viernes, 29 de mayo de 2009

En torno a la propiedad privada (Parte II)


Ricardo Vicente López

La propiedad privada en los documentos eclesiales

La historia de las iglesias se cruza con la historia del pensamiento cristiano y ello produce, para un sector importante de gente, grandes confusiones. Por ello el anticlericalismo, el ateísmo, el anticristianismo, el escepticismo religioso, el agnosticismo, son formas que adquiere la conciencia colectiva a partir de la modernidad europea. No es ajeno a esto el enfrentamiento de las burguesías europeas con las posiciones políticas a favor de las monarquías durante los siglos XVII al XIX. Quedaron confusamente expresadas las posiciones de muchos obispos que eran al mismo tiempo señores feudales y poseían vastas extensiones de tierra. La prédica de los intelectuales del iluminismo francés y de los liberales ingleses se expresó como la voz de ese descontento. No debe dejar de decirse que mucho de todo ello tenía fundadas razones al achacar a esos dignatarios de las iglesias connivencias con los peores intereses de las aristocracias y las noblezas reinantes.

Por todo ello, se torna imprescindible recuperar los conceptos que quedaron dichos en los documentos de las iglesias y en la voz de muchos de sus representantes a lo largo de siglos. La claridad en el tratamiento de la problemática sobre la propiedad merece ser nuevamente leída y puede sorprender a muchos. Esto no pretende ocultar que los comportamientos políticos de las jerarquías estuvieron muchas veces muy lejos de lo que se sostenía en las expresiones doctrinarias. El teólogo católico José Sols Lucia, profesor de la Universidad Ramón Llull de Barcelona, lo plantea con claridad:

Pocos conceptos del discurso social cristiano han recibido un grado tan alto de manipulación colectiva como el de "propiedad". La práctica eclesial ha acabado siendo a menudo el polo opuesto a lo formulado en sus escritos oficiales de Doctrina Social, no digamos ya a lo formulado en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, la inmensa mayoría de los católicos no tiene ni remota idea de lo que la Iglesia ha estado afirmando acerca de la propiedad durante veinte siglos. ¿Por qué tanta ignorancia precisamente en este punto? ¿Por qué tanto silencio? ¿Por qué tanta incoherencia?… De entrada, resulta significativo que, al decir "propiedad", nos salga espontáneamente decir, como si de una sola palabra se tratase, "propiedad privada". Parece que la propiedad sólo pueda ser privada, que nos cuesta imaginar otros tipos de propiedad. Pues resulta que hay muchos tipos de propiedad, y la privada sólo es uno de ellos. Que unamos "propiedad" a "privada" forma parte de la manipulación semántica en que vivimos.

Voy a seguir en el presente aparatado a este teólogo para mostrar los contenidos doctrinarios que confrontan con “la practica eclesial” y que dan lugar a las preguntas que formula. Lo que puede parecer sorprendente es que si nos ciñéramos a una exposición de las afirmaciones teóricas de la Iglesia respecto del concepto de propiedad esto podría resumirse en pocas líneas. Sería suficiente citar algunos documentos para demostrarlo. Es que el problema no radica en las declaraciones doctrinarias sino, como afirma el profesor, «en su disolución en la realidad histórica». Por ello, como aporte al conocimiento de un tipo de lector que no ha tenido acceso a esta literatura, voy a citar textos que abarcan más de veinticinco siglos de historia: desde lo escrito en el Antiguo Testamento, pasando por los Evangelios, las expresiones de los llamados los Primeros Padres de los siglos II al IV de nuestra era hasta los últimos documentos del magisterio eclesial. Trataré de no convertir esto en un texto demasiado pesado, pero creo que hay perlas que no deben quedar escondidas .

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El Antiguo Testamento

Comenzando por el Antiguo Testamento, dejo aclarado que lo utilizaré sólo como documento histórico en el que se puede encontrar una parte de la historia del pueblo hebreo (sin entrar en el difícil problema de ser la palabra de Dios), nos encontramos con pasajes muy interesantes para esta investigación. En el Libro del Éxodo (uno de los cinco libros del Pentateuco) se dice: «Si prestas dinero a un miembro de mi pueblo, al pobre que vive a tu lado, no te comportarás con él como un usurero, no le exigirás interés. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, porque ése es su único abrigo y el vestido de su cuerpo» [Ex. 22, 24]. En el Levítico (otro de los cinco libros) se prevé la posibilidad cierta de que algunos acumulen mucho más riquezas que otros y, como consecuencia los empobrecidos, hayan perdido su propiedades por haber recurrido al préstamo. Esta preocupación tiene como fundamento el reparto igualitario de tierras que se había realizado mediante un sorteo al llegar a esas tierras de Canaán: «Esta es la tierra que ustedes se repartirán como herencia por medio de un sorteo» [Num. 34, 13] dijo Moisés. La desigualdad era un tema preocupante para los hebreos. Estaba viva todavía la memoria de los viejos tiempos en tierra de los faraones, por ello este tema reaparece varias veces bajo distintas formas.

De allí que al entrar a las tierras de Canaán Moisés les recomiende trabajar la tierra durante seis años y el séptimo dejarla descansar; sólo tomar ese año lo que ella produjera por sí misma (una sabiduría que hoy llamaríamos ecológica). Durante cuarenta y nueve años debe hacerse eso (siete veces siete años) y al año siguiente, el año cincuenta se llega al año jubilar. El séptimo mes de ese año debe ser proclamado así. Ahora leamos el Levítico: «Entonces harás resonar un fuerte toque de trompeta: el día diez del séptimo mes -el día de la Expiación- ustedes harán sonar la trompeta en todo el país. Así santificarán el quincuagésimo año, y proclamarán una liberación para todos los habitantes del país. Este será para ustedes un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y regresará a su familia... En este año jubilar cada uno de ustedes regresará a su propiedad. Cuando vendas o compres algo a tu compatriota no se defrauden unos a otros» [Lev. 25, 9]. Cada cincuenta años se debían condonar todas las deudas, incluso se debían devolver todos los bienes que se habían tomado como pago de deudas, o aquellos que habían sido comprados a un necesitado en condiciones de ventaja abusiva. La tenencia (no la propiedad, que no era permitida) de la tierra era transitoria y cada cincuenta años se volvían a sortear las parcelas para colocar en igualdad de condiciones a todos.

La posesión de la tierra generaba una responsabilidad social por su tenencia y explotación. La cultura patriarcal dominante hacía responsable de una parcela de tierra sólo al varón casado, razón por la cual quedaban desprotegidos en caso de muerte la viuda y el huérfano. Tampoco el extranjero tenía derecho a recibir una parcela. La responsabilidad social obligaba a hacerse cargo de todo aquel que quedara en una situación miserable, por diversas causas, por ello se dice: «Si tu hermano se queda en la miseria y no tiene con que pagarte, tú lo sostendrás como si fuera un extranjero o un huésped, y el vivirá junto a ti. No le exijas ninguna clase de interés: teme a tu Dios y déjalo vivir junto a ti como un hermano. No le prestes dinero a interés ni le des comida para sacar provecho» [Lev. 25, 35]. En el Deuteronomio se agrega: «Al cabo de tres años deberás separar la décima parte de todo lo producido ese año y lo depositarás en la puerta de tu ciudad. Entonces vendrá a comer el levita, ya que el no tiene posesión ni herencia contigo; y lo mismo harán el extranjero, el huérfano y la viuda que están en tus ciudades, hasta quedar saciados» [Deut. 14, 28-29].

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La prédica del nazareno

La prédica y la práctica social de Jesús de Nazaret (a quien me refiero como personaje de la historia solamente) nos permiten recoger de los evangelios algunas de sus palabras contra los ricos. Lo que queda claro de su pensamiento es que si hay ricos, es porque hay pobres, no hay riqueza sin pobreza. El término riqueza en él significa una gran acumulación de bienes en comparación con las escasas posesiones de otras muchas personas, y esas posesiones han caído siempre en manos de una minoría frente a una mayoría que carece de bienes necesarios. Contra esa situación Jesús es terminante: «Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban» [Mt 6,19]; «Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» [Mt 6,24]; «Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de Dios» [Mc 10,25]. Ante el pedido de un joven rico que cumplía con todos los mandamientos de la Ley respecto de qué debía hacer para ser uno de sus discípulos Jesús le dijo: «Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza; y, anda, sígueme a mí» [Mc 10,21]. La riqueza llevaba impresa una sospecha respecto a cómo se había conseguido.

Los Padres de la Iglesia, fueron consecuentes con la prédica de Jesús. Como San Juan Crisóstomo, nacido en Antioquía a mediados del siglo IV, dice: «Dime, ¿de dónde te viene a ti ser rico?, ¿de quién recibiste la riqueza?, y ése, ¿de quién la recibió? Del abuelo, dirás, del padre. ¿Y podrás, subiendo el árbol genealógico, demostrar la justicia de aquella posesión? Seguro que no podrás, sino que necesariamente su principio y su raíz ha salido de la injusticia». No es que el tener sea malo en sí, sino que lo es cuando su origen no es claro y, además, no beneficia a todos: «Y hablo así, no porque la riqueza sea un pecado; no, el pecado está en no repartirla entre los pobres, en usar mal de ella. Nada de cuanto Dios ha hecho es malo; todo es bueno y muy bueno. Luego también las riquezas son buenas, a condición de que no dominen a quienes las poseen, a condición también de que remedien la pobreza».

San Ambrosio, obispo de Milán, también en el siglo IV, acusa: «¿Hasta dónde pretendéis llevar, Oh ricos, vuestra codicia insensata? ¿Acaso sois los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expoliáis a los que son de vuestra misma naturaleza y vindicáis para vosotros solos la posesión de toda la tierra? En común ha sido creada la tierra para todos, para ricos y pobres, ¿por qué os arrogáis el derecho exclusivo al suelo? Nadie es rico ni pobre por naturaleza, pues ésta engendra igualmente pobres a todos… La naturaleza no distingue a los hombres ni en su nacimiento ni en su muerte». Y a continuación añade: «La naturaleza no engendró el derecho común; el uso establecido, el derecho privado». San Basilio, obispo de Cesárea de Capadocia en ese mismo siglo, contesta con dureza: «¿A quién, dices, hago agravio reteniendo lo que es mío? ¿Y qué cosas, dime, son tuyas? ¿Las tomaste de alguna parte y te viniste con ellas a la vida? Es como si uno, por ocupar primero un asiento en un teatro, echara luego afuera a los que entran, haciendo cosa propia lo que está allí para uso común».

Insiste San Basilio: «Tales son los ricos. Por haberse apoderado primero de lo que es común, se lo apropian a título de ocupación primera. Si cada uno tomara lo que cubre su necesidad y dejara lo superfluo para los necesitados, nadie sería rico, pero nadie sería tampoco pobre… Y tú, encerrándolo todo en los senos insaciables de tu avaricia, ¿no crees cometer agravio contra nadie, cuando a tantos y tantos defraudas?… En resolución, a tantos haces agravio, a cuantos puedes socorrer».

Denuncia además la violencia que los ricos ejercen contra los pobres, porque les molesta ver que éstos puedan tener algo que ellos no tienen. Compara esto con la historia bíblica de Nabot narrada en el libro de los Reyes que podría ser hoy relatada en diversas partes del mundo actual: «La historia de Nabot sucedió hace mucho tiempo, pero se renueva todos los días. ¿Qué rico no ambiciona continuamente lo ajeno? ¿Qué rico no trama arrojar al pobre de su pedazo de terruño y anular las lindes del campo que el miserable recibió de sus antepasados? ¿Qué rico se contenta con lo que tiene? No ha sido Nabot el único pobre asesinado: cada día un Nabot cae por los suelos; cada día algún pobre es asesinado». José Vives, profesor de la Universidad de La Rioja, España, subraya la novedad radical de la concepción patrística con respecto al derecho romano vigente en aquella época, que volvió a tomar vigencia en el derecho burgués en el mundo occidental: «Esta novedad consiste en el rechazo de la doctrina del derecho romano que dictaminaba que cada uno podía usar simplemente privata ut propia (en el sentido de que “cada uno podía hacer de lo suyo lo que le viniera en gana”), para agregar que de alguna manera también privata sunt communia, es decir, que la privatización sólo se justifica en cuanto y en tanto real y efectivamente contribuya mejor al bien de todos».

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El tema de la propiedad en el medio evo

Avanzando en el tiempo, para no recargar este texto, nos detenemos en el siglo XIII, en Italia, para poder leer cómo se interpretó el tema en las palabras de un filósofo y teólogo fundamental para esa etapa. Allí nos encontramos, en continuidad con las doctrinas expuestas sobre los bienes y la propiedad sobre ellos, con Tomás de Aquino (1225-1274), quien hace el siguiente planteo:

Todo lo que es contrario a la ley natural es ilícito; y según el derecho natural todas las cosas son comunes, (es decir) a esta comunidad (de bienes) repugna la propiedad de posesiones. Por lo tanto, es ilícito al hombre apropiarse de algún bien exterior... A la primera objeción hemos de decir que la comunidad de bienes es de derecho natural, no porque el derecho natural exija que todas las cosas han de ser poseídas en común y nada pueda ser poseído como propio, sino porque, según el derecho natural, no hay distinción de posesiones, que es más bien una convención (o pacto) humana, que pertenece al derecho positivo... Por lo que la propiedad de bienes no se opone al derecho natural, sino que está sobreañadida al derecho natural por la invención de la razón humana.

Sin menospreciar las dificultades del lenguaje que utiliza, propio del medioevo, intentemos comprenderlo: Es natural el derecho de las comunidades que se encuentran en una etapa, como ya vimos, en la que los bienes son comunes. Si lo que está en el centro de la cuestión es el bien común no puede éste ser subordinado a un moralismo imperante en una determinada cultura, ni a un sistema social que acepte e imponga el orden establecido como el bien a preservar. De allí se concluye que es contrario a la simple intuición encontrar la naturaleza repartida, entre un conjunto de hombres propietarios y otro mucho mayor de excluidos de la propiedad, si se tiene en cuenta que en el origen no había propietarios, “todos los bienes eran comunes”.

La apropiación que hoy observamos, que tiene su origen en una etapa no anterior a ocho mil años atrás, debe ser explicada por el estudio de la historia, no es de derecho natural (no es natural que unos sean propietarios y la mayoría no). Por ello Tomás nos está diciendo que de acuerdo a lo que se desprende de la naturaleza de las cosas los bienes son comunes a todos, y esto es fundamental. Pero el derecho positivo ha legislado sobre el tema de la posesión de los bienes dando lugar a la aparición de la propiedad positiva, y esto debe ser entendido como una convención, como un pacto entre los hombres que define una norma legal y, por tanto, modificable históricamente. Atendiendo a la justicia en la repartición de esos bienes, y cuando es manifiesto que esa posesión violenta la justicia distributiva nada impide modificar el estatuto de esa propiedad. Reafirmando lo dicho escribe en otra parte Tomás:

Algo es de derecho natural de dos maneras: o porque a esto la naturaleza se inclina, como, por ejemplo: no hacer el mal al prójimo; o cuando la naturaleza no induce a lo contrario... Así la posesión común de todas las cosas es de derecho natural; mientras que la distinción de las posesiones no son derivadas de la naturaleza, sino de la razón de los hombres, para la utilidad de la vida humana. La ley natural no ha sido cambiada por esto, sino más bien completada.

Las consideraciones de Tomás permiten comprobar que la doctrina no ha variado hasta acá. La ley natural nos habla sobre la justicia de la propiedad en común, la razón humana, a través de la sanción de normas legales, ha avanzado sobre ella y ha dispuesto la propiedad privada que sólo queda justificada para un mejor uso de la propiedad común. Siempre en orden a garantizar el bien común, atendiendo mejor a la necesidad de todos, con las aclaraciones ya hechas.

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El concepto en los documentos eclesiales

Para completar este tema pasemos a leer algunos documentos del magisterio, para comprobar cómo se ha mantenido en líneas generales la doctrina sobre la propiedad. Para ello mantendré una exposición cronológica a partir del Concilio Vaticano II, afirmando que salvo el cambio de palabras y de redacciones de las diferentes épocas no se encontrará nada diferente a los documentos anteriores. Empecemos con el documento final Gaudium et spes (1965):

Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. El hombre... no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás.

Pablo VI (1897-1978) apunta en la misma dirección en la Populorum progressio (1967):

La Biblia, desde sus primeras páginas, nos enseña que la creación entera es para el hombre, quien tiene que aplicar su esfuerzo inteligente para valorizarla y, mediante su trabajo, perfeccionarla, por decirlo así, poniéndola a su servicio. Si la tierra está hecha para procurar a cada uno los medios de subsistencia y los instrumentos de su progreso, todo hombre tiene el derecho de encontrar en ella lo que necesita. Todos los demás derechos, sean los que sean, incluso el de propiedad, están subordinados a ello. [La propiedad] no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto... El bien común exige algunas veces la expropiación si por el hecho de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de la miseria que de ello resulta a la población, del daño considerable producido a los intereses del país, algunas posesiones sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva. El Concilio ha recordado... no menos claramente, que la renta disponible no es cosa que queda abandonada al libre capricho de los hombres; y que las especulaciones egoístas deben ser eliminadas. Desde luego no se podría admitir que ciudadanos provistos de rentas abundantes, provenientes de los recursos y de la actividad nacional, las transfiriesen en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria.

Juan Pablo II (1920-2005) podrá afirmar más tarde en la Laborem exercens (1981):

La propiedad, según la doctrina de la Iglesia, nunca se ha entendido de modo que pueda construir un motivo de conflicto social con el trabajo... La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción: considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas, con el fin de contraponerlos al trabajo, en la forma de “capital”, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser poseídos ni siquiera para poseer, porque el único título legítimo para su posesión es que (en forma de propiedad privada o pública) sirvan al trabajo... El reconocimiento de la justa posición del trabajo y del trabajador dentro del proceso productivo, exige varias adaptaciones en el ámbito del derecho mismo a la propiedad de los medios de producción".

Algo más de la Laborem exercens, en la que confirma este modo de entender la propiedad privada:

La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes... hagan posible la realización del primer principio de aquel orden, que es el destino universal de los bienes y del derecho a su uso común.

En la sociedad capitalista, en la que el mercado se atiene a las diferencias de capacidad adquisitiva, sólo pueden cubrir sus necesidades los que están en condiciones de pagar por ellas. En la democracia cada ciudadano vale un voto, en el mercado cada agente vale el dinero que posea. Además la atención de las necesidades queda librada a un juego perverso: unos pocos satisfacen hasta las superfluas y los más no alcanzan a las mínimas. Por ello se sostiene en la Centesimus annus (1991):

Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana... No se ha superado, en cambio, la alienación en las diversas formas de explotación, cuando los hombres se instrumentalizan mutuamente y, para satisfacer cada vez más refinadamente sus necesidades particulares y secundarias, se hacen sordos a las principales y auténticas, que deben regular el modo de satisfacer otras necesidades.

Aparece entonces la falacia sobre la que se apoya cierto democratismo de cuño liberal cuando separa lo político de lo económico. Además se da un tratamiento de todo ello por fuera de lo ético, entonces desaparecen las responsabilidades personales y colectivas frente a las calamidades en que está sumergida una parte importante de la población del planeta. A pesar de todas estas citas, en las que queda claro cómo se expone en los textos a lo largo de los siglos la doctrina sobre la propiedad, quiero repetir acá, entonces, las palabras de José Sols Lucia, que vuelven a subrayar la contradicción entre lo expresado y las prácticas realizadas: «Pocos conceptos del discurso social cristiano han recibido un grado tan alto de manipulación colectiva como el de "propiedad". La práctica eclesial ha acabado siendo a menudo el polo opuesto a lo formulado en sus escritos oficiales de Doctrina Social, no digamos ya a lo formulado en el Antiguo y el Nuevo Testamento».

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Discordancia entre lo dicho y las prácticas eclesiales

Si este tipo de crítica puede llamar la atención del lector desprevenido, o desconocedor de la enorme capacidad autocrítica que se mantiene en el seno de la Iglesia, signo de salud y vitalidad, es en gran parte porque nada de todo ello aparece en los medios recomunicación fuente casi excluyente de donde se extrae la información que circula para el gran público. Sin embargo, a pesar de todo este desconocimiento, los debates internos no se acallan y se puede encontrar en ellos posiciones muy sólidas en defensa de una distribución más justa de la propiedad. Una explicación a los desvíos doctrinarios podemos encontrarla en las palabras del sacerdote Luis González-Carvajal, profesor de teología del Instituto Superior de Teología de Madrid, quien habla de los comienzos de estos desvíos doctrinales y prácticas sociales:

Las cosas empeoraron a partir del siglo IV, cuando comenzó la época de la monoinculturación. Se impuso a todo el mundo una teología elaborada a partir de las categorías grecolatinas, una liturgia inspirada en los ceremoniales de las cortes imperiales, una legislación construida en los talleres del derecho romano y una autoridad marcada por el modelo monárquico.

Todo ello fue desarrollando un modo de entender la realidad social que llevó a modificar la interpretación doctrinaria del concepto de propiedad, siendo arrastrado éste por los valores de la cultura del imperio y, más tarde, por los de la cultura medieval, feudal y monárquica. Este lastre de valores no propios del cristianismo lo lleva a este profesor a decir:

A partir del momento en que comenzó el proceso de secularización de la sociedad (entre los siglos XVI y XVII), la Iglesia - incapaz de descubrir los valores evangélicos que subyacían al mismo- se negó a despedirse de la cultura que fenecía, comenzando así una etapa de creciente aislamiento. Podríamos decir que desde el siglo XVI la Iglesia ha vivido permanentemente a la defensiva... Alguien ha dicho cáusticamente que la Iglesia lleva siempre “una revolución de retraso”: cuando tuvo lugar la Revolución Francesa la Iglesia se aferró al Antiguo Régimen, logrando que la burguesía se volviera ferozmente anticlerical; cuando comenzó a fraguarse la revolución proletaria la Iglesia empezaba a sentirse a gusto en medio de la burguesía y se alió con ella frente a los trabajadores.

Estas contradicciones, a las que alude nuestro teólogo, nos permiten comprender por qué las manifestaciones que, muchas veces, salen de algunos miembros de las iglesias no coincidan con el fondo profundo y permanente de las verdades evangélicas. A veces, por la falta de un discernimiento que logre separar debidamente conceptos claros en los textos de las filtraciones de valores ideológicos de las culturas dominantes. No se puede ocultar que también en esas palabras se pueden advertir dos cosas: una pobre formación intelectual en algunos que los lleva a ignorar gran parte de lo que se ha escrito durante siglos, ya mostrado o, y esto también es bastante habitual, una especie de esquizofrenia que separa lo que se lee en los textos, entendidos como doctrinas universales pero no aplicables muchas veces a ciertas situaciones puntuales. No se puede soslayar aquí la incidencia de ideologías conservadoras, compromisos políticos que inciden en las posiciones a adoptar, por sobre el compromiso social con los más necesitados. Este compromiso que se declara constantemente no aparece siempre acompañado por actitudes en consonancia. Esto se percibe, más de una vez, en las manifestaciones periodísticas de algunos dignatarios eclesiásticos, más preocupados por posiciones políticas circunstanciales olvidando las verdades de los contenidos tradicionales de la Iglesia cuando analizan situaciones sociales, políticas o económicas.

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La propiedad en el capitalismo

La historia de los seres humanos, a lo largo de cientos de miles de años, nos ha mostrado una amplia gama de soluciones para encarar la satisfacción de las necesidades vitales. La experiencia desarrollada nos enseña que todas ellas han requerido de una forma institucionalizada (dentro del marco de posibilidades de cada cultura) de diseñar una forma de relación de los miembros de la comunidad entre sí y de ellos con la naturaleza, que hiciera posible la mejor utilización posible de los recursos. El sociólogo Dr. Antonio Elizalde Hevia, Rector de la Universidad Bolivariana, sostiene: «En las sociedades sin clases del pasado y en algunas que todavía sobreviven, la forma de apropiación fue predominantemente social o colectiva. Es la sociedad capitalista la que para su desarrollo requirió, como condición necesaria, la eliminación de toda forma de apropiación que no fuese individual. De modo tal que el capitalismo globalizado en el cual hoy vivimos ha terminado por reducir a su mínima expresión todos aquellos que fueron bienes comunes en el pasado». Esta síntesis plantea con toda claridad cuál es la condición esencial de la sociedad capitalista, de allí se puede deducir con mayor claridad gran parte de las consecuencias que debemos enfrentar hoy.

Ésta es la razón que motivó avanzar en el presente estudio. El ocultamiento de esa historia pasada, por miopía intelectual o por malas intenciones, ha impedido iluminar con ese pasado el problema actual de la propiedad. Ello logró que el tema fuera circunscrito, para su abordaje, al estudio de las formas que adquirió desde la experiencia del imperio romano hasta su reelaboración por el derecho burgués. La caída del Muro de Berlín permitió que tanto investigadores como profesionales de las ciencias sociales arrojaran al cesto de los residuos el estudio de otras formas de propiedad como modelos alternativos posibles, con las necesarias adecuaciones sociales, históricas y políticas. El fracaso de la experiencia histórica soviética sirvió de excusa para enterrar toda referencia posible a otras formas de propiedad social. Al reducir el estudio al ámbito de la sociedad de clases no pudo (o no permitió) que se comprendiera que el derecho que sostenía el concepto de propiedad privada avalaba las instituciones de una sociedad construida sobre la explotación y la exclusión.

La diferencia que señala el filósofo Enrique Dussel entre propiedad privada y propiedad positiva es muy aclaratoria para lo que venimos pensando. La primera es la propiedad que priva a otros de la posesión, es decir, es un tipo de propiedad que aparece como primera forma histórica de delimitar territorios de caza y mucho más tarde de cultivo. Ese tipo de propiedad corresponde a todos los miembros de las tribus o clanes que se asientan en un lugar y ejercen allí su dominio, privando a otras tribus o clanes de esa posesión (es privada porque priva). Pero el hecho de ser privada no impide que dentro de la tribu o el clan sea común a todos sus miembros. Este tipo de propiedad es la que en muchos tratadistas aparece como la propiedad natural, distinguiéndola de la segunda. Otra cosa distinta es la propiedad positiva, la propiedad que se desprende del hecho jurídico de legislar sobre determinadas formas de relación de los hombres con los bienes, este tipo de propiedad aparecerá necesariamente ligada al nacimiento de la sociedad de clases y del Estado. Esta forma de organización social requiere esta institución suprasocial que legitime la posesión de determinados bienes y vele por el cumplimiento de lo normado. Esto es especialmente necesario en situación de extrema desigualdad social, para garantizar la propiedad de unos por sobre la exclusión de muchos.

Es importante descubrir algunos de los mecanismos ideológicos que la sociedad moderna occidental ha puesto en marcha para encubrir la desigual distribución del producto del trabajo social. Volvamos a Elizalde Hevia: «El capitalismo ha configurado un imaginario anclado en la creencia en la escasez como la condición dominante en el ámbito de la economía y desde allí ha contaminado todos los ámbitos de la existencia humana. Al considerar la escasez como un principio casi equivalente al principio de realidad, los seres humanos nos vemos obligados, casi compulsivamente, a acumular todo aquello que teñimos con el atributo de la escasez, y a defender lo acumulado haciendo uso de todos los recursos de los cuales disponemos. En la sociedad capitalista llega a ser considerado casi anormal o patológico el compartir, cuando la emoción del compartir fue una condición constitutiva de la evolución de nuestra condición de primates a humanos».

Mediante este mecanismo ideológico que funcionó como fundamento de toda la ciencia económica se logró una invisibilización de amplios segmentos de la realidad que ocultó de la percepción colectiva a todos aquellos recursos que por su naturaleza son abundantes y por los cuales los seres humanos no necesitan competir, «sesgando por ende nuestra percepción de la realidad y destacando en ella únicamente aquellos recursos que por su naturaleza son escasos. De tal manera, incluso, se contagió con el atributo de la escasez a los recursos que abundan, y aún más, también a los que para crecer requieren de manera imprescindible ser compartidos. Operó de tal modo un verdadero enmascaramiento de la realidad, un proceso de ideologización y de creación de una falsa conciencia», continúa Elizalde Hevia. Es así que ante la mirada de los especialistas la economía capitalista ha logrado colonizar lo abundante transformándolo en escaso convirtiéndolo, entonces, en bienes que el mercado los convierte en visibles, por medio de la mercantilización privatizada. Desaparece la condición de bienes gratuitos y libres como modos de acceder a lo abundante, como lo era antes de ser mercantilizados. Esto no excluye que haya bienes escasos, como afirma el autor, sino que desaparecen del campo de estudio económico los que no lo son, hasta que puedan aparecer como bienes transables.

Este ha sido el mecanismo institucional necesario para permitir que se llevasen a cabo aquellos cambios fundamentales en la vida social. Nos encontramos frente a la condición necesaria para el inicio y desarrollo de «los procesos de acumulación en gran escala, y el surgimiento del capital, que se constituyó así en la más enorme fuerza transformadora de la existencia del hombre que ha operado en la historia. Ello implicaba la necesidad de producir una ruptura total de las formas de organización de la convivencia humana reguladas por la búsqueda de la simetría y la cooperación, y la violación de la escala humana en las relaciones entre los seres humanos. Esta ideología de la escasez pintó la realidad de tal modo que empujó a los hombres hacia la competencia en vez de la cooperación, al logro del lucro y del beneficio por sobre la minimización del riesgo, a la búsqueda de certezas en el tener por encima del ser», completa Elizalde Hevia.

Por su parte el Dr. Demetrio Velasco Criado, profesor de Pensamiento Político en la Universidad de Deusto, muestra su indignación por los modos ideológicos e institucionales y denuncia como se manejan conceptos y criterios legitimantes: «El derecho de propiedad privada, tal como se ejerce y legitima hoy en nuestras sociedades, es un escándalo para la razón moral. El que se pueda ser propietario de recursos ilimitados, sin graves reparos legales y morales, cuando una gran parte de la población mundial carece de lo necesario para vivir, es un hecho que refleja la “dialéctica criminal” que rige nuestro mundo. Pero, si esta situación es gravísima, no lo es menos la legitimación ideológica de la misma, que pretende presentarla como “normal” e incluso como “razonable”. ¿Cómo ha sido posible afirmar, durante siglos, que el derecho de propiedad privada es un derecho natural y sagrado al que se subordinan y del que dependen todos los demás derechos humanos, por fundamentales que sean?».

La crítica del profesor Velasco Criado nos obliga a entrar en la consideración de formas alternativas de pensar la propiedad. Esto no debe ser entendido como un retornar melancólico a modelos comunitarios de las sociedades anteriores o de culturas que se desarrollaron en otro curso de la historia, como ya vimos. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII hasta el XIX en Europa se planteó el tema de la propiedad privada con debates políticos intensos. Debo decir que no lo puedo tratar acabadamente, por la extensión que supondría embarcarnos en el estudio de cómo se presentó este tema en los diversos autores. Sólo utilizare algunos de sus máximos expositores y muy brevemente para tener un primer acercamiento. Y para comenzar, es necesario decir que Carlos Marx nunca abogó por una abolición de la propiedad sin más, como lo deja aclarado en el Manifiesto Comunista de 1848:

Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a cambios históricos, a alteraciones históricas constantes. Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa. Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros. Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.

Él define precisamente qué tipo de propiedad proponen eliminar y entiende que es necesario argumentar sobre la causa de tal afirmación. Por ello aclara poco más adelante:

Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia. ¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano!... Os aterráis porque queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes!

La propiedad privada burguesa existe sobre la necesidad de la desapropiación de “las nueves décimas partes de la población”. Pocos años antes Marx había apuntado en sus cuadernos de notas, conocidos como Manuscritos de 1844, la peculiaridad con que opera el razonamiento de los economistas. «La economía política parte del hecho de la propiedad privada», equivale a decir la toma como un hecho natural de la sociedad moderna, «en realidad la describe en fórmulas generales y abstractas, que en seguida adquieren para ella valor de leyes» a partir de las cuales se sigue el estudio de la producción moderna. «No comprende estas leyes, es decir, no muestra de qué modo derivan de la esencia de la propiedad privada. La economía política no nos suministra explicación alguna acerca de la razón de la separación entre trabajo y capital». Al no plantearse el origen del proceso que dio lugar a este estado actual de cosas en la sociedad capitalista, como hemos vista más arriba. Por ello nos advierte: «No hagamos como el economista que, cuando desea explicar algo se coloca en un estado originario íntegramente fabricado. Esa clase de estado originario nada explica… Supone que en la forma del hecho, del acontecimiento, ya está dado lo que debería deducir de él… Así, el teólogo explica el origen del mal por el pecado original, es decir supone como un hecho, en forma histórica, lo mismo que debería explicar». Aguda observación y comparación de métodos por los cuales se da por cierto lo que debería ser explicado, es decir, el origen de las cosas.

La poca lectura que los textos de Carlos Marx han merecido en las últimas décadas exigen ser un poco rigurosos con las expresiones doctrinarias de este autor, sobre todo cuando durante el siglo XX se lo ha citado tanto para hacerle decir las más diversas afirmaciones. Ya en vida del autor se veía obligado a desmentir teorías que se le atribuían. En una de sus tantas humoradas le dijo por carta a su editor, que le reprochaba cosas que no había escrito, «lo único que puedo decirle es que yo no soy marxista». Pero la ironía de Marx no logró impedir que se siguieran acumulando disparates en su nombre, mucho más, claro está, tras su muerte en 1883.

Por ello creo importante atenerme a sus textos. Las críticas que realizó a ciertos modos de argumentar, partiendo de un punto originario mítico, denunciaba el resultado de la operación de encubrimiento, muchas veces por ignorancia, de cosas que de ser explicadas deslegitimarían instituciones claves del sistema de propiedad, fundamentalmente, la propiedad burguesa capitalista. En este sentido uno de los que investigando el modo de producción capitalista propuso una explicación fue Adam Smith (1723-1790), quien propone la doctrina del valor-trabajo. Sin meternos de lleno en esta doctrina sólo enunciaré brevemente que postula que es el trabajo el origen del valor de toda mercancía, el trabajo social en todas sus formas, por lo que sin trabajo no habría valor. Si nos remontamos al inglés John Locke (1632-1704) podemos encontrar una argumentación que legitima la propiedad como producto del trabajo humano:

Aunque la tierra y todas las criaturas inferiores sirvan en común a todos los hombres, no es menos cierto que cada hombre tiene su propia propiedad. Nadie, fuera de él mismo, tiene derecho alguno sobre ella. Podemos afirmar también que el esfuerzo de su cuerpo y la obra de sus manos son auténticamente suyos. Por eso, siempre que alguien saca alguna cosa del estado en que la Naturaleza lo produjo y lo dejó, ha puesto en esa cosa algo de su esfuerzo, le ha agregado algo que es propio suyo; y por ello la ha convertido en propiedad suya. Habiendo sido él quien ha apartado de la condición común en que la Naturaleza colocó esa cosa, ha agregado a ésta, mediante su esfuerzo, algo que excluye de ella el derecho común de los demás.

Debemos ubicar a Locke en su época para comprender que su discurso se enuncia como defensa del hombre burgués (pequeño artesano, agricultor, comerciante, etc.) ante los abusos sobre la propiedad de parte de la nobleza. Lo sustancial de su afirmación es que el trabajo es la fuente del derecho a la propiedad, por lo que agrega: «Siendo, pues, el trabajo o esfuerzo propiedad indiscutible del trabajador, nadie puede tener derecho a lo que resulta después de esta agregación [su trabajo], por lo menos cuando existe la cosa en suficiente cantidad para que la usen los demás». La segunda mitad del siglo XVIII será escenario del salto de la producción artesanal a la producción industrial. Ese artesano al que hace referencia Locke correrá diferentes suertes: unos se convertirán en obreros asalariados de la fábrica propiedad del que se convirtió en capitalista. Entonces, esa doctrina no tendrá cabida en las nuevas relaciones de trabajo. Por tal razón Smith, en la misma línea del pensamiento evangélico puritano, defenderá el derecho a la retribución del trabajo realizado por el valor que le incorpora ese trabajo a la mercancía. Este pensador, fallecido en 1790, no alcanza a ver los excesos que la Revolución industrial comete en la explotación de los obreros industriales. Esto será la tarea de denuncia de los pensadores socialistas y anarquistas.

Repito esto para analizar lo que puede ser una sorpresa para algunos. El concepto que relaciona el trabajo con la propiedad aparece en la encíclica, ya citada Laborem exercens de Juan Pablo II: «La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción: considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas, con el fin de contraponerlos al trabajo, en la forma de “capital”, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión». Y, con respecto a la relación entre la propiedad del capital y el trabajo, dentro de la línea de los clásicos socialistas, el papa dice: «es verdad que el capital, al igual que el conjunto de los bienes de producción, constituye a su vez el producto del trabajo de generaciones, entonces no es menos verdad que ese capital se crea incesantemente gracias al trabajo llevado a cabo con la ayuda de ese mismo conjunto de medios de producción, que aparecen como un gran lugar de trabajo en el que, día a día, pone su empeño la presente generación de trabajadores». Queda afirmada la prioridad del trabajo por sobre la propiedad del capital, además que éste es el resultado del esfuerzo social colectivo de las generaciones anteriores, en la misma línea que Marx.

De esta cita, como de las que la han precedido y que mantienen una coherencia doctrinaria, aún con Marx, se puede deducir que la propiedad sólo debe cumplir la función de facilitar, mejorar, hacer más eficiente y eficaz, multiplicar, perfeccionar, el sistema de producción con el objeto de poner los bienes necesarios al servicio de todos los hombres. Y, como ya hemos visto, en la doctrina tradicional desde la antigüedad hebrea, hay una preocupación constante por el destino final de los bienes, para que éstos sean puestos al servicio de las necesidades de todos los hombres. Repensemos la cita de Juan Pablo II: cuando la propiedad adquiere la forma de capital, y esto señala directamente al sistema capitalista, éste debe ser considerado específicamente y de manera excluyente una forma de explotación del hombre de trabajo. Porque sólo allí la propiedad se convierte, por su propia naturaleza esencial, diferente a toda otra forma histórica, en un mecanismo de explotación. Por ello, hace la reflexión que distingue cómo funciona específicamente la relación entre dinero, convertido en capital, y el trabajo asalariado.

Volvamos a leer: «La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo», es decir para que haga posible la puesta en marcha del proceso productivo. Por tal razón agrega: «Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción», es decir, a aquellos instrumentos que facilitan, aceleran, perfeccionan, la producción de bienes. Puesto que en cuanto se los utiliza: «con el fin de contraponerlos al trabajo, en la forma de “capital”, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión». Ponerlos en contra del fin específico significa suplantarlo por la prioridad de la obtención del lucro. Éste no es malo en sí mismo, sino en cuanto subordina el resto del proceso a su solo fin. Siendo esto así, no se debe: «considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas» porque en ese caso la propiedad se divorcia de su fin específico, se autonomiza, se autosatisface y obra en contra de los restantes miembros de la sociedad. De allí que, cuando los economistas sostienen que el fin fundamental del capital es la búsqueda del lucro están distorsionando doctrinariamente la razón de su existencia, bajo el propósito de ocultar ideológicamente lo que queda claramente expuesto. El lucro debe ser sólo la consecuencia del proceso de producción y distribución de bienes, nunca el fin primero al que apunta el dinero convertido en capital explotador.

Sin embargo, pese a la profundidad en que hurga la doctrina cristiana expresada en estos documentos quedan baches por falta de llegar hasta el meollo de la cuestión. Esto se puede rastrear, según afirma Velasco Criado, en el debate en que se vio envuelta la iglesia en Europa en el siglo XIX, como resultado de las consecuencias de la Revolución francesa. La expropiación de los bienes de las iglesias provocó su reacción en defensa de la propiedad privada, alejada ya del trasfondo del destino universal de los bienes y la colocó en la vereda del liberalismo de ese siglo. Finalmente, dice el profesor: «La política concordatoria de la Iglesia significó la renuncia a reivindicar algunas de sus posesiones, pero también la legitimación del nuevo estado de cosas. Así, la Iglesia –enemiga del liberalismo en todos los otros puntos- se hizo socio-económicamente liberal, cuando debería haber cuestionado el liberalismo vigente».

Esto le permite afirmar con mucha fuerza: «La deriva totalitaria del liberalismo económico no se habría dado, al menos en la forma en que se dio, si la moral cristiana no se hubiera prestado a lo largo de siglos a ser su instancia legitimadora por antonomasia». Si bien se debe reconocer que siempre ha sostenido el principio del «destino universal de los bienes» para la satisfacción de las necesidades básicas de todos los seres humanos, «pero, la asunción práctica de este principio ha sido tan inocua y tan carente de relevancia histórica que ha quedado recluido en la “reserva escatológica de los principios evangélicos”: decimos que están ahí, pero obramos como si no existieran».

Las críticas pontificias que hemos leído, que se detienen en un análisis pormenorizado del funcionamiento del sistema capitalista, han soslayado «las estructuras capitalistas de apropiación y distribución» puesto que es «donde se ve más clara la incoherencia de querer atajar los problemas de la “cuestión social” sin plantearse las exigencias de una adecuada ética social». Y esto lo atribuye en gran parte a la dificultad de enfrentar con toda fuerza y claridad el individualismo imperante en este mundo globalizado, que viene de antigua data. Es así que: «La praxis social cristiana se disuelve en una praxis moral individualista». No es que no se hayan hecho críticas al individualismo imperante, esto se puede encontrar en muchos documentos, pero lo que puede observarse en las políticas institucionales que aparece algo así como un temor de espantar a las “sagradas clases media” que son consideradas como el sostén de la institucionalidad eclesial. También campea el miedo a que ese tipo de críticas la coloque en el mismo plano del viejo colectivismo soviético, puesto que se puede oír en los pasillos eclesiales referencias reprobatorias de él. Se mantiene un duro combate contra un muerto.

Entonces, la prédica que se hace oír a través de las pastorales, dice Velasco Criado: «consiste en restablecer la dignidad del individuo que es su virtud, única que merece la vida eterna… El ideal cristiano de sociedad es un instrumento para salvar al individuo más que un proyecto de transformación estructural del orden social vigente. Así, ni la responsabilidad individual, ni su dignificación, se traducen en una transformación estructural de la sociedad: pues lo que motiva la praxis del creyente es la gracia y la recompensa escatológica». Aparece la doctrina social de la Iglesia, expresada por las voces del magisterio, entrampada en este galimatías ideológico que la deja parada a mitad del camino de la crítica al sistema capitalista. La profundización de este camino fue encarnada por los hombres que abrazaron la teología de la Liberación, muchas veces mal comprendida por las autoridades y, otras tantas, criticada despiadadamente bajo la acusación de aproximarse peligrosamente al marxismo.

Ver también:
- En torno a la propiedad privada (Parte I)

Autor foto: INDYMEDIA

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