecto generalizado, en el que las relaciones sociales prevalecen, las emociones del amor, las reglas de la vida familiar, la moral de la generosidad, son factores que condicionan el modo de entrega de los bienes de un modo que disminuye la actitud económica hacia ellos. Los antropólogos han intentado caracterizar esta transacción con palabras como “regalo puro” o “regalo libre” para resaltar el hecho de que no se trata de comerciar, y de que el sentimiento que inspira la transacción no es el de un intercambio compensado. Pero estas palabras no expresan del todo la verdadera naturaleza del acto, e incluso provocan confusiones.
Esta disponibilidad a dar lo que tienen, aún a riesgo de quedarse sin nada, desconcierta al hombre de nuestra cultura; deja un sabor extraño y se tiende a pensar con cierto menosprecio por ese tipo de hombres. El hotentote, de las tierras de América del Norte, cuando recibe algo lo divide inmediatamente entre todos los presentes. Esta conducta había sido observada también por Charles Darwin (1809-1882) en los onas de Tierra del Fuego. Peter Kolben que recorrió y vivió mucho tiempo en esos territorios sostiene que el hotentote no puede comer solo, y por más hambriento que esté busca a alguien con quien compartir el alimento. Este investigador afirma que es una conducta casi universal entre las bandas de cazadores-recolectores. «Todo el mundo comparte la carne de un animal grande. Las personas más ancianas que no participan en la búsqueda de alimentos reciben comida de los adultos más jóvenes. Alimentados y protegidos por los miembros más jóvenes de la banda, los ancianos viven más allá del final de la edad reproductora», coincide el antropólogo Conrad P. Kottak, profesor de la Universidad de Michigan. En esto hay una acuerdo generalizado entre los investigadores, del mismo modo que afirmaciones como las anteriores se pueden encontrar en investigaciones realizadas por distintos científicos en pueblos muy distantes unos de otros. Esa conductas han caracterizado por largos períodos de tiempo a esos hombres de aquella etapa histórica hasta épocas no tan lejanas.
Otro tanto puede decirse respecto al tema de la propiedad que nos ocupa. Tema altamente dificultoso y cargado de muchos prejuicios y connotaciones ideológicas. Si por propiedad entendemos la posesión de los útiles e instrumentos personales esto puede encontrarse en períodos muy lejanos. En las tumbas de hace unos 50.000 años se han encontrado junto a los esqueletos utensilios que hacen suponer que correspondían a propiedad de los enterrados. Pero si por propiedad se entiende la posesión de recursos naturales, de ganado, campos o cultivos, esto no se puede detectar en aquellas épocas. Sólo en tiempos muy recientes se puede afirmar hay rastros de propiedad privada. «Los recursos naturales de que depende la banda son propiedad colectiva o comunal» afirma Service.
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Los primeros indicios de cambios
Las bandas de cazadores-recolectores, como ya quedó dicho, mantuvieron durante milenios una conformación horizontal de la organización social mediante la cual ordenaban sus vidas. Hay consenso entre los investigadores en afirmar que hasta avanzado el Neolítico estas bandas eran muy igualitarias, seguras, de vida pacífica, autosuficientes, cuya evolución fue muy lenta, de modo que esta descripción es válida para más de un millón de años anteriores. Empiezan, entonces, a encontrarse modificaciones que permiten observar ciertos cambios. Probablemente el asentamiento en zonas fértiles favoreció el crecimiento poblacional, lo que obligó a introducir modificaciones en la estructuración social. Así puede detectarse una mayor importancia en la acción de una jefatura social. No significa esto que no haya habido antes una diferenciación de funciones que pudieran señalarse en ese sentido. Las investigaciones de los últimos tiempos permiten sostener que esto se debe haber dado ya en tiempos remotos. Desde aquellos tiempos pueden encontrarse conductas diferenciadas a partir del más fuerte como en muchas especies de simios.
En este punto debe salirse al cruce de afirmaciones muy tendenciosas respecto a una predisposición biológica al mando y la dominación. Porque se lograría justificar, de este modo, formas sociales contemporáneas de sometimiento bajo el argumento de las tendencias impulsivas biológicas. Así, la existencias de clases explotadoras encuentra un argumento científico convalidante. Veámoslo en palabras del investigador italiano Umberto Melotti:
... resulta francamente grotesco el intento, tan común en cierta etología política de inequívoco cuño reaccionario, de presentar la tendencia de los animales a constituir jerarquías y a defender un territorio como la base natural de la “inevitable” división de los hombres en roles de mando y roles de obediencia, o directamente en clases sociales diferentes, así como también de la propiedad privada... Es tal la vulgaridad de esas afirmaciones que nos exime de la obligación de responder aquí de alguna manera a ellas...
El curso que siguió la evolución garantizó un orden social en la banda en el que primaba la solidaridad y la modestia. Estas cualidades eran especialmente reconocidas en aquellas personas a quienes se les pedía consejos o su opinión en diferentes temas: dónde y cuándo ir a cazar, qué criterio seguir en la resolución de algún diferendo, etc. Son muchos los pueblos que atraviesan ese período que muestran la presencia de una autoridad. Pero dado lo espinoso de este término, y el grado de contaminación ideológica que tiene para la mirada del hombre moderno, es necesario detenernos un poco en él. Ante la carencia de estratos judiciales o de gobierno la pregunta que aparece es ¿cómo se resolvía la inconducta social? La horizontalidad de la banda y el igualitarismo imperante no impidió la presencia de algunos miembros, a los que se los distinguiera por ser los más ancianos o por sus cualidades personales, cuya experiencia y prudencia los habilitaba para que su palabra fuera especialmente escuchada. El ejercicio de estas funciones tuvo, durante mucho tiempo, fue asignado a determinadas personas que sobresalían sobre el resto, se reconocían las cualidades personales. Dice el profesor Service:
En la medida en que el reforzamiento es una función de la autoridad de unas cuantas personas en la sociedad de bandas, es extremadamente informal y en gran parte cuestión de rango social. El rango más corriente y de mayor uso en el papel de reforzamiento es simplemente el de la exhortación de un viejo para con un joven... Parece no obstante que en las comunidades multifamiliares en general, el rango “más viejo” es más significativo que cualquier otro en el contexto de reforzamiento de la conformidad... De modo que, resumiendo, podemos decir que en las sociedades de bandas los hombres más viejos se hallan en posición de mayor autoridad que los otros... Por tanto, ya que la sociedad no ha cambiado durante milenios, los hombres más viejos saben mejor cómo deben hacerse las cosas, y por tanto es ventajoso el tenerles respeto y sobre todo seguir su consejo.
Entonces, vuelve a aparecer el interrogante ¿qué hizo que se alteraran las conductas que hemos visto? ¿qué factores concurrentes modificaron el curso de la evolución? No es sencillo responder a estos interrogantes. Se pueden acercar hipótesis, con una apoyatura en evidencias y sostenidas por la lógica de las deducciones, en los análisis comparativos entre pueblos actuales, de los últimos siglos, y las pruebas arqueológicas recogidas. Leamos al Dr. Marvin Harris (1927-2001), profesor e investigador de la Universidad de Columbia:
Considerando brevemente, el proceso de formación de estados en Mesopotamia (la región situada entre los ríos Tigris y Éufrates) parece haber implicado varios factores que se repiten en otras regiones en las que se desarrollaron ciudades y estados después de la aparición de jefaturas. Los suelos mesopotámicos eran sumamente fértiles, pero debido a la carencia de lluvias, fue necesario el regadío para aumentar e intensificar la producción agrícola. Al crecer la densidad demográfica, también lo hizo la competencia dentro y entre asentamientos locales por el acceso y control del agua necesaria para el regadío. Estas carencias se compensaron mediante el comercio intensivo con otras regiones y la necesidad de organizar y controlar los sistemas de abastecimientos de agua y regular la distribución de las cosechas de cereales. La tarea de organizar la producción, distribución, comercio y defensa fue gradualmente asumida por una jerarquía político-religioso-militar, que formó el núcleo de las primeras burocracias estatales... Con el tiempo, se convirtieron en clases explotadoras cuyo poder despótico se asentaba en el control de una fuerza policial y militar.
Nos encontramos ahora frente a una sociedad estratificada, con clases sociales poderosas y dominantes, con clases intermedias integrantes de la burocracia estatal, y clases empobrecidas y explotadas, desnutridas y sometidas a un poder autoritario. Esta etapa de la estructuración social de alrededor del 3.500 hacia el 3000 a. C., con estas características remiten a un proceso intermedio que es necesario intentar describir. La producción de excedentes alimenticios posibilitó un grado de división del trabajo que permitió a un sector social, probablemente a los descendientes de aquellos “viejos sabios”, que no tuvieran que conseguirse su propio sustento. Dedicaron así su tiempo a avanzar en conocimientos que dieron paso a lo que hoy llamaríamos ciencia, pero que en aquella época formaban parte de los “conocimientos sobre los poderes de los dioses”, por ello la separación entre ciencia y religión no era conocida.
La diferenciación social basada en las cualidades personales, con el correr de los siglos, se convirtió en prerrogativas heredadas. Tal vez, los descendientes de esas personas tuvieron acceso a una formación e información distinta del resto de los miembros de la comunidad, se destacaron desde jóvenes respecto del resto alcanzando, de este modo, una distinción social permanente y hereditaria. Es muy probable que encontremos en estos mecanismos los orígenes de las castas sacerdotales, y más tarde las militares. Este tipo de educación no fue socializado, desde sus inicios, por la división del trabajo social. Era necesario que muchos produjeran y garantizaran la alimentación y consiguieran un plus de alimentos, lo que el pensador alemán Carlos Marx (1818-1883) denominó el excedente económico. Cuando fue posible disponer de más tiempo para el ocio por el aporte de las innovaciones tecnológicas y acceder, por tanto, a esos conocimientos, éstos ya habían sido acaparados exclusivamente por una clase social que no los compartió. Hizo del acceso a esos conocimientos un uso privilegiado que los colocó como un sector social superior de los hombres. Se fue consolidando así una diferencia social que se iba a mostrar como una diferencia de calidad entre los hombres, diferencia que alcanzó con el tiempo sustentos divinos justificados por vía religiosa. Nos enfrentamos, entonces, a un cambio revolucionario dentro de la sociedad neolítica. Estamos viendo el paso de una sociedad igualitaria a una sociedad de clases. Transformación profunda que inicia una nueva etapa en el proceso histórico de la humanización.
Las sociedades igualitarias de las comunidades neolíticas van dejando paso, paulatinamente y en distintos tiempos, a una sociedad claramente diferenciada, lo que nos indica la existencia paralela de diferentes modos de estructuración conviviendo en una misma época. La convivencia de estas diferentes sociedades está demostrada por la historia. Pero, algunas de esas sociedades de clases desarrollaron formaciones militares especializadas en el arte de la guerra, desconocidas hasta entonces, lo cual les otorgó una superioridad de combate. A la clase sacerdotal, ya mencionada, debemos agregar ahora la aparición de una casta militar que va a incorporar como política permanente y estructural de los nuevos estados las conquistas guerreras y el sometimiento de otros pueblos, más la esclavización de los vencidos. La intuición de Carlos Marx en esta materia, en una etapa del desarrollo de los conocimientos históricos y antropológicos muy incipientes, ya había señalado los mecanismos de este proceso. En un texto escrito alrededor de 1850 dice este pensador respecto de los procesos de grandes cambios sociales:
Se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, todo el inmenso edificio erigido sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales... y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo.
Este esquema de análisis es perfectamente aplicable a la revolución neolítica, si se realizan las adecuaciones necesarias que las características del período histórico requiere. La economía hasta el Neolítico, basada en la recolección y la caza, va transformándose en una economía agrícolo-pastoril que garantiza la provisión de alimentos conservados en forma estable, produciendo así excedentes que pueden ser almacenados. La sociedad tiene asegurado su sustento y tiene reservas alimenticias. La especialización de la división del trabajo abre entonces una nueva rama: el trabajo intelectual (entendido éste como contrapuesto al trabajo manual). A medida en que se va haciendo más compleja la producción de bienes mayor es la especialización: labradores y pastores, por ejemplo, o una especialización artesanal en la producción de herramientas y armas de caza. Pero ninguna de esas especializaciones produjo una diferenciación social que otorgara privilegios. En cambio la aparición de la especialidad intelectual sí lo hizo. Marx señaló ese momento con estas palabras:
La división del trabajo sólo se convierte en verdadera división a partir del momento en que se separan el trabajo físico y el intelectual... con la división del trabajo se da la posibilidad, más aún, la realidad de que las actividades espirituales y materiales, el disfrute y el trabajo, se asignen a distintos individuos... y en la división de la sociedad en diversas familias contrapuestas, se da al mismo tiempo, la distribución desigual, tanto cuantitativamente como cualitativamente del trabajo y sus productos... a partir del momento en que comienza a dividirse al trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades, que le es impuesto y del que no puede salirse... y no tiene más remedio que seguirlo siendo si no quiere verse privado de los medios de vida... Esta plasmación de las actividades sociales, está consolidación de nuestros propios productos en un poder material erigido sobre nosotros, sustraído a nuestro control, que levanta una barrera ante nuestras expectativas y destruye nuestros cálculos, es uno de los momentos fundamentales que se destacan en todo el desarrollo histórico anterior y, precisamente por virtud de la contradicción entre el interés particular y el interés común, cobra el interés común, en cuanto Estado, una forma propia e independiente, separada de los reales intereses particulares y colectivos...
Creo que con los textos presentados y la descripción de la revolución neolítica estamos en condiciones de comprender qué pasó. Una sociedad igualitaria, ante cambios tan profundos en la vida habitual de sus miembros, se vio envuelta en un proceso de diferenciación social que desató pasiones que fueron desconocidas durante cientos de miles de años, por los límites que imponía una práctica social comunitaria convertida en norma moral. Si se ha hablado de “feminización” neolítica, en el sentido de una suavización de los modos de las relaciones sociales, debemos hablar ahora de la imposición machista. Junto con la introducción de prácticas de poder en el seno de esa sociedad, la militarización de las relaciones con otras comunidades, por la que unos hombres dominaron y sometieron a otros, en el interior de ellas la mujer pasó a un segundo plano sometida al poder del varón. Nace la sociedad patriarcal.
El patriarcalismo es una configuración cultural que no reconoce más de siete u ocho mil años de existencia, que va de la mano con la aparición de la apropiación individual y desigual de bienes. La agresividad era un fenómeno prácticamente desconocido en las bandas de la era paleolítica hasta muy avanzada la neolítica. Dice Umberto Melotti que: «Es significativo que en las pinturas rupestres del Paleolítico superior no se representen combates entre hombres sino sólo escenas de caza», y agrega: «También entre los últimos cazadores-recolectores de la actualidad, que sin embargo viven en ambientes muchísimo más difíciles que los que habitaron las poblaciones análogas del Pleistoceno, predomina en las relaciones intra-específicas un espíritu solidario y pacífico». Avanza más adelante con lo siguiente: «Verdaderamente, la única especie de mamíferos que demuestra ser destructiva, sádica y asesina en gran escala es precisamente la del Homo sapiens actual, es decir, la que, paradójicamente, suele definirse a sí misma como “humana”, en el sentido pleno del término».
La descomposición de todo sistema social se manifiesta en la pérdida de los valores que lo sostenían. Estos valores corresponden a un modo de estructurar lo social a partir de las soluciones que hubieron dado a sus problemas. Es decir, son las prácticas generales de un modo de vida; de cómo el hombre se plantea su relación con los otros hombres, con la naturaleza y con los temas de la trascendencia, cualquiera sea la modalidad que ellos muestren. Cuando soluciones diferentes se imponen por las ventajas individuales de algunos miembros cambian también los valores anteriores, y es necesario que otros más acorde con las nuevas modalidades aparezcan. El descubrimiento de nuevas técnicas productivas de alimentos alteró las formas de vida del hombre del Neolítico, al producir gran cantidad de alimentos y poder conservarlos.
El arqueólogo británico Gordon Childe (1892-1957) corrobora esta idea cuando sostiene que «sobre la base de la economía neolítica se realizaron nuevos progresos, durante los períodos que los arqueólogos denominan Edades del Bronce y del Hierro, en cuyo lapso los agricultores produjeron más de lo que se necesitaba para el consumo doméstico, lo que permitió sostener a nuevas clases que no se dedicaban a la tarea de cultivar o cazar su propio alimento, sino al comercio, a la administración o al culto de los dioses». Se puede afirmar que en el seno de estas clases ociosas se comenzó a desatar la ambición, la competencia y los deseos de dominio para imponer las estructuras de poder que se fueron consolidando. Así lo muestran también los estudios comparados con culturas que llegaron a nuestros días atravesando ese momento de su evolución. Esos sectores sociales asentados en su posición dominante se vieron incentivados por nuevas prácticas sociales, sustentadas ahora en otra tabla de valores, estos privilegiaban la conquista y el dominio de la naturaleza y de los hombres. La sociedad de clases, la propiedad privada y la forma política del Estado tienen ya partida de nacimiento, cuya fecha no es mayor a ocho mil años atrás.
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Modos comunitarios en la comuna urbana
Siglos después podemos encontrar todavía formas comunitarias de organización social. Lo que caracteriza a la nueva ciudad medieval , cuna de un “nuevo hombre” el burgués (entre los siglos XI y XV), es el dinamismo que imprime a toda la actividad comercial y el carácter que ésta adquiere en el juego político interno. Dice Henri Pirenne (1862-1935), profesor de las universidades de Gante y Bruselas «jamás hubo en el pasado un tipo de hombre tan específico y claramente urbano como el que compuso la burguesía medieval». El origen de estas ciudades está intensamente ligado a la reactivación del comercio y a la importancia que éste adquirió en el nuevo ordenamiento económico-social que se estaba gestando. En Italia y en los Países Bajos son los territorios en los que puede observarse este crecimiento urbano con las nuevas modalidades que producen.
Los gremios artesanales componen la columna vertebral del nuevo orden social y la corporación de artesanos celebraban fiestas en las que se reconocían las habilidades especiales y el trabajo bien hecho. El producto del trabajo tenía una estrecha relación con el productor, no era una mera mercancía, como ocurriría en pleno capitalismo; existía el orgullo de la producción artesanal, rayana con lo artístico. Desde comienzos del siglo XI, entonces, podemos observar este proceso de conquistas paulatinas que, a mediados del siglo XII, conseguirá las primeras formas de autonomía comunal. Así la comuna aldeana municipal va a institucionalizar formas de organización que consolidarán la incipiente autonomía que exhiben al comienzo. Este proceso por los éxitos que muestra se va a extender a lo largo de Italia y Francia, así como del norte de Europa y posteriormente hacia el Rhin.
Según el filósofo argentino, profesor de la Universidad de Cuyo, Rubén Calderón Bouchet la legislación urbana transcribe en reglas jurídicas «los principios morales impartidos por la Iglesia», para quien era necesario «establecer para cada producto el justo precio, esto es, el precio mínimo». Podríamos decir, con conceptos actuales, un esbozo del estado benefactor a nivel comunal. Todo esto lo realizó de modo tal que despierta la admiración el profesor Pirenne, quien lo expresa con estas palabras:
Lo consiguieron mediante una reglamentación tan maravillosamente adaptada a su objetivo que se la puede considerar como una obra maestra de su género. La economía urbana es digna de la arquitectura gótica, de la que es contemporánea. Creó todas las piezas y diría gustosamente que creó ex nihilo una legislación social más completa que la de cualquier otra época de la historia incluida la nuestra. Al suprimir los intermediarios entre el comprador y el vendedor, garantizó a los burgueses el beneficio de una vida barata, persiguió incansablemente el fraude, protegió al trabajador contra la competencia y la explotación, reglamentó su trabajo y su salario, cuidó la higiene, se ocupó de su aprendizaje, impidió el trabajo de las mujeres y de los niños, al mismo tiempo que consiguió reservar para la ciudad el monopolio de alimentar con sus productos los campos de los alrededores y encontrar en zonas alejadas salidas para su comercio.
Es sorprendente para nosotros, hombres del siglo XXI, leer estas palabras de una época tan alejada, en tiempo y espacio, que presenta una organización social casi ideal respecto de la que nos rige. Una organización de la vida en comunidad que atendiera a tantas y tan variadas cuestiones y las resolviera de ese modo. La autoridad académica y la seriedad intelectual de quien lo dice no permiten dudas sobre el particular. Sostiene este autor que la monumentalidad de las catedrales del siglo XIII sólo son concebibles en su realización por el enorme entusiasmo de los burgueses, puesto que veían en su construcción, no sólo una glorificación de Dios sino, al mismo tiempo, una glorificación de sus ciudades para las cuales constituían, junto a sus torres, un magnífico ornamento.
La descripción que hace el príncipe ruso, militante anarquista, Pedro Kropotkin (1842-1924), de la vida en las comunas medievales, en un libro que tituló El Apoyo Mutuo, nos ofrece una pintura de aquella forma social. Podemos, siguiendo a este autor, corroborar y profundizar lo que hemos venido viendo de esta forma social, revolucionaria para su época, de cuyo estudio creo que podemos hoy sacar importantes enseñanzas. Aunque pueda aparecer como redundante, respecto de lo ya visto, no debe perderse el acento que este estudioso coloca en los aspectos solidarios de esta estructuración de la comuna aldeana. Dice Kropotkin respecto de la comuna medieval:
El objeto principal de la ciudad medieval era asegurar la libertad, la administración propia y la paz; la base principal de la vida de la ciudad era el trabajo. Pero la producción no absorbía toda la atención del economista medieval. Con su espíritu práctico comprendía que era necesario garantizar el consumo para que la producción fuera posible; y por esto proveer a la necesidad común de alimento y habitación para pobres y ricos era el principio fundamental de la ciudad. Estaba terminantemente prohibido comprar productos alimenticios y otros artículos de primera necesidad antes de ser entregados al mercado, o a comprarlos en condiciones especialmente favorables, no accesibles a todos, en una palabra, especular. Todo debía ir primeramente al mercado y allí ser ofrecido para que todos pudieran comprar hasta que sonara la campana y se anunciara el cierre. Sólo entonces podía el comerciante minorista comprar los saldos restantes: pero aún en este caso su beneficio debía ser un beneficio honesto... En una palabra, si la ciudad sufría necesidad, la sufrían entonces, más o menos, todos; dentro de sus muros nadie podía morir de hambre.
La palabra mercado debe ser entendida en sentido físico, un lugar de encuentro comercial, no en el abstracto que hoy tiene. Nos han llegado documentos de la época que demuestran que en muchas ciudades se designaban funcionarios para la compra de lo que la ciudad no producía, y se ofrecía por igual a todos los comuneros (los habitantes de las comunas). Del mismo modo muchos gremios artesanales hacían compras comunitarias de sus materias primas, repartiendo las utilidades que el mejor precio les proporcionaba. El espíritu del cristianismo se reflejaba en toda la actividad económica. El trabajo era considerado como un deber moral hacia el prójimo, ya que cumplía una función social. La idea de justicia con respecto a la ciudad, y la de verdad con respecto al productor y al consumidor y sus intercambios, eran la regla de todas las relaciones sociales. Reinaba un espíritu tal en el orgullo por el trabajo bien hecho, por cualquier artesano, que los defectos de fabricación avergonzaban a quien lo producía. Los defectos técnicos en las manufacturas afectaban el prestigio de toda la comuna, puesto que atentaban contra la confianza pública, por ello, como la producción era un compromiso social, quedaba bajo el control de la corporación del gremio la verificación de calidades, precios y modelos.
El historiador medievalista Jacques Le Goff corrobora lo afirmado. Es rescatable, desde nuestra perspectiva, recuperar la existencia de formas orgánicas institucionales, de producción y distribución, así como de control, en las que se imponía el sentido de servicio, aunque no excluía la necesidad de producir beneficios. En la línea de lo que venía afirmando afirma más adelante:
Realmente, cuanto más estudiamos las ciudades medievales tanto más nos convencemos de que nunca el trabajo ha sido tan bien pago y ha gozado del respeto general como en la época en que la vida en las ciudades libres se hallaban en su punto de máximo desarrollo. Más aún. No sólo muchas de las aspiraciones de nuestros radicales modernos habían sido ya realizadas en la Edad Media, sino que mucho de lo que ahora se considera utópico se aceptaba entonces como algo completamente natural.
Vuelvo a insistir que la sorpresa que puede experimentar el lector ante estas descripciones debe atribuirlas a los ocultamientos que impiden saber para evitar comparar. Sigamos. La subordinación del interés particular al interés general conlleva siempre una moral solidaria, un sentido de la corresponsabilidad, un sentimiento de solidaridad, pues implica el sacrificio del deseo propio en pos de la satisfacción del conjunto. Esto se ve en general en todas las corporaciones de artesanos y comerciantes, prueba de ello es lo que dice el sociólogo francés Emilio Durkheim (1858-1917), profesor de la Sorbona de París:
Estos reglamentos sobre los aprendices y obreros están lejos de ser desdeñables para el historiador y el economista. No son la obra de los siglos “bárbaros”. Llevan el sello de una perseverancia y de un cierto buen sentido que son, sin duda, dignos de ser señalados.
Por otra parte existían reglamentaciones que regulaban y castigaban con suma severidad las desviaciones a la probidad profesional, que cuidaban la calidad y el precio para evitar cualquier engaño al comprador. Todo lo dicho es suficiente para probar el carácter moral que presidía la actividad profesional, la producción y el comercio. Estas comunidades tenían una impronta que marcaba sus conductas: el carácter religioso de sus instituciones, de allí el tono moral de sus reglamentaciones. Cuando la ciudad medieval se desprende del dominio feudal se constituyen las comunas, dentro de las cuales las corporaciones profesionales van a desempeñar un papel político-institucional importante; los cuerpos de oficio que tanto habían hecho por el logro de esa independencia se fueron convirtiendo en la base de su estructura política:
Como ya vimos con Kropotkin, también el sociólogo francés percibe que mientras las corporaciones funcionaron independientemente y, a su vez, las comunas también lo hicieron, la solidaridad y la fraternidad fueron ingredientes de la vida cotidiana; fueron parte del patrimonio cultural que las ciudades defendían contra la centralización monárquica. Mientras los mercaderes tuvieron como clientes, más o menos exclusivamente, a los habitantes de las ciudades y sus alrededores se mantuvo el espíritu descrito. En tanto el mercado fue local los cuerpos de oficio y la organización municipal bastaron para controlar y satisfacer la transparencia de las conductas. Esto nos coloca frente a un modo de utilización del derecho a la propiedad privada que no atenta contra una buena distribución de bienes ni contra la satisfacción de las necesidades de todos.
Pero la extensión del comercio, dada la expansión por las conquistas en otros continentes, a zonas cada vez mayores y distantes requirió una producción cada vez más grandes y el taller artesanal no alcanzó para cubrir esa demanda. Algunos concibieron flexiblemente las reglas a fin de acomodarse a la nueva situación, en otros casos, algunos talleres se agrandaron fracturando las reglamentaciones sobre tipos de productos y cantidades. Todo ello atentó contra el espíritu gremial. No todos aceptaron las innovaciones. Aparece entonces un personaje nuevo: el intermediario, combatido antes por la reglamentación comunal. El mercader, es quien manda ahora a producir por su cuenta y es el que define el qué y el cómo se debe producir, hasta entonces resorte de la organización artesanal. Como consecuencia de esto algunos talleres crecen en tamaño de modo desproporcionado respecto de otros, dando lugar más tarde a las fábricas de la Revolución industrial, y aquellos otros desaparecen. La gran industria comienza a hacer sentir su presencia, desligada de los intereses comunales, su ámbito es más amplio y ambicioso; la conquista colonial ha extendido este espacio considerablemente. La producción pensada en una escala mayor se va asentar allí donde la favorezca la mano de obra abundante y barata, y la provisión de materias primas esté asegurada en las cantidades demandadas. La potencialidad industrial y comercial comienza a mostrar una agresividad no conocida hasta entonces. Esto debía entrar en conflicto necesariamente con la estructura de las corporaciones, y así fue.
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